“Yo a veces pienso que El Melli está cerca y que no se anima”


Sabrina Gullino Valenzuela Negro es la nieta recuperada 96, hija de los militantes montoneros Raquel Negro y Tucho Valenzuela.

En 2008 se enteró que había sido abandonada por una patota militar en un convento de Rosario. Su gran anhelo es hallar a su hermano mellizo.

 

 

Por Juan Alonso

Fotos: Mariano Martino

 

Está parada en la calle de tierra detrás de la capilla. Lleva puesta una falda de triángulos que caen en degradé, un saquito negro y un pañuelo lila atado al cuello. Da la bienvenida, alza a su beba de nueve meses –cuyos ojos destellan un azul cielo– , y prepara el agua para el mate. Se apoya en un borde de la cocina que tiene una ventana pintada de verde y el lugar se llena de la luz del mediodía. Sabrina Gullino Valenzuela Negro, 36 años, parece una mujer tan dura como tierna. Construyó su identidad, su familia, su casa y busca encontrar la mitad que la completaría: su hermano mellizo que fue arrebatado por la dictadura. Ella vive en su hogar de Victoria, Entre Ríos, rodeada de un ombú, un banano, otros frutales, una huerta, una pequeña perra negra que tiene la manía de subirse a un bote entre pescados y restos de patos que mordisquea por ahí, tres gallinas blancas de su vecino domador de caballos que andan por los fondos, y un pasado que la envuelve como el viento del río Paraná, agitando las nubes, en crecida, como su espíritu indomable.

–¿Cómo imaginas al mellizo?
–No me lo imagino, prefiero sorprenderme, que sea una sorpresa, no sé. La realidad supera a la ficción. Yo a veces pienso que él está cerca, acá en Entre Ríos, también pienso que no se anima. Que le debe costar hacerse el ADN. Así que saquen buenas fotos (se ríe) para que me encuentre al fin. Pero que no sea dentro de 30 años cuando sea más vieja. Me gustaría que suceda pronto para poder disfrutarlo. Por eso nunca quise irme muy lejos. Con Javier, mi compañero, tuvimos oportunidad de mudarnos al exterior, a una isla paradisíaca de Centroamérica, pero no. Elegimos quedarnos cerquita. Espero que esta nota sirva para que mi hermano aparezca.

–Y romper el pacto de silencio…
–Claro. Hubo una enorme complicidad civil con la dictadura. Hablo de instituciones, empresas, médicos, religiosos. Eso lo estamos viendo recién en estos años en Entre Ríos. Yo les digo a mis compañeros de HIJOS Paraná y al equipo jurídico de Abuelas que es algo revolucionario y que no nos damos cuenta. Porque estamos acercándonos al objetivo de hallar a los pibes arrebatados por la dictadura bajo un engranaje burocrático que incluye a las instituciones médicas y también a una parte del Poder Judicial. No es nada fácil romper con esos acuerdos que llevan décadas. En nuestro caso, fueron las enfermeras que trabajaron en esos años en el Hospital Militar de Paraná y el Instituto Privado de Pediatría (IPP), las que quebraron el silencio de los médicos contando que vieron y atendieron a dos bebés durante más de 20 días hasta el 27 de marzo de 1978. Éramos mi hermano y yo. Mi madre nos había dado a luz en cautiverio en el Hospital Militar de Paraná y estuvimos internados en esa clínica privada de Paraná, antes de que a mí me dejaran los militares en un convento de Rosario y a mi hermano lo apropiaran. Los dueños de la IPP tienen que saber quiénes se quedaron con él. Porque es mentira que El Melli murió. Tiene que estar vivo porque le dieron el alta médica al mismo tiempo que a mí. Alguien pagó para quedarse con mi hermano. Mi familia del lado de Tucho, los Valenzuela de San Juan sospechan que podría haber sido dado en guarda a una familia de militares por esa cosa machista, muy castrense, ya que era el hijo varón, el portador del apellido de mi padre. Conmigo no se hicieron problema, me abandonaron en un convento. Por todo ese entramado fue procesado Miguel Torrealday, uno de los socios del IPP. Aunque insiste en la mecánica del olvido y la negación. Para algunos es incómodo, porque tienen secretos que ocultar que no quieren que salgan a la luz.

