Filosofía práctica y desventuras de José Pablo de Il Panzonni (3)

Por Juan Alonso

Se hacía tarde y José Pablo de Il Panzonni apuró la cerveza tres cuartos. Pensó que por esa noche no valía la pena jugarse el pellejo por el botín que había escondido bajo la tierra negra de Celina, lejos de “Goma” y el capitalista de la tómbola, Méndez Larretti y los sicarios de “Culata” Bonanza.

Se secó los labios con el revés de la mano derecha, pagó 12 pesos y caminó hasta la cabina del teléfono público.

Discó el número de Gervasio Nahuel, su único hijo, que esperaba el llamado tanto como la mensualidad.

-No voy- le soltó José Pablo de Il Panzonni- vos no te preocupes por nada que más tarde me encargaré.

Cerrá bien las puertas y ventanas y mandate a mudar de ahí a la casa de algún amigo-.

La calle, llena de perros flacos mascando sobras de las bolsas de residuos, le parecía tan ajena como su vida de estos últimos meses.

En sólo ocho semanas, dejó de ser técnico de fútbol amateur, profesor de gimnasia y quinielero del Club Social y Deportivo de Fomento Barrio Tanque.

Y se la pasaba prófugo de sí mismo.

Se preguntaba: ¿para que sirve la plata, para qué carajo?

Andaba esquivando la baba de los perros con la suela de las botas de cuero, cuando se topó con ella.

Rubia, ojos azules, mezcla de ángel del paraíso y enjuta deidad de todos los misterios, puestos ahí, en un cuerpo de mujer de 30 años en 52 kilos moldeados a medida.

José Pablo de Il Panzonni la quiso. La quiso desde el primer instante en que la vio pasar en el centro de esa  noche polvorienta.

Ella subió al 56 y él corrió hasta alcanzarla.

Clara era su nombre.

Escuchaba música cuando José Pablo le regaló la primera sonrisa idiota con un hola que sonaba fuera de tono.

Ya habían pasado el centro de Villa Lugano y el autobús avanzaba raudamente por la autopista rumbo al bajo Flores y después al centro de una Buenos Aires que bullía.

Al bajarse ambos en Congreso, José Pablo de Il Panzonni le propuso compartir un café en Callao y Rivadavia.

Clara le respondió que sí, aunque parecía poco convencida: sí él demostraba la más mínina duda, ella simplemente desaparecería para evaporarse entre la multitud en donde no abundaban las Claras.

Durante esos pasos hasta el bar en donde por fin la conocería un poco, José Pablo de Il Panzonni olvidó la fuga, el dinero y hasta a su hijo adolescente que lo llamaba Juan cuando estaba enojado.

Su ex mujer le había comenzado una guerra de cartas documento que José Pablo no recordaba ahora, mientras Clara lo observaba con esos dos ojos de luna nueva.

Por primera vez en años, José Pablo de Il Panzonni se sintió seguro, lejos de los campitos de la trampa.

Con suerte, quizás, la tendría a ella consigo.

A Clara, la de ojos de luna y cielo.

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