HABLA LA VIUDA DE DAVID GRAIVER


Después de 34 años, aceptó dar una entrevista por primera vez

“A mi marido lo mataron por Papel Prensa”, asegura Lidia Papaleo

Publicado el 29 de Agosto de 2010
Por Cynthia Ottaviano y Juan Alonso

La viuda de David Graiver responsabiliza a Héctor Magnetto: “Tenía la mirada de un tipo poseído, violento.” “Jamás fui libre. Vivía con pánico y creo que todavía me pueden matar”, asegura. Cómo es el vínculo con su hija y su cuñado.
Tiene las manos delicadas. Cuidadas. Con intensidad, casi las entrelaza alrededor de la taza de té. Toma un sorbo. Otro. Y otros tantos a lo largo de las más de dos horas de entrevista. Lo hace de a poco. Sin apuro. Con una serenidad meditada, que no tuvo el 16 de septiembre de 1976, cuando bajó del avión abrazando, con esas mismas manos, no una taza, sino una urna. Llevaba las cenizas de David Graiver. El gran amor de su vida había quedado reducido a cenizas cuando el avión en que viajaba se había estrellado en México, el 7 de agosto de ese año. “Fue un atentado. Estos tipos le han pedido a la CIA que lo limpien”, dispara, segura.
“Mi mamá, que conocía muy bien nuestro amor, pensó que yo me iba a querer matar. Entonces, me trajo a la gente de la Cruz Roja, que me enchufa medicación. En el velatorio me tiré dormida abajo el cajón, estaba totalmente descolocada. No podía entender, no había explicación. Los dos teníamos una absoluta idolatría por nuestra hija, y sin duda esa fue la bandera de la que me agarré para vivir. Y para que mi hija tuviera, me lo prometí, la verdad acerca de su padre yo iba a seguir”.

-Su hija María Sol es la misma que hoy pide que no la involucren con Papel Prensa y que desmiente sus dichos.
-En el Consejo de Guerra, cuando terminé y me permitieron hablar sola, dije que estaba orgullosa de mi marido y “por el fruto se conocerá al árbol”. Y que el fruto de nuestro amor, nuestra hija, iba a ser como nosotros, pero me equivoqué.

Está sentada a la cabecera de una mesa de oficina para ocho personas. Maneja los tiempos. Sus tiempos. Ya no siente ese miedo que se mimetiza en la piel. Siente fuerza. Arrojo para llegar a la verdad. Su verdad. “Esta es una historia de amor. Cuando yo presiento la ternura en el hombre, a mí me conmueve. Es como tocarle el corazón. David era un hombre tremendamente tierno. Dormíamos de la mano, y el gordo, que era enorme y se me venía encima…Él me había prometido que se dedicaba cinco años más a ser empresario y, después de eso, iba a ser historiador económico de la Argentina. Pero quería hacerlo con libertad y para eso no iba a vivir en la Argentina. No sé si lo hubiera hecho… Éramos cómplices”, asegura.
“Es una historia de amor”, insiste. Atravesada por una intriga familiar, dinero, poder, crímenes de lesa humanidad, despojos económicos, torturas, desaparición y asesinatos. Una historia de amor como, tal vez, no haya otra. Signada por un crimen casi 16 años después de nacer: Lidia tenía 14 años cuando lo conoció y 30 cuando murió. “Su muerte fue como quedarme sin piel”.

