Sed de mal


Por Juan Alonso

 

Hoy es un día gloriosamente triste. Se termina una era. El kirchnerismo pasará a la historia como la construcción política que llegó para honrar y poner en práctica las banderas de justicia social que legó Perón. Las gestiones de Néstor y Cristina fueron los dos mejores gobiernos de la historia de la democracia. Nunca antes un movimiento revalorizó tanto la Política tras la debacle del 2001/2002. Veníamos del naufragio y aprendimos a nadar. Fuimos dignos. Gran parte de la sociedad dejó el trueque y el hambre por el salario, por la Asignación Universal por Hijo, por el trabajo, por la primera computadora entregada por el Estado en los arrabales del arrabal, por la Universidad en el barrio, por el colegio inclusivo, por la búsqueda incesante de Justicia en causas por violaciones a los Derechos Humanos. Fue una época donde a los genocidas se los llamó criminales. Porque la dictadura fue eso y no un proceso. El kirchnerismo vino a darle valor a los sueños de generaciones. El kirchnerismo enamoró. Y por antonomasia también captó los enemigos más poderosos que puede tener un gobierno democrático: las grandes cadenas de supermercados, la banca especulativa (interna y externa), la concentración mediática del Grupo Clarín y sus socios, y la lógica del capitalismo foráneo de la principal potencia del continente.

Hay presidente electo. Dicen ser el cambio: son el pasado.

No está mal hacer un ejercicio de memoria y recodar que cuando Fernando de la Rúa se fue por los techos (es el mismo personaje que se pronunció a favor de Macri), su Policía asesinó a tiros a 39 argentinos. Algunos cayeron baleados a metros del Obelisco y la Plaza de Mayo. Aquello no fue nada normal, digamos. Y la Corte no intervino. Ni siquiera con la peor sucesión de presientes truchos (cinco en total), que asumían por el transcurso de unas horas. Pero Cristina Fernández de Kirchner no sólo no se fue en helicóptero de la Casa Rosada como De la Rúa; tampoco renunció como hizo el cándido Carlos “Chacho” Álvarez. Ella deja un país sin deuda, con una sumatoria de derechos adquiridos para la clase trabajadora nunca vista  desde 1983. Además, de una pelea internacional en todos los foros con los fondos buitres que sentó jurisprudencia para el mundo.
Claro que el kirchnerismo tuvo los límites propios de todo proceso de raíz popular: el condicionamiento del sistema de acumulación del capitalismo y sus lobistas empresarios y cancerberos. El mismo poder del dinero que designa a dedo a los gerentes de multinacionales para adueñarse del Estado. Algo que no es nuevo en la historia nuestra.
La grieta no comenzó con las retenciones al campo. La grieta viene de lejos: desde que aquella antigua colonia española comenzó a abrirse camino con un grupo de patriotas y mercaderes leguleyos, en ese barral que era el río –tierra de contrabando y truhanería- rodeada de indios bravos que se comían los cadáveres de las vacas y caballos, y maloneaban el horizonte a pura rabia por la carencia del desierto pampeano. De ahí venimos. Somos un país forjado a fuego y a cuchillo. Donde el odio siempre fue más hondo y perdurable que la convivencia. Si en Estados Unidos los colonos se abrieron paso empuñando las pistolas de Samuel Colt, aquí la palabra degüello fue tan común como la costumbre alimenticia de masticar carne asada cocinada a las brasas.

