Isidoro, Papel Prensa, y el guión de Magnetto


La apropiación de Papel Prensa

El oportunismo de Isidoro Graiver

Publicado el 6 de Octubre de 2010

Por Cynthia Ottaviano y Juan Alonso

Creer en los dichos de Isidoro –que se contradicen con los que nos dijo a nosotros, mirándonos a los ojos, y que pueden cotejarse en sede judicial– es una estrategia de defensa demasiado volátil, tanto como querer defender a un homicida asegurando que, a la hora en que ocurrió el asesinato, estaba en la casa de su madre.

Antes de hablar, se tapaba la boca con los dedos como si hubiera algo que no pudiera decir. Al responder, bajaba la mirada, esquivo. Cada tanto, se hundía en un suspiro profundo, fuerte, potenciado por micrófonos delatores y, ya pasados algunos minutos de “entrevista”, una saliva blanca, espesa, se apoderó del centro de su labio inferior: estaba nervioso. Ocultaba. Mentía. La cara, como se sabe, es el campo de batalla de las emociones. Todo se refleja en un par de gestos. Y no fueron esos gestos los que pudimos ver cuando lo entrevistamos a lo largo de más de dos horas, el 11 de junio pasado. Al contrario, frente a nosotros se mostró distendido, verborrágico, elocuente. Llamaba a las cosas por su nombre: los diarios “nos trataron de chorros”, “a todas luces fue un afano, lisa y llanamente un afano”, “las presiones eran permanentes”, “los diarios nos humillaron”, dijo.
No tardaba en responder, ni calculaba cada palabra, como ocurrió el lunes a la noche, cuando a dúo con Joaquín Morales Solá intentó “limpiar” la imagen de Héctor Magnetto y Bartolomé Mitre (empleadores del columnista de La Nación, acusados de ser partícipes necesarios de delitos de lesa humanidad). ¿Qué importa si para Isidoro Graiver Magnetto tenía un “rol secundario” y Bartolomé Mitre “incluso menor”? Todos los documentos vinculados con Papel Prensa, las declaraciones hechas ante la Inspección General de Justicia, las publicaciones del Boletín Oficial, el pacto de sindicación y las notas periodísticas hechas por ellos mismos los mencionan con nombre y apellido como los directores de esa compañía1. Con Mitre, Magnetto y Peralta Ramos se reunió Oscar Bartolomé Gallino, el general de brigada que ostentaba el poder de mando entre los represores, interrogador oficial de Lidia Papaleo y del propio Isidoro Graiver. Y después de esas reuniones preparó los interrogatorios, que se realizarían el 11 de abril de 1977, como probó Tiempo Argentino, precisamente a Lidia, sobre Papel Prensa. Quedó registrado en los documentos. La palabra inescrupulosa de una persona ante un columnista, pagado por los acusados, no podrá cambiarlos. Ni aunque así lo quisiera.
Creer en los dichos de Isidoro –que se contradicen con los que nos dijo a nosotros, mirándonos a los ojos, y que pueden cotejarse en sede judicial– es una estrategia de defensa demasiado volátil, tanto como querer defender a un homicida asegurando que a la hora en que ocurrió el asesinato, estaba en la casa de su madre.
El 2 de noviembre de 1976, día en que la apropiación de Papel Prensa intentó materializarse en un documento legítimo, Isidoro Graiver no tenía ningún vínculo comercial con el emporio familiar. Se había alejado hacía años. De manera que su firma no puede encontrarse en los documentos, no tenía poder. Su cuñada, sin embargo, sí los tenía, como administradora de la sucesión que le correspondía a su hija María Sol. Por eso todos los documentos llevan su firma, la de los padres de David y la de Rafael Ianover, quien denunció que firmó sin saber el contenido de los documentos y sin tener noción del precio.
¿Qué puede motivar a Isidoro a contradecir a su cuñada? ¿El hecho de que lo hubieran marginado de los negocios familiares; que no fuera heredero del emporio construido por David, una vez que murieran sus padres?, ¿que Lidia sí fuera la administradora del 50% en nombre de su hija? Sólo él puede saberlo.
