La fuga es un bochorno que desnuda el quiebre del pacto de la Política con la Policía


 

Por Juan Alonso

 

Este papelón histórico comenzó a rodarse durante la última semana de 2015 en el penal de máxima seguridad de General Alvear. Hace 14 días, los hermanos Martín y Cristian Lanatta, y Víctor Schillaci, salieron por la puerta con una pistola de madera, un guardia como rehén, y un Fiat 128 que tuvieron que empujar para que arranque. Luego abandonaron al efectivo del (SPB) a su suerte y emprendieron la fuga más rocambolesca de la historia criminal argenta.

Los recibió un grupo de apoyo con chalecos antibalas, armas  de puño calibre .40, 45, y 9 milímetros, escopetas 1270, y rifles de asalto como los que usa el Ejército (FAL). Con todo ese arsenal encima, estos tres flamantes herederos de Butch Cassidy y Sundance Kid sacudieron el verano en un rock interminable, atravesando zonas tan disímiles como Florencio Varela, Chascomús, Ranchos, Quilmes y vuelta a Berazategui; llevando a cuestas un delirio de balas y desesperación, que incluyó –según la versión oficial- cuatro presuntos tiroteos en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe.
Ayer, en la cima de esta demencia mediática, allí donde anida el veneno para soliviantar el estupor social, se dijo que los tres hombres que habían sido condenados a  perpetua por el triple crimen mafioso de General Rodríguez habían sido detenidos a 40 kilómetros de la ciudad de San Fe.

Pero no era así. La “alegría” duró poco menos de dos horas. Y se desinfló eso que la vicepresidenta de la Nación mencionó como “un alivio y un resultado satisfactorio”. ¿Por qué? Porque el único que cayó fue el cerebro de la banda, Martín Lanatta , un duro, que aparece en esta edición con la nariz quebrada y la mandíbula rota. ¿Qué grupo de elite de los 600 agentes especiales que estaban en Santa Fe lo apresó? Nadie. Al Lanatta con dos (T) lo frenó un zanjón en un pastizal. El otro, el que le hizo la entrevista en la cárcel de Alvear, que ayudó a que Cambiemos lograra  ganar las últimas elecciones por la gravísima imputación al ex jefe de Gabinete, Aníbal Fernández –se dijo que era el autor intelectual del Triple Crimen y se lo tildó de narco-  está en Estados Unidos. Pero no es Michael Moore, es Jorge Lanata: de Sarandí al fulgor del estrellato. De Página/12 de fines de los ’80 a aliarse con Héctor Magnetto. De “progre” a talibán del billete.
¿Qué está sucediendo? El flamante gobierno de Mauricio Macri, quien tiene el récord de haber trabajado sólo 10 de 30 días con una máquina cerebral que imprimió 85 decretos de necesidad y urgencia en los primeros cinco días de gestión, pretende planchar la economía y someter a la clase trabajadora con el miedo y la extorsión de conservar el empleo resignando el salario. Ya devaluó el peso un 45 por ciento y benefició a los ricos de la Sociedad Rural con más de 100 mil millones de pesos para 7500 productores que todavía están sentados sobre los silos de soja y, tal como los mercaderes del templo bíblico, ansían la angustia ajena para capitalizarse. La angurria es así.
¿Ése es el único problema? No. Hay uno mayor. Desde 1983 la Policía se gobernó a sí misma y su máximo deber no es como se cree la seguridad pública: están para mantener el statu quo. El sentido del orden concebido por el gobierno de turno. Claro que  eso no invalida la auténtica y genuina vocación policial de miles de honestos trabajadores. Lo que existe aquí es una superestructura que realiza un pacto tácito o explícito con la Política. Se trata de un acuerdo de convivencia en donde la Policía garantiza cierta paz social y una regulación del delito que no preocupe al Ejecutivo. Siempre y cuando nadie vulnere el pacto, todo marcha bien. Este desdichado caso que lleva dos semanas de zarandeo se centra en que se ha quebrado el contrato explícito entre la Política y la Policía.  De otra forma no se comprende cómo fue que los Lanatta y Schillaci lograron salir de un penal de Alvear y andar robando camionetas como hacía el bandido rural santafesino, Juan Bairoletto, con las chatas y la caballada. Estos “buenos muchachos” delincuenciales, carecen de esa mística del Mal.-

*Nota publicada el domingo 10 de enero de 2016 en el diario Tiempo Argentino.

 

 

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Sed de mal


Por Juan Alonso

 

Hoy es un día gloriosamente triste. Se termina una era. El kirchnerismo pasará a la historia como la construcción política que llegó para honrar y poner en práctica las banderas de justicia social que legó Perón. Las gestiones de Néstor y Cristina fueron los dos mejores gobiernos de la historia de la democracia. Nunca antes un movimiento revalorizó tanto la Política tras la debacle del 2001/2002. Veníamos del naufragio y aprendimos a nadar. Fuimos dignos. Gran parte de la sociedad dejó el trueque y el hambre por el salario, por la Asignación Universal por Hijo, por el trabajo, por la primera computadora entregada por el Estado en los arrabales del arrabal, por la Universidad en el barrio, por el colegio inclusivo, por la búsqueda incesante de Justicia en causas por violaciones a los Derechos Humanos. Fue una época donde a los genocidas se los llamó criminales. Porque la dictadura fue eso y no un proceso. El kirchnerismo vino a darle valor a los sueños de generaciones. El kirchnerismo enamoró. Y por antonomasia también captó los enemigos más poderosos que puede tener un gobierno democrático: las grandes cadenas de supermercados, la banca especulativa (interna y externa), la concentración mediática del Grupo Clarín y sus socios, y la lógica del capitalismo foráneo de la principal potencia del continente.

Hay presidente electo. Dicen ser el cambio: son el pasado.

No está mal hacer un ejercicio de memoria y recodar que cuando Fernando de la Rúa se fue por los techos (es el mismo personaje que se pronunció a favor de Macri), su Policía asesinó a tiros a 39 argentinos. Algunos cayeron baleados a metros del Obelisco y la Plaza de Mayo. Aquello no fue nada normal, digamos. Y la Corte no intervino. Ni siquiera con la peor sucesión de presientes truchos (cinco en total), que asumían por el transcurso de unas horas. Pero Cristina Fernández de Kirchner no sólo no se fue en helicóptero de la Casa Rosada como De la Rúa; tampoco renunció como hizo el cándido Carlos “Chacho” Álvarez. Ella deja un país sin deuda, con una sumatoria de derechos adquiridos para la clase trabajadora nunca vista  desde 1983. Además, de una pelea internacional en todos los foros con los fondos buitres que sentó jurisprudencia para el mundo.
Claro que el kirchnerismo tuvo los límites propios de todo proceso de raíz popular: el condicionamiento del sistema de acumulación del capitalismo y sus lobistas empresarios y cancerberos. El mismo poder del dinero que designa a dedo a los gerentes de multinacionales para adueñarse del Estado. Algo que no es nuevo en la historia nuestra.
La grieta no comenzó con las retenciones al campo. La grieta viene de lejos: desde que aquella antigua colonia española comenzó a abrirse camino con un grupo de patriotas y mercaderes leguleyos, en ese barral que era el río –tierra de contrabando y truhanería- rodeada de indios bravos que se comían los cadáveres de las vacas y caballos, y maloneaban el horizonte a pura rabia por la carencia del desierto pampeano. De ahí venimos. Somos un país forjado a fuego y a cuchillo. Donde el odio siempre fue más hondo y perdurable que la convivencia. Si en Estados Unidos los colonos se abrieron paso empuñando las pistolas de Samuel Colt, aquí la palabra degüello fue tan común como la costumbre alimenticia de masticar carne asada cocinada a las brasas.

El amigo Alejandro Caravario pensó que “El Matadero” -ese maravilloso libro de Esteban Echeverría- adelanta de alguna forma esa antigua (falta) donde se mezclan las pasiones más abyectas con la nobleza de los hombres, la persecución del bien común, y claro está: la psicosis colectiva. La carestía de carne. El lodazal. El charco donde va a parar la vida. La sangre como un mar de Judas. Todo eso también somos.
Ahora que soplan vientos de desguace hay que tener memoria y ser agradecidos. En el mundillo de los periodistas no suele haber sentido de clase. Algunos colegas creen ser cirujanos o filólogos, analistas del té con leche, mojadores de facturas y acomodaticios del espiral, la linternita, y el cine. Otros se proclaman como los defensores de una independencia falsa que esconde el verdadero chantaje. La técnica del aporreo. La negociación boxística de las palabras. Pero sucede que, a veces, lindos y lindas del biri-biri, las palabras son dueñas de una música que no tiene precio. No se vende. Es como la pelota de Diego. La palabra no se mancha. Y sobran los ejemplos: de Arlt a Walsh y de Viñas a Bayer. Los apóstoles de la gerencia del sentido lo saben, pero juegan a ser Tom Wolfe con el dinero que reciben de las patronales esclavistas. Fingen demencia y pretenden que todo el resto haga lo propio. Pero no. No todos nacimos para mayordomos.

La historia nos enseña que las grandes luchas no las ganan los individuos en solitario. Las ganan los sujetos que tienen una ideología, una identidad, una conducta y un motivo. Si la derecha está alambrando el mundo habrá que correrse para no ser enlazado por el neoliberalismo vacío y banal. Las personas no dejan (ganancias): somos seres humanos. De Cristo a Buda y del Zen al Bushido aprendimos que el destino está atado al anhelo del hombre. La pulsión puede ser mortal. Cuidado con la vocación suicida de una porción grande de esta sociedad.

En estos 12 años nos ha tocado dar batallas contra el poder de los medios concentrados, sus empresas y sus mandantes. Muchos de nosotros lo hemos hecho por absoluta convicción. Sin cargos, sin prebendas, sin jubilaciones de privilegio, sin caja ni chequera, sin cobardía, sin dinero de ninguna pauta  Ojalá no llegue nunca la hora de los financistas y especuladores que juegan a la derrota de los derechos del prójimo para abroquelarse en su falta de decoro y dignidad.