El amigo Alejandro Caravario pensó que “El Matadero” -ese maravilloso libro de Esteban Echeverría- adelanta de alguna forma esa antigua (falta) donde se mezclan las pasiones más abyectas con la nobleza de los hombres, la persecución del bien común, y claro está: la psicosis colectiva. La carestía de carne. El lodazal. El charco donde va a parar la vida. La sangre como un mar de Judas. Todo eso también somos.
Ahora que soplan vientos de desguace hay que tener memoria y ser agradecidos. En el mundillo de los periodistas no suele haber sentido de clase. Algunos colegas creen ser cirujanos o filólogos, analistas del té con leche, mojadores de facturas y acomodaticios del espiral, la linternita, y el cine. Otros se proclaman como los defensores de una independencia falsa que esconde el verdadero chantaje. La técnica del aporreo. La negociación boxística de las palabras. Pero sucede que, a veces, lindos y lindas del biri-biri, las palabras son dueñas de una música que no tiene precio. No se vende. Es como la pelota de Diego. La palabra no se mancha. Y sobran los ejemplos: de Arlt a Walsh y de Viñas a Bayer. Los apóstoles de la gerencia del sentido lo saben, pero juegan a ser Tom Wolfe con el dinero que reciben de las patronales esclavistas. Fingen demencia y pretenden que todo el resto haga lo propio. Pero no. No todos nacimos para mayordomos.

La historia nos enseña que las grandes luchas no las ganan los individuos en solitario. Las ganan los sujetos que tienen una ideología, una identidad, una conducta y un motivo. Si la derecha está alambrando el mundo habrá que correrse para no ser enlazado por el neoliberalismo vacío y banal. Las personas no dejan (ganancias): somos seres humanos. De Cristo a Buda y del Zen al Bushido aprendimos que el destino está atado al anhelo del hombre. La pulsión puede ser mortal. Cuidado con la vocación suicida de una porción grande de esta sociedad.

En estos 12 años nos ha tocado dar batallas contra el poder de los medios concentrados, sus empresas y sus mandantes. Muchos de nosotros lo hemos hecho por absoluta convicción. Sin cargos, sin prebendas, sin jubilaciones de privilegio, sin caja ni chequera, sin cobardía, sin dinero de ninguna pauta  Ojalá no llegue nunca la hora de los financistas y especuladores que juegan a la derrota de los derechos del prójimo para abroquelarse en su falta de decoro y dignidad.

La Argentina que viene no será como la que hemos vivido. Los dueños de las grandes compañías nacionales y extranjeras llegan a apoderarse de los principales puestos del Estado. Quisieran privatizar Aerolíneas e YPF. Quisieran arrojar a cientos de trabajadores por la ventana. Han tenido la osadía de nombrar a un ex CEO de Techint en el Ministerio de Trabajo. No faltan quienes auguran que pretenden negociar una escala paritaria cada cuatro años. Y para mal de males cuentan con ciertos jueces y fiscales –los mismos que se manifestaron preocupados por la honestidad y el final de Alberto Nisman- para lograr sus planes revestidos de presunto republicanismo.
El único camino posible es dar testimonio. Revelar lo que el periodismo oficialista callará hasta arrimar sus dientes de vampiro sobre el cuello flácido de esta democracia de lacayos que se hacen llamar magistrados como en la antigua Grecia.-

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La conexión entre Nisman, “Jaime” y Lagomarsino


