Robledo Puch, el monstruo humano del sistema penal


Es el asesino múltiple más importante de la historia criminal argentina. La justicia bonaerense volvió a negarle la posibilidad de salir en libertad. Está preso hace 43 años por cometer once homicidios entre 1971 y 1972. Vive en el Penal de Sierra Chica. ¿Cuál es el límite punitivo?

Por Juan Alonso
Cuando Carlos Robledo Puch era todavía un niño, las calles estaban bordadas con cinacina y los caballos de los crotos se mezclaban con los carros destartalos de los vendedores de chatarra. Los domingos flameaba el olor a carne asada y los tanos construían sus casas silbando canciones de la Segunda Guerra.
A fines de los ’60, con Robledo adolescente, funcionaban las ferias que iban rodeando la calle Paraná (divisoria de los partidos de Vicente López y San Isidro) y los viejos militantes de la Resistencia Peronista de mitad de los años ’50 ya le habían pasado la posta a los muchachos que formarían la mítica JP, que se hizo fuerte en Florida y el corredor Norte del Gran Buenos Aires.
Eran tiempos de dictaduras. No había fiesta del Bicentenario, ni 25 de Mayo en la Plaza con músicos gratis y más de 200 mil personas saltando y cantando hasta la medianoche.
A la esperanza había que construirla solo, como pasó siempre, o casi siempre.
Los inviernos eran muy fríos y los otoños, repletos de potreros, con cientos de chicos que iban a despuntar el vicio de la pelota, agrandando el universo más allá de los baldíos. Pero al desamparo de Robledo no le bastó aquel infinito. Tampoco le alcanzó el paisaje de cirujas trashumantes. Hay quienes afirman que allí empezó a anidar su espíritu criminal. Su necesidad imperiosa de destripar animales para prolongar su existencia en un vacío circular que lo fue horadando hasta convertirlo en el monstruo humano que ahora es. Un hombre que hace 43 años está preso por haber asesinado con crueldad a once personas entre el 15 de marzo de 1971 y el 3 de febrero de 1972, cuando Perón no había vuelto a la Argentina y en él –Robledo Puch– todavía no había germinado la locura.
El pasado 22 de mayo, la Cámara de Casación Bonaerense volvió a rechazar su libertad. Es la quinta vez que el Poder Judicial le niega esa chance. Su biógrafo, el periodista y escritor Rodolfo Palacios, dice que la mirada extraviada del antiguo hampón circunda los límites del delirio y en sus soliloquios se imagina dando discursos políticos y rompiendo las cadenas que lo atan a la muerte. Así, avanza con la antorcha de sus ojos inyectados y su voz trepidante hizo un hueco imaginario en el cemento del penal de Sierra Chica.
Palacios asegura que pese a todo ese hombre enjuto abriga cierta fe magullada por la derrota y su historia está plagada de presuntas injusticias (ver aparte).
¿Hasta cuándo un hombre es depredador de su prójimo y cuál es el límite punitivo del sistema que insiste en encerrarlo?
El ex juez de la Corte, Raúl Eugenio Zaffaroni, lo comparó con el caso de un ex estrangulador de mujeres mexicano que luego se convirtió en excelso conferencista de Derecho y no mató ni siquiera una paloma para el guiso. Sin embargo, el sistema lo mantuvo preso durante años por aquel viejo asunto del miedo inquisidor (ver la opinión de Zaffaroni).
Entre los argumentos de los jueces de la Sala III de Casación, integrada por Ricardo Borinsky y Víctor Violini, se dice que el condenado “muestra que no reúne las condiciones para el reingreso al medio libre a través de la libertad condicional”.