La Argentina que viene no será como la que hemos vivido. Los dueños de las grandes compañías nacionales y extranjeras llegan a apoderarse de los principales puestos del Estado. Quisieran privatizar Aerolíneas e YPF. Quisieran arrojar a cientos de trabajadores por la ventana. Han tenido la osadía de nombrar a un ex CEO de Techint en el Ministerio de Trabajo. No faltan quienes auguran que pretenden negociar una escala paritaria cada cuatro años. Y para mal de males cuentan con ciertos jueces y fiscales –los mismos que se manifestaron preocupados por la honestidad y el final de Alberto Nisman- para lograr sus planes revestidos de presunto republicanismo.
El único camino posible es dar testimonio. Revelar lo que el periodismo oficialista callará hasta arrimar sus dientes de vampiro sobre el cuello flácido de esta democracia de lacayos que se hacen llamar magistrados como en la antigua Grecia.-

Los inventores del infinito


Por Juan Alonso

Rodolfo Palacios tiene una narrativa que capturó lo mejor del policial rioplatense. No es la primera vez que escribe para Tiempo ni será la última. Él no lo quiere admitir, pero tiene una obra. Y su voz viene de lejos.

Hubo un tipo, Emilio Petcoff, periodista él, que desayunaba un vaso de vino blanco antes de entrar en Clarín. Cuenta el amigo Alejandro Caravario, que un día de cierre fatal, alrededor de las dos de la madrugada, lo incitaron a redactar su propia necrológica. Y Petcoff hizo volar los ángeles de su Olivetti sin ninguna tachadura. Estallaron las escenas de seres alucinados chocando entre sí para poder respirar. Son los mismos que protagonizan los libros de Palacios: títeres que cuelgan de la ajenidad.

Así pasa el alma atormentada de Puccio y el ojo criminal de Robledo Puch. Todo el mal que es capaz de provocar el hombre en su desesperación. “Yo todavía no he llegado al fondo de mí mismo”, le hace decir Roberto Arlt a Erdosain en Los Siete Locos. Pues bien: Puccio pretende hacer lo mismo con su monólogo en la peluquería pampeana. No puede con su final.

El entrañable Ricardo Ragendorfer (el mejor de todos) remataría esta columna con una risa estentórea y un café bien cargado en una ventana del bar La Academia.  Allí donde se pasean los fantasmas de grandes escritores, vírgenes, putas, músicos, sirenas, vagos, asesinos y una larga lista de inventores del infinito.

Un viaje al terror por la mente del jefe de la familia Puccio


El escritor Rodolfo Palacios logra captar la esencia de un ser alucinado por sus crímenes. Arquímes Puccio, muerto en 2013, desgranó su locura en este adelanto exclusivo de Tiempo. Entre 1982 y 1985, su banda secuestró y mató a tres empresarios, a quienes mantuvo como rehenes en su casa de San Isidro. En septiembre Telefe emitirá la serie Historia de un Clan.

Por Rodolfo Palacios*

 

“He matado, sí, pero daré vida a innumerables fantasmas.”
Roberto Arlt, El fabricante de fantasmas.

 

Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. Por todas las boludeces que se dijeron de mí. Ando por la calle y los encaro. Muchos se me cagan de risa. Señora, ¿sabe quién soy? Pibito, ¿sabe quién soy? Carnicero, ¿me tiene visto de algún lado? Amigo, ¿nunca vio una foto mía en los diarios? Señorita, ¿le han hablado de mí? Y cuando les digo quién soy, muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo. Un viejo choto de 82 años. Un señor mayor con el que se puede charlar, tomar un mate, ir de copas, escuchar un tango, salir a buscar pibas o jugar a las cartas.
Salí en la portada del diario La Reforma de General Pico y el diario se agotó. Vendo. Aunque la gente no me conoce. No conoce mi historia. Unos tipos me vinieron a putear. Al principio los encaré para la mierda. Entonces ahí empezaron a respetarme.
Me cago en la reputísima madre que los parió. Me querían declarar persona no grata. Me encararon justo cuando estaba comprando unas cositas en la góndola del mercado.
Inventan todo. Inventan que maté, que secuestré, que fui de la Triple A. ¡Inventaron que violé un arresto domiciliario para robar golosinas!
Gracias a Dios estoy vivo para llevar a cabo mi misión evangélica. Ayudo a la gente, a los desposeídos, a las criaturas, a los defectuosos. ¡Son tan cariñosos los defectuosos! Viven pidiendo afecto. Una caricia, un abrazo. Vivimos en una sociedad hipócrita que se olvidó de sus semejantes y sólo piensa en sus autos, sus casas, sus viajecitos. Y se han olvidado de los necesitados. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo?
Yo me cago de risa. No hay que ser amargado. Me gusta aconsejar a los muchachos. Andan muy confundidos. Se van detrás de alguna atorranta que les muestra el ojete y pierden el rumbo. Y las minas se van con otro que la tenga más larga o los cambian por un bidet. Les gusta que el chorrito fuerte y caliente se les meta en la cotorra y las haga acabar. Qué atorrantas son. Soy el hombre de mayor edad del mundo en recibirse de abogado, pero estos hijos de puta no querían que jurara. En la entrega de diplomas estaba lleno de pibes. No tenían ni la más puta idea de quién era yo. Ni se imaginaban que así, viejito y todo, me los fumo bajo el agua, me los cojo de parado. A pija muerta. Podría enseñarles muchas cosas a esos mocosos insolentes. Les falta un golpe de horno o una cachetada. ¿Estamos?
Si aprendieran de mi experiencia, las cosas irían un poco mejor, recuperarían el amor por la Patria y por el prójimo. ¿Estamos?
Me dan bronca los oligarcas. Y también los negros ignorantes. Negros catinga. Pero como decía el general Perón, los ladrillos también se hacen con bosta, la putísima madre que los remilparió.
“Así, pues, el que está unido a Cristo es una nueva persona; las cosas viejas se terminaron y todas son nuevas”, dicen las Sagradas Escrituras. Gracias a Dios tengo buena salud. ¿Acaso me ven caído como teta de vieja? Tampoco me pidan que me eche un polvo así como si nada.
Las pibas me vuelven loco. En la pensión hay una que tiene el culito parado. Una manzanita. Lo zarandea la muy puta. El otro día me encamé con una gordita putona. Me pide que le rasguñe los pezones. Se los dejo colorados como huevo de ciclista. Por eso me dejo larga la uña del dedo chico. Para toquetear tetas. Y de paso hacer el repulgue de las empanadas. Las mujeres me vuelven loco, pero nunca pierdo el rumbo. He estado con rubias, morochas, coloradas, castañas, negras, gordas, flacas, altas, bajas. Sólo me faltaron pasar por las armas a las japonesas. Dicen que tienen la conchita horizontal.
Lamentablemente sigo fuera de la vía. Estoy manoteando el aire, buscando encajar en la vía, la máquina se me está enterrando, gasto mucha energía. Cuando esté en la vía, no paro más. No paro más, ¿estamos?
Lo más importante es reírse. Por eso le pregunto a la gente si me tiene miedo. Vecino, ¿no tiene idea quién soy? Panadera, si adivina quién soy, le ofrezco mis servicios de contador y abogado gratis. Muchachito, ¿me juna? ¡Qué me va a junar con esa cara de boludo!
Al final, cuando les digo que soy Arquímedes Puccio, se caen de culo. Puccio, al que acusaron falsamente de secuestrar con su familia en el sótano de su casa. ¡Están en pedo! Mi familia era normal. La hicieron mierda esos hijos de puta. Deberían ponerse de pie al oír mi nombre. Manga de brutos desagradecidos.
Soy Arquímedes Rafael Puccio, les digo.
Y muchos se caen de culo. Se caen de culo. Y yo me cago de risa. Me les cago de risa en la cara.
(Fragmento de una entrevista realizada a Puccio en 2011.

El viejo Puccio entra en la peluquería sacando pecho y silbando un tango de Pugliese, como un rey loco y testarudo al que lo han abandonado hasta sus bufones. Un rey con alpargatas agujereadas, pantalón caqui y pulóver azul lleno de pelusa. Un rey barbado, de mirada penetrante y cejas mefistofélicas. Retacón y agrandado, aunque no tenga dónde caerse muerto. Pensar que en sus años mozos, como dice él, se empilchaba con saco y corbata, y viajaba por el mundo. Ahora, en mayo de 2012, es una cáscara de lo que fue, un jubilado que sobrevive en una pensión de General Pico, La Pampa.
Saluda en voz alta para llamar la atención.
El peluquero lo mira, pero no responde el saludo. Sigue cortándole el pelo a un cliente.
Puccio se sienta y hojea la revista Paparazzi.
—¡Qué pedazo de culo que tiene esta atorranta! A estas revistas con olor a concha habría que prohibirlas, embrutecen al hombre.
El peluquero lo mira con desprecio. El cliente se ríe. A Puccio no le importa. Habla solo, pasa las páginas y hace comentarios:
—Estos se la pasan mostrando sus casas y sus autos. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo? —se pregunta y luego de un breve silencio, se responde—: Con ninguna autoridad, turros de mierda.
El peluquero deja la tijera a un costado y se acerca al viejo.
—¿Qué se le ofrece, señor?
—Mire, hombre, si estoy acá es para cortarme un poco el pelo, no voy a venir a comprar huevos o un churrasquito.
—Le voy a pedir que no diga groserías. En diez minutos lo atiendo.
—Quédese tranquilo, soy inofensivo. ¿Sabe quién soy?
—No tengo idea.
—¿No se imagina?
—Señor, estoy trabajando.
—Soy Arquímedes Puccio.
El peluquero sintió que estaba frente al diablo. Había escuchado que Puccio vivía en su pueblo pero nunca se lo había cruzado.
—Le voy a pedir que se retire y no vuelva nunca más.
—¿Por qué motivo?
—Yo no le corto el pelo a asesinos.
—Usted se deja llevar por la prensa. Son todas mentiras.
—Si no se va, voy a llamar a la policía.
Puccio no dijo nada. Se dio media vuelta y salió cabizbajo.
Desde ese momento no volvió a preguntarle a nadie si sabía quién era. Era mejor que ignoraran su pasado (…)
Después de 23 años en prisión, el 18 de julio de 2008 salió en libertad condicional de la cárcel de General Pico y fue a vivir a la casa del pastor Héctor Villegas, de la iglesia Biblia Abierta (…) Esos días los vivió con una mezcla de alegría por salir de la cárcel y la tristeza por la muerte de su hijo Alejandro, ocurrida el 30 de junio por un cuadro agravado de neumonía.
El reencuentro entre padre e hijo en libertad no pudo ser posible. La última vez que se vieron en la calle fue el 23 de agosto de 1985, en San Isidro. El último día que pasaron en libertad antes de la caída.
Arquímedes fue detenido con sus cómplices, entre ellos sus hijos Daniel “Maguila” y Alejandro, talentoso wing tres cuartos del CASI, un tradicional equipo de rugby de San Isidro, y ex jugador de Los Pumas (…)
Los vecinos creían que la familia era inocente. No podía ser que el señor Puccio, que los domingos iba a misa vestido de traje, hubiera arrastrado a los suyos al delito. Sintieron horror cuando se comprobó que entre 1982 y 1985, habían secuestrado y matado a los empresarios Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum (…)
En General Pico, Puccio vivió su segunda vida. Se inventó un nuevo pasado. Como esos escritores que en sus últimos años se alejan de todo y van a escribir sus memorias a un pueblo donde nadie los conoce, el viejo va al almacén, al mercado o la verdulería y a algunas personas les da una tarjetita que dice “Arquímedes Rafael Puccio, contador y abogado”. Una vez se presentó al Concejo Deliberante local para buscar clientes.
—En la tarjetita puse que atiendo urgencias las 24 horas y se cagan todos —me dijo el viejo cuando lo conocí, el 9 de julio de 2011. En ese encuentro, me impactaron su mirada fija, su energía de joven en un cuerpo de viejo y su memoria.
—Da la sensación de que proyecta su vida como si fuera a vivir 120 años —le comenté ese día.
—Es que voy a vivir 120 años y quizá mucho más —respondió con naturalidad, con la certeza de que tendría todo el futuro por delante.
—¿Cómo imagina su muerte?
—Me gustaría morir teniendo sexo. Sería un acto de justicia.
Puccio se jactaba de haberse acostado con más de doscientas mujeres. A muchas de ellas era capaz de recordarlas sólo por un gesto, la sensualidad de un escote, la forma de caminar o el aroma de la piel.
A los 82 años no tenía nada y al mismo tiempo tenía algo que lo hacía poderoso: una verdad nunca dicha. Un secreto que no tiene nombre.
—Pueden decir lo que quieran, imaginar, inventar, juzgar, pero sólo yo sé la verdad de esta historia. Y me la voy a llevar a la tumba —me dijo sin sacarme la mirada de encima.
Después de pronunciar esa frase, hizo un silencio —como los oradores que hacen una pausa para escuchar los aplausos— y empezó uno de sus largos monólogos. A veces reía a carcajadas de sus ocurrencias: se celebraba a sí mismo. Era lo más parecido a un profeta sin credo ni creyentes cuya misión en el mundo era repartir fantasmas a medida. .-

