La fuga es un bochorno que desnuda el quiebre del pacto de la Política con la Policía


 

Por Juan Alonso

 

Este papelón histórico comenzó a rodarse durante la última semana de 2015 en el penal de máxima seguridad de General Alvear. Hace 14 días, los hermanos Martín y Cristian Lanatta, y Víctor Schillaci, salieron por la puerta con una pistola de madera, un guardia como rehén, y un Fiat 128 que tuvieron que empujar para que arranque. Luego abandonaron al efectivo del (SPB) a su suerte y emprendieron la fuga más rocambolesca de la historia criminal argenta.

Los recibió un grupo de apoyo con chalecos antibalas, armas  de puño calibre .40, 45, y 9 milímetros, escopetas 1270, y rifles de asalto como los que usa el Ejército (FAL). Con todo ese arsenal encima, estos tres flamantes herederos de Butch Cassidy y Sundance Kid sacudieron el verano en un rock interminable, atravesando zonas tan disímiles como Florencio Varela, Chascomús, Ranchos, Quilmes y vuelta a Berazategui; llevando a cuestas un delirio de balas y desesperación, que incluyó –según la versión oficial- cuatro presuntos tiroteos en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe.
Ayer, en la cima de esta demencia mediática, allí donde anida el veneno para soliviantar el estupor social, se dijo que los tres hombres que habían sido condenados a  perpetua por el triple crimen mafioso de General Rodríguez habían sido detenidos a 40 kilómetros de la ciudad de San Fe.

Pero no era así. La “alegría” duró poco menos de dos horas. Y se desinfló eso que la vicepresidenta de la Nación mencionó como “un alivio y un resultado satisfactorio”. ¿Por qué? Porque el único que cayó fue el cerebro de la banda, Martín Lanatta , un duro, que aparece en esta edición con la nariz quebrada y la mandíbula rota. ¿Qué grupo de elite de los 600 agentes especiales que estaban en Santa Fe lo apresó? Nadie. Al Lanatta con dos (T) lo frenó un zanjón en un pastizal. El otro, el que le hizo la entrevista en la cárcel de Alvear, que ayudó a que Cambiemos lograra  ganar las últimas elecciones por la gravísima imputación al ex jefe de Gabinete, Aníbal Fernández –se dijo que era el autor intelectual del Triple Crimen y se lo tildó de narco-  está en Estados Unidos. Pero no es Michael Moore, es Jorge Lanata: de Sarandí al fulgor del estrellato. De Página/12 de fines de los ’80 a aliarse con Héctor Magnetto. De “progre” a talibán del billete.
¿Qué está sucediendo? El flamante gobierno de Mauricio Macri, quien tiene el récord de haber trabajado sólo 10 de 30 días con una máquina cerebral que imprimió 85 decretos de necesidad y urgencia en los primeros cinco días de gestión, pretende planchar la economía y someter a la clase trabajadora con el miedo y la extorsión de conservar el empleo resignando el salario. Ya devaluó el peso un 45 por ciento y benefició a los ricos de la Sociedad Rural con más de 100 mil millones de pesos para 7500 productores que todavía están sentados sobre los silos de soja y, tal como los mercaderes del templo bíblico, ansían la angustia ajena para capitalizarse. La angurria es así.
¿Ése es el único problema? No. Hay uno mayor. Desde 1983 la Policía se gobernó a sí misma y su máximo deber no es como se cree la seguridad pública: están para mantener el statu quo. El sentido del orden concebido por el gobierno de turno. Claro que  eso no invalida la auténtica y genuina vocación policial de miles de honestos trabajadores. Lo que existe aquí es una superestructura que realiza un pacto tácito o explícito con la Política. Se trata de un acuerdo de convivencia en donde la Policía garantiza cierta paz social y una regulación del delito que no preocupe al Ejecutivo. Siempre y cuando nadie vulnere el pacto, todo marcha bien. Este desdichado caso que lleva dos semanas de zarandeo se centra en que se ha quebrado el contrato explícito entre la Política y la Policía.  De otra forma no se comprende cómo fue que los Lanatta y Schillaci lograron salir de un penal de Alvear y andar robando camionetas como hacía el bandido rural santafesino, Juan Bairoletto, con las chatas y la caballada. Estos “buenos muchachos” delincuenciales, carecen de esa mística del Mal.-

*Nota publicada el domingo 10 de enero de 2016 en el diario Tiempo Argentino.

 

 

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Sed de mal


Por Juan Alonso

 

Hoy es un día gloriosamente triste. Se termina una era. El kirchnerismo pasará a la historia como la construcción política que llegó para honrar y poner en práctica las banderas de justicia social que legó Perón. Las gestiones de Néstor y Cristina fueron los dos mejores gobiernos de la historia de la democracia. Nunca antes un movimiento revalorizó tanto la Política tras la debacle del 2001/2002. Veníamos del naufragio y aprendimos a nadar. Fuimos dignos. Gran parte de la sociedad dejó el trueque y el hambre por el salario, por la Asignación Universal por Hijo, por el trabajo, por la primera computadora entregada por el Estado en los arrabales del arrabal, por la Universidad en el barrio, por el colegio inclusivo, por la búsqueda incesante de Justicia en causas por violaciones a los Derechos Humanos. Fue una época donde a los genocidas se los llamó criminales. Porque la dictadura fue eso y no un proceso. El kirchnerismo vino a darle valor a los sueños de generaciones. El kirchnerismo enamoró. Y por antonomasia también captó los enemigos más poderosos que puede tener un gobierno democrático: las grandes cadenas de supermercados, la banca especulativa (interna y externa), la concentración mediática del Grupo Clarín y sus socios, y la lógica del capitalismo foráneo de la principal potencia del continente.

Hay presidente electo. Dicen ser el cambio: son el pasado.