Es evidente que Joaquín Morales Solá no buscaba conocer la verdad, si no le habría preguntado si el precio pagado por los tres diarios (Clarín, La Nación y La Razón) era equivalente al valor real de Papel Prensa, en qué condiciones se hizo esa transferencia accionaria, si los diarios lo habían humillado publicando notas periodísticas en las que los vinculaban con fraudes, pidiendo que la Junta Militar los investigara. Tampoco el columnista quiso saber cómo, si lo habían extorsionado y si era que necesitaban dinero, aceptó apenas 7200 dólares al momento de vender una parte del paquete accionario que ascendía al millón de dólares. Ni siquiera hoy alguien aceptaría semejante cosa, cobrar 7200 dólares por la venta de un bien valuado en millones. Morales Solá tampoco le preguntó por qué lo que dice ahora no es lo mismo que sostuvo en la entrevista con Tiempo Argentino.
Aun con un evidente relato estudiado, Isidoro Graiver no se atrevió a desmentir a Lidia Papaleo, quien aseguró en sede judicial que Magnetto la amenazó: “Firme o le costará su vida y la de su hija”. Ante la pregunta de Morales Solá, Isidoro respondió: “No puedo afirmar que no haya habido amenaza a mi cuñada”. Él sí dijo no haber recibido “ninguna amenaza de ningún tipo ni presiones a mi persona, a mi mujer (nada tuvo que ver en esta historia), ni a mis padres (no les podemos preguntar porque fallecieron)”. Sin embargo, ante el fiscal Ricardo Molinas (fojas 130-131) había reconocido que “en el mes de octubre de 1976, Miguel de Anchorena, abogado apoderado de la sucesión de David, se había puesto en contacto con su cuñada para informarle que había recibido información de Francisco Manrique (funcionario de Agustín Lanusse y mano derecha de Pedro Eugenio Aramburu) cuyo contenido era sintéticamente que el gobierno nacional vería con agrado la desaparición del conjunto empresario Graiver como tal, para lo cual sería necesario la venta de los paquetes accionarios del Banco Comercial de La Plata, del Banco de Hurlingham y del control accionario de Papel Prensa, estimando que los compradores lógicos de este último paquete eran los diarios La Nación, Clarín y La Razón”. Estos dichos d  oviembre de 1985, fueron ratificados por el propio Manrique (fojas 178-179), Papaleo (fojas 134-135) y Pedro Martínez Segovia (presidente de Papel Prensa, fojas 141-142).
Incluso, aunque Isidoro diga que Lidia recién ahora denuncia, también probará que sus dichos carecen de valor al leer no sólo el expediente Molinas, sino también el memorándum que el fiscal escribió el 18 de noviembre de 1978, reconociendo que “la esposa de Graiver ha denunciado ante la Justicia que fue presionada desde el Ministerio para transferir las acciones a vil precio, en beneficio de los que aparecen como adquirentes (Clarín, La Nación y La Razón)”.
Clarín y La Nación quieren convertir una historia de apropiación, tortura y despojo en una telenovela mal guionada. Evitan decir que cuando Lidia Papaleo firma, presionada, amenazada, en nombre de su hija, y junto con sus suegros, la venta no quedó firme porque debía autorizar el juez de la sucesión. Y nunca se consolidó, a pesar de los intentos constantes de los tres diarios y de los abogados de Lidia, que hacían presentaciones judiciales mientras ella era torturada, quemada en sus pechos, el abdomen y los genitales en un centro clandestino de detención. Que quede claro: la operación no estaba firme cuando Lidia e Isidoro eran torturados. Lo dicen los documentos, no hace falta que ellos lo confirmen. La investigación hecha por Tiempo Argentino, que ya lleva más de seis meses, que fue publicada en diez notas, de cuarenta páginas, está en manos de la justicia. A ellos, los fiscales Marcelo Molina, Carlos Dulau Dum y Sergio Franco, les toca determinar qué testimonio de Isidoro Graiver tiene valor, el que nos dio a nosotros, que encontró respaldo en varios documentos, o el del lunes, dicho ante el columnista que trabaja para los acusados.
“Las libertades son relativas”, explicó Isidoro obligándonos a preguntar, qué grado de libertad tuvo él mismo cuando llamó de noche a la casa del juez Arnaldo Corazza para decir que necesitaba declarar urgente, qué tan libre fue cuando se presentó a declarar espontáneamente ante los fiscales (tanto como lo hicieron los abogados de Magnetto y Mitre) horas antes de dejar el país, qué autonomía tuvo cuando se presentó ante un escribano porque a su sobrina María Sol se lo habían pedido desde Clarín y La Nación, y qué grado de independencia tuvo, el lunes pasado, frente a Joaquín Morales Solá para no responder lo que sabe, sino lo que necesitan sus victimarios.