–¿Por qué cree que lo asesinaron?
–Porque murió de la forma más estúpida, contra un cerro, con un avión al que no le andaba el altímetro. Además, días antes, un hombre mexicano Gabriel Alarcón muy poderoso que tenía un diario (El Heraldo), le dice a David: “Tu debes vender Papel Prensa, porque te va a costar la vida.” Y yo, que lo único que sabía era que un mes antes había visto sobre un escritorio un logo precioso de papel y preguntado qué era. Me dijo: “es una fábrica de papel”.  Salimos del almuerzo y le pregunté a David: “¿qué es esto que te dijo Alarcón?” Y David lo menospreció. Dijo que Alarcón estaba preocupado por algo sin sentido: “viste cómo son los mexicanos”, me dijo. Y yo, cuando desaparece el avión, estando en pista, lo primero que hago es llamarlo a Alarcón. Le digo llorando que el avión había perdido contacto y él me dijo: “Lidia, con el primer rayo de sol yo salgo a buscarlo.”
–¿Alguna vez entendió por qué lo mataron por Papel Prensa?
–No, nunca entendí. Yo supe. Yo no tuve dudas. Nunca. Papel Prensa significaba tener el monopolio del papel en el país, si no era manejado correctamente. La intención de David no era la de un monopolio, y por eso la forma en que él distribuye las acciones. Era muy fuerte que tuviera  un canal, que tuviera un diario, una productora de cine y otras cosas. Él apostaba a los medios de comunicación en una forma absoluta.
–Cuando llegó a la Argentina desde México, ¿qué situación vivió?
–La peor etapa. Yo empecé por recibir amenazas inmediatamente después de morir David en agosto de 1976. Y tuve que esperar tres días. Primero tuve que esperar tres días para que el Ejército encontrara el cuerpo. Empezó a haber llamados en México tres o cuatro días después de la muerte de David. Primero, molestando. Después, para decir que teníamos que desaparecer, desprendernos de todo y desaparecer, que íbamos a morir todos. Nadie decía quién era. Después, alguien se presentó como representante sindicalista: “ustedes tienen una deuda, paguen ya”, decía. También hubo una llamada de Montoneros, o eso dijeron. Y me volví a la Argentina. En los Estados Unidos, adonde tuve que ir, me decían que no me volviera, que la situación no estaba dada, pero yo tenía a mi hermano Osvaldo preso, a mi padre imputado y quería estar con mi familia. “Además, ¿por qué razón?”, me preguntaba. “Yo no hice nada malo.” Y volví.
–¿Qué pasó cuando volvió?
–Empecé a ir a la oficina. La segunda persona de David, hacía mucho tiempo, era Jorge Rubinstein. Uno de los primeros días de noviembre, estábamos en la oficina, era tarde. Le pregunto cómo se iba a ir tan tarde. “Porque no voy a manejar más, me tomo un remís.” Nunca llegó a la casa. Lo agarró un vehículo grande allá por la mitad del trayecto, por City Bell, Villa Elisa, al medio. Milagrosamente vivió. No sé qué pasó con el chofer. Pedimos explicaciones en la policía. Nadie dijo nada. Fue internado en un sanatorio, completamente enyesado, y  poco después lo operaron del corazón.
–¿Cree que fue un atentado?
–No creo. Estoy segura. Para mí, en ese momento en que me estaban amenazando y le pasa esto a Rubinstein, cualquiera hubiera pensado así. ¿Qué hicieron al sacar a Rubinstein del medio? Sacar a la única persona que podía dirigir las empresas. El único que estaba al tanto. Con el hermano de David, Isidoro, no tenía vínculo comercial hacía dos años, que había pasado sin manejar nada de acá. A Rubinstein lo matan para que no hable.
–Cuando Rubinstein sufre ese atentado, ¿ya existían los llamados para que vender Papel Prensa?
–A mí me cita Martínez Segovia (yo ya lo conocía de otras reuniones) al Hotel Plaza y me dice: “Mirá Lidia, en entrevistas con el gobierno, ellos quieren que Papel Prensa se venda únicamente a argentinos y que no pertenezcan a la comunidad judía.” Apenas llegué a la Argentina, por septiembre, y después fue el accidente de Rubinstein, y eso me lo confirma.
–¿Usted no formaba parte de ninguna estructura de negocios?
–Nunca cerré ni abrí ningún negocio. Eso lo hacían él e Isidoro, antes de alejarse. Pero desaparecido Rubinstein, queda Isidoro.
–¿Por qué, si estaba alejado?
–Porque el papá de David, heredero junto con mi hija, tomó actitudes tales como que cuando aparece esta presión de Montoneros para que vayamos a una reunión, yo decido que vaya él, no yo, con una hija de 2 años. No había respiro en la presión. Lo voy a ver a Lanusse. Yo quería que le de la carta mía a Jorge Rafael Videla, como presidente del país. Me dicen: “¿por qué la carta a Videla?” Y yo digo que le tengo que explicar que a mí me dicen que le tengo que vender Papel Prensa a los diarios, que me están amenazando, que “me dicen que usted dice que le tengo que vender todo a los diarios, hacer desaparecer todo”. ¿Cómo les iba a creer a los que venían, si Isidoro había tenido una reunión con un coronel –que terminó preso porque era todo falso–, uno disfrazado de coronel? Un amigo, una persona muy importante, le dice: “Yo te consigo una entrevista con ese ‘coronel.’” Y era un payaso disfrazado.
–¿Realmente pensó que Videla podía ayudarla?
–No ayudarme. Yo creía que Videla me iba a escuchar: yo estaba convencida de que Papel Prensa era un bien tan importante para el país, estaba tan orgullosa de eso, que nunca creía que el gobierno iba a permitir un robo de semejante cosa.
-¿Cómo fueron las horas previas al 2 de noviembre de 1976, cuando firman el traspaso?
–Primero, mi suegra, por el amor de su vida, que era su hijo, estaba medicada, muy mal. Estábamos mi cuñado, en defensa de sus papás, yo ni sabía que Isidoro había ido a Clarín a discutir precio. Era un loquero. Voy a esa reunión, ya entregada al pánico totalmente. El 16 de septiembre bajé del avión con las cenizas de mi marido de un lado, mi hija del otro, no dándome cuenta. Cuando voy, muy atemorizada, no por temor a de-saparecer, pero sí con la sensación plena de que nosotros estábamos siendo amenazados de muerte. Ellos eran gente muy poderosa, con todo el poder de los militares, y nosotros no éramos nada. Ni abogado teníamos. La misma gente que trabajaba con nosotros nos decía que no teníamos otra posibilidad que vender al grupo este. Ese día lo único que dice es que no judíos ni extranjeros. Después, viene otra persona, Guillermo Gainza Paz, que nos ofrece lo de los diarios, como representante de los diarios. No habla conmigo, habla con Isidoro. Era permanente la presión.
–¿Cómo cree que se gestó todo?
–Todo esto estaba preparado desde mucho antes: David había estado con Videla en 1975, en una conversación donde David le regala un Rolex, según me dijeron, y lo que yo sentí desde que pisé Buenos Aires era que todo me sonaba a peligro, cada día estaba más inmersa en la muerte.
–¿Cree que le robaron Papel Prensa? ¿Quiénes?
–El señor Magnetto, la gente de La Nación. Los hechos lo demuestran. Asociados con la dictadura. Hay un tipo del grupo de Camps que torturaba, que aun sin verlos a ellos, era tan intenso el dolor que muchas veces se te movía el vendaje, y lo reconocía por el pies. Cuanto más sangraba yo, él me eyaculaba encima. De tanto picanearme, me dislocaron los hombros. Me ponían sobre un elástico, atada, y para escapar de la picana, me movía hacia un costado y el otro. Después ellos me tiraban en un calabozo, muy chiquito, muy frío. Y yo, que soy muy creyente, sentí que Dios me iba a salvar. Desnuda, quemada, era yo la que protegía a las otras dos mujeres. Nos abrazábamos para darnos calor.
–Héctor Magnetto, ¿cuándo aparece en su vida?
–Lo vi una sola vez en mi vida. Nos avisa mi cuñado que tenemos que ir a firmar. Voy a esa reunión, insisto en que era de noche. Mis suegros quedan lejos, no escuchaba lo que hablaban. Quedo sentada en otra mesa, y Magnetto nunca se sentó, siempre estuvo parado. Se presenta, me dice quién es y me pone papeles que nunca leí, me da la lapicera, y me dice: “firme porque en esto va la vida de su hija y la suya”. Nos miramos. Cuando me da la lapicera, sosteniéndola para que yo lo mire, no tuve dudas. Era un hombre con mucho poder y mucha locura. La mirada de un tipo poseído, violento. Me agaché, firmé, él me pasaba las hojas. Después nunca más lo vi en mi vida.
–¿Era libre en ese momento?
–Desde la muerte de David jamás fui libre. La muerte de David significó quedarme sin piel, desprotegida. Era una persona sola en el mundo. Después de eso, rehacerme, fue un largo proceso que no pude construir llegando a la Argentina. Creí que al volver a la Argentina iba a poder lograrlo. Perder a un ser amado, tu compañero de 16 años juntos… Yo sentía que mi pecho realmente iba a estallar de dolor. Estaba en México, salía a la calle, caminaba con mi hija, me metía en templos…Recuerdo que cuando me llaman y me dicen: “ya encontramos el cuerpo que estaba desaparecido”, agarro su cepillo de dientes para tener algo de él. No tener piel es la mejor explicación. Yo no estaba capacitada para hacer un negocio. Estaba, porque era su viuda. Tenía que estar presente. A tal punto que cuando voy a la reunión por la venta del Banco Comercial de la Plata, el señor Martinelli, con petróleo, barcos, caballos de carrera, me dice: “perdone, señora, pero con usted no hablo, no hago negocios”, y me tuve que ir. Nadie hizo negocios conmigo.
–¿Por qué se presentó en el juzgado de la sucesión para pedir que el juez aceptara la venta?
–Firmé para que el juez aceptara la venta de Papel Prensa, el 9, porque las órdenes seguían llegando. El 14 desaparecí.
–De manera que la operación no duró sólo un día.
–Darle la autorización al juez no fue en la misma fecha. Mi firma es auténtica. Hubo otra asamblea, y la gente cree que fui, pero yo no fui, y aparece mi firma que sí es auténtica. Como yo no tengo experiencia con los medios ni con todo esto, cuando yo fui a la Asamblea de Papel Prensa, lo que yo dije salió todo interpretado de cualquier manera. Salió que fui torturada, pero nunca dije que fue antes de la firma. Dije que fuimos obligados a vender. Dije que esperaba que la empresa se convirtiera en lo que habíamos soñado. Una empresa enorme. Hay una permanente intención de confundir.
–¿Por qué acepta dar un reportaje ahora?
–Porque ahora siento que hay garantías. No la garantía de que no me maten, pero yo tengo 65 años. Mi vida hasta acá fue un homenaje a mi marido. Lo que soporté en la tortura fue para que mi hija, si yo me moría ahí, leyera la verdad de su padre, por lo menos mi verdad. Y traté siempre de sea donde fuera, mantener una actitud. De cuando me hacían preguntas pensar en el porqué de esas preguntas. No enroscarme en la cosa enferma de lo que me preguntaba, sino en el por qué.
–¿Qué problemas le trajo no estar casada con David en la Argentina?
–Yo estaba casada en los Estados Unidos, entonces la familia dice que empecemos la sucesión en Argentina, cosa que no debía haber hecho porque  seguramente en los Estados Unidos nada de esto me hubiera pasado. Además, al haber estado casada con él, como su mujer, la heredera en los Estados Unidos, tenía el 75% y el 25% la hija o los hijos. Cuando llegué a Argentina me presentan al abogado que yo ya conocía que me iba a hacer la sucesión (Miguel de Anchorena), que me explica que en realidad no soy heredera. Que en la Argentina no hay divorcio, que David estaba casado y separado antes por el artículo 67 bis en firme, lo que fue una gran trampa. Se vuelve a hacer el divorcio de él, porque los americanos no aceptaban la separación de la Argentina, y nos casamos ante la Corte Suprema de Justicia porque para él era verdaderamente importante. Una ceremonia muy emotiva para él.

Gesticula. Por momentos, habla con el cuerpo. Pero su pelo casi no se mueve. Lo lleva tan lacio como el brushing recién hecho le permite. El flequillo le cubre toda la frente. Recto, firme. Como sus palabras. La única vez que el pelo se moverá, será cuando ella lo levante. Un movimiento rápido de la mano para dejar la nuca la desnudo, descubre una cicatriz que la parte al medio. “Es la que me quedó por la operación del tumor”, explica. No tiene pudor. Tiene memoria.

