Dani El Rojo: “Lo más difícil es ser un hombre bueno”


Por  Juan Alonso

Foto: Mariano Espinosa

Voy al encuentro de un ex hampón a la hora del desayuno. Daniel Rojo Bonilla, 52 años, famoso gánster de Barcelona, dejó de picarse cocaína y heroína en las venas hace años y es un escritor consagrado de novelas criminales, donde desgrana la imprudente vida de los errantes que buscan adrenalina al caer por el vacío. Es toda una mañana para zombis y leones que mastican ensaladas. Apurados por el ritmo de los semáforos y el alma medio apretada entre los bolsillos, hay miradas de pánico contenidas por la arena del reloj. Chicas que viajan con las manos en el teléfono celular, apretando teclas en procesión neurótica. Hasta el boletero del subte tiene rostro pálido y ojeras de haber estado la noche anterior en una mesa de black jack.
La noticia fantástica de la jornada es una ballena perdida en el río. En este clima húmedo y algo frío no se divisan aviones. La marea de oficinistas, estudiantes de uniforme, docentes, abogados y cuervos de distinto pico deambula con la carga de los carteros. No hablan de cometas en roce con la Luna. Tampoco de mafiosos de película tan reales como el precio de los lavarropas. Ladrones y ladronzuelos de estilo variopinto y profesión, pasan por el vagón del tren con el tenue fulgor de los sobrevivientes.
Y es extraño que un experto ladrón de bancos, que estuvo preso la mitad de su vida por atracador famoso por su nivel de arrojo y perfeccionismo –podría ser el protagonista más creíble de un guión de Nic Pizzolatto, autor de la serie True Detective-, reciba a estas horas en un hotel de Buenos Aires. “Soy un insomne, yo no duermo, apenas si me acuesto cuatro horas y tomo un inductor del sueño”, dice Dani El Rojo desde su metro noventa. Se llama así porque se considera un anarquista un tanto aburguesado por la modernidad, que tomó su apodo del ideólogo del Mayo Francés, Daniel Cohn-Bendit, a quien por cierto, asegura haber conocido en una piscina.
El lugar donde se aloja “El Millonario” (mote que le colgó la policía) está rodeado de comercios que venden instrumentos musicales. Hay guitarras Gibson a la vista y jóvenes de ojos brillantes en las vidrieras, fraseando pentagramas, obnubilados.
Allí donde los sueños no terminan de morirse, nace la esperanza de este Rojo del ’62, con su cerebro rugiendo, repleto del combustible sello Patti Smith, inmerso en una felicidad fervorosa, que si no fuera nombrada por su elocuencia de gran timador, sería el suicidio de la razón.
“Lo más difícil es ser un hombre bueno, porque malo es cualquiera. Dadle una pistola a un hombre y robará un banco, dadle un revólver a un banco y acabará con la humanidad entera” (se ríe).
“Yo no robaba ni a empleados ni a clientes. Por eso les decía que se quedaran quietecillos, que nadie les tocaría un pelo. Además, el seguro les pagaba a los bancos, no había que hacerse demasiado rollo. Nadie les llevaría sus relojes ni las billeteras con las fotos de sus hijos. Eso no lo hacía yo. Alguna vez tuve problemas con alguno de mis compañeros porque pensaba que la sensación de pánico era la mejor forma de hacer un atraco ya que paraliza a las víctimas y no deja lugar a una respuesta. No era mi opinión: si tú incitas a un hombre valiente, no retrocederá con gritos y estarás obligado a dispararle. Fíjate que los juicios que me han hecho por 150 atracos a bancos imputados nunca nadie me acusó de haberle maltratado. Los testigos declaraban a favor mío y hasta decían que era un joven educado. En mi foja de delincuente no hay un solo delito de sangre, cosa que me enorgullece. Eso no significa que sea Cristo”, aclara El Rojo.
Dani agita con sus manos de jugador de básquet y sus ojos dan vueltas como apretando el obturador de una cámara imaginaria que captura la mente de los espectadores de su discurso.

–¿La idea era vivir para contarlo?
–Mira, todos los personajes de mis libros fueron tipos como yo. Buscaron vivir tan rápido que la mayoría de ellos terminó muerto. Fueron delincuentes, adictos a las drogas y al alcohol. De mis amigos, la mayoría ha muerto, son 145. Pero les debo respeto. Entonces, en mis libros no están sus nombres reales ni las situaciones tal como sucedieron. Se me ocurren hechos graciosos, desopilantes, porque no todo en la vida tiene que ser un drama. Por ejemplo, mi personaje Hugo El Tiburón mata a un tipo y lo deja a un costado del camino, pero al atropellar a un perro, lo carga en el auto y siente culpa. ¿Por qué lo conté así? Esas cosas suceden.
–¿Te sentís un escritor?
–No, que va, soy un atracador  que narra. Soy un narrador y soy un hombre feliz. Mi mensaje no es una apología de las drogas y del delito. Tengo una mujer que me ama, Eva, y dos mellizos de seis años (una niña y un niño) que son la luz de mis días. Me alegra despertar y poder gozar la alegría con ellos.