1- “Convenio entre accionistas”, 18 de agosto de 1977: “en el primer ejercicio de la conducción de Papel Prensa, por parte de las tres empresas, la presidencia será ejercida por Sociedad Anónima La Nación, siendo su titular el Dr. Bartolomé Mitre (h); la Vicepresidencia Ejecutiva por Arte Gráfico Editorial Argentino SA, siendo su titular el Dr. Héctor Magnetto; y los tres puestos de Directorio restantes (…) los Sres. Patricio Peralta Ramos, Dr. Lauro Laiño y Dr. José Aranda”

PUBLICADO POR EL DIARIO TIEMPO ARGENTINO EL MIÉRCOLES 6 DE OCTUBRE DE 2010


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Isidoro Graiver desarmó la operación de Clarín


Durante una entrevista con Tiempo Argentino

“Clarín y La Nación nos humillaron, fue un afano”, dijo Isidoro Graiver

Publicado el 27 de Agosto de 2010

Por Juan Alonso y Cynthia Ottaviano

Fue el 11 de junio pasado. Sostuvo que desde las páginas de los diarios los presionaron, que el precio pagado “tuvo poca vinculación con el real”. Además, en sede judicial reconoció el vínculo de las tres armas con los tres diarios.

Llegó a la entrevista con Tiempo Argentino diez minutos después de lo pactado, a las 16:10, del 11 de junio pasado. Fumaba, ansioso, como lo hizo durante las dos horas y 12 minutos que duró el encuentro. Isidoro Graiver, de 62 años, el hermano de David, llegó al bar Finisterra, en la esquina de Uriarte y Honduras, del barrio de Palermo, como habíamos acordado. Andaba con el paso apurado. Nos saludamos en la puerta del bar y nos sentamos en una de las mesas dispuestas en la vereda. Hacía frío, y el sol le daba de lleno en el rostro. Vestía un pantalón de jean, zapatos náuticos marrones, campera negra y camisa celeste sin corbata, desabrochada en el primer botón. Un hombre clásico.
No era, sin embargo, la primera vez que hablábamos. En los tres meses que duró la investigación periodística que publicó este diario –en suplementos especiales que agotaron dos ediciones, el domingo 6 y el miércoles 9 de junio de 2010–, insistimos telefónicamente para entrevistarlo. Pero Isidoro –una víctima de la masacre y el  latrocinio que impuso a sangre y fuego la última dictadura y sus socios civiles-, se negó con gentileza. No nos conocía. Dijo que tenía miedo por sus hijos. Le creímos. Se excusó en que había sellado un pacto familiar, que incluía sepultar los fantasmas de un pasado que los acorraló y los dejó solos. También le creímos.
Todo cambió con la publicación de nuestro trabajo, nos dijo, mucho antes de que el Estado confirmara el despojo de Papel Prensa. Cambió para bien. Explicó Isidoro, entonces: “No se equivocaron en casi nada.” Y decidió sentarse con nosotros. Con la campera puesta y sin dejar de fumar. Unos 40 minutos después, aceptó entrar a la redacción de Tiempo Argentino y tomar un café en la sala de editores, esta vez con un puro entre los dedos. La noticia corrió como reguero de pólvora. “Está Isidoro Graiver. Habla por primera vez con un medio periodístico”, se comentaba en las secciones. Isidoro reiteró su postura cautelosa de contarnos la verdad de la tragedia que azotó a su familia, bajo una condición: que no le atribuyéramos lo que decía. Quería cooperar con la verdad, pero sin aparecer. Otra vez usó el argumento familiar. Y se largó a hablar: “(La de Papel Prensa) fue una operación que era a todas luces un afano, lisa y llanamente un afano. Los diarios nos humillaron”, así comenzó.
Por eso ayer, miércoles 25 de agosto, cuando leímos la solicitada a página completa en Clarín y La Nación, y conocimos el contenido de la carta que le escribió a su sobrina María Sol Graiver –ante escribano público– publicada en la tapa coordinada de los dos diarios que lo humillaron hace 34 años, lo primero que nos sorprendió fue que accediera a una exigencia de sus antiguos victimarios. Ayer, cuando Isidoro Graiver se contradijo, cediendo a las presiones de los diarios acusados de cometer delitos de lesa humanidad en el despojo de Papel Prensa, nosotros, periodistas de este diario, quedamos automáticamente relevados del acuerdo de confidencialidad con él. Mantenerlo sería faltar a la verdad. O peor aun: contribuir a la operación de Clarín y La Nación para garantizarse la impunidad con falsedades en un caso que hoy es asunto de interés público.
Los lectores tienen derecho a recibir información. Nosotros estamos obligados a dárselas. La verdad no es nuestra: es de la sociedad. No podemos saber las razones secretas de Isidoro para cambiar sus dichos, después de entrevistarse con Tiempo. Tampoco sabemos por qué, desde la semana pasada, dejó de atender nuestros llamados. Sólo él lo sabe. Pero debe ser algo muy grave. Quizás el amor a su sobrina, a quien quiere como si fuera una hija, haya influido. Quizás tuvo temor a volver a sufrir. O todo eso junto. Lo que sí sabemos es que a María Sol Graiver, en julio pasado, “los adquirentes de las acciones de Papel Prensa SA”, es decir, los diarios Clarín y La Nación, “le efectuaron un requerimiento”: un “pedido”, según dejaron constancia ante escribano público. Tampoco sabemos con exactitud cuál fue ese “pedido”. Pero cualquier cosa que haya sido fue lo suficientemente grave como para que Isidoro abandonara una versión documentada de los hechos, por otra, que sólo sostiene las falacias de los que ayer lo despojaron.
Esa tarde fría de junio, Isidoro explicó a Tiempo su posición sobre Papel Prensa y la alianza de los tres diarios con las tres armas. Dijo que las presiones para arrebatarles Papel Prensa “eran permanentes”. Y nos dio una pista fundamental: que buscáramos los artículos periodísticos de Clarín y La Nación de octubre de 1976, un mes antes de que se concretara la venta “trucha” de las acciones a los diarios, el 2 de noviembre. Y nos dijo, textual: “Nos dedicaban las primeras planas todos los días, ‘la familia Graiver, los chorros’. Había un tema de intereses, que obviamente también existían, y además el tema de la humillación. En su momento fue casi una capitulación de la Unión Industrial Argentina (UIA) frente a la Confederación General Económica (CGE), en la época de José Ber Gelbard, y se debían la revancha. La revancha de las familias patricias o de las grandes empresas o bancos en la que estábamos insertados con fuerza. Nos destruyeron como grupo económico, porque ese era el objetivo, sacarnos de pista. Antes de la muerte de mi hermano, era uno de los grupos económicos más fuertes.”
–Algo así como “no los vamos a dejar crecer más”– le preguntamos.
–No le quepa la menor duda–nos contestó–. En algún momento alguien dijo: “hagamos esto”. Por eso, nada fue espontáneo ni casual.
–Y entre los cerebros estuvo el mismo José Alfredo Martínez de Hoz.
–No tengo dudas.