No está mal hacer un ejercicio de memoria y recodar que cuando Fernando de la Rúa se fue por los techos (es el mismo personaje que se pronunció a favor de Macri), su Policía asesinó a tiros a 39 argentinos. Algunos cayeron baleados a metros del Obelisco y la Plaza de Mayo. Aquello no fue nada normal, digamos. Y la Corte no intervino. Ni siquiera con la peor sucesión de presientes truchos (cinco en total), que asumían por el transcurso de unas horas. Pero Cristina Fernández de Kirchner no sólo no se fue en helicóptero de la Casa Rosada como De la Rúa; tampoco renunció como hizo el cándido Carlos “Chacho” Álvarez. Ella deja un país sin deuda, con una sumatoria de derechos adquiridos para la clase trabajadora nunca vista  desde 1983. Además, de una pelea internacional en todos los foros con los fondos buitres que sentó jurisprudencia para el mundo.
Claro que el kirchnerismo tuvo los límites propios de todo proceso de raíz popular: el condicionamiento del sistema de acumulación del capitalismo y sus lobistas empresarios y cancerberos. El mismo poder del dinero que designa a dedo a los gerentes de multinacionales para adueñarse del Estado. Algo que no es nuevo en la historia nuestra.
La grieta no comenzó con las retenciones al campo. La grieta viene de lejos: desde que aquella antigua colonia española comenzó a abrirse camino con un grupo de patriotas y mercaderes leguleyos, en ese barral que era el río –tierra de contrabando y truhanería- rodeada de indios bravos que se comían los cadáveres de las vacas y caballos, y maloneaban el horizonte a pura rabia por la carencia del desierto pampeano. De ahí venimos. Somos un país forjado a fuego y a cuchillo. Donde el odio siempre fue más hondo y perdurable que la convivencia. Si en Estados Unidos los colonos se abrieron paso empuñando las pistolas de Samuel Colt, aquí la palabra degüello fue tan común como la costumbre alimenticia de masticar carne asada cocinada a las brasas.

El amigo Alejandro Caravario pensó que “El Matadero” -ese maravilloso libro de Esteban Echeverría- adelanta de alguna forma esa antigua (falta) donde se mezclan las pasiones más abyectas con la nobleza de los hombres, la persecución del bien común, y claro está: la psicosis colectiva. La carestía de carne. El lodazal. El charco donde va a parar la vida. La sangre como un mar de Judas. Todo eso también somos.
Ahora que soplan vientos de desguace hay que tener memoria y ser agradecidos. En el mundillo de los periodistas no suele haber sentido de clase. Algunos colegas creen ser cirujanos o filólogos, analistas del té con leche, mojadores de facturas y acomodaticios del espiral, la linternita, y el cine. Otros se proclaman como los defensores de una independencia falsa que esconde el verdadero chantaje. La técnica del aporreo. La negociación boxística de las palabras. Pero sucede que, a veces, lindos y lindas del biri-biri, las palabras son dueñas de una música que no tiene precio. No se vende. Es como la pelota de Diego. La palabra no se mancha. Y sobran los ejemplos: de Arlt a Walsh y de Viñas a Bayer. Los apóstoles de la gerencia del sentido lo saben, pero juegan a ser Tom Wolfe con el dinero que reciben de las patronales esclavistas. Fingen demencia y pretenden que todo el resto haga lo propio. Pero no. No todos nacimos para mayordomos.

La historia nos enseña que las grandes luchas no las ganan los individuos en solitario. Las ganan los sujetos que tienen una ideología, una identidad, una conducta y un motivo. Si la derecha está alambrando el mundo habrá que correrse para no ser enlazado por el neoliberalismo vacío y banal. Las personas no dejan (ganancias): somos seres humanos. De Cristo a Buda y del Zen al Bushido aprendimos que el destino está atado al anhelo del hombre. La pulsión puede ser mortal. Cuidado con la vocación suicida de una porción grande de esta sociedad.

En estos 12 años nos ha tocado dar batallas contra el poder de los medios concentrados, sus empresas y sus mandantes. Muchos de nosotros lo hemos hecho por absoluta convicción. Sin cargos, sin prebendas, sin jubilaciones de privilegio, sin caja ni chequera, sin cobardía, sin dinero de ninguna pauta  Ojalá no llegue nunca la hora de los financistas y especuladores que juegan a la derrota de los derechos del prójimo para abroquelarse en su falta de decoro y dignidad.

La Argentina que viene no será como la que hemos vivido. Los dueños de las grandes compañías nacionales y extranjeras llegan a apoderarse de los principales puestos del Estado. Quisieran privatizar Aerolíneas e YPF. Quisieran arrojar a cientos de trabajadores por la ventana. Han tenido la osadía de nombrar a un ex CEO de Techint en el Ministerio de Trabajo. No faltan quienes auguran que pretenden negociar una escala paritaria cada cuatro años. Y para mal de males cuentan con ciertos jueces y fiscales –los mismos que se manifestaron preocupados por la honestidad y el final de Alberto Nisman- para lograr sus planes revestidos de presunto republicanismo.
El único camino posible es dar testimonio. Revelar lo que el periodismo oficialista callará hasta arrimar sus dientes de vampiro sobre el cuello flácido de esta democracia de lacayos que se hacen llamar magistrados como en la antigua Grecia.-

Los inventores del infinito


Por Juan Alonso

Rodolfo Palacios tiene una narrativa que capturó lo mejor del policial rioplatense. No es la primera vez que escribe para Tiempo ni será la última. Él no lo quiere admitir, pero tiene una obra. Y su voz viene de lejos.

Hubo un tipo, Emilio Petcoff, periodista él, que desayunaba un vaso de vino blanco antes de entrar en Clarín. Cuenta el amigo Alejandro Caravario, que un día de cierre fatal, alrededor de las dos de la madrugada, lo incitaron a redactar su propia necrológica. Y Petcoff hizo volar los ángeles de su Olivetti sin ninguna tachadura. Estallaron las escenas de seres alucinados chocando entre sí para poder respirar. Son los mismos que protagonizan los libros de Palacios: títeres que cuelgan de la ajenidad.

Así pasa el alma atormentada de Puccio y el ojo criminal de Robledo Puch. Todo el mal que es capaz de provocar el hombre en su desesperación. “Yo todavía no he llegado al fondo de mí mismo”, le hace decir Roberto Arlt a Erdosain en Los Siete Locos. Pues bien: Puccio pretende hacer lo mismo con su monólogo en la peluquería pampeana. No puede con su final.

El entrañable Ricardo Ragendorfer (el mejor de todos) remataría esta columna con una risa estentórea y un café bien cargado en una ventana del bar La Academia.  Allí donde se pasean los fantasmas de grandes escritores, vírgenes, putas, músicos, sirenas, vagos, asesinos y una larga lista de inventores del infinito.