*Autor de El Clan Puccio, la historia definitiva, de editorial Planeta. Además, realizó la investigación periodística y fue miembro del equipo autorial de Historia de un Clan, de los hermanos Sebastián y Luis Ortega la serie de que saldrá por Telefe en septiembre.

 

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 14 de junio de 2015

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Robledo Puch, el monstruo humano del sistema penal


Es el asesino múltiple más importante de la historia criminal argentina. La justicia bonaerense volvió a negarle la posibilidad de salir en libertad. Está preso hace 43 años por cometer once homicidios entre 1971 y 1972. Vive en el Penal de Sierra Chica. ¿Cuál es el límite punitivo?

Por Juan Alonso
Cuando Carlos Robledo Puch era todavía un niño, las calles estaban bordadas con cinacina y los caballos de los crotos se mezclaban con los carros destartalos de los vendedores de chatarra. Los domingos flameaba el olor a carne asada y los tanos construían sus casas silbando canciones de la Segunda Guerra.
A fines de los ’60, con Robledo adolescente, funcionaban las ferias que iban rodeando la calle Paraná (divisoria de los partidos de Vicente López y San Isidro) y los viejos militantes de la Resistencia Peronista de mitad de los años ’50 ya le habían pasado la posta a los muchachos que formarían la mítica JP, que se hizo fuerte en Florida y el corredor Norte del Gran Buenos Aires.
Eran tiempos de dictaduras. No había fiesta del Bicentenario, ni 25 de Mayo en la Plaza con músicos gratis y más de 200 mil personas saltando y cantando hasta la medianoche.
A la esperanza había que construirla solo, como pasó siempre, o casi siempre.
Los inviernos eran muy fríos y los otoños, repletos de potreros, con cientos de chicos que iban a despuntar el vicio de la pelota, agrandando el universo más allá de los baldíos. Pero al desamparo de Robledo no le bastó aquel infinito. Tampoco le alcanzó el paisaje de cirujas trashumantes. Hay quienes afirman que allí empezó a anidar su espíritu criminal. Su necesidad imperiosa de destripar animales para prolongar su existencia en un vacío circular que lo fue horadando hasta convertirlo en el monstruo humano que ahora es. Un hombre que hace 43 años está preso por haber asesinado con crueldad a once personas entre el 15 de marzo de 1971 y el 3 de febrero de 1972, cuando Perón no había vuelto a la Argentina y en él –Robledo Puch– todavía no había germinado la locura.
El pasado 22 de mayo, la Cámara de Casación Bonaerense volvió a rechazar su libertad. Es la quinta vez que el Poder Judicial le niega esa chance. Su biógrafo, el periodista y escritor Rodolfo Palacios, dice que la mirada extraviada del antiguo hampón circunda los límites del delirio y en sus soliloquios se imagina dando discursos políticos y rompiendo las cadenas que lo atan a la muerte. Así, avanza con la antorcha de sus ojos inyectados y su voz trepidante hizo un hueco imaginario en el cemento del penal de Sierra Chica.
Palacios asegura que pese a todo ese hombre enjuto abriga cierta fe magullada por la derrota y su historia está plagada de presuntas injusticias (ver aparte).
¿Hasta cuándo un hombre es depredador de su prójimo y cuál es el límite punitivo del sistema que insiste en encerrarlo?
El ex juez de la Corte, Raúl Eugenio Zaffaroni, lo comparó con el caso de un ex estrangulador de mujeres mexicano que luego se convirtió en excelso conferencista de Derecho y no mató ni siquiera una paloma para el guiso. Sin embargo, el sistema lo mantuvo preso durante años por aquel viejo asunto del miedo inquisidor (ver la opinión de Zaffaroni).
Entre los argumentos de los jueces de la Sala III de Casación, integrada por Ricardo Borinsky y Víctor Violini, se dice que el condenado “muestra que no reúne las condiciones para el reingreso al medio libre a través de la libertad condicional”.
El fallo se sustenta en el informe del Departamento Técnico Criminológico que concluyó que Robledo Puch “carece de mentalidad reflexiva del accionar transgresor, reconociendo tan sólo ser autor de los robos cometidos con el fin de ayudar a los más necesitados, no así el resto”.
En enero, el médico forense Osvaldo Raffo dio la última entrevista periodística a este cronista, que salió publicada el mismo día de conocerse la muerte del fiscal Alberto Nisman. Raffo lo estudió durante meses (es el único experto que hizo una profunda evaluación médica y psíquica de Robledo) y dijo: “Un tipo como Robledo nace cada 100 años. Es la maldad en su estado químicamente puro. Él trataba de dominarme en la conversación. Lo estudié durante tres meses, dos veces por semana de forma personal. Volvía a mi casa y estaba muy nervioso. Me sentía mal. Me faltaba el aire. Mi finada esposa me preguntaba qué cosa me pasaba. Y era este tipo que me seguía haciendo daño. Su carga. Su historia. Él mató a toda su banda, por un motivo elemental: es homosexual, aunque yo creo que es un ser asexuado. La cosa es que después de asaltar, violar y asesinar a sus víctimas, la banda tenía sexo entre ellos en la misma casa. Se quedaban allí, saqueaban, comían, dormían juntos. Una vez le pregunté por qué mató a Somoza (su compinche, su socio) con un soplete en la cara. Y me dijo que fue para que no lo reconozcan los agentes policiales porque era su amigo. No, le dije, amigo un carajo, ¿por qué lo mataste? Y entonces ahí se soltó: ‘Porque a Robledo no lo abandona nadie.’ Me mostró su verdadera cara. Ellos tenían una filosofía para matar: torturaban, intercambiaban sexo. Esta es la historia de Robledo.”
Por su parte, el legista, psicólogo y psiquiatra Mariano Castex propone ir más allá de la coyuntura. “Robledo Puch estaría en condiciones de salir en libertad si se comprueba que es capaz de vivir en sociedad sin significar un peligro para los demás. Lo que hace falta en este caso es un profundo análisis –propone–, pero no de forma circunstancial. Tiene que ser metodológico y durante días y horas, no para una entrevista en el marco de un requisito legal, sino un estudio sobre el estado actual de su complejo psiquismo.”
Desde la criminología, el especialista Raúl Torre, lo define como un ser “perverso” que goza con provocar daño a los demás, con fuertes rasgos “esquizofrénicos y paranoides”.
Según Torre, quien se basa en el trabajo de Raffo para realizar su análisis en relación con otros autores y expertos en la conducta criminal, Robledo es incapaz de experimentar empatía y compasión por un semejante. Es decir que podría querer más a un gato que a un ser humano (ver aparte).
En tanto, la perfiladora criminal Laura Quiñonez Urquiza desarrolla esa misma idea asocial y traza semejanzas entre Robledo y otros asesinos. “Creo que con una motivación parecida, que es el resentimiento y la aserción de poder, no ha habido muchos, pareciera haberse encontrado a sí mismo a través de sus delitos y luego matando, como si fuese hasta un tema de supervivencia, como ocurre en aquellos que matan por placer, por diversión. Por momentos, esa es una motivación que va desde el poder, prueba con la crueldad, pero no es lo suyo y vuelve a disparar a distancia, como el caso de Marcelo Antelo, el llamado ‘asesino en serie del Bajo Flores’.

–¿Cuál era la pulsión criminal de Robledo?, ¿por qué mataba?
Laura Quiñonez Urquiza: –En un principio para mostrar su poder, quizás en otros haya sido para no ser reconocido posteriormente, pero era evidente que todo lo que lo conduciría era su sentimiento de omnipotencia. El resentimiento y la idea de traición en él operaban como disparador para matar, incluso a conocidos con los que aparentemente había formado un vínculo de camaradería en el delito.