El fallo se sustenta en el informe del Departamento Técnico Criminológico que concluyó que Robledo Puch “carece de mentalidad reflexiva del accionar transgresor, reconociendo tan sólo ser autor de los robos cometidos con el fin de ayudar a los más necesitados, no así el resto”.
En enero, el médico forense Osvaldo Raffo dio la última entrevista periodística a este cronista, que salió publicada el mismo día de conocerse la muerte del fiscal Alberto Nisman. Raffo lo estudió durante meses (es el único experto que hizo una profunda evaluación médica y psíquica de Robledo) y dijo: “Un tipo como Robledo nace cada 100 años. Es la maldad en su estado químicamente puro. Él trataba de dominarme en la conversación. Lo estudié durante tres meses, dos veces por semana de forma personal. Volvía a mi casa y estaba muy nervioso. Me sentía mal. Me faltaba el aire. Mi finada esposa me preguntaba qué cosa me pasaba. Y era este tipo que me seguía haciendo daño. Su carga. Su historia. Él mató a toda su banda, por un motivo elemental: es homosexual, aunque yo creo que es un ser asexuado. La cosa es que después de asaltar, violar y asesinar a sus víctimas, la banda tenía sexo entre ellos en la misma casa. Se quedaban allí, saqueaban, comían, dormían juntos. Una vez le pregunté por qué mató a Somoza (su compinche, su socio) con un soplete en la cara. Y me dijo que fue para que no lo reconozcan los agentes policiales porque era su amigo. No, le dije, amigo un carajo, ¿por qué lo mataste? Y entonces ahí se soltó: ‘Porque a Robledo no lo abandona nadie.’ Me mostró su verdadera cara. Ellos tenían una filosofía para matar: torturaban, intercambiaban sexo. Esta es la historia de Robledo.”
Por su parte, el legista, psicólogo y psiquiatra Mariano Castex propone ir más allá de la coyuntura. “Robledo Puch estaría en condiciones de salir en libertad si se comprueba que es capaz de vivir en sociedad sin significar un peligro para los demás. Lo que hace falta en este caso es un profundo análisis –propone–, pero no de forma circunstancial. Tiene que ser metodológico y durante días y horas, no para una entrevista en el marco de un requisito legal, sino un estudio sobre el estado actual de su complejo psiquismo.”
Desde la criminología, el especialista Raúl Torre, lo define como un ser “perverso” que goza con provocar daño a los demás, con fuertes rasgos “esquizofrénicos y paranoides”.
Según Torre, quien se basa en el trabajo de Raffo para realizar su análisis en relación con otros autores y expertos en la conducta criminal, Robledo es incapaz de experimentar empatía y compasión por un semejante. Es decir que podría querer más a un gato que a un ser humano (ver aparte).
En tanto, la perfiladora criminal Laura Quiñonez Urquiza desarrolla esa misma idea asocial y traza semejanzas entre Robledo y otros asesinos. “Creo que con una motivación parecida, que es el resentimiento y la aserción de poder, no ha habido muchos, pareciera haberse encontrado a sí mismo a través de sus delitos y luego matando, como si fuese hasta un tema de supervivencia, como ocurre en aquellos que matan por placer, por diversión. Por momentos, esa es una motivación que va desde el poder, prueba con la crueldad, pero no es lo suyo y vuelve a disparar a distancia, como el caso de Marcelo Antelo, el llamado ‘asesino en serie del Bajo Flores’.