Martínez de Hoz era el ministro de Economía del dictador Jorge Rafael Videla, el hombre que había pactado el silenciamiento del genocidio con los diarios a cambio de Papel Prensa.
En su propio relato, Isidoro reconoció que, tras la muerte de su hermano, fue Jorge Rubinstein, el abogado de la familia y hombre de “máxima confianza de David”, quien quedó “al frente de todos los negocios en Buenos Aires”.
El marginamiento en las decisiones y el rol cada vez más importante de Rubinstein, sumado a su habitual destrato, terminaron por alejar a Isidoro de todos los negocios. La separación fue sellada con un acuerdo económico. Por eso, Isidoro no tenía a su nombre ninguna acción de Papel Prensa. Por eso ni su nombre ni su firma fueron necesarios en el posterior traspaso. Ni quedaron rubricados en los documentos de la venta. Sólo participó en calidad de acompañante. En cambio, sí aparecen en los documentos las firmas de sus padres, Juan y Eva, y de su cuñada Lidia Papaleo, representante de los intereses de su hija María Sol. Isidoro explicó que la reunión, a la que terminaron cediendo por las presiones y el trato vejatorio desde los diarios interesados, se hizo en las oficinas del diario La Nación. Las mismas en las que Lidia asegura que Héctor Magnetto le dijo: “Firme o le costará la vida de su hija y la suya.” Estaban separados, según el testimonio de Lidia: “los padres de David por un lado, Isidoro con (Benito) Campos Carlés y yo con (Héctor) Magnetto”. De modo que difícilmente Isidoro haya podido ver y oír todo.
A pesar de que en la carta personal a su sobrina, Isidoro Graiver asegura que no le “consta que los diarios hayan actuado de acuerdo con las autoridades militares de ese momento para la compra de la compañía”, en sede judicial, donde nos dijo que fuéramos a buscar su testimonio (cosa que hicimos), dejó asentado lo contrario. Ante el fiscal Ricardo Molinas, el 6 de noviembre de 1985, declaró: “En el mes de octubre de 1976, el doctor Miguel de Anchorena, en ese entonces apoderado de la sucesión de Graiver, se puso en contacto con su cuñada (Lidia) para informarle que había recibido una información de Francisco Manrique cuyo contenido era, sintéticamente, que el gobierno nacional vería con agrado la desaparición del conjunto empresario Graiver como tal, para lo cual sería necesario la venta de los paquetes accionarios de Papel Prensa, estimando que los compradores lógicos eran los diarios Nación, Clarín y Razón.” El gobierno nacional, vale aclararlo, eran Videla y Martínez de Hoz. Y los beneficiarios, los que dijo Isidoro en sede judicial, no ante un escribano: Magnetto, Mitre y Herrera de Noble.
“El precio que recibimos fue el mejor que pudimos obtener”, afirmó Isidoro en la insólita solicitada publicada ayer por Clarín y La Nación. A nosotros nos dijo otra cosa. Hacemos una cita textual, nuevamente: “La presión era permanentemente. Los aprietes eran permanentes”. También en sede judicial, en plena democracia, Isidoro aseguró que en una reunión a la que lo convocó Guillermo Gainza Paz, del diario La Prensa, le hicieron “una oferta que consideraba totalmente inadecuada, quedando así suspendidas las tratativas. La situación quedó así hasta el día anterior al previsto para la asamblea en la cual debía autorizarse la transferencia de los paquetes accionarios comprados por el Grupo Graiver a los originales dueños, ante la certeza que esa transferencia no iba a ser autorizada (dado que el señor Manrique en el ínterin había ratificado lo adelantado por Anchorena) y se produciría el grave riesgo de no obtener el reintegro del precio abonado, más los intereses y lo invertido, ese día al efectuarse la asamblea en horas del mediodía tomó contacto el doctor Anchorena para decirles que los tres diarios mencionados proponían una reunión urgente con el propósito de hacer una oferta para la compra de las acciones”.
Los habían acorralado. Los diarios Clarín, La Nación y La Razón operaron con información confidencial, sabiendo que ese día la Junta Militar no le aprobaría la compra al Grupo Graiver y, por ende, lo descapitalizaría. “No tuvimos una oferta mejor que la aceptada por lo exiguo del tiempo de acuerdo”, aseguró Isidoro ante una autoridad judicial de la democracia. No les dejaron tiempo. “Nosotros perdíamos como mínimo los derechos políticos sobre las acciones, es decir, todo, y con el riesgo de tener que devolver las acciones, es decir una cosa asquerosa. Nos humillaron”, le aseguró a Tiempo.