-¿Por qué cree que fue la más torturada de la familia?
-Porque no me pudieron quebrar, seguramente para ellos, algo insoportable. Y porque era muy fuerte. Yo siempre supe que debía ser un ejemplo. En la cárcel me decían “La Tercera Posición”: yo no era delincuente ni guerrillera. El preso político es un preso que jamás dejará de priorizar la solidaridad. Una prostituta carísima en el Departamento de Policía, me dijo que iba a terminar en Ezeiza yo, pero por seis años, nada más. Andaba con militares. Un día Blanco ahí me dice: “yo la voy a ayudar, porque su marido a mí me ayudó” y me pidió, un día antes de irse, el teléfono de mi mamá. Y al día siguiente, vino mi mamá. Me vio torturada, pero le dije: “quedate tranquila mamá, Osvaldo está bien”. Es que el buenito de Ramón Camps me permitió ir a ver a mi hermano que estaba preso. Me llevaban y me traían. Me preguntaban a mí dónde estaban las acciones de La Opinión. Camps, mediante tortura, me llevó a la casa de Julio a buscar las acciones, y me hizo un careo con Jacobo Timerman. Cuando lo vi, estaba destruido, lleno de agujeros de la tortura, y ahí traté de suavizar la cosa, que no fuera tan grave. Camps me hace llevar a la granja del Departamento de policía de La Plata, y de atrás de un gran escritorio me dice: “Señora, es usted una gran argentina, y puede pedirme lo que quiera: bañarse, ver a su familia, ir a comer afuera.” Y ahí veo mi cartera, que me la habían robado las minas que lo rodeaban y le digo: “necesito mi cartera, el documento de mi hija…” Y me dice: “usted me pide a mí el documento de su hija. Le estoy diciendo que me pida lo que quiera.” Y lo mira a su secuaz y le dice: “Llevala adonde ya sabés.” Pensé lo peor. Yo ya había estado en dos lugares. Me llevan, me bajan del Falcon, me ponen en el baúl, escucho al perro, me llevan a la sala de tortura, y estaba mi hermano.
–¿En qué condiciones estaba su hermano Osvaldo?
–Lo abrazo. El olor de un tipo torturado es imposible de olvidar. “Osvaldo, te torturaron”, le dije. “Sí, pero estoy bien.” Me llevaron de vuelta, por suerte lo legalizaron, lo tenían de che pibe, cocinar, limpiar. Ahí la vio a mi suegra.
–Usted declaró en la justicia haber sido torturada, quemada y operada por un tumor cerebral por los golpes que recibió.
-Fui la persona que más torturaron del grupo, tiene una razón: jamás dije que lo ellos me querían hacer decir.  Era un delirio tan grande lo que querían que yo dijera, sobre todo hablar mal de los judíos. Me decían “la impura” porque había estado con un judío. El tema básico era demostrar que los judíos tenían un trato, me decían los torturadores de Ramón Camps. Según ellos, tenía que declarar que: Juan Domingo Perón le había dado a José Bel Gelbard (ex ministrro de Economía en la última gestión justicialista antes del golpe, fue amigo y socio de de David Graiver) los lingotes de oro que habían llegado desde Alemania con los submarinos alemanes a Mar Del Plata. Gelbard los conserva y no sé qué hace, los habrá puesto en un Banco. Cuando Perón vuelve a la Argentina, le dice a Gelbard delante de mí porque sabía que yo lo sabía, que va a ser Ministro de Economía, que los tiene que devolver los lingotes, usarlos, que él le va a dar toda la economía. Y Gelbard le dice, sí, pero hay alguien que me va a ayudar: David Graiver,. Esto tenía que decir yo, lo que es una locura imposible de creer aún hoy. Me pusieron al lado gente increíble, para que los delatara, como el turco Paz que había trabajado con mi marido y era una excelente persona, gente que me ponían al lado y como yo no contestaba lo que querían, me pegaban cada piña en la espalda, en los riñones…. Cuando me operan, estando presa, me llevan al lado del CEMIC, y dicen los que me atienden: esta mujer tiene dislocado cada miembro de su cuerpo cuatro veces.
-¿Durante los interrogatorios, le preguntaron sobre Papel Prensa?
-¿Cómo me iban a preguntar sobre Papel Prensa si yo ya había vendido Papel Prensa? Tampoco me preguntaron por el Banco Hurlingham, ni del banco Comercial porque estaban vendidos. ¿Por qué me iban a preguntar por Papel Prensa? A mi no me llevaron para preguntarme por eso. Me llevaron para que firmara y afirmara lo que ellos querían que yo dijera. Quién podía decir cosas, que no sea el 2do. de David (Rubinstein)? , desde el punto de vista familiar, era yo. Era yo. La mujer tenía que decir que Perón delante mío había dicho todo eso. O sea que todo esto era una operación del movimiento sionista para tapar al país, para llegar al poder: Canal 2, La Opinión, Papel Prensa eran las personas que estaba preparando para ser presidente.
-También fue sometida a un Consejo de Guerra de la dictadura.
-Mi madre va al Consejo de Guerra, y mi hermano Osvaldo la prepara. Le dice: “mamá, estos son militares, no digas nada, escuchá, ojo”. Gallino (Oscar Bartolomé, general de la dictadura y oficial instructor del Consejo de Guerra) le preguntó: “Señora usted sabe donde está? ¿Sabe quiénes son estas personas?” “Sí, son todos los torturadores, asesinos que matan a la gente, a los jóvenes del país”, le dijo mi madre. Suspendió la entrevista, tiró la gorra. Se armó un lío espantoso. Por suerte no le hicieron nada. Estoy recobrando toda la educación que tuvimos con mis hermanos. Gracias a esta familia con estos principios tan solidarios, puedo ver estas todas estas cosas con cierta distancia.
-Mucho dicen que usted recién ahora habla sobre lo que pasó en Papel Prensa.
-No es así. ¿Por qué aparece el tema Papel Prensa? Primero porque Osvaldo, mi hermano, viene batallando por esto desde siempre. En mi caso, cuando estaba presa, en dónde iba a explicar por qué mi marido no estaba para defenderse y defendernos de todo lo que nos estaba pasando. A mis compañeras de cautiverio, cuando me preguntaban, siempre les respondía que estaba ahí por Papel Prensa.
-Su cuñado, Isidoro, dice que no es cierto que usted se haya cruzado con Héctor Magnetto el 2 de noviembre, el día de la firma. ¿Estuvieron juntos todo el tiempo?
-Isidoro supo todo, y es más: yo le dije todo lo que me había dicho Magnetto. Miente. No sabía que lo había dicho. Sus neuronas…. Yo fui a verlo a Moreno, estaba su mujer, Marta, y me dice me parece que no tenés buena relación con tu cuñado, y le digo mi cuñado no tiene buena relación conmigo, y yo no tengo ninguna. Lo único que siempre hice fue querer ayudarlo. Mi hija en un momento dado me dijo que no quería tener ningún contacto con ellos. Lo llamo a Isidoro le cuento que María Sol no quiere volver a verlos, y si mi hija no quiere, yo tampoco los veré. Mi suegra, cuando salió de la cárcel, dijo que por primera vez en su vida había tenido una hija que la había cuidado, porque la otra por peleas absurdas jamás había estado. Cómo no iba a ser solidaria con esta mujer presa, aunque tenía el pecado de no ser judía, no podía dejar de ser solidaria con ella. Era una mujer de una humildad y un sufrimiento poco común.
-Pero, entonces, después las cosas cambiaron. ¿Cómo es ahora su relación con María Sol?
-Yo tuve siempre la mejor relación con mi hija. Cuando salí de estar presa puse todo lo necesario para recuperar el vínculo. Hace tres años que decidió que no tenía más nada que ver conmigo. Obviamente hay intereses atrás de los que no puedo hablar.
-¿Cómo vivió que hicieran juntos esa presentación ante escribano público?
-Fue algo terriblemente doloroso.
-¿Por qué cree que María Sol publicó la solicitada?
-Porque probablemente está manejada por sentimientos muy  controvertidos que hacen que sus comportamientos se conviertan en inexplicables.
-¿E Isidoro, por qué cree que cambió sus dichos?
-Por dinero.
-De acuerdo con lo publicado por el diario La Nación, son los compradores de Papel prensa los que requieren a María Sol, y a su vez, ella le pide explicaciones a Isidoro. ¿Cómo cree que pueden haber ocurrido los hechos?
-No entiendo que la gente aún se pregunte si esto es cierto. Lo que pasó, pasó con Papel Presa. Permanentemente, a través de todos estos años, Clarín y La Nación dieron muchas pruebas de lo que estaban haciendo por el país, de lo que son capaces de hacer: comprar gente, hacer que la gente se venda para llegar a su fin, que no agrega ni saca a lo de María Sol. Isidoro ya declaró, así que lo que diga ahora…vamos a ver si coincide y si no coincide será falso testimonio. Creo que Magnetto es Magnetto: uno más uno, es dos.
-En la edición de hoy (viernes) del diario Clarín, se publique que cuando declaró en La Plata no le imputó ningún delito a Héctor Magnetto. ¿Esto es cierto?
-No, no es cierto. Cómo va a ser verdad, si  yo conté de qué forma firmé los papeles que firmé y las palabras textuales de Magnetto. Dije claramente que yo fui a firmar pero firmé bajo la presión de Magnetto. Supe que no tenía otra posibilidad más que firmar.
-La presidenta Cristina Fernández calificó de “libertad ambulatoria” su situación, ¿le parece correcto?
-Buena imagen. Totalmente. Una cosa extraña que me pasó fue que me sentí aliviada cuando estuve en la cárcel. Lanusse me dijo el grupo no es buen visto por la Junta, éramos un clan al que había que desplazar.
-¿Cómo calificaría la cobertura de Clarín y La Nación sobre este tema?
-Vergonzante.
-¿Qué relación tenías vos y el resto de los Graiver con la Organización Montoneros?
-Ninguna.
-¿Les consta que los que llamaban eran de esa organización?
-No, no nos consta. Pero tiempo después, en el año 1989, Juan Gasparini, Rodolfo Galimberti y otros dijeron que habían sido testigos de cuando David agarró la plata, entonces se le devolvieron  16 millones de dólares.
-¿Supo alguna vez si ese dinero estuvo en Papel Prensa?
-Jamás estuvo. Si es que ellos le dieron algún dinero a David, cosa que nunca me constó, las fechas por la compra no coinciden. Papel Prensa lo compró mucho, pero mucho tiempo antes.
-La diputada Elisa Carrió vinculó directamente Papel Prensa con Montoneros, ¿qué opina?
-El Estado se tomó el tiempo necesario para que apareciera todo el telón de Montoneros e ir a apoderarse de los bienes, poner la CONAREPA, por ejemplo, ¿qué sentido tenía que nosotros estuviéramos presos?