Ha sido llamado “El Ángel de la Muerte” y se dijo que su voz tiene el extraño influjo de ingresar en el inconsciente para jugar al ajedrez con los pensamientos ajenos. Raffo confesó sentirse incómodo con el sonido de esa voz y por las noches el discurso agitado de Robledo lo visitaba traspasando todos los muros.
La mirada helada de Robledo jamás podrá liberar su desesperación. Y en eso, la vida mantiene una deuda muda con él.-

El indio solari*

“No encuentro manera de que mis emociones abarquen con sensibilidad adecuada hechos fenomenales como los acontecimientos en que Robledo Puch estuvo involucrado.
Cruzó una frontera extrema que creo reconocer pero nunca me vi extraviado mas allá de sus límites. En cuanto a su relación con mi imaginería debo considerar el hecho de que mis personajes, en general, están iluminados por la luz tóxica de sus ilusiones enloquecidas.
Si pudiéramos aprender el mundo, a cada rato, con la perseverante inocencia de las bestias, sus acciones no figurarían en el menú del gran restaurant de la naturaleza.
El nuestro es un planeta extraño que alberga las más inconvenientes criaturas y los legados mentales más difíciles de predecir. Por otro lado yo tampoco necesito del paraíso (pero se me nota menos).”
* Mensaje dirigido al autor del libro sobre Robledo

“Apurate Carlitos, agarrá tus cosas y rajá”, le dijo un guardia en un sueño

Por Rodolfo Palacios

Robledo Puch tenía un sueño recurrente. Un guardia lo despertaba para avisarle que le habían dado la libertad. “Apurate, Carlitos, agarrá tus cosas y rajá”, le decía. Robledo creía que era una broma. Al final salía de la cárcel de Sierra Chica entre aplausos y enfrentaba el mundo exterior. Caminaba al costado de la ruta con un bolso, pero de pronto se desataba una lluvia de meteoritos y debía entrar en la cárcel para protegerse.
Es probable que la realidad sea peor que esa pesadilla. El Ángel Negro lleva 43 años preso y ningún juez quiere liberarlo, aunque técnicamente la pena está agotada y la condena “por tiempo indeterminado” fue declarada inconstitucional.
“Mientras yo esté en este juzgado, Robledo no sale más. Ninguno de nosotros va a poner la firma”, dijo uno de los jueces de San Isidro que le negó la libertad hace dos años. El mismo magistrado reconoció que los estudios psicológicos y psiquiátricos que le hicieron a Robledo en los últimos años, “eran flojos”.
Si Robledo no fuese una leyenda negra y se llamara de otra forma, quizá estaría libre. “No estudia, ni siquiera mostró interés en trabajar y no tiene contención afectiva extramuros.” Esa fue una de las justificaciones a uno de los cinco pedidos de Robledo para ser liberado. No son muchos los liberados que estudiaron en la cárcel ni los que, al salir a la calle, tienen contención afectiva.
Otro de los argumentos con poco peso es que Robledo nunca asumió su culpa. Y para llegar a esa conclusión se basan en lo que Robledo me dijo en una de sus entrevistas: “Fui un ladrón romántico como Robin Hood que robó para ayudar a los más necesitados.” Para los jueces, tiene una “mentalidad reflexiva del accionar transgresor, reconociendo tan solo ser autor de los robos cometidos con el fin de ayudar a los más necesitados, no así el resto”.
Si no asumir la culpa fuese un obstáculo para conseguir la libertad, las cárceles estarían mucho más superpobladas. Ni Yiya Murano, ni Arquímedes Puccio, ni Sergio Schoklender asumieron sus crímenes y sin embargo fueron liberados.
La cárcel no hizo nada por Robledo. No le brindó herramientas para la resocialización ni le dio tratamiento médico. Todo lo contrario: fue torturado por la policía para que se hiciera cargo de los once asesinatos y en 1973 sufrió todo tipo de vejámenes cuando fue recapturado de una fuga de la cárcel de La Plata.
Cada año, Robledo vuelve a sufrir la misma condena, como si volviera a matar a las once víctimas.
Con el caníbal se puede hacer cualquier cosa, menos comérselo.
Cuando fue condenado, en 1980, al Ángel Negro se le atribuye una frase que nunca fue confirmada. Es más, uno de los jueces que dictó la condena nunca la escuchó. Pero la leyenda criminal, proclive a dar por realidades los mitos que se tejen a su alrededor, dice que Robledo miró a los jueces con odio y les dijo: “Algún día voy a salir y los voy a matar a todos.”
Ese día nunca llega.

“Es susceptible de libertad condicional”

Por Eugenio Raúl Zaffaroni
En realidad, nadie puede sufrir una pena realmente perpetua en la Argentina. Hace poco escribí un artículo que se publicará en el homenaje a una profesora de Córdoba sobre las penas máximas en la legislación vigente, que creo que las señala la ley 26.200 (que es la que determina la pena de los delitos contra la humanidad en el derecho interno), pero que no viene al caso, porque RP está condenado con la ley anterior a las disparatadas reformas “Blumberg”. Conforme a la ley que le es aplicable a RP la perpetua es susceptible de libertad condicional. Se discute si ésta es un derecho; personalmente creo que sí. No conozco los motivos por los que se le denegó el pedido, pero seguramente habrán hallado que alguno de los requisitos no se daba en el caso. En el plano de la realidad y al margen de los jurídico, debe pesar que ni los peritos ni los jueces se animan a otorgar la libertad condicional en el caso de RP, máxime en un momento en que se amenazan a los jueces por la TV y por los políticos. Desde lo criminológico la situación es dudosa en cuanto a pronóstico de conducta futura. Me viene a la mente el caso del “estrangulador de mujeres” de México en el año 1951, si mal no recuerdo. Se trataba de una persona joven con una secuela neurológica (producto de una encefalitis infantil) que mataba prostitutas y las sepultaba en el jardín por impulsos en el momento del orgasmo. El perito fue mi profesor de criminología en la UNAM, el maestro Alfonso Quiroz Cuarón, y aconsejó no liberarlo por toda la vida. Lo cierto es que pasaron muchos años, el maestro murió en 1978, y el Goyo -como le decían- salió en libertad creo que en los años ochenta, se recibió de licenciado en derecho y nunca volvió a matar a nadie. Daba conferencias por los barrios del DF despotricando contra la memoria de mi pobre maestro, quien por cierto fue el criminólogo más destacado de México en el siglo pasado (entre otras cosas el que investigó a Mercader, el asesino de Trotsky, y determinó su indentidad). Esto me enseña que nada cierto puede asegurarse sobre la conducta futura de una persona, incluso en casos de daño cerebral. Ha habido otros casos de liberados con homicidios masivos, el más conocido creo que fue el de Mateo Banks, que estuvo en Ushuaia, había matado a toda una familia y creo que la había arrojado a un aljibe. Salió después de muchos años y vivió normalmente, hasta que murió de una caida en el baño de una pensión en la que vivía con otro nombre.

*Extracto de un mail de Zaffaroni dirigido al periodista Rodolfo Palacios para el libro El ángel negro.

“Es un individuo que tiene a la muerte como su objetivo primario y utilitario”

Por Raúl Torre

Robledo Puch fue apodado El Ángel de la Muerte; nació el 22 de enero de 1952 en Olivos, Vicente López, sus progenitores son Víctor Elías y Aída Josefa Habedank. Antes de cumplir 20 años ya había llevado a la muerte a once personas, aunque se sospecha que haya victimizado a varias más. Hoy está cumpliendo una condena en la Unidad Penal de Sierra Chica, donde pasó más de la mitad de su vida.
Se lo define como un individuo con rasgos esquizo-paranoides y componentes perversos, esta última calificación por atenerse con cierto rigor a algunos de los autores contemporáneos, pues podríamos definirlo como un perverso puro.
Hilda Marchiori practica un análisis de los homicidios por placer: “El que da muerte… por el deseo de quitarle la vida a una persona, actúa por un sentimiento de violencia indiscriminado, sin causa y sin relación con la víctima. La personalidad psicopática, en este homicidio, asume una actitud de extrema violencia, que la conduce a mostrar su agresión y sus graves problemas internos a través de esa conducta gratuita de agresión y sadismo. Se observa en la personalidad de este individuo una identificación con la violencia externa, por ello la facilidad e insensibilidad que muestran en el delito”.
Raffo nos dice que Robledo Puch “…carece absolutamente de afectividad, no tiene remordimientos. Si bien se encuentra alojado en el pabellón de homosexuales en Sierra Chica, antes bien sería un individuo asexuado, no tiene el sexo importancia capital en su vida; no se debe hablar tampoco de preferencias exclusivas por su propio sexo…’. Se le conoció una novia en la localidad de Villa Adelina, cuyo nombre no revelaremos para no incursionar en la vida privada de personas inocentes”.
Hay una coincidencia de Raffo con el criterio de Juan Antonio Gisbert Calabuig, quien opina y amplía que “se trata de sujetos que saben ciertamente lo que es bueno y malo, teóricamente pueden ser rigoristas morales, pero situados ante el caso concreto corren el peligro, si afecta sus intereses, de conducirse con toda inconsciencia en forma asocial e inmoral.
Lo hacen así porque no experimentan compasión, simpatía, vergüenza, fidelidad ni respeto y, por tanto, no pueden determinar su conducta. Aún más, no sólo no son accesibles a estos sentimientos respecto de los demás, sino que también carecen de los sentimientos de su propio valor: orgullo, honor, dignidad e incluso los correspondientes negativos.
No pueden mantenerse firmes en la enemistad, odio e indignación, o en la amistad, compañerismo y amor. Por eso son incapaces de arrepentirse, porque ello supone vivir la culpa y en ellos se halla dificultada la formación de la conciencia.
En este sentido carecen de sentimientos, aunque puedan disponer de bellas frases líricas”. Se hallan como Hoberlein ha dicho elegantemente “del lado de lo bueno y lo malo, y si no se hacen criminales, es porque temen el castigo y saben, o han experimentado, que les tiene buena cuenta conducirse bien en un estado disciplinado”.
Esta perversión es de aparición precoz: ya desde niños se marcaría por sus mentiras y crueldad para con sus hermanos, camaradas y animales, por su inadaptabilidad social, por el precoz despertar de su sexualidad y por la comisión de frecuentes transgresiones legales, solo o formando bandas de delincuentes juveniles. El resto de su vida no es más que la lógica continuación de este prólogo.
Son vengativos, crueles, rencorosos, celosos, fríos y feroces en la venganza; cínicos, indisciplinados y mitómanos; dados a la fuga y enrolados en bandas de delincuentes; eróticos, invertidos y toxicómanos; incapaces para la vida familiar y para toda clase de profesiones, e inútiles para ganarse la vida honradamente.
Desde muy temprano este individuo pasa la vida al margen de la sociedad, y la cárcel y el hospicio van a ser sus residencias habituales, sólo interrumpidas por evasiones o licencias que aprovechan para cometer nuevos delitos.
Lo que debe tenerse en cuenta es que Robledo Puch es un individuo en quien la actividad criminal no tiene un objetivo central en el robo o en el sexo, antes bien es la muerte su objetivo primario y es utilitario, se apropiaba momentáneamente de los lugares y permanecía, en ejercicio de poder sobre las personas y las cosas, aprovechando la situación para hacerse de dinero y bienes.
Alguien puede sostener que en los hechos delicitivos cometidos por Robledo Puch los homicidios han sido secundarios a los delitos contra la propiedad, pero la circunstancia de que todos los presentes –nótese que no hablamos de testigos, porque esa calidad en ellos daría alguna explicación a su muerte– encontraran un trágico final por su mano, muchos de los cuales le eran inofensivos y se hallaban durmiendo, rápidamente nos retorna a la idea anterior.

