Un viaje al terror por la mente del jefe de la familia Puccio


El escritor Rodolfo Palacios logra captar la esencia de un ser alucinado por sus crímenes. Arquímes Puccio, muerto en 2013, desgranó su locura en este adelanto exclusivo de Tiempo. Entre 1982 y 1985, su banda secuestró y mató a tres empresarios, a quienes mantuvo como rehenes en su casa de San Isidro. En septiembre Telefe emitirá la serie Historia de un Clan.

Por Rodolfo Palacios*

 

“He matado, sí, pero daré vida a innumerables fantasmas.”
Roberto Arlt, El fabricante de fantasmas.

 

Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. Por todas las boludeces que se dijeron de mí. Ando por la calle y los encaro. Muchos se me cagan de risa. Señora, ¿sabe quién soy? Pibito, ¿sabe quién soy? Carnicero, ¿me tiene visto de algún lado? Amigo, ¿nunca vio una foto mía en los diarios? Señorita, ¿le han hablado de mí? Y cuando les digo quién soy, muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo. Un viejo choto de 82 años. Un señor mayor con el que se puede charlar, tomar un mate, ir de copas, escuchar un tango, salir a buscar pibas o jugar a las cartas.
Salí en la portada del diario La Reforma de General Pico y el diario se agotó. Vendo. Aunque la gente no me conoce. No conoce mi historia. Unos tipos me vinieron a putear. Al principio los encaré para la mierda. Entonces ahí empezaron a respetarme.
Me cago en la reputísima madre que los parió. Me querían declarar persona no grata. Me encararon justo cuando estaba comprando unas cositas en la góndola del mercado.
Inventan todo. Inventan que maté, que secuestré, que fui de la Triple A. ¡Inventaron que violé un arresto domiciliario para robar golosinas!
Gracias a Dios estoy vivo para llevar a cabo mi misión evangélica. Ayudo a la gente, a los desposeídos, a las criaturas, a los defectuosos. ¡Son tan cariñosos los defectuosos! Viven pidiendo afecto. Una caricia, un abrazo. Vivimos en una sociedad hipócrita que se olvidó de sus semejantes y sólo piensa en sus autos, sus casas, sus viajecitos. Y se han olvidado de los necesitados. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo?
Yo me cago de risa. No hay que ser amargado. Me gusta aconsejar a los muchachos. Andan muy confundidos. Se van detrás de alguna atorranta que les muestra el ojete y pierden el rumbo. Y las minas se van con otro que la tenga más larga o los cambian por un bidet. Les gusta que el chorrito fuerte y caliente se les meta en la cotorra y las haga acabar. Qué atorrantas son. Soy el hombre de mayor edad del mundo en recibirse de abogado, pero estos hijos de puta no querían que jurara. En la entrega de diplomas estaba lleno de pibes. No tenían ni la más puta idea de quién era yo. Ni se imaginaban que así, viejito y todo, me los fumo bajo el agua, me los cojo de parado. A pija muerta. Podría enseñarles muchas cosas a esos mocosos insolentes. Les falta un golpe de horno o una cachetada. ¿Estamos?
Si aprendieran de mi experiencia, las cosas irían un poco mejor, recuperarían el amor por la Patria y por el prójimo. ¿Estamos?
Me dan bronca los oligarcas. Y también los negros ignorantes. Negros catinga. Pero como decía el general Perón, los ladrillos también se hacen con bosta, la putísima madre que los remilparió.
“Así, pues, el que está unido a Cristo es una nueva persona; las cosas viejas se terminaron y todas son nuevas”, dicen las Sagradas Escrituras. Gracias a Dios tengo buena salud. ¿Acaso me ven caído como teta de vieja? Tampoco me pidan que me eche un polvo así como si nada.
Las pibas me vuelven loco. En la pensión hay una que tiene el culito parado. Una manzanita. Lo zarandea la muy puta. El otro día me encamé con una gordita putona. Me pide que le rasguñe los pezones. Se los dejo colorados como huevo de ciclista. Por eso me dejo larga la uña del dedo chico. Para toquetear tetas. Y de paso hacer el repulgue de las empanadas. Las mujeres me vuelven loco, pero nunca pierdo el rumbo. He estado con rubias, morochas, coloradas, castañas, negras, gordas, flacas, altas, bajas. Sólo me faltaron pasar por las armas a las japonesas. Dicen que tienen la conchita horizontal.
Lamentablemente sigo fuera de la vía. Estoy manoteando el aire, buscando encajar en la vía, la máquina se me está enterrando, gasto mucha energía. Cuando esté en la vía, no paro más. No paro más, ¿estamos?
Lo más importante es reírse. Por eso le pregunto a la gente si me tiene miedo. Vecino, ¿no tiene idea quién soy? Panadera, si adivina quién soy, le ofrezco mis servicios de contador y abogado gratis. Muchachito, ¿me juna? ¡Qué me va a junar con esa cara de boludo!
Al final, cuando les digo que soy Arquímedes Puccio, se caen de culo. Puccio, al que acusaron falsamente de secuestrar con su familia en el sótano de su casa. ¡Están en pedo! Mi familia era normal. La hicieron mierda esos hijos de puta. Deberían ponerse de pie al oír mi nombre. Manga de brutos desagradecidos.
Soy Arquímedes Rafael Puccio, les digo.
Y muchos se caen de culo. Se caen de culo. Y yo me cago de risa. Me les cago de risa en la cara.
(Fragmento de una entrevista realizada a Puccio en 2011.