Agua alta
Sabrina es hija de dos militantes emblemáticos de la guerrilla peronista, Montoneros: Raquel Negro y Edgardo Tulio “Tucho” Valenzuela. Ella está desaparecida desde poco después del parto de los mellizos en marzo de 1978 y él murió en Paso de los Libres en julio de 1978, después de que revelara en México el 18 de enero de ese año, el plan de la dictadura que buscaba aniquilar a la cúpula guerrillera con un comando mixto de militares y militantes “quebrados”. Pero Tucho no era ningún quebrado y le hizo creer al dictador Leopoldo Fortunato Galtieri que era capaz de infiltrar la conducción y matar al líder de la organización, Mario Eduardo Firmenich. En un juico revolucionario que se realizado en febrero en Cuba, Tucho fue degradado cuatro cargos por la organización -evaluaron que de alguna forma ayudó al enemigo, cuando en verdad salvó la vida de Firmenich y de Roberto Cirilo Perdía, al tiempo que selló su final– al regresar al país poco después. La patota de Galtieri lo había secuestrado junto a Raquel en Mar del Plata en enero 1978 para usarlos como botín contra “el marxismo subversivo”, que según los represores, planeaban atentar contra el Mundial 78. Sucedió que la pareja Valenzuela Negro sacrificó su vida con el fin de no traicionarse a sí misma. Un compromiso que culminó con la demencial contraofensiva montonera y con Tucho en las fauces de la muerte, entre el cianuro y los tiros, cinco meses después de denunciar el complot de Galtieri para aniquilar a Firmenich en México.
La trepidante vida de Tucho y su compañera –una auténtica tragedia argentina- fue narrada magistralmente en la novela del ex canciller, Rafael Bielsa, publicada en 2014, que se llevó al cine a mediados de este año (ver recuadro aparte). Bielsa intenta con éxito contar el sentido profundo de esa lucha quijotesca que incluyó algunos héroes y no pocos necios que todavía corren con la fusta.
Además, la trama de Valenzuela ocupó decenas de páginas en los libros revisionistas de mediados de los ’90, Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso, y los tres tomos de La Voluntad, de Martín Caparrós y Eduardo Anguita, entre otros, que buscaron un significado posible en el difuso sendero que va entre la valentía, el compromiso ciego, la pérdida de la razón y, por qué no, la redención.
Pero Sabrina tiene el alma templada de esos fuegos. Si bien acuerda que hay que hacer “una crítica profunda de aquellos años”, cree que mejor es mantener la cátedra en la Facultad de Periodismo de Rosario donde es docente y habla de esa etapa de la historia. “Mis padres no sólo protagonizaron una historia de amor, fueron dos enormes militantes. Siempre se habla de Tucho, pero mi mamá Raquel fundó el Movimiento Villero y militó en los barrios más pobres de Santa Fe. Mi mamá era una grosa”, remarca.
En una conmovedora cinta que Raquel grabó en plena clandestinidad, en 1977, legó este mensaje: “Por ahí parece que uno no va a seguir viviendo, que no se puede, que el dolor es muy grande, que a uno lo ahoga, pero hay fuerza siempre, hay fuerza y objetivos por los que queremos vivir y personas por las cuales siempre somos necesarios. Yo quiero que sepan que aún dentro de esta situación, yo soy feliz. Y quiero decírselo a ustedes, yo creo que no hay nada en el mundo tan hermoso como tener un hijo y criarlo, educarlo, tratar de hacerlo feliz, aún dentro de las condiciones que no siempre son las mejores.”
