Un viaje al terror por la mente del jefe de la familia Puccio


El escritor Rodolfo Palacios logra captar la esencia de un ser alucinado por sus crímenes. Arquímes Puccio, muerto en 2013, desgranó su locura en este adelanto exclusivo de Tiempo. Entre 1982 y 1985, su banda secuestró y mató a tres empresarios, a quienes mantuvo como rehenes en su casa de San Isidro. En septiembre Telefe emitirá la serie Historia de un Clan.

Por Rodolfo Palacios*

 

“He matado, sí, pero daré vida a innumerables fantasmas.”
Roberto Arlt, El fabricante de fantasmas.

 

Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. Por todas las boludeces que se dijeron de mí. Ando por la calle y los encaro. Muchos se me cagan de risa. Señora, ¿sabe quién soy? Pibito, ¿sabe quién soy? Carnicero, ¿me tiene visto de algún lado? Amigo, ¿nunca vio una foto mía en los diarios? Señorita, ¿le han hablado de mí? Y cuando les digo quién soy, muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo. Un viejo choto de 82 años. Un señor mayor con el que se puede charlar, tomar un mate, ir de copas, escuchar un tango, salir a buscar pibas o jugar a las cartas.
Salí en la portada del diario La Reforma de General Pico y el diario se agotó. Vendo. Aunque la gente no me conoce. No conoce mi historia. Unos tipos me vinieron a putear. Al principio los encaré para la mierda. Entonces ahí empezaron a respetarme.
Me cago en la reputísima madre que los parió. Me querían declarar persona no grata. Me encararon justo cuando estaba comprando unas cositas en la góndola del mercado.
Inventan todo. Inventan que maté, que secuestré, que fui de la Triple A. ¡Inventaron que violé un arresto domiciliario para robar golosinas!
Gracias a Dios estoy vivo para llevar a cabo mi misión evangélica. Ayudo a la gente, a los desposeídos, a las criaturas, a los defectuosos. ¡Son tan cariñosos los defectuosos! Viven pidiendo afecto. Una caricia, un abrazo. Vivimos en una sociedad hipócrita que se olvidó de sus semejantes y sólo piensa en sus autos, sus casas, sus viajecitos. Y se han olvidado de los necesitados. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo?
Yo me cago de risa. No hay que ser amargado. Me gusta aconsejar a los muchachos. Andan muy confundidos. Se van detrás de alguna atorranta que les muestra el ojete y pierden el rumbo. Y las minas se van con otro que la tenga más larga o los cambian por un bidet. Les gusta que el chorrito fuerte y caliente se les meta en la cotorra y las haga acabar. Qué atorrantas son. Soy el hombre de mayor edad del mundo en recibirse de abogado, pero estos hijos de puta no querían que jurara. En la entrega de diplomas estaba lleno de pibes. No tenían ni la más puta idea de quién era yo. Ni se imaginaban que así, viejito y todo, me los fumo bajo el agua, me los cojo de parado. A pija muerta. Podría enseñarles muchas cosas a esos mocosos insolentes. Les falta un golpe de horno o una cachetada. ¿Estamos?
Si aprendieran de mi experiencia, las cosas irían un poco mejor, recuperarían el amor por la Patria y por el prójimo. ¿Estamos?
Me dan bronca los oligarcas. Y también los negros ignorantes. Negros catinga. Pero como decía el general Perón, los ladrillos también se hacen con bosta, la putísima madre que los remilparió.
“Así, pues, el que está unido a Cristo es una nueva persona; las cosas viejas se terminaron y todas son nuevas”, dicen las Sagradas Escrituras. Gracias a Dios tengo buena salud. ¿Acaso me ven caído como teta de vieja? Tampoco me pidan que me eche un polvo así como si nada.
Las pibas me vuelven loco. En la pensión hay una que tiene el culito parado. Una manzanita. Lo zarandea la muy puta. El otro día me encamé con una gordita putona. Me pide que le rasguñe los pezones. Se los dejo colorados como huevo de ciclista. Por eso me dejo larga la uña del dedo chico. Para toquetear tetas. Y de paso hacer el repulgue de las empanadas. Las mujeres me vuelven loco, pero nunca pierdo el rumbo. He estado con rubias, morochas, coloradas, castañas, negras, gordas, flacas, altas, bajas. Sólo me faltaron pasar por las armas a las japonesas. Dicen que tienen la conchita horizontal.
Lamentablemente sigo fuera de la vía. Estoy manoteando el aire, buscando encajar en la vía, la máquina se me está enterrando, gasto mucha energía. Cuando esté en la vía, no paro más. No paro más, ¿estamos?
Lo más importante es reírse. Por eso le pregunto a la gente si me tiene miedo. Vecino, ¿no tiene idea quién soy? Panadera, si adivina quién soy, le ofrezco mis servicios de contador y abogado gratis. Muchachito, ¿me juna? ¡Qué me va a junar con esa cara de boludo!
Al final, cuando les digo que soy Arquímedes Puccio, se caen de culo. Puccio, al que acusaron falsamente de secuestrar con su familia en el sótano de su casa. ¡Están en pedo! Mi familia era normal. La hicieron mierda esos hijos de puta. Deberían ponerse de pie al oír mi nombre. Manga de brutos desagradecidos.
Soy Arquímedes Rafael Puccio, les digo.
Y muchos se caen de culo. Se caen de culo. Y yo me cago de risa. Me les cago de risa en la cara.
(Fragmento de una entrevista realizada a Puccio en 2011.