El viejo Puccio entra en la peluquería sacando pecho y silbando un tango de Pugliese, como un rey loco y testarudo al que lo han abandonado hasta sus bufones. Un rey con alpargatas agujereadas, pantalón caqui y pulóver azul lleno de pelusa. Un rey barbado, de mirada penetrante y cejas mefistofélicas. Retacón y agrandado, aunque no tenga dónde caerse muerto. Pensar que en sus años mozos, como dice él, se empilchaba con saco y corbata, y viajaba por el mundo. Ahora, en mayo de 2012, es una cáscara de lo que fue, un jubilado que sobrevive en una pensión de General Pico, La Pampa.
Saluda en voz alta para llamar la atención.
El peluquero lo mira, pero no responde el saludo. Sigue cortándole el pelo a un cliente.
Puccio se sienta y hojea la revista Paparazzi.
—¡Qué pedazo de culo que tiene esta atorranta! A estas revistas con olor a concha habría que prohibirlas, embrutecen al hombre.
El peluquero lo mira con desprecio. El cliente se ríe. A Puccio no le importa. Habla solo, pasa las páginas y hace comentarios:
—Estos se la pasan mostrando sus casas y sus autos. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo? —se pregunta y luego de un breve silencio, se responde—: Con ninguna autoridad, turros de mierda.
El peluquero deja la tijera a un costado y se acerca al viejo.
—¿Qué se le ofrece, señor?
—Mire, hombre, si estoy acá es para cortarme un poco el pelo, no voy a venir a comprar huevos o un churrasquito.
—Le voy a pedir que no diga groserías. En diez minutos lo atiendo.
—Quédese tranquilo, soy inofensivo. ¿Sabe quién soy?
—No tengo idea.
—¿No se imagina?
—Señor, estoy trabajando.
—Soy Arquímedes Puccio.
El peluquero sintió que estaba frente al diablo. Había escuchado que Puccio vivía en su pueblo pero nunca se lo había cruzado.
—Le voy a pedir que se retire y no vuelva nunca más.
—¿Por qué motivo?
—Yo no le corto el pelo a asesinos.
—Usted se deja llevar por la prensa. Son todas mentiras.
—Si no se va, voy a llamar a la policía.
Puccio no dijo nada. Se dio media vuelta y salió cabizbajo.
Desde ese momento no volvió a preguntarle a nadie si sabía quién era. Era mejor que ignoraran su pasado (…)
Después de 23 años en prisión, el 18 de julio de 2008 salió en libertad condicional de la cárcel de General Pico y fue a vivir a la casa del pastor Héctor Villegas, de la iglesia Biblia Abierta (…) Esos días los vivió con una mezcla de alegría por salir de la cárcel y la tristeza por la muerte de su hijo Alejandro, ocurrida el 30 de junio por un cuadro agravado de neumonía.