Hace una pausa. Vuelve a tomar un poco de té. Está frío. Pide que lo calienten. “En microondas está bien”, explica. Se acomoda la camisa, sonríe apacible. Se predispone a seguir con la entrevista.

-¿Cómo vivió el anuncio presidencial?
-Fue la mayor alegría. Un momento muy emocionante. Cuando estuve la segunda vez con Cristina me preguntaron y dije que sabía que cuando estaba con ella, cuando la miraba, que iba a hacer lo que me había dicho: ir a la Justicia y al Parlamento.
-¿Leyó los diarios al día siguiente?
-Sé que los poderes aún de ciertos grupos, son muy grandes. Le dije a mi hermano que cuando me metí en esto (y nadie quería que lo hiciera) sabía en qué me metía. Voy a pedir ser testigo protegido.
-¿Cree que la pueden matar?
-Sí. Creo que no tengo miedo a un secuestro, considero que la justicia y sus habeas corpus hoy serían recibidos. Esa seguridad jurídica la siento. No me van a desaparecer, pero sí creo que puedo tener un accidente. No salgo sola, miro por la calle.
-¿Quiénes creen que lo harían?
-Estoy cansada de soñar que se me para un hombre delante y me da un tiro. Hay gente con tanto odio en la oligarquía argentina. Esa gente, jamás se caracterizó por ser los ejecutores, pero sí buscar quién lo haga.
-¿Miguel ángel Strassera aseguró que cuando le tomó declaración, usted nunca habló de Papel Prensa? ¿Por qué?
-Nunca me preguntaron de Papel Prensa.
-¿Cómo cree que terminará esta historia?.
-Bien, con la verdad. Con la verdad acumulada durante 34 años. Los papeles están, las pruebas están. La palabra no sirve. La prueba es irrebatible.

REPORTAJE EXCLUSIVO, PUBLICADO POR EL DIARIO TIEMPO ARGENTINO EL DOMINDO 29 DE AGOSTO DE 2010

leyendadeltiempo.wordpress.com

Isidoro Graiver desarmó la operación de Clarín


Durante una entrevista con Tiempo Argentino

“Clarín y La Nación nos humillaron, fue un afano”, dijo Isidoro Graiver

Publicado el 27 de Agosto de 2010

Por Juan Alonso y Cynthia Ottaviano

Fue el 11 de junio pasado. Sostuvo que desde las páginas de los diarios los presionaron, que el precio pagado “tuvo poca vinculación con el real”. Además, en sede judicial reconoció el vínculo de las tres armas con los tres diarios.

Llegó a la entrevista con Tiempo Argentino diez minutos después de lo pactado, a las 16:10, del 11 de junio pasado. Fumaba, ansioso, como lo hizo durante las dos horas y 12 minutos que duró el encuentro. Isidoro Graiver, de 62 años, el hermano de David, llegó al bar Finisterra, en la esquina de Uriarte y Honduras, del barrio de Palermo, como habíamos acordado. Andaba con el paso apurado. Nos saludamos en la puerta del bar y nos sentamos en una de las mesas dispuestas en la vereda. Hacía frío, y el sol le daba de lleno en el rostro. Vestía un pantalón de jean, zapatos náuticos marrones, campera negra y camisa celeste sin corbata, desabrochada en el primer botón. Un hombre clásico.
No era, sin embargo, la primera vez que hablábamos. En los tres meses que duró la investigación periodística que publicó este diario –en suplementos especiales que agotaron dos ediciones, el domingo 6 y el miércoles 9 de junio de 2010–, insistimos telefónicamente para entrevistarlo. Pero Isidoro –una víctima de la masacre y el  latrocinio que impuso a sangre y fuego la última dictadura y sus socios civiles-, se negó con gentileza. No nos conocía. Dijo que tenía miedo por sus hijos. Le creímos. Se excusó en que había sellado un pacto familiar, que incluía sepultar los fantasmas de un pasado que los acorraló y los dejó solos. También le creímos.
Todo cambió con la publicación de nuestro trabajo, nos dijo, mucho antes de que el Estado confirmara el despojo de Papel Prensa. Cambió para bien. Explicó Isidoro, entonces: “No se equivocaron en casi nada.” Y decidió sentarse con nosotros. Con la campera puesta y sin dejar de fumar. Unos 40 minutos después, aceptó entrar a la redacción de Tiempo Argentino y tomar un café en la sala de editores, esta vez con un puro entre los dedos. La noticia corrió como reguero de pólvora. “Está Isidoro Graiver. Habla por primera vez con un medio periodístico”, se comentaba en las secciones. Isidoro reiteró su postura cautelosa de contarnos la verdad de la tragedia que azotó a su familia, bajo una condición: que no le atribuyéramos lo que decía. Quería cooperar con la verdad, pero sin aparecer. Otra vez usó el argumento familiar. Y se largó a hablar: “(La de Papel Prensa) fue una operación que era a todas luces un afano, lisa y llanamente un afano. Los diarios nos humillaron”, así comenzó.
Por eso ayer, miércoles 25 de agosto, cuando leímos la solicitada a página completa en Clarín y La Nación, y conocimos el contenido de la carta que le escribió a su sobrina María Sol Graiver –ante escribano público– publicada en la tapa coordinada de los dos diarios que lo humillaron hace 34 años, lo primero que nos sorprendió fue que accediera a una exigencia de sus antiguos victimarios. Ayer, cuando Isidoro Graiver se contradijo, cediendo a las presiones de los diarios acusados de cometer delitos de lesa humanidad en el despojo de Papel Prensa, nosotros, periodistas de este diario, quedamos automáticamente relevados del acuerdo de confidencialidad con él. Mantenerlo sería faltar a la verdad. O peor aun: contribuir a la operación de Clarín y La Nación para garantizarse la impunidad con falsedades en un caso que hoy es asunto de interés público.
Los lectores tienen derecho a recibir información. Nosotros estamos obligados a dárselas. La verdad no es nuestra: es de la sociedad. No podemos saber las razones secretas de Isidoro para cambiar sus dichos, después de entrevistarse con Tiempo. Tampoco sabemos por qué, desde la semana pasada, dejó de atender nuestros llamados. Sólo él lo sabe. Pero debe ser algo muy grave. Quizás el amor a su sobrina, a quien quiere como si fuera una hija, haya influido. Quizás tuvo temor a volver a sufrir. O todo eso junto. Lo que sí sabemos es que a María Sol Graiver, en julio pasado, “los adquirentes de las acciones de Papel Prensa SA”, es decir, los diarios Clarín y La Nación, “le efectuaron un requerimiento”: un “pedido”, según dejaron constancia ante escribano público. Tampoco sabemos con exactitud cuál fue ese “pedido”. Pero cualquier cosa que haya sido fue lo suficientemente grave como para que Isidoro abandonara una versión documentada de los hechos, por otra, que sólo sostiene las falacias de los que ayer lo despojaron.
Esa tarde fría de junio, Isidoro explicó a Tiempo su posición sobre Papel Prensa y la alianza de los tres diarios con las tres armas. Dijo que las presiones para arrebatarles Papel Prensa “eran permanentes”. Y nos dio una pista fundamental: que buscáramos los artículos periodísticos de Clarín y La Nación de octubre de 1976, un mes antes de que se concretara la venta “trucha” de las acciones a los diarios, el 2 de noviembre. Y nos dijo, textual: “Nos dedicaban las primeras planas todos los días, ‘la familia Graiver, los chorros’. Había un tema de intereses, que obviamente también existían, y además el tema de la humillación. En su momento fue casi una capitulación de la Unión Industrial Argentina (UIA) frente a la Confederación General Económica (CGE), en la época de José Ber Gelbard, y se debían la revancha. La revancha de las familias patricias o de las grandes empresas o bancos en la que estábamos insertados con fuerza. Nos destruyeron como grupo económico, porque ese era el objetivo, sacarnos de pista. Antes de la muerte de mi hermano, era uno de los grupos económicos más fuertes.”
–Algo así como “no los vamos a dejar crecer más”– le preguntamos.
–No le quepa la menor duda–nos contestó–. En algún momento alguien dijo: “hagamos esto”. Por eso, nada fue espontáneo ni casual.
–Y entre los cerebros estuvo el mismo José Alfredo Martínez de Hoz.
–No tengo dudas.

