Crónicas de motel, por Sam Shepard


me encontré con la doble de la Estrella

al abrirse hacia los lados la puerta del ascensor

y yo salía

y ella entraba

a las cuatro de la madrugada

y vi que estaba absolutamente pirada

le pregunté qué había tomado

dijo 6 Valium y Vino Blanco

porque hoy era el último día de rodaje

y le pareció que había que celebrarlo

jodiendo con algún tío del equipo

y colocándose

porque éste era su pueblo

y ella iba a quedarse

mientras nosotros nos íbamos

y la tortura de no ser más que una doble

dejada atrás

en un pueblo en el que le dolía haber nacido

estaba destrozándola ahora

de verdad

y eso hizo que volviera a avergonzarme

de trabajar como actor en una película

y provocar ilusiones tan estúpidas

de modo que me la llevé a mi habitación

sin planes respecto a su cuerpo

y ella se sintió desesperadamente decepcionada

intentó arrojarse por la ventana

y le dije que no valía la pena

no es más que una película estúpida

no tan estúpida, dijo ella, como la vida

 1/11/81

Seattle, Wa.

 

La buena suerte

consiste en caer

del lado izquierdo

del Azar

 

La buena suerte

consiste en caer

más allá de mi cabeza

 

La buena suerte

consiste en estrellarse

contra los árboles

Todo el mundo se queja

 

27/7/81

San Fernando Valley

A ver si lo entiendo

 

¿Dices

Que te tortura el no poder escribir

O que

No puedes escribir porque estás torturado?

 

¿Dices

Que en estos tiempos te han convertido en un escéptico

O que

Estos tiempos confirman tu escepticismo?

Mira, voy a decirte una cosa

Preferiría tener que echarles el lazo a las reses

Que hablar de política contigo

 

Preferiría caer borracho perdido

Debajo de un camión de remolque

 

Tu desesperación es más aburrida

Que el Merv Griffin Show

 

Tu gimoteante lloriqueo

Tus grandes soluciones baratas para la delincuencia

 

Levanta el culo y ponte a cocinar

Haz con tu tiempo

Lo que quieras

Pero no malgastes el mío

2/80

Santa Rosa, Ca.

 

ambas rodillas en tierra

los codos metidos en la noche

es cierta

esta profunda conexión

es indudablemente cierta

 

la tierra transmite un mensaje

lo exhala

lo capto al inhalar

 

mofetas

conejos muertos

el calor del día se escapa

 

tú estás en un tren, lejos

te veo mirando por la ventana

a las afueras de Salt Lake City

 

yo estoy aquí

colgando de la ventana

 

29/4/81

Homestead Valley, Ca.

Si todavía rondaras por aquí

Te cogería

Te sacudiría por las rodillas

Te soplaría aire caliente en ambas orejas

 

Tú, que podías escribir como una Pantera

Todo lo que se te metiera en las venas

Qué clase de verde sangre

Te arrastró a tu destino

 

Si todavía rondaras por aquí

Te desgarraría hasta meterme en tu miedo

Te lo arrancaría

Para que colgara como un pellejo

Como jirones de miedo

 

Te daría la vuelta

Te pondría de cara al viento

Doblaría tu espalda sobre mi rodilla

Masticaría tu nuca

Hasta que abrieras tu boca a esta vida

 

31/1/80

Homestead Valley, Ca.

 

Hombres peinándose en su coche

Hombres mirándose el pelo en el retrovisor

Hombres con grandes peines negros en el bolsillo de atrás

Hombres preocupados por cómo les ven las Mujeres

Hombres que se convierten en anuncios de Hombre

Mujeres calzadas con botas que las obligan a cojear

Mujeres cuidando de que sus ojos no se crucen con los ojos

                                                                    de los Hombres

Mujeres preocupadas por cómo les ven los Hombres

Mujeres que se convierten en anuncios de Mujer

Esta niña que lleva un vestido verde claro y zapatillas negras

de baloncesto

Esta niña que persigue un pedacito de celofán que vuela por un aparcamiento vacío

Esta niña que habla con el celofán como si fuese una criatura del viento

Esta niña que sonríe al cálido aliento tropical que le da en la espalda. No ve ninguna diferencia entre ella y el celofán. Empujados ambos por el viento. Reunidos en un mismo momento. Laniña baja la vista hacia el celofán. Le habla directamente:

-Déjame pisarte- le dice -. Quédate quieto para que pueda pisarte.