Por Juan Alonso

Editor de Policiales de Tiempo Argentino

Eran tiempos en que Natalio Alberto Nisman no lucía prolijo y atildado con trajes caros modelo 2015. Un poco excedido de peso y de paso titubeante solía entrar a la Rosa Negra con inseguridad. La única salida ocurrente para sostener su ego era contar sus historias de vértigo alucinante, arrojándose en parapente en Luján y Lobos. Los jueces, fiscales, secretarios y prosecretarios de juzgados –todos compañeros- lo tomaban para la chacota y en verdad nunca creyeron que aquel hombre de bigote y algo entrado en kilos llegaría a convertirse en fiscal de la República. Y mucho menos, que su nombre fuera usado como una pancarta de la oposición rabiosa contra el gobierno.
Tenía una característica fundamental Nisman. Era competitivo y ambicioso. Soñaba con ser juez. “Apenas podía ser un médico clínico un tanto difuso en los diagnósticos, pero nunca un cirujano del cerebro”, grafica un juez que lo conoció. Dice que el Senado nunca hubiera aprobado su pliego como magistrado porque no reunía las condiciones básicas: conocimiento profundo del Derecho y un rasgo nada desdeñable; una personalidad estable.
Sin embargo, controló a discreción un presupuesto de 34 millones de pesos durante diez años en la Fiscalía Especial AMIA y contrató a empleados “especiales” con salarios de 33 mil y casi 42 mil pesos. Como todo narcisista en crecimiento, por momentos la soberbia lo anulaba. Y se creía un soldado caído del cielo para salvar al mundo de todos los males, asociado él mismo con una parte importante de esa gran mancha de oscuridad.
Nisman se ocupó de anudar lazos con los principales referentes de la comunidad judía de la DAIA, algo así como la Asociación de Magistrados de la colectividad. Y eso le abrió las puertas al entorno del ex juez Juan José Galeano, primero; y después a los ex fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia. Nisman llegó a ser el tercero en la línea.
A mediados de los ’90, fue más que un simple testigo en el diseño de la operación para endilgarle la responsabilidad de la llamada conexión local al antiguo vendedor y desarmador de autos, Carlos Telleldín, y al ex comisario bonaerense, Juan José Ribelli. Ambos estuvieron presos más de diez años, hasta que la causa se desmoronó como un castillo de naipes y ahora comparten el ejercicio del derecho penal.
“Soy exitoso igual que antes”, se jacta Telleldín. “Siempre fui el mejor en lo mío, no necesitaba esos 400 mil dólares que me dio la SIDE para incriminar a Ribelli, fui coaccionado y ustedes nunca lo dicen, nunca”, se queja.
El lazo que unió a Nisman en matrimonio con la jueza federal de San Isidro, Sandra Arroyo Salgado –que solía lucir un crucifijo gigante en el pecho- fue como toda construcción amorosa. Nisman buscó en el otro su propia carencia.
Arroyo Salgado es una mujer de carácter. A su alrededor hay 20 custodios de la Policía Federal que la siguen a sol y sombra.
Tiene a su cargo dos juzgados federales, el 1 y el 2 de San Isidro, y en los últimos meses casi no firmó expedientes y se niega a tomarse licencia después de las vacaciones en Europa con sus hijas y la trágica muerte de su ex marido. Ella augura nubarrones con la oscilante pesquisa de la causa. Por eso, designó al mejor forense de la Argentina, Osvaldo Raffo. Quiere saber qué pasó aquel domingo fatídico en Le Parc.
Pero hay que recordar que en las manos de Arroyo Salgado todavía duerme la causa por la presunta apropiación ilegal de los hijos adoptivos de la dueña del Grupo Clarín, Ernestina Herrera de Noble. Arroyo Salgado nunca dio un solo paso para esclarecer ese episodio que no prescribe porque la posible supresión de identidad está considerado un delito de lesa humanidad. El trámite de adopción de Marcela Noble Herrera y Felipe Noble Herrera tendría los rasgos de la impunidad adquirida por los años de plomo en sociedad con Jorge Rafael Videla en mayo de 1976.
Algo que Nisman conocía muy bien. Intervino en la investigación sobre la ejecución de dos militantes del Movimiento Todos por la Patria tras el copamiento del Regimiento de La Tablada, en 1989, sin demasiado compromiso. Después de todo –creyó- según quienes lo conocieron, esos jóvenes habían errado el camino para obtener justicia por un sendero sin retorno.
Mientras él y Arroyo Salgado estuvieron juntos convivieron siendo funcionarios judiciales. Más allá de los problemas que puede tener cualquier matrimonio –peleas y discusiones- las fuentes relatan que llegaban a dirimir rencillas constantes hasta por los empleados que cada uno contrataba. Dicen que jugaban un ajedrez perverso centrado en la dominación del adversario.
En ese clima espeso llegó al despacho de Nisman un muchacho inquieto y perspicaz, Diego Alejandro Lagomarsino, experto en informática. ¿De la mano de quién? Las fuentes (un juez y un fiscal) deslizan que de un temido visitante del fuero federal: el ex jefe de Contrainteligencia y Operaciones de la Secretaria de Inteligencia (SI), Antonio Stiuso, “Jaime”.
“Te presento a este pibe”, le habría dicho a Nisman y Lagomarsino se pegó a su lado como una ventosa. El fiscal compró la oferta porque creía con ceguera en todo lo que le decía el espía preferido de la CIA en el sur del continente.