Un viaje al terror por la mente del jefe de la familia Puccio


El escritor Rodolfo Palacios logra captar la esencia de un ser alucinado por sus crímenes. Arquímes Puccio, muerto en 2013, desgranó su locura en este adelanto exclusivo de Tiempo. Entre 1982 y 1985, su banda secuestró y mató a tres empresarios, a quienes mantuvo como rehenes en su casa de San Isidro. En septiembre Telefe emitirá la serie Historia de un Clan.

Por Rodolfo Palacios*

 

“He matado, sí, pero daré vida a innumerables fantasmas.”
Roberto Arlt, El fabricante de fantasmas.

 

Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. Por todas las boludeces que se dijeron de mí. Ando por la calle y los encaro. Muchos se me cagan de risa. Señora, ¿sabe quién soy? Pibito, ¿sabe quién soy? Carnicero, ¿me tiene visto de algún lado? Amigo, ¿nunca vio una foto mía en los diarios? Señorita, ¿le han hablado de mí? Y cuando les digo quién soy, muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo. Un viejo choto de 82 años. Un señor mayor con el que se puede charlar, tomar un mate, ir de copas, escuchar un tango, salir a buscar pibas o jugar a las cartas.
Salí en la portada del diario La Reforma de General Pico y el diario se agotó. Vendo. Aunque la gente no me conoce. No conoce mi historia. Unos tipos me vinieron a putear. Al principio los encaré para la mierda. Entonces ahí empezaron a respetarme.
Me cago en la reputísima madre que los parió. Me querían declarar persona no grata. Me encararon justo cuando estaba comprando unas cositas en la góndola del mercado.
Inventan todo. Inventan que maté, que secuestré, que fui de la Triple A. ¡Inventaron que violé un arresto domiciliario para robar golosinas!
Gracias a Dios estoy vivo para llevar a cabo mi misión evangélica. Ayudo a la gente, a los desposeídos, a las criaturas, a los defectuosos. ¡Son tan cariñosos los defectuosos! Viven pidiendo afecto. Una caricia, un abrazo. Vivimos en una sociedad hipócrita que se olvidó de sus semejantes y sólo piensa en sus autos, sus casas, sus viajecitos. Y se han olvidado de los necesitados. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo?
Yo me cago de risa. No hay que ser amargado. Me gusta aconsejar a los muchachos. Andan muy confundidos. Se van detrás de alguna atorranta que les muestra el ojete y pierden el rumbo. Y las minas se van con otro que la tenga más larga o los cambian por un bidet. Les gusta que el chorrito fuerte y caliente se les meta en la cotorra y las haga acabar. Qué atorrantas son. Soy el hombre de mayor edad del mundo en recibirse de abogado, pero estos hijos de puta no querían que jurara. En la entrega de diplomas estaba lleno de pibes. No tenían ni la más puta idea de quién era yo. Ni se imaginaban que así, viejito y todo, me los fumo bajo el agua, me los cojo de parado. A pija muerta. Podría enseñarles muchas cosas a esos mocosos insolentes. Les falta un golpe de horno o una cachetada. ¿Estamos?
Si aprendieran de mi experiencia, las cosas irían un poco mejor, recuperarían el amor por la Patria y por el prójimo. ¿Estamos?
Me dan bronca los oligarcas. Y también los negros ignorantes. Negros catinga. Pero como decía el general Perón, los ladrillos también se hacen con bosta, la putísima madre que los remilparió.
“Así, pues, el que está unido a Cristo es una nueva persona; las cosas viejas se terminaron y todas son nuevas”, dicen las Sagradas Escrituras. Gracias a Dios tengo buena salud. ¿Acaso me ven caído como teta de vieja? Tampoco me pidan que me eche un polvo así como si nada.
Las pibas me vuelven loco. En la pensión hay una que tiene el culito parado. Una manzanita. Lo zarandea la muy puta. El otro día me encamé con una gordita putona. Me pide que le rasguñe los pezones. Se los dejo colorados como huevo de ciclista. Por eso me dejo larga la uña del dedo chico. Para toquetear tetas. Y de paso hacer el repulgue de las empanadas. Las mujeres me vuelven loco, pero nunca pierdo el rumbo. He estado con rubias, morochas, coloradas, castañas, negras, gordas, flacas, altas, bajas. Sólo me faltaron pasar por las armas a las japonesas. Dicen que tienen la conchita horizontal.
Lamentablemente sigo fuera de la vía. Estoy manoteando el aire, buscando encajar en la vía, la máquina se me está enterrando, gasto mucha energía. Cuando esté en la vía, no paro más. No paro más, ¿estamos?
Lo más importante es reírse. Por eso le pregunto a la gente si me tiene miedo. Vecino, ¿no tiene idea quién soy? Panadera, si adivina quién soy, le ofrezco mis servicios de contador y abogado gratis. Muchachito, ¿me juna? ¡Qué me va a junar con esa cara de boludo!
Al final, cuando les digo que soy Arquímedes Puccio, se caen de culo. Puccio, al que acusaron falsamente de secuestrar con su familia en el sótano de su casa. ¡Están en pedo! Mi familia era normal. La hicieron mierda esos hijos de puta. Deberían ponerse de pie al oír mi nombre. Manga de brutos desagradecidos.
Soy Arquímedes Rafael Puccio, les digo.
Y muchos se caen de culo. Se caen de culo. Y yo me cago de risa. Me les cago de risa en la cara.
(Fragmento de una entrevista realizada a Puccio en 2011.