 

13/1/80

Homestead Valley, Ca

 

 

horribles voces idiotas de dibujos animados

animalescas voces idiotas de dibujos animados

mientras gime el viento marino

y los barcos de turistas

se acercan con su necia sonrisa

 

montones de peces muertos

flotando

montones de peces muertos

 

ahora un grito fingido

sirenas de verdad

breves estampidos

 

pestazo de Tequila

en la piel de la mañana

 

30/10/81

Seattle, Wa.

 

 

El insomnio es una cadena

El insomnio es un lazo

El insomnio es un círculo vicioso

 

Ahora mismo

Dentro de mi cabeza

Dentro de los huesos

 

Gira mi cuello

Se mueve el cartílago

Me gusta el ruido de mis huesos

 

En medio de esta emergencia

Pienso en ti

Y sólo en ti

 

En medio de esta sangre insomne

Tus labios rosados

Tus brazos extendidos hacia arriba

 

No puedo respirar sin ti

Pero este círculo de costillas

Sigue funcionando por su cuenta

 

17/5/82

Lancaster, Ca.

 

Por qué pienso

“Este tipo está completamente loco”

Sentado en un bar de pueblo

Vestido con un traje de terciopelo negro, con chaleco

Oliendo a Marica de la Calle Catorce

Con un tic nervioso en unos ojos pardos

En los que casi no se ve la pupila?

 

¿Por qué pienso

“Este tipo está chiflado”

Cuando pregunta si ha nevado alguna vez en San Francisco

Si Herb Alpert toca a veces música clásica?

 

¿Por qué pienso

“Este tipo está majara”

Cuando me dice que tiene muchísimo talento

Pero le falta tiempo para desarrollarlo?

 

¿Por qué pienso

“Este tipo está como una chota”

Cuando coge la jarrita de la leche

Y la llama “Esta vaquita tan mona”?

 

Sé por qué

Porque no oculta

La desesperada distancia que lo separa de la gente

 12/79

San Anselmo, Ca                

 

 

 

 

Ya he visto prácticamente

todas las narices arregladas

todos los dientes con funda

y todas las tetas remozadas

que puedo soportar

 

Me voy de regreso

a la mujer natural

 

23/11/81

Los Angeles

 

leyendadeltiempo.wordpress.com

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Grande como los dinosaurios, por Alberto Salcedo Ramos


Pambelé volvió a bramar frente a las cámaras y descargó un nuevo puñetazo contra la pared. Tenía la bata típica de los enfermos de hospital, pero a través de los barrotes de la ventana parecía un condenado a muerte que reclamaba compasión.

La escena resumía de manera dramática lo que había sido su vida: el llanto y los golpes, el trastorno y el encierro, la fama y la oscuridad.

— ¡Ayúdenme! – exclamó, con su vozarrón despedazado.

En ese momento los reporteros se metieron a la fuerza en la habitación. El hombre dejó de aporrear las paredes y la emprendió a bofetadas contra su propio rostro. Los camarógrafos ajustaron sus planos para registrar la nueva reacción. Relampaguearon los flashes , se desbordaron los murmullos. Y Pambelé lució más desvalido entre aquella horda de perdición.

— ¡Ay, mi madre –fue todo lo que alcanzó a decir, antes de sentarse en el borde de la cama y ponerse a llorar con el rostro hundido entre las manos.

El siquiatra Christian Ayola, que manejaba el caso de Pambelé en el Hospital San Pablo, de Cartagena, se disponía a almorzar en su casa aquel mediodía de enero de 1994. Estaba pasmado ante las imágenes del noticiero, que le resultaban crueles y de pésimo gusto. Su mayor preocupación no era, sin embargo, darles una cátedra de derechos humanos a los periodistas sino averiguar por qué su paciente entró en crisis. Supuso que tal vez no había tomado las medicinas.

“Él tenía que estar a punta de eurolépticos para el estado sicótico y estabilizadores para el humor”, recuerda Ayola.

A esa inquietud se sumaba otra: Andrés Pastrana, aspirante conservador a la Presidencia de la República , lo había llamado por la mañana para decirle que quería ver a Pambelé. Ayola le respondió que no se oponía, siempre y cuando la visita fuera secreta y no un acto público con intenciones políticas. El candidato presidencial volvió a la carga, con el argumento de que a los amigos no se les esconde.

