La fuga es un bochorno que desnuda el quiebre del pacto de la Política con la Policía


 

Por Juan Alonso

 

Este papelón histórico comenzó a rodarse durante la última semana de 2015 en el penal de máxima seguridad de General Alvear. Hace 14 días, los hermanos Martín y Cristian Lanatta, y Víctor Schillaci, salieron por la puerta con una pistola de madera, un guardia como rehén, y un Fiat 128 que tuvieron que empujar para que arranque. Luego abandonaron al efectivo del (SPB) a su suerte y emprendieron la fuga más rocambolesca de la historia criminal argenta.

Los recibió un grupo de apoyo con chalecos antibalas, armas  de puño calibre .40, 45, y 9 milímetros, escopetas 1270, y rifles de asalto como los que usa el Ejército (FAL). Con todo ese arsenal encima, estos tres flamantes herederos de Butch Cassidy y Sundance Kid sacudieron el verano en un rock interminable, atravesando zonas tan disímiles como Florencio Varela, Chascomús, Ranchos, Quilmes y vuelta a Berazategui; llevando a cuestas un delirio de balas y desesperación, que incluyó –según la versión oficial- cuatro presuntos tiroteos en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe.
Ayer, en la cima de esta demencia mediática, allí donde anida el veneno para soliviantar el estupor social, se dijo que los tres hombres que habían sido condenados a  perpetua por el triple crimen mafioso de General Rodríguez habían sido detenidos a 40 kilómetros de la ciudad de San Fe.

Pero no era así. La “alegría” duró poco menos de dos horas. Y se desinfló eso que la vicepresidenta de la Nación mencionó como “un alivio y un resultado satisfactorio”. ¿Por qué? Porque el único que cayó fue el cerebro de la banda, Martín Lanatta , un duro, que aparece en esta edición con la nariz quebrada y la mandíbula rota. ¿Qué grupo de elite de los 600 agentes especiales que estaban en Santa Fe lo apresó? Nadie. Al Lanatta con dos (T) lo frenó un zanjón en un pastizal. El otro, el que le hizo la entrevista en la cárcel de Alvear, que ayudó a que Cambiemos lograra  ganar las últimas elecciones por la gravísima imputación al ex jefe de Gabinete, Aníbal Fernández –se dijo que era el autor intelectual del Triple Crimen y se lo tildó de narco-  está en Estados Unidos. Pero no es Michael Moore, es Jorge Lanata: de Sarandí al fulgor del estrellato. De Página/12 de fines de los ’80 a aliarse con Héctor Magnetto. De “progre” a talibán del billete.
¿Qué está sucediendo? El flamante gobierno de Mauricio Macri, quien tiene el récord de haber trabajado sólo 10 de 30 días con una máquina cerebral que imprimió 85 decretos de necesidad y urgencia en los primeros cinco días de gestión, pretende planchar la economía y someter a la clase trabajadora con el miedo y la extorsión de conservar el empleo resignando el salario. Ya devaluó el peso un 45 por ciento y benefició a los ricos de la Sociedad Rural con más de 100 mil millones de pesos para 7500 productores que todavía están sentados sobre los silos de soja y, tal como los mercaderes del templo bíblico, ansían la angustia ajena para capitalizarse. La angurria es así.
¿Ése es el único problema? No. Hay uno mayor. Desde 1983 la Policía se gobernó a sí misma y su máximo deber no es como se cree la seguridad pública: están para mantener el statu quo. El sentido del orden concebido por el gobierno de turno. Claro que  eso no invalida la auténtica y genuina vocación policial de miles de honestos trabajadores. Lo que existe aquí es una superestructura que realiza un pacto tácito o explícito con la Política. Se trata de un acuerdo de convivencia en donde la Policía garantiza cierta paz social y una regulación del delito que no preocupe al Ejecutivo. Siempre y cuando nadie vulnere el pacto, todo marcha bien. Este desdichado caso que lleva dos semanas de zarandeo se centra en que se ha quebrado el contrato explícito entre la Política y la Policía.  De otra forma no se comprende cómo fue que los Lanatta y Schillaci lograron salir de un penal de Alvear y andar robando camionetas como hacía el bandido rural santafesino, Juan Bairoletto, con las chatas y la caballada. Estos “buenos muchachos” delincuenciales, carecen de esa mística del Mal.-

*Nota publicada el domingo 10 de enero de 2016 en el diario Tiempo Argentino.

