Mujer en su ventana, Olga Orozco


Ella está sumergida en su ventana contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro, y sin embargo el cielo continúa pasando
con sus angelicales procesamientos.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste; allá lejos
seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo. Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
–¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe, ni el que se va creyendo
que los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite, el abismo final entre una mujer y un hombre.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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Te dije que yo era uno de ellos


Si esta noche larga se hace corta no me importa.

No me ata nada. Y el cuento del amor ya no me estremece.

Quizás la soledad de esta ciudad insomne se cuela por debajo de la puerta donde escribo esto y te advierta qué máscara ponerte para decirme buenos días.

En tal caso, el jeroglífico de tus sentimientos cambiantes se irá diluyendo en la fogata.

No sé que pasó. O mejor lo sé. Pero de qué demonios vale ahora.

Te dije que yo era uno de ellos.

Y, a diferencia de Cohen, no me interesa conquistar más que mi propia alma. No deseo el sentido del éxito. Más aún: lo aborrezco.

Esa fila ya la hice innumerables veces.

E iré a pararme allí para ver las palomas carroñeras que se devoran los restos de asado como cuervos marrones y blancos.

Esas palomas rechonchas son invulnerables y conforman una secta alucinada que toma los mercaditos de San Telmo y los containers de la calle Bolívar y Alsina para picotear ojos.

Ahí mismo donde duerme la vieja que las mira, viendo cómo le devoran la última cena.

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