Nota y opiniones publicadas en  el diario Tiempo Argentino el domingo 31 de mayo de 2015

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La ejecución


Por Juan Alonso

Pablo Ramírez estaba sentado sobre el piso de cemento con los brazos esposados desde atrás. La mirada del verdugo se posó sobre su rostro y sintió ganas de vomitar, de cagarse encima. Su cuerpo comenzó a temblar como sólo tiemblan los que saben que van a morir. El verdugo con ojos de pez y una leve joroba se subió los pantalones, que le llegaban a los bordes del culo, y tomó el arma que estaba en el mostrador de la caja de herramientas.

Afuera el cielo era violeta como algunos inviernos de la Patagonia. La camioneta avanzaba sobre el ripio y las ovejas parecían inquietas. El infinito se achicaba a medida que recorrían el camino, pequeñas piedras volaban hacia los costados y el polvo de la tierra seca producía que los ojos llorasen solos. Nadia se asomó por la ventanilla y vio aquel galpón, tres camionetas, un auto destartalado, un sereno durmiendo en la casilla de vigilancia con una pequeña radio roja sobre la mesita de plástico. El viento arreciaba y golpeaba la puerta, pero el sereno dormía, o parecía dormir apoyado sobre su lado izquierdo. En la radio sonaba el relato de un partido de fútbol local.

El perro de Ramírez, atado a una de las camionetas, lloraba como un lobo bajo una luna de sangre. Víctima y verdugo se miraron a los ojos. Un instante fugaz sin futuro. La primera bala se incrustó en el ojo derecho de Ramírez, que se volcó en un leve estallido agónico. Su perro lanzó un llanto furioso que atravesó la estepa y enseguida sobrevinieron los ladridos, la rabia brutal, la desesperación por romper la cadena de hierro y salir a matar a todo a quien estuviera parado ahí con el pobre de Ramírez.

Nadia escuchó un chasquido en el horizonte, el sonido de un cuervo en la penumbra. Su marido venía pensando en otra cosa. El lunes tenía que pagar la décima cuota de la hipoteca del campo y le dolía la rodilla. Nadia le dijo: “¿No escuchaste eso?”. Se miraron. La camioneta daba la ilusión de alejarse de alguna parte.

El segundo tiro fue en la sien. Un chorro de sangre se desprendió de la cabeza de Ramírez. No había pronunciado ni una palabra. El verdugo dio una vuelta completa alrededor del cadáver y se quedó mirando su obra. Lanzó un escupitajo al suelo y fue a buscar una bolsa y un trapo de piso. El perro seguía ladrando. Una baba espesa salía de la boca del animal y era de un amarillo fosforescente. La cadena de hierro le había hecho una herida en el cuello y tenía los ojos desorbitados por la furia. El verdugo ni lo miró. Lo que quedaba del sol naranja presagiaba la inminente llegada de la noche.

Nadia insistió: “¿Cómo que no escuchaste? Pareció un balazo”. Su marido hizo un gesto de fastidio y puso cuarta con la vista fija en eso que él definía “adelante”. La mujer comenzó a morderse las uñas y se asomaba sin lograr divisar otra cosa que no fuera su propio miedo.

Ramírez intuyó el final. Su amigo Norberto le había aconsejado que no fuera al encuentro del mecánico a cobrar aquella maldita deuda. Porque una deuda en un pueblo se paga con el simple saludo y un kilo de pan casero y una botella de vino. No valía la pena. ¿Qué cosa podría valer la pena? Pero Ramírez era terco y se aventuró en un lugar desconocido: la casa del odio no recibe bien a las visitas. Un extraño allí  tiene destino de calavera.

El primer corte es para separar algo parecido al matambre de la vaca, el segundo marca el azotillo, el cogote del animal, que se desprende con una sierra. Después se puede dedicar al costillar y a la falda. El cuarto trasero de la oveja es fácil de marcar y desmontar, porque no es tan pesado como otros. En eso venía pensando el verdugo, en sacrificar una de esas ovejas del ripio para hacerse un asado con su mujer e hijos, cuando su levitación mental fue interrumpida por el ladrido del perro de Ramírez. Tomó la extensión del cricket y le asestó un golpe en el lomo que literalmente lo quebró. Después empuño el arma, acercó el caño y efectuó el tercer disparo que se evaporó en el viento sur.

-¿Y ahora qué me decís?- Le dijo Nadia a su marido.

-Será un paisano medio borracho.

La oscuridad de la noche comenzaba a inundar el paisaje de lo aparente. Nadia seguía inquieta. Su pareja, indiferente.

Dos kilómetros atrás, el verdugo colocó el cuerpo de Ramírez en dos bolsas y se dirigió a una de las camionetas. Usó otra bolsa para el perro. Estaba tibio cuando lo lanzó atrás como quien se desprende de la basura.

En ese instante, una lechuza se desplomó del cielo. El ratón que perseguía intentó esconderse a unos metros del galpón. El verdugo salió con la linterna para alumbrar su faena. Arrimó un bidón de nafta y en el momento en que buscaba las llaves, el pájaro hizo un ruido excitado por el ratón entre su pico. El verdugo vio la escena extasiado y movió la comisura de los labios como buscando un cigarrillo para pitar. Dos asesinos distintos se contemplaban en silencio antes de marchitar los huesos.

Ya en su casa, Nadia pensaba en una tarta de manzanas.-

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La muerte como atajo del relato de la vida


Por Juan Alonso

La muerte encierra un misterio que inquieta a la humanidad desde hace siglos. Muchos creen que se trata de un nuevo comienzo y para otros es simplemente el fin.

En su ensayo de 1912, Miguel de Unamuno reflexionó sobre la imposibilidad de aceptarla. En uno de sus párrafos, escribió: “Acaso la enfermedad misma sea la condición esencial de lo que llamamos progreso, y el progreso mismo una enfermedad.”
De ese “progreso”, entonces, hablamos en estas páginas los 365 días del año. Hechos trágicos que se desarrollan en ciudades gigantescas donde el hombre está habilitado sólo como un consumidor sin horizonte de futuro. Su existencia es pura distracción. Una máquina productiva que nace, se reproduce y muere, en la mayoría de los casos durante la ignominia del anonimato con la estela de una frase tallada sobre una piedra. Es así cómo algunos especímenes van forjando su carácter de lobos por la inercia de la anemia espiritual.
Por el deseo se nace y por el anhelo se vive y también se muere.
La paradoja del destino nos arrastra por estos días hasta hechos demasiados complejos. Lo que parece una serie es la vida real. Presuntos suicidios con mil pistas, testigos y versiones enfrentadas. La valoración de los datos duros depende del que escucha. Cuestión de fe. Aunque desde el punto de vista puramente criminológico, toda muerte tiene una explicación científica y hasta filosófica.
En cuanto más avanza la investigación penal, el hombre queda otra vez desnudo y sin máscara frente a sus pares. No hay héroes ni próceres. Somos seres pequeños ante el infinito del universo. Una mente brillante como René Favaloro eligió una bala de un Magnum 357 para estallarse el corazón. En el espejo del baño de su departamento dejó las notas dirigidas a sus familiares y amigos. ¿Y el móvil? La soledad y el infortunio para enfrentar las circunstancias de una economía caníbal. Esa gran máquina monstruosa que se alimenta de los hombres y se llama capitalismo. A quien los más esperanzados garantistas de la economía le ponen el mote falaz de “mercado” y de “progreso”.
Ante la promulgación de la idea de desguace que viene degollando esperanzas desde la hambreada Europa y el norte millonario, quizás pueda ser útil esta vieja idea de Unamuno. “Lo primitivo no es que pienso, sino que vivo porque también viven los que no piensan. Aunque ese vivir no sea un vivir verdadero.”
Es la época que nos tocó.

 

Columna publicada en el diario Tiempo Argentino el 1 de marzo de 2015

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La conexión entre Nisman, “Jaime” y Lagomarsino