El viejo Puccio entra en la peluquería sacando pecho y silbando un tango de Pugliese, como un rey loco y testarudo al que lo han abandonado hasta sus bufones. Un rey con alpargatas agujereadas, pantalón caqui y pulóver azul lleno de pelusa. Un rey barbado, de mirada penetrante y cejas mefistofélicas. Retacón y agrandado, aunque no tenga dónde caerse muerto. Pensar que en sus años mozos, como dice él, se empilchaba con saco y corbata, y viajaba por el mundo. Ahora, en mayo de 2012, es una cáscara de lo que fue, un jubilado que sobrevive en una pensión de General Pico, La Pampa.
Saluda en voz alta para llamar la atención.
El peluquero lo mira, pero no responde el saludo. Sigue cortándole el pelo a un cliente.
Puccio se sienta y hojea la revista Paparazzi.
—¡Qué pedazo de culo que tiene esta atorranta! A estas revistas con olor a concha habría que prohibirlas, embrutecen al hombre.
El peluquero lo mira con desprecio. El cliente se ríe. A Puccio no le importa. Habla solo, pasa las páginas y hace comentarios:
—Estos se la pasan mostrando sus casas y sus autos. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo? —se pregunta y luego de un breve silencio, se responde—: Con ninguna autoridad, turros de mierda.
El peluquero deja la tijera a un costado y se acerca al viejo.
—¿Qué se le ofrece, señor?
—Mire, hombre, si estoy acá es para cortarme un poco el pelo, no voy a venir a comprar huevos o un churrasquito.
—Le voy a pedir que no diga groserías. En diez minutos lo atiendo.
—Quédese tranquilo, soy inofensivo. ¿Sabe quién soy?
—No tengo idea.
—¿No se imagina?
—Señor, estoy trabajando.
—Soy Arquímedes Puccio.
El peluquero sintió que estaba frente al diablo. Había escuchado que Puccio vivía en su pueblo pero nunca se lo había cruzado.
—Le voy a pedir que se retire y no vuelva nunca más.
—¿Por qué motivo?
—Yo no le corto el pelo a asesinos.
—Usted se deja llevar por la prensa. Son todas mentiras.
—Si no se va, voy a llamar a la policía.
Puccio no dijo nada. Se dio media vuelta y salió cabizbajo.
Desde ese momento no volvió a preguntarle a nadie si sabía quién era. Era mejor que ignoraran su pasado (…)
Después de 23 años en prisión, el 18 de julio de 2008 salió en libertad condicional de la cárcel de General Pico y fue a vivir a la casa del pastor Héctor Villegas, de la iglesia Biblia Abierta (…) Esos días los vivió con una mezcla de alegría por salir de la cárcel y la tristeza por la muerte de su hijo Alejandro, ocurrida el 30 de junio por un cuadro agravado de neumonía.
El reencuentro entre padre e hijo en libertad no pudo ser posible. La última vez que se vieron en la calle fue el 23 de agosto de 1985, en San Isidro. El último día que pasaron en libertad antes de la caída.
Arquímedes fue detenido con sus cómplices, entre ellos sus hijos Daniel “Maguila” y Alejandro, talentoso wing tres cuartos del CASI, un tradicional equipo de rugby de San Isidro, y ex jugador de Los Pumas (…)
Los vecinos creían que la familia era inocente. No podía ser que el señor Puccio, que los domingos iba a misa vestido de traje, hubiera arrastrado a los suyos al delito. Sintieron horror cuando se comprobó que entre 1982 y 1985, habían secuestrado y matado a los empresarios Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum (…)
En General Pico, Puccio vivió su segunda vida. Se inventó un nuevo pasado. Como esos escritores que en sus últimos años se alejan de todo y van a escribir sus memorias a un pueblo donde nadie los conoce, el viejo va al almacén, al mercado o la verdulería y a algunas personas les da una tarjetita que dice “Arquímedes Rafael Puccio, contador y abogado”. Una vez se presentó al Concejo Deliberante local para buscar clientes.
—En la tarjetita puse que atiendo urgencias las 24 horas y se cagan todos —me dijo el viejo cuando lo conocí, el 9 de julio de 2011. En ese encuentro, me impactaron su mirada fija, su energía de joven en un cuerpo de viejo y su memoria.
—Da la sensación de que proyecta su vida como si fuera a vivir 120 años —le comenté ese día.
—Es que voy a vivir 120 años y quizá mucho más —respondió con naturalidad, con la certeza de que tendría todo el futuro por delante.
—¿Cómo imagina su muerte?
—Me gustaría morir teniendo sexo. Sería un acto de justicia.
Puccio se jactaba de haberse acostado con más de doscientas mujeres. A muchas de ellas era capaz de recordarlas sólo por un gesto, la sensualidad de un escote, la forma de caminar o el aroma de la piel.
A los 82 años no tenía nada y al mismo tiempo tenía algo que lo hacía poderoso: una verdad nunca dicha. Un secreto que no tiene nombre.
—Pueden decir lo que quieran, imaginar, inventar, juzgar, pero sólo yo sé la verdad de esta historia. Y me la voy a llevar a la tumba —me dijo sin sacarme la mirada de encima.
Después de pronunciar esa frase, hizo un silencio —como los oradores que hacen una pausa para escuchar los aplausos— y empezó uno de sus largos monólogos. A veces reía a carcajadas de sus ocurrencias: se celebraba a sí mismo. Era lo más parecido a un profeta sin credo ni creyentes cuya misión en el mundo era repartir fantasmas a medida. .-

*Autor de El Clan Puccio, la historia definitiva, de editorial Planeta. Además, realizó la investigación periodística y fue miembro del equipo autorial de Historia de un Clan, de los hermanos Sebastián y Luis Ortega la serie de que saldrá por Telefe en septiembre.

 

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 14 de junio de 2015

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Robledo Puch, el monstruo humano del sistema penal


Es el asesino múltiple más importante de la historia criminal argentina. La justicia bonaerense volvió a negarle la posibilidad de salir en libertad. Está preso hace 43 años por cometer once homicidios entre 1971 y 1972. Vive en el Penal de Sierra Chica. ¿Cuál es el límite punitivo?