Tengo HIV por el consumo de drogas duras por las venas y no me daban ni un mes de vida, pero aquí me tienes lleno de ganas de hablar con contigo y contento de estar en la Argentina, donde tengo tantos amigos adorables como Messi y Calamaro (ver recuadro). Me recuperé de un cáncer fulminante de hígado, aunque si me invitas un trago de whisky añejado de 30 años te acepto la copa.
–¿Cuál es la situación más peligrosa que viviste?
–Pasé por muchas, principalmente en la cárcel. Porque la primera vez que entré después de robar con unos amigos el primer banco a los 16 años, resistí la tortura y no entregué a nadie. Dos de mis cómplices eran pequeñitos y se hicieron pasar por clientes del banco. Iban vestidos de mujer. Entramos con pistolas de fogueo. Al distraerse los guardias, estos chicos les tomaron las armas reales. Con los 38 en las manos comenzó el verdadero atraco. Llegué al penal con una cadena de oro en el cuello. Me pusieron en una celda con otros dos jóvenes y en mitad de la noche nos quisieron robar unos presos con la cabeza tapada con pasamontañas, hechos con las mangas del jersey. Entonces yo, que estaba en la cama de arriba, le caí a uno y de un solo puñetazo lo arrojé del primer piso.  Hice lo mismo con los otros. En ese momento me llevaron los guardias y me dieron una paliza de la hostia. Golpes en el hígado, el estómago, la cara, bolsa en la cabeza, que viene y que va. Lo que pasaba era que no sabía que había que estar con las manos detrás y no dirigirle la palabra a “la autoridad”, que eran estos guardias instruidos en el franquismo.
Así que después de pasar más de un día en esas condiciones, me llevaron de nuevo al pabellón donde estaban los que me habían querido robar. Y si tú vienes a robarme, te advierto que eres mi enemigo declarado. Pero estos tíos me pidieron disculpas, me dijeron que no sabían quién era, que me conocían como El Millonario en Barcelona, porque les vaciaba la venta de drogas y dejaba a los yonquis con poco. Me cargaba hasta el último papelillo que tenía el dealer.  Imagínate que siempre iba armado. Compraba a por las buenas o malas.
–¿Cómo empezaste a robar?
–Por la cantidad de drogas que consumía. Me llegué a inyectar 12 gramos de cocaína y otros tantos de heroína por vena. Comencé robándole pequeñas cantidades de dinero a mi padre. Me acuerdo de que había salido el billete de 5000 pesetas, le sacaba uno todos los días y esperaba la reacción, pero él no me demostraba nada. No teníamos una buena relación. Y es de comprenderlo porque no era un joven fácil. Fui rockero y drogadicto. Por esos primeros años, a los 13 o 14, conocí a “Loquillo”, el cantante José María Saenz Beltrán, que incluso pasaba los veranos con nosotros. Éramos fanáticos de los Rolling Stones, de Lou Reed, de todas las bandas británicas y norteamericanas. España vivía una agitación política y cultural impresionante que creció después de la muerte de Franco en 1975. Esa fue mi juventud de estados alterados, muchos atracos, drogas, amigos y putas. Con el correr del tiempo tomamos caminos distintos con Loquillo, él se dedicó a la música y yo me hice atracador.
–¿Cómo fueron los primeros robos?
–Pues donde existiera el sonido de una caja registradora, allí estaba yo. Era capaz de realizar varios atracos en un solo día. Andaba en una moto Vespa y con la sola presencia me bastaba. Mi padre me echó de casa a los 15. Y para mí lo importante es la convicción, no la violencia. Los primeros objetivos, digamos, fueron farmacias y almacenes.
–¿Qué querías ser?
–Quería ser como mis ídolos musicales. Como David Bowie, los Stones, todos ellos hablaban de drogas en sus canciones, y como siempre fui un impertinente, seguí el camino más corto y sobreviví para poder contarlo. Lo quería todo y el mundo me pertenecía. Así que hice muchos méritos para estar muerto. Me gustaban el hachís, la marihuana, la heroína y la cocaína, y no pude parar más de picarme durante 35 años. “El mono”, el viaje aquel dirían ustedes aquí, me duró 35 años. Me la pasé toda una vida robando y drogándome. Llegué a realizar unos 500 atracos en mi historia de delincuente. Pero siempre respetando los códigos.
–¿Hay una moral del delito?
–Claro que sí. En mi banda éramos hermanos. No importaban las edades y los roles. ¿Sabes que lo sucede? Cuando te juegas la vida con tu amigo no hay nada que pueda romper ese lazo. Lo compartíamos todo. La comida, los robos, los autos, el dinero, la fiesta. Claro que hay códigos y son fuertes.

El Rojo tiene calor con el saco puesto. Salimos a fumar a la vereda del hotel. A Dani le fascina Buenos Aires. Pita su tabaco y piensa. “No puedo negar que soy un hombre feliz”, murmura.

–¿Y si te digo que eres feliz porque nunca dejaste de robar y esto no es un trabajo para vos?
–Lo tomo como un piropo (sonríe). Soy un atracador que se dedica a narrar. Los músicos me adoran. Messi es un encanto. ¿Qué más puedo pedir? Esta vida es preciosa, tío. «

Películas

En su nueva versión como actor, Daniel El Rojo actuó en dos películas. Una de ellas, Anacleto, se estrenará en España el 4 de septiembre. Allí hace de un agente secreto. Su último rol es el de un mafioso consumado, “un hombre malo como el que fui”, cuenta Rojo. Se trata de Secuestro, “un thriller muy negro”, se ríe el ex ladrón.

Amigo de Calamaro

Como todo hombre, Daniel Rojo tuvo que reinventarse para sobrevivir. Luego de estar preso por última vez desde 1991 hasta 2000, y tras la muerte de su hermano mayor, Dani llamó a su antiguo amigo del rock, Loquillo, para pedirle trabajo. Así conoció el mundo del espectáculo desde los escenarios y la intimidad de los artistas. Fue manager y encargado de seguridad de Enrique Bunbury y Andrés Calamaro, de quien se considera “un amigo leal y sincero”. El lazo con Calamaro lo llevó a conocer a Lionel Messi. “Trabajé con él y lo quiero mucho, es un ser adorable”, cuenta.

leyendadeltiempo.wordpress.com

Nota publicada el 10 de agosto de 2015 en el diario Tiempo Argentino

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Cómo es sobrevivir en La Tablada, el barrio más peligroso de la Argentina


En diez meses fueron asesinados 16 jóvenes por la guerra entre bandas que se disputan el negocio de la cocaína

Está ubicado en el sur de Rosario y tiene casi una víctima por esquina. Dos familias controlan el mercado de la droga y la policía se declara impotente. Usan a niños armados como sicarios a sueldo. El terror se respira en apenas 20 cuadras.

Por Gastón Rodríguez (Enviado especial a Rosario)

Los hábitos del miedo aparecen de día y también en la noche. Los vecinos de La Tablada, el barrio al sur de Rosario que logró con su estadística de muerte ser la zona más peligrosa del país, cuentan que ya no salen a hacer las compras temprano para evitar a los amanecidos que, envalentonados por el abuso de drogas y alcohol, son capaces de asesinar a cualquiera que cruce con ellos una mirada. Se vuelve rutina de supervivencia ganar la calle durante la siesta, agachar la cabeza y apurar el paso.

El sueño de las madres, como el de los perros, es liviano. Ellas mismas explican que la vida en estado de amenaza constante les entrena el oído y las obliga a dormir salteado, pero ni así se acostumbran al estruendo de las detonaciones en la madrugada y con cada nuevo disparo saltan de la cama y corren espantadas hacía la esquina para ver si esta vez la bala alcanzó a un hijo. Para no perder tiempo, las mujeres se acuestan con las zapatillas puestas.

EN CADA ESQUINA. Vista desde arriba, La Tablada imita un rectángulo: 20 cuadras por otras diez, enmarcadas por el bulevar Seguí, la calle Ayacucho, el río y los edificios del FONAVI, un asentamiento del Gran Rosario que también cobró cierto prestigio criminal por ser la cuna del barra histórico de Newell’s, Roberto “Pimpi” Caminos, asesinado a balazos en marzo de 2010 cuando amontonaba botellas vacías en la mesa de un bar con amigos.