Por Juan Alonso

Editor de Policiales de Tiempo Argentino

Eran tiempos en que Natalio Alberto Nisman no lucía prolijo y atildado con trajes caros modelo 2015. Un poco excedido de peso y de paso titubeante solía entrar a la Rosa Negra con inseguridad. La única salida ocurrente para sostener su ego era contar sus historias de vértigo alucinante, arrojándose en parapente en Luján y Lobos. Los jueces, fiscales, secretarios y prosecretarios de juzgados –todos compañeros- lo tomaban para la chacota y en verdad nunca creyeron que aquel hombre de bigote y algo entrado en kilos llegaría a convertirse en fiscal de la República. Y mucho menos, que su nombre fuera usado como una pancarta de la oposición rabiosa contra el gobierno.
Tenía una característica fundamental Nisman. Era competitivo y ambicioso. Soñaba con ser juez. “Apenas podía ser un médico clínico un tanto difuso en los diagnósticos, pero nunca un cirujano del cerebro”, grafica un juez que lo conoció. Dice que el Senado nunca hubiera aprobado su pliego como magistrado porque no reunía las condiciones básicas: conocimiento profundo del Derecho y un rasgo nada desdeñable; una personalidad estable.
Sin embargo, controló a discreción un presupuesto de 34 millones de pesos durante diez años en la Fiscalía Especial AMIA y contrató a empleados “especiales” con salarios de 33 mil y casi 42 mil pesos. Como todo narcisista en crecimiento, por momentos la soberbia lo anulaba. Y se creía un soldado caído del cielo para salvar al mundo de todos los males, asociado él mismo con una parte importante de esa gran mancha de oscuridad.
Nisman se ocupó de anudar lazos con los principales referentes de la comunidad judía de la DAIA, algo así como la Asociación de Magistrados de la colectividad. Y eso le abrió las puertas al entorno del ex juez Juan José Galeano, primero; y después a los ex fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia. Nisman llegó a ser el tercero en la línea.
A mediados de los ’90, fue más que un simple testigo en el diseño de la operación para endilgarle la responsabilidad de la llamada conexión local al antiguo vendedor y desarmador de autos, Carlos Telleldín, y al ex comisario bonaerense, Juan José Ribelli. Ambos estuvieron presos más de diez años, hasta que la causa se desmoronó como un castillo de naipes y ahora comparten el ejercicio del derecho penal.
“Soy exitoso igual que antes”, se jacta Telleldín. “Siempre fui el mejor en lo mío, no necesitaba esos 400 mil dólares que me dio la SIDE para incriminar a Ribelli, fui coaccionado y ustedes nunca lo dicen, nunca”, se queja.
El lazo que unió a Nisman en matrimonio con la jueza federal de San Isidro, Sandra Arroyo Salgado –que solía lucir un crucifijo gigante en el pecho- fue como toda construcción amorosa. Nisman buscó en el otro su propia carencia.
Arroyo Salgado es una mujer de carácter. A su alrededor hay 20 custodios de la Policía Federal que la siguen a sol y sombra.
Tiene a su cargo dos juzgados federales, el 1 y el 2 de San Isidro, y en los últimos meses casi no firmó expedientes y se niega a tomarse licencia después de las vacaciones en Europa con sus hijas y la trágica muerte de su ex marido. Ella augura nubarrones con la oscilante pesquisa de la causa. Por eso, designó al mejor forense de la Argentina, Osvaldo Raffo. Quiere saber qué pasó aquel domingo fatídico en Le Parc.
Pero hay que recordar que en las manos de Arroyo Salgado todavía duerme la causa por la presunta apropiación ilegal de los hijos adoptivos de la dueña del Grupo Clarín, Ernestina Herrera de Noble. Arroyo Salgado nunca dio un solo paso para esclarecer ese episodio que no prescribe porque la posible supresión de identidad está considerado un delito de lesa humanidad. El trámite de adopción de Marcela Noble Herrera y Felipe Noble Herrera tendría los rasgos de la impunidad adquirida por los años de plomo en sociedad con Jorge Rafael Videla en mayo de 1976.
Algo que Nisman conocía muy bien. Intervino en la investigación sobre la ejecución de dos militantes del Movimiento Todos por la Patria tras el copamiento del Regimiento de La Tablada, en 1989, sin demasiado compromiso. Después de todo –creyó- según quienes lo conocieron, esos jóvenes habían errado el camino para obtener justicia por un sendero sin retorno.
Mientras él y Arroyo Salgado estuvieron juntos convivieron siendo funcionarios judiciales. Más allá de los problemas que puede tener cualquier matrimonio –peleas y discusiones- las fuentes relatan que llegaban a dirimir rencillas constantes hasta por los empleados que cada uno contrataba. Dicen que jugaban un ajedrez perverso centrado en la dominación del adversario.
En ese clima espeso llegó al despacho de Nisman un muchacho inquieto y perspicaz, Diego Alejandro Lagomarsino, experto en informática. ¿De la mano de quién? Las fuentes (un juez y un fiscal) deslizan que de un temido visitante del fuero federal: el ex jefe de Contrainteligencia y Operaciones de la Secretaria de Inteligencia (SI), Antonio Stiuso, “Jaime”.
“Te presento a este pibe”, le habría dicho a Nisman y Lagomarsino se pegó a su lado como una ventosa. El fiscal compró la oferta porque creía con ceguera en todo lo que le decía el espía preferido de la CIA en el sur del continente.

Los que conocieron en vida a Nisman, aseguran que tenía una extraña fascinación por el trabajo de los espías nacionales y exntranjeros. Y entre fiscales y jueces no faltan quienes lo vinculan con dos de los servicios de inteligencia más eficientes y poderosos del planeta: la CIA y el Mossad.
El cuentito de que Lagomarsino le arregló una computadora a una jueza de instrucción y de allí apareció recomendado en el despacho de Nisman parece el relato del lobo disfrazado de cordero. Sucede que esa clase de corderos por lo general muerden en la yugular. Están programados para la simulación.

El fundador de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), Marcelo Saín, definió a Lagomarsino como un joven “canchero” que lo visitó hace diez años para ofrecerle “servicios de espionaje” sobre una presunta banda narco del distrito de Lomas de Zamora. ¿Quién se lo presentó a Saín? Un subcomisario de la Policía Bonaerense con buena llegada también al sector de la (SI) que controlaba las escuchas judiciales, la central “Ojota” dominada por el antiguo  “Sector 85” de la guardia personal de Stiuso.
Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero al temerario espía que vio pasar presidentes como colectivos llenos. Un día se apareció por el despacho de un juez y le soltó esta frase antes de bajar las escaleras. “Ah, doctor, ahí le dejé un regalito, me lo agradecerá…”.
El juez, perplejo, llamó al número 2 de la entonces SIDE y le avisaron que en uno de los pisos del edificio de 25 de mayo, frente a la Casa Rosada, lo estaban escuchando. Stiuso le había colocado un micrófono en su despacho.
¿Cómo terminó el insólito asunto? Con otra visita de Jaime.
-Dígame Stiuso, ¿por qué no me saca eso que me trajo, porque en algún momento va a perjudicar mi trabajo como juez.
-No hay problema.
El ingeniero Stiuso estiró el brazo y extrajo del lomo de un libro de consulta lo que llamó “un pequeño juguete” imperceptible al ojo del neófito.
“Ya está”, se limitó a decir. Guiñó un ojo y se fue. Así es él.
La próxima vez que el juez lo vio fue durante un viaje que realizaron juntos por el exterior detrás de la pista de una organización narco con conexiones en Europa y Estados Unidos.
Jaime se jactaba de sus vínculos con la DEA y la CIA. Una vez estuvieron en un centro de escuchas en Los Ángeles, California. Cuentan que Stiuso se reía cuando los técnicos de audio estadounidenses transformaban la voz del magistrado en imputaciones graves captando exactamente el tono de su voz, pero transformando radicalmente el sentido de sus palabras.
Es decir: el juez podía estar diciéndole que quería cenar con vino blanco, pero los chicos formados en Langley lo hacían pronunciar palabras como “explosivos, bombas y atentados”. Era enloquecedor todo aquello.
Jaime jamás ostenta esos viajes. Con algunos jueces siempre preservó lo que llama “códigos”. Claro que son sus propios códigos. Alguien puede ser “amigo” y transformarse en “enemigo” con el chasquido de un dedo. Y ahí la cosa se pone tenebrosa.
“Conmigo siempre se comportó como un caballero. Nunca me perjudicó en nada. Al contrario, su trabajo era ciento por ciento eficiente, muy profesional”, dice el juez. Y no miente. Stiuso sigue los casos hasta el final. Pero con una advertencia: cree sólo en sí mismo.

Los policías le importan nada. Tiene una carpeta para cada uno y para él son apenas aves de cornisa. Hace más de diez años su grupo pretoriano se tiroteó con los hombres de la Unidad Antiterrorista de la Federal durante un decomiso narco en la provincia de Buenos Aires. Fue cuando Jorge “El Fino” Palacios insinuó hacerle sombra. Eso era inaceptable para su lógica. Así que Palacios se tuvo que limitar a formar La Metropolitana de Macri y está procesado por el supuesto montaje de un sistema de escuchas ilegales.

Valga la paradoja del destino, hoy La Metropolitana “lo cuida” a Jaime. Y él se divierte. Toma sol. Es un planificador nato, un estratega, hábil manipulador de los sentidos. Lo que no prueba con la ciencia, lo transforma con alquimia.
Así fue que construyó a Nisman en un héroe de la democracia. Llevándolo de la mano a un callejón sin salida la noche sórdida del 17 de enero en Le Parc.

El dato

En su apogeo, la ex SIDE de los ’90 manejaba una caja de 1.400.000 dólares por día.

Lorena Martins: “Si Jaime tiene problemas, mi viejo lo va ayudar”
Lorena Martins, la hija de Raúl Martins, un ex agente de la SIDE, que está denunciado por liderar una red de trata y explotación sexual de mujeres, le concedió una entrevista a la periodista Mariana Moyano en Radio Nacional. La mujer que vive en España cuenta que desde que denunció a su padre entre 2011 y 2012, su vida se transformó en una auténtica pesadilla. Advierte que Martins conoce a Antonio Stiuso y que podría darle cobijo y ayuda en el exterior. “Viví amenazada con la sensación de que me iban a matar en cualquier momento. Mi denuncia cayó por conexidad en el juzgado de María Romilda Servini de Cubría, pero no avanzó, no querían que avance. Hoy se está hablando mucho de la SIDE, pero no saben quiénes son estas personas. No son de ahora. Estos tipos hace 40 años que están en la SIDE. Son tipos que empezaron con la dictadura. Mi viejo, Jaime y El Lauchón Viale (acribillado en 2013 en su casa de La Reja por un comando del grupo de elite Halcón) entraron entre el 72 y el 77. Se conocían perfectamente. Todos están involucrados en un montón de cosas. Me enteré que mi viejo era SIDE a los cinco años y me fui de mi casa a los 20. Me divorcié, volví y me di cuenta de que era convivir con el delito las 24 horas. Hay que convivir con una chica víctima de trata que te abraza y te dice que la ayudes. Yo lo empecé a enfrentar. Y por más que sea mi viejo, cuando te enfrentas a la Mafia es muy jodido. Es capaz de matar a la hija”.
Cuando Moyano le preguntó a Lorena sobre Stiuso, la mujer no dudó: “Si Jaime tiene problemas, no tengo dudas de que mi viejo lo va a ayudar. Puede salir y entrar por las Islas Caimán, por Belice, sin ningún problema. Mi papá es multimillonario y tiene impunidad. Todos ellos son millonarios”.

Todos los derechos reservados: leyendadeltiempo.wordpress.com, autor Juan Alonso.-

“Tengo que pensar como un criminal, porque el cadáver me habla a mí”


Entrevista al médico forense Osvaldo Raffo

Es la máxima autoridad en medicina legal del país. Confiesa que todavía lo perturba la autopsia a René Favaloro y compara a Robledo Puch con Satanás. Dice que Ángeles y Candela fueron asfixiadas con las palmas de las manos.