“Ustedes tienen los medios para hacerlo –nos dijo–. Si buscan archivos, los antecedentes previos a la operación, a mediados de octubre más o menos, en los diarios Clarín, La Nación y La Razón van a ver una historia muy sugerente. Todos los días sacaban primeras planas o primeras páginas con noticias del Grupo Graiver, desaparecido, tonterías, y de repente durante 48 horas no publicaron una sola línea. Fue la previa de la reunión.”
Buscamos las notas, como nos pidió. Tenía razón. Clarín calificaba de “actividades ilegales” las realizadas por el Grupo Graiver. Y llegó a dedicarle una editorial en la que le clamaron a la Junta Militar “una investigación necesaria” sobre los Graiver, porque “el prestigio de La Nación quedaría inadmisiblemente afectado si aquí no se promueven medidas”, les advirtieron. Como es de público conocimiento, la Junta cumplió.
Esta es la cronología “de la humillación” de la que habló Isidoro. Mientras recibían los llamados presionándolos para vender, La Nación publicó sobre Graiver, el 11 de octubre de 1976, que estaba supuestamente “implicado en la quiebra fraudulenta de dos bancos (…) por 150 millones de dólares”. Cuatro días después desplegó una publicidad a página completa de la revista Somos, con el título: “El caso Graiver”, en el que los habían escudriñado y hasta se preguntaban: “¿Está muerto… o no?” Ese mismo día, Clarín publicó que el grupo Graiver “involucra en un delicado problema a varios bancos de Buenos Aires”. Los acusaban con “informaciones extraoficiales” de usar uno de sus bancos “para exportar capitales de la Argentina”, de hacer “actividades ilegales”, “demostrándose que habían presentado sucesivos balances falsos que lucían una irreal prosperidad”. Para terminar ese artículo, que no estaba firmado por ningún periodista, aseguraban: “no se explican (…) cómo Graiver pudo haber gozado de impunidad”.
Nueve días después, ya en medio de las negociaciones, para La Nación no eran supuestos. Al referirse a David decían: “el millonario argentino al que se involucra en un gigantesco fraude”. El 22 de octubre, el tema llegó al ya mencionado editorial principal de Clarín. Primero destacaron que “el clima reinante antes del 24 de marzo (del golpe) era de corrupción administrativa del régimen”, y luego de describir las operatorias ilegales que le atribuían al grupo aseguraron: “(se) hace necesaria una más prolija investigación”. El 28 de octubre, después de detallar las “responsabilidad de Gelbard”,  sostuvieron que el ex ministro de Economía de Perón, José Ber Gelbard, “fue sancionado, privándosele de sus derechos políticos y de su ciudadanía argentina”, se encargaron del Grupo Graiver: “con notoria vinculación con Gelbard, que le valió todo tipo de ventajas y privilegios y cuyos manejos financieros han culminado con un escándalo de proporciones internacionales”. Con ese grupo, Clarín, La Nación y La Razón se sentaron “a negociar”. No fue una venta libre. Fue un apriete. Las pruebas están a la vista. No lo decimos nosotros: lo afirmó Isidoro Graiver, que ahora intenta desmentir a su hermana. Cuanto más atacaban y satanizaban al Grupo Graiver, más rápido lo obligaban a desprenderse de las acciones. Fue en ese clima de “libertad”, cuando el terrorismo de Estado devoraba a una persona cada media hora, en medio de esa campaña psicológica, que los tres diarios en alianza con las tres armas concretaron la operación de traspaso. Es decir, consumaron su despojo.
“A todas luces era un afano, lisa y llanamente, un afano. El precio tuvo claramente poca vinculación con el valor real”, le aseguró Isidoro a este diario en junio. Y quedó registrado de este modo. Una vez más, la cita es textual:

–¿Usaban los diarios para extorsionarlos y quedarse con el gran negocio? Mitre, Herrera de Noble y Peralta Ramos publicaban a propósito.
–Yo creo que era una concurrencia. Los diarios usaban eso para meter presión. Tanto a nosotros como al gobierno.
“Cuando estábamos secuestrados, la venta de Papel Prensa ya estaba concluida”, sostiene Isidoro Graiver en la solicitada que se publicó ayer. A decir verdad, las acciones vendidas por los padres de David, (Juan y Eva) y Lidia Papaleo tenían que ser aprobadas por el juez que llevaba adelante la sucesión. En otras palabras: todos estaban secuestrados cuando el juez aún no había aprobado la operación. De hecho, nunca lo hizo.
Por otra parte, el otro paquete accionario que todos reconocen, incluido Isidoro, que estaba a nombre de Rafael Ianover, el testaferro de los Graiver, también debió integrar el acervo sucesorio. Pero esto no pasó. Los tres diarios le compraron las acciones a Ianover sin decirle cuánto le pagaban. Le dijeron que si firmaba no le iba a pasar nada, es decir que no lo secuestrarían: sabían que no eran de él, sino de David Graiver. Lo secuestraron igual.
Toda esta historia huele mal. Hay sangre, hay torturas y hay mucho dinero en juego.
Este verdadero drama que tiene tres décadas y media de existencia continúa dando coletazos.
Lo resuelve la justicia de la democracia. O los diarios Clarín y La Nación que, hoy como ayer, mienten desde sus tapas y usan de manera siniestra, en su beneficio, un conflicto familiar.
Quizás el cambio de opinión de Isidoro Graiver se justifique en una frase que nos quedó grabada, a modo de despedida en aquel encuentro de junio, que hoy revelamos: “Me importa un carajo lo que piensen o dejen de pensar. Porque siempre tiene razón el que gana.”
Ojalá, esta vez, gane la verdad.

Opinión

“Hacen pelear a una familia”

Publicado el 26 de Agosto de 2010

Por Roberto Caballero
Director de Tiempo Argentino

Cuando vemos la cartelización opinativa de los dos grandes diarios de la Argentina, para inventar un relato que los favorezca, o al menos los ponga en un lugar donde no tengan que dar explicaciones sobre sus oscuros negocios con Videla, comprobamos con orgullo profesional que nuestra pelea por el derecho a la información es útil y necesaria.
Tiempo Argentino va contra el falso consenso que asfixia a las verdades. Nos movemos en la jungla de falsedades que proponen los dueños del poder y del dinero, para revelar lo que ellos quieren ocultar. Ahora ustedes saben que Isidoro Graiver aparece en las portadas de Clarín y La Nación contradiciéndose a sí mismo. Acá están las pruebas. Él sabrá por qué hace lo que hace. Nosotros también. Y no ignoramos que es una víctima más en esta trama dolorosa. Conoció la cárcel, la tortura y el exilio, y hoy se ve envuelto en una pelea familiar y sucesoria, que involucra a su sobrina María Sol, agitada por los dos diarios que lo usan como ariete para mantener sus privilegios, en contra del Estado democrático. Hacen pelear a una familia golpeada por la más salvaje represión, que ellos jamás denunciaron desde sus páginas, para no perder un negocio. No les interesa la libertad de expresión. Lo que quieren es plata.
Cuando uno separa lo esencial de lo anecdótico, descubre que Lidia Papaleo de Graiver –que también fue vejada por la patota de Camps, no lo olvidemos– e Isidoro Graiver tienen versiones enfrentadas sobre un mismo suceso. Son los dichos de uno contra los del otro. Pero los dos diarios bajo sospecha no son los que van a contribuir a revelar lo que se ocultó maliciosamente durante 34 años. No se puede ser juez y parte. Como en cualquier proceso, los imputados no están obligados a decir la verdad.
Para saber lo que realmente ocurrió está la justicia de la democracia.
En eso, y nada menos que en eso, hoy este país es mucho mejor de lo que era ayer nomás, cuando Clarín y La Nación eran los oficialistas del terror.