Con ese piso de porvenir, Sabrina recuerda a su abuela “Porota” Gullino que tocaba el piano y estuvo en su último cumpleaños cantando alrededor del fuego. Esa noche  estuvieron los Gullino, los Negro y los Valenzuela colmando su casa. Porota, que falleció en junio, era hincha fanática de Newell’s Old Boys de Rosario y vivía en un barrio con mayoría de simpatizantes de Central. Atendía el kiosco con su pelo blanco y una mirada transparente que explica esta frase de su nieta: “Debe haber sido la persona que más me quiso en esta vida, la nona, mi nona, tendría que haber vivido 100 años, era adorable.”
Quizás el secreto de todo es  el amor. Sabrina conserva al menos seis sillas para tres personas, una sala de estar donde pueden caber 20 invitados a la mesa y un parque que se pierde en el horizonte de 300 kilómetros de río. Lo que hace feliz a Sabrina es mantenerse lo más lejos posible del exceso de histrionismo, la angurria y la truhanería. El sonido de sus frases rebota contra cada ladrillo de su casa “Amarilla” que lleva ese nombre en homenaje a su madre, militante de base y peronista, cuyo nombre de guerra era María Amarilla. Raquel pervive en Sabrina y en su sonrisa. Ella se sienta en la sombra con el cabello estirado en un rodete. Abraza un cuadro con el retrato de su mamá y lo sujeta contra el pecho. Posa para la cámara y mide la efusión de sus sentimientos. Después se suelta el pelo. Hace chistes con los pies estirados en la tierra de su casa. Sus botitas negras hacen un surco entre en el pasto, a unos metros de la huerta. No busca caer simpática. Entonces, debajo de esa marea de construcción de lazos, que incluyen a los Gullino, sus padres adoptivos, los Valenzuela y los Negro, Sabrina armó el rompecabezas genealógico que enhebra el pasado. Una parte de sí está inmersa en la entrevista y otra escucha atenta al llanto de su beba en la tarde fluctuante. Intenta explicar su existencia en esta porción de tiempo comprimido. La brisa suena a estéreo de cisnes.
“En noviembre de 2008 me llegó una citación a la casa de mis papás en Ramallo. Era la hora de la siesta cuando tocó un timbre un cabo. Lo atendí yo. Me acuerdo que le pregunté qué era esa citación de la justicia federal y me respondió que era o por tráfico de drogas o por robo  de bebés –relata Sabrina-. Entonces, me preocupé mucho. Me angustié por la situación. Porque me había preguntado si era hija de desaparecidos, aunque mis viejos me habían adoptado legalmente. Mi papá me respondió que me quedara tranquila que seguro la causa se trataba de un choque que tuvo con mi mamá en la ruta. Yo lo senté y le dije: no papi, esto es muy serio, ustedes pueden ir presos si cometieron un delito conmigo. Pero ellos me adoptaron cumpliendo todos los pasos legales y después de realizar un tratamiento médico de cinco años. Hasta me mostraron el trámite de adopción. Así que al poco tiempo estábamos con mis viejos ante el juez y lo veía tan frágil a mi papá, tan buen tipo, tan inocente en el medio de ese problemón, luchando contra el aparato del Terrorismo de Estado. Declarando contra una multiplicidad de intereses: no teníamos la menor idea ante qué cosa monstruosa nos enfrentábamos.”
-¿Tuviste miedo?
-Sí, dos veces, en Ramallo y en Rosario. Una vez me agarró viviendo sola en Rosario. Lo llamé a mi papá y tuvimos una conversación re larga. Le expliqué que temía que me hicieran algo, lo que sea, cualquier cosa, asustarme por la calle por ejemplo, porque yo era la prueba viviente de todas las atrocidades que llevaron a cabo los militares y sus cómplices civiles. Pero también le dije que no podía dejar de dar testimonio. Mi papá me aconsejó: “Hija ya tenés la respuesta, entonces no hay nada que temer.”