–¿Cuál era la pulsión criminal de Robledo?, ¿por qué mataba?
Laura Quiñonez Urquiza: –En un principio para mostrar su poder, quizás en otros haya sido para no ser reconocido posteriormente, pero era evidente que todo lo que lo conduciría era su sentimiento de omnipotencia. El resentimiento y la idea de traición en él operaban como disparador para matar, incluso a conocidos con los que aparentemente había formado un vínculo de camaradería en el delito.

Ha sido llamado “El Ángel de la Muerte” y se dijo que su voz tiene el extraño influjo de ingresar en el inconsciente para jugar al ajedrez con los pensamientos ajenos. Raffo confesó sentirse incómodo con el sonido de esa voz y por las noches el discurso agitado de Robledo lo visitaba traspasando todos los muros.
La mirada helada de Robledo jamás podrá liberar su desesperación. Y en eso, la vida mantiene una deuda muda con él.-

El indio solari*

“No encuentro manera de que mis emociones abarquen con sensibilidad adecuada hechos fenomenales como los acontecimientos en que Robledo Puch estuvo involucrado.
Cruzó una frontera extrema que creo reconocer pero nunca me vi extraviado mas allá de sus límites. En cuanto a su relación con mi imaginería debo considerar el hecho de que mis personajes, en general, están iluminados por la luz tóxica de sus ilusiones enloquecidas.
Si pudiéramos aprender el mundo, a cada rato, con la perseverante inocencia de las bestias, sus acciones no figurarían en el menú del gran restaurant de la naturaleza.
El nuestro es un planeta extraño que alberga las más inconvenientes criaturas y los legados mentales más difíciles de predecir. Por otro lado yo tampoco necesito del paraíso (pero se me nota menos).”
* Mensaje dirigido al autor del libro sobre Robledo

“Apurate Carlitos, agarrá tus cosas y rajá”, le dijo un guardia en un sueño

Por Rodolfo Palacios

Robledo Puch tenía un sueño recurrente. Un guardia lo despertaba para avisarle que le habían dado la libertad. “Apurate, Carlitos, agarrá tus cosas y rajá”, le decía. Robledo creía que era una broma. Al final salía de la cárcel de Sierra Chica entre aplausos y enfrentaba el mundo exterior. Caminaba al costado de la ruta con un bolso, pero de pronto se desataba una lluvia de meteoritos y debía entrar en la cárcel para protegerse.
Es probable que la realidad sea peor que esa pesadilla. El Ángel Negro lleva 43 años preso y ningún juez quiere liberarlo, aunque técnicamente la pena está agotada y la condena “por tiempo indeterminado” fue declarada inconstitucional.
“Mientras yo esté en este juzgado, Robledo no sale más. Ninguno de nosotros va a poner la firma”, dijo uno de los jueces de San Isidro que le negó la libertad hace dos años. El mismo magistrado reconoció que los estudios psicológicos y psiquiátricos que le hicieron a Robledo en los últimos años, “eran flojos”.
Si Robledo no fuese una leyenda negra y se llamara de otra forma, quizá estaría libre. “No estudia, ni siquiera mostró interés en trabajar y no tiene contención afectiva extramuros.” Esa fue una de las justificaciones a uno de los cinco pedidos de Robledo para ser liberado. No son muchos los liberados que estudiaron en la cárcel ni los que, al salir a la calle, tienen contención afectiva.
Otro de los argumentos con poco peso es que Robledo nunca asumió su culpa. Y para llegar a esa conclusión se basan en lo que Robledo me dijo en una de sus entrevistas: “Fui un ladrón romántico como Robin Hood que robó para ayudar a los más necesitados.” Para los jueces, tiene una “mentalidad reflexiva del accionar transgresor, reconociendo tan solo ser autor de los robos cometidos con el fin de ayudar a los más necesitados, no así el resto”.
Si no asumir la culpa fuese un obstáculo para conseguir la libertad, las cárceles estarían mucho más superpobladas. Ni Yiya Murano, ni Arquímedes Puccio, ni Sergio Schoklender asumieron sus crímenes y sin embargo fueron liberados.
La cárcel no hizo nada por Robledo. No le brindó herramientas para la resocialización ni le dio tratamiento médico. Todo lo contrario: fue torturado por la policía para que se hiciera cargo de los once asesinatos y en 1973 sufrió todo tipo de vejámenes cuando fue recapturado de una fuga de la cárcel de La Plata.
Cada año, Robledo vuelve a sufrir la misma condena, como si volviera a matar a las once víctimas.
Con el caníbal se puede hacer cualquier cosa, menos comérselo.
Cuando fue condenado, en 1980, al Ángel Negro se le atribuye una frase que nunca fue confirmada. Es más, uno de los jueces que dictó la condena nunca la escuchó. Pero la leyenda criminal, proclive a dar por realidades los mitos que se tejen a su alrededor, dice que Robledo miró a los jueces con odio y les dijo: “Algún día voy a salir y los voy a matar a todos.”
Ese día nunca llega.

