La violencia puertas adentro

Por Sebastián Hacher Rivera*

En medio de hombres que asesinan a sus parejas, mujeres que intentan defenderser y coberturas mediáticas que van desde el linchamiento público al indulto, hay un libro que tendría que ser de lectura obligada, al menos en las redacciones donde se tratan estaos temas. Su tíulo es El acoso moral, y fue escrito por Marie France Hirigoyen. Acá vamos con un resumen, y al final de todo está el link para bajarlo entero.

A menudo se niega o se quita importancia a la violencia perversa en la pareja, y se la reduce a una mera relación de dominación. Una de las simplificaciones psicoanalíticas consiste en hacer de la víctima el cómplice o incluso el responsable del intercambio perverso. Esto supone negar la dimensión de la influencia, o el dominio, que la paraliza y que le impide defenderse, y supone negar la violencia de los ataques y la gravedad de la repercusión psicológica del acoso que se ejerce sobre ella. Las agresiones son sutiles, no dejan un rastro tangible y los testigos tienden a interpretarlas como simples aspectos de una relación conflictiva o apasionada entre dos personas de carácter, cuando, en realidad, constituyen un intento violento, y a veces exitoso, de destrucción moral e incluso física.

El movimiento perverso se inicia cuando el movimiento afectivo empieza a faltar, o bien cuando existe una proximidad demasiado grande en relación con el objeto amado. Una proximidad excesiva puede dar miedo. Por esta razón, lo más íntimo es lo que se va a convertir en el objeto de la mayor violencia. Un individuo narcisista impone su dominio para retener al otro, pero también teme que el otro se le aproxime demasiado y lo invada. Pretende, por tanto, mantener al otro en una relación de dependencia, o incluso de propiedad, para demostrarse a sí mismo su omnipotencia. La víctima, inmersa en la duda y en la culpabilidad, no puede reaccionar.

El mensaje no confesado es «No te quiero», pero se oculta para que el otro no se marche. De este modo, el mensaje actúa de forma indirecta. El otro debe permanecer para ser frustrado permanentemente. Al mismo tiempo, hay que impedir que piense para que no tome conciencia del proceso.

El dominio lo establece un individuo narcisista que pretende paralizar a su pareja colocándola en una posición de confusión y de incertidumbre. Esto le libra de comprometerse en una relación que le da miedo. Por medio de este proceso, mantiene a su pareja a distancia, dentro de unos límites que no le parecen peligrosos. No quiere que su pareja lo invada, pero le hace padecer lo que él mismo no quiere padecer, ahogándola y manteniéndola «a su disposición». Si una pareja desea funcionar normalmente, debería establecer un refuerzo narcisista mutuo, aunque existan elementos puntuales de dominio. Puede ocurrir que uno intente «apagar» al otro, con el fin de estar muy seguro de que así queda en una posición dominante en la relación. Pero una pareja conducida por un perverso narcisista constituye una asociación mortífera: la denigración y los ataques subterráneos son sistemáticos.

La influencia y el control, cuando hay dominio, se refieren a lo intelectual o moral. El poder del seductor hace que la víctima se mantenga en la relación de dominación de un modo dependiente, mostrando su consentimiento y su adhesión. Eventualmente, esto trae consigo amenazas veladas o intimidaciones.
El seductor trata de debilitar para transferir mejor sus ideas. Hacer que el otro acepte algo por coacción supone admitir que no se considera al otro como a un igual. Así, el dominador puede llegar a apropiarse de la mente de la víctima, igual que en un verdadero lavado de cerebro. Entre las situaciones que pueden implicar trastornos de la personalidad, la clasificación internacional de las enfermedades mentales tiene en cuenta a los sujetos que se han visto sometidos durante mucho tiempo a maniobras de persuasión coercitiva tales como el lavado de cerebro, el encauzamiento ideológico o el adoctrinamiento en cautividad.
El dominio se manifiesta en el ámbito de las relaciones y consiste en una dominación intelectual o moral que atestigua el ascendente o la influencia de un individuo sobre otro.15 La víctima no llega a darse cuenta de que la están forzando. Se halla como atrapada en una tela de araña, atada psicológicamente, anestesiada y a merced del que la domina, sin tenerlo muy presente.

La estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere someterlo poco a poco y mantenerlo a disposición. Lo importante es conservar el poder y controlar. Al principio, las maniobras son anodinas, pero si la víctima se resiste, se vuelven cada vez más violentas. Si la víctima es demasiado dócil, el juego no resulta excitante. Tiene que ofrecer una resistencia suficiente para que al perverso le apetezca prolongar la relación, pero la resistencia no puede ser tampoco excesiva, porque entonces se sentiría amenazado. El perverso tiene que poder controlar el juego.

Todas las víctimas mencionan su dificultad para concentrarse en algo cuando su perseguidor está cerca. Éste último, en cambio, se presenta al observador con un aire de perfecta inocencia. Entre su aparente comodidad y el malestar y el sufrimiento de la víctima se instala una gran distancia. En este estadio del proceso, las víctimas se sienten ahogadas y se quejan de no poder hacer nada solas. Tienen la sensación de no disponer de espacio para pensar.

Al principio, obedecen para contentar a su compañero, o con una intención reparadora, porque adopta un aire desdichado. Más adelante, obedecen porque tienen miedo. Los niños, por ejemplo, aceptan la sumisión como una respuesta a su necesidad de reconocimiento; les parece preferible al abandono. Pero, dado que un perverso da muy poco y pide mucho, se pone en marcha un chantaje implícito o, al menos, una duda: «Si me muestro más dócil, terminará por apreciarme o amarme». Este camino no conduce a ninguna parte, pues no hay manera de colmar al perverso narcisista.