A diferencia de lo que puede imaginarse en Buenos Aires, La Tablada no es una villa miseria; tampoco un complejo de monoblocks; el peligro habita en calles asfaltadas (con los cordones puntualmente coloreados de Central o NOB según la simpatía de quien se impuso) y en casas bajas de material. Sólo en algunos rincones del barrio asoman las entradas a los pasillos donde el chaperío y el barro están a la vista, pero a nadie se le ocurre pavimentarlos porque son las vías de escape perfectas frente a la persecución policial. Una vez adentro, la red de pasadizos, que incluso llega a comunicar con otras barriadas, se vuelve infranqueable para los foráneos.

En esa geografía escasa, sólo en los diez primeros meses del año fueron ejecutadas 16 personas. El número impresiona más si se piensa que casi en cada esquina de las 20 que tiene el barrio a lo largo hubo un muerto. El promedio de edad de las víctimas no superó los 23 años y, salvo un caso, fueron todos varones: Triana Jazmín tenía apenas cuatro (ver recuadro). La otra excepción es el crimen de Diego Leandro Montenegro, un cadete de farmacia de 25 años que el 7 de septiembre recibió un puntazo fatal a la altura del pecho. Fue el único asesinato cometido durante un intento de robo. El resto, una tragedia en continuado por el negocio de la droga.

Alejandro Fabián Dermiño perdió el control de la moto que conducía con el primer impacto. Los dos balazos restantes solo agravaron su estado. Dermiño tenía 15 años y murió en los primeros minutos del 1º de enero, convirtiéndose en la primera víctima del año.  Los matadores gritaron su nombre antes de disparar. Lo estaban buscando por ser el hijo de una reconocida “tranza” que también estuvo imputada por un crimen.

Era abril y en la esquina de la Avenida Grandoli al 3800, dos jóvenes, cada uno a bordo de una moto, esperaron a que llegase Domingo Alejandro Ribles, de 32, para fusilarlo de un tiro en el pecho. La policía concluyó que fue un ajuste de cuentas narco.

Para todos en La Tablada, Daniel Ernesto Alcaraz era “Caballo”. Tenía 24 años y vivió hasta el 10 de mayo. Esa mañana estaba sentado en la vereda de la casa de sus suegros, en bulevar Seguí 33, ocupado en cebar mate y no vio venir a tres hombres encapuchados que vaciaron sobre él los cargadores de sus pistolas calibre 9 milímetros. A Caballo le acertaron 12 veces –una en la cabeza– pero recién murió en el hospital Roque Sáenz Peña un rato después. La descendencia le había estropeado la suerte.

ORÍGEN Y APOGEO. La Tablada se desangra por un enfrentamiento histórico entre dos clanes: Los Alcaraz y los Benavente. Esa rivalidad, que se explica en la disputa territorial para la venta de droga, partió al barrio en dos. De un lado, “Los del Tanque”,  apodados así por el depósito de agua ubicado en Grandoli y Quintana y referenciados en la familia Benavente, y en otro, “Los del Puente”, fieles al apellido Alcaraz y amontonados en el viaducto de Seguí y Cepeda.

La tensión entre ambos grupos se dirimió a tiros en las primeras horas del 9 de septiembre de 2009. Jesús Benavente, de 23 años, fue alcanzado en pasaje Becquer al 500 bis por siete plomos que, aunque no lo mataron, lo postraron para el resto de su vida. Casi en simultáneo, y a pocos metros, Joel Alcaraz no pudo esquivar la ráfaga de balas. Tenía 19 años. Por esa muerte fueron detenidos Guillermo y Gustavo Benavente, hermanos de Jesús, pero en poco tiempo recibieron la falta de mérito y recuperaron la libertad. Para Gustavo la decisión del juez resultó fatal: la noche del 25 de septiembre de 2011, mientras caminaba a la altura de Grandoli al 3900, dos hombres a bordo de una moto lo acribillaron sin mediar palabras. Por el hecho fueron apresados como sospechosos Caballo Alcaraz y su hermano Sergio, alias “Checho” y actual mandamás del clan, pero la justicia no pudo probarles el crimen.

Aún hoy, pese a las bajas de cada bando, la tregua esta lejos y lo único que cuenta es la aniquilación total del enemigo.

“A cualquier hora se ve a los pibes que pasan en las motos con las armas a la vista, yendo a matar a cualquiera porque se lo pidieron. Lo hacen con tanta naturalidad que parece que fueran a comprar el pan”, cuenta Mariana, que acaba de inventarse el nombre por protección. Hace 17 años que Mariana vive en La Tablada –pero mucho menos que lo sufre– y conoce a todos en el barrio, y eso, dice, le trae más de un problema.

“No se puede salir a la calle porque si vas caminando y te saluda un vecino, capaz que te ve alguien que pertenece a la banda contraria y entonces piensa que vos sos ‘satelite’ del otro ‘famoso’. Por eso sólo ya te pueden matar”, advierte.

Mariana habla con los códigos del barrio. Ser satélite, enseña luego, es ser un informante encubierto o, más claro, un “lleva y trae”. En Tablada, la fama no es puro cuento. Para los chicos, huérfanos de todo amparo, ser reclutado por una banda les regala el sueño de escalar en el organigrama de la corporación criminal y ser, al fin, un famoso, que es el cartel que solo se le dedica a los jefes o grandes dealers de la droga. En esa carrera por ganar fama, los benjamines del delito matan y roban, y casi siempre mueren.

“Un chico que no va a la escuela, que no trabaja, que no es libre de jugar en la cuadra de su casa sin escuchar un tiro, adquiere un sentido de pertenencia sólo integrando una banda criminal. Los reclutadores les dicen que los van a proteger, que van a ganar plata y encima les dan un arma, entonces el pibe se siente poderoso y sale a comerse el mundo. Lo que no les explican es que ellos son la mano de obra descartable, o mejor dicho, sacrificable”,  afirma Carlos Varela, un abogado penalista con experiencia de campo. “A todos los pesados de ahí los defendí yo”, justifica sincero.

El ejemplo de “Catito” es brutal. Con apenas 12 años ya contagiaba de pánico a todos los vecinos de Tablada a puro tiro. Hoy, con 14, es un hampón veterano que renueva novias y motos con la frecuencia de un patrón colombiano.

