Pastillas de mente (2)

Por J.A.

Ella tenía el cabello plateado y un andar felino. Le dio un sí disparado al ritmo de la cerveza que matizaba con sorbos largos y profundos.

Le daba mucho placer beber. Era una alcohólica no asumida.

Y fumaba, fumaba como enloquecida.

Pasaron hora y media hablando de la composición de las margaritas y el color de los ladrillos. La música, el periodismo y el olor de las nutrias en el agua…

La tarde caía.

Después llegó la invitación de ir a una fiesta cultural en donde se mezclaban en un pastiche medio rancio, vejetes en pantalones caqui que decían ser pintores, consultores de arte, funcionarios públicos con champán en mano, pendejas en pollera corta, pendejos con cara de publicidad, y veteranas con gula de ser devoradas por cualquier señor más o menos inteligente sin inconvenientes de próstata a la vista.

Él, entre bocaditos, vino, champancito, y arrumacos fuera de tempo, se fue adormeciendo en una meseta incierta.

Terminó escuchando un diálogo en francés del que no comprendió nada, salvo que esas dos mujeres muy finas y adultas hablaban de coger como desaforadas esa misma noche.

Y les sonrió. No le importaba nada.

Nunca le importa nada a la hora de llevarse una mina a la cama.

Pero jamás se creyó que era efectivamente él, la persona que decidía aquello tan mágico y repentino.

Hizo su trabajo de orfebre y logró que la mujer en copas y plateada se tornara un tanto fogosa.

Esa noche iba a ser de fuego.

Y pitó el último cigarro negro que le quedaba en el saco.

Salieron. Los tres subieron a un taxi en la Plaza San Martín.

-¿A tu casa o a la mía?

-A la tuya—Dijo ella con la mirada cómplice de su amiga social, muy paqueta mujer.

Los días pasaron como gotas en el desierto.

No fue amor. Pero algo pasó.

Ambos sabían que aquello no podía funcionar.

No hay drama, todo bien, le dijo él en un mensaje de texto a los tres meses.

Fue a su casa y arrojó por la borda las botellas de cerveza y puso su cabeza en el archivero con apego cero.

Pasaron trece meses.

Ella se presentó en el trabajo de su ex mujer y le disparó gratuitamente a boca de jarro: “Hola, ¿sabés quién soy? Fulana de Sultano Merengano”.

Algunas están rematadamente locas. Sí que lo están.

Voy por un bocado y un cigarro.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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