El amor empieza, por Juarroz


El amor empieza cuando se rompen
los dedos
y se dan vuelta las solapas del traje,
cuando ya no hace falta pero tampoco
sobra
la vejez de mirarse,
cuando la torre de los recuerdos, baja o
alta,
se agacha hasta la sangre.

El amor empieza cuando Dios termina

Y cuando el hombre cae,

mientras las cosas, demasiado eternas,

comienzan a gastarse,

y los signos, las bocas y los signos,

se muerden mutuamente en cualquie parte.

El amor empieza

cuando la luz se agrieta como un muerto disfrazado

sobre la soledad irremediable.

Porque el amor es simplemente eso:

la forma del comienzo

tercamente escondida

detrás de los finales.

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Un día peronista


J.A.

En un día peronista siempre hay justicia. El pueblo es feliz, las mayorías festejan y las minorías lamentan su desprecio.

En un día peronista, el gobierno toma decisiones en beneficio de la Patria, pensando en el futuro de todos los argentinos.

En un día peronista, Cristina Fernández de Kirchner es la presidenta de la República. Y debemos sentir orgullo por eso.

En un día peronista, se corrigen los errores del pasado, con planes concretos de recuperación de los intereses nacionales.

En un día peronista, YPF volvió a ser de la Argentina.

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El Go, mucho más que un juego


En este reportaje excelente de Vision 7 Internacional, un experto argentino en Go -juego de estrategia de origen chino- habla de geopolítica, comercio, expansión de mercados, y del  arte de la guerra con las herramientas de una filosía creada hace miles de años.

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Grande como los dinosaurios, por Alberto Salcedo Ramos


Pambelé volvió a bramar frente a las cámaras y descargó un nuevo puñetazo contra la pared. Tenía la bata típica de los enfermos de hospital, pero a través de los barrotes de la ventana parecía un condenado a muerte que reclamaba compasión.

La escena resumía de manera dramática lo que había sido su vida: el llanto y los golpes, el trastorno y el encierro, la fama y la oscuridad.

— ¡Ayúdenme! – exclamó, con su vozarrón despedazado.

En ese momento los reporteros se metieron a la fuerza en la habitación. El hombre dejó de aporrear las paredes y la emprendió a bofetadas contra su propio rostro. Los camarógrafos ajustaron sus planos para registrar la nueva reacción. Relampaguearon los flashes , se desbordaron los murmullos. Y Pambelé lució más desvalido entre aquella horda de perdición.

— ¡Ay, mi madre –fue todo lo que alcanzó a decir, antes de sentarse en el borde de la cama y ponerse a llorar con el rostro hundido entre las manos.

El siquiatra Christian Ayola, que manejaba el caso de Pambelé en el Hospital San Pablo, de Cartagena, se disponía a almorzar en su casa aquel mediodía de enero de 1994. Estaba pasmado ante las imágenes del noticiero, que le resultaban crueles y de pésimo gusto. Su mayor preocupación no era, sin embargo, darles una cátedra de derechos humanos a los periodistas sino averiguar por qué su paciente entró en crisis. Supuso que tal vez no había tomado las medicinas.

“Él tenía que estar a punta de eurolépticos para el estado sicótico y estabilizadores para el humor”, recuerda Ayola.

A esa inquietud se sumaba otra: Andrés Pastrana, aspirante conservador a la Presidencia de la República , lo había llamado por la mañana para decirle que quería ver a Pambelé. Ayola le respondió que no se oponía, siempre y cuando la visita fuera secreta y no un acto público con intenciones políticas. El candidato presidencial volvió a la carga, con el argumento de que a los amigos no se les esconde.

Esa relación se había forjado 22 años atrás, cuando Misael Pastrana Borrero era el presidente de Colombia y Antonio Cervantes, más conocido como Kid Pambelé , era el campeón mundial del peso walter junior. La empatía entre los dos fue inmediata. El presidente lo recibía en el Palacio de San Carlos, lo ponía de ejemplo en sus discursos y se hacía fotografiar frente al televisor cuando Pambelé peleaba. Como si fuera poco, iba a Palenque, el pueblo pobre donde nació el campeón, a inaugurar los servicios de energía eléctrica y acueducto. Pambelé, por su parte, le dedicaba cada triunfo. Viajaba desde donde estuviera para acompañar a Andrés, el hijo del presidente – entonces un muchacho de 18 años — en las caminatas que organizaba por las calles de Bogotá.