El viejo Puccio entra en la peluquería sacando pecho y silbando un tango de Pugliese, como un rey loco y testarudo al que lo han abandonado hasta sus bufones. Un rey con alpargatas agujereadas, pantalón caqui y pulóver azul lleno de pelusa. Un rey barbado, de mirada penetrante y cejas mefistofélicas. Retacón y agrandado, aunque no tenga dónde caerse muerto. Pensar que en sus años mozos, como dice él, se empilchaba con saco y corbata, y viajaba por el mundo. Ahora, en mayo de 2012, es una cáscara de lo que fue, un jubilado que sobrevive en una pensión de General Pico, La Pampa.
Saluda en voz alta para llamar la atención.
El peluquero lo mira, pero no responde el saludo. Sigue cortándole el pelo a un cliente.
Puccio se sienta y hojea la revista Paparazzi.
—¡Qué pedazo de culo que tiene esta atorranta! A estas revistas con olor a concha habría que prohibirlas, embrutecen al hombre.
El peluquero lo mira con desprecio. El cliente se ríe. A Puccio no le importa. Habla solo, pasa las páginas y hace comentarios:
—Estos se la pasan mostrando sus casas y sus autos. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo? —se pregunta y luego de un breve silencio, se responde—: Con ninguna autoridad, turros de mierda.
El peluquero deja la tijera a un costado y se acerca al viejo.
—¿Qué se le ofrece, señor?
—Mire, hombre, si estoy acá es para cortarme un poco el pelo, no voy a venir a comprar huevos o un churrasquito.
—Le voy a pedir que no diga groserías. En diez minutos lo atiendo.
—Quédese tranquilo, soy inofensivo. ¿Sabe quién soy?
—No tengo idea.
—¿No se imagina?
—Señor, estoy trabajando.
—Soy Arquímedes Puccio.
El peluquero sintió que estaba frente al diablo. Había escuchado que Puccio vivía en su pueblo pero nunca se lo había cruzado.
—Le voy a pedir que se retire y no vuelva nunca más.
—¿Por qué motivo?
—Yo no le corto el pelo a asesinos.
—Usted se deja llevar por la prensa. Son todas mentiras.
—Si no se va, voy a llamar a la policía.
Puccio no dijo nada. Se dio media vuelta y salió cabizbajo.
Desde ese momento no volvió a preguntarle a nadie si sabía quién era. Era mejor que ignoraran su pasado (…)
Después de 23 años en prisión, el 18 de julio de 2008 salió en libertad condicional de la cárcel de General Pico y fue a vivir a la casa del pastor Héctor Villegas, de la iglesia Biblia Abierta (…) Esos días los vivió con una mezcla de alegría por salir de la cárcel y la tristeza por la muerte de su hijo Alejandro, ocurrida el 30 de junio por un cuadro agravado de neumonía.
El reencuentro entre padre e hijo en libertad no pudo ser posible. La última vez que se vieron en la calle fue el 23 de agosto de 1985, en San Isidro. El último día que pasaron en libertad antes de la caída.
Arquímedes fue detenido con sus cómplices, entre ellos sus hijos Daniel “Maguila” y Alejandro, talentoso wing tres cuartos del CASI, un tradicional equipo de rugby de San Isidro, y ex jugador de Los Pumas (…)
Los vecinos creían que la familia era inocente. No podía ser que el señor Puccio, que los domingos iba a misa vestido de traje, hubiera arrastrado a los suyos al delito. Sintieron horror cuando se comprobó que entre 1982 y 1985, habían secuestrado y matado a los empresarios Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum (…)
En General Pico, Puccio vivió su segunda vida. Se inventó un nuevo pasado. Como esos escritores que en sus últimos años se alejan de todo y van a escribir sus memorias a un pueblo donde nadie los conoce, el viejo va al almacén, al mercado o la verdulería y a algunas personas les da una tarjetita que dice “Arquímedes Rafael Puccio, contador y abogado”. Una vez se presentó al Concejo Deliberante local para buscar clientes.
—En la tarjetita puse que atiendo urgencias las 24 horas y se cagan todos —me dijo el viejo cuando lo conocí, el 9 de julio de 2011. En ese encuentro, me impactaron su mirada fija, su energía de joven en un cuerpo de viejo y su memoria.
—Da la sensación de que proyecta su vida como si fuera a vivir 120 años —le comenté ese día.
—Es que voy a vivir 120 años y quizá mucho más —respondió con naturalidad, con la certeza de que tendría todo el futuro por delante.
—¿Cómo imagina su muerte?
—Me gustaría morir teniendo sexo. Sería un acto de justicia.
Puccio se jactaba de haberse acostado con más de doscientas mujeres. A muchas de ellas era capaz de recordarlas sólo por un gesto, la sensualidad de un escote, la forma de caminar o el aroma de la piel.
A los 82 años no tenía nada y al mismo tiempo tenía algo que lo hacía poderoso: una verdad nunca dicha. Un secreto que no tiene nombre.
—Pueden decir lo que quieran, imaginar, inventar, juzgar, pero sólo yo sé la verdad de esta historia. Y me la voy a llevar a la tumba —me dijo sin sacarme la mirada de encima.
Después de pronunciar esa frase, hizo un silencio —como los oradores que hacen una pausa para escuchar los aplausos— y empezó uno de sus largos monólogos. A veces reía a carcajadas de sus ocurrencias: se celebraba a sí mismo. Era lo más parecido a un profeta sin credo ni creyentes cuya misión en el mundo era repartir fantasmas a medida. .-

*Autor de El Clan Puccio, la historia definitiva, de editorial Planeta. Además, realizó la investigación periodística y fue miembro del equipo autorial de Historia de un Clan, de los hermanos Sebastián y Luis Ortega la serie de que saldrá por Telefe en septiembre.

 

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 14 de junio de 2015

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La ejecución


Por Juan Alonso

Pablo Ramírez estaba sentado sobre el piso de cemento con los brazos esposados desde atrás. La mirada del verdugo se posó sobre su rostro y sintió ganas de vomitar, de cagarse encima. Su cuerpo comenzó a temblar como sólo tiemblan los que saben que van a morir. El verdugo con ojos de pez y una leve joroba se subió los pantalones, que le llegaban a los bordes del culo, y tomó el arma que estaba en el mostrador de la caja de herramientas.

Afuera el cielo era violeta como algunos inviernos de la Patagonia. La camioneta avanzaba sobre el ripio y las ovejas parecían inquietas. El infinito se achicaba a medida que recorrían el camino, pequeñas piedras volaban hacia los costados y el polvo de la tierra seca producía que los ojos llorasen solos. Nadia se asomó por la ventanilla y vio aquel galpón, tres camionetas, un auto destartalado, un sereno durmiendo en la casilla de vigilancia con una pequeña radio roja sobre la mesita de plástico. El viento arreciaba y golpeaba la puerta, pero el sereno dormía, o parecía dormir apoyado sobre su lado izquierdo. En la radio sonaba el relato de un partido de fútbol local.

El perro de Ramírez, atado a una de las camionetas, lloraba como un lobo bajo una luna de sangre. Víctima y verdugo se miraron a los ojos. Un instante fugaz sin futuro. La primera bala se incrustó en el ojo derecho de Ramírez, que se volcó en un leve estallido agónico. Su perro lanzó un llanto furioso que atravesó la estepa y enseguida sobrevinieron los ladridos, la rabia brutal, la desesperación por romper la cadena de hierro y salir a matar a todo a quien estuviera parado ahí con el pobre de Ramírez.

Nadia escuchó un chasquido en el horizonte, el sonido de un cuervo en la penumbra. Su marido venía pensando en otra cosa. El lunes tenía que pagar la décima cuota de la hipoteca del campo y le dolía la rodilla. Nadia le dijo: “¿No escuchaste eso?”. Se miraron. La camioneta daba la ilusión de alejarse de alguna parte.

El segundo tiro fue en la sien. Un chorro de sangre se desprendió de la cabeza de Ramírez. No había pronunciado ni una palabra. El verdugo dio una vuelta completa alrededor del cadáver y se quedó mirando su obra. Lanzó un escupitajo al suelo y fue a buscar una bolsa y un trapo de piso. El perro seguía ladrando. Una baba espesa salía de la boca del animal y era de un amarillo fosforescente. La cadena de hierro le había hecho una herida en el cuello y tenía los ojos desorbitados por la furia. El verdugo ni lo miró. Lo que quedaba del sol naranja presagiaba la inminente llegada de la noche.

Nadia insistió: “¿Cómo que no escuchaste? Pareció un balazo”. Su marido hizo un gesto de fastidio y puso cuarta con la vista fija en eso que él definía “adelante”. La mujer comenzó a morderse las uñas y se asomaba sin lograr divisar otra cosa que no fuera su propio miedo.

Ramírez intuyó el final. Su amigo Norberto le había aconsejado que no fuera al encuentro del mecánico a cobrar aquella maldita deuda. Porque una deuda en un pueblo se paga con el simple saludo y un kilo de pan casero y una botella de vino. No valía la pena. ¿Qué cosa podría valer la pena? Pero Ramírez era terco y se aventuró en un lugar desconocido: la casa del odio no recibe bien a las visitas. Un extraño allí  tiene destino de calavera.