VIOLENCIA EXTREMA. El problema macro estalla con la instalación de las cocinas de droga en Rosario, unos ocho años atrás. La rentabilidad extraordinaria que genera la elaboración de cocaína (algunos cálculos señalan que por cada millón invertido se recuperan otros 13) produjo la migración de los violentos (por ejemplo, ladrones que asaltaban blindados y bancos) al manejo de los estupefaciente. El desembarco causó un desmadre entre los que querían apoderarse del negocio y los que pretendían extender la exclusividad. La jerarquía, entonces, debió ejercerse a fuego. Los grandes cárteles impusieron sus reglas y todavía se intenta una convivencia que solo se interrumpe por desacoples en las capas medias: la mayoría de los crímenes se cometen por una invasión del territorio ajeno. La conclusión es que a más organización, menos muertes.

En la Tablada se comercializa cocaína de baja a mediana calidad y marihuana. El paco todavía no ingresó por el pragmatismo de los propios narcos: un cliente que llega al barrio a comprar cocaína les asegura en promedio una venta de 150 pesos. Si viniera a buscar paco gastaría apenas diez.

Las ganancias de la droga las administran Milton Cesar, apuntado por todos como el jefe de “Los del Tanque” y “Checho” Alcaraz, líder de “Los del Puente”. De los dos, el más temido y odiado es Checho por sus métodos impiadosos. Por eso nunca anda solo. Lo sigue de cerca un séquito de diez soldados armados con gruesos calibres y vestidos con chalecos antibalas. A él también le llegó el rumor de que su cabeza tiene precio y que Milton prometió pagar los 70 mil pesos al contado.

En este contexto de violencia extrema se sobrevive en La Tablada. Los homicidios ocurren a plena luz del día, y los asesinos, por lo general sicarios prematuros, son vistos por no pocos testigos, pero ninguno se anima a declarar ante la policía o un fiscal por la casi segura represalia. El miedo anula la justicia y los casos son atroces: un padre sabe quién ejecutó a uno de sus hijos pero es incapaz de apuntarlo por temor a lo que pudiera sucederle al resto de la familia. Una mujer tuvo una bala alojada en su muñeca durante dos meses por la imprudencia de ir a buscar a su hija menor al colegio. Ya todos aprendieron la lección y después de una muerte resonante que promete venganza nadie manda a los chicos a la escuela. A veces pasa que las aulas están vacías una semana. O dos.

La comisaría 16, con jurisdicción en la zona, no disimula la parálisis. Un alto jefe policial reconoció ante Tiempo Argentino que  “al no haber una decisión política para terminar con la droga en el barrio, nosotros los dejamos trabajar. No los molestamos”.

“Como es un delito federal –explica la fuente– nosotros tenemos que pasar la información que manejamos a Drogas Peligrosas y ellos después deciden si actúan o no. Si yo rompo las bolas, y le allano un bunker, en tres días me hacen echar porque me matan a las viejas que esperan el colectivo y yo tengo un problema bárbaro, ¿te das cuenta lo crudo que es?”.

En La Tablada, todos se refieren a los puntos de expendio de droga como búnkeres. A nadie se le ocurriría, como es habitual en otros lados, decirles kioscos. Los vecinos son precisos porque en los kioscos, aclaran, se venden caramelos.  «

La muerte que más lloran los vecinos

Claudio Tomás Colli fue asesinado hace poco más de un año, cuando pretendía salir de La Tablada para festejar  el Día de la Primavera en la zona conocida como La Florida. Su verdugo lo sorprendió arriba del colectivo 143 y lo fusiló de un disparo en el corazón. Tenía 17 años y le decían “Caio”.

Cristina Carrizo sabe que a su hijo lo mató Nahuel Ojeda –hoy prófugo de la justicia–, un joven que creció junto a Caio hasta que las divisiones en el barrio los enfrentaron. Por eso no le resultó indiferente el crimen de Leandro Ojeda, hermano mayor de Nahuel, alcanzado por tres tiros el 14 de octubre cuando circulaba en su moto por Ayacucho al 4800. La víctima viajaba con la hija de su pareja. Se llamaba Triana Jazmín Racosky y la mató una bala que no iba dirigida a ella. Tenía apenas cuatro años y es la muerte que más llora La Tablada.

“Es más fácil decir que a la chiquita y al padrastro los mataron para vengarse de mi hijo que investigar todo el tema de drogas que hay detrás. Pero al hablar de un ajuste de cuentas lo único que logran es que los chicos se tengan más bronca y se terminen matando entre ellos. Si no sos soldadito, no servís”, se queja la madre de Colli.

Los militantes del m26

El trabajo, aunque no lo digan, es de riesgo. Pero los militantes del Movimiento 26 de Junio, una de las organizaciones barriales del Frente Popular Darío Santillán de Rosario, entienden que sólo se puede construir desde las bases, aunque eso incluya mantener abierto un local sobre la calle Convención de La Tablada, justo en el centro de la zona más conflictiva.

“Estamos a tres cuadras del Puente de Seguí y a dos de Quintana, donde está el Tanque, y entonces viene gente de los dos bandos. Pero eso no es un problema porque lo que nosotros hacemos es crear una identidad alternativa a lo que ofrece el barrio y su estructura narco”, explica Mauro, que con apenas 30 años es de los más experimentados en la organización.

“Lo más triste –agrega- es el desamparo y eso genera impunidad.”

Nota publica en el diario Tiempo Argentino el 25 de noviembre de 2012
leyendadeltiempo.wordpress.com

“Tengo miedo de que me maten, mis enemigos son capaces de todo”


Por primera vez, Henry de Jesús López Londoño, alias “Mi Sangre”, habla con un medio periodístico desde la cárcel de Ezeiza.

Está preso por una orden de captura de un juzgado de Estados Unidos, que lo acusa de traficar cocaína. “Soy un perseguido político, hace siete años que sufro hostigamiento y me quieren hacer callar”, se defiende.

Por Gastón  Rodríguez

Aún hoy, preso en el Complejo Penitenciario Federal 1 de Ezeiza, Henry de Jesús López Londoño –41 años, nacido en Medellín, apuntado por la Policía Nacional de Colombia como uno de los narco criminales vivos más temerarios– no renuncia a su acto íntimo de cristiano convencido.
Desnudo, abre el grifo y se ocupa de que el agua sólo bañe las manos entrelazadas, en claro mensaje a la Santa Trinidad, que pagará puntual la reverencia dejando caer sobre el resto del cuerpo seco el mantón blanco de la Virgen y la sangre de Jesucristo. Ya bendecido, el fiel pedirá a las ánimas del purgatorio protección y guía porque los muertos, explica, no están menos atentos que los vivos. Sólo después meterá la cabeza bajo la ducha, insistirá tres veces con el gesto ritual de persignarse y tragará como un poseso toda el agua que su sed eucarística le permita.
Así y no de otra forma, López Londoño se lava el alma, o eso es lo que él cree, y que a fin de cuentas es lo mismo.