Desde el 28 de octubre de 1972, cuando Pambelé ganó el título, el país permanecía en trance de adoración. Los periódicos no le perdían ni pie ni pisada. El Heraldo lo mostraba en el aeropuerto de Barranquilla, besando a una rubia de camisita breve abierta en el pecho. El Universal lo retrataba en una notaría de Cartagena, mientras firmaba las escrituras de tres apartamentos que había comprado de un solo tirón. El Espectador nos informaba por quién iba a votar en las próximas elecciones. El Siglo mandaba reporteros a las casas del ex presidente Carlos Lleras Restrepo y del poeta León de Greiff, para preguntarles sus impresiones sobre el ídolo. Cromos enviaba a su mejor cronista, Juan Gossain, a los países donde Cervantes defendía el título. Fernán Martínez Mahecha revelaba que El Tiempo tenía cuatro carpetas de material de archivo sobre Pambelé y sólo una sobre Gabriel García Márquez. Y El Espacio , claro, lo sacaba en primera página apretando por la cintura a una azafata, bajo la palabra “¡Pillado!” escrita en grandes letras rojas.

Pambelé, además, salía con la cantante de moda en Colombia, recibía homenajes de alcaldes y concejales, cultivaba amistad con famosos como José Luis Rodríguez – El Puma – y Óscar de León; regalaba toros en cuanta corrida podía, coronaba reinas en ferias populares, les tenía sendas mansiones a sus dos mujeres oficiales, pontificaba sobre la temperatura ideal del vino de Oporto, se hacía brillar las uñas en salones de belleza, coleccionaba autos lujosos en cada una de sus viviendas y liquidaba sin misericordia a todos los boxeadores que enfrentaba.

El culto a su figura se debía, explica Juan Gossain, a que Pambelé fue el hombre que nos enseñó a ganar. “Antes de él”, añade, “éramos un país de perdedores. Nos consolábamos conjugando el verbo casitriunfar . Vivíamos todavía celebrando el empate con la Unión Soviética en el mundial de fútbol del 62. Pambelé nos convenció de que sí se podía y nos enseñó para siempre lo que es pasar de las victorias morales a las victorias reales”.

A mediados de los años 70’s, Gossain fue testigo, en Cartagena, de un hecho que le hizo entender la idolatría que desataba el boxeador. El periodista pasaba por una calle del centro, en medio de la modorra de la dos de la tarde, cuando de pronto se asomó una prostituta envuelta en una toalla. La mujer se dirigió a gritos a los vendedores de lotería de la otra acera.

— Oigan, ¿a qué hora es la pelea de Pambelé?

En aquellos años de esplendor, el campeón era un tema obligado en la entrada o en el postre. Cuenta el ex presidente Belisario Betancur que en cierta ocasión el escritor Gabriel García Márquez fue recibido, en una reunión de colombianos en Madrid, con la siguiente exclamación:

— ¡Acaba de llegar el hombre más importante de Colombia!

Entonces García Márquez, moviendo la cabeza en forma teatral, como buscando a alguien en el recinto, respondió:

— ¿Dónde está Pambelé?

***

Y Pambelé estaba sentado en el borde de su cama en el Hospital San Pablo. Lloraba sin lágrimas, con un resuello profundo. A los 49 años había perdido la estampa magnífica del pasado. De la musculatura que en su época de boxeador causaba admiración en las ruedas de prensa, no quedaba ni la sombra. Apenas los huesos continuaban allí: largos, nudosos, escasamente forrados por el pellejo. Nada de uñas pulidas, nada de bigote recortado en forma milimétrica. Se veía desgreñado, sucio. La bata ancha aumentaba su aire de huérfano. En sus brazos tan flacos sobresalían las venas, gordas y tensas. La piel negra ya no refulgía sino que se asemejaba al hierro oxidado. Donde antes brillaba un diente recubierto de oro con sus iniciales engastadas, había ahora un portillo oscuro que inspiraba pesar. Sus ojos no parecían hinchados por el llanto sino por una paliza.