El primer corte es para separar algo parecido al matambre de la vaca, el segundo marca el azotillo, el cogote del animal, que se desprende con una sierra. Después se puede dedicar al costillar y a la falda. El cuarto trasero de la oveja es fácil de marcar y desmontar, porque no es tan pesado como otros. En eso venía pensando el verdugo, en sacrificar una de esas ovejas del ripio para hacerse un asado con su mujer e hijos, cuando su levitación mental fue interrumpida por el ladrido del perro de Ramírez. Tomó la extensión del cricket y le asestó un golpe en el lomo que literalmente lo quebró. Después empuño el arma, acercó el caño y efectuó el tercer disparo que se evaporó en el viento sur.

-¿Y ahora qué me decís?- Le dijo Nadia a su marido.

-Será un paisano medio borracho.

La oscuridad de la noche comenzaba a inundar el paisaje de lo aparente. Nadia seguía inquieta. Su pareja, indiferente.

Dos kilómetros atrás, el verdugo colocó el cuerpo de Ramírez en dos bolsas y se dirigió a una de las camionetas. Usó otra bolsa para el perro. Estaba tibio cuando lo lanzó atrás como quien se desprende de la basura.

En ese instante, una lechuza se desplomó del cielo. El ratón que perseguía intentó esconderse a unos metros del galpón. El verdugo salió con la linterna para alumbrar su faena. Arrimó un bidón de nafta y en el momento en que buscaba las llaves, el pájaro hizo un ruido excitado por el ratón entre su pico. El verdugo vio la escena extasiado y movió la comisura de los labios como buscando un cigarrillo para pitar. Dos asesinos distintos se contemplaban en silencio antes de marchitar los huesos.

Ya en su casa, Nadia pensaba en una tarta de manzanas.-

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“Tengo que pensar como un criminal, porque el cadáver me habla a mí”


Entrevista al médico forense Osvaldo Raffo

Es la máxima autoridad en medicina legal del país. Confiesa que todavía lo perturba la autopsia a René Favaloro y compara a Robledo Puch con Satanás. Dice que Ángeles y Candela fueron asfixiadas con las palmas de las manos.

Juan Alonso

Su refugio – Vive en la misma casa de San Andrés desde hace décadas. Las paredes están adornadas con premios y cuadros con dibujos de la cultura japonesa – Foto: hernÁn mombelli