–¿Por qué tanta devoción?
–Porque llevo a Dios en mi espíritu. No apoyo un pie en el suelo sin orar, por eso lo hago cuando recién me despierto, acostado en la cama. Y siempre doy las gracias después de cada comida. Sé que puede generar alguna incomodidad en los demás, pero no me importa. Ni siquiera me molesta hacerlo frente a otros presos. Todos mis enemigos se han equivocado en algo: cuando hacen el inventario para ver cómo atacarme, nunca tienen en cuenta que Dios está conmigo. Puedo ser el más pecador, pero no creo que haya alguien más convencido de la existencia de Dios que yo.
–¿Incluso ahora que está detenido con posibilidad de ser extraditado y condenado por narcotráfico?
–Lo que voy a decir va con todo el respeto del mundo hacia mi esposa, pero en estos últimos siete años no he dormido en ningún lugar más tranquilo que en esta cárcel, y eso incluye mi casa.

DESMOVILIZADO. El martes 30 de octubre, López Londoño fue detenido a la salida del restaurante Fetuccine Mario, en Pilar. El operativo estuvo a cargo de la Dirección General de Operaciones de la Secretaría de Inteligencia (SI), que contó con la colaboración de la Dirección de Policía Judicial Colombiana (Dijin) y de Interpol del mismo país. Frente a los micrófonos y cámaras de la prensa, el secretario de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, sentenció: “Se capturó al narco criminal más importante del mundo.” El alias que portaba no le iba detrás a la reputación.
–¿De dónde sale “Mi Sangre”?
–Viene del primer proceso judicial en mi contra montado por la Policía Nacional de Colombia en 2005. “Mi Sangre” forma parte del amarillismo y la perversidad que buscó darle un tinte hollywoodesco (sic) a mi historia y así llamar la atención de los medios. De fondo, en mi país forma parte de nuestra jerga decirles a los familiares “vos sos mi sangre”, o “este es mi sangre”. Es lo único que se me ocurre para justificar que me hayan apodado así.
–¿Cómo hay que llamarlo entonces?
–Yo creo que no existe un sonido más agradable al oído del ser humano que escuchar el propio nombre. Pero durante mi participación en las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) utilicé el apodo de “Carlos Mario”, por estrategia y para mantener la clandestinidad. Es el único alias que realmente he tenido.

Las AUC fueron organizaciones paramilitares de extrema derecha que surgieron como respuesta a las acciones de la guerrilla. Amparadas en la misión de “limpieza”, las AUC cometieron masacres, robaron tierras, traficaron drogas a otros países y forzaron el desplazamiento de miles de colombianos. La crueldad sólo pudo realizarse con el apoyo disimulado de políticos, militares, ganaderos, empresarios, comerciantes y personas de a pie. En 1996, López Londoño se enroló en las filas de las AUC y además de la identidad, debió dejar de lado los escrúpulos: se infiltró en comunidades organizadas con el objetivo de formar nuevos cuadros y ganarlos para la causa.
“Nosotros éramos –dice sin rencor– las amantes de la noche, a las que se las visita o se les lleva regalos a escondidas pero que al alba a nadie se le ocurre saludarlas, ni siquiera decir que se las conoce. Hicimos el trabajo sucio y para poder posicionarnos tuve que hablar y hacer cosas con mucha gente que hoy en Colombia tiene nombre y cargo. Si yo enumero una a una a todas las personas que me ayudaron, es obvio que van a tener que ir presos.”
Con las AUC fuera de control, en 2005 el entonces presidente Álvaro Uribe inició el “Proceso de Desmovilización” con el fin de someter a la justicia a los grupos narcoterroristas. La decisión política acabó con la carrera paramilitar ascendente de López Londoño.
“Dos meses después –se queja– apareció la policía en un show montado para la televisión, exhibiéndome como el jefe máximo de una organización internacional de narcotráfico. Por esa acusación estuve detenido un año. Finalmente, en 2010, fui absuelto y la propia fiscalía retiró los cargos en mi contra. Desde entonces soy un perseguido político que durante siete años sufrí el hostigamiento de parte de algunos miembros de la policía y del gobierno colombiano, que me quieren hacer callar como sea. Tengo miedo de que me maten, mis enemigos están dispuestos a todo.”
Bajo el pretexto de la persecución, López Londoño pretendió en 2008 radicarse en la Argentina junto a su familia como refugiado político, pero apenas consiguió la aprobación para su mujer y su hijo. Algunas cuentas pendientes con la justicia de su país, que jura que ya están saldadas, atentaron contra sus ganas. En diciembre de 2011, el hombre volvió a Buenos Aires para quedarse. Esa vez se aseguró el éxito con el pasaporte apócrifo que presentó en Migraciones. López Londoño había pagado para ser venezolano y llamarse José Suarez. Así se instaló en Nordelta y alquiló una chacra en Chajal para descansar los fines de semana.
Mientras, el Tribunal Federal de Primera Instancia del Distrito Sur de Florida acusaba a Mi Sangre del delito de asociación ilícita para distribuir cocaína y solicitaba ante la Cancillería argentina su detención preventiva para extraditarlo. Según las cinco carillas que envió la embajada estadounidense y a las que tuvo acceso en exclusiva Tiempo Argentino, desde octubre de 2006 hasta febrero de 2012, la “organización de López Londoño (también conocida como Los Urabeños) traficó enormes cantidades de cocaína” y “lo producido por los estupefacientes se blanqueaba al ingresar a Colombia”. El documento detalla que “al menos cuatro cargas de aproximadamente 300 kilos de cocaína cada una, se enviaron vía rutas marítimas desde el Golfo de Urabá a Panamá”.
Desde una de las aulas de la escuela que funciona en el Modulo 1 del penal, Mi Sangre ensaya su descargo.
“Las autoridades estadounidenses creyeron el montaje de la policía colombiana y lo mismo ocurrió en la Argentina, donde se construyó un espectáculo con mi captura y mi traslado. Pero yo no culpo a los agentes que me detuvieron ni tampoco al juez argentino que lo ordenó, porque los oficiales en Colombia les informaron que yo era el nuevo Pablo Escobar Gaviria y no les quedó otra que creerles el cuento.
–¿Y no lo es?
–Nunca he movido un solo gramo de cocaína en mi vida, ni dentro de mi patrimonio tengo un solo peso que tenga que ver con el narcotráfico. Por eso pido que averigüen si en mis 41 años he tenido siquiera una denuncia por lesiones personales. Te lo juro por Dios que si alguna vez hubiera puesto un kilo de cocaína en los Estados Unidos, con toda tranquilidad me iría allá y cumpliría los años de cárcel que me corresponderían. No ha habido una sola vez en la que haya evadido la responsabilidad jurídica.
–Dijeron que aquí se movía con guardaespaldas y en autos blindados
–Esa información seguro nació en Colombia. Nunca necesité de un hombre armado al lado mío porque mi mejor defensa es el anonimato. Cuando me detuvieron estaba con Matías, un remisero que contraté de chofer porque no tenía trabajo. Y el auto que teníamos, y que todavía no habíamos terminado de negociar, era un Kia Cerato. Ese día fuimos a comprar milanesas de pollo a la granja La Laurita, que está sobre la Ruta 8, y después entramos a comer al restaurante. Cuando salimos nos estaban esperando.