“Es susceptible de libertad condicional”

Por Eugenio Raúl Zaffaroni
En realidad, nadie puede sufrir una pena realmente perpetua en la Argentina. Hace poco escribí un artículo que se publicará en el homenaje a una profesora de Córdoba sobre las penas máximas en la legislación vigente, que creo que las señala la ley 26.200 (que es la que determina la pena de los delitos contra la humanidad en el derecho interno), pero que no viene al caso, porque RP está condenado con la ley anterior a las disparatadas reformas “Blumberg”. Conforme a la ley que le es aplicable a RP la perpetua es susceptible de libertad condicional. Se discute si ésta es un derecho; personalmente creo que sí. No conozco los motivos por los que se le denegó el pedido, pero seguramente habrán hallado que alguno de los requisitos no se daba en el caso. En el plano de la realidad y al margen de los jurídico, debe pesar que ni los peritos ni los jueces se animan a otorgar la libertad condicional en el caso de RP, máxime en un momento en que se amenazan a los jueces por la TV y por los políticos. Desde lo criminológico la situación es dudosa en cuanto a pronóstico de conducta futura. Me viene a la mente el caso del “estrangulador de mujeres” de México en el año 1951, si mal no recuerdo. Se trataba de una persona joven con una secuela neurológica (producto de una encefalitis infantil) que mataba prostitutas y las sepultaba en el jardín por impulsos en el momento del orgasmo. El perito fue mi profesor de criminología en la UNAM, el maestro Alfonso Quiroz Cuarón, y aconsejó no liberarlo por toda la vida. Lo cierto es que pasaron muchos años, el maestro murió en 1978, y el Goyo -como le decían- salió en libertad creo que en los años ochenta, se recibió de licenciado en derecho y nunca volvió a matar a nadie. Daba conferencias por los barrios del DF despotricando contra la memoria de mi pobre maestro, quien por cierto fue el criminólogo más destacado de México en el siglo pasado (entre otras cosas el que investigó a Mercader, el asesino de Trotsky, y determinó su indentidad). Esto me enseña que nada cierto puede asegurarse sobre la conducta futura de una persona, incluso en casos de daño cerebral. Ha habido otros casos de liberados con homicidios masivos, el más conocido creo que fue el de Mateo Banks, que estuvo en Ushuaia, había matado a toda una familia y creo que la había arrojado a un aljibe. Salió después de muchos años y vivió normalmente, hasta que murió de una caida en el baño de una pensión en la que vivía con otro nombre.

*Extracto de un mail de Zaffaroni dirigido al periodista Rodolfo Palacios para el libro El ángel negro.

“Es un individuo que tiene a la muerte como su objetivo primario y utilitario”