Dios existe. Esa es la conclusión de casi cuatro horas de conversación con el maestro Osvaldo Raffo. Su casa está justo en una esquina frente a unas vías en San Andrés. Es el refugio de un hombre sin retiro. Porque este médico legista de 84 años, es ante todo, un profundo humanista. Se pasó la vida abriendo cuerpos humanos para buscar la respuesta de un asunto inexplicable y  tenebroso: ¿Por qué y cómo mata el hombre?
“Soy investigador de homicidios, o sea, un tipo que sabe vérselas con el crimen y con los criminales. Entonces, tengo que pensar como un criminal, de lo contrario no podré interpretar el lenguaje del cadáver, porque el cadáver me habla a mí. Lo que pasa es que muchas veces uno entiende las cosas mal. Y hay ocasiones en que el cadáver no dice nada y las pruebas están en el lugar del hecho. Por eso, no hay que contaminar ninguna escena. Se hace un caminito que incluso puede ser hecho con revistas y todos los peritos entramos y salimos por el mismo lugar sin tocar nada”, dice Raffo.
Lleva puesta una remera gris, pantalón oscuro y zapatillas deportivas a tono. Se pone de pie. Le indica a su secretaria que retroceda la imagen de video. Señala la pantalla gigante de su living donde explica cómo analizar un crimen con la mente de un forense. “Este es el lugar del hecho –relata obsesionado con el sitio donde abandonaron el cuerpo de Candela Rodríguez, de once años, el 31 de agosto de 2011 en Villa Tesei–. “Ahora resulta que a esta chica primero le han dado unas trompadas en la cara. ¿Y esto cómo se explica? Porque cuando yo veo venir el golpe, hago así y pega en el hombro. El tipo no ha usado el puño, ha usado el canto de la mano sobre el ojo izquierdo de la nena. La chica no tiene ninguna lesión genital. Al cadáver hay que hacerlo hablar. Ha empezado a los gritos, con esa mano izquierda le tapó la boca, con la otra reforzó la presión de la mano izquierda y con el canto de la mano ejerció presión sobre el cuello. Así murió esta chica: se llama estrangulamiento palmar. Este tipo, ¿por qué la mata? Estaba bien cuidada, bien aseada, no tiene síndrome de secuestrado. Pasó que había cientos de policías que la buscaban casa por casa en toda la provincia de Buenos Aires y tenían que deshacerse de ella. Le dieron de comer arroz (señala el estómago de la menor) y tres horas después la mataron y la pusieron en una bolsa, evadiendo las patrullas policiales. Pienso que la actuación policial fue bastante deficiente. Se encontró ADN en un plato que pusieron ellos. Cuidado con el ADN porque se puede buscar un falso culpable.”
Esa sustancia amorfa que se conoce como realidad y que los filósofos estudian desde hace siglos, lo mantiene inquieto a Raffo. “Empecé en 1961 hasta 2003 que me retiré. Primero estuve en la Policía, duré 25 años y llegué a ser director de Medicina Legal en La Plata. Después tuve algunos inconvenientes con los jefes policiales que había en ese momento. Querían que dictaminara lo que ellos querían, y conmigo no. Me retiré con el grado de comisario inspector. Me presenté al concurso de Tribunales y entré. Estuve en la Morgue Judicial desde 1983 hasta 2001, 2003. Me fui porque esto es como el boxeo: mejor irse con el cinturón puesto y que no te derriben en el ring. Ortega y Gasset decía: ‘Yo soy yo y mis circunstancias.’ Sigo siendo yo, pero las circunstancias han cambiado demasiado.”
–¿A qué le teme?
Raffo: –Te voy a hablar una cosa de la muerte. Soy tanatólogo.  Estudiamos el cadáver desde el punto de vista del derecho y las ciencias legales. Tendrías que hacerme otra pregunta. Yo creo en Dios, porque he abierto tantos cadáveres. Una cosa tan perfecta como el cuerpo humano, un ADN, un cerebro, no se pudo haber hecho solo. Tiene que haber habido un ser superior, pudo ser Dios o como vos quieras llamarlo, pero Dios existe.
–¿De dónde viene su pasión por la muerte?
R: –En 1935, mi maestro el doctor Pablo Federico Bonnet aprendió a hacer autopsias acá en San Martín. Cuando llegué a la cátedra, por supuesto que Bonnet sabía que yo estaba en la policía y me preguntó si cursaba la carrera docente en medicina clínica. Por entonces eran cinco años. Pero cuando empecé a hacer la carrera de medicina legal me encontré con la amante, la medicina legal. Ella nos maneja a nosotros como si fuera una mujer coqueta y hermosa y nos lleva adonde quiere. Y a mí me llevó a la morgue, a las comisarías y a los manicomios.
–¿Qué cosa lo perturba?
R: –La muerte del maestro René Favaloro. Me tiene mal hasta hoy. Fue un día sábado. Eran las cinco de la tarde y en ese tiempo el turno de la noche de la morgue cambiaba a las siete. O sea que yo cumplía mi servicio y me iba para mi casa. No me tocaba servicio a la noche. Me llamó por teléfono un médico de policía que fue alumno mío y me dijo: ‘maestro, estoy en la casa del doctor Favaloro, se pegó un tiro’. No puede ser, le dije. Y me respondió que estaba al lado del cuerpo en el baño, con un montón de cartas que había dejado pegadas en el espejo dirigidas al abogado, al sobrino, a todo el mundo. Hubo una especie de escándalo por el nerviosismo en la morgue. Me vine a casa. A las 12 de la noche me llamó el decano del Cuerpo Médico Forense y me dijo: ‘Raffito, venite para acá porque el juez quiere que la autopsia la hagas vos’.
Yo me había tomado un sedante, porque seguía preocupado por Favaloro, y me había tomado un vaso de whisky también. Pedí un remís por prudencia para no manejar. Llegué a la morgue y en una camilla estaba el cuerpo de Favaloro, vestido con un pijama de color gris, muy humilde, un par de anteojos en el bolsillo superior izquierdo y una chancleta sola, la otra quedó en el camino. Ahí me dio un ataque de histeria, perdí la firmeza. Empecé a despotricar contra la medicina, contra el país, contra todos. Y entonces dije: bueno, no quiero que nadie lo toque. Yo mismo me voy a encargar del cadáver del maestro. Lo lavé todo y lo peiné. Hubo que hacerle la autopsia y el corazón estaba reventado con un tiro de un 357 Magnum. Lo había comprado en una armería, pero como era Favaloro nadie le preguntó nada. Se pegó un balazo.
Terminamos de hacer la operación y afuera lloviznaba, eran las 3:30 de la madrugada. Salgo y al mirar a la izquierda hacia Junín, creí que había perdido la noción de la realidad. Veo venir caminando por la vereda a El Zorro y María Antonieta. Atrás de ellos venían algunos más. Es que frente a la morgue hay un club y esa noche era la fiesta de máscaras.  Y pensé: este es el mundo pasar. Y yo en la heladera había dejado al maestro junto al pistolero y el ciruja.
Hasta el día de hoy conservo las huellas digitales de Favaloro, me quedé mal con esa autopsia, quisiera que no me hubiera tocado a mí hacerla. Cuando le sacamos el cerebro lo pusimos en una bandeja y le dije a mi colega: examínelo, doctor. Después pensé  qué estamos haciendo…Un maestro de la medicina argentina y mundial que con su método salvó y salva miles de vidas. Se mató porque no podía pagar los sueldos de sus empleados; era un hombre de honor.  El gobierno de entonces le había prometido que iban a darle el dinero. No lo hicieron. Así terminan los grandes maestros en la Argentina.
–¿Lo conoció en vida?
R: –Estuve dos veces con él en reuniones de médicos y mi compañero le robó, digamos, un sánguche de miga de la mesa. Era un petiso simpático que falleció. Extendieron la mano en el mismo momento. Yo le dije que el de queso era de Favaloro, y el petiso lo primerió. Favaloro lo miró mal, no se dijeron nada (se ríe).
Raffo es un estudioso del mal. Dice que nunca conoció a un psicópata tan profundamente oscuro como  Carlos Eduardo Robledo Puch. “Me llama por teléfono. Me recrimina que me hice famoso gracias a él. Se nota que tiene asma por el sonido de su voz. Debe tener un celular en la cárcel. No lo sé. Nunca he visto a ningún hombre con tan poca afectividad. Tiene afectividad cero. No quiere a nadie. Mire que los asesinos quieren a su perro, a su hijo, un poco a los padres. Pero este no. Acá vino un fiscal y sentó ahí donde está usted. Me preguntó qué haría con Robledo. Y yo le respondí: vea doctor, ¿usted dejaría libre al león del Zoológico porque está viejo y no mordió a nadie? ¿Vos sabes a cuántas personas mató Robledo? Entre 20 y 30, no a cinco. Todas eran muertes absurdas. Iban por la Panamericana huyendo de un robo y le disparaban a cualquiera para probar puntería en el camino. Y lo hacían por divertimento, como un juego.
–¿Cómo fueron las entrevistas?
R: –Un tipo como Robledo nace cada 100 años. Es la maldad en su estado químicamente puro. Él trataba de dominarme en la conversación. Lo estudié durante tres meses, dos veces por semana de forma personal. Volvía a mi casa y estaba muy nervioso. Me sentía mal. Me faltaba el aire. Mi finada esposa me preguntaba qué cosa me pasaba. Y era este tipo que me seguía haciendo daño. Su carga. Su historia. Él mató a toda su banda, por un motivo elemental: es homosexual, aunque yo creo que es un ser asexuado. La cosa es que después de asaltar, violar y asesinar a sus víctimas, la banda tenía sexo entre ellos en la misma casa. Se quedaban allí, saqueaban, comían, dormían juntos.
Una vez le pregunté por qué mató a Somoza (su compinche, su socio) con un soplete en la cara. Y me dijo que fue para que no lo reconozcan los agentes policiales porque era su amigo. No, le dije, amigo un carajo, ¿por qué lo mataste? Y entonces ahí se soltó: ‘porque a Robledo no lo abandona nadie’. Me mostró su verdadera cara. Ellos tenían una filosofía para matar: torturaban, intercambiaban sexo. Esta es la historia de Robledo.
–¿Y el mal?
R: –Desde el primer momento que lo vi noté que tenía un componente satánico. Su mirada es perversa. Su voz. Parece un tipo encantador, pero no es así. Recuerdo que cuando cayó preso yo tenía poco más de 40 años y ningún perito se quería hacer cargo del caso porque le tenían miedo. Decían que tenía banda. Pero él ya los había matado a todos. Con el fiscal Segovia empezamos a buscar a los sobrevivientes o a los testigos. Pues bien: nos pasó algo muy extraño. Una persona que lo vio salir de una casa donde mataron a todos, cuando la fuimos a buscar ya había muerto la semana anterior en circunstancias sospechosas. Está también el ejemplo de una mujer que habían violado y disparado, a la que también le quisieron matar de un tiro a una nena, que estaba en una cuna. La madre escapó herida, arrastrándose hasta una estación de servicio para pedir ayuda a la policía. Cuando la fuimos a buscar estaba internada en un centro de salud mental. Se había vuelto totalmente loca. Desquiciada. No podía testificar. Y menos identificar a Robledo. Le dije al fiscal: este tipo es Satanás, no es humano.
–¿Por qué cree que hay tantos homicidios de chicas?
R: –Porque son un blanco fácil. Salen de los boliches en pequeños grupos. Están muy expuestas. Fíjese el caso Ángeles Rawson. Por poco se comete el crimen perfecto. Si entraba en el circuito de la basura no la encontraban más y todavía nos estaríamos preguntando qué le pasó. Sucede que el portero Mangeri no era un gordito bueno. El criminal no se convierte en criminal mirando la televisión. Le falta el punto gatillo para lanzarse al agua. El aspecto social es el telón de fondo, como decía mi maestro. En el caso de Ángeles, el disparador para Mangeri fue la propia belleza de la niña. Estos tipos por lo general reaccionan en la adolescencia, pero en algún momento lo hacen. Este actuó con efecto tardío. Aparte el tipo tuvo tres o cuatro horas para hacer su especialidad, la limpieza. La chica no murió apuñalada ni de un balazo, la estranguló. La policía de la provincia embolsó bien las manos, tan bien lo hizo que eso permitió luego extraer ADN del agresor de las uñas de la víctima. Por eso, en aquel momento, al ver las fotos del cuerpo era mi obligación moral salir a decir que se trataba de un intento de violación seguido de homicidio. Fíjese las lesiones paragenitales (señala la pantalla), es la lucha del tipo para abrir las piernas de la nena. Era mi deber como ciudadano aclararlo, porque iban a decir después que la pobre murió como consecuencia del camión de basura. ¿Qué camión de basura? El cadáver habla. Le apoyó el codo con sus 120 kilos encima, apretó la boca de la muchacha. Se repite el cuadro de Candela. Vea las lesiones del cuello. Vea el labio, los golpes se los da del lado izquierdo, porque él es diestro. Seguramente la ha tomado con la izquierda y la golpeó con la derecha, y después cambió con las dos manos. Apretó y provocó el cerramiento palmario. La muchacha tenía manchitas en los pulmones como pequeños puntos, producto del tipo de asfixia que padeció a manos de su atacante. La autopsia hecha en la morgue judicial estuvo deficientemente hecha, los forenses tenían dudas y vinieron a consultarme. Les dije que las lesiones del camión eran lesiones producidas después de la muerte, porque la chica era evidente que había sufrido un intento de violación y resultó estrangulada.
–¿Hay muertes sin causa?
R: –Vea, recuerdo dos casos que se me vienen ahora a la mente. Los de Romina Yan y Cristina Onassis. Las dos murieron y se hicieron autopsias muy minuciosas, pero no se encontró la causa de la muerte. Hicimos un estudio mundial de por qué murieron estas mujeres. Las dos seguían la dieta Scardale, que yo la quiero seguir, se baja de peso fenómeno con proteínas solamente; segundo, las dos iban a hacer gimnasia; tercero, las dos tomaban pastillas para no tener hambre. Y todo ese conjunto de cosas lo que hace, según la literatura médica mundial, es bajar el potasio a cero y provoca el paro cardíaco. Es lo que se llama la muerte sin causa. Estas cosas existen, no todo es el degollado, el ahorcado o el baleado, estos casos son difíciles de analizar.
–¿Cómo sabe si es un ahorcado o un homicidio que quisieron tapar? 
R: –Por el surco. Este es un ahorcado que tiene nudo lateral derecho (muestra la pantalla, una vez más). Lo que tengo que ver yo en los casos de ahorcados en celdas de comisarías o cárceles, es si el surco que deja la soga es vital o post mortem, por si colgaron un cadáver. Si veo una impronta nada más es porque colgaron un cadáver. Si el tipo tiene el nudo en la nuca y la cara de color azul ya empezamos mal.  «