“Hijos de guerrilleros”
En estos días, el IPP de Paraná fue noticia otra vez. Uno de sus fundadores, Miguel Alberto Torrealday, resultó procesado por la Cámara de Apelaciones por suprimir la identidad de los mellizos Valenzuela Negro. Torrealday fue mencionado por empleados y enfermeras en un juicio que investigó delitos de lesa humanidad en 2011 por el funcionamiento de una maternidad clandestina en el Hospital Militar de Paraná.  La causa en la que está procesado es un desprendimiento de aquella. Los mellizos ingresaron al instituto privado en marzo de 1978, pero Torrealday dijo no recordar nada porque el IPP era una institución de puertas abiertas y cada médico podía internar  a sus pacientes sin que él y sus socios lo supieran. El 27 de marzo de 1978, los mellizos fueron dados de alta del IPP y entregados a personas que no eran sus padres.
El testimonio clave fue el de la enfermera Natalia Krunn, que trabajó en el Hospital Militar durante 25 años. “Cuando nació el varoncito se lo pusieron a la madre, lo abrazó, lo tocó; pero después se lo sacaron porque dijeron que no estaba muy bien y la nena se quedó con la madre.” La mujer contó, con lujo de detalles, el paso de Raquel por el Hospital Militar. “Estuvo por lo menos 15 días internada en la sala de guardia” entre febrero y marzo de 1978, hasta que se produjo el alumbramiento de los mellizos que, según dijo, fue por parto natural. Y al día siguiente ya no estaban más en el hospital, ni la madre ni los mellizos.
“Raquel Negro llegó y la pusieron en una sala de guardia médica; me contó que venía de la zona de Funes (NdeR: el centro clandestino de detención conocido como La Quinta de Funes) y que tenía un nenito que estaba con los abuelos y que venían dos más y no sabía qué iba a hacer con ellos.” Le preguntaron cómo supo el nombre de la mujer y dio una respuesta rotunda: “Ella me lo dijo.” Inclusive, manifestó que creía que a su esposo, Tucho Valenzuela, “lo habían matado”, y la desesperaba que su madre debiera hacerse cargo de criar a sus tres hijos.
Más tarde, otra enfermera, esta vez del IPP, reveló que cuidó a Sabrina en sus brazos y habló de la presencia de un recién nacido que había llegado del Hospital Militar y aseguró que el bebé estaba  “aislado” en la sala de neonatología “en una incubadora de emergencia que se utilizaba para chicos en riesgo”, y que en la tarjeta de identificación decía NN. Dato que corrobora los dichos de las enfermeras del Hospital Militar. Según afirmó, “el que le daba atención era el doctor Torrealday” y cuando ella le preguntó por qué el bebé no tenía nombre, el médico le dio una respuesta confusa como para conformarla.
Según el testimonio que dieron las enfermeras durante el juicio oral, las esposas de los médicos se acercaban a las cunas donde estaban los mellizos y les sacaban fotografías como si se tratara de un evento turístico. “Son hijos de guerrilleros –comentaban por lo bajo- por eso están en este sector de la clínica.” Ninguna de esas mujeres, las mujeres de los médicos dueños de la clínica pediátrica, dio cariño a los mellizos. Sólo las enfermeras los alzaban y los cuidaban en esos días de terror. Sabrina estuvo 23 días en el IPP anotada con el falso nombre de Soledad López y a su hermano lo mantuvieron 17 días inscripto como N.N.
En la imputación a Torrealday, se consideró que el médico no dio aviso de la situación a la Justicia de Menores, sino que con su conducta concretó, “un aporte importante para que el plan de sustracción de los mellizos y la sustitución de sus identidades se ejecutara con éxito”.
Tal como se contó antes, los padres de Sabrina, Raquel y Tucho fueron secuestrados el 2 de enero de 1978 en Mar del Plata y trasladados a la Quinta de Funes. Con ellos estaba Sebastián, el hijo de Raquel, que tenía un año y ocho meses. Ella ya estaba embarazada de los mellizos. Cuando se aproximaba la fecha de parto, Raquel fue internada en el Hospital Militar de Paraná, como sobrina del dictador Galtieri. Habría dado a luz el 3 o el 4 de marzo y el parto fue atendido por médicos que no pertenecían al sanatorio. Luego de que naciera el varón, la madre lo arropó por unos instantes hasta que unos hombres se lo llevaron; después nació Sabrina. Enseguida los mellizos fueron internados como NN en la sala de terapia intensiva, porque supuestamente presentaban problemas respiratorios y cardíacos, y luego fueron derivados al IPP. Por el tratamiento médico, según consta en los libros de la clínica, se pagó un costoso servicio.
Esa misma noche, Sabrina fue dejada en el Hogar del Huérfano, un convento ubicado en las afueras de Rosario, y luego dada en adopción legal a la familia Gullino, de la ciudad de Ramallo. Dos integrantes del grupo de tareas rosarino que había secuestrado a la pareja en Mar del Plata, Walter Pagano y Juan Daniel Amelong, se encargaron del traslado. Dejaron a Sabrina en la puerta del convento. Usaron un palillo de dientes para dejar activo el timbre y así asegurarse de que las monjas la recibirían. La madre superiora, ya fallecida, vio a los dos hombres corriendo por la calle cuando abrió la puerta y se topó con Sabrina recién nacida.
Durante el juicio sobre los hechos ocurridos en el Hospital Militar, los represores sostuvieron la versión de que el varón había muerto e inclusive así lo manifestaron también los médicos que los atendieron. Pero durante el juicio contra los integrantes de la patota del Destacamento de Inteligencia de Rosario, las enfermeras dieron un vuelco a los argumentos de la defensa y robustecieron la hipótesis de que ambos estaban bien de salud. Así surgió también que los servicios de atención e internación de los mellizos en la clínica privada fueron abonados por los mismos militares. Por esa razón Sabrina denuncia un pacto de silencio entre ex altos oficiales del Ejército que estuvieron vinculados con la represión ilegal y los médicos dueños del IPP. Todo formaba parte de un complejo mecanismo de secretos que a través de los años logró superar, por ahora, la investigación incesante de los Organismos de Derechos Humanos, una parte de la Justicia y el impulso del Estado Nacional desde 2003.
Poco tiempo antes de que fuera procesado, Sabrina y su hermano Sebastián mantuvieron un encuentro escalofriante con el médico Torrealday en Paraná. “Como él me había dicho que contara con su ayuda, lo llamé y fuimos con El Sebas a verlo. Nos encontramos con que nos recibió junto a los otros médicos dueños del IPP, Jorge Eduardo Rossi y David Vainstub. Mi hermano grabó toda la conversación. Torrealday me decía que ellos no sabían dónde estaba El Melli, y en un momento me dijo que mi hermano me estaba esperando a mí, por el tiempo que los dos estuvimos internados juntos. Nosotros ingresamos con seis días de diferencia pero fuimos dados de alta el mismo día. En eso, me preguntó si me gustaría ver la incubadora donde estuve yo cuando era una beba. Así fue toda la conversación, confusa, con una demanda de nuestra parte para conocer la verdad sobre el destino de El Melli y las evasivas permanentes por parte de ellos. Ahora lo más indignante es que después de que la Cámara los procesó, pretenden excusarse y planean una defensa en conjunto con el resto de la corporación médica.”