Martínez de Hoz era el ministro de Economía del dictador Jorge Rafael Videla, el hombre que había pactado el silenciamiento del genocidio con los diarios a cambio de Papel Prensa.
En su propio relato, Isidoro reconoció que, tras la muerte de su hermano, fue Jorge Rubinstein, el abogado de la familia y hombre de “máxima confianza de David”, quien quedó “al frente de todos los negocios en Buenos Aires”.
El marginamiento en las decisiones y el rol cada vez más importante de Rubinstein, sumado a su habitual destrato, terminaron por alejar a Isidoro de todos los negocios. La separación fue sellada con un acuerdo económico. Por eso, Isidoro no tenía a su nombre ninguna acción de Papel Prensa. Por eso ni su nombre ni su firma fueron necesarios en el posterior traspaso. Ni quedaron rubricados en los documentos de la venta. Sólo participó en calidad de acompañante. En cambio, sí aparecen en los documentos las firmas de sus padres, Juan y Eva, y de su cuñada Lidia Papaleo, representante de los intereses de su hija María Sol. Isidoro explicó que la reunión, a la que terminaron cediendo por las presiones y el trato vejatorio desde los diarios interesados, se hizo en las oficinas del diario La Nación. Las mismas en las que Lidia asegura que Héctor Magnetto le dijo: “Firme o le costará la vida de su hija y la suya.” Estaban separados, según el testimonio de Lidia: “los padres de David por un lado, Isidoro con (Benito) Campos Carlés y yo con (Héctor) Magnetto”. De modo que difícilmente Isidoro haya podido ver y oír todo.
A pesar de que en la carta personal a su sobrina, Isidoro Graiver asegura que no le “consta que los diarios hayan actuado de acuerdo con las autoridades militares de ese momento para la compra de la compañía”, en sede judicial, donde nos dijo que fuéramos a buscar su testimonio (cosa que hicimos), dejó asentado lo contrario. Ante el fiscal Ricardo Molinas, el 6 de noviembre de 1985, declaró: “En el mes de octubre de 1976, el doctor Miguel de Anchorena, en ese entonces apoderado de la sucesión de Graiver, se puso en contacto con su cuñada (Lidia) para informarle que había recibido una información de Francisco Manrique cuyo contenido era, sintéticamente, que el gobierno nacional vería con agrado la desaparición del conjunto empresario Graiver como tal, para lo cual sería necesario la venta de los paquetes accionarios de Papel Prensa, estimando que los compradores lógicos eran los diarios Nación, Clarín y Razón.” El gobierno nacional, vale aclararlo, eran Videla y Martínez de Hoz. Y los beneficiarios, los que dijo Isidoro en sede judicial, no ante un escribano: Magnetto, Mitre y Herrera de Noble.
“El precio que recibimos fue el mejor que pudimos obtener”, afirmó Isidoro en la insólita solicitada publicada ayer por Clarín y La Nación. A nosotros nos dijo otra cosa. Hacemos una cita textual, nuevamente: “La presión era permanentemente. Los aprietes eran permanentes”. También en sede judicial, en plena democracia, Isidoro aseguró que en una reunión a la que lo convocó Guillermo Gainza Paz, del diario La Prensa, le hicieron “una oferta que consideraba totalmente inadecuada, quedando así suspendidas las tratativas. La situación quedó así hasta el día anterior al previsto para la asamblea en la cual debía autorizarse la transferencia de los paquetes accionarios comprados por el Grupo Graiver a los originales dueños, ante la certeza que esa transferencia no iba a ser autorizada (dado que el señor Manrique en el ínterin había ratificado lo adelantado por Anchorena) y se produciría el grave riesgo de no obtener el reintegro del precio abonado, más los intereses y lo invertido, ese día al efectuarse la asamblea en horas del mediodía tomó contacto el doctor Anchorena para decirles que los tres diarios mencionados proponían una reunión urgente con el propósito de hacer una oferta para la compra de las acciones”.
Los habían acorralado. Los diarios Clarín, La Nación y La Razón operaron con información confidencial, sabiendo que ese día la Junta Militar no le aprobaría la compra al Grupo Graiver y, por ende, lo descapitalizaría. “No tuvimos una oferta mejor que la aceptada por lo exiguo del tiempo de acuerdo”, aseguró Isidoro ante una autoridad judicial de la democracia. No les dejaron tiempo. “Nosotros perdíamos como mínimo los derechos políticos sobre las acciones, es decir, todo, y con el riesgo de tener que devolver las acciones, es decir una cosa asquerosa. Nos humillaron”, le aseguró a Tiempo.

“Ustedes tienen los medios para hacerlo –nos dijo–. Si buscan archivos, los antecedentes previos a la operación, a mediados de octubre más o menos, en los diarios Clarín, La Nación y La Razón van a ver una historia muy sugerente. Todos los días sacaban primeras planas o primeras páginas con noticias del Grupo Graiver, desaparecido, tonterías, y de repente durante 48 horas no publicaron una sola línea. Fue la previa de la reunión.”
Buscamos las notas, como nos pidió. Tenía razón. Clarín calificaba de “actividades ilegales” las realizadas por el Grupo Graiver. Y llegó a dedicarle una editorial en la que le clamaron a la Junta Militar “una investigación necesaria” sobre los Graiver, porque “el prestigio de La Nación quedaría inadmisiblemente afectado si aquí no se promueven medidas”, les advirtieron. Como es de público conocimiento, la Junta cumplió.
Esta es la cronología “de la humillación” de la que habló Isidoro. Mientras recibían los llamados presionándolos para vender, La Nación publicó sobre Graiver, el 11 de octubre de 1976, que estaba supuestamente “implicado en la quiebra fraudulenta de dos bancos (…) por 150 millones de dólares”. Cuatro días después desplegó una publicidad a página completa de la revista Somos, con el título: “El caso Graiver”, en el que los habían escudriñado y hasta se preguntaban: “¿Está muerto… o no?” Ese mismo día, Clarín publicó que el grupo Graiver “involucra en un delicado problema a varios bancos de Buenos Aires”. Los acusaban con “informaciones extraoficiales” de usar uno de sus bancos “para exportar capitales de la Argentina”, de hacer “actividades ilegales”, “demostrándose que habían presentado sucesivos balances falsos que lucían una irreal prosperidad”. Para terminar ese artículo, que no estaba firmado por ningún periodista, aseguraban: “no se explican (…) cómo Graiver pudo haber gozado de impunidad”.
Nueve días después, ya en medio de las negociaciones, para La Nación no eran supuestos. Al referirse a David decían: “el millonario argentino al que se involucra en un gigantesco fraude”. El 22 de octubre, el tema llegó al ya mencionado editorial principal de Clarín. Primero destacaron que “el clima reinante antes del 24 de marzo (del golpe) era de corrupción administrativa del régimen”, y luego de describir las operatorias ilegales que le atribuían al grupo aseguraron: “(se) hace necesaria una más prolija investigación”. El 28 de octubre, después de detallar las “responsabilidad de Gelbard”,  sostuvieron que el ex ministro de Economía de Perón, José Ber Gelbard, “fue sancionado, privándosele de sus derechos políticos y de su ciudadanía argentina”, se encargaron del Grupo Graiver: “con notoria vinculación con Gelbard, que le valió todo tipo de ventajas y privilegios y cuyos manejos financieros han culminado con un escándalo de proporciones internacionales”. Con ese grupo, Clarín, La Nación y La Razón se sentaron “a negociar”. No fue una venta libre. Fue un apriete. Las pruebas están a la vista. No lo decimos nosotros: lo afirmó Isidoro Graiver, que ahora intenta desmentir a su hermana. Cuanto más atacaban y satanizaban al Grupo Graiver, más rápido lo obligaban a desprenderse de las acciones. Fue en ese clima de “libertad”, cuando el terrorismo de Estado devoraba a una persona cada media hora, en medio de esa campaña psicológica, que los tres diarios en alianza con las tres armas concretaron la operación de traspaso. Es decir, consumaron su despojo.
“A todas luces era un afano, lisa y llanamente, un afano. El precio tuvo claramente poca vinculación con el valor real”, le aseguró Isidoro a este diario en junio. Y quedó registrado de este modo. Una vez más, la cita es textual:

–¿Usaban los diarios para extorsionarlos y quedarse con el gran negocio? Mitre, Herrera de Noble y Peralta Ramos publicaban a propósito.
–Yo creo que era una concurrencia. Los diarios usaban eso para meter presión. Tanto a nosotros como al gobierno.
“Cuando estábamos secuestrados, la venta de Papel Prensa ya estaba concluida”, sostiene Isidoro Graiver en la solicitada que se publicó ayer. A decir verdad, las acciones vendidas por los padres de David, (Juan y Eva) y Lidia Papaleo tenían que ser aprobadas por el juez que llevaba adelante la sucesión. En otras palabras: todos estaban secuestrados cuando el juez aún no había aprobado la operación. De hecho, nunca lo hizo.
Por otra parte, el otro paquete accionario que todos reconocen, incluido Isidoro, que estaba a nombre de Rafael Ianover, el testaferro de los Graiver, también debió integrar el acervo sucesorio. Pero esto no pasó. Los tres diarios le compraron las acciones a Ianover sin decirle cuánto le pagaban. Le dijeron que si firmaba no le iba a pasar nada, es decir que no lo secuestrarían: sabían que no eran de él, sino de David Graiver. Lo secuestraron igual.
Toda esta historia huele mal. Hay sangre, hay torturas y hay mucho dinero en juego.
Este verdadero drama que tiene tres décadas y media de existencia continúa dando coletazos.
Lo resuelve la justicia de la democracia. O los diarios Clarín y La Nación que, hoy como ayer, mienten desde sus tapas y usan de manera siniestra, en su beneficio, un conflicto familiar.
Quizás el cambio de opinión de Isidoro Graiver se justifique en una frase que nos quedó grabada, a modo de despedida en aquel encuentro de junio, que hoy revelamos: “Me importa un carajo lo que piensen o dejen de pensar. Porque siempre tiene razón el que gana.”
Ojalá, esta vez, gane la verdad.

Opinión

“Hacen pelear a una familia”

Publicado el 26 de Agosto de 2010

Por Roberto Caballero
Director de Tiempo Argentino

Cuando vemos la cartelización opinativa de los dos grandes diarios de la Argentina, para inventar un relato que los favorezca, o al menos los ponga en un lugar donde no tengan que dar explicaciones sobre sus oscuros negocios con Videla, comprobamos con orgullo profesional que nuestra pelea por el derecho a la información es útil y necesaria.
Tiempo Argentino va contra el falso consenso que asfixia a las verdades. Nos movemos en la jungla de falsedades que proponen los dueños del poder y del dinero, para revelar lo que ellos quieren ocultar. Ahora ustedes saben que Isidoro Graiver aparece en las portadas de Clarín y La Nación contradiciéndose a sí mismo. Acá están las pruebas. Él sabrá por qué hace lo que hace. Nosotros también. Y no ignoramos que es una víctima más en esta trama dolorosa. Conoció la cárcel, la tortura y el exilio, y hoy se ve envuelto en una pelea familiar y sucesoria, que involucra a su sobrina María Sol, agitada por los dos diarios que lo usan como ariete para mantener sus privilegios, en contra del Estado democrático. Hacen pelear a una familia golpeada por la más salvaje represión, que ellos jamás denunciaron desde sus páginas, para no perder un negocio. No les interesa la libertad de expresión. Lo que quieren es plata.
Cuando uno separa lo esencial de lo anecdótico, descubre que Lidia Papaleo de Graiver –que también fue vejada por la patota de Camps, no lo olvidemos– e Isidoro Graiver tienen versiones enfrentadas sobre un mismo suceso. Son los dichos de uno contra los del otro. Pero los dos diarios bajo sospecha no son los que van a contribuir a revelar lo que se ocultó maliciosamente durante 34 años. No se puede ser juez y parte. Como en cualquier proceso, los imputados no están obligados a decir la verdad.
Para saber lo que realmente ocurrió está la justicia de la democracia.
En eso, y nada menos que en eso, hoy este país es mucho mejor de lo que era ayer nomás, cuando Clarín y La Nación eran los oficialistas del terror.

Opinión

“La paradoja de volver a ser víctimas después de 34 años”

Publicado el 26 de Agosto de 2010

Por Hernán Brienza
Periodista y politólogo.

Como en el viejo chiste del escorpión y su naturaleza de envenenar a sus víctimas, ayer el diario Clarín ha vuelto ha clavarle el aguijón a la familia Graiver. Hablamos, claro, del aguijón de la operación de prensa, de la presión personal, de la manipulación de la información a favor de sus propios intereses. Hace exactamente 34 años, el grupo mediático más poderoso del país, aquel que tomó como rehén la conciencia de los argentinos en los últimos 50 años, destrozó, en complicidad con la dictadura militar, a la familia Graiver, para –como confirma el informe presentado ayer por la presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner– apropiarse de la empresa Papel Prensa junto con el diario La Nación. No ahorraron en medios ni métodos en aquel momento –de los dichos de Lidia Papaleo se desprende que se trató de una extorsión sin eufemismos– y todo indica que tampoco se dieron el lujo, ahora, de evitarle mayores sufrimientos a quienes ya habían victimizado. Como en una especie de eterno retorno, hoy la hija de Lidia Papaleo, María Sol, y su tío, Isidoro Graiver, son asomados al horror nuevamente por el grupo que lidera –como en aquella época– Héctor Magnetto.
En la precisa investigación que realizan Cynthia Ottaviano y Juan Alonso se demuestra periodísticamente –sin valoraciones, sino con detalles e información debidamente chequeada– que Isidoro Graiver, tanto en sede judicial como frente a Tiempo Argentino, había confirmado la historia que durante 34 años la mayoría de los periodistas argentinos supieron y callaron. Porque esto alguna vez hay que decirlo: todos los periodistas sabían cómo había sido traspasada Papel Prensa. Yo lo escribí en 2003, en mi libro Maldito tú eres, y María Seoane y Vicente Muleiro, en 2001, en El dictador. ¿Por qué la “prensa independiente” investigó muy poco el tema? La respuesta es sencilla: en periodismo, el silencio corporativo se parece mucho a la ley de la omertà. En este marco de complicidades “de grupo” es que hay que entender el acto de valentía y arrojo de los periodistas de este diario.
¿Qué hizo que Isidoro Graiver cambiara su declaración frente a un escribano para favorecer al Grupo Clarín? ¿Por qué se contradijo a sí mismo? La respuesta quizás haya que buscarla en los miedos que atenazan desde hace muchas décadas a los protagonistas de esta historia, que fueron víctimas en 1976, y quizá lo sigan siendo.

PUBLICADO POR EL DIARIO TIEMPO ARGENTINO, JUEVES 26 DE AGOSTO DE 2010


leyendadeltiempo.wordpress.com

Rafael Ianover rompe el silencio después de 34 años de persecución


Entrevista exclusiva a Rafael Ianover, ex vicepresidente de Papel Prensa

“La venta fue un despojo por parte de los tres diarios y la dictadura”

Publicado el 22 de Agosto de 2010

Por Juan Alonso y Cynthia Ottaviano

Integró el directorio hasta el golpe de 1976. Fue presionado para firmar el acuerdo con Clarín, La Nación y La Razón. “Estaba aterrorizado. Antes de firmar, Peralta Ramos dijo que no me iba a pasar nada.” Después lo secuestró la patota de Camps.