–¿Es el financista de Los Urabeños?
– Otro dato de los famosos “informes de inteligencia” de la policía de Colombia. Lo primero que quiero aclarar es que yo tengo una economía capaz de darle calidad de vida a mi círculo familiar primario y secundario, pero no para financiar una estructura de ese tamaño porque yo sé lo que cuesta la dinámica de la guerra.
–¿Por qué la persecución a usted y no a los otros miles de desmovilizados?
–En Colombia no todos conocen cosas tan importantes como las que puedo conocer yo. Para un congresista, por ejemplo, va a ser difícil escuchar de mi boca la relación que tenía conmigo, las cosas que hicimos juntos y cómo las hicimos. Por eso creo que la forma más práctica de sacarme de circulación ante la imposibilidad de ubicarme para asesinarme es presentarme al mundo como un narco y así extraditarme.
–¿Algún día va a contar todo lo que sabe?
–Yo tengo un gran dilema de vida y me encuentro en un círculo vicioso bastante complicado. La ley me dice que tengo que declarar pero el poder del Estado, que tendría que darme las garantías para hacerlo, me quiere asesinar; entonces, ¿qué hago? La fiscalía me dice “siéntese y declare que lo estamos esperando”, pero el aparato militar lo quiere impedir a como dé lugar.
–¿De qué vive?
–En la Argentina no había empezado ninguna actividad comercial. Seguía viviendo de lo que me giraban mis negocios en Colombia. Mi fuerte allá es la actividad ganadera y gran parte de mi vida me dediqué a la compra y venta de vehículos y a las operaciones inmobiliarias. También tengo una explotación de oro en Antioquia, aunque ahora está parada porque van a hacer una nueva represa. Una vez que reparto mis ganancias con mi familia y que ya pagué la universidad de mi hijos, me quedarán, en promedio, unos 10 mil dólares mensuales para mí.
–¿Se arrepiente de algo?
–Sí, de una sola cosa. Me arrepiento de no haber tenido los ojos para ver que el verdadero enemigo del Estado colombiano no eran las guerrillas de extrema izquierda, sino la clase oligárquica. Eran la reacción al problema.
–¿Qué piensa que va a pasar con usted?
–Tengo claro que no puedo volver a Colombia. Ni siquiera aunque cambien las autoridades. Sé lo que se me viene con el gobierno de Estados Unidos, lo difícil que va a ser como colombiano intentar dar una pelea legal allá, pero sigo aferrado a mis derechos constitucionales. Dios proveerá. Sigo pidiéndole que me deje morir en la Argentina. «

El perfil de un paramilitar

Henry de Jesús López Londoño comenzó su carrera como paramilitar dentro del Bloque Negro, bajo las órdenes del comandante Doble Cero. Allí se formó como cuadro bajo el ala protectora de “Don Berna” y rápidamente empezó a trabajar con el comandante Carlos Castaño. Es padre de cuatro varones –de los cuales tres viven en Colombia– y de una beba de meses que nació en el país, donde se instaló en diciembre de 2011 junto a su mujer. Además del pasaporte venezolano, conservaba otro entregado por las autoridades de Uruguay.

El caso

En 2009, López Londoño ingresó a la Argentina y solicitó refugio político. Fue rechazado.
En 2011 volvió al país pero con un pasaporte falso venezolano, a nombre de José Suárez.
El martes 30 de octubre fue detenido a la salida de un restaurante en Pilar.

LAS ACUSACIONES DEL GOBIERNO COLOMBIANO

El director de la Policía de Colombia, José Roberto León, vinculó a Henry de Jesús López Londoño con el cártel de Los Zetas y aseguró que mantenía alianzas con distintos grupos narcos en varios territorios.

Para el gobierno de Colombia la detención de Henry de Jesús López Londoño, alias “Mi Sangre”, es una cuestión de Estado. Así lo expresó la semana pasada, el director de la policía de ese país, general José Roberto León, en rueda de prensa. “Una serie de alianzas con narcotraficantes y temibles delincuentes permitió a López –aseveró– conocer la geografía colombiana y las distintas redes del narcotráfico.” Entre otras acusaciones contra López Londoño, el general León dijo que se trata del “máximo proveedor de cocaína del cártel mexicano de Los Zetas”.
A partir de esa información, los medios gráficos colombianos -entre ellos el diario Tiempo –publicó que “Mi Sangre” tendría varios pedidos de captura por causas en Colombia y que “su dossier judicial le podría valer hasta 40 años de cárcel”.
Siempre según esos informes que provienen de organismos nacionales de inteligencia y de la DEA estadounidense, López Londoño debería responder por decenas de crímenes cometidos por el bloque Capital de las Auc, que fue una de las estructuras sicariales más activas de los paramilitares y que después de una década continúa siendo todo un enigma para la justicia colombiana.
Entre los testigos que habrían declarado en su contra hay tres “ex paras” que dieron lugar a investigaciones penales. Ellos señalaron a “Mi Sangre” como uno de los más temibles y sanguinarios capos del Bloque Capital desde 2001 hasta su desmovilización como miembro de “Centauros”, en 2006, aprovechando que no tenía expedientes abiertos en su contra.
El diario Tiempo de Colombia, sostiene que “el bloque Capital cobraba deudas de actividades legales e ilegales, si eran superiores a los 2000 millones de pesos, a cambio de una jugosa comisión”.
Entre las versiones que serán ampliadas por las autoridades colombianas, existiría la de un alto jefe paramilitar que asegura que fue el mismo Vicente Castaño, en una reunión en Titiribí, en Antioquia, el que le asignó funciones a López Londoño en el cártel.
En el encuentro, Castaño dijo que un tal Miguel Arroyave –otro de los jefes del Bloque paramilitar- se debía concentrar en los Llanos y que “Kener” o Daniel Alejandro Serna, que fue capturado como uno de los jefes de la “oficina de Envigado”,  tenía que entregarle el poder a “Mi Sangre”. El origen de esta estructura se habría iniciado en 1999.
Ese jefe paramilitar, cuya identidad los medios colombianos omitieron “por seguridad”, aseguró que a López Londoño le dieron la tarea de manejar el tráfico de químicos para el procesamiento de coca que necesitaban en las cocinas y laboratorios de la zona de Arroyave.
Además, uno de los hombres que habría actuado con “Mi Sangre” aseguró que estuvo nueve meses en México, desde donde se encargó de la compra de armamento para el cártel y del envío de dinero del narcotráfico y extorsiones en ese país. “Todo el mundo sabía que el Capital tenía un nivel terrorífico. Usted hablaba del ‘Capital’ y la gente se asustaba”, declaró el presunto “arrepentido”.
*Nota publicada en la sección Policiales del diario Tiempo Argentino el 11 de noviembre de 2012

