Pastillas de mente (5)

Por Juan Alonso

Llegó con los huesos molidos, los ojos chinos con profundas ojeras de noches enteras durmiendo cinco, seis horas, pero se dijo que llegó al fin a su tugurio de libros, botellas de alcohol y enceres para limpiar lo que de todas maneras se ensuciará hoy.

No sabe para qué llegó a su casa, pero el hombre reconoce que giró la llave de la puerta y luego regó la estrella federal: fue hasta la la heladera y se llenó un vaso de ron. Salió al balcón, encendió un cigarro de tabaco puro y miró la luna blanquísima.

Pura luna en el cielo infinito. Garra de los sentidos.

El hacha de la luz de esa luna pregunta para qué somos esto que somos en las madrugadas de Buenos Aires, ciudad de los desheredados, los idiotas y los turistas buscando minitas como perros amarillos.

Ricardo Fort, el dueño de la fábrica de chocolates, era entrevistado por Rolondo Hanglín en el canal de Daniel Hadad.

Fort es tan ignorante que dijo que lo ponía mal hablar de política y terminó elogiando la década de Carlos Saúl Menem.

Caminó quince pasos justos hasta el  sillón y clavó la vista en otro canal que no logró precisar qué estaba diciendo, difundiendo, subjetivando sobre la mortalidad y eso que decimos y conocemos con el mote periodístico de realidad.

¿Realidad?

Era cualquier hora cuando llegó, porque siempre vive (eso repite como loro) a contramano del resto del mundo ajeno a sus desvelos.

Por la mañana, alrededor de las diez, el condenado vecino que grita cada polvo como si fuese un gol de Messi contra Inglaterra en el Mundial, regresó a su manía infantil de clavar paredes con chucherías a deshoras.

La mañana, a decir verdad, es para dormir o desayunar cálidamente leyendo los diarios en buena compañía con tostadas untadas en manteca y hasta huevos revueltos que a él le fascinan tanto, pero su hígado ya no resiste como antes.

“Mejor el sushi”, sugiere un colega de exquisito gusto culinario.

Entonces, todavía inmerso en los vahos de la larga noche, se sumergió en el espejismo de las hojas de la luna que extiende sus ramas y ramitas por el sendero de los falsos recuerdos enfilados con desdén.

Y se dijo que quizás podría regresar al principio del camino en donde todo era un juego y había héroes y villanos.

Se dijo mientras pitaba el cigarro áspero que podría escribir aquello que tenía siempre postergado.

Meditó sobre la palabra felicidad. Y se prometió ser mejor el día de mañana. Sonrisas que salen de las canillas.

Lo aprendió de su padre: “mañana vemos”. Una muletilla destinada a pinchar las fieras más feroces creando comisiones para nunca resolver lo más importante.

Ya amanecía y el sol naranja se colaba por el ventanal del living cuando se sentó a pensar en la intangibilidad de la vida.

Notó que de poco sirve fugarse en cuentos de gitanos falsificadores.

Cantó el gallo y durmió diez horas, hizo goles, corearon su nombre, llevaba la cinta de capitán y el técnico era Ángel Cappa.

Ya es demasiado tarde para reciclar cuando asome oscuro. Y como dijo un amigo: “Si no vivís en Australia, es medio raro que te guste el cocodrilo”.

Hoy el día será mejor, por lo menos saldrá el sol, dijeron en la panadería del barrio.

Ya es demasiado tarde y el sueño se apoderó de nuevo de nuestro hombre atribulado por el éxito efímero

leyendadeltiempo.wordpress.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s