Los que conocieron en vida a Nisman, aseguran que tenía una extraña fascinación por el trabajo de los espías nacionales y exntranjeros. Y entre fiscales y jueces no faltan quienes lo vinculan con dos de los servicios de inteligencia más eficientes y poderosos del planeta: la CIA y el Mossad.
El cuentito de que Lagomarsino le arregló una computadora a una jueza de instrucción y de allí apareció recomendado en el despacho de Nisman parece el relato del lobo disfrazado de cordero. Sucede que esa clase de corderos por lo general muerden en la yugular. Están programados para la simulación.

El fundador de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), Marcelo Saín, definió a Lagomarsino como un joven “canchero” que lo visitó hace diez años para ofrecerle “servicios de espionaje” sobre una presunta banda narco del distrito de Lomas de Zamora. ¿Quién se lo presentó a Saín? Un subcomisario de la Policía Bonaerense con buena llegada también al sector de la (SI) que controlaba las escuchas judiciales, la central “Ojota” dominada por el antiguo  “Sector 85” de la guardia personal de Stiuso.
Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero al temerario espía que vio pasar presidentes como colectivos llenos. Un día se apareció por el despacho de un juez y le soltó esta frase antes de bajar las escaleras. “Ah, doctor, ahí le dejé un regalito, me lo agradecerá…”.
El juez, perplejo, llamó al número 2 de la entonces SIDE y le avisaron que en uno de los pisos del edificio de 25 de mayo, frente a la Casa Rosada, lo estaban escuchando. Stiuso le había colocado un micrófono en su despacho.
¿Cómo terminó el insólito asunto? Con otra visita de Jaime.
-Dígame Stiuso, ¿por qué no me saca eso que me trajo, porque en algún momento va a perjudicar mi trabajo como juez.
-No hay problema.
El ingeniero Stiuso estiró el brazo y extrajo del lomo de un libro de consulta lo que llamó “un pequeño juguete” imperceptible al ojo del neófito.
“Ya está”, se limitó a decir. Guiñó un ojo y se fue. Así es él.
La próxima vez que el juez lo vio fue durante un viaje que realizaron juntos por el exterior detrás de la pista de una organización narco con conexiones en Europa y Estados Unidos.
Jaime se jactaba de sus vínculos con la DEA y la CIA. Una vez estuvieron en un centro de escuchas en Los Ángeles, California. Cuentan que Stiuso se reía cuando los técnicos de audio estadounidenses transformaban la voz del magistrado en imputaciones graves captando exactamente el tono de su voz, pero transformando radicalmente el sentido de sus palabras.
Es decir: el juez podía estar diciéndole que quería cenar con vino blanco, pero los chicos formados en Langley lo hacían pronunciar palabras como “explosivos, bombas y atentados”. Era enloquecedor todo aquello.
Jaime jamás ostenta esos viajes. Con algunos jueces siempre preservó lo que llama “códigos”. Claro que son sus propios códigos. Alguien puede ser “amigo” y transformarse en “enemigo” con el chasquido de un dedo. Y ahí la cosa se pone tenebrosa.
“Conmigo siempre se comportó como un caballero. Nunca me perjudicó en nada. Al contrario, su trabajo era ciento por ciento eficiente, muy profesional”, dice el juez. Y no miente. Stiuso sigue los casos hasta el final. Pero con una advertencia: cree sólo en sí mismo.

Los policías le importan nada. Tiene una carpeta para cada uno y para él son apenas aves de cornisa. Hace más de diez años su grupo pretoriano se tiroteó con los hombres de la Unidad Antiterrorista de la Federal durante un decomiso narco en la provincia de Buenos Aires. Fue cuando Jorge “El Fino” Palacios insinuó hacerle sombra. Eso era inaceptable para su lógica. Así que Palacios se tuvo que limitar a formar La Metropolitana de Macri y está procesado por el supuesto montaje de un sistema de escuchas ilegales.