Practicó el arte de los samurai

La casa de Raffo está repleta de espadas y elementos de la cultura japonesa y samurai. Él practicó el kendo hasta los 75 años. Además de ser cinturón negro en judo y en karate. Su maestro de kendo y aikido volvió a Japón y se convirtió en el jefe de los docentes para adiestrar a los tropas de élite de la policía nipona. “Acá está mi maestro, con él aprendí lo que es ser un hombre a la hora de combatir con o sin espadas”, recuerda el médico legista parado al pie de su escalera, donde también está la medalla que recibió de Juan Domingo Perón, cuando era joven y estudiaba medicina. “Viajé una vez sola a Japón, pero con eso me alcanza y me sobra”, asegura.

Lola: “se trata de un asesino torpe”

“Lo primero que pienso es que la autopsia no es clara. El forense Castro no definió el tipo de asfixia que sufrió la muchacha. En un homicidio se cuenta con 72 horas para resolver el caso. Hasta ocho días, después de ahí pisamos terreno infértil.
Lo que veo en este crimen es que se trata de un asesino torpe. Que utilizó un cuchillo sin filo, un arma no apta para matar, desafilada. Topográficamente eligió lugares no mortales para agredir a la víctima. La chica dicen que murió por asfixia, pero yo estoy dudando de esa autopsia. ¿Qué tipo de asesino es este? ¿De qué estamos hablando? Creo que se trata de una persona joven o una mujer. No despreciemos esto. Hay mujeres muy capaces de asesinar si pueden sorprender.
La chica salió con un libro a caminar, en principio, buscando un lugar cómodo en la playa. Pero los investigadores uruguayos aseguran que el cuerpo fue encontrado en una zona de médanos. ¿Cómo fue que llegó hasta allí, fue amanazada, alguien la arrastró? Son preguntas de las que no se puede hallar respuestas certeras. Además, el lugar donde encontraron el cadáver se debió haber preservado mejor. Tenían que haber tamizado toda la arena de alrededor para encontrar elementos de prueba valiosos para la causa. El doctor Castro dijo que estaba apenas cubierta por arena en posición cúbito lateral derecha. Es muy difícil que en esa posición entre arena en los bronquios al pulmón. El asesino es tan torpe que ni siquiera se dio cuenta de que Lola estaba con vida. Es una cuestión que no me explico. Yo he visto muertes de chicas jóvenes como esta chica donde son casos de predominio banal. Es un término que nosotros usamos para los hipotensos, las personas que se desmayan. He visto tocarle la boca al que no está muerto ahí. Si estamos ante un caso de esos, han inventado la causa de muerte.”

“Lo importante es ver la cara de la nena y cómo la mataron. Es el movimiento palmar. La gente se muere de tres a cinco minutos, o sea, que el asesino la tuvo sujetando en ese tiempo. Este es un pulmón bien congestivo –señala la imagen de Candela–, se rompe en pequeñas partículas. La persona quiere respirar y el aire bombea en vacío a los pulmones.”

“Esto de pararse en el lugar del hecho –dice mirando el momento en que los jefes policiales estaban en la sede de la CEAMSE de José León Suárez con el cuerpo de Ángeles– no debe hacerse nunca. Tiene que haber un jefe de equipo que les diga que no vayan para ese lugar. No se debe permitir la presencia de personal subalterno porque venden las fotos.”

“Esta es la lucha del hombre (Mangeri) para abrir las piernas de la nena. Vea las huellas que dejó en las piernas. La golpeó y la asfixió a Ángeles con sus 120 kilos. El cadáver habla. La medicina legal es una especialidad pero antes de practicarla, hay que saber aprenderla. Los legistas tienen que saber leer la escena primero. Son la infantería forense.”

“Robledo Puch me llama a mi casa y me dice que lo usé para ser famoso. Uno se siente extraño cuando enfrenta a un hombre que no tiene afectividad. Yo nunca he visto un psicópata como él. Nace un Robledo cada 100 años. ¿Sabés a cuántas personas mató? Entre 20 y 30. Y lo hacía por divertimento, como si se tratara de un juego.”