Viéndolo así, el médico Christian Ayola no fue capaz de probar bocado. Le parecía el colmo que se expusiera el dolor de un ser humano a semejante contemplación tan morbosa. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa con tal de impedir que un sitio sagrado como un hospital fuera convertido en circo bárbaro. Llamó por teléfono a la enfermera jefe y le dio las instrucciones del caso. Cuando colgó se puso a pensar que en Cartagena todo conspiraba contra el propósito de curar a Pambelé. Había demasiados fisgones que convertían su salud en un asunto de dominio público, demasiadas lenguas diligentes que podían dañarlo más con sus comentarios y demasiados compinches esperando que terminara el tratamiento para festejarlo en grande con una nueva orgía de bazuco. Ayola recordó que el Hospital Siquiátrico de La Habana tenía renombre por su manera de tratar la adicción a las drogas y consideró que sería una buena opción para Pambelé, no sólo por la calidad de sus médicos sino también porque allá estaría aislado de los peligros que afrontaba en nuestro país. En Cuba, por ejemplo, sería un ciudadano más, un hombre anónimo entreverado en una legión de enfermos iguales a él. Compartiría un pequeño cubículo con tres pacientes, lo cual podría servirle para que dejara de creerse el cuento de que era un ser único, el eterno campeón mundial, el negro más grande, el patrono del nocaut, la jáquima de los boxeadores, el que pega como con un martillo, el que enseñó a ganar a los colombianos, el de siempre, no hay con quién, el que a la hora de rematar no parece usar dos puños sino las aspas de un ventilador asesino, el único otra vez, el invencibleeeeeee Kid Pambeleeeeeeeeeeee.

Ayola suponía que la egolatría de Cervantes empezaría a resquebrajarse cuando se sintiera desconocido en Cuba. Allá, además, no pensaría en fugarse del hospital, porque no tendría adónde ir. Esto último era especialmente importante si se tenía en cuenta que en 1987 se había escapado de Hogares Crea, la finca de rehabilitación adonde lo internaron gracias a una campaña del periodista Fabio Poveda Márquez.

Frente al aspecto cadavérico que ofrecía Pambelé en su catre del Hospital San Pablo, resultaba inevitable preguntarse cómo se produjo su caída desde la cúspide hasta el fondo del barranco. Nacido y criado en el naufragio, no supo qué hacer en tierra firme, cuando los vientos empezaron a ser favorables. Se enloqueció con el oro, se intoxicó con el vino. Tocado de pronto por la varita de los dioses, olvidó que estaba marcado a hierro vivo por la desgracia. Siguió lanzando golpes a diestra y siniestra, sin darse cuenta de que no ganaba en el ring para salvarse sino para tallar su propia derrota.

Las drogas y el licor le arrebataron la fuerza, la disciplina y la corona de campeón. Lo llevaron a humillar y a destrozar a su familia. Después le aniquilaron la vergüenza. Lo sometieron al escarnio público como sinónimo del bruto que destruye con la cabeza el imperio que edificó con los puños. Los colombianos, que antes lo veneraban, lo volvieron blanco de burlas. “¿En qué se parecen Pambelé y los dinosaurios?”, preguntaban. “En que fueron grandes en el pasado pero hoy no existen”. Convertido ya en hazmerreír, pusieron en boca suya la frase “es mejor ser rico que pobre”, incluida con frecuencia en las antologías nacionales de la estupidez. Como si esa declaración tan sensata, en medio de tantas tonterías que se repiten con énfasis en este país, no fuera casi una sentencia filosófica.

El promotor boxístico Nelson Aquiles Arrieta, quien descubrió a Pambelé cuando era un vendedor de cigarrillos de contrabando en Cartagena, asegura haberlo visto en su esquina, durante una de sus últimas peleas, haciendo trampa para reanimarse y poder aguantar el siguiente round. “Sergio Álvarez lo había golpeado muy duro y Pambelé estaba atravesando un sofoco. Entonces aplicó la jugadita de un cantante vallenato que no te voy a nombrar: sacó un pañuelito con coca y se pegó un pase delante de todo el mundo. Eso se vio hasta en la Patagonia. Cuando sonó la campana salió hecho una fiera y le dio un concierto de boxeo a Álvarez”.