Por Raúl Torre

Robledo Puch fue apodado El Ángel de la Muerte; nació el 22 de enero de 1952 en Olivos, Vicente López, sus progenitores son Víctor Elías y Aída Josefa Habedank. Antes de cumplir 20 años ya había llevado a la muerte a once personas, aunque se sospecha que haya victimizado a varias más. Hoy está cumpliendo una condena en la Unidad Penal de Sierra Chica, donde pasó más de la mitad de su vida.
Se lo define como un individuo con rasgos esquizo-paranoides y componentes perversos, esta última calificación por atenerse con cierto rigor a algunos de los autores contemporáneos, pues podríamos definirlo como un perverso puro.
Hilda Marchiori practica un análisis de los homicidios por placer: “El que da muerte… por el deseo de quitarle la vida a una persona, actúa por un sentimiento de violencia indiscriminado, sin causa y sin relación con la víctima. La personalidad psicopática, en este homicidio, asume una actitud de extrema violencia, que la conduce a mostrar su agresión y sus graves problemas internos a través de esa conducta gratuita de agresión y sadismo. Se observa en la personalidad de este individuo una identificación con la violencia externa, por ello la facilidad e insensibilidad que muestran en el delito”.
Raffo nos dice que Robledo Puch “…carece absolutamente de afectividad, no tiene remordimientos. Si bien se encuentra alojado en el pabellón de homosexuales en Sierra Chica, antes bien sería un individuo asexuado, no tiene el sexo importancia capital en su vida; no se debe hablar tampoco de preferencias exclusivas por su propio sexo…’. Se le conoció una novia en la localidad de Villa Adelina, cuyo nombre no revelaremos para no incursionar en la vida privada de personas inocentes”.
Hay una coincidencia de Raffo con el criterio de Juan Antonio Gisbert Calabuig, quien opina y amplía que “se trata de sujetos que saben ciertamente lo que es bueno y malo, teóricamente pueden ser rigoristas morales, pero situados ante el caso concreto corren el peligro, si afecta sus intereses, de conducirse con toda inconsciencia en forma asocial e inmoral.
Lo hacen así porque no experimentan compasión, simpatía, vergüenza, fidelidad ni respeto y, por tanto, no pueden determinar su conducta. Aún más, no sólo no son accesibles a estos sentimientos respecto de los demás, sino que también carecen de los sentimientos de su propio valor: orgullo, honor, dignidad e incluso los correspondientes negativos.
No pueden mantenerse firmes en la enemistad, odio e indignación, o en la amistad, compañerismo y amor. Por eso son incapaces de arrepentirse, porque ello supone vivir la culpa y en ellos se halla dificultada la formación de la conciencia.
En este sentido carecen de sentimientos, aunque puedan disponer de bellas frases líricas”. Se hallan como Hoberlein ha dicho elegantemente “del lado de lo bueno y lo malo, y si no se hacen criminales, es porque temen el castigo y saben, o han experimentado, que les tiene buena cuenta conducirse bien en un estado disciplinado”.
Esta perversión es de aparición precoz: ya desde niños se marcaría por sus mentiras y crueldad para con sus hermanos, camaradas y animales, por su inadaptabilidad social, por el precoz despertar de su sexualidad y por la comisión de frecuentes transgresiones legales, solo o formando bandas de delincuentes juveniles. El resto de su vida no es más que la lógica continuación de este prólogo.
Son vengativos, crueles, rencorosos, celosos, fríos y feroces en la venganza; cínicos, indisciplinados y mitómanos; dados a la fuga y enrolados en bandas de delincuentes; eróticos, invertidos y toxicómanos; incapaces para la vida familiar y para toda clase de profesiones, e inútiles para ganarse la vida honradamente.
Desde muy temprano este individuo pasa la vida al margen de la sociedad, y la cárcel y el hospicio van a ser sus residencias habituales, sólo interrumpidas por evasiones o licencias que aprovechan para cometer nuevos delitos.
Lo que debe tenerse en cuenta es que Robledo Puch es un individuo en quien la actividad criminal no tiene un objetivo central en el robo o en el sexo, antes bien es la muerte su objetivo primario y es utilitario, se apropiaba momentáneamente de los lugares y permanecía, en ejercicio de poder sobre las personas y las cosas, aprovechando la situación para hacerse de dinero y bienes.
Alguien puede sostener que en los hechos delicitivos cometidos por Robledo Puch los homicidios han sido secundarios a los delitos contra la propiedad, pero la circunstancia de que todos los presentes –nótese que no hablamos de testigos, porque esa calidad en ellos daría alguna explicación a su muerte– encontraran un trágico final por su mano, muchos de los cuales le eran inofensivos y se hallaban durmiendo, rápidamente nos retorna a la idea anterior.

Nota y opiniones publicadas en  el diario Tiempo Argentino el domingo 31 de mayo de 2015