Juan Alonso

Su refugio – Vive en la misma casa de San Andrés desde hace décadas. Las paredes están adornadas con premios y cuadros con dibujos de la cultura japonesa – Foto: hernÁn mombelli

Dios existe. Esa es la conclusión de casi cuatro horas de conversación con el maestro Osvaldo Raffo. Su casa está justo en una esquina frente a unas vías en San Andrés. Es el refugio de un hombre sin retiro. Porque este médico legista de 84 años, es ante todo, un profundo humanista. Se pasó la vida abriendo cuerpos humanos para buscar la respuesta de un asunto inexplicable y  tenebroso: ¿Por qué y cómo mata el hombre?
“Soy investigador de homicidios, o sea, un tipo que sabe vérselas con el crimen y con los criminales. Entonces, tengo que pensar como un criminal, de lo contrario no podré interpretar el lenguaje del cadáver, porque el cadáver me habla a mí. Lo que pasa es que muchas veces uno entiende las cosas mal. Y hay ocasiones en que el cadáver no dice nada y las pruebas están en el lugar del hecho. Por eso, no hay que contaminar ninguna escena. Se hace un caminito que incluso puede ser hecho con revistas y todos los peritos entramos y salimos por el mismo lugar sin tocar nada”, dice Raffo.
Lleva puesta una remera gris, pantalón oscuro y zapatillas deportivas a tono. Se pone de pie. Le indica a su secretaria que retroceda la imagen de video. Señala la pantalla gigante de su living donde explica cómo analizar un crimen con la mente de un forense. “Este es el lugar del hecho –relata obsesionado con el sitio donde abandonaron el cuerpo de Candela Rodríguez, de once años, el 31 de agosto de 2011 en Villa Tesei–. “Ahora resulta que a esta chica primero le han dado unas trompadas en la cara. ¿Y esto cómo se explica? Porque cuando yo veo venir el golpe, hago así y pega en el hombro. El tipo no ha usado el puño, ha usado el canto de la mano sobre el ojo izquierdo de la nena. La chica no tiene ninguna lesión genital. Al cadáver hay que hacerlo hablar. Ha empezado a los gritos, con esa mano izquierda le tapó la boca, con la otra reforzó la presión de la mano izquierda y con el canto de la mano ejerció presión sobre el cuello. Así murió esta chica: se llama estrangulamiento palmar. Este tipo, ¿por qué la mata? Estaba bien cuidada, bien aseada, no tiene síndrome de secuestrado. Pasó que había cientos de policías que la buscaban casa por casa en toda la provincia de Buenos Aires y tenían que deshacerse de ella. Le dieron de comer arroz (señala el estómago de la menor) y tres horas después la mataron y la pusieron en una bolsa, evadiendo las patrullas policiales. Pienso que la actuación policial fue bastante deficiente. Se encontró ADN en un plato que pusieron ellos. Cuidado con el ADN porque se puede buscar un falso culpable.”
Esa sustancia amorfa que se conoce como realidad y que los filósofos estudian desde hace siglos, lo mantiene inquieto a Raffo. “Empecé en 1961 hasta 2003 que me retiré. Primero estuve en la Policía, duré 25 años y llegué a ser director de Medicina Legal en La Plata. Después tuve algunos inconvenientes con los jefes policiales que había en ese momento. Querían que dictaminara lo que ellos querían, y conmigo no. Me retiré con el grado de comisario inspector. Me presenté al concurso de Tribunales y entré. Estuve en la Morgue Judicial desde 1983 hasta 2001, 2003. Me fui porque esto es como el boxeo: mejor irse con el cinturón puesto y que no te derriben en el ring. Ortega y Gasset decía: ‘Yo soy yo y mis circunstancias.’ Sigo siendo yo, pero las circunstancias han cambiado demasiado.”
–¿A qué le teme?
Raffo: –Te voy a hablar una cosa de la muerte. Soy tanatólogo.  Estudiamos el cadáver desde el punto de vista del derecho y las ciencias legales. Tendrías que hacerme otra pregunta. Yo creo en Dios, porque he abierto tantos cadáveres. Una cosa tan perfecta como el cuerpo humano, un ADN, un cerebro, no se pudo haber hecho solo. Tiene que haber habido un ser superior, pudo ser Dios o como vos quieras llamarlo, pero Dios existe.
–¿De dónde viene su pasión por la muerte?
R: –En 1935, mi maestro el doctor Pablo Federico Bonnet aprendió a hacer autopsias acá en San Martín. Cuando llegué a la cátedra, por supuesto que Bonnet sabía que yo estaba en la policía y me preguntó si cursaba la carrera docente en medicina clínica. Por entonces eran cinco años. Pero cuando empecé a hacer la carrera de medicina legal me encontré con la amante, la medicina legal. Ella nos maneja a nosotros como si fuera una mujer coqueta y hermosa y nos lleva adonde quiere. Y a mí me llevó a la morgue, a las comisarías y a los manicomios.
–¿Qué cosa lo perturba?
R: –La muerte del maestro René Favaloro. Me tiene mal hasta hoy. Fue un día sábado. Eran las cinco de la tarde y en ese tiempo el turno de la noche de la morgue cambiaba a las siete. O sea que yo cumplía mi servicio y me iba para mi casa. No me tocaba servicio a la noche. Me llamó por teléfono un médico de policía que fue alumno mío y me dijo: ‘maestro, estoy en la casa del doctor Favaloro, se pegó un tiro’. No puede ser, le dije. Y me respondió que estaba al lado del cuerpo en el baño, con un montón de cartas que había dejado pegadas en el espejo dirigidas al abogado, al sobrino, a todo el mundo. Hubo una especie de escándalo por el nerviosismo en la morgue. Me vine a casa. A las 12 de la noche me llamó el decano del Cuerpo Médico Forense y me dijo: ‘Raffito, venite para acá porque el juez quiere que la autopsia la hagas vos’.
Yo me había tomado un sedante, porque seguía preocupado por Favaloro, y me había tomado un vaso de whisky también. Pedí un remís por prudencia para no manejar. Llegué a la morgue y en una camilla estaba el cuerpo de Favaloro, vestido con un pijama de color gris, muy humilde, un par de anteojos en el bolsillo superior izquierdo y una chancleta sola, la otra quedó en el camino. Ahí me dio un ataque de histeria, perdí la firmeza. Empecé a despotricar contra la medicina, contra el país, contra todos. Y entonces dije: bueno, no quiero que nadie lo toque. Yo mismo me voy a encargar del cadáver del maestro. Lo lavé todo y lo peiné. Hubo que hacerle la autopsia y el corazón estaba reventado con un tiro de un 357 Magnum. Lo había comprado en una armería, pero como era Favaloro nadie le preguntó nada. Se pegó un balazo.
Terminamos de hacer la operación y afuera lloviznaba, eran las 3:30 de la madrugada. Salgo y al mirar a la izquierda hacia Junín, creí que había perdido la noción de la realidad. Veo venir caminando por la vereda a El Zorro y María Antonieta. Atrás de ellos venían algunos más. Es que frente a la morgue hay un club y esa noche era la fiesta de máscaras.  Y pensé: este es el mundo pasar. Y yo en la heladera había dejado al maestro junto al pistolero y el ciruja.
Hasta el día de hoy conservo las huellas digitales de Favaloro, me quedé mal con esa autopsia, quisiera que no me hubiera tocado a mí hacerla. Cuando le sacamos el cerebro lo pusimos en una bandeja y le dije a mi colega: examínelo, doctor. Después pensé  qué estamos haciendo…Un maestro de la medicina argentina y mundial que con su método salvó y salva miles de vidas. Se mató porque no podía pagar los sueldos de sus empleados; era un hombre de honor.  El gobierno de entonces le había prometido que iban a darle el dinero. No lo hicieron. Así terminan los grandes maestros en la Argentina.
–¿Lo conoció en vida?
R: –Estuve dos veces con él en reuniones de médicos y mi compañero le robó, digamos, un sánguche de miga de la mesa. Era un petiso simpático que falleció. Extendieron la mano en el mismo momento. Yo le dije que el de queso era de Favaloro, y el petiso lo primerió. Favaloro lo miró mal, no se dijeron nada (se ríe).
Raffo es un estudioso del mal. Dice que nunca conoció a un psicópata tan profundamente oscuro como  Carlos Eduardo Robledo Puch. “Me llama por teléfono. Me recrimina que me hice famoso gracias a él. Se nota que tiene asma por el sonido de su voz. Debe tener un celular en la cárcel. No lo sé. Nunca he visto a ningún hombre con tan poca afectividad. Tiene afectividad cero. No quiere a nadie. Mire que los asesinos quieren a su perro, a su hijo, un poco a los padres. Pero este no. Acá vino un fiscal y sentó ahí donde está usted. Me preguntó qué haría con Robledo. Y yo le respondí: vea doctor, ¿usted dejaría libre al león del Zoológico porque está viejo y no mordió a nadie? ¿Vos sabes a cuántas personas mató Robledo? Entre 20 y 30, no a cinco. Todas eran muertes absurdas. Iban por la Panamericana huyendo de un robo y le disparaban a cualquiera para probar puntería en el camino. Y lo hacían por divertimento, como un juego.
–¿Cómo fueron las entrevistas?
R: –Un tipo como Robledo nace cada 100 años. Es la maldad en su estado químicamente puro. Él trataba de dominarme en la conversación. Lo estudié durante tres meses, dos veces por semana de forma personal. Volvía a mi casa y estaba muy nervioso. Me sentía mal. Me faltaba el aire. Mi finada esposa me preguntaba qué cosa me pasaba. Y era este tipo que me seguía haciendo daño. Su carga. Su historia. Él mató a toda su banda, por un motivo elemental: es homosexual, aunque yo creo que es un ser asexuado. La cosa es que después de asaltar, violar y asesinar a sus víctimas, la banda tenía sexo entre ellos en la misma casa. Se quedaban allí, saqueaban, comían, dormían juntos.
Una vez le pregunté por qué mató a Somoza (su compinche, su socio) con un soplete en la cara. Y me dijo que fue para que no lo reconozcan los agentes policiales porque era su amigo. No, le dije, amigo un carajo, ¿por qué lo mataste? Y entonces ahí se soltó: ‘porque a Robledo no lo abandona nadie’. Me mostró su verdadera cara. Ellos tenían una filosofía para matar: torturaban, intercambiaban sexo. Esta es la historia de Robledo.
–¿Y el mal?
R: –Desde el primer momento que lo vi noté que tenía un componente satánico. Su mirada es perversa. Su voz. Parece un tipo encantador, pero no es así. Recuerdo que cuando cayó preso yo tenía poco más de 40 años y ningún perito se quería hacer cargo del caso porque le tenían miedo. Decían que tenía banda. Pero él ya los había matado a todos. Con el fiscal Segovia empezamos a buscar a los sobrevivientes o a los testigos. Pues bien: nos pasó algo muy extraño. Una persona que lo vio salir de una casa donde mataron a todos, cuando la fuimos a buscar ya había muerto la semana anterior en circunstancias sospechosas. Está también el ejemplo de una mujer que habían violado y disparado, a la que también le quisieron matar de un tiro a una nena, que estaba en una cuna. La madre escapó herida, arrastrándose hasta una estación de servicio para pedir ayuda a la policía. Cuando la fuimos a buscar estaba internada en un centro de salud mental. Se había vuelto totalmente loca. Desquiciada. No podía testificar. Y menos identificar a Robledo. Le dije al fiscal: este tipo es Satanás, no es humano.
–¿Por qué cree que hay tantos homicidios de chicas?
R: –Porque son un blanco fácil. Salen de los boliches en pequeños grupos. Están muy expuestas. Fíjese el caso Ángeles Rawson. Por poco se comete el crimen perfecto. Si entraba en el circuito de la basura no la encontraban más y todavía nos estaríamos preguntando qué le pasó. Sucede que el portero Mangeri no era un gordito bueno. El criminal no se convierte en criminal mirando la televisión. Le falta el punto gatillo para lanzarse al agua. El aspecto social es el telón de fondo, como decía mi maestro. En el caso de Ángeles, el disparador para Mangeri fue la propia belleza de la niña. Estos tipos por lo general reaccionan en la adolescencia, pero en algún momento lo hacen. Este actuó con efecto tardío. Aparte el tipo tuvo tres o cuatro horas para hacer su especialidad, la limpieza. La chica no murió apuñalada ni de un balazo, la estranguló. La policía de la provincia embolsó bien las manos, tan bien lo hizo que eso permitió luego extraer ADN del agresor de las uñas de la víctima. Por eso, en aquel momento, al ver las fotos del cuerpo era mi obligación moral salir a decir que se trataba de un intento de violación seguido de homicidio. Fíjese las lesiones paragenitales (señala la pantalla), es la lucha del tipo para abrir las piernas de la nena. Era mi deber como ciudadano aclararlo, porque iban a decir después que la pobre murió como consecuencia del camión de basura. ¿Qué camión de basura? El cadáver habla. Le apoyó el codo con sus 120 kilos encima, apretó la boca de la muchacha. Se repite el cuadro de Candela. Vea las lesiones del cuello. Vea el labio, los golpes se los da del lado izquierdo, porque él es diestro. Seguramente la ha tomado con la izquierda y la golpeó con la derecha, y después cambió con las dos manos. Apretó y provocó el cerramiento palmario. La muchacha tenía manchitas en los pulmones como pequeños puntos, producto del tipo de asfixia que padeció a manos de su atacante. La autopsia hecha en la morgue judicial estuvo deficientemente hecha, los forenses tenían dudas y vinieron a consultarme. Les dije que las lesiones del camión eran lesiones producidas después de la muerte, porque la chica era evidente que había sufrido un intento de violación y resultó estrangulada.
–¿Hay muertes sin causa?
R: –Vea, recuerdo dos casos que se me vienen ahora a la mente. Los de Romina Yan y Cristina Onassis. Las dos murieron y se hicieron autopsias muy minuciosas, pero no se encontró la causa de la muerte. Hicimos un estudio mundial de por qué murieron estas mujeres. Las dos seguían la dieta Scardale, que yo la quiero seguir, se baja de peso fenómeno con proteínas solamente; segundo, las dos iban a hacer gimnasia; tercero, las dos tomaban pastillas para no tener hambre. Y todo ese conjunto de cosas lo que hace, según la literatura médica mundial, es bajar el potasio a cero y provoca el paro cardíaco. Es lo que se llama la muerte sin causa. Estas cosas existen, no todo es el degollado, el ahorcado o el baleado, estos casos son difíciles de analizar.
–¿Cómo sabe si es un ahorcado o un homicidio que quisieron tapar? 
R: –Por el surco. Este es un ahorcado que tiene nudo lateral derecho (muestra la pantalla, una vez más). Lo que tengo que ver yo en los casos de ahorcados en celdas de comisarías o cárceles, es si el surco que deja la soga es vital o post mortem, por si colgaron un cadáver. Si veo una impronta nada más es porque colgaron un cadáver. Si el tipo tiene el nudo en la nuca y la cara de color azul ya empezamos mal.  «