 

 

leyendadeltiempo.wordpress.com

La conexión entre Nisman, “Jaime” y Lagomarsino


Por Juan Alonso

Editor de Policiales de Tiempo Argentino

Eran tiempos en que Natalio Alberto Nisman no lucía prolijo y atildado con trajes caros modelo 2015. Un poco excedido de peso y de paso titubeante solía entrar a la Rosa Negra con inseguridad. La única salida ocurrente para sostener su ego era contar sus historias de vértigo alucinante, arrojándose en parapente en Luján y Lobos. Los jueces, fiscales, secretarios y prosecretarios de juzgados –todos compañeros- lo tomaban para la chacota y en verdad nunca creyeron que aquel hombre de bigote y algo entrado en kilos llegaría a convertirse en fiscal de la República. Y mucho menos, que su nombre fuera usado como una pancarta de la oposición rabiosa contra el gobierno.
Tenía una característica fundamental Nisman. Era competitivo y ambicioso. Soñaba con ser juez. “Apenas podía ser un médico clínico un tanto difuso en los diagnósticos, pero nunca un cirujano del cerebro”, grafica un juez que lo conoció. Dice que el Senado nunca hubiera aprobado su pliego como magistrado porque no reunía las condiciones básicas: conocimiento profundo del Derecho y un rasgo nada desdeñable; una personalidad estable.
Sin embargo, controló a discreción un presupuesto de 34 millones de pesos durante diez años en la Fiscalía Especial AMIA y contrató a empleados “especiales” con salarios de 33 mil y casi 42 mil pesos. Como todo narcisista en crecimiento, por momentos la soberbia lo anulaba. Y se creía un soldado caído del cielo para salvar al mundo de todos los males, asociado él mismo con una parte importante de esa gran mancha de oscuridad.
Nisman se ocupó de anudar lazos con los principales referentes de la comunidad judía de la DAIA, algo así como la Asociación de Magistrados de la colectividad. Y eso le abrió las puertas al entorno del ex juez Juan José Galeano, primero; y después a los ex fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia. Nisman llegó a ser el tercero en la línea.
A mediados de los ’90, fue más que un simple testigo en el diseño de la operación para endilgarle la responsabilidad de la llamada conexión local al antiguo vendedor y desarmador de autos, Carlos Telleldín, y al ex comisario bonaerense, Juan José Ribelli. Ambos estuvieron presos más de diez años, hasta que la causa se desmoronó como un castillo de naipes y ahora comparten el ejercicio del derecho penal.
“Soy exitoso igual que antes”, se jacta Telleldín. “Siempre fui el mejor en lo mío, no necesitaba esos 400 mil dólares que me dio la SIDE para incriminar a Ribelli, fui coaccionado y ustedes nunca lo dicen, nunca”, se queja.
El lazo que unió a Nisman en matrimonio con la jueza federal de San Isidro, Sandra Arroyo Salgado –que solía lucir un crucifijo gigante en el pecho- fue como toda construcción amorosa. Nisman buscó en el otro su propia carencia.
Arroyo Salgado es una mujer de carácter. A su alrededor hay 20 custodios de la Policía Federal que la siguen a sol y sombra.
Tiene a su cargo dos juzgados federales, el 1 y el 2 de San Isidro, y en los últimos meses casi no firmó expedientes y se niega a tomarse licencia después de las vacaciones en Europa con sus hijas y la trágica muerte de su ex marido. Ella augura nubarrones con la oscilante pesquisa de la causa. Por eso, designó al mejor forense de la Argentina, Osvaldo Raffo. Quiere saber qué pasó aquel domingo fatídico en Le Parc.
Pero hay que recordar que en las manos de Arroyo Salgado todavía duerme la causa por la presunta apropiación ilegal de los hijos adoptivos de la dueña del Grupo Clarín, Ernestina Herrera de Noble. Arroyo Salgado nunca dio un solo paso para esclarecer ese episodio que no prescribe porque la posible supresión de identidad está considerado un delito de lesa humanidad. El trámite de adopción de Marcela Noble Herrera y Felipe Noble Herrera tendría los rasgos de la impunidad adquirida por los años de plomo en sociedad con Jorge Rafael Videla en mayo de 1976.
Algo que Nisman conocía muy bien. Intervino en la investigación sobre la ejecución de dos militantes del Movimiento Todos por la Patria tras el copamiento del Regimiento de La Tablada, en 1989, sin demasiado compromiso. Después de todo –creyó- según quienes lo conocieron, esos jóvenes habían errado el camino para obtener justicia por un sendero sin retorno.
Mientras él y Arroyo Salgado estuvieron juntos convivieron siendo funcionarios judiciales. Más allá de los problemas que puede tener cualquier matrimonio –peleas y discusiones- las fuentes relatan que llegaban a dirimir rencillas constantes hasta por los empleados que cada uno contrataba. Dicen que jugaban un ajedrez perverso centrado en la dominación del adversario.
En ese clima espeso llegó al despacho de Nisman un muchacho inquieto y perspicaz, Diego Alejandro Lagomarsino, experto en informática. ¿De la mano de quién? Las fuentes (un juez y un fiscal) deslizan que de un temido visitante del fuero federal: el ex jefe de Contrainteligencia y Operaciones de la Secretaria de Inteligencia (SI), Antonio Stiuso, “Jaime”.
“Te presento a este pibe”, le habría dicho a Nisman y Lagomarsino se pegó a su lado como una ventosa. El fiscal compró la oferta porque creía con ceguera en todo lo que le decía el espía preferido de la CIA en el sur del continente.