–¿La esperanza también se construye, Sabrina?
-Todo se construye, como el amor.
-¿Qué vas a hacer si lográs encontrar a tu hermano?
-Vamos a comer todos juntos un buen asado. «

 

La película

La novela Tucho se transformó en una película que dirigió Leonardo Bechini.
El rol protagónico estuvo a cargo de Luciano Cáceres.
Completan el staff la actriz Ximena Fassi, Ludovico Di Santo, Alejandro Awada y Patricio Contreras, entre otros.

 

Un viaje al precipicio

Rafael Bielsa capturó su propio universo en 214 páginas conmovedoras. Su último libro, Tucho, la Operación México o lo irrevocable de la pasión, impreso en 2014, busca y logra narrar la tragedia de un personaje que podría ser la multiplicación de cientos de argentinos. Todos esos jóvenes militantes revolucionarios que dieron hasta el último suspiro. Y Tucho Valenzuela lo dio. No estaba hecho para eludir la muerte. Se aparece caminando las 50 cuadras que separan el hotel donde paró con los represores del Ejército de Videla en el DF hasta el lugar donde estaba reunida la conducción de Montoneros, con Firmenich y Perdía a la cabeza. El paisaje que pinta Bielsa busca reflejar la fórmula del pensamiento de Tucho. Y escribe desde su propia osamenta, dando forma a lo inasible. Él mismo estuvo detenido desaparecido en las afueras de Rosario y sufrió la tortura. Después, con el paso de los años, los viejos conocidos se fueron transformando en una estela de circunstancias e infortunios que traspasan la historia como una espada fatal.
Bielsa cuenta que Tucho se reúne con Galtieri, lo convence de que es capaz de atentar contra sus superiores de Montoneros. Tucho como uno de los seis altos oficiales de la organización, jefe natural de la Regional Rosario, un tipo recio y amoroso con su mujer, Raquel, la misma que le suelta antes de emprender su destino: “Vos conmigo tenés un problema Tucho, si vas y hacés lo que nos juramentamos que harías me van a matar, pero, si no lo hacés, me perdés para siempre, porque te dejo, te lo juro, nunca más en tu vida me volvés a ver.”
El soliloquio de Tucho toma al lector de la solapa. Uno se queda con la íntima convicción de que aquello fue un gran naufragio a la vera de un precipicio.

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 6 de septiembre de 2015

 

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A 42 años del crimen de Pedro Eugenio Aramburu, entrevista al abogado Hugo Malamud


“Yo representé a un hombre que escuchó dónde estaba secuestrado”

En 1970 fue contactado por un testigo que dijo saber en qué lugar estaba cautivo. Los amigos de la víctima juntaron
una cifra millonaria como recompensa. Pero el informante dejó de colaborar y el dictador fue ejecutado por Montoneros.