Por Juan Alonso
Cuando Carlos Robledo Puch era todavía un niño, las calles estaban bordadas con cinacina y los caballos de los crotos se mezclaban con los carros destartalos de los vendedores de chatarra. Los domingos flameaba el olor a carne asada y los tanos construían sus casas silbando canciones de la Segunda Guerra.
A fines de los ’60, con Robledo adolescente, funcionaban las ferias que iban rodeando la calle Paraná (divisoria de los partidos de Vicente López y San Isidro) y los viejos militantes de la Resistencia Peronista de mitad de los años ’50 ya le habían pasado la posta a los muchachos que formarían la mítica JP, que se hizo fuerte en Florida y el corredor Norte del Gran Buenos Aires.
Eran tiempos de dictaduras. No había fiesta del Bicentenario, ni 25 de Mayo en la Plaza con músicos gratis y más de 200 mil personas saltando y cantando hasta la medianoche.
A la esperanza había que construirla solo, como pasó siempre, o casi siempre.
Los inviernos eran muy fríos y los otoños, repletos de potreros, con cientos de chicos que iban a despuntar el vicio de la pelota, agrandando el universo más allá de los baldíos. Pero al desamparo de Robledo no le bastó aquel infinito. Tampoco le alcanzó el paisaje de cirujas trashumantes. Hay quienes afirman que allí empezó a anidar su espíritu criminal. Su necesidad imperiosa de destripar animales para prolongar su existencia en un vacío circular que lo fue horadando hasta convertirlo en el monstruo humano que ahora es. Un hombre que hace 43 años está preso por haber asesinado con crueldad a once personas entre el 15 de marzo de 1971 y el 3 de febrero de 1972, cuando Perón no había vuelto a la Argentina y en él –Robledo Puch– todavía no había germinado la locura.
El pasado 22 de mayo, la Cámara de Casación Bonaerense volvió a rechazar su libertad. Es la quinta vez que el Poder Judicial le niega esa chance. Su biógrafo, el periodista y escritor Rodolfo Palacios, dice que la mirada extraviada del antiguo hampón circunda los límites del delirio y en sus soliloquios se imagina dando discursos políticos y rompiendo las cadenas que lo atan a la muerte. Así, avanza con la antorcha de sus ojos inyectados y su voz trepidante hizo un hueco imaginario en el cemento del penal de Sierra Chica.
Palacios asegura que pese a todo ese hombre enjuto abriga cierta fe magullada por la derrota y su historia está plagada de presuntas injusticias (ver aparte).
¿Hasta cuándo un hombre es depredador de su prójimo y cuál es el límite punitivo del sistema que insiste en encerrarlo?
El ex juez de la Corte, Raúl Eugenio Zaffaroni, lo comparó con el caso de un ex estrangulador de mujeres mexicano que luego se convirtió en excelso conferencista de Derecho y no mató ni siquiera una paloma para el guiso. Sin embargo, el sistema lo mantuvo preso durante años por aquel viejo asunto del miedo inquisidor (ver la opinión de Zaffaroni).
Entre los argumentos de los jueces de la Sala III de Casación, integrada por Ricardo Borinsky y Víctor Violini, se dice que el condenado “muestra que no reúne las condiciones para el reingreso al medio libre a través de la libertad condicional”.
El fallo se sustenta en el informe del Departamento Técnico Criminológico que concluyó que Robledo Puch “carece de mentalidad reflexiva del accionar transgresor, reconociendo tan sólo ser autor de los robos cometidos con el fin de ayudar a los más necesitados, no así el resto”.
En enero, el médico forense Osvaldo Raffo dio la última entrevista periodística a este cronista, que salió publicada el mismo día de conocerse la muerte del fiscal Alberto Nisman. Raffo lo estudió durante meses (es el único experto que hizo una profunda evaluación médica y psíquica de Robledo) y dijo: “Un tipo como Robledo nace cada 100 años. Es la maldad en su estado químicamente puro. Él trataba de dominarme en la conversación. Lo estudié durante tres meses, dos veces por semana de forma personal. Volvía a mi casa y estaba muy nervioso. Me sentía mal. Me faltaba el aire. Mi finada esposa me preguntaba qué cosa me pasaba. Y era este tipo que me seguía haciendo daño. Su carga. Su historia. Él mató a toda su banda, por un motivo elemental: es homosexual, aunque yo creo que es un ser asexuado. La cosa es que después de asaltar, violar y asesinar a sus víctimas, la banda tenía sexo entre ellos en la misma casa. Se quedaban allí, saqueaban, comían, dormían juntos. Una vez le pregunté por qué mató a Somoza (su compinche, su socio) con un soplete en la cara. Y me dijo que fue para que no lo reconozcan los agentes policiales porque era su amigo. No, le dije, amigo un carajo, ¿por qué lo mataste? Y entonces ahí se soltó: ‘Porque a Robledo no lo abandona nadie.’ Me mostró su verdadera cara. Ellos tenían una filosofía para matar: torturaban, intercambiaban sexo. Esta es la historia de Robledo.”
Por su parte, el legista, psicólogo y psiquiatra Mariano Castex propone ir más allá de la coyuntura. “Robledo Puch estaría en condiciones de salir en libertad si se comprueba que es capaz de vivir en sociedad sin significar un peligro para los demás. Lo que hace falta en este caso es un profundo análisis –propone–, pero no de forma circunstancial. Tiene que ser metodológico y durante días y horas, no para una entrevista en el marco de un requisito legal, sino un estudio sobre el estado actual de su complejo psiquismo.”
Desde la criminología, el especialista Raúl Torre, lo define como un ser “perverso” que goza con provocar daño a los demás, con fuertes rasgos “esquizofrénicos y paranoides”.
Según Torre, quien se basa en el trabajo de Raffo para realizar su análisis en relación con otros autores y expertos en la conducta criminal, Robledo es incapaz de experimentar empatía y compasión por un semejante. Es decir que podría querer más a un gato que a un ser humano (ver aparte).
En tanto, la perfiladora criminal Laura Quiñonez Urquiza desarrolla esa misma idea asocial y traza semejanzas entre Robledo y otros asesinos. “Creo que con una motivación parecida, que es el resentimiento y la aserción de poder, no ha habido muchos, pareciera haberse encontrado a sí mismo a través de sus delitos y luego matando, como si fuese hasta un tema de supervivencia, como ocurre en aquellos que matan por placer, por diversión. Por momentos, esa es una motivación que va desde el poder, prueba con la crueldad, pero no es lo suyo y vuelve a disparar a distancia, como el caso de Marcelo Antelo, el llamado ‘asesino en serie del Bajo Flores’.

–¿Cuál era la pulsión criminal de Robledo?, ¿por qué mataba?
Laura Quiñonez Urquiza: –En un principio para mostrar su poder, quizás en otros haya sido para no ser reconocido posteriormente, pero era evidente que todo lo que lo conduciría era su sentimiento de omnipotencia. El resentimiento y la idea de traición en él operaban como disparador para matar, incluso a conocidos con los que aparentemente había formado un vínculo de camaradería en el delito.

