Nicolás

Se sentó en el auto y me clavó esa mirada verde de criminal de luto que le salía por los poros desde muy chiquito en la cinacina.

Mi viejo se estaba despidiendo de mí. Fue un mediodía. Antes paramos en una pizzería cuyo mozo me conocía desde pibe. Subió la escalara como si se tratara del Aconcagua. Pero yo no sabía que esos eran los días del final.

Pasaron algunos años y ciertas tragedias familiares para que me rogara que lo sacara del sanatorio del Pami en donde se estaba muriendo inmerso en una agonía espantosa que nunca le perdonaré a Alderete y a Menéndez: canallas de aquel principado musulmán que rifó el país con el guiño de los mismos que pretenden mantener sus privilegios de clase hoy en día.

Nicolás, mi viejo, me dijo que estaba podrido, más que podrido, harto de ir al banco para hacer la cola y cobrar la jubilación después de haber trabajado durísimo toda una vida y encima por esa miseria…. Le dolían las piernas y los achaques del tiempo se le hicieron carne y dejó de ser el mismo. Envejeció como envejecen los que han trabajado desde los cinco años en este país sin memoria. Muy mal envejeció mi papá. Y a mi madre no le fue mejor. Y es que tiene un costo alto seguir vivo pese a todo.

Fue un hombre simple Nicolás. Se contentaba con comprar unos buenos bifes de lomo y algunas otras vituallas que traía a la casa en esos finales de los ochenta que tanto daño nos hizo a los trabajadores. Y entre vino con soda, salame, queso, y las viejas anécdotas de tranvías que surcaban por Buenos Aires, el tiempo pasaba y éramos hijos de su sangre al fin al cabo.

Una esmeralda que alguna vez brilló fue mi viejo.

Los sinsabores del destino no guardan esperanza alguna para los caídos del sistema. Mi padre, si bien no se había convertido en “un nadie”, tal como define Fernando “Pino” Solanas a quienes son expulsados de las “mieles” de la sociedad capitalista, estaba gastando los últimos cartuchos de una vida llevada a los tumbos.

Ahora que escucho a tantos y a tantas quejarse de lo mal que la pasan y de los sinsabores del oficio y el trabajo, no puedo menos que ponerme furioso de ira.

¿Qué harían para lograr criar a dos hijos en tiempos de José Alfredo Martínez de Hoz?

Mi Dios, pienso, me digo, murmullo para mí: no tienen corazón para seguir adelante contra todo lo que se les ponga enfrente.

El viejo se levantaba a las cuatro de la mañana con lluvia y truenos, en verano o en invierno, sin mucho abrigo, pero con una fe en sí mismo que me ha legado para bien.

Su tumba está en Chacarita.

Pero yo lo llevo conmigo para no olvidarme jamás de donde vengo. Vive debajo de mi esternón y no en esa tierra removida, aplastada de huesos sin fechas.

En vez de dejarle flores, lo recuerdo así.

Él quizá, allá dentro de sus ojos fieros, estaría feliz al escucharme estas palabras que intentan reconocer cuanto lo quiero.

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