 

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El juez del caso Píparo rompe el silencio


Entrevista exclusiva al juez del caso Píparo, César Melazo

“Los vigilantes de los bancos no sirven para nada, ordenan la fila”

Publicado el 3 de Octubre de 2010

Por Gastón Rodríguez
Se define peronista desde los 18 años. Describe la cadena de corrupción de la policía y los funcionarios públicos. “Hoy los cabarets ya no viven de las putas sino de la venta de droga.” “Acá quieren saber si te gusta hacer pis parado o sentado.”

Es sábado pero el vigilante que abre el portón que da a la calle 8 saluda al titular del Juzgado de Garantías Nº 2 de La Plata sin el mínimo gesto de sorpresa. César Ricardo Melazo atraviesa el hall vacío del edificio del Poder Judicial –hasta su llegada sólo poblado por el policía de turno, algún empleado de maestranza y el equipo de Tiempo Argentino– e invita a subir a su despacho del tercer piso, ahí donde las tentaciones trabajan a tiempo completo. “Cuando apenas te sentás acá –arranca mientras señala su sillón– te empiezan a sondear para ver si entraste con el pie derecho o el izquierdo, si te gusta hacer pis parado o sentado, o si te gustan los hombres, las mujeres, las drogas o las putas. Algunos les alcanza con un chancho a fin de año y a otros con un auto alemán”.

–¿Hay muchos que aceptan?
–Para darte cuenta hay que mirar los ascensos en el corto plazo. El primero siempre es provisorio, pero el segundo es el más importante porque te ponen a donde les vas a servir. Es ahí cuando te convertís en un mercenario.

Melazo no maquilla las respuestas con tecnicismos o frases de manual, y aunque sea el juez del caso de Carolina Píparo, por lejos el hecho delictivo del que más se ocuparon los medios –y en consecuencia la gente y los funcionarios– subordina la corrección política a su verdad. “Te juro que no sentí presión  porque uno es el hacedor de lo que después se va a decir en los medios, y no al revés. De todas formas no es igual el caso de un NN al de uno donde el gobernador o un ministro sale a decir que los detenidos se tienen que pudrir en la cárcel, y vos después los tenés que largar porque no hay elementos en su contra.”

–¿Qué opina de la ley para prevenir las salideras bancarias que se aprobó en Diputados?
–Creo que no era necesaria. Hubiese sido suficiente con una reglamentación del Banco Central, pero acepto que fue una respuesta a la demanda social. El pueblo exigió y los legisladores le dieron, pero no es la solución.
–¿Cuál es entonces?
–Creo que llegó el momento de crear, no te digo una Secretaría de Inteligencia por el sentido que se le da acá, de persecución ideológica y política, pero sí un organismo de control de lo que no funciona. Yo no te digo perseguir a la gente que sale de prisión, pero sí controlarla. Ayudar de alguna manera a su inserción porque sino vamos a poner otra vez en la calle a un nuevo agente de violencia.
–¿No alcanza con la policía?
–Si controlás a la policía funciona mejor, porque si la dejás trabajar sola pueden pasar dos cosas: o irregularidades en el proceso que dan lugar al planteo de nulidad, que es de lo que después se agarran los abogados, o directamente coimas.
–¿La connivencia de las fuerzas de seguridad y el delito es un hecho?
–En la ciudad de La Plata hubo sospechas de participación de policías en los grandes “escruches”, es decir, cuando roban la casa de alguien con mucha plata o con los boqueteros. Ahí vos podes pensar que te liberaron la zona, pero la realidad es que en la mayoría de las veces no todas las cuadrículas funcionan, no siempre los patrulleros tienen nafta, entonces no hace falta que te liberen una zona porque ya se liberó sola. Alguien que tenga el conocimiento se aprovecha de la situación. Obviamente, también una información se puede comprar porque el “cana” vive en el mismo barrio que el delincuente, y a veces ni hace falta pagar por el dato porque está fácil robar y matar. Hoy la calle esta tomada.
–Pero el reclutamiento de jóvenes para delinquir no se da solo…
–Denuncias sobre complicidad policial en los reclutamientos de jóvenes siempre hubo, pero también de chorros que reclutan pibes a cambio de droga. Si lo hace un particular, ¿por qué no lo puede hacer un policía? De todas formas no creo que exista en forma organizada. Podemos hablar de vinculaciones policiales directas en alguna salidera grande o en otros hechos importantes.
–¿Qué parte de la culpa le toca a los funcionarios?
–Hay que sincerarse un poco porque existe mucha corrupción en el medio. Si los funcionarios públicos quieren plata, que vendan agua mineral. Tienen que invertir el presupuesto en luchar contra la inseguridad, no sólo en represión, sino por ejemplo en que la plata que hay para que los presos coman carne llegue a donde tiene que llegar. Que no se paguen más millones a las comisiones para hacer estadísticas sobre el mapa del delito. Basta de mentirle a la gente.

PUTAS Y ADICTOS. Melazo interrumpe su indignación para ocuparse del mate. Entre sorbos cuenta orgulloso que la semana pasada fue invitado a la Cámara de Senadores para opinar sobre seguridad bancaria, y como prueba entrega una copia de la versión taquigráfica de su exposición. Cinco páginas A4 que en ningún lado dicen lo que sigue:
“Los vigilantes de los bancos no sirven para nada. Los tienen para que ordenen las filas. ¿Entraste a una garita alguna vez? Sirve sólo para guardar la yerba, el grabador, las medias y los calzoncillos.”
–¿Sigue pidiendo rinoscopias para policías y funcionarios?
–Sí, porque hay muchos que son consumidores o adictos y pueden llegar a “ablandar una zona a cambio de droga. En el propio poder judicial hay muchas familias que tienen hijos adictos, pero si no lo sinceramos no vamos a llegar a ningún lado. Para mí el delito no es por la falta de inclusión o la pobreza. Para mí es por culpa de la droga. Los punteros que hoy manejan los barrios son los dealers.
–Pareciera que la droga es la madre de todos los males.
–No, pero la droga es plata. Hoy los cabarets ya no viven de las putas sino de la venta de droga. Entran a una casa por un celular y terminan violando o matando porque están descontrolados.
–Es ahí cuando salen los famosos a pedir mano dura por televisión.
–Pero no perdamos de vista que la mayor víctima de los delitos es la gente pobre, que se la tiene que arreglar sola. Siempre digo que el pobre se las arregla y el rico se rehabilita.