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No te vayas campeón


Las vías no llevan a ninguna parte. Este tren puede ser una pesadilla o un encanto. Las mañanas tendrían que haber sido creadas para seguir durmiendo si no fuera por algunos médicos, psicólogos y odontólogos de esta Buenos Aires de tono gris después del Mundial.
Quizás por eso el bar Los Galgos de la calle Callao parece estancado en 1938 y el mozo dice que “se vivía mejor con los militares, porque con la democracia se empezó a descomponer todo”. Después pregunta como si nada.
-¿Más café?
Por la ventana que da a la calle se ven rentistas, vendedores, abogados, empleados de oficina, estudiantes de la Universidad de El Salvador, taxistas epidérmicos, damas de la calle Callao, bellas mujeres, jóvenes con mochilas, viejos, y no pocos desesperados.
Mientras repaso las noticias en los medios gráficos, especie de gliptodontes en etapa previa a la glaciación, busco con nostalgia la gambeta de Messi y la salida de Mascherano. Hace cuatro días que nos quedamos sin Mundial y la bandera celeste y blanca ya no flamea en Copacabana. Dicen que muchas putas de la zona se infectaron de argentinidad. Algunos aprendieron a detestar silenciosamente a esa marea humana que gritaba “Brasil decime qué se siente” olvidando la alianza en la Guerra del Paraguay y las sucesivas intromisiones del antiguo imperio en la orgullosa Banda Oriental. Ya nadie se acuerda del mordisco de Suárez, ni de su suspensión, ni de la FIFA, tampoco de los consejos de Maradona en De Zurda, con el prólogo de un Víctor Hugo que se pareció mucho a Batista por eso de distribuir la pelota con sentido de la ubicación y buen criterio.
Ahora la realidad argenta aparece tamizada por el hecho criminal del día y la catarata de bilis que destila la televisión en un parloteo delirante que va desde el análisis tartamudo de la Economía y los fondos buitres, pasando por la estela trágica de un avión derribado en Ucrania. El mundo parece caerse de su eje imaginario. Queda el destello del arte en los ojos de los ilusionados.
Nada como el fútbol para resumir una idea de felicidad colectiva. Tras el paso de la Selección por Brasil nos obligan a ver a un Lanús que marcha a trote de carreta. ¿Silva es un auto chocador o juega en Primera?
Extraño como nunca el zigzag de Messi al borde del área de todas las cornisas. Y el gusto a comunión y carne asada de cantos y camisetas de balcón a balcón. Estuvimos tan cerca de la gloria que ver los festejos del victorioso es un pecado de soberbia. Sabella guiñaría el ojo con ese gesto tan suyo de “ya vamos a volver”.
En el vagón una tanguera planea vender pan en un pueblito si todo se va al puto carajo. Hay quien busca un viaje contra las cumbres del desasosiego. Cuatro chinos que hablan inglés sacan un mapa de la Ciudad y bajan en la estación Juramento. Pienso en una buena gambeta como la única salida posible a todo esto que somos.
No te vayas campeón, quiero verte otra vez.

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Mañana


Abrir los ojos tomando la taza del borde y pensar un destino. Para agarrarse de la garrapata con sangre. Volverse un punto fijo en un espejo invisible. Acariciar al gato. Ducharse. Morder la tostada del lado de la sal.
Andar por el camino buscando alas, de a pie. Ahí mortal, deambulando por lo que será olvido.
Calles y rezos que se repiten en voces hasta el infinito. Y me cierran los bares para leer. Y se mueren los mozos. Y la herrumbre toma por asalto el cuchillo de la humanidad.
Apenas si pude poner en la pared una máquina de café. Estoy muy despierto. No logré cambiar el mundo este.
Una mosca se posa sobre la humedad de tus ojos. Pronto serán cientos de insectos inquisidores.
Por la sombra de la sombra digo que avanza el miedo.
No tiene alma el deseo de persistir. Un corazón late dentro de un cofre vacío. Despedirse aullando como los animales para pensarse como un mono que cavila.
Por lo menos, antes andaba en los trenes ilusionado. Comía de la lata y nunca hubiese pensado que los creadores de la violencia iban a justificar su masacre. Porque nadie crea una fuerza bestial para no reglamentar hasta los sueños. El mal es muy sutil a la hora de manifestar su ponzoña.
El género humano ha tenido la extraña virtud de crear la bomba nuclear para seguir comerciando la muerte. El destino del hombre es aniquilarse como rehén de su vanidad competente.
Preso de la acumulación, la tecnología y el consumo, se alejará definitivamente de su esencia para convertirse en un monstruo perfecto.

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La polilla


Por Juan Alonso

Marcelina tenía siete años cuando su madre la obligó –luego de darle una paliza descomunal a cintazos- a emplearse en la casa de doña Emiliana para lavar y planchar la ropa. Apenas si podía con sus pequeños huesos, siendo una niña, pero fue. “Usted péguele pa que aprenda”, recomendó Clodomira, madre de Marcelina, dueña de doce hectáreas en un páramo de Tilisarao, en San Luis. Ahí vivían los 14 hermanos (casi todos varones) arrinconados a la intemperie. El que no fue hachero se murió de cirrosis o de cáncer. Todos ellos fueron desmembrados emocionales.