Por Juan Alonso

Veintiocho de abril. El abogado Hugo Malamud, de 84 años, recibió a Tiempo Argentino en su estudio de la calle Azcuénaga al 300, en pleno barrio porteño de Once. En ese mismo sitio, hace 42 años, un hombre se presentó diciendo que había escuchado una conversación mientras viajaba en un tren que iba de Tigre a Retiro. Ese hombre aseguró conocer en qué lugar estaba secuestrado Pedro Eugenio Aramburu, semanas antes de que hallaran su cadáver cubierto de cal, ejecutado en un sótano de una estancia de Timote, en la provincia de Buenos Aires.
La noticia conmocionó a la sociedad y los diarios de la época llevaron el anuncio en sus tapas. La revista Primera Plana le dedicó varios párrafos al episodio en su edición aniversario –un año después– en 1971.
Si bien el crimen de Aramburu significó un cambio estructural en la política argentina y el debut armado de Montoneros, el dato del testigo que escuchó una conversación en un tren, bien pudo haber cambiado el curso de la historia. Es una posibilidad entre mil. Y, según afirma hoy Malamud, muchas veces los hechos suelen convertirse en “causalidades”.

–¿Cómo fue que tomó intervención en el caso Aramburu?
–Un cliente vino un día y me dijo: “Sé donde está secuestrado Aramburu.” Por supuesto, mi primera reacción fue no querer saber el lugar, porque lo que uno no sabe no se lo pueden sacar. Lo puse en contacto con la gente del grupo de Aramburu, porque yo conocía profesionalmente al general y abogado Luis Leguizamón Martínez (NdR: uno de los protagonistas del golpe de Estado a Juan Domingo Perón en 1955), que se entrevistó con ellos y los datos que les dio deben haber resultado verosímiles, puesto que se pusieron a juntar el dinero que ofrecían como recompensa. Incluso en alguna que otra oportunidad, en horas de la noche, vino a mi estudio el doctor Eugenio Aramburu, que no sé cómo su presencia fue descubierta por periodistas del diario Clarín que publicaron la noticia de su visita al día siguiente. Todo esto sucedió antes de la aparición del cadáver, por supuesto.
–¿Qué sucedió después con ese hombre?
–No lo volví a ver nunca más. Hay dos hipótesis: desapareció o lo desaparecieron. La novia que tenía en aquel momento viajó a los Estados Unidos y se radicó allí.
–¿Cuál es el nombre de su cliente?
–No lo puedo decir, me reservo el secreto profesional.
–¿Qué sucedió luego con el testimonio?
–En su momento, de resulta de las conversaciones, se firmó el acta que apareció transcripta el jueves 16 de julio de 1970 en el diario La Prensa, en la página 10, y en la que a expreso pedido mío se incluyó una cláusula que en tanto y cuanto no apareciera Aramburu con vida, no se abonaría un solo peso de la recompensa ofrecida (*). Lamentablemente se perdió contacto con mi cliente, que desapareció o, quizá, en el terreno de la hipótesis,  lo desaparecieron del mapa, eso no lo sé, como le dije.
–¿Su cliente era militante?
–No, no tenía ninguna vinculación política, ni tampoco estaba relacionado con los secuestradores, sino que en forma casual tomó conocimiento por una conversación que escuchó.
–¿Cree que estaba en lo cierto?
–Desde el momento que conversó con la gente de Aramburu y a ellos les resultó verosímil y se pusieron a juntar el dinero, supongo que tenía buena información…
–¿Entonces…?
–Cuando se pierde contacto con este hombre, no recuerdo si fue por medio de la prensa escrita o por la televisión, que todo esto que se había mantenido en el máximo secreto fue destapado por el doctor Manuel Rawson Paz (NdR: también ex funcionario de la llamada Revolución Libertadora), que habló sobre el tema, y eso obligó a que conjuntamente con Leguizamón Martínez, hubiéramos dado una conferencia de prensa en mi estudio, donde exhortamos a este hombre para que se pusiera en contacto para concluir con el tema, cosa que no hizo. Incluso recuerdo que una revista, no sé si 7 Días o Gente, dio la versión de que nuestra conferencia habría sido el detonante de la muerte de Aramburu.
–¿Por qué considera que pudo haber sido el detonante?
–Eso no lo sé, porque tendría que estar en la cabeza de quienes lo mataron y lo secuestraron. Cosa que me resulta imposible.
–¿Cuál es versión del caso?
–Mi impresión es que todo tuvo un trasfondo político. Se vivía en un régimen militar. Aramburu no era hombre de la simpatía de quienes gobernaban en aquel momento, y la política tiene sus vericuetos que quienes no estamos adentro no los conocemos.
–¿Usted temía ser torturado?
–La tortura era una práctica común de esa época. No era que yo tenía miedo a ser torturado, pero de ser torturado no me hubieran podido sacar lo que no sabía. Por eso me limité a actuar como correo para ayudar a que todo se concretara de la mejor manera para que las cosas salieran bien.
–¿Tiene alguna hipótesis de lo que sucedió luego con el cuerpo?
–Mire, cuando apareció un cadáver en Timote, en ese momento yo estaba en Canal 13 porque me iban a reportear en Telenoche y cuando dieron la primera noticia hubo un detalle que me llamó la atención, que ahora que han pasado tantos años no lo recuerdo con toda precisión. Me dio a suponer que el cuerpo encontrado en Timote no era el de Aramburu, y que en el viaje de la ambulancia a Buenos Aires hubo un cambio de cadáveres. Yo siempre me acuerdo de esa novelita de Alejandro Dumas, El hombre de la máscara de hierro.
–¿Y por qué dice que hubo un cambio de cadáveres?
–No sé, desconozco, pero quizá hubo un propósito con ese descubrimiento de causar una conmoción en la opinión pública.
–Tengo copia del expediente. El cuerpo era el de Aramburu.
–Sí, el que llegó a Buenos Aires, sí.
–¿Su sospecha es que no lo mataron en Timote?
–Yo descreo del lugar físico del asesinato. Del asesinato sí estoy convencido.
–¿Qué significó para usted el caso?
–En mi vida personal tuvo la repercusión que causa la muerte por causas no naturales de todo ser humano, sea cual fuere su situación social, política o económica. La muerte de todo hombre siempre causa una perturbación.
–En este caso se trató de una bisagra en la historia.
–Sí, por supuesto.
–Y aceleró la caída del régimen de Juan Carlos Onganía.
–Claro. Usted sabe que todos los grandes movimientos se devoran a quienes los inician, eso sucede en todas partes. Son presunciones.