Cuatro de la tarde del jueves 19. Rafael Ianover, de 85 años, sube las escaleras lentamente. Lleva puesta una campera, camisa y corbata. Todavía conserva el porte de caballero formal. Estrecha la mano sonriente y nos trata de usted, dice que prefiere el agua al té. Toma asiento y comienza a desenhebrar recuerdos de una pesadilla que surcó su vida como un vendaval de angustia que duró 34 años y que recién hoy –a escasas horas de poder conocerse el informe sobre Papel Prensa, realizado por el secretario de Estado Guillermo Moreno– puede revelar. Dando a conocer, por fin, quién es quién en esta historia que asocia a los dueños de Clarín, La Nación y La Razón con la dictadura genocida que hizo desaparecer a más de 30 mil argentinos.
“Cuando yo firmé en las oficinas de La Nación, el 2 de noviembre de 1976, lo hice aterrorizado y presionado. Ya había muerto David Graiver en México, y todos esperábamos lo peor. El entonces dueño de La Razón, Manuel Peralta Ramos, me prometió que no me iba a pasar nada, porque nosotros sabíamos que todos los días se llevaban gente –rememora Ianover ante Tiempo Argentino–, incluso un grupo de tareas había entrado a mi casa cuando estábamos cenando. Mis hijos en ese momento tenían 17 años. Revisaron los placares y nos hicieron firmar un documento como que no faltaba nada, pero en realidad se llevaron algunas cosas de valor del departamento.”
Ianover conoció al dueño de Papel Prensa, el financista David Graiver, a través de su hermano Isidoro, casado con una prima hermana de su esposa. “Yo en esa época estaba muy bien económicamente, era corredor de cereales desde 1958. Pero el proyecto de Papel Prensa era apasionante y cometí el gravísimo error de aceptar el puesto de vicepresidente de la empresa. Las consecuencias fueron tremendas, por el daño moral y económico que me infligieron.”

–¿Qué significaba Papel Prensa para usted?
–El proyecto era producir por primera vez papel de diario para el país, sustituyendo importaciones. En aquel momento, en la Argentina no se producía madera de fibra larga. La pasta celulósica que se utiliza en Noruega, Suecia, Finlandia, se basa principalmente en madera de fibra larga, pinos y araucarias. Esta nueva tecnología argentina estaba proyectada para producir con madera de fibra corta, álamo y sauce, con plantaciones que existen en el norte de la provincia de Buenos Aires y del Delta entrerriano, por eso la planta se ubicó en San Pedro. Había una máquina importada de Finlandia, que costó 6 millones de dólares, de 100 metros de largo, totalmente automática, en la que por un extremo entraban las astillas de madera y, por el otro, salían las bobinas de papel. Además, se compró un edificio de 120 metros de largo por 25 metros de altura, donde debían estar las bases, la máquina principal y muchas otras cosas.
–¿Los diarios Clarín, La Nación y La Razón pagaron un precio justo por eso?
–A mi criterio, no. Cuando yo firmé, no sabía a qué precio se compró, porque a mí no me hablaron de precio. Yo vivía aterrorizado, porque ya se sabía en todo el país que se secuestraba y desaparecía gente que aún no apareció. Además, me habían avisado que me iban a detener. Cuando firmé, le dije a Francisco Peralta Ramos, uno de los dueños de La Razón: “yo firmo si no me va a pasar nada”, y él me dijo: “Quédese tranquilo, que no le va a pasar nada.” Eso fue el 2 de noviembre de 1976, y el 12 de abril de 1977, me detuvieron.
–¿Supo alguna vez cuánto pagaron?
–Para mí, fue un precio muy barato. Pero claro: para venderlo a lo que realmente valía, había que llamar a licitación, convocar a algunos interesados. Sin embargo, acá no hubo discusión alguna. Estando yo detenido, Benito Campos Carlés, el abogado de La Nación, y Bernardo Sofovich, de Clarín, vinieron a pagarle a mi señora el importe del paquete que estaba a mi nombre y ella dijo: “Yo no puedo recibir esto porque no es nuestro.”
–¿Estaba todo arreglado?
–Cuando firmé estaba aterrorizado y ni sé de qué precio se hablaba. Esa es la pura verdad. Estuve 16 meses detenido, y un año con libertad vigilada, sin poder salir del ámbito de Capital Federal, motivo por el cual perdí clientes porque no podía ir a verlos ni explicarles lo que me había pasado. Estuve 28 meses sin contacto con mis clientes, y para trabajar en un negocio de esa naturaleza hay que estar en contacto. El negocio que tenía era muy interesante, y en los últimos años había llegado a trabajar 200 mil toneladas por año que me dejaban muy buena utilidad. Cuando asumí en Papel Prensa, era sin sueldo, porque teníamos estúpidamente la vocación de devolverle al país lo que nos había dado.
–¿Qué pasó en los meses previos a noviembre de 1976? ¿Tuvo
contacto o diálogo con la gente de Clarín?
–Para nada. Ningún diálogo. No recuerdo con precisión si fue antes del 2 de noviembre o después del 2 de noviembre, como le dije antes, que un grupo de tareas entró en mi casa. Estábamos cenando con amigos, tuvieron a mis hijos inmovilizados como rehenes, y cuando llegamos al dormitorio el contenido de los placares estaba totalmente en el suelo. No sé lo que buscaban, seguramente algo que me implicara no sé en qué. Nunca se identificaron. Me hicieron firmar un papel donde aseguraba que no me falta nada, pero a la mañana siguiente, cuando controlamos, faltaban algunas cositas. Estuve terriblemente preocupado por ese tema, y cuando me convocaron a esa reunión en La Nación, sabía que nos iban a detener a todos. Me habían avisado, me dijeron: “Andate del país, te van a detener.” La presión era tan grande. Y por supuesto, si a mí me pasaba, a los Graiver también. A ellos los detuvieron en marzo y a mí el 12 de Abril. ¿Por qué a mí y no al presidente de Papel Prensa, Martínez Segovia? Porque Martínez Segovia era socio de José Alfredo Martínez de Hoz, por ese entonces ministro de Economía. La presión y temor previos fueron tremendos. Supongo que los herederos de Graiver firmaron lo mismo que yo para no sufrir las consecuencias de un secuestro.
–¿Creyó que lo podían matar?
–Sabía que había gente secuestrada y desaparecida. Yo no me fui por la sencilla razón de que equivocadamente pensé que si me iba, mis clientes y amigos pensarían que cometí algún delito. Y si no cometí ninguno, ¿por qué habría de irme?
–¿Lo interrogaron sobre Papel Prensa?
–Primero estuve siete días sin contacto con nadie. Me ataron las manos, me vendaron los ojos y me llevaron e hicieron sentar en una silla de lo que parecía ser una comisaría de barrio. Una persona que me cuidaba me dijo: “Mire señor, usted no puede hablar. Está incomunicado, pero si quiere podemos hablar de fútbol.” “Bueno, hablemos de fútbol”, le dije, hasta que en un momento me avisó: “Cállese, que ahí viene una persona.” Se acercó otro y dijo: “¿Quién es este?, ¿Sajón?” Yo lo escuché, no podía verlo pero lo escuché, y yo ya sabía que Sajón (Edgardo, secuestrado en ese mismo período) había desaparecido: ahí me preocupé más todavía. Después, siempre vendado y con las manos atadas, me llevaron a un lugar que desconozco. Cuando llegué, me sentaron en una silla. Se me había aflojado la cuerda de las manos: incómodo, pero tuve miedo de desatarme y me quedé así. Un militar, aunque vestido de civil, con porte militar empezó a interrogarme: “¿Quién lo designó vicepresidente de Papel Prensa?” “Me designó la Asamblea de accionistas a instancias de Graiver”, le contesté. Después prendió un grabador, y se oyó un señor que daba un discurso. Me preguntó si sabía quién hablaba. Presté atención a ver quién era. No supe quién era. “Es Firmenich”, me dice. “Bueno, será Firmenich, pero yo no lo conozco”, le dije. Después me preguntó si conocía al general Agustín Lanusse. Le dije: “Todos los años festejamos el Día del Cerealista. Y se invitan a las más altas autoridades. Yo lo recibí, lo atendí a Lanusse, como se atendía a más de 1000 invitados, me acuerdo de él porque había sido presidente de facto.” Y ahí terminó el interrogatorio. “Colchoneta, almohadón y manta”, ordenó el militar ese. Entonces, me llevaron a otra habitación, al lado de una letrina con un olor insoportable, con una instrucción: “Cada vez que pase alguien para ir al baño, usted se cubre los ojos.” No puede verlos. Ahí pasaron varias mujeres y varios hombres, a tientas, conducidos.
–¿Cree que a David Graiver le quisieron sacar Papel Prensa, entre otras cosas, porque era judío?
–No tengo la menor duda de que es así. Porque en algunos sectores era inconcebible que un judío pudiera terminar la primera planta que iba a fabricar papel para diarios en el país, que además era socio de Jacobo Timerman, en La Opinión, y en emisoras de radio. Habrán pensado que iban a monopolizar la información, pero lo que no sabían es que en una oportunidad, Graiver nos dijo a Martínez Segovia y a mí, que cuando la planta estuviera en marcha iba a vender su parte. No pensaba quedársela. Al menos, eso me dijo a mí. A su viuda, Lidia Papaleo, el presidente de Papel Prensa le dijo que había que vender el paquete accionario y que el comprador no podía ser ni un extranjero ni un judío.
–¿Graiver le había dado instrucciones para que ofreciera acciones a otros diarios?
–Sí, y no solamente a mí. El paquete accionario tenía acciones clase A, que eran privadas. Las B, que eran las del Estado. Las C, que se ofrecían a proveedores y las D, que se ofrecían a los diarios para que suscribieran acciones. Nunca se pensó en monopolizar nada, pero los diarios no quisieron comprar.
–¿Qué diarios no quisieron comprar?
–Se les ofrecieron acciones a los diarios más importantes de Rosarioy La Plata. Y también a La Nación y a Clarín. Ninguno quiso comprar.
–¿A quién responsabiliza por la pérdida de todo lo suyo?
–Responsabilizo a quienes compraron el paquete accionario, La Nación, Clarín y La Razón, en connivencia con el Estado. Ustedes sabrán que ellos se defienden diciendo que la compra fue aprobada por el Poder Ejecutivo militar, pero en ese momento sucedían en el país cosas similares a las de Papel Prensa: se producían despojos, firmas por propiedades transferidas a otras personas, pero debidas a la presión que se ejercía sobre ellos. Aquí ocurrió algo parecido: quién se iba a oponer a la venta, ni los Graiver, ni yo, ni cualquiera que haya sido titular de esas acciones, cuando usted sabía que en cualquier momento podían secuestrarlo, matarlo, torturarlo… Pero a mí, por suerte, no me tocaron. No sufrí torturas de ninguna naturaleza.
–Lidia Papaleo, a través de su hermano, anunció que iniciará acciones legales contra Héctor Magnetto y Mitre. ¿Usted piensa algo similar?
–No. Penales, no. No tengo ningún interés en iniciar ninguna acción por el estilo.
–¿Eso quiere decir que podría abrir una causa civil?
–Puede ser. A mí me destruyeron económicamente. Yo ganaba mucho dinero con mi empresa. Me quedé solo, sin capital. Sólo un director síndico de Papel Prensa me dijo: “Te tengo que pedir disculpas porque nunca llamé a tu casa para saber cómo estaba tu familia, porque todos teníamos miedo de que nos pasara lo que te pasó a vos.”
–¿Considera que fue un delito de lesa humanidad?
–A partir de que se quedan con el paquete accionario a raíz de la presión que se ejerció… En mi caso, yo nunca supe a qué precio. Cuando se venden paquetes de esa naturaleza hay que preguntar, comparar, saber más o menos, convocar a posibles compradores. Ahí no había nada. Era firmar o firmar.
–¿Por qué cree que hasta ahora no se conocía toda la verdad sobre Papel Prensa?
–Porque no se daban las condiciones políticas. No había una decisión firme, como hoy, de avanzar en estos temas.
–¿Y por qué es importante que se sepa?
–Para que no ocurra nunca más, como cuando se hizo el juicio a los militares. Nunca más. Es condenable la tortura, es condenable lo que le hicieron a la familia Graiver.
–¿Cómo calificaría toda la situación que vivió?
–Como una situación perversa, tremenda, porque si bien jamás me torturaron, cuando uno está detenido, en fin, vive cada momento al límite. Un gendarme que había matado a su cuñado en Misiones, nos preguntó, a Timerman y a mí, por qué motivo estábamos ahí presos. Le contamos que era por el caso Graiver y nos dice: “Ah… ustedes sí que están jodidos.”
–¿Con qué palabras resumiría lo que pasó con Papel Prensa?
–Como un despojo.
–Desde su punto de vista, ¿por parte de quiénes?
–Por parte de los tres diarios y de los militares que formaban parte del gobierno de la dictadura.