Al final del combate, según Arrieta, Pambelé le reclamó al empresario el botín convenido: una camioneta y un kilo de cocaína. Poco tiempo después, cuando se apartó del boxeo, su situación empeoró. Las cuentas bancarias se fueron consumiendo en una vorágine de candela y desenfreno. Lo que se le iba por el bolsillo izquierdo no regresaba jamás por el derecho. Muy pronto quedó arruinado. Pasó de brindar whisky sello negro a mendigar sobras de cerveza en bares de mala muerte, del avión al bus cebollero, de los zapatos Corona a las chancletas de plástico, de los manteles presidenciales a los andenes, de la cocaína al bazuco, de las cantantes de moda a las puticas de cuchitril, de las primeras planas a las páginas judiciales. El capital que derrochó, según cálculos del periodista Eugenio Baena, fue superior al millón y medio de dólares.

Los amigos del éxito – comparables con esos insectos que se emborrachan dando vueltas alrededor de las lámparas – partieron cuando sintieron la oscuridad del fracaso. Necesitaban un nuevo campeón para la foto. Llegaron entonces los perdedores, envueltos en una humareda terrible. Libre de los compromisos del gimnasio, de la dictadura de la dieta, Pambelé se tiró al desastre. De repente, parecía haber adquirido el don de la ubicuidad. Un día lo expulsaban de un bar de Manizales por bailar desnudo sobre la barra y, cuando todavía no nos habíamos repuesto de la sorpresa, aparecía en Pasto con el rostro ensangrentado por negarse a pagarle a un taxista. En un restaurante de Cartagena le vaciaron una olla de sopa hirviente en el pecho y en el aeropuerto de Bogotá le rompieron la frente con una tranca. En Barranquilla le pegaron con un tacón puntilla por limpiarse las manos en el vestido de un maniquí. En Cali un ganadero le ofreció un mazo de billetes con tal de que se fuera rápido de la Plaza de Toros. Se volvió inquilino asiduo de calabozos y hospitales. Lo vieron sin dientes en Armenia y sin zapatos en Tunja. Lo vieron y lo vieron y lo vieron y lo vieron. Estaba en todas partes pero no estaba en ninguna. En Colombia todo el mundo, grande o chico, gordo o flaco, alguna vez se había tropezado a Pambelé armando escándalos. Llegó un momento, incluso, en que lo veían aunque no lo vieran. Fantasma de sí mismo, un día fue dado por muerto en Radio Sucesos RCN. Cuando reapareció indignado por la noticia, hubo gente que no le creyó que, en efecto, seguía vivo.

***

Que siguiera vivo, después de todo, era un milagro. Eso pensaba el siquiatra Christian Ayola mientras buscaba en su agenda el número telefónico de Hernando Múnera Cavadía, el director de Coldeportes en Bolívar, para plantearle la idea de trasladar a Pambelé a Cuba. En este país violento – cavilaba — habían matado a mucha gente por desmanes menos graves que los suyos. Los ofendidos lo perdonaban quizá por su pasado glorioso. O porque entendían que era una pobre criatura aplastada por una enfermedad superior a sus fuerzas. O porque sabían que cuando estaba sobrio era un caballero intachable. A Ayola le gustaba la forma en que Juan Gossain definía a Pambelé: “el coloso que decidió ponerle dinamita a su propia estatua”.

En esas andaba cuando lo llamaron por teléfono para contarle que Andrés Pastrana se encontraba en el Hospital San Pablo tomándose fotos con Pambelé y conversando con él en medio de la turba de reporteros. Suspiró con resignación y se reafirmó en su idea de que a Pambelé había que sacarlo de Colombia.

Al día siguiente, cuando abrió el periódico, lo primero que vio fue la enorme foto de la visita, bajo el título “Pambelé adhiere a Pastrana”.

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Día del periodista


“Sé que futuro y memoria se vengarán algún día”

Francisco Paco Urondo, periodista, poeta y militante.


PAPEL PRENSA, LA VERDADERA HISTORIA. VER LA NOTA DE  TIEMPO ARGENTINO

¿Periodismo puro?


Por Juan Alonso

La semana pasada, el dueño de Editorial Perfil, Jorge Fontevecchia, premió a un grupo de periodistas con el pomposo título “Libertad de Expresión”.

Me resultó curioso ver en la fotografía a Víctor Hugo Morales junto a Joaquín Molares Solá, y en el centro de ellos, posando, al ex presidente Fernando de la Rúa: el mismo que huyó como rata por tirante en un helicóptero de la Casa Rosada, mientras en la Plaza de Mayo veíamos cómo la Policía Federal mataba a balazos a los argentinos de a pie.