El reencuentro entre padre e hijo en libertad no pudo ser posible. La última vez que se vieron en la calle fue el 23 de agosto de 1985, en San Isidro. El último día que pasaron en libertad antes de la caída.
Arquímedes fue detenido con sus cómplices, entre ellos sus hijos Daniel “Maguila” y Alejandro, talentoso wing tres cuartos del CASI, un tradicional equipo de rugby de San Isidro, y ex jugador de Los Pumas (…)
Los vecinos creían que la familia era inocente. No podía ser que el señor Puccio, que los domingos iba a misa vestido de traje, hubiera arrastrado a los suyos al delito. Sintieron horror cuando se comprobó que entre 1982 y 1985, habían secuestrado y matado a los empresarios Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum (…)
En General Pico, Puccio vivió su segunda vida. Se inventó un nuevo pasado. Como esos escritores que en sus últimos años se alejan de todo y van a escribir sus memorias a un pueblo donde nadie los conoce, el viejo va al almacén, al mercado o la verdulería y a algunas personas les da una tarjetita que dice “Arquímedes Rafael Puccio, contador y abogado”. Una vez se presentó al Concejo Deliberante local para buscar clientes.
—En la tarjetita puse que atiendo urgencias las 24 horas y se cagan todos —me dijo el viejo cuando lo conocí, el 9 de julio de 2011. En ese encuentro, me impactaron su mirada fija, su energía de joven en un cuerpo de viejo y su memoria.
—Da la sensación de que proyecta su vida como si fuera a vivir 120 años —le comenté ese día.
—Es que voy a vivir 120 años y quizá mucho más —respondió con naturalidad, con la certeza de que tendría todo el futuro por delante.
—¿Cómo imagina su muerte?
—Me gustaría morir teniendo sexo. Sería un acto de justicia.
Puccio se jactaba de haberse acostado con más de doscientas mujeres. A muchas de ellas era capaz de recordarlas sólo por un gesto, la sensualidad de un escote, la forma de caminar o el aroma de la piel.
A los 82 años no tenía nada y al mismo tiempo tenía algo que lo hacía poderoso: una verdad nunca dicha. Un secreto que no tiene nombre.
—Pueden decir lo que quieran, imaginar, inventar, juzgar, pero sólo yo sé la verdad de esta historia. Y me la voy a llevar a la tumba —me dijo sin sacarme la mirada de encima.
Después de pronunciar esa frase, hizo un silencio —como los oradores que hacen una pausa para escuchar los aplausos— y empezó uno de sus largos monólogos. A veces reía a carcajadas de sus ocurrencias: se celebraba a sí mismo. Era lo más parecido a un profeta sin credo ni creyentes cuya misión en el mundo era repartir fantasmas a medida. .-