Los que conocieron en vida a Nisman, aseguran que tenía una extraña fascinación por el trabajo de los espías nacionales y exntranjeros. Y entre fiscales y jueces no faltan quienes lo vinculan con dos de los servicios de inteligencia más eficientes y poderosos del planeta: la CIA y el Mossad.
El cuentito de que Lagomarsino le arregló una computadora a una jueza de instrucción y de allí apareció recomendado en el despacho de Nisman parece el relato del lobo disfrazado de cordero. Sucede que esa clase de corderos por lo general muerden en la yugular. Están programados para la simulación.

El fundador de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), Marcelo Saín, definió a Lagomarsino como un joven “canchero” que lo visitó hace diez años para ofrecerle “servicios de espionaje” sobre una presunta banda narco del distrito de Lomas de Zamora. ¿Quién se lo presentó a Saín? Un subcomisario de la Policía Bonaerense con buena llegada también al sector de la (SI) que controlaba las escuchas judiciales, la central “Ojota” dominada por el antiguo  “Sector 85” de la guardia personal de Stiuso.
Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero al temerario espía que vio pasar presidentes como colectivos llenos. Un día se apareció por el despacho de un juez y le soltó esta frase antes de bajar las escaleras. “Ah, doctor, ahí le dejé un regalito, me lo agradecerá…”.
El juez, perplejo, llamó al número 2 de la entonces SIDE y le avisaron que en uno de los pisos del edificio de 25 de mayo, frente a la Casa Rosada, lo estaban escuchando. Stiuso le había colocado un micrófono en su despacho.
¿Cómo terminó el insólito asunto? Con otra visita de Jaime.
-Dígame Stiuso, ¿por qué no me saca eso que me trajo, porque en algún momento va a perjudicar mi trabajo como juez.
-No hay problema.
El ingeniero Stiuso estiró el brazo y extrajo del lomo de un libro de consulta lo que llamó “un pequeño juguete” imperceptible al ojo del neófito.
“Ya está”, se limitó a decir. Guiñó un ojo y se fue. Así es él.
La próxima vez que el juez lo vio fue durante un viaje que realizaron juntos por el exterior detrás de la pista de una organización narco con conexiones en Europa y Estados Unidos.
Jaime se jactaba de sus vínculos con la DEA y la CIA. Una vez estuvieron en un centro de escuchas en Los Ángeles, California. Cuentan que Stiuso se reía cuando los técnicos de audio estadounidenses transformaban la voz del magistrado en imputaciones graves captando exactamente el tono de su voz, pero transformando radicalmente el sentido de sus palabras.
Es decir: el juez podía estar diciéndole que quería cenar con vino blanco, pero los chicos formados en Langley lo hacían pronunciar palabras como “explosivos, bombas y atentados”. Era enloquecedor todo aquello.
Jaime jamás ostenta esos viajes. Con algunos jueces siempre preservó lo que llama “códigos”. Claro que son sus propios códigos. Alguien puede ser “amigo” y transformarse en “enemigo” con el chasquido de un dedo. Y ahí la cosa se pone tenebrosa.
“Conmigo siempre se comportó como un caballero. Nunca me perjudicó en nada. Al contrario, su trabajo era ciento por ciento eficiente, muy profesional”, dice el juez. Y no miente. Stiuso sigue los casos hasta el final. Pero con una advertencia: cree sólo en sí mismo.

Los policías le importan nada. Tiene una carpeta para cada uno y para él son apenas aves de cornisa. Hace más de diez años su grupo pretoriano se tiroteó con los hombres de la Unidad Antiterrorista de la Federal durante un decomiso narco en la provincia de Buenos Aires. Fue cuando Jorge “El Fino” Palacios insinuó hacerle sombra. Eso era inaceptable para su lógica. Así que Palacios se tuvo que limitar a formar La Metropolitana de Macri y está procesado por el supuesto montaje de un sistema de escuchas ilegales.