De la Rúa, ése mismo, era vilipendiado en la revista Noticias cada semana.  Fontevecchia se encargó de esmerilar la figura maltrecha del ex presidente de la mano de la fétida saga de sus hijos buenos para nada.

Yo la viví y no me la puedan contar: seamos buenos entre nosotros.

Por eso, muchachos, siempre creí que ambos Morales no tienen nada que ver entre sí. Pero el texto de Perfil los equipara con tono de te con masitas en Las Violetas. Hasta me da risa y tarareo un temita de Fidel Nadal…

Mientras el genuflexo de Morales Solá fue y es un escriba pagado por la patria financiera de las multinacionales, al servicio del monopolio Clarín y la oligarquía terrateniente de los Martínez de Hoz –incluso en la peor dictadura de 1976 que mató a miles de compatriotas-; Víctor Hugo se caracterizó por ser un periodista íntegro con una conducta que es un ejemplo para todos los jóvenes que sueñan con ejercer este oficio maravilloso.

A Víctor Hugo lo vi de pie comiendo un choripán con tinto, apoyando a los trabajadores despedidos de El Gráfico un sábado bien frío. Podría irse a Madrid ese día, pero eligió estar ahí solito y sin cara de asquito.

Morales Solá mastica en la Sociedad Rural y en la embajada de Estados Unidos con el jesuita Bergoglio.

En el mismo ágape también aparece Horacio Verbitsky, premiando a una bloguera cubana. Todo en un tono de sana convivencia democrática, pretende informar Perfil.

Se sabe que la derecha te manda a fusilar pero antes te da un vasito de agua para que te quites la sed. Y hasta te toma una foto para el archivo, ¿viste?

Lindo chiste democrático este de Fontevecchia.

El dueño de Perfil es desde hace años el cerebro comunicacional de la derecha más reaccionaria revestida de traje liberal y pseudo-pensante. Todo un farsante cuya motivación es la acumulación fenicia de dinero con un velo de humanidad estilo Harvard que sólo se creen los idiotas útiles que trabajan para él, diciéndole todo que sí siempre, incluso cuando hace una larga lista de despidos de trabajadores y saluda “hasta pronto” en la contratapa. Irresponsable.

El mismo medio que investigó la AFIP en la gestión de La Alianza porque tenía a cientos de trabajadores en negro. Incluido al que escribe esto con pasión y memoria.

En el dominical Perfil (no es un diario eso ni nunca lo será) no existe una sola nota que valga la pena leer. A este paso, la canalla macrista tiene para sí a un nuevo valuarte de valores reaccionarios. Don Pepe Eliaschev que se probó hace mucho el traje de gorila y le sienta a la perfección, nunca entendió un pomo y sigue sin entender nada: sueña con la blancura alfonsinista del ’83, pero el líder está muerto y el tercer movimiento histórico no llegó ni siquiera a Viedma.

Una pena Pepe. Ya fue.

El llanto de Eliaschev cansa tanto como la sanata moralista de Nelson Castro y su evaluación quirúrgica del masivo y genuino festejo del Bicentenario de la Patria. Seis millones de personas no se movilizan porque tienen transporte gratis, Castro, los argentinos salimos a festejar un país mejor que logramos construir entre todos después de los sucesos criminales de 2001 con De la Rúa y Domingo Felipe Cavallo a la cabeza –otro amigo de Fontevecchia- que lo ponía en tapa para que dijera gigantes pelotudeces que ni siquiera se le ocurrirían a la actriz que nunca actuó porque no sabe decir mamá con enjundia, Mirtha Legrand de Tinayre.

Fontevecchia, el editor responsable que cometió la salvajada de comparar a Néstor Kirchner con Hitler en una tapa de Noticias, escribe: “El Premio Nacional fue compartido entre Víctor Hugo Morales y Joaquín Morales Solá. La coincidencia de que ambos tengan el mismo apellido (disimulado por dos nombres en un caso y por dos apellidos en el otro) me recordó que Juan Eduardo Tesone –en su libro En las huellas del nombre propio– escribió que antiguamente todos los nombres tenían un origen significativo y se le atribuía al nombre un inmenso poder psíquico sobre el destino de la persona porque tenía una función de mensaje para su propio portador. Si así fuera, estos dos Morales cumplieron el signo pragmático de su apellido en el ejercicio del periodismo”.

Si no fuese verdad, diría que es una broma de pésimo gusto.

International Love, chichipios de la pc.

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