*Autor de El Clan Puccio, la historia definitiva, de editorial Planeta. Además, realizó la investigación periodística y fue miembro del equipo autorial de Historia de un Clan, de los hermanos Sebastián y Luis Ortega la serie de que saldrá por Telefe en septiembre.

 

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 14 de junio de 2015

leyendadeltiempo.wordpress.com

 

 

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Homenaje a Alberte, delegado de Perón


Por Juan Alonso

El primer blanco de la dictadura militar fue un militante peronista. En la madrugada del 24 de marzo de 1976, una fuerza de tareas conjunta del Ejército y la Policía Federal, irrumpió en el departamento del ex edecán y delegado personal de Juan Perón, Bernardo Alberte, y lo arrojó al vacío desde la ventana del primer piso frente a toda su familia. Una vez consumado el asesinato –Alberte ni siquiera tuvo oportunidad de resistirse– saquearon su casa y amenazaron a su mujer y a los vecinos, entre los cuales estaba un juez de la Nación. Ya era demasiado tarde. La lengua del miedo se extendía como una mancha venenosa dentro del corazón de la sociedad argentina. El golpe más sangriento de nuestra historia se consumaba con éxito y contaba con la complicidad y el padrinazgo de sectores civiles vinculados con la Sociedad Rural y a la patria financiera. Como se sabe,  en materia de lucha por el poder, las casualidades no existen.
Lo paradójico del crimen de Alberte es que él sabía que lo querían matar y, sin embargo, esperó el final sin inmutarse. Siempre de pie. Había sido un militar de carrera que más de una vez se había enfrentado a los tiros como referente de la Resistencia Peronista, tras el golpe de 1955 y años más tarde ante los escuadrones de la Triple A, en los meses previos al golpe del ’76.
Unas horas antes de ser asesinado, el que fuera un hombre de confianza de Perón, redactó una carta dirigida a Jorge Rafael Videla, donde denunciaba los ataques armados que había sufrido, el funcionamiento encubierto de los escuadrones de la muerte y el permanente hostigamiento y asesinato de militantes de base de la Juventud Peronista.
Entre los puntos principales del escrito, dijo textualmente:
1. El día 20-III-76, a las 20, un grupo armado intentó secuestrarme, en mis oficinas de la calle Rivadavia 764, 1º, con el aparente propósito de asesinarme. Acababa de retirarme del lugar elegido por esa banda armada unos minutos antes, lo que me permitió observar el operativo desde la calle, así como el gran despliegue de elementos materiales y humanos utilizados.
2. La observación personal de los hechos me permite asegurar a usted que se trataban de efectivos de seguridad, que luego de detener a tres personas que se encontraban en las citadas oficinas, esposarlas, vendarle los ojos y cargarlas en los vehículos, se desplazaron velozmente por la calle Rivadavia hacia el oeste, sin poder seguirlos, por no poder disponer de vehículo propio en ese momento (…).
3. El día anterior en un operativo vinculado con el ya descripto fue secuestrado y luego asesinado el joven peronista Máximo Augusto Altieri.
En el punto 6, Alberte le expresó  a Videla que halló el cuerpo del joven peronista en total estado de descomposición en la zona de Tristán Suárez, aunque luego de contar con la ayuda de otros militantes, acompañado por el padre de la víctima en ese camino de sombras.
No era la primera vez que Alberte se comprometía hasta el límite de jugarse el pellejo en la movida.
El 15 de marzo de 1976 –nueve días antes del golpe– publicó una carta abierta denunciando los crímenes de la Triple A y retando a un duelo armado a los integrantes de esa banda parapolicial, a quienes  les advirtió:
“El 12-III-76 a las 20:00 horas un grupo de esa organización terrorista realizó un operativo para secuestrarme y probablemente asesinarme, no hallándome en el lugar elegido. El día anterior fue secuestrado, también por esa organización, el compañero peronista Máximo Augusto Altieri (cuyo cuerpo apareció acribillado a balazos días después) que aún no ha aparecido.
Ante la posibilidad de que este último secuestro tenga alguna relación con el primer intento mencionado, y para evitar que caigan otros peronistas relacionados con mi militancia, propongo el canje del compañero Altieri por mí.
Para facilitar la operación informo que en mi lugar de trabajo habitual y en mi residencia, cuya dirección conocen, me encontraran habitualmente.
Como única condición impongo que en el enfrentamiento que inevitablemente ocurrirá extrememos las medidas para impedir que caigan inocentes o personas desvinculadas con el antagonismo que existe entre nosotros.
Y firmaba: Bernardo Alberte. Teniente Coronel (RE). Peronista.”
Ayer, 36 años después de los fuegos que le arrebataron la vida de forma cobarde, el Movimiento Evita y el municipio de Avellaneda declararon ciudadano ilustre a Alberte y descubrieron una placa en su memoria en la puerta de la casa donde nació. Quienes fueron a buscarlo sabían que era leal a Perón, a la clase trabajadora y a los jóvenes que apadrinó, cuidó y protegió hasta el final.
El crimen de Altieri, un amigo suyo, lo conmovió y lo sacó de eje. Tanto que decidió esperar a los asesinos en su casa. Quizá en esas últimas horas pensó, que lo único que quedaba era aceptar al destino y a su horda de malditos.

Publicado en el diario Tiempo Argentino en su edición del 24 de marzo de 2012

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