“En una camilla estaba el cadáver de Favaloro, vestido con un pijama de color gris, muy humilde, un par de anteojos en el bolsillo superior izquierdo y una chancleta sola, la otra quedó en el camino. Ahí me dio como un ataque de histeria, perdí la firmeza. Dije: ‘no quiero que lo toque nadie’. Lo lavé todo y lo peiné. El corazón estaba reventado de un tiro de un 357 Magnum.”

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Fueron presos por causas armadas por la policía y ahora están libres


Tiempo Argentino entrevistó en exclusiva a dos víctimas de conspiración policial y negligencia de la justicia

Fernando Carrera fue condenado a 30 años de prisión por la Masacre de Pompeya. Estuvo siete años y medio detenido y la Corte revocó su condena. Alejandro Bordón pasó 20 meses en Sierra Chica, acusado por un homicidio que no cometió.

Por Gastón Rodríguez

 

Alejandro Bordón está inquieto y busca afuera, a través de la ventana de un primer piso que da a Lavalle, algo que le haga olvidar la ansiedad. La impuntualidad de Fernando Carrera no le hace las cosas más fáciles.

“Los dos casos –se le ocurre finalmente– demuestran la absoluta incapacidad de estos personajes. Les digo así porque no los puedo llamar de otra manera. Se sienten dueños del poder, igual que los represores en los años setenta.
“¿Vos sos el que mató al colectivero?”, interrumpe Carrera mientras asoma desde la puerta. El chiste funciona y afloja a Bordón. Hay risas y abrazos. Los dos se repiten las ganas que tenían de conocerse.
Coinciden en que sus dramas no son tan distintos.
El de Carrera comenzó el 25 de enero de 2005, cuando conducía su Peugeot 205 blanco por el centro de Nueva Pompeya y fue acribillado por efectivos vestidos de civil de las comisarías 34ª y 36ª, que viajaban en vehículos sin identificación. Uno de los ocho balazos agujereó el rostro de Carrera y le hizo perder el control del auto. El saldo fue de tres muertes: Gabriela Silva, de 31 años, su hijo Gastón, de seis, y Edith Custodio, de 41.
En mayo de 2008, la Sala III de la Cámara de Casación ratificó el fallo de primera instancia que condenó a Carrera a 30 años de prisión por los delitos de “robo con armas retirado, homicidio agravado reiterado –en tres ocasiones–, lesiones agravadas, resistencia a la autoridad, daño y encubrimiento”. La defensa, que siempre argumentó que la causa contra su cliente fue armada por la policía, recurrió a la Corte Suprema a través del “recurso en queja”. El martes, el máximo tribunal revocó el fallo y al día siguiente Carrera recuperó su libertad. Tuvieron que pasar siete años y medio.
El caso de Bordón es otro escándalo. El 5 de octubre de 2010, el hombre salió como todos los días de su casa en Monte Chingolo a la hora en que todavía no aclara para ir a su trabajo en una empresa de catering del Aeroparque Jorge Newbery. Bordón corrió el colectivo 524 y subió de manera atropellada pero no recuerda mucho más: la paliza propinada por el agente David Alberto Quijano, que se desempeñaba en la DDI de Campana, le nubló los pensamientos. Después fue peor: tuvo que soportar más golpes y despertarse en el calabozo de una comisaría.
A Bordón se lo acusó por el crimen del chofer de colectivo Juan Alberto Núñez, ejecutado de dos balazos en la esquina de Cazón y Guido, mientras se dirigía a la cabecera de la empresa, y se le dictó la prisión preventiva.
Recién el último 4 de junio, el Tribunal Oral 8 de Lomas de Zamora absolvió a Bordón de culpa y cargo al considerar que no había pruebas contra él. Había estado preso 20 meses en Sierra Chica, la cárcel más peligrosa de la Argentina.

–¿Los de ustedes fueron casos aislados o es una constante?
Bordón: –No somos los primeros y tampoco vamos a ser los últimos. Hay mucha gente, tal vez por causas menores, que está presa siendo inocente.
Carrera: –Estoy de acuerdo. La mayoría de los “engarronados” (jerga con la que se conoce a las víctimas de causas armadas) están por drogas y en muchos casos se trata de drogadictos o consumidores, que fueron a comprar y terminaron presos como partícipe necesario de una organización dedicada al comercio de estupefacientes. Y ni hablar de los casos ya emblemáticos de la Policía Federal que reclutaba personas en la bolsa de trabajo de San Cayetano. Cargaban en un auto a un boliviano o un paraguayo diciéndoles que tenían una “changa” para ellos y después, cuando se bajaban con la excusa de comprar cigarrillos, caía un allanamiento y encontraban que en el auto había “falopa” o armas. Y eso lo hacen para engrosar las estadísticas, llenar espacios en los medios de comunicación y hacer quedar bien a las fuerzas.
Bordón: –También hay otra condena, que es la de la gente. La sociedad te dice: algo habrán hecho, por algo están presos. A mí me degradaron totalmente, y lo mismo pasó con mi familia.
Carrera: –Los malos tratos que sufre la familia de parte del Servicio Penitenciario son lo que yo llamo penas subsidiarias. Yo estuve en el Federal y Alejandro en el Bonaerense, pero te puedo asegurar que no cambia nada. Las mujeres en “bolas” con cinco grados bajo cero. Los chicos también desnudos. No digo que no controlen los ingresos, pero con la tecnología que hay no podemos obligar a las mujeres a que se abran de piernas. No te ponen en bolas en los aeropuertos después del 11/9, pero si para entrar a la cárcel. Es una risa. Mejor dicho, es tristísimo.

La herencia del encierro: a Bordón lo conmueve usar cubiertos de metal. Tener fuego con apenas un giro de la hornalla impresiona a Carrera. A los dos les cuesta salir solos a la calle.

–¿Qué les quitó la cárcel?
Bordón: –La cárcel te cambia. Los presos huelen el miedo y si te entregás te comen el hígado. Pero el dolor más grande era saber que me arrebataron todo lo que amaba por culpa de un trasnochado que me armó una causa.
Carrera: –A mí me quitaron todo, pero sé que fui la víctima menos perjudicada de toda la tragedia, pese a que me dieron ocho tiros y estuve siete años y medio en cana. Yo puedo caminar por la calle y estar con mis hijos, pero las tres personas que murieron por la deficiencia de los seis policías que me armaron la causa no tienen la misma posibilidad. Es por ellos que hay que ir en busca de la verdad y la justicia.
–¿Se puede volver a creer?
Carrera: –Acá la presunción de inocencia se convierte en presunción de culpabilidad. Entonces, ¿de qué seguridad jurídica estamos hablando? Si el juez presume que sos culpable, te condena por las dudas.
Bordón: –Voy a luchar hasta mis últimas fuerzas para que la gente que me arruinó la vida rinda cuentas de lo que hicieron. Pero hasta que no llegue ese día, no voy a volver a creer. Cuando a mí me trasladaban de Sierra Chica para compadecer veía los patrulleros que decían “Seguridad y Justicia” y a mí me daban ganas de llorar. Si hubiera justicia, ninguno de los dos hubiera pasado por lo que pasó.
Carrera:–Los patrulleros de la Federal tienen pintado en las puertas “Al servicio de la comunidad”. Si te fijás bien la frase está entre comillas. Eso te dice todo.-

 

El caso de Leandro Roig

Leandro Roig estuvo detenido durante dos años, tres meses y tres días en el penal de Olmos por un crimen que no había cometido. Sin embargo, en la primera jornada del juicio oral que lo tenía como imputado, recuperó la libertad, porque el fiscal de Mercedes Guillermo Altube consideró que no había participado del asesinato de Santiago Alfonso, de 16 años, ocurrido el 18 de enero del 2009 en Moreno.
En octubre de 2011, Leandro abandonó el penal y habló con Tiempo Argentino. El chico de 25 años contó la pesadilla de vivir encerrado entre delincuentes siendo inocente. “Nunca creí –recordó el joven, casado y padre de una niña– que iba a estar detenido y de repente estaba rodeado de presos. Me llevaron a Olmos y me pegaron una paliza bárbara.”
Lo curioso del caso fue que el día de la sentencia, Leandro acompañó a la madre de la víctima al tribunal y lució una remera con la foto de Santiago. Finalmente, Carlos Chávez fue condenado a 15 años por el homicidio simple del menor.

