Pastillas de mente (3)

Por J.A.

Se sentó en el bar de Aguilar y Obligado, enfrente de un telo bastante concurrido en la zona. Veía cómo las parejitas caminaban de la mano rumbo al placer.

Encendió, se prometió, el último negro del día.

No le gustó nada darse cuenta que ya no estaba la mesera negra de ojos pantera.

En su lugar, llegó a la mesa un muchachito de tono guaraní, que le dijo un “buenas tardes” tibio y desganado.

Pasó la rejilla en la mesa verde con los colores de una cerveza.

Iba a decir “lo de siempre”, pero al instante se arrepintió.

Ya no existe nada que sea de “siempre”, pensó en silencio.

En eso, entró al bar, José Antonio “Rulo” Adefesio, un viejo jerárquico de los pasados remotos de “casi siempre”.

Ambos se saludaron con afecto falso y rancio.

Adefesio era un señor entrado en años, pero bien conservado en los frascos de formol que proveen los chivos y los contactos en la banca extranjera.

-¿Esperás a alguien? –Preguntó Adefesio, con esa voz de cobra susurrante que siempre lo ha caracterizado.

-No

-¿Cómo va el laburo?

-Va

-Hace mucho que no te veo, ¿qué estuviste haciendo todos estos años?

-Lo mismo que vos. Sobreviviendo. Pero no me mudé a Cancún, como ves, sigo acá nomás…

La tarde amenazaba lluvia. Adefesio estaba incómodo. Cruzó la pierna dos veces y buscó un caramelo de menta en el bolsillo izquierdo de su saco de pana.

El mozo trajo la bandeja con el pedido.

Ambos se miraron como se miran los hombres que no se quieren nada.

Ella estaba sentada a dos mesas de él. Llevaba el cabello suelto hasta la cintura y usaba suecos de madera negros.

Adefesio se percató del mínimo instante de distracción y esbozó una sonrisa cómplice que nadie le correspondió.

Ella seguía frente a la ventana con tres amigas, hablando, riendo.

El clima de la mesa era incierto como las nubes del cielo.

Cayó la lluvia sobre el bar de Aguilar y Obligado.

Y ambos hombres de despidieron con un apretón de manos soso.

Ella se levantó para ir al baño. Se miraron. Fue sólo un segundo de complicidad en toda la vida de sus vidas.

Él esperó sentado en su silla director.

Ella salió, subió a su auto y lo puso en marcha.

No hubo más miradas. Hubo inquietud.

No la volvió a ver nunca más.

Porque se sabe que no existen los “siempre”.

Pagó su cuenta y se prometió dejar de fumar para “siempre” y no volver nunca más a ese bar que alguna vez tuvo magia.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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