Filosofía práctica y desventuras de José Pablo de Il Panzonni (1)

Por Juan Alonso

Antes de convertirse en quinielero en Villa Celina, en el edificio número 48 de esos de tres pisos, frente al Mercado Central, José Pablo de Il Panzonni había querido ser profesor de gimnasia e instructor de prácticas del Arte de la pelota.

Se pasó cuatro años corriendo por los campitos de la avenida General Paz y soñaba con aleccionar a un equipo de fútbol de la Primera B metropolitana.

Cuando lo llamó el director técnico -nótese la especialización del sistema de engranajes capitalista en todas sus ramas- del Club Social del Progreso del Barrio Tanque, José Pablo de Il Panzonni no lo pensó dos veces.

Pero “Goma”, el presidente de dicha institución “Social, Deportiva y de Fomento Comunitario”, lo inquirió cuando sólo habían transcurrido dos meses de labor con los players.

“Decime, José, ¿qué preferís, darle clase a esos pibes o ganarte unos pesos con la tómbola de Méndez Larretti?”

José Pablo de Il Panzonni aceptó levantar quiniela para “Goma” en el club Tanque por un porcentaje del juego y una “asignación digna”, siempre según el criterio de Méndez Larretti, que para la numerología era un cabalista consumado y experto.

Adivinaba el futuro y sus manos alquímicas se tornaban marrones con el tacto de los billetes con la esfinge de Julio Argentino Roca, mojándose los dedos con la punta de la lengua manchada por el tabaco de los 41 Particulares 30 que se fumaba todos los días de su vida.

El recaudador de Horacito Méndez Larretti, un sargento primero de la bonaerense, de apellido Bonanza, pasaba cada tarde con el fierro en la cintura y una sonrisa ancha de cara redonda.

Se servía una coca en el bufete, a veces una cerveza Quilmes tres cuartos de la Imperial, y seguía la ruta con un ojo en cada punto cardinal de ese barrio desolado y raído.

Pronto, muy rápido para sus males, José Pablo de Il Panzonni notó que aquello de tomar notas de números a la cabeza y a los premios, no era, por así decirlo, digamos, “el sueño de su vida como hombre que se realiza a sí mismo en un mundo que lo agobia y del que forma parte en su esencia intransferible y única”.

Así pues, las vicisitudes de nuestro personaje bonaerense lo llevaron a una profunda depresión (nada lúdica) que le provocó ataques autodestructivos y terminó arrancándose los pocos cabellos que le colgaban de su cabeza atolondrada de frases hechas por otros. Cinco contra cinco. Dos uno tres dos; tres, tres, dos, vociferaba cuando su hijo Gervasio Nahuel lo encontró tomando vino hasta el borde del vaso en la estación de trenes de Villa de Mayo del Ferrorril Belgrano.

-Viejo, viejo, ¿se puede saber que carajo hacés acá, mamá está preocupadísima y te está buscando la cana y la Justicia?

-¿Qué decís, vos?- Alcanzó a musitar José Pablo de Il Panzonni, mientras le convidaba fuego a un parroquiano de tres dientes frontales y un vaho etílico más una brisa húmeda de chivo profundo de más de 20 días al sol impiadoso de enero.

-Yo ya no soy nada. Va, soy mis circunstancias. Soy un tipo que se perdió el tren. Quiero estar solo, nene.

Gervasio Nahuel lloró al principio. Su madre le consiguió ir al consultorio de a una psicóloga que cobra 27 pesos la sesión de quince minutos dos veces a la semana. Y empezó los trámites del diviorcio, con Nora Garra, la abogada que le recomendó su hermano “El Negro”.

Papá José Pablo de Il Panzonni todavía sigue rumiando su mala estrella y lo peor es que Méndez Larretti también lo busca.

Parece que salió el 48.

El mismo número del edificio.

Allá en Celina.

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