Esa relación se había forjado 22 años atrás, cuando Misael Pastrana Borrero era el presidente de Colombia y Antonio Cervantes, más conocido como Kid Pambelé , era el campeón mundial del peso walter junior. La empatía entre los dos fue inmediata. El presidente lo recibía en el Palacio de San Carlos, lo ponía de ejemplo en sus discursos y se hacía fotografiar frente al televisor cuando Pambelé peleaba. Como si fuera poco, iba a Palenque, el pueblo pobre donde nació el campeón, a inaugurar los servicios de energía eléctrica y acueducto. Pambelé, por su parte, le dedicaba cada triunfo. Viajaba desde donde estuviera para acompañar a Andrés, el hijo del presidente – entonces un muchacho de 18 años — en las caminatas que organizaba por las calles de Bogotá.

Desde el 28 de octubre de 1972, cuando Pambelé ganó el título, el país permanecía en trance de adoración. Los periódicos no le perdían ni pie ni pisada. El Heraldo lo mostraba en el aeropuerto de Barranquilla, besando a una rubia de camisita breve abierta en el pecho. El Universal lo retrataba en una notaría de Cartagena, mientras firmaba las escrituras de tres apartamentos que había comprado de un solo tirón. El Espectador nos informaba por quién iba a votar en las próximas elecciones. El Siglo mandaba reporteros a las casas del ex presidente Carlos Lleras Restrepo y del poeta León de Greiff, para preguntarles sus impresiones sobre el ídolo. Cromos enviaba a su mejor cronista, Juan Gossain, a los países donde Cervantes defendía el título. Fernán Martínez Mahecha revelaba que El Tiempo tenía cuatro carpetas de material de archivo sobre Pambelé y sólo una sobre Gabriel García Márquez. Y El Espacio , claro, lo sacaba en primera página apretando por la cintura a una azafata, bajo la palabra “¡Pillado!” escrita en grandes letras rojas.

Pambelé, además, salía con la cantante de moda en Colombia, recibía homenajes de alcaldes y concejales, cultivaba amistad con famosos como José Luis Rodríguez – El Puma – y Óscar de León; regalaba toros en cuanta corrida podía, coronaba reinas en ferias populares, les tenía sendas mansiones a sus dos mujeres oficiales, pontificaba sobre la temperatura ideal del vino de Oporto, se hacía brillar las uñas en salones de belleza, coleccionaba autos lujosos en cada una de sus viviendas y liquidaba sin misericordia a todos los boxeadores que enfrentaba.

El culto a su figura se debía, explica Juan Gossain, a que Pambelé fue el hombre que nos enseñó a ganar. “Antes de él”, añade, “éramos un país de perdedores. Nos consolábamos conjugando el verbo casitriunfar . Vivíamos todavía celebrando el empate con la Unión Soviética en el mundial de fútbol del 62. Pambelé nos convenció de que sí se podía y nos enseñó para siempre lo que es pasar de las victorias morales a las victorias reales”.

A mediados de los años 70’s, Gossain fue testigo, en Cartagena, de un hecho que le hizo entender la idolatría que desataba el boxeador. El periodista pasaba por una calle del centro, en medio de la modorra de la dos de la tarde, cuando de pronto se asomó una prostituta envuelta en una toalla. La mujer se dirigió a gritos a los vendedores de lotería de la otra acera.

— Oigan, ¿a qué hora es la pelea de Pambelé?

En aquellos años de esplendor, el campeón era un tema obligado en la entrada o en el postre. Cuenta el ex presidente Belisario Betancur que en cierta ocasión el escritor Gabriel García Márquez fue recibido, en una reunión de colombianos en Madrid, con la siguiente exclamación:

— ¡Acaba de llegar el hombre más importante de Colombia!

Entonces García Márquez, moviendo la cabeza en forma teatral, como buscando a alguien en el recinto, respondió:

— ¿Dónde está Pambelé?