Ha sido llamado “El Ángel de la Muerte” y se dijo que su voz tiene el extraño influjo de ingresar en el inconsciente para jugar al ajedrez con los pensamientos ajenos. Raffo confesó sentirse incómodo con el sonido de esa voz y por las noches el discurso agitado de Robledo lo visitaba traspasando todos los muros.
La mirada helada de Robledo jamás podrá liberar su desesperación. Y en eso, la vida mantiene una deuda muda con él.-

El indio solari*

“No encuentro manera de que mis emociones abarquen con sensibilidad adecuada hechos fenomenales como los acontecimientos en que Robledo Puch estuvo involucrado.
Cruzó una frontera extrema que creo reconocer pero nunca me vi extraviado mas allá de sus límites. En cuanto a su relación con mi imaginería debo considerar el hecho de que mis personajes, en general, están iluminados por la luz tóxica de sus ilusiones enloquecidas.
Si pudiéramos aprender el mundo, a cada rato, con la perseverante inocencia de las bestias, sus acciones no figurarían en el menú del gran restaurant de la naturaleza.
El nuestro es un planeta extraño que alberga las más inconvenientes criaturas y los legados mentales más difíciles de predecir. Por otro lado yo tampoco necesito del paraíso (pero se me nota menos).”
* Mensaje dirigido al autor del libro sobre Robledo

“Apurate Carlitos, agarrá tus cosas y rajá”, le dijo un guardia en un sueño

Por Rodolfo Palacios

Robledo Puch tenía un sueño recurrente. Un guardia lo despertaba para avisarle que le habían dado la libertad. “Apurate, Carlitos, agarrá tus cosas y rajá”, le decía. Robledo creía que era una broma. Al final salía de la cárcel de Sierra Chica entre aplausos y enfrentaba el mundo exterior. Caminaba al costado de la ruta con un bolso, pero de pronto se desataba una lluvia de meteoritos y debía entrar en la cárcel para protegerse.
Es probable que la realidad sea peor que esa pesadilla. El Ángel Negro lleva 43 años preso y ningún juez quiere liberarlo, aunque técnicamente la pena está agotada y la condena “por tiempo indeterminado” fue declarada inconstitucional.
“Mientras yo esté en este juzgado, Robledo no sale más. Ninguno de nosotros va a poner la firma”, dijo uno de los jueces de San Isidro que le negó la libertad hace dos años. El mismo magistrado reconoció que los estudios psicológicos y psiquiátricos que le hicieron a Robledo en los últimos años, “eran flojos”.
Si Robledo no fuese una leyenda negra y se llamara de otra forma, quizá estaría libre. “No estudia, ni siquiera mostró interés en trabajar y no tiene contención afectiva extramuros.” Esa fue una de las justificaciones a uno de los cinco pedidos de Robledo para ser liberado. No son muchos los liberados que estudiaron en la cárcel ni los que, al salir a la calle, tienen contención afectiva.
Otro de los argumentos con poco peso es que Robledo nunca asumió su culpa. Y para llegar a esa conclusión se basan en lo que Robledo me dijo en una de sus entrevistas: “Fui un ladrón romántico como Robin Hood que robó para ayudar a los más necesitados.” Para los jueces, tiene una “mentalidad reflexiva del accionar transgresor, reconociendo tan solo ser autor de los robos cometidos con el fin de ayudar a los más necesitados, no así el resto”.
Si no asumir la culpa fuese un obstáculo para conseguir la libertad, las cárceles estarían mucho más superpobladas. Ni Yiya Murano, ni Arquímedes Puccio, ni Sergio Schoklender asumieron sus crímenes y sin embargo fueron liberados.
La cárcel no hizo nada por Robledo. No le brindó herramientas para la resocialización ni le dio tratamiento médico. Todo lo contrario: fue torturado por la policía para que se hiciera cargo de los once asesinatos y en 1973 sufrió todo tipo de vejámenes cuando fue recapturado de una fuga de la cárcel de La Plata.
Cada año, Robledo vuelve a sufrir la misma condena, como si volviera a matar a las once víctimas.
Con el caníbal se puede hacer cualquier cosa, menos comérselo.
Cuando fue condenado, en 1980, al Ángel Negro se le atribuye una frase que nunca fue confirmada. Es más, uno de los jueces que dictó la condena nunca la escuchó. Pero la leyenda criminal, proclive a dar por realidades los mitos que se tejen a su alrededor, dice que Robledo miró a los jueces con odio y les dijo: “Algún día voy a salir y los voy a matar a todos.”
Ese día nunca llega.

“Es susceptible de libertad condicional”

Por Eugenio Raúl Zaffaroni
En realidad, nadie puede sufrir una pena realmente perpetua en la Argentina. Hace poco escribí un artículo que se publicará en el homenaje a una profesora de Córdoba sobre las penas máximas en la legislación vigente, que creo que las señala la ley 26.200 (que es la que determina la pena de los delitos contra la humanidad en el derecho interno), pero que no viene al caso, porque RP está condenado con la ley anterior a las disparatadas reformas “Blumberg”. Conforme a la ley que le es aplicable a RP la perpetua es susceptible de libertad condicional. Se discute si ésta es un derecho; personalmente creo que sí. No conozco los motivos por los que se le denegó el pedido, pero seguramente habrán hallado que alguno de los requisitos no se daba en el caso. En el plano de la realidad y al margen de los jurídico, debe pesar que ni los peritos ni los jueces se animan a otorgar la libertad condicional en el caso de RP, máxime en un momento en que se amenazan a los jueces por la TV y por los políticos. Desde lo criminológico la situación es dudosa en cuanto a pronóstico de conducta futura. Me viene a la mente el caso del “estrangulador de mujeres” de México en el año 1951, si mal no recuerdo. Se trataba de una persona joven con una secuela neurológica (producto de una encefalitis infantil) que mataba prostitutas y las sepultaba en el jardín por impulsos en el momento del orgasmo. El perito fue mi profesor de criminología en la UNAM, el maestro Alfonso Quiroz Cuarón, y aconsejó no liberarlo por toda la vida. Lo cierto es que pasaron muchos años, el maestro murió en 1978, y el Goyo -como le decían- salió en libertad creo que en los años ochenta, se recibió de licenciado en derecho y nunca volvió a matar a nadie. Daba conferencias por los barrios del DF despotricando contra la memoria de mi pobre maestro, quien por cierto fue el criminólogo más destacado de México en el siglo pasado (entre otras cosas el que investigó a Mercader, el asesino de Trotsky, y determinó su indentidad). Esto me enseña que nada cierto puede asegurarse sobre la conducta futura de una persona, incluso en casos de daño cerebral. Ha habido otros casos de liberados con homicidios masivos, el más conocido creo que fue el de Mateo Banks, que estuvo en Ushuaia, había matado a toda una familia y creo que la había arrojado a un aljibe. Salió después de muchos años y vivió normalmente, hasta que murió de una caida en el baño de una pensión en la que vivía con otro nombre.