Practicó el arte de los samurai

La casa de Raffo está repleta de espadas y elementos de la cultura japonesa y samurai. Él practicó el kendo hasta los 75 años. Además de ser cinturón negro en judo y en karate. Su maestro de kendo y aikido volvió a Japón y se convirtió en el jefe de los docentes para adiestrar a los tropas de élite de la policía nipona. “Acá está mi maestro, con él aprendí lo que es ser un hombre a la hora de combatir con o sin espadas”, recuerda el médico legista parado al pie de su escalera, donde también está la medalla que recibió de Juan Domingo Perón, cuando era joven y estudiaba medicina. “Viajé una vez sola a Japón, pero con eso me alcanza y me sobra”, asegura.

Lola: “se trata de un asesino torpe”

“Lo primero que pienso es que la autopsia no es clara. El forense Castro no definió el tipo de asfixia que sufrió la muchacha. En un homicidio se cuenta con 72 horas para resolver el caso. Hasta ocho días, después de ahí pisamos terreno infértil.
Lo que veo en este crimen es que se trata de un asesino torpe. Que utilizó un cuchillo sin filo, un arma no apta para matar, desafilada. Topográficamente eligió lugares no mortales para agredir a la víctima. La chica dicen que murió por asfixia, pero yo estoy dudando de esa autopsia. ¿Qué tipo de asesino es este? ¿De qué estamos hablando? Creo que se trata de una persona joven o una mujer. No despreciemos esto. Hay mujeres muy capaces de asesinar si pueden sorprender.
La chica salió con un libro a caminar, en principio, buscando un lugar cómodo en la playa. Pero los investigadores uruguayos aseguran que el cuerpo fue encontrado en una zona de médanos. ¿Cómo fue que llegó hasta allí, fue amanazada, alguien la arrastró? Son preguntas de las que no se puede hallar respuestas certeras. Además, el lugar donde encontraron el cadáver se debió haber preservado mejor. Tenían que haber tamizado toda la arena de alrededor para encontrar elementos de prueba valiosos para la causa. El doctor Castro dijo que estaba apenas cubierta por arena en posición cúbito lateral derecha. Es muy difícil que en esa posición entre arena en los bronquios al pulmón. El asesino es tan torpe que ni siquiera se dio cuenta de que Lola estaba con vida. Es una cuestión que no me explico. Yo he visto muertes de chicas jóvenes como esta chica donde son casos de predominio banal. Es un término que nosotros usamos para los hipotensos, las personas que se desmayan. He visto tocarle la boca al que no está muerto ahí. Si estamos ante un caso de esos, han inventado la causa de muerte.”

“Lo importante es ver la cara de la nena y cómo la mataron. Es el movimiento palmar. La gente se muere de tres a cinco minutos, o sea, que el asesino la tuvo sujetando en ese tiempo. Este es un pulmón bien congestivo –señala la imagen de Candela–, se rompe en pequeñas partículas. La persona quiere respirar y el aire bombea en vacío a los pulmones.”

“Esto de pararse en el lugar del hecho –dice mirando el momento en que los jefes policiales estaban en la sede de la CEAMSE de José León Suárez con el cuerpo de Ángeles– no debe hacerse nunca. Tiene que haber un jefe de equipo que les diga que no vayan para ese lugar. No se debe permitir la presencia de personal subalterno porque venden las fotos.”

“Esta es la lucha del hombre (Mangeri) para abrir las piernas de la nena. Vea las huellas que dejó en las piernas. La golpeó y la asfixió a Ángeles con sus 120 kilos. El cadáver habla. La medicina legal es una especialidad pero antes de practicarla, hay que saber aprenderla. Los legistas tienen que saber leer la escena primero. Son la infantería forense.”

“Robledo Puch me llama a mi casa y me dice que lo usé para ser famoso. Uno se siente extraño cuando enfrenta a un hombre que no tiene afectividad. Yo nunca he visto un psicópata como él. Nace un Robledo cada 100 años. ¿Sabés a cuántas personas mató? Entre 20 y 30. Y lo hacía por divertimento, como si se tratara de un juego.”

“En una camilla estaba el cadáver de Favaloro, vestido con un pijama de color gris, muy humilde, un par de anteojos en el bolsillo superior izquierdo y una chancleta sola, la otra quedó en el camino. Ahí me dio como un ataque de histeria, perdí la firmeza. Dije: ‘no quiero que lo toque nadie’. Lo lavé todo y lo peiné. El corazón estaba reventado de un tiro de un 357 Magnum.”

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La tormenta


Iba en tacos a todas partes. Una vez cayó enfundada en alcohol en el bar donde miraba la ventana escuchando a nadie. En la pantalla gigante estaban pasando un partido de tenis y sonaba Santana.

Llevaba entre la melena un toque de maja egipcia que sacó del ajuar de su madre loca. La noche empezaba a alargarse entre sus ojos centelleantes y la lluvia caía por los surcos de su cara. No quedaba tiempo. Había capturado la naturaleza en una botella y un rayo salía de su boca propagando vientos y tempestades.

“Quiero lo que estás tomando”, dijo.

Se quedó parada unos instantes con la punta de los pies golpeando nerviosamente las patas de la mesa. Apoyó el culo en el asiento, cruzó las piernas y encendió un cigarrillo. Lanzó una mirada amenazante.  La nena que tenía dentro le brotaba por todos los poros. Quería lo que siempre estuvo perdido. El sonido de los trenes se escuchaba lejos.

Después de unos minutos de silencio lanzó una risa histérica con el segundo sorbo. Y comenzó a deshilacharse como una marioneta. “¿Qué voy a hacer con vos?”, preguntaba.

Al segundo cigarrillo intentó ponerse el piloto que había arrojado sobre el respaldo. El rojo furioso de sus uñas se hacía mármol entre los dedos largos y finos. Se levantó apoyando los dos puños sobre la mesa. Apuró el paso llegando a la vereda y se metió en el auto. Bajó la ventanilla y me lanzó la última amenaza de hiel con sus ojos furiosos. Pasó en tercera y desprendió una bocanada de humo con desidia. Se perdió para siempre en la tormenta.

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