 

 

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La mujer de Barreda rompe el silencio


Entrevista exclusiva a Berta “Pochi” André, la mujer de Ricardo Barreda

“Yo le digo a Barreda que se deje de joder y que empiece a vivir la vida”

Publicado el 13 de Marzo de 2011

 

Por Gastón Rodríguez

Por primera vez, un periodista entró a la casa de la novia del odontólogo que mató a toda su familia. Cómo es la convivencia de la pareja en el departamento de Belgrano. Cuentan que en las noches se comunican con los muertos.
Todas las noches Ricardo Barreda se sienta al borde de su cama,  nunca es antes de la una, cuando ya esta desvestido y algo más derrotado. Con las manos apoyadas a cada lado de la sien, el hombre cierra los ojos y permanece quieto durante seis o siete minutos y algunas veces hasta nueve o diez, según el reloj chino de la mesa de luz. Se sabe que Barrera no reza pero no se sabe nada más. Aunque hay sospechas de lo que sucede en esa pieza.
“Para mí –arriesga Pochi- que habla con sus muertos. Yo no le digo nada porque hay que respetar esas cosas. Las primeras veces le preguntaba si se sentía mal pero siempre me decía que no era nada y que lo dejara tranquilo. A mí me ha preguntado varias veces si yo hablaba con el pasado mío, con mi padre especialmente que esta muerto hace muchos años.

–¿Y usted que le respondía?
–Que por supuesto. Si hasta he visto a mi mamá, que también esta muerta sentada acá en el living. Una vez me preguntó si ella me hablaba y le dije que no, que la que hablaba era yo. Me parece que ese día se quedó más tranquilo.
En homenaje a sus dos abuelas, a Pochi la nombraron Berta Carolina. El apellido André lo heredó de un padre francés, el mismo que la bautizó con ese apodo inmortal que tomó prestado del personaje de historieta Pochita Morfoni, una golosa incorregible que siempre sucumbía ante los postres.
De su pasado como docente le quedó una jubilación de directora de la que no se queja y una vocación amorosa a imaginar a todos como nietos suyos.
La mayor parte de sus 74 años los pasó en el anonimato, que recién se quebró un domingo de sol en el patio de la Unidad 9 cuando oficializó con el “doctor Barreda”, como le gusta llamarlo cuando se pone en pícara. La mujer, además, es la garante de su detención domiciliaria, que desde mayo de 2008 transcurre en este escaso dos ambientes de Belgrano, cuya fachada fue tantas veces filmada y fotografiada que puede emparentársela con el edificio Dakota de Nueva York, donde fue asesinado John Lennon.
Sin embargo, la intimidad de la casa de los Barreda, hasta esta nota de Tiempo Argentino, se había mantenido inexpugnable, ajena al acoso periodístico que incluyó móviles de televisión transmitiendo en vivo desde la vereda o paparazzis trepados a balcones vecinos, borrachos en el afán de conseguir la foto de dos viejos con la guardia baja.
“Fue un atropello total. Yo los odiaba”, se indigna la mujer, quien por mucho tiempo calló lo que ahora se le cae de la boca.
“¿Querés saber que pasó el famoso día que violó el arresto domiciliario? –pregunta. Ricardo se sentía muy mal pero tenía que ir a la última consulta con el médico que lo operó de la hernia. Entonces el Servicio Penitenciario vino, lo llevó y lo trajo de vuelta. Cuando atravesó la puerta y caminó por el pasillo sintió que los edificios de al lado se le venían encima, como si fuera un delirio, o algo así, y entonces volvió a salir y se cruzó hasta la farmacia. Cuando lo fui a buscar estaba casi sin presión y tomando un café con mucha azúcar para recuperarse. Después se sintió un poco mejor y nos fuimos. Ahí nos filman desde adentro de un auto, y como Ricardo tenía una bolsa dijeron que nos habíamos ido a comprar. Mentira. Eran los estudios que le había llevado al médico”.
Aquellas imágenes se trasmitieron en cadena nacional y la opinión pública ayudó a que las justificaciones no alcanzaran. Barreda volvió a la cárcel, aunque sólo por 17 días.
“La última vez en Olmos extrañó mucho. Me llamaba por teléfono y me decía llorando que me quería”, recuerda la mujer.

–¿Cómo es Barreda en la intimidad?
–Es un hombre muy tranquilo, aunque esté sufriendo por dentro. También es muy humilde. Él conmigo empezó a vivir porque era muy ortodoxo, muy estructurado. Yo lo tengo loco desde la mañana temprano, le pongo cumbia porque sé que le da bronca (risas). La diferencia fundamental son los tiempos. Yo soy rápida y él es lento, él siempre con la cama lisita, sin ninguna arruguita, y yo a lo mejor me enrosco en la sábana y le hago una joda. Él me quiere corregir pero para corregirme me tenés que hacer nacer de nuevo. Yo le digo que se deje de joder y que viva la vida. Igual cambió bastante. Hoy es el primer día que me pidió que suba un poco la música.