“Me dispararon en la cabeza, pero el tiro no salió.”

Publicado el 3 de Octubre de 2010

“A mí me dispararon en la cabeza pero el tiro no salió”, recuerda Melazo, con la misma naturalidad de alguien que rememora un gol errado en un partido de fútbol con amigos. Es que el hombre esta acostumbrado a las amenazas o “atentados”, como le gusta llamarlos.
“Justo se está por cumplir un aniversario –relata– porque fue un 5 de octubre. El día me quedó marcado, pero no estoy seguro si fue en el 2003 o 2004”, duda el magistrado, que por aquel entonces era fiscal. “En la puerta de mi casa me golpeó un tipo por la espalda y entonces me caí. Pensé que era un robo y entonces le estiro mi brazo izquierdo para que se lleve el reloj porque tenía un Rolex. Pero después de sacármelo siento que me gatilla en la cabeza y el tiro no salió. Ahí pensé: este me quiere matar. Entonces me levanté y busqué mi pistola, porque siempre ando armado. Eran tres, los seguí pero se escaparon.”
Después de ese día, el juez se convenció de mudarse y abandonar su Villa Elisa natal.La segunda vez, Melazo no lo vio, pero se lo contaron. Un auto estacionó frente a su casa y desde el interior asomó el caño de un fusil FAL. No pasó a mayores pero alcanzó para que el vigilante de la cuadra piense en cambiar de trabajo.
Pero nada se compara con los otros ataques que involucraron a los afectos más íntimos. La primera víctima fue la madre del funcionario. Un hombre golpeó la puerta de su casa y, al abrir, se le metió adentro. Después le preguntó si era la madre del juez y al escuchar una respuesta afirmativa le apoyó el caño de su pistola en la sien. El otro hecho dramático fue la amenaza de bomba en la guardería donde dejaba a uno de sus hijos. Las propias autoridades de la institución le pidieron que lo saque de allí. “Después de tantas cosas lo único que pido es que me maten de contado”, bromea.

El ataque a Carolina

Publicado el 3 de Octubre de 2010

“Después del caso Píparo nosotros no tuvimos en La Plata otra salidera bancaria, lo cual me preocupa enormemente porque que yo sepa no se modificó nada desde el punto de vista legal. Los funcionales policiales, el comisario de la zona y el jefe departamental son los mismos. Los funcionarios judiciales también somos los mismos. Tampoco cambió el ministro. Pareciera entonces que el verdadero controlador social es el hartazgo de la gente”, reflexiona Melazo.
El 29 de julio, Carolina Píparo, una mujer de 34 años que llevaba a cuestas un embarazo de 40 semanas, fue asaltada y baleada en pleno centro de La Plata luego de retirar diez mil dólares y 13 mil pesos de una sucursal del Santander Río. La mujer tuvo que ser auxiliada por los vecinos y trasladada al Hospital San Roque de Gonnet, donde estuvo 43 días internada. Carolina fue sometida a una cesárea de urgencia. Su hijo Isidro, que sufrió un paro cardíaco al nacer, sólo vivió una semana.
Ese hecho brutal disparó la atención de los medios y generó, entre otras cosas, la implementación de leyes que intentan frenar esta modalidad delictiva.
“Se creó un repudio generalizado porque era una mujer embarazada y murió un bebé pero fue un hecho común de robo, con la violencia habitual de un asalto”, se sincera el juez, quien además opina que el problema de las salideras no se soluciona sólo con inhibidores de celulares. “El problema es que no hay bancarización, los costos de transferencias son altísimos y así no se saca el circulante de la calle.”
Con respecto a la marcha de la investigación, Melazo admite: “Tal vez sobren detenidos porque nos falta determinar quien es el que ejecutó el balazo. Hay dos testigos presenciales que declararon de forma espontánea que fue Carlos Burgos”, al que luego identificaron en rueda de reconocimiento, pero después un detenido dijo que no fue él. El problema es que hay un par de los muchachos presos que son parecidos.
Carolina y su familia señalaron al cajero, pero no hay pruebas en su contra.

Perfil de un juez que no se calló nada

Publicado el 3 de Octubre de 2010

César Ricardo Melazo lleva más de 30 años como funcionario judicial en los tribunales de La Plata. Empezó como ordenanza y luego continúo su carrera como prosecretario. Desde el año 1992 se desempeñó como fiscal hasta 1995 cuando asumió como titular del Juzgado Criminal y Correccional Nº 16. En 1998 fue designado juez de garantías, cargo que desempeña hasta hoy.
Es socio vitalicio del Club Gimnasia y Esgrima, y se vanagloria de haber formado parte junto a René Favaloro de un tribunal de honor del club de sus amores en alguna elección pasada. Dice que está “oficialmente casado”, pero en su tono amargo se descubre algún conflicto marital. Sin embargo recupera la sonrisa al hablar de sus cuatro hijos. En su despacho se suceden las imágenes de Evita y Perón, las cuales justifica revelando que a los 18 años se afilió al Partido Justicialista, una militancia que no le prohíbe admirar al Che Guevara y recordarlo a través de un calendario  que tiene en su despacho.
En 2003 tuvo un ofrecimiento de encabezar la lista de diputados nacionales del Partido Justicialista que por aquel entonces se dividía en dos listas, una de ellas era la de Luis Patti. Melazo aclara: “Yo nunca fui de Patti ni contra Patti. Soy justicialista e Integrante de un partido popular.”
Colgada a menos de 30 centímetros del Che, una caricatura de Enrique Santos Discépolo que reza: “Yo solamente he tenido el coraje de expresar en alta voz todo lo que los otros piensan en silencio”, frase que (dice) lo inspira para cumplir con su trabajo cada día.
“Vivo de lo que hago. Pude haber sido camarista, pero no me interesa compartir con dos personas más un horario y resolver lejos de la realidad. Es muy gratificante que te quede la sensación de haber hecho justicia, algo que no sucede siempre y que a veces no sucede, aunque apliques la ley.”

Publicado por el diario Tiempo Argentino el domingo 3 de octubre de 2010

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