***

Y Pambelé estaba sentado en el borde de su cama en el Hospital San Pablo. Lloraba sin lágrimas, con un resuello profundo. A los 49 años había perdido la estampa magnífica del pasado. De la musculatura que en su época de boxeador causaba admiración en las ruedas de prensa, no quedaba ni la sombra. Apenas los huesos continuaban allí: largos, nudosos, escasamente forrados por el pellejo. Nada de uñas pulidas, nada de bigote recortado en forma milimétrica. Se veía desgreñado, sucio. La bata ancha aumentaba su aire de huérfano. En sus brazos tan flacos sobresalían las venas, gordas y tensas. La piel negra ya no refulgía sino que se asemejaba al hierro oxidado. Donde antes brillaba un diente recubierto de oro con sus iniciales engastadas, había ahora un portillo oscuro que inspiraba pesar. Sus ojos no parecían hinchados por el llanto sino por una paliza.

Viéndolo así, el médico Christian Ayola no fue capaz de probar bocado. Le parecía el colmo que se expusiera el dolor de un ser humano a semejante contemplación tan morbosa. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa con tal de impedir que un sitio sagrado como un hospital fuera convertido en circo bárbaro. Llamó por teléfono a la enfermera jefe y le dio las instrucciones del caso. Cuando colgó se puso a pensar que en Cartagena todo conspiraba contra el propósito de curar a Pambelé. Había demasiados fisgones que convertían su salud en un asunto de dominio público, demasiadas lenguas diligentes que podían dañarlo más con sus comentarios y demasiados compinches esperando que terminara el tratamiento para festejarlo en grande con una nueva orgía de bazuco. Ayola recordó que el Hospital Siquiátrico de La Habana tenía renombre por su manera de tratar la adicción a las drogas y consideró que sería una buena opción para Pambelé, no sólo por la calidad de sus médicos sino también porque allá estaría aislado de los peligros que afrontaba en nuestro país. En Cuba, por ejemplo, sería un ciudadano más, un hombre anónimo entreverado en una legión de enfermos iguales a él. Compartiría un pequeño cubículo con tres pacientes, lo cual podría servirle para que dejara de creerse el cuento de que era un ser único, el eterno campeón mundial, el negro más grande, el patrono del nocaut, la jáquima de los boxeadores, el que pega como con un martillo, el que enseñó a ganar a los colombianos, el de siempre, no hay con quién, el que a la hora de rematar no parece usar dos puños sino las aspas de un ventilador asesino, el único otra vez, el invencibleeeeeee Kid Pambeleeeeeeeeeeee.

Ayola suponía que la egolatría de Cervantes empezaría a resquebrajarse cuando se sintiera desconocido en Cuba. Allá, además, no pensaría en fugarse del hospital, porque no tendría adónde ir. Esto último era especialmente importante si se tenía en cuenta que en 1987 se había escapado de Hogares Crea, la finca de rehabilitación adonde lo internaron gracias a una campaña del periodista Fabio Poveda Márquez.

Frente al aspecto cadavérico que ofrecía Pambelé en su catre del Hospital San Pablo, resultaba inevitable preguntarse cómo se produjo su caída desde la cúspide hasta el fondo del barranco. Nacido y criado en el naufragio, no supo qué hacer en tierra firme, cuando los vientos empezaron a ser favorables. Se enloqueció con el oro, se intoxicó con el vino. Tocado de pronto por la varita de los dioses, olvidó que estaba marcado a hierro vivo por la desgracia. Siguió lanzando golpes a diestra y siniestra, sin darse cuenta de que no ganaba en el ring para salvarse sino para tallar su propia derrota.

Las drogas y el licor le arrebataron la fuerza, la disciplina y la corona de campeón. Lo llevaron a humillar y a destrozar a su familia. Después le aniquilaron la vergüenza. Lo sometieron al escarnio público como sinónimo del bruto que destruye con la cabeza el imperio que edificó con los puños. Los colombianos, que antes lo veneraban, lo volvieron blanco de burlas. “¿En qué se parecen Pambelé y los dinosaurios?”, preguntaban. “En que fueron grandes en el pasado pero hoy no existen”. Convertido ya en hazmerreír, pusieron en boca suya la frase “es mejor ser rico que pobre”, incluida con frecuencia en las antologías nacionales de la estupidez. Como si esa declaración tan sensata, en medio de tantas tonterías que se repiten con énfasis en este país, no fuera casi una sentencia filosófica.