*Extracto de un mail de Zaffaroni dirigido al periodista Rodolfo Palacios para el libro El ángel negro.

“Es un individuo que tiene a la muerte como su objetivo primario y utilitario”

Por Raúl Torre

Robledo Puch fue apodado El Ángel de la Muerte; nació el 22 de enero de 1952 en Olivos, Vicente López, sus progenitores son Víctor Elías y Aída Josefa Habedank. Antes de cumplir 20 años ya había llevado a la muerte a once personas, aunque se sospecha que haya victimizado a varias más. Hoy está cumpliendo una condena en la Unidad Penal de Sierra Chica, donde pasó más de la mitad de su vida.
Se lo define como un individuo con rasgos esquizo-paranoides y componentes perversos, esta última calificación por atenerse con cierto rigor a algunos de los autores contemporáneos, pues podríamos definirlo como un perverso puro.
Hilda Marchiori practica un análisis de los homicidios por placer: “El que da muerte… por el deseo de quitarle la vida a una persona, actúa por un sentimiento de violencia indiscriminado, sin causa y sin relación con la víctima. La personalidad psicopática, en este homicidio, asume una actitud de extrema violencia, que la conduce a mostrar su agresión y sus graves problemas internos a través de esa conducta gratuita de agresión y sadismo. Se observa en la personalidad de este individuo una identificación con la violencia externa, por ello la facilidad e insensibilidad que muestran en el delito”.
Raffo nos dice que Robledo Puch “…carece absolutamente de afectividad, no tiene remordimientos. Si bien se encuentra alojado en el pabellón de homosexuales en Sierra Chica, antes bien sería un individuo asexuado, no tiene el sexo importancia capital en su vida; no se debe hablar tampoco de preferencias exclusivas por su propio sexo…’. Se le conoció una novia en la localidad de Villa Adelina, cuyo nombre no revelaremos para no incursionar en la vida privada de personas inocentes”.
Hay una coincidencia de Raffo con el criterio de Juan Antonio Gisbert Calabuig, quien opina y amplía que “se trata de sujetos que saben ciertamente lo que es bueno y malo, teóricamente pueden ser rigoristas morales, pero situados ante el caso concreto corren el peligro, si afecta sus intereses, de conducirse con toda inconsciencia en forma asocial e inmoral.
Lo hacen así porque no experimentan compasión, simpatía, vergüenza, fidelidad ni respeto y, por tanto, no pueden determinar su conducta. Aún más, no sólo no son accesibles a estos sentimientos respecto de los demás, sino que también carecen de los sentimientos de su propio valor: orgullo, honor, dignidad e incluso los correspondientes negativos.
No pueden mantenerse firmes en la enemistad, odio e indignación, o en la amistad, compañerismo y amor. Por eso son incapaces de arrepentirse, porque ello supone vivir la culpa y en ellos se halla dificultada la formación de la conciencia.
En este sentido carecen de sentimientos, aunque puedan disponer de bellas frases líricas”. Se hallan como Hoberlein ha dicho elegantemente “del lado de lo bueno y lo malo, y si no se hacen criminales, es porque temen el castigo y saben, o han experimentado, que les tiene buena cuenta conducirse bien en un estado disciplinado”.
Esta perversión es de aparición precoz: ya desde niños se marcaría por sus mentiras y crueldad para con sus hermanos, camaradas y animales, por su inadaptabilidad social, por el precoz despertar de su sexualidad y por la comisión de frecuentes transgresiones legales, solo o formando bandas de delincuentes juveniles. El resto de su vida no es más que la lógica continuación de este prólogo.
Son vengativos, crueles, rencorosos, celosos, fríos y feroces en la venganza; cínicos, indisciplinados y mitómanos; dados a la fuga y enrolados en bandas de delincuentes; eróticos, invertidos y toxicómanos; incapaces para la vida familiar y para toda clase de profesiones, e inútiles para ganarse la vida honradamente.
Desde muy temprano este individuo pasa la vida al margen de la sociedad, y la cárcel y el hospicio van a ser sus residencias habituales, sólo interrumpidas por evasiones o licencias que aprovechan para cometer nuevos delitos.
Lo que debe tenerse en cuenta es que Robledo Puch es un individuo en quien la actividad criminal no tiene un objetivo central en el robo o en el sexo, antes bien es la muerte su objetivo primario y es utilitario, se apropiaba momentáneamente de los lugares y permanecía, en ejercicio de poder sobre las personas y las cosas, aprovechando la situación para hacerse de dinero y bienes.
Alguien puede sostener que en los hechos delicitivos cometidos por Robledo Puch los homicidios han sido secundarios a los delitos contra la propiedad, pero la circunstancia de que todos los presentes –nótese que no hablamos de testigos, porque esa calidad en ellos daría alguna explicación a su muerte– encontraran un trágico final por su mano, muchos de los cuales le eran inofensivos y se hallaban durmiendo, rápidamente nos retorna a la idea anterior.

Nota y opiniones publicadas en  el diario Tiempo Argentino el domingo 31 de mayo de 2015

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La ejecución


Por Juan Alonso

Pablo Ramírez estaba sentado sobre el piso de cemento con los brazos esposados desde atrás. La mirada del verdugo se posó sobre su rostro y sintió ganas de vomitar, de cagarse encima. Su cuerpo comenzó a temblar como sólo tiemblan los que saben que van a morir. El verdugo con ojos de pez y una leve joroba se subió los pantalones, que le llegaban a los bordes del culo, y tomó el arma que estaba en el mostrador de la caja de herramientas.

Afuera el cielo era violeta como algunos inviernos de la Patagonia. La camioneta avanzaba sobre el ripio y las ovejas parecían inquietas. El infinito se achicaba a medida que recorrían el camino, pequeñas piedras volaban hacia los costados y el polvo de la tierra seca producía que los ojos llorasen solos. Nadia se asomó por la ventanilla y vio aquel galpón, tres camionetas, un auto destartalado, un sereno durmiendo en la casilla de vigilancia con una pequeña radio roja sobre la mesita de plástico. El viento arreciaba y golpeaba la puerta, pero el sereno dormía, o parecía dormir apoyado sobre su lado izquierdo. En la radio sonaba el relato de un partido de fútbol local.