Valga la paradoja del destino, hoy La Metropolitana “lo cuida” a Jaime. Y él se divierte. Toma sol. Es un planificador nato, un estratega, hábil manipulador de los sentidos. Lo que no prueba con la ciencia, lo transforma con alquimia.
Así fue que construyó a Nisman en un héroe de la democracia. Llevándolo de la mano a un callejón sin salida la noche sórdida del 17 de enero en Le Parc.

El dato

En su apogeo, la ex SIDE de los ’90 manejaba una caja de 1.400.000 dólares por día.

Lorena Martins: “Si Jaime tiene problemas, mi viejo lo va ayudar”
Lorena Martins, la hija de Raúl Martins, un ex agente de la SIDE, que está denunciado por liderar una red de trata y explotación sexual de mujeres, le concedió una entrevista a la periodista Mariana Moyano en Radio Nacional. La mujer que vive en España cuenta que desde que denunció a su padre entre 2011 y 2012, su vida se transformó en una auténtica pesadilla. Advierte que Martins conoce a Antonio Stiuso y que podría darle cobijo y ayuda en el exterior. “Viví amenazada con la sensación de que me iban a matar en cualquier momento. Mi denuncia cayó por conexidad en el juzgado de María Romilda Servini de Cubría, pero no avanzó, no querían que avance. Hoy se está hablando mucho de la SIDE, pero no saben quiénes son estas personas. No son de ahora. Estos tipos hace 40 años que están en la SIDE. Son tipos que empezaron con la dictadura. Mi viejo, Jaime y El Lauchón Viale (acribillado en 2013 en su casa de La Reja por un comando del grupo de elite Halcón) entraron entre el 72 y el 77. Se conocían perfectamente. Todos están involucrados en un montón de cosas. Me enteré que mi viejo era SIDE a los cinco años y me fui de mi casa a los 20. Me divorcié, volví y me di cuenta de que era convivir con el delito las 24 horas. Hay que convivir con una chica víctima de trata que te abraza y te dice que la ayudes. Yo lo empecé a enfrentar. Y por más que sea mi viejo, cuando te enfrentas a la Mafia es muy jodido. Es capaz de matar a la hija”.
Cuando Moyano le preguntó a Lorena sobre Stiuso, la mujer no dudó: “Si Jaime tiene problemas, no tengo dudas de que mi viejo lo va a ayudar. Puede salir y entrar por las Islas Caimán, por Belice, sin ningún problema. Mi papá es multimillonario y tiene impunidad. Todos ellos son millonarios”.

Todos los derechos reservados: leyendadeltiempo.wordpress.com, autor Juan Alonso.-

Ya están identificados los agresores de Mariano Ferreyra


La investigación del asesinato del militante Mariano Ferreyra durante una protesta de trabajadores ferroviarios

La fiscal ya identificó a dos de los agresores de Mariano

Publicado el 22 de Octubre de 2010

Por Néstor Espósito

A partir de la declaración de testigos y las imágenes aportadas por C5N, se identificó a quienes atacaron a los manifestantes del PO. Esta madrugada se presentó un testigo clave. Un representante de los tercerizados se negó a revelar el nombre del que disparó.