Valga la paradoja del destino, hoy La Metropolitana “lo cuida” a Jaime. Y él se divierte. Toma sol. Es un planificador nato, un estratega, hábil manipulador de los sentidos. Lo que no prueba con la ciencia, lo transforma con alquimia.
Así fue que construyó a Nisman en un héroe de la democracia. Llevándolo de la mano a un callejón sin salida la noche sórdida del 17 de enero en Le Parc.

El dato

En su apogeo, la ex SIDE de los ’90 manejaba una caja de 1.400.000 dólares por día.

Lorena Martins: “Si Jaime tiene problemas, mi viejo lo va ayudar”
Lorena Martins, la hija de Raúl Martins, un ex agente de la SIDE, que está denunciado por liderar una red de trata y explotación sexual de mujeres, le concedió una entrevista a la periodista Mariana Moyano en Radio Nacional. La mujer que vive en España cuenta que desde que denunció a su padre entre 2011 y 2012, su vida se transformó en una auténtica pesadilla. Advierte que Martins conoce a Antonio Stiuso y que podría darle cobijo y ayuda en el exterior. “Viví amenazada con la sensación de que me iban a matar en cualquier momento. Mi denuncia cayó por conexidad en el juzgado de María Romilda Servini de Cubría, pero no avanzó, no querían que avance. Hoy se está hablando mucho de la SIDE, pero no saben quiénes son estas personas. No son de ahora. Estos tipos hace 40 años que están en la SIDE. Son tipos que empezaron con la dictadura. Mi viejo, Jaime y El Lauchón Viale (acribillado en 2013 en su casa de La Reja por un comando del grupo de elite Halcón) entraron entre el 72 y el 77. Se conocían perfectamente. Todos están involucrados en un montón de cosas. Me enteré que mi viejo era SIDE a los cinco años y me fui de mi casa a los 20. Me divorcié, volví y me di cuenta de que era convivir con el delito las 24 horas. Hay que convivir con una chica víctima de trata que te abraza y te dice que la ayudes. Yo lo empecé a enfrentar. Y por más que sea mi viejo, cuando te enfrentas a la Mafia es muy jodido. Es capaz de matar a la hija”.
Cuando Moyano le preguntó a Lorena sobre Stiuso, la mujer no dudó: “Si Jaime tiene problemas, no tengo dudas de que mi viejo lo va a ayudar. Puede salir y entrar por las Islas Caimán, por Belice, sin ningún problema. Mi papá es multimillonario y tiene impunidad. Todos ellos son millonarios”.

Todos los derechos reservados: leyendadeltiempo.wordpress.com, autor Juan Alonso.-

Girasoles


Eran las 12 de la noche y me llevé un sanguche de lomo. La mochila olía a sangre de vaca muerta. Todas las miradas que eran semejantes hasta entonces, se transformaron en ajenas, como la silla, la mesa, la ventana, la calle, y ese edificio de enfrente donde viví hace 20 años. La misma ventana de puteada añeja como caramelo rancio.
Porque el tiempo no es un cuento dulce. Caminando sobre las piedras te haces más fuerte y el corazón late. Vos salís a andar en tu bicicleta con los ojos puestos en los jazmines pero a mí me importan mucho más los girasoles. Y acá no sobran los girasoles.
Uno los ve por la ruta de ninguna parte. Desde el parabrisas con mierda de palomas, mientras en la radio FM suena un tipo de 37 que habla como un chico de 13 y se ríe con la misma remera. Yo veo girasoles. Es el destino.
Esos girasoles pueden ser la salvación del universo. Mejor que pegarse a la estela de un cometa, cuando la mañana crece entre huesos y respiras y nublas los ojos en un punto fijo.
Yo quisiera ver una plaza de girasoles sin rejas.

