Breve historia de un santo maldito

No desesperen los favorecedores. Pronto les daré la lata de una vida hecha jirones por amores enloquecidos. Una saga de brujas y magos farsantes que hacen cola en la parada del bondi para pedirme monedas.

Y no se las doy.

Nací el 29 de marzo de 1967, el año que mataron al Che. Mi padre fue obrero textil y peronista. Todavía conservo su carnet de afiliado al partido de Juan Perón.
De niñito, me ocupaba mucho más de la pelota que de las matemáticas y la escuela.
Con sólo 14 y un paso frustrado por el colegio secundario que abandoné para después estudiar de noche –incluso en la universidad- me conchabé en la carnicería de mi primo, El Drepa, justo a media cuadra de una villa miseria de Munro, Buenos Aires.
Ahí, entre cortes de vaquillonas y achuras, me fui haciendo hombre con los tajos del cuchillo.
El serrucho era más grande que yo y a mi primo le hacia gracia verme cortar el azotillo con los dos bracitos, sudando a mares.
Él era fanático de Serrat y cantaba sus canciones mientras desmontaba medias reces y deshuesaba los pollos.
Era un experto en el manejo del negocio y el local se llenaba de gente desde que abría, a las 8 –nosotros ingresábamos a las 6- trajinando sin pausa hasta las diez de la noche con un intermedio a la hora de la siesta.
A puro corazón y pases cortos.
Como ve, antes de abrazar el oficio periodístico, trabajé mucho, no vaya a creer…
Fui vendedor premiado de Bonafide, contratado para levantar la venta de café en zonas industriales. Corredor de productos Canale por casi todos los barrios bonaerenses, vendedor de cacerolas casa por casa, lavacopas, mozo, y encargado de un bar muy cheto que funcionó dentro de un complejo de canchas de tenis en Vicente López, en donde enseñaba Dante, un riojano mujeriego que me decía “¿cómo andás papirulo?” Y miraba a las viejitas bonitas de pollera blanca y billetera suelta.
Dante era también el profesor de tenis del ex presidente palíndromo.
La pasión por el ejercicio del periodismo me picó con los primeros levantamientos militares de la frágil democracia nuestra.
Mi debut profesional fue tan delirante como las trasmisiones de fútbol que realizábamos siguiendo la campaña de Platense del Negro Pedro Marchetta.
Todo estaba atado con alambre de ilusiones.
Una tarde, leyendo el PRODE, me equivoqué y arrojé el micrófono con una sonora puteada al aire que provocó la risa esquizofrénica de mis patrocinadores de esperanzas.
Ya era lo bastante loco. Y no tenía miedo a nada.
Así que pronto realicé mi primera investigación sobre una serie de muertes dudosas en el Hospital Moyano. Antes me había encargado de los sobrevivientes del aliscafo Flecha del Litoral que naufragó en el Río de La Plata.
Tomaba notas y grababa hasta los bostezos de los entrevistados.
Con el tiempo aprendí. Y callé para escuchar.
En 1992 ingresé como colaborador de la revista Caras siguiendo a los famosos de la época en tardes larguísimas sin ningún sentido.
Ya en el ´93 me contrataron como productor periodístico de Radio La Red, en donde trabajé hasta el ´98, cumpliendo todas las tareas de un periodista en radio: cronista, redactor de informativo, enviado especial por elecciones nacionales o levantamientos sociales, columnista de actualidad con Marcelo Manuele, Martín Visuara, Adrián Noriega, Fernando Bravo, Juan Alberto Badia y Carlos Rodari.
Así cubrí el atentando a la Amia en 1994. Mi hija no había nacido.
A partir del ’97 comencé a trabajar en la sección Deportes de la revista Noticias –con quienes colaboraba desde antes, escribiendo informes para Política e Información General- al mando de Daniel Olivera y Marcelo Larraquy.
Con ellos formamos un equipo bastante demoledor. Teníamos un buen motor en el bobo.
Cuando llegó la patota de Fernando Niembro me fueron corriendo de la radio y el vínculo se deshizo.
Fue entonces cuando me especialicé en periodismo de investigación, crónicas y entrevistas.
Pasé por casi todas las secciones de Noticias en su mejor época con un plantel de profesionales brillantes: Roberto Caballero, Gustavo Cirelli, Gonzalo Alvarez Guerrero, Silvio Santamarina, Gustavo Hierro, Pablo Perantuono, Emilio Fernández Cicco, Alex Milberg, Daniel Balmaceda, Gabriel Michi, Pablo Sirvén, Jorge Fernández Díaz  y tantos otros.
El 2001 me cruzó en Editorial Perfil, pertrechado en mis convicciones.
Al año siguiente, luego de un conflicto gremial intenso que me tuvo como uno de los condenados al cadalso, me despedí de esos fuegos muy orgullosamente, con la frente alta y el corazón limpio, en búsqueda de un nuevo comienzo.
Me dediqué a publicar crónicas en Veintitrés, Gatopardo, Brando, Surcos, Rumbos, Nueva, El Federal y los Andes de Mendoza, entre otros medios gráficos.
En 2005, publiqué “¿Quién mató Aramburu?”, editado por Sudamericana, bajo la mirada sabia y fraternal de Daniel Guebel, menos alienado que el maestro Alberto Laiseca, pero muchísimo más cáustico con el lápiz rojo.
En 2006, formé un equipo de investigación periodística en el relanzamiento de Radio Belgrano que resistió el paso del tiempo y la ponzoña.
Todos ellos son buenos periodistas, pero principalmente, personas de bien.

Aquello duró un año hasta que me marché para trabajar como redactor especial en la revista 7 Días conducida por Daniel Olivera y María Sucarrat.

Luego pasé a integrar la redacción del diario gratuito El Argentino, como editor de Sociedad.

Hoy en día tengo a mi cargo la sección de noticias Policiales del diario Tiempo Argentino.

En 2010, junto a Cynthia Ottaviano publicamos una investigación conjunta sobre el caso Papel Prensa que todavía forma parte de la causa penal contra Héctor Magnetto y Bartolomé Mitre -de Clarín y La Nación- por haber incurrido en presuntos delitos de lesa humanidad en la apropiación de esa compañía a la familia de David Graiver.

Nunca dejé de pensar como Rabindranath Tagore: “Agradezco no ser una de las ruedas del poder, sino una de las criaturas que son aplastadas por ellas”.
Y fumo mi pucho en el balcón con la simpleza de los felices. Atesorando cada instante de esta vida jodida y hermosa.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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