Los primeros minutos de Marcelina como empleada doméstica no fueron agradables. Pero sirvieron para que aprendiera, sí, algo sobre la condición humana. Su empleadora se enojó porque marcó una camisa (era una niñita que ni podía sostener la plancha) y de un cachetazo la tiro en el patio al lado de un perro. Al rato le soltó esta frase que todavía suena en su conciencia: “Ahí tiene, cuando termine de comer el perro, coma usted”. El ruido del tacho de metal sobre la tierra no tuvo eco y ella quedó rebotando  con su mente infantil. Abrió la reja y se escapó. Caminó dos horas hasta el pueblo y pidió un vaso de agua. El puestero –era el año 37- le dio un vaso de leche y tres caramelos de miel. “Vaya para su casa mijita”.

 Marcelina pensó en círculos siguiendo las nubes. Lo que vino no fue mejor. Dice que le rogó a Dios que estaba en el cielo con esas nubes que avanzaban en forma de monstruos, que si alguna vez llegaba a ser grande, la ayudara a salir de aquella casa. Y  sucedió. Clodomira Rivarola enfermó de cáncer y Marcelina la cuidó junto a su hermana Lola. Después caminando por Villa Mercedes leyó un cartel que buscaba una empleada en Buenos Aires, juntó coraje dentro de sus ojos y se subió al tren. Hoy, con más de 80 años gobierna sus silencios. Su luz abraza las sombras.

 Alicia siempre quiso tener hijos. Tres hijos. Una casa en un country y un perro dálmata de pura raza dálmata con siete cachorritos dálmatas. Habla con un tono de voz que los plaguicidas podrían utilizar para ahuyentar murciélagos. Los elefantes serían capaces de escuchar sus pasos por el sonido lejano de su alquimia para llegar a ninguna parte. Se define como una emprendedora natural. Sobrevivió a la pérdida y a tres divorcios. Dejó la casa de lujo en Los Cardales por dos ambientes en Urquiza. Va y viene en tren con su mochila, pantalón entallado y botas. Alta y elegante, mueve el culo como si estuviera en una pasarela y adora el morbo. Pero escucharla es soporífero.

 Tiene una extraña virtud. Posee el don de la bilocación: puede estar en dos lugares diferentes al mismo tiempo. Su risa nerviosa se escucha con la misma intensidad en Temperley como en Palermo. Lo que piensa en un viaje por la Costa se traslada a través del tiempo con su forma humana a una esquina de la Capital. Se la puede ver con vestido negro y zapatos como para ir a una gala del Colón con un pelado. Pero ella en realidad está cenando con su marido de turno en su casa o viajando por las cataratas o El Calafate.

 Al finalizar sus apariciones una polilla sale de sus fauces y se enciende fuego en la ventana. La oscuridad de Alicia anida en su exterior. A pesar de que daría cualquier cosa por ser una dama, su anhelo se comprime al ahora como reina de la felatio.

 Gabriel se crió en un hogar de ladrones. El padre robaba camiones y la madre trabajaba en un frigorífico descuartizando vacas. Lo único que recuerda de su infancia es que su padre lo dejaba solo sin agua y sin comida y él se escapaba y vivía en la calle. A los nueve años empezó a robar a los comerciantes del barrio y no paró nunca más. De metro noventa y ojos de lince, ve en las personas objetos. Se convirtió en un tipo diestro en el arte de la manipulación. Con su inteligencia fina puede planificar el atraco a un banco y diseñar una maniobra para estafar al presidente del Fondo Monetario.

 A cada momento se toma la cintura para acomodarse la pistola Glock 40 que lo acompaña junto con la estampita del Guachito Gil. “Hace unos años, íbamos al Norte y dejábamos un tendal. En una semana, volteábamos bancos, empresas de colectivos, comercios, y nos veníamos. Era como una mensualidad para nosotros”.

 El horizonte de Gabriel es siempre rojo, porque roja es la sangre y rojo el miedo. Recuerda que la otra vez se llegó hasta un funeral de un ladrón asesinado y aquello se parecía una película. “¿Pero quién se murió, Pablo Escobar?”, le dijo un colectivero, muy molesto por el tránsito estancado. Y Gabriel lo miró con recelo como el cazador que daría un golpe mortal. Aunque se contuvo. Siguió con su auto negro, la pistola debajo de la pierna derecha y el fusil automático debajo del asiento del acompañante. “Me reía por dentro”, murmura.