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500 días


En el barrio este hay más perros labradores que bebés. Se ladran entre ellos por las veredas y salen de noche y de día. Copan las tribunas de los partidos que nunca terminan y son idénticos a sus dueños: sufren de distinta intensidad neurótica. Piedras en el zapato de cuerpos nerviosos y narigones. Si dejaran de consumir pastillas para la ansiedad y distintos alcoholes como sobres de sacarina, quizás zafarían del destino. Andan con el tufo a cuestas gritando sus pesares dentro de la jaula de la melancolía.
La mina debe tener 50 largos bien llevados a no ser por su cerebro. Capaz que en la cama es una geisha pero todos sabemos que detrás de toda demente hay un puñal a mano. Ese puñal tarde o temprano te va a lastimar fulero. El gordito sospecha y calla.
Salta de la bicicleta y se acomoda al sol estirando las piernas para el lado del acompañante que parece salido de una cinemateca, aunque por el tono y enfoque de su hilo de voz, debe ser arquitecto o empleado de una inmobiliaria. La mina habla en una rueda de prensa imaginaria, subiendo el volumen hacia los alrededores de la mesa. Y claro: el gordito tiene un labrador con nombre de dios indio que ni Tagore se hubiera imaginado. Ella parlotea símbolos, fechas, parece ser una fanática de la astrología.
“Yo quiero vivir sin mis hijos. La carta me dice que en los próximos meses voy a tener una sorpresa ligada a lo familiar, pienso que debe ser Enrique, imagino que por el lado de su pertenencia con el padre. ¿Entendés, dulce?”, pregunta la mina mirando al gordito, que murmura siempre “sí” a todo lo que emana de la otra cabecita. Son dos fichas de una misma consola desajustada.
“Quizás me compre dos departamentitos al sol y uno lo pongo a alquilar. Eso cuando se vaya Enrique. Ahora está de viaje por las rutas con su amigo el cineasta. Me dejó un gato que araña las paredes y me trae las pelotas como si fuera un perro. ¡Un perro!”
Esta vez, el sí y la risa tímida del gordito la acompaña el jadeo incesante del labrador de nombre indio que si tuviera un tomógrafo de las almas en los ojos vería la profunda oscuridad de estos tiempos de avidez.
La moza me pregunta si los tres son una radio AM. Y sí, le digo. Pasan otros seres presuntamente en vida con correas de perros labradores, que intentan que sus canes no peleen entre sí, luego apoyan el orto en el asiento y despliegan La Nación. Para ellos la noche nunca llega ni dura una vida. Nunca nada dura una vida, ni siquiera la inexplicable ambición que demuestran por lo aparente. La noche es apenas el final del día para estos seres con piel de lagartos de 500 días.

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El ojo de todo


La mujer caminaba doblada hacia delante con una campera de cuero marrón, pantalón con botamanga en forma de campana, botas cortas negras y paso presuroso. Cruzó la calle Soler y esquivó dos ciclistas con cierta artesanía antigua. Ya el cielo del otoño era gris y una parejita pagaba la cuenta. En el bar, había dos nenes en cochecitos, medio dormidos, espiando el futuro por la cerradura.
Dentro de la Iglesia de Nuestra Señora de la Virgen de Guadalupe, un sacerdote confesaba y un coro de mujeres devotas de Cristo rezaba un Padre Nuestro. Un abuelo esperaba afuera, mirando un partido de fútbol jugado por ocho chicos del barrio que corrían y gritaban en la puerta de la Iglesia. Sentado en la escalera, otro pibito con su mamá pedía monedas. Dejaron un bolso adentro del templo para que los feligreses le regalaran lo que les sobra: algo de ropa, antes de que llegue el frío del invierno.
-¿Le rezaste un Padre Nuestro?
-Sí.
Abuelo y nieto se fueron de la mano atravesando la plaza.
En la heladería dos empleados miraban pasar la fauna humana con sus motos encadenadas en la vereda.
La mujer encorvada volvía sobre sus pasos envuelta en su campera de cuero marrón. Llevaba la cabeza gacha y unas profundas arrugadas le surcaban el rostro como cascadas. Hace poco más de diez años protagonizó uno de los hechos políticos más dramáticos de la Argentina y había sido votada con esperanza. Ahora, vaga perdida entre las sombras de su sombra. Cuesta reconocerla en ese ser achacoso, encerrado en la cápsula del tiempo. Ella murmura palabras que nadie comprende y de sus ojos centellea un dolor viejo. Lo lleva en el calcio de los huesos desde que la dictadura desapareció a su hijo. Se acostumbró a caminar entre los muertos y ellos le vienen a hablar en la Pascua. De pronto, pareciera que el coro de mujeres que oran, hicieran oír su voz uniforme más allá del templo de Dios.
El dueño del supermercado chino no toma nota del asunto. Con un cigarrillo a medio terminar en la boca, le dice a su hijo que vuelva a hacer la tarea, pero esta vez en el idioma de los Han. Y todo es un círculo que se detiene en un punto específico.
El mundo vuelve a tener sentido con el grito de gol.