(*) Por un error involuntario, en la página 105 de mi libro ¿Quién mató a Aramburu?, editado por Sudamericana en 2005, se dijo que Hugo Malamud había cobrado la suma del rescate por el secuestro de Aramburu. Los hechos demuestran que no fue así. Por su iniciativa se inscribió una cláusula en el acta notarial para que la suma se cobrase únicamente con la aparición de Aramburu con vida. Cosa que, como se sabe, finalmente no ocurrió.

Nota publicada en la edición del 29 de mayo de 2012 del diario Tiempo Argentino.

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Día del periodista


“Sé que futuro y memoria se vengarán algún día”

Francisco Paco Urondo, periodista, poeta y militante.


PAPEL PRENSA, LA VERDADERA HISTORIA. VER LA NOTA DE  TIEMPO ARGENTINO

A 40 años del crimen de Aramburu


Por Juan Alonso

Hace 40 años el país era bien distinto. La violencia y la semilla del odio germinó en la construcción política por el recuerdo de los fusilamientos de civiles en los basurales de José León Suárez en 1956 –a manos de la llamada Revolución Libertadora-, hechos claves en la memoria de los jóvenes que se criaron con la abundancia y las contradicciones del primer peronismo, jaqueado por un golpe cívico-militar sangriento.

El derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955 estuvo signado por un fuerte protagonismo de la Iglesia Católica y los sectores agroganaderos oligárquicos, asociados con los intereses de la banca extranjera, que se vieron afectados por el programa económico que llevó adelante el fundador del Justicialismo: la clase trabajadora llegó a participar del 56 por ciento de la renta y la industria nacional y el consumo interno crecieron como nunca en el siglo XX, el mayor logro distributivo de la historia nacional.

Entre los conspiradores contra Perón, se contaba el hombre que moriría baleado y tapado con cal unos años después en un ignoto campo de Timote, en la provincia de Buenos Aires: Pedro Eugenio Aramburu.

En la Argentina de comienzos de los años ’70, Aramburu aparecía como “la válvula de escape del sistema”, según el relato historiográfico de los fundadores de la organización guerrillera de extracción peronista, Montoneros.

El gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía se veía debilitado por los cimbronazos del Cordobazo. Y el malestar de los trabajadores sindicalizados y los estudiantes hicieron eclosionar la base de sustentación del gobierno opresor que perseguía a las organizaciones gremiales y encarcelaba a sus líderes más combativos.

Es decir que el secuestro y el posterior asesinato de Aramburu se dieron en el marco de una creciente protesta social con el peronismo proscripto por una dictadura que se cerraba sobre sí misma.