Opinión

“La paradoja de volver a ser víctimas después de 34 años”

Publicado el 26 de Agosto de 2010

Por Hernán Brienza
Periodista y politólogo.

Como en el viejo chiste del escorpión y su naturaleza de envenenar a sus víctimas, ayer el diario Clarín ha vuelto ha clavarle el aguijón a la familia Graiver. Hablamos, claro, del aguijón de la operación de prensa, de la presión personal, de la manipulación de la información a favor de sus propios intereses. Hace exactamente 34 años, el grupo mediático más poderoso del país, aquel que tomó como rehén la conciencia de los argentinos en los últimos 50 años, destrozó, en complicidad con la dictadura militar, a la familia Graiver, para –como confirma el informe presentado ayer por la presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner– apropiarse de la empresa Papel Prensa junto con el diario La Nación. No ahorraron en medios ni métodos en aquel momento –de los dichos de Lidia Papaleo se desprende que se trató de una extorsión sin eufemismos– y todo indica que tampoco se dieron el lujo, ahora, de evitarle mayores sufrimientos a quienes ya habían victimizado. Como en una especie de eterno retorno, hoy la hija de Lidia Papaleo, María Sol, y su tío, Isidoro Graiver, son asomados al horror nuevamente por el grupo que lidera –como en aquella época– Héctor Magnetto.
En la precisa investigación que realizan Cynthia Ottaviano y Juan Alonso se demuestra periodísticamente –sin valoraciones, sino con detalles e información debidamente chequeada– que Isidoro Graiver, tanto en sede judicial como frente a Tiempo Argentino, había confirmado la historia que durante 34 años la mayoría de los periodistas argentinos supieron y callaron. Porque esto alguna vez hay que decirlo: todos los periodistas sabían cómo había sido traspasada Papel Prensa. Yo lo escribí en 2003, en mi libro Maldito tú eres, y María Seoane y Vicente Muleiro, en 2001, en El dictador. ¿Por qué la “prensa independiente” investigó muy poco el tema? La respuesta es sencilla: en periodismo, el silencio corporativo se parece mucho a la ley de la omertà. En este marco de complicidades “de grupo” es que hay que entender el acto de valentía y arrojo de los periodistas de este diario.
¿Qué hizo que Isidoro Graiver cambiara su declaración frente a un escribano para favorecer al Grupo Clarín? ¿Por qué se contradijo a sí mismo? La respuesta quizás haya que buscarla en los miedos que atenazan desde hace muchas décadas a los protagonistas de esta historia, que fueron víctimas en 1976, y quizá lo sigan siendo.

PUBLICADO POR EL DIARIO TIEMPO ARGENTINO, JUEVES 26 DE AGOSTO DE 2010


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Otro tema


Por Juan Alonso

Anoche, desde la señal de cable TN, se habló de libertad de prensa, pero casi nada de negocios de empresa en el programa de Santo Biasatti.

Nadie dijo ni una sola palabra de los hijos presuntamente apropiados (Marcela y Felipe Noble Herrera) por la titular del Grupo Clarín, Ernestina Herrera de Noble. Y de la campaña golpista que encabeza el multimedio en contra del gobierno democrático votado por la mayoría del pueblo hace apenas tres años.

Por supuesto, no se dijo ni media palabra de Papel Prensa, la empresa por la cual Clarín y su dueña se llenaron de oro a costillas del Estado y de los Graiver.

Pero, claro, se habló de periodismo allí en escena.

Se habló de libertades. Se le realizó una nota a Hilda Molina y otra colega,  Adela Gómez, que padeció un atentado en la provincia de Santa Cruz.

Lo que sucedió en ambos casos es repudiable. Nadie lo duda.