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Mañana


Abrir los ojos tomando la taza del borde y pensar un destino. Para agarrarse de la garrapata con sangre. Volverse un punto fijo en un espejo invisible. Acariciar al gato. Ducharse. Morder la tostada del lado de la sal.
Andar por el camino buscando alas, de a pie. Ahí mortal, deambulando por lo que será olvido.
Calles y rezos que se repiten en voces hasta el infinito. Y me cierran los bares para leer. Y se mueren los mozos. Y la herrumbre toma por asalto el cuchillo de la humanidad.
Apenas si pude poner en la pared una máquina de café. Estoy muy despierto. No logré cambiar el mundo este.
Una mosca se posa sobre la humedad de tus ojos. Pronto serán cientos de insectos inquisidores.
Por la sombra de la sombra digo que avanza el miedo.
No tiene alma el deseo de persistir. Un corazón late dentro de un cofre vacío. Despedirse aullando como los animales para pensarse como un mono que cavila.
Por lo menos, antes andaba en los trenes ilusionado. Comía de la lata y nunca hubiese pensado que los creadores de la violencia iban a justificar su masacre. Porque nadie crea una fuerza bestial para no reglamentar hasta los sueños. El mal es muy sutil a la hora de manifestar su ponzoña.
El género humano ha tenido la extraña virtud de crear la bomba nuclear para seguir comerciando la muerte. El destino del hombre es aniquilarse como rehén de su vanidad competente.
Preso de la acumulación, la tecnología y el consumo, se alejará definitivamente de su esencia para convertirse en un monstruo perfecto.

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Cuervo con quijada de coyote


Voy a construir una barricada sólo para derribarla con un grito en la cárcel del tiempo de la mente.
Una playa donde ir a guardar las monedas de oro, los blasones, botellas de sed. La madera podrida.
Texturas, dibujos, sombras de mujeres en mis paredes: mirando el horizonte naranja de sus deseos.
Muñecas indescifrables que vienen a amarme y cuidarme. Imprecisas, anhelantes, en espasmos dando saltos con cada orgasmo para irse por sus pulmones. Abrazadas entre sí. Encadenadas por un hilo invisible que está lejos de mi mano. Van volando.

Olores, viajes, antiguas palabras sin significado. El fuego crepitando, un auto y una ruta. Un asado. Una cena en los bordes del río. Música. Un barco oxidado anclado en el Delta. Copas de vino rojo. Mares de invierno. Encerrados en nuestro corazón para poder respirar en la niebla. Desesperados como suicidas hambrientos.

Los perros del amor ladran siempre a los fantasmas. El otro como espejo de tu insatisfacción.

Llega el pájaro negro de los miércoles. Un cuervo con quijada de coyote. Se encargará de triturarte. Es su esencia.

Quizá nade hasta la otra orilla, jadeando poseído hasta el próximo viaje. La invención de lo real: una muda de ropa nueva que de pronto se pone vieja y se deshilacha mientras damos codazos en el colchón de ladrillo y espuma del inconciente.

La verdad es la voluntad de vivir.


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