 La última vez que vio a Sobremonte, el tipo estaba desangrando a una oveja en el fondo de su casa de José C. Paz. Los alaridos del animal se escuchaban a kilómetros de distancia. “¿Pero qué haces haciendo semejante burrada? –quiso saber Gabriel, criado en Barracas- Si seguís metiendo cuchillo va a caer la cana”. Sobremonte lo miró y dijo: “Parece que el porteñito se asustó del paisano”.

 Era una tarde calorusa y las moscas comenzaban a merodear por el filo del cuchillo, que chorreaba sangre fresca y la lana se iba desprendiendo del cuero. Fue un instante eterno que casi termina muy mal. Entonces, Sobremonte lanzó una carcajada hueca. “Que miedo que te dio, porteño. En un rato llega el Carlitos para comer esto. No seas boludo, quedate”.

En la cocina de puertas abiertas, una polilla latía en un frasco de té agujereado en la tapa con tres cortes en punta.

Sobremonte explicó que a él no le gusta el encierro para nadie.

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Tienes razón, Sahara por Leonard Cohen


Tienes razón, Sahara. No hay nieblas, ni velos, ni distancias. Pero una niebla rodea a la niebla; y el velo se oculta tras un velo; y continuamente la distancia se aleja de la distancia. Por eso no hay nieblas, ni velos, ni distancias. Por eso se llama La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. Aquí es donde El Viajero se convierte en El Vagabundo y El Vagabundo se convierte en El Que Está Perdido, y el El Que Está Perdido se convierte en El Buscador, y El Buscador se convierte en El Amante Apasionado, y el Amante Apasionado se convierte en El Mendigo, y El Mendigo se convierte en El Desgraciado, y el Desgraciado se convierte en El Que Debe Ser Sacrificado, y El Que Debe Ser Sacrificado se convierte en El Resucitado, y El Resucitado se convierte en El Que Ha Trascendido La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. Entonces durante mil años, o lo que queda de la tarde, Ello gira en el Ardiente Fuego de los Cambios, encarnando todas las transformaciones, una tras otra, y entonces vuelta a empezar, y entonces vuelta a acabar, 86.000 veces por segundo. Entonces Ello si es hombre, estará listo para amar a la mujer Sahara; y Ello, si es una mujer, estará lista para amar al hombre que puede hacer una canción de La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. ¿Eres tú la que está esperando, Sahara, o soy yo?

Extraído del Libro del Anhelo, Leonardo Cohen, Lumen, 2011.

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El sur, Jorge Luis Borges


 El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.
Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil, ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.
A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.
Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de 1a puerta, el zaguán, el íntimo patio.
En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.
A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.
A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.
El almuerzo (un el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido. Mañana me despertare en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario. Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).
El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras. Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.
El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.
En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.
Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado. Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhmann. perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches; como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.
Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.
El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos. como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió. Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.
-Vamos saliendo- dijo el otro.
Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.
Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

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El ritual del olvido


Por Juan Alonso

Arranca la melodía con una palabra hueca y moja su carita en el agua de la ventana. Mientras se burla de mí, en su canción no me puedo librar de su hechizo y me arrastra hacia las  nubes de sal y de hastío.

Gran afano, gran chorizo.

Se aleja con el viento que samarrea las paredes: sobretodo viejo. Ni el hilo de su sombra vive acá. Ni la baba de su angustia. Ni su risa ni su cara larga, ni su mirada azul de perro que buscaba siempre un hueso. Todo se ha ido de mí.  Está enteramente muerta.

Se cae el cielo, el mundo, la tierra bajo los pies, y eso que llaman destino. Se cae todo lo que alguna vez fue.  Se desploma el idealismo: los espejos manchados con sangre, los trozos de papel, las cartitas, las fotos, los recuerdos grises, el rímel, el montón de peines abandonados en el tacho de basura. Los cabellos atizados por la mugre.

Las estrellas de una ciudad ajena, las excusas, los no, la arena, los pliegues y retazos de amor.

Y llega como invitado funerario, con café en mano, el primo hermano del olvido. Un señor enjuto que no habla al pedo.

En su ritual de velas, se parece a una muerte. A una mosca pegagosa sobre el cadáver de un viejo.

A una esponja de piel de cocodrilo.

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