El promotor boxístico Nelson Aquiles Arrieta, quien descubrió a Pambelé cuando era un vendedor de cigarrillos de contrabando en Cartagena, asegura haberlo visto en su esquina, durante una de sus últimas peleas, haciendo trampa para reanimarse y poder aguantar el siguiente round. “Sergio Álvarez lo había golpeado muy duro y Pambelé estaba atravesando un sofoco. Entonces aplicó la jugadita de un cantante vallenato que no te voy a nombrar: sacó un pañuelito con coca y se pegó un pase delante de todo el mundo. Eso se vio hasta en la Patagonia. Cuando sonó la campana salió hecho una fiera y le dio un concierto de boxeo a Álvarez”.

Al final del combate, según Arrieta, Pambelé le reclamó al empresario el botín convenido: una camioneta y un kilo de cocaína. Poco tiempo después, cuando se apartó del boxeo, su situación empeoró. Las cuentas bancarias se fueron consumiendo en una vorágine de candela y desenfreno. Lo que se le iba por el bolsillo izquierdo no regresaba jamás por el derecho. Muy pronto quedó arruinado. Pasó de brindar whisky sello negro a mendigar sobras de cerveza en bares de mala muerte, del avión al bus cebollero, de los zapatos Corona a las chancletas de plástico, de los manteles presidenciales a los andenes, de la cocaína al bazuco, de las cantantes de moda a las puticas de cuchitril, de las primeras planas a las páginas judiciales. El capital que derrochó, según cálculos del periodista Eugenio Baena, fue superior al millón y medio de dólares.

Los amigos del éxito – comparables con esos insectos que se emborrachan dando vueltas alrededor de las lámparas – partieron cuando sintieron la oscuridad del fracaso. Necesitaban un nuevo campeón para la foto. Llegaron entonces los perdedores, envueltos en una humareda terrible. Libre de los compromisos del gimnasio, de la dictadura de la dieta, Pambelé se tiró al desastre. De repente, parecía haber adquirido el don de la ubicuidad. Un día lo expulsaban de un bar de Manizales por bailar desnudo sobre la barra y, cuando todavía no nos habíamos repuesto de la sorpresa, aparecía en Pasto con el rostro ensangrentado por negarse a pagarle a un taxista. En un restaurante de Cartagena le vaciaron una olla de sopa hirviente en el pecho y en el aeropuerto de Bogotá le rompieron la frente con una tranca. En Barranquilla le pegaron con un tacón puntilla por limpiarse las manos en el vestido de un maniquí. En Cali un ganadero le ofreció un mazo de billetes con tal de que se fuera rápido de la Plaza de Toros. Se volvió inquilino asiduo de calabozos y hospitales. Lo vieron sin dientes en Armenia y sin zapatos en Tunja. Lo vieron y lo vieron y lo vieron y lo vieron. Estaba en todas partes pero no estaba en ninguna. En Colombia todo el mundo, grande o chico, gordo o flaco, alguna vez se había tropezado a Pambelé armando escándalos. Llegó un momento, incluso, en que lo veían aunque no lo vieran. Fantasma de sí mismo, un día fue dado por muerto en Radio Sucesos RCN. Cuando reapareció indignado por la noticia, hubo gente que no le creyó que, en efecto, seguía vivo.

***

Que siguiera vivo, después de todo, era un milagro. Eso pensaba el siquiatra Christian Ayola mientras buscaba en su agenda el número telefónico de Hernando Múnera Cavadía, el director de Coldeportes en Bolívar, para plantearle la idea de trasladar a Pambelé a Cuba. En este país violento – cavilaba — habían matado a mucha gente por desmanes menos graves que los suyos. Los ofendidos lo perdonaban quizá por su pasado glorioso. O porque entendían que era una pobre criatura aplastada por una enfermedad superior a sus fuerzas. O porque sabían que cuando estaba sobrio era un caballero intachable. A Ayola le gustaba la forma en que Juan Gossain definía a Pambelé: “el coloso que decidió ponerle dinamita a su propia estatua”.

En esas andaba cuando lo llamaron por teléfono para contarle que Andrés Pastrana se encontraba en el Hospital San Pablo tomándose fotos con Pambelé y conversando con él en medio de la turba de reporteros. Suspiró con resignación y se reafirmó en su idea de que a Pambelé había que sacarlo de Colombia.