Lo paradójico de la situación es que los perversos aumentan su dominio en función del grado de intensidad de la lucha que mantienen contra su propio miedo al poder del otro, un miedo que se acerca al delirio cuando perciben que ese otro es superior a ellos.

La fase de dominio es un período en que la víctima permanece relativamente tranquila siempre y cuando se muestre dócil, es decir, si se deja capturar en la tela de araña de la dependencia. A partir de ahí, se establece una violencia insidiosa que se irá transformando gradualmente en violencia objetiva. Durante la fase de dominio, es difícil introducir cambios: la situación se encuentra paralizada. El miedo que ambos protagonistas tienen el uno del otro hace que esta situación incómoda tienda a perdurar:
—al perverso lo bloquea una lealtad interior, que está ligada a su propia historia y que le impide pasar directamente a la acción, o bien su miedo al otro; —a la víctima la bloquea el dominio que se ha establecido sobre ella y el consiguiente miedo, así como su propia negativa a admitir que el otro la rechaza.
Durante esta fase, el agresor mantiene a la víctima en tensión, en un estado de estrés permanente.
En general, los observadores externos no perciben el dominio. Pueden incluso negar determinadas evidencias. A los que no conocen el contexto y, por lo tanto, no pueden detectar segundas intenciones, las alusiones no les parecen desestabilizadoras. Se puede iniciar así un proceso de aislamiento. La víctima ya ha sido acorralada en una posición defensiva, y esto la conduce a comportarse de un modo que irrita a sus allegados. Éstos empiezan a verla como una persona desabrida, quejumbrosa y obsesiva. En cualquier caso, ha perdido su espontaneidad. La gente no termina de comprender qué ocurre, pero se ve arrastrada a juzgar negativamente a la víctima.

En una agresión perversa, advertimos un intento de desquiciar a una persona y de hacerla dudar de sus propios pensamientos y afectos. La víctima pierde la noción de su propia identidad. No puede pensar ni comprender. El objetivo es negar su persona y paralizarla para que no pueda surgir un conflicto. Se la tiene que poder atacar sin perderla. Debe permanecer a disposición del perverso.

Una doble coacción lo permite: en el nivel verbal se dice una cosa, y en el nivel no verbal se expresa lo contrario. El discurso paradójico se compone de un mensaje explícito y de un mensaje sobreentendido. El agresor niega la existencia del segundo. Ésta es una manera muy eficaz de desestabilizar al otro.

Al bloquear la comunicación mediante mensajes paradójicos, el perverso narcisista consigue que su víctima no entienda su propia situación y logra impedir que ésta pueda proporcionar respuestas adecuadas. La víctima se agota buscando soluciones, las cuales son de todas formas inadecuadas y, sea cual fuere su resistencia, es incapaz de evitar la emergencia de la angustia o de la depresión.

En un perverso, en cambio, la dominación se encuentra solapada; el perverso la niega.
No le basta con el sometimiento del otro; tiene que apropiarse de su sustancia.
La violencia perversa se establece de una manera insidiosa y, a veces, bajo una máscara de dulzura o de benevolencia. La víctima no es consciente de que hay violencia y, a veces, puede llegar a pensar que ella es la que conduce el juego. El conflicto no es nunca un conflicto declarado. Si la violencia se puede ejercer de una forma subterránea, es porque se produce una verdadera distorsión de la relación entre el perverso y su víctima.

Cuando el perverso descubre que su víctima se le está escapando, tiene una sensación de pánico y de furor. En ese momento, él mismo se desata.
Cuando la víctima es capaz de expresar lo que siente, hay que hacerla callar.
Se produce entonces una fase de odio en estado puro extremadamente violenta. Abundan los golpes bajos y las ofensas, así como las palabras que rebajan, que humillan y que convierten en burla todo lo que pueda ser propio de la víctima. Esta armadura de sarcasmo protege al perverso de lo que más teme: la comunicación.
En su deseo de obtener un intercambio a toda costa, la víctima se expone.
Cuanto más se expone, más se la ataca y más sufre. El espectáculo de este sufrimiento le resulta insoportable al perverso, que refuerza sus agresiones para hacer callar a su víctima. Cuando ésta revela sus debilidades, el perverso las explota inmediatamente contra ella.
El odio ya estaba presente en la fase anterior de dominio, pero el perverso disimulaba y enmascaraba su presencia con el objetivo de paralizar la relación.
Todo lo que existía previamente de forma subterránea se muestra ahora con absoluta claridad. La actividad destructora se vuelve sistemática.

Aquí no se trata de un amor que se transforma en odio, como se podría llegar a pensar, sino de una envidia que se convierte en odio. No se trata tampoco de esa alternancia de amor y de odio a la que Lacan llamaba
«odiamoramiento», pues el perverso no ha sentido nunca amor en el sentido real del término. Si queremos describir la relación perversa, podríamos hablar incluso, siguiendo a Maurice Hurni y a Giovanna Stoll, de odio al amor. Hay, en primer lugar, una falta de amor que se oculta tras una máscara de deseo,pero no de un deseo de la persona en sí misma, sino de lo que tiene de más y que el perverso querría hacer suyo; y, en segundo lugar, hay un odio oculto, ligado a la frustración que siente el perverso cuando no puede obtener del otro tanto como desearía. Cuando el odio se expresa claramente, responde al deseo de destruir y de anular a la víctima. El perverso no renunciará a ese odio ni siquiera con el paso del tiempo. Para él, no cabe otra posibilidad —«¡Esto es así!»—, por mucho que para el resto de la gente los motivos de su odio no tengan ningún fundamento.

El libro completo se puede bajar en pdf de aquí
El resumen lo encontré aquí

*Periodista y fotógrafo. Reportero de casi todo.

El blog de Sebastian Hacher

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