La investigación sobre el asesinato de Mariano Ferreyra logró ayer los primeros avances, pero también tropezó con algunos obstáculos. Varios testigos identificaron a Daniel González y Roberto Prado, ambos delegados de la Unión Ferroviaria, como los agresores de los militantes del Partido Obrero que manifestaron el miércoles en Avellaneda. Esta madrugada, la fiscal de la causa recibía en su despacho el testimonio de un testigo clave que profundizaba las pistas sobre los hechos violentos que derivaron en el asesinato del militante del PO. Según fuentes cercanas a la causa, se trata de un trabajador de la zona sur que presenció los hechos y estaría en condiciones de identificar a los autores del asesinato. El testigo declaró bajo identidad reservada y solicitó ser protegido.  Sin embargo, el líder de la Unión Ferroviaria, José Pedraza, no pudo reconocer a nadie de su gremio en las filmaciones que le exhibió la fiscal Cristina Caamaño. Y un abogado que supuestamente iba a aportar el nombre del agresor se retiró de la fiscalía, revelando vagamente la identidad de un manifestante que dice haber visto a quien disparó. “Están usando la muerte de Mariano. Yo quiero que me digan qué saben, porque tengo que encontrar a los responsables de la muerte”, dijo la fiscal a Tiempo Argentino.
Ayer por la mañana tomó la decisión de apartar a la Policía Federal de la investigación hasta que se aclare si, tal como denuncian los manifestantes  atacados, hubo una “zona liberada” para los agresores. La pericia sobre la bala que mató a Ferreyra será realizada por Gendarmería Nacional, pero demorará entre dos y tres semanas. La fiscal Caamaño lucía anoche agobiada y con la sensación de un enorme trabajo por delante, con la presión de todas las miradas puestas, como nunca antes, sobre su trabajo.
“Estos del gremio ferroviario, ¿para qué lado juegan?”, preguntó ayer la fiscal a sus colaboradores, durante una de las interminables reuniones que sostuvieron por la mañana, según relataron a este diario fuentes cercanas a la investigación. No contaba con que por la tarde el gremialista José Pedraza llegaría a su despacho, y durante dos horas miraría las imágenes del canal de televisión C5N y  las confusas de las cámaras de seguridad de edificios periféricos al escenario de los disturbios.  En una explicación que pareció sonar a coartada, Pedraza narró que el día previo a los hechos se comunicó con el secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi, para anunciarle que, según información que poseía, agrupaciones de izquierda “iban a cortar las vías”. Y agregó: “Le dije que no íbamos a participar ni a favor ni en contra del corte.”
“No reconozco a nadie”, repitió una y otra vez.  Hasta que llegó la secuencia en la que apareció el delegado de la Unión Ferroviaria de la ex línea Roca Pablo Díaz. Su participación en la secuencia que va de Avellaneda a Barracas no está en discusión. El propio Díaz la reconoció, pero el rol que le cupo cambia según las miradas: mientras él negó la utilización de armas, el abogado Gustavo Mendieta dijo en la fiscalía que un testigo al que “hay que encontrarlo” aseguró que Díaz “tenía un bolso que abrió y allí estaban las armas”. La vaguedad del relato fue una constante en la fiscalía. De hecho, Mendieta había irrumpido en la escena cuando uno de los trabajadores tercerizados, Diego Cardias, expresó públicamente que tenía identificado al que mató a Ferreyra, incluso lo situó trabajando en los talleres de Mantenimiento de Remedios de Escalada, pero omitió dar su nombre: “El abogado no me lo permite.” El abogado es Mendieta, pero ante la fiscal no sólo no aportó el nombre del asesino sino que refirió que “hay una persona que lo puede identificar pero que no declaró todavía”. Con la cautela del caso, la información habla de “un militante del PO, de nombre Ariel”.
Las imágenes que el canal de noticias C5N le envió a la fiscalía aportan información sobre siete de los organizadores de la emboscada a los trabajadores tercerizados, quienes fueron identificados como Krasacoski, delegado de la UF regional Sur, Alcorce, delegado de la UF de Remedios de Escalada, Roberto Agustín Prado, afiliado a la UF de Remedios de Escalada, Daniel González, otro delegado de la UF, que en la filmación luce un cuello ortopédico, Ricardo Arias, delegado, el operario de la misma regional Cristian Tanquía, y finalmente un congresal del gremio de apellido Amuchástegui, encargado de coches remolcados del taller de Remedios de Escalada y presunto barra brava de Bánfield.
Otro testigo, Lisandro Martínez, aportó una descripción física del tirador: robusto pero no gordo, de cabello corto negro, tez blanca, con una camiseta “celeste con rombitos”, que según otros militantes de izquierda “era la de Racing”. De unos 40 años de edad y mediana altura, siempre según la versión, habría disparado desde unos 30 metros de distancia y parado cerca de un patrullero. “Si  lo veo lo reconozco”, estimó. Pero ante la fiscalía no pudo hacerlo, al menos hasta ahora.
A propósito de los patrulleros, el abogado Mendieta –quien estuvo en la marcha− dijo haber visto cómo abrieron paso a los supuestos sindicalistas de la UF y después de que concretaron la agresión, cerraron filas para “proteger la retirada”. También dijo que otros manifestantes dijeron haber visto a un hijo del subsecretario de Transporte Ferroviario, Antonio Luna. Pero lo situó “entrando a la Comisaría Segunda de la Bonaerense”. Esa seccional queda en Avellaneda, a unas 15 cuadras de donde se registraron los hechos de violencia. No hay visión directa entre ambos puntos.
El sindicalista Pedraza prefirió definir las cosas a su manera: “Esto es un hecho político”, dijo.

PUBLICADO POR EL DIARIO TIEMPO ARGENTINO EL VIERNES 22 DE OCTUBRE DE 2010

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