Los días de Ianover no son fáciles. Su esposa está enferma y tiene que cuidarla. La vida le ha dado algunas lecciones sobre la banalidad del mal. “Videla anunció mi detención por la televisión. No fui juzgado, ni acusado, ni condenado.”
–Quizá digan que ahora habla para ver si recibe alguna compensación.
–No me importa lo que digan. Ellos van a tener que dar explicaciones. Además (se ríe) tengo un familiar en los Estados Unidos que me carga, porque dice que soy un tipo famoso por este reportaje.

“Moreno busca antecedentes e investiga muy bien”

Publicado el 22 de Agosto de 2010

Asegura que se sumó a la investigación que encabeza el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno por la injusticia a la que lo sometió el diario Clarín: después de mantener un encuentro con dos supuestos periodistas (uno de ellos no era tal), no publicaron sus dichos (ver aparte) y tergiversaron sus palabras. Desde entonces, Ianover pondera la tarea del funcionario, al que considera “vehemente y hasta agresivo, pero una persona muy honesta”.

–¿Qué opina de Guillermo Moreno y el trabajo que está haciendo, “Papel Prensa – La verdad”?
–En primer lugar, si bien no comulgo con muchas actitudes, porque es un hombre muy vehemente, hasta agresivo, considero que es una persona muy honesta. Si hubieran descubierto la menor falta en el caso de Guillermo Moreno, la hubieran publicado rápidamente. Creo que está defendiendo una posición y está convencido de lo que hace. Yo lo apoyo de alguna manera, porque a mí me destruyeron económicamente.
–Según Clarín, “Moreno usa amenazas, intimidaciones y maniobras confusas para desacreditar la compañía.”
–Moreno busca los antecedentes investigando muy bien: cómo se efectuó la venta del paquete accionario, cómo la producción mayor iba a Clarín, cómo no se le vendía a otros diarios. Lo que se persigue ahora es vender papel a todos los medios. Pienso que había grupos interesados en que no se manejara la información desde la única planta que iba a producir papel para diarios.
–¿Quién está en deuda con usted?
–Sólo quiero compensar a mis hijos por todo lo que se me hizo perder. Sentí la obligación moral de acompañar esta investigación y decir toda la verdad de lo que yo sabía, de cómo se produjeron los hechos de esta empresa que sigue siendo tan importante y capaz de producir, en aquel entonces 125 mil toneladas,  y en este momento, 175 mil. Gracias a la gestión de Moreno se venderá a todo el mundo.
–¿Qué espera del informe que se  va a dar a conocer el martes?
–La verdad es que no sé qué esperar. Lo que sí me confirmó todo esto es que se llegó, tras mucho tiempo, a que se dieran las condiciones políticas para que se supiera la verdad. No era fácil en otra época salir a hablar como salgo a hablar ahora. Fue algo que me produjo mucho sufrimiento.
–¿Cree que Clarín y La Nación deberían pedirle disculpas?
–Eso dijo Guillermo Moreno en una asamblea. No necesito disculpas. Lo que necesito es ver qué posibilidades tengo de recuperar lo que perdí. Porque he privado a mis hijos de dejarles un pequeño patrimonio que ahora no puedo darles.

“Me sentí engañado por Clarín”

Publicado el 22 de Agosto de 2010

–Hace unos meses, Clarín publicó una nota con declaraciones que le atribuyó a usted. ¿Cómo lo contactaron?
–Un muy amigo mío me llama y me dice: “Yo tengo un amigo que es jefe de redacción de Clarín y me dijo que quiere hablar con vos.” “Si es amigo tuyo, no tengo problema”, le contesté. Y un día me llamó un supuesto periodista, me dijo: “Señor, ¿nos podemos encontrar?” Y cuando me encuentro con esta gente, eran un chico jovencito –supongo que aprendiz de periodista– y otro señor que no se presentó adecuadamente. No lo dejé grabar. Pasó el tiempo y, cuando me invitaron a concurrir a una asamblea de Papel Prensa, ahí vi al señor que no se había presentado correctamente. No me saludó. Después supe que no era el jefe de redacción que me habían dicho, sino Héctor Aranda, director de Papel Prensa.
–¿Publicaron lo que usted dijo?
–No, obviaron algunas cosas, tergiversaron otras y agregaron otras que no dije. Lo desvirtuaron.
–La nota dice que usted sólo responsabiliza al Estado. ¿Es cierto?
–No recuerdo haber dicho eso. Mandaron a un directivo de Papel Prensa para tratar de saber lo que yo decía. Como no permití que usaran grabador, pusieron cualquier cosa. Ahí fue cuando decidí participar en la investigación que estaba haciendo el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, porque me pareció una injusticia lo que hicieron. Llegué a una conclusión lamentable: hay que tener cuidado con los periodistas. Comencé a pensar que en algunas circunstancias manipulan la información de alguna manera. Defienden sus intereses. Me parece grave, claro. Manipularon la conversación que tuvimos. Me sentí engañado cuando vi que el “periodista” era un director de Papel Prensa. Fue un gran error aceptar la entrevista.

Publicado en el diario Tiempo Argentino, domingo 22 de agosto de 2010

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