Onganía tenía la utopía de quedarse una década más en el poder, sosteniendo –decía- un presunto plan económico de tono “eficientista” que equilibraría las cuentas del Estado de la mano del inefable Adalbert Krieguer Vasena.

Nada de eso era cierto. Y Aramburu lo sabía. Por eso se presentaba y se proponía como candidato civil para salir del desastre hacia delante.

La embajada de Estados Unidos tomaba notas de sus múltiples reuniones con socialistas, comunistas, miembros de la CGT y jerarcas de la Iglesia.

Por esos años, el máximo exponente de lo que fue la Revolución Libertadora solía reunirse con el líder de la CGT dialoguista, Augusto Timoteo Vandor, y juntos delineaban el país que suponían llegaría alguna vez.

Los dos fueron asesinados con meses de diferencia.

El mismo Perón, en Madrid, le adelantó personalmente a Vandor que esos “diálogos” no eran bien vistos por “la organización” en 1969.

Aquella mañana del 29 de mayo de 1970, el día del Ejército, el general Aramburu estaba en su departamento de la calle Montevideo 1053. Su esposa, Sara Herrera, había salido para hacer unas compras. Aramburu ni siquiera se había afeitado y vestía pijamas cuando sonó el timbrazo.

La empleada doméstica que atendió a los jóvenes montoneros Emilio Maza y Fernando Abal Medina, con ropas militares, simulando ser parte de la custodia del general, no calculó nunca que venían a secuestrar a Aramburu para matarlo el 1 de junio de 1970 de un disparo seco en el piso de tierra del campo de la familia  Ramus en Timote.

Sara, la esposa del general asesinado, nunca se repuso. Y su hijo Eugenio, abogado e idéntico a su padre, menos.

Si bien la saga de la muerte de Aramburu encierra el debut armado de Montoneros, nunca han quedado del todo claros los vínculos de una parte de sus miembros fundadores con asesores de Onganía, Diego Muniz Barreto, por caso, que fue asesinado por la dictadura de Jorge Rafael Videla luego de 1976.

Muniz Barreto se había convertido en uno de los padres ideológicos de esos jóvenes revolucionarios que se educaron en el Nacional Buenos Aires, pasando por el nacionalismo militante de Tacuara y las lecturas del revisionismo histórico de José María Rosa y Juan José Hernández Arregui.

Lo cierto es que la muerte de Aramburu significó un episodio político de características espectaculares que ayudó a posicionar a Montoneros como brazo armado del mayor movimiento político de masas de América latina.

En los hechos fue mucho más que una venganza por los fusilados del ‘56. Por primera vez, una organización guerrillera, en nombre del pueblo, devolvió el golpe y salió a denunciar la ignominia a la que fueron sometidos los sectores más desposeídos de la sociedad desde 1955.

En mayo del ’70 cambió la historia y nunca más la vida fue como era antes.-

Papel Prensa y David Graiver


El caso Graiver siempre me ha interesado. Puedo asegurar que le dediqué varios años de trabajo duro al asunto.

Conservo estudiadas y marcadas con resaltador las dos ediciones del libro de Juan Gasparini, “El crimen de Graiver” y “David Graiver, el banquero de los Montoneros”, de 1990 y 2007. Entrevisté a Gasparini -entre otras fuentes- en el bar La Paz hace un par de años con la intención de conocer la verdad sobre ese episodio silenciado por la corporación de prensa monopólica.

En el nacimiento espúreo de esa empresa arrebatada a sus dueños originales en los pozos de la tortura, radica la semilla del descrédito del principal grupo de prensa de la Argentina que todavía domina el mercado gráfico, la televisión, el servicio de Internet y el cable en millones de hogares del país.

Por esa razón, resulta indispensable refrescar la memoria sobre un episodio histórico que va mucho más allá de los intereses del periodismo. Y más en estos momentos en que al fin se debate dentro y fuera del ámbito judicial las validez de las acciones de Clarín y La Nación desde que adquieron la mayoría accionaria de esa compañía por medio de los favores de la dictadura.

Aquí mismo podés bajar completo  el libro de Gasparini y enterarte cómo Clarín, La Razón y La Nación se quedaron con un meganegocio de papel, pasando a dominar y digitar la política y la prensa, luego de la extrañísima muerte de Graiver en México, que el autor -sobreviviente de ESMA- se ocupó de investigar a fondo.

Bajá el libro completo de Gasparini

El testimonio de Osvaldo Papaleo ante la audiencia pública en el debate de la ley de medios:

Miradas al Sur

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