EL PASADO NO IMPORTA. Pese a las circunstancias, Pochi no se desanima y extiende su primavera. Al buen humor le suma una coquetería de manual: canas teñidas, hombros perfumados y algo de color en los labios. Resistencia, que le dicen.
“Algunos deben pensar que somos unos viejos de mierda que ya nos vamos a morir, pero a lo mejor con todas las cosas que están inventando pasamos los 90 ¿no?”.
Ocupada en eso de vivir, Pochi desatendió el guión de la época y perpetuó su soltería. Incluso, como buena hereje, tampoco cumplió con el mandato de ser madre.
“Yo no me casé porque siempre me gustó la milonga. Me iba a bailar al Savoy y salía justo para tomar el desayuno. Así se fueron pasando los años y cuando me di cuenta ya estaba pisando los 40. Me acuerdo que miraba a las otras maestras y pensaba: “¿Cómo hacen para trabajar todo el día y después ocuparse de sus hijos?”
Karma o lo que sea, Pochi terminó a cargo de un veterano de salud frágil y apellido célebre, condenado a no salir de su casa.
–¿Cómo se enamora una mujer de un hombre que mató a la esposa, la suegra y las dos hijas?
–Mientras a mí no me afecte y no vuelva a hacer cosas raras, el pasado no importa. Nunca me dijo una palabra más alta que la otra. Eso te da fe de que el hombre está tranquilo.
Se sabe que todo comenzó en el año 1994, en una visita a quien era el cuñado de Pochi por aquel entonces. El preso le presentó a otro preso y la mujer se enganchó de inmediato. Pero los detalles de la historia de amor están a continuación y en primera persona.
“Al principio, él me trataba de usted y yo pensaba qué bien se siente una al lado de una persona tan atenta y culta, porque él te hablaba de cualquier cosa, de películas, libros y cuando hablaba te agarraba la mano. Hasta me llamaba todas las noches a la misma hora para saber cómo había llegado a mi casa. Tuvimos relaciones después de un año porque él es un hombre muy delicado. Fue como cualquier mujer lo soñaría.”
–Perdón por la infidencia pero ¿quién se ocupa de los quehaceres domésticos?
–Él cocina y mantiene el baño limpio. Yo hago los mandados y el dormitorio lo hacemos entre los dos.
Un pedazo cortado prolijo de cinta blanca con la inscripción “Toalla para las visitas” pegado en uno de los azulejos confirma el dato. Memorabilia del encierro en estado puro.
“Son cosas que trae de la cárcel, explica Pochi. Eso también se nota cuando cocina. Él abre la heladera, mira lo que hay y con eso se arregla”.
Que la ensalada de apio y roquefort es la especialidad de la casa también dejó de ser un secreto.
–¿Qué esperan del futuro?
–Ahora estoy tratando de convencer a Ricardo que se jubile pero es muy cabeza dura y no quiere porque dice que le gustaría volver a ejercer como odontólogo. Yo le digo que las cosas evolucionaron mucho y que le falta estudio y preparación. Ahora todo el mundo habla de los implantes pero él dice que eso no sirve para nada y que se caen a los cuatro meses. Lo que pasa es que él es de otra época.
Pochi dijo lo último casi susurrando. Una suerte de confesión a escondidas. En el aire del living flota la complicidad hasta que la puerta de la habitación se abre y sale Barreda. Parece algo amargado y nadie sabe si escuchó lo de su cabeza dura o sólo esta de mal humor. La única opción es saludar como si nada.
–¿Como está Ricardo?
–Digamos que bien.

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 13 de marzo de 2011

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Nicolás Añanco, un detective emocional


Por Juan Alonso

 

Nicolás Añanco se levantó con una resaca espantosa. Con la mitad del cuerpo desnudo sobre la cama y los zapatos puestos parecía que volvía de la muerte y de todas las noches. El dolor de cabeza le impedía pensar bien. Tal como estaba –turbado por el olvido- se metió en la ducha casi con lo puesto. Eran las dos de la tarde y la ciudad hervía hedionda.

El agua fría le hizo bien. Se miró al espejo y de los ojos le salía un resplandor profundamente gris que algo inexplicable mantenía encendido desde adentro de sus tripas. Se afeitó y pensó por enésima vez en quitarse el bigote y la barba que lo acompaña desde hace unos 20 años. Pero al primer tijeretazo aquello no le gustó. Se veía otro y quería ser siempre el mismo. “Vos tenés que aprender a volar”, le dijo un amigo. Nicolás arrastró una carcajada seca con el encendedor en la mano, totalmente en pelotas, caminando casi rengo por el living de su casa.

Fue hasta la computadora y buscó algo de Robert Gray. Se lavó los dientes con el blues sonando de fondo, preparó un café doble potente, sin nada para comer, ya que casi siempre su heladera está vacía de alimentos.

“Acá lo único que te puedo ofrecer son botellas”, le dice a las visitas, para rematar: “eso sí, están llenas de vida ellas, muy nenas”.

Encendió el primer cigarro negro del día.

Miró por la ventana. Una empleada doméstica tendía la ropa en la terraza color ladrillo, por la calle pasaba el comprador de usados y rotos, con su sonido estridente y característico en réplica constante.

El crimen de Constanza Arriaga lo tenía mal a Nicolás. Soñaba con el asesino y no había noche, pese a cualquier compañía, que no la recordara. A ella. A Constanza, la chica muerta en las vías del tren. De a poco se estaba enamorando de aquella mujer recortada a machetazos y de cuya figura solo conocía la sangre. La sangre en un cruce de vías.

Y era como si ella volviese de aquella muerte violenta para inquirirlo, para azuzarlo en su letargo de esa bruma de bodrio cotidiana.

Quizás por eso, en las últimas semanas, Nicolás había completado un detallado repaso de cada uno de los instantes de la biografía de la joven de 23 años muerta cuando volvía de Retiro, a metros de la estación Núñez, en el norte de Buenos Aires.

Nadie había visto nada. Ella parece haberse esfumado en el espanto de forma tan ágil como una sombra de miedo. No había testigos del homicidio. Sólo la carita angelada de Constanza que iba y volvía a su mente afiebrada por el alcohol y los excesos. Pero tenía que haber una prueba, un cabo suelto, un primer novio, un segundo, alguien, un vecino, un portero de edificio, un amante, un jefe, un padrastro, un psicópata serial; tenía que haber algo para que Constanza descansara en paz y él, Nicolás Añanco, lograse volver a reírse un poco del mundo y del putísimo destino.

Sobre la mesada del living, desplegó un mapa de la escena del crimen y comenzó a pensar como si fuera el asesino. Se concentró tanto que parecía fuera de la realidad. Recordó que eso mismo le decía su ex mujer los domingos a la mañana, mientras Nicolás miraba con abulia la ventana, los árboles y los pájaros.

Ese desvarío alucinado duró al menos una hora de cavilaciones con y sin ningún sentido. Con un bolígrafo rojo fue trazando los puntos flojos de la instrucción penal. Y se hacía cientos de preguntas que no podía responder de forma lógica. “Esta mierda me está matando. Un día de estos largo todo y los mando al reino del carajo”, murmuraba para sí Nicolás, como siempre.

Faltaba un rato para reunirse con el inspector Aguirre, un tipo agudo que no dejaba nada librado al azar para resolver un crimen. Pero ni Añanco ni Aguirre habían progresado en la investigación del asesinato de Constanza y eso a Nicolás lo ponía más nervioso que nada en el Universo. Ni siquiera había encendido la televisión salvo para ver la temperatura y algún canal de noticias en donde un cronista fisgón y travieso se encargaba de recordar el caso de Constanza.

“Lo voy a encontrar. Al hijo de puta que la mató lo voy a encontrar”, se repetía en el ascensor, en el auto, en el subte, en el bar, frente a los espejos del baño, en la oficina. Estaba obsesionado con hallar todas las respuestas. No le quedaban muchas opciones. Debía seguir siendo Nicolás Añanco, el hombre admirado por sus compañeros como el tenaz, el astuto, el tipo que tiene una mirada sobre cada cosa fulera. Un tipo demasiado acostumbrado a lidiar con la muerte sin poder comprenderla. Ella simplemente llega sin anuncios. Ni pompas. Se impone como un látigo en la espalda del condenado. Está.

En todo eso pensaba Nicolás Añanco, detective de la División Homicidios de la Policía Federal, cuando sonó el chasquido del piso de madera de su casa y alguien soltó un sobre papel madera por debajo de su puerta.

-¿Y esta gran mierda?- Dijo, malhumorado. Vamos a ver de qué se trata esta maldita historia.

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