Hilda Molina vive en la Argentina por gestión de este gobierno. La médica nació en Cuba. Y los problemas que tuvo en la isla no son asuntos de estado para nosotros.

Pero de forma insidiosa y premeditada, el canal TN insistió en contextualizar “esos asuntos” con “las guerrillas comunicacionales” de Venezuela, donde enviaron a un periodista especialmente. Y realizaron un informe en el noticiero, atizando el miedo.

Martillando con la misma idea fuerza: el eje Venezuela-Argentina.

La idea es comparar lo que sucede en Venezuela y en Cuba, con lo que pasa en el país que se levantó de las cenizas de 2001-2003.

El nuestro.

En el programa de Biasatti nadie recordó el pasado que supimos superar. Sólo se mencionó el caso Cabezas, pero no se analizó con profundidad la puja de superestructuras que vive el país hoy. La confrontación de intereses entre dos visiones opuestas del mundo y diría que hasta de la vida misma.

De pronto en el programa de Biasatti se afirmó sin rubores que “esto es peor que la dictadura” y que “el peronismo siempre fue fascista”.

Lo dijo Sylvina Walger sin que nadie le dijera ni una sola palabra.

Y que a diferencia del menemato –época en que la colega a quien respeto, atosigaba con su inflamación verbal todos los espacios de Mariano Grondona y otros secuaces del absurdo golpista actual, con la misma arrogancia de estanciero gagá con que hizo chistes fuera de tempo en dueto con el titular de la Sociedad Rural, Hugo Biolcatti -.

En el mismo programa, Luis Manjul defendió su último libro de investigación periodística como si se tratara de un clásico de Norman Mailer o de Truman Capote.

Ambos periodistas (Biasatti y Majul) usaron la palabra “compromiso”, poniéndose, erigiéndose solitos nomás -con el empuje valeroso de sus pagadores y auspiciantes- en paladines de la libertad.

La libertad del entretenimiento.

La libertad de la agenda impuesta desde la calle Tacuarí.

La libertad de la mentira vestida de buena chica de colegio de monjas.

La libertad de las noticias y el periodismo como mercancia fenicia.

En ese marco, el representante de Fopea, Gabriel Michi, intentó diferenciar la posición editorial de las empresas periodísticas con sus negocios e intereses políticos, y contextualizar el clima de “confrontación en el que estamos todos”, dijo, pidiendo mesura.

“No confundamos, yo soy un periodista que investiga y no soy un militante”, sentenció Majul.

“Yo no estoy de acuerdo en que la señora de Bonafini (Hebe) haga un juicio a los periodistas que trabajaron en la dictadura, no estoy de acuerdo”, insistió Walger, histérica.

En el mismo programa de televisión se ponderó al llamado “periodismo independiente”.

Vaya a saber qué demonios es el periodismo independiente.

Nadie me lo ha podido explicar jamás. Porque sencillamente no existe tal periodismo.

En un bloque aparte, como se merece por su peso intelectual, Beatriz Sarlo, aclaró que usa “transporte público, subte y colectivos” y que “se exacerbó la violencia en la vida juvenil y en la vida política”.

“El presidente Kirchner hizo hoy una intervención violentísima – aseguró Sarlo, que poco antes criticó al programa  6-7-8-. “En ese programa se dijo que el incidente en la Feria del Libro, no fue peor que lo que sucede en un festival de rock, lo dijo un panelista, Carlos Barragán”, sentenció desde el estrado, Sarlo.

No podía faltar la arenga sosa de Biasatti denunciando “actitudes que uno no debe dejar pasar por alto”. Dijo que “a los que insultan no les tengo miedo, porque hace muchos años que elegí un compromiso. Vamos a seguir igual como todos los días. Ahora parece que está de moda decir con respeto, lo que siempre lo tuvimos, no necesitamos cacarearlo”, culminó tajante.

¿La gallina que cacarea habla sola o la mandan a pisar el maíz?

¿No será que la nueva ley de medios los pone demasiado nerviosos y ahora no saben qué decir y qué hacer para frenar lo que no quieren que se concrete en los hechos?

¿Por qué ninguno de los periodistas presentes, tan defensores de la libertad de prensa, tan defensores de la libertad de empresa, recordó la nueva ley de medios que la Justicia y el lobby de la concentración mediática están trabando en tribunales?

Lo que vino después fue un informe sobre “los batatas kirchneristas” en la Feria del Libro.

Y así. Más leña al fuego. “Argentina va camino al fascismo”, dicen.

Una sola cosa es cierta: a los noventa no podemos volver.

Y no vamos a volver.-

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