El perro de Ramírez, atado a una de las camionetas, lloraba como un lobo bajo una luna de sangre. Víctima y verdugo se miraron a los ojos. Un instante fugaz sin futuro. La primera bala se incrustó en el ojo derecho de Ramírez, que se volcó en un leve estallido agónico. Su perro lanzó un llanto furioso que atravesó la estepa y enseguida sobrevinieron los ladridos, la rabia brutal, la desesperación por romper la cadena de hierro y salir a matar a todo a quien estuviera parado ahí con el pobre de Ramírez.

Nadia escuchó un chasquido en el horizonte, el sonido de un cuervo en la penumbra. Su marido venía pensando en otra cosa. El lunes tenía que pagar la décima cuota de la hipoteca del campo y le dolía la rodilla. Nadia le dijo: “¿No escuchaste eso?”. Se miraron. La camioneta daba la ilusión de alejarse de alguna parte.

El segundo tiro fue en la sien. Un chorro de sangre se desprendió de la cabeza de Ramírez. No había pronunciado ni una palabra. El verdugo dio una vuelta completa alrededor del cadáver y se quedó mirando su obra. Lanzó un escupitajo al suelo y fue a buscar una bolsa y un trapo de piso. El perro seguía ladrando. Una baba espesa salía de la boca del animal y era de un amarillo fosforescente. La cadena de hierro le había hecho una herida en el cuello y tenía los ojos desorbitados por la furia. El verdugo ni lo miró. Lo que quedaba del sol naranja presagiaba la inminente llegada de la noche.

Nadia insistió: “¿Cómo que no escuchaste? Pareció un balazo”. Su marido hizo un gesto de fastidio y puso cuarta con la vista fija en eso que él definía “adelante”. La mujer comenzó a morderse las uñas y se asomaba sin lograr divisar otra cosa que no fuera su propio miedo.

Ramírez intuyó el final. Su amigo Norberto le había aconsejado que no fuera al encuentro del mecánico a cobrar aquella maldita deuda. Porque una deuda en un pueblo se paga con el simple saludo y un kilo de pan casero y una botella de vino. No valía la pena. ¿Qué cosa podría valer la pena? Pero Ramírez era terco y se aventuró en un lugar desconocido: la casa del odio no recibe bien a las visitas. Un extraño allí  tiene destino de calavera.

El primer corte es para separar algo parecido al matambre de la vaca, el segundo marca el azotillo, el cogote del animal, que se desprende con una sierra. Después se puede dedicar al costillar y a la falda. El cuarto trasero de la oveja es fácil de marcar y desmontar, porque no es tan pesado como otros. En eso venía pensando el verdugo, en sacrificar una de esas ovejas del ripio para hacerse un asado con su mujer e hijos, cuando su levitación mental fue interrumpida por el ladrido del perro de Ramírez. Tomó la extensión del cricket y le asestó un golpe en el lomo que literalmente lo quebró. Después empuño el arma, acercó el caño y efectuó el tercer disparo que se evaporó en el viento sur.

-¿Y ahora qué me decís?- Le dijo Nadia a su marido.

-Será un paisano medio borracho.

La oscuridad de la noche comenzaba a inundar el paisaje de lo aparente. Nadia seguía inquieta. Su pareja, indiferente.

Dos kilómetros atrás, el verdugo colocó el cuerpo de Ramírez en dos bolsas y se dirigió a una de las camionetas. Usó otra bolsa para el perro. Estaba tibio cuando lo lanzó atrás como quien se desprende de la basura.

En ese instante, una lechuza se desplomó del cielo. El ratón que perseguía intentó esconderse a unos metros del galpón. El verdugo salió con la linterna para alumbrar su faena. Arrimó un bidón de nafta y en el momento en que buscaba las llaves, el pájaro hizo un ruido excitado por el ratón entre su pico. El verdugo vio la escena extasiado y movió la comisura de los labios como buscando un cigarrillo para pitar. Dos asesinos distintos se contemplaban en silencio antes de marchitar los huesos.

Ya en su casa, Nadia pensaba en una tarta de manzanas.-

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La muerte como atajo del relato de la vida


Por Juan Alonso

La muerte encierra un misterio que inquieta a la humanidad desde hace siglos. Muchos creen que se trata de un nuevo comienzo y para otros es simplemente el fin.

En su ensayo de 1912, Miguel de Unamuno reflexionó sobre la imposibilidad de aceptarla. En uno de sus párrafos, escribió: “Acaso la enfermedad misma sea la condición esencial de lo que llamamos progreso, y el progreso mismo una enfermedad.”
De ese “progreso”, entonces, hablamos en estas páginas los 365 días del año. Hechos trágicos que se desarrollan en ciudades gigantescas donde el hombre está habilitado sólo como un consumidor sin horizonte de futuro. Su existencia es pura distracción. Una máquina productiva que nace, se reproduce y muere, en la mayoría de los casos durante la ignominia del anonimato con la estela de una frase tallada sobre una piedra. Es así cómo algunos especímenes van forjando su carácter de lobos por la inercia de la anemia espiritual.
Por el deseo se nace y por el anhelo se vive y también se muere.
La paradoja del destino nos arrastra por estos días hasta hechos demasiados complejos. Lo que parece una serie es la vida real. Presuntos suicidios con mil pistas, testigos y versiones enfrentadas. La valoración de los datos duros depende del que escucha. Cuestión de fe. Aunque desde el punto de vista puramente criminológico, toda muerte tiene una explicación científica y hasta filosófica.
En cuanto más avanza la investigación penal, el hombre queda otra vez desnudo y sin máscara frente a sus pares. No hay héroes ni próceres. Somos seres pequeños ante el infinito del universo. Una mente brillante como René Favaloro eligió una bala de un Magnum 357 para estallarse el corazón. En el espejo del baño de su departamento dejó las notas dirigidas a sus familiares y amigos. ¿Y el móvil? La soledad y el infortunio para enfrentar las circunstancias de una economía caníbal. Esa gran máquina monstruosa que se alimenta de los hombres y se llama capitalismo. A quien los más esperanzados garantistas de la economía le ponen el mote falaz de “mercado” y de “progreso”.
Ante la promulgación de la idea de desguace que viene degollando esperanzas desde la hambreada Europa y el norte millonario, quizás pueda ser útil esta vieja idea de Unamuno. “Lo primitivo no es que pienso, sino que vivo porque también viven los que no piensan. Aunque ese vivir no sea un vivir verdadero.”
Es la época que nos tocó.

 

Columna publicada en el diario Tiempo Argentino el 1 de marzo de 2015

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