Al día siguiente, cuando abrió el periódico, lo primero que vio fue la enorme foto de la visita, bajo el título “Pambelé adhiere a Pastrana”.

leyendadeltiempo.word.press.com

Nuestra terrible geografía, por Sara Bertrand


Sara Bertrand es amiga de Marina Pagnutti. A través de ella la conocí en Buenos Aires hace unos meses. Ambas habían compartido un taller de crónicas dado por el maestro Alberto Salcedo Ramos en Valledupar, Colombia, el año pasado.

Sara me ayudó a contactar a mi hermano en Santiago, Chile, en estos días de desasosiego.

Esta es su experiencia, inmersa en el terremoto.

La madrugada del sábado 27 me desperté con un zumbido. Ese ronquido indiscutible que hace la tierra cuando va a temblar. Me acomodé en la cama y esperé, porque los chilenos nacemos acostumbrados al vaivén. Al rato, comenzó el remezón, lento, pero constante, no sé cuanto duró esa primera etapa de “calma”, pero en algún punto, saltamos de la cama y con mi marido emprendimos la difícil tarea de bajar las escaleras y ponernos a resguardo con los niños. Los escalones se perdían y como una culebra, la escalera se convirtió en un tobogán. Mis pasos caían en cualquier parte, menos donde yo quería. Extraño. Una sensación de no controlar tu propia humanidad y me imagino que en ese punto supe que se trataba de un terremoto, pues desde chica aprendí que la diferencia entre un terremoto y un temblor es, precisamente, la de no poder moverse por uno mismo.

La dificultad para mantenerse en pie. Así es que nos quedamos afirmados en un pasillo sin ventanas, un lugar con características “seguras” y ahí estuvimos como quien va en una locomotora fuera de borda, a miles de kilómetros por hora, sacudiéndonos de un lado para otro, un tiempo que se hizo eterno, pero que los expertos aseguran que no duró más de dos minutos. Es decir, el tiempo exacto fue de 57 segundos en su epicentro, ubicado a 63 kilómetros de Cauquenes, al sur de Chile, pero las ondas expansivas que se liberaron en un radio de miles de kilómetros, nos ofrecieron un movimiento que parecía no terminar. Cercano al epicentro, la zona fue desvastada, lo mismo que el valle de Colchagua, conocido por sus buenos mostos y esas casas viníferas de prestigio que cayeron como saco de papas y para qué decir Talcahuano, Concepción, Penco, Constitución. ¡Uf!, en esos lugares el mar entró como el gran invitado de piedra sin darle tiempo a la gente para arrancar, pues apenas terminó de sacudirse la tierra, vino la ola, una que arrasó con casas, niños, veraneantes, porque en Chile todavía disfrutábamos de los últimos días de vacaciones y el agua entró con la fuerza de sus miles de metros cúbicos y se lo llevó todo. Los barcos que quedaron varados en medio de las calles, son el testimonio menos cruel de este fenómeno.

Así es que permanecimos en ese lugar seguro hablándonos a gritos porque la sonajera era tan desproporcionada que apenas oía el llanto de mi hija que tenía abrazada a mí como un koala. Recuerdo que pensé que tal vez se trataba del mega terremoto que vienen anunciando los sismólogos hace un tiempo, un súper terremoto que debe venir en la ciudad de Santiago debido a la existencia de una laguna sísmica. Esto es, un área en la que se espera que se produzca la liberación de energías por el choque entre las placas de Nazca y Sudamericana provocando un terremoto de gran magnitud. Estábamos a oscuras, semi dormidos batiéndonos para un lado y otro, cuando en un momento comenzó a amainar.

Claro que la tierra siguió moviéndose en múltiples temblores durante toda la noche hasta el día de hoy, por eso dormimos con los niños en nuestra pieza esperando la “gran réplica” que no llegó esa noche. Es que todo terremoto trae una réplica monumental, lo aprendí en el 85 cuando era una niña y vino el terremoto y, pocos minutos después, otro igual de fuerte y ahí supe que existían las réplicas, algo como un espejismo del propio terremoto. Esa noche la réplica tenía la cara de un fantasma feroz, un monstruo inanimado y movedizo que vendría a poner fin al desastre que nos rodeaba, pues estábamos sin agua, sin luz, sin teléfono y con los celulares muertos. Una sen sensación de incomunicación que en nuestra era globalizada produce ansiedad. ¿Qué habría pasado? Nos faltaban las imágenes que proporciona la televisión, nos faltaba Internet, nos faltaban mensajes de texto, nos faltaba la tecnología 2.0 del siglo XXI. Logramos sintonizar una radio que hablaba de un terremoto grado 7, pero con mi marido sabíamos que había estado sobre los 8, pues ambos vivimos el del 85 y nos pareció que este era más largo y profundo, además de algunos detalles estúpidos, pero contundentes, como que se abrieron las puertas de los clósets y se cayó todo.

Luego, que la tremenda biblioteca que tengo adosada a un muro se desprendió y con todo su peso quedó ubicada en medio de la pieza. Lo mismo ocurrió con mi mesa de comedor que pesa una enormidad, ya que tiene una cubierta de vidrio que la tuvimos que instalar entre cuatro personas, esa noche se movió hasta la puerta. Es decir, constatando nuestros mínimos e insignificantes daños –porque no teníamos ninguna pérdida importante que lamentar– sabíamos que estábamos a lo menos sobre un punto porcentual de daños respecto del 85, pero ¿cuánto? No lo supimos hasta el día siguiente cuando la magnitud de daños comenzó a aflorar y cada día que pasa oímos con desconsuelo cómo se incrementa el número de muertos, vamos sobre los 700 y eso que no se han contemplado el número de desaparecidos.

Lo mismo que ocurrió con el terremoto de Chillán de 1939, que no lo viví pero aprendimos en el colegio que ha sido el más devastador de la historia de Chile por el número de víctimas que cobró, sobre los 30 mil. Claro porque también sucedió de noche, también nos pilló desprevenidos, porque los chilenos estamos preparados para que se mueva la tierra, todos saben que frente a un movimiento de tierra hay que correr a los cerros si estás en la playa, pero es difícil hacerlo cuando te despiertas en medio de la sacudida y debes despabilarte y comprender que no es una pesadilla la que te hace ir de un lado a otro sin control sino que es nuestra temible geografía que nos recuerda que la tierra bajo nuestro pies está viva, que cada tanto las placas tectónicas buscan su acomodo y que la ilusión, la única real, es que convivamos con esa falla sin tener conciencia de que necesitamos precavernos.

Y que prevenir implica construir seguro, pues esa noche, en medio de esa sonajera y movimiento infernal, di gracias por mi casa, porque nos resguardó dentro, pero prepararnos también significa contar con sistemas de alarmas que funcionen de forma expedita, pues ¿cómo es posible que haya un terremoto en el continente y no se les haya avisado a tiempo a los de las islas de Juan Fernández donde una ola gigante se llevó la mitad de las casas de la playa? La tierra bajo nuestros pies nos trae de vuelta a la realidad, nuestra realidad, la de un país de temblores, de volcanes, de aguas que quieren conquistar la tierra, un país que debe convivir con esa temible geografía y que por muy moderno y exitoso que se vuelva, no puede olvidar esas raíces, pues cada tanto supuran dentro.

BÚSQUEDA DE PERSONAS

Malvinas, tan lejos y tan cerca


El conflicto con el Reino Unido por la soberanía de nuestras islas Malvinas lleva más de dos siglos de una discusión sin fin. La semana que pasó, el gobierno isleño decidió concesionar la búsqueda de petróleo en el norte de nuestra plataforma continental, partiendo desde el territorio antártico, a pocos kiómetros de la provincia de Tierra del Fuego.
Para mal de males, la empresa Techint está directamente involucrada en el meganegocio que significa un atropello a la soberanía argentina en el Atlántico Sur. Los expertos aseguran que allí puede haber tanto combustible fósil equivalente a la tercera parte de las reservas de Arabia Saudita. Lo que significaría una solución para todo nuestro sistema energético en los próximos doscientos años.
Sin embargo, los ingleses se niegan a discutir la soberanía y Europa reconoció a las islas como “territorio británico”: la justificación de un enclave imperial que desató la inmediata protesta del gobierno nacional.
Lo que sigue es la crónica amarga de sentirse extranjero en la propia patria. Un viaje de ida a Malvinas en recuerdo de los caídos en 1982.

Ver crónicas:
Vivir y morir en el viento. Ver nota en 24con.com
El argentino que cuida el cementerio de Darwin. Ver nota en 24con.com
Diario El Argentino

Textos y fotos:  Juan Alonso