Sed de mal


Por Juan Alonso

 

Hoy es un día gloriosamente triste. Se termina una era. El kirchnerismo pasará a la historia como la construcción política que llegó para honrar y poner en práctica las banderas de justicia social que legó Perón. Las gestiones de Néstor y Cristina fueron los dos mejores gobiernos de la historia de la democracia. Nunca antes un movimiento revalorizó tanto la Política tras la debacle del 2001/2002. Veníamos del naufragio y aprendimos a nadar. Fuimos dignos. Gran parte de la sociedad dejó el trueque y el hambre por el salario, por la Asignación Universal por Hijo, por el trabajo, por la primera computadora entregada por el Estado en los arrabales del arrabal, por la Universidad en el barrio, por el colegio inclusivo, por la búsqueda incesante de Justicia en causas por violaciones a los Derechos Humanos. Fue una época donde a los genocidas se los llamó criminales. Porque la dictadura fue eso y no un proceso. El kirchnerismo vino a darle valor a los sueños de generaciones. El kirchnerismo enamoró. Y por antonomasia también captó los enemigos más poderosos que puede tener un gobierno democrático: las grandes cadenas de supermercados, la banca especulativa (interna y externa), la concentración mediática del Grupo Clarín y sus socios, y la lógica del capitalismo foráneo de la principal potencia del continente.

Hay presidente electo. Dicen ser el cambio: son el pasado.

No está mal hacer un ejercicio de memoria y recodar que cuando Fernando de la Rúa se fue por los techos (es el mismo personaje que se pronunció a favor de Macri), su Policía asesinó a tiros a 39 argentinos. Algunos cayeron baleados a metros del Obelisco y la Plaza de Mayo. Aquello no fue nada normal, digamos. Y la Corte no intervino. Ni siquiera con la peor sucesión de presientes truchos (cinco en total), que asumían por el transcurso de unas horas. Pero Cristina Fernández de Kirchner no sólo no se fue en helicóptero de la Casa Rosada como De la Rúa; tampoco renunció como hizo el cándido Carlos “Chacho” Álvarez. Ella deja un país sin deuda, con una sumatoria de derechos adquiridos para la clase trabajadora nunca vista  desde 1983. Además, de una pelea internacional en todos los foros con los fondos buitres que sentó jurisprudencia para el mundo.
Claro que el kirchnerismo tuvo los límites propios de todo proceso de raíz popular: el condicionamiento del sistema de acumulación del capitalismo y sus lobistas empresarios y cancerberos. El mismo poder del dinero que designa a dedo a los gerentes de multinacionales para adueñarse del Estado. Algo que no es nuevo en la historia nuestra.
La grieta no comenzó con las retenciones al campo. La grieta viene de lejos: desde que aquella antigua colonia española comenzó a abrirse camino con un grupo de patriotas y mercaderes leguleyos, en ese barral que era el río –tierra de contrabando y truhanería- rodeada de indios bravos que se comían los cadáveres de las vacas y caballos, y maloneaban el horizonte a pura rabia por la carencia del desierto pampeano. De ahí venimos. Somos un país forjado a fuego y a cuchillo. Donde el odio siempre fue más hondo y perdurable que la convivencia. Si en Estados Unidos los colonos se abrieron paso empuñando las pistolas de Samuel Colt, aquí la palabra degüello fue tan común como la costumbre alimenticia de masticar carne asada cocinada a las brasas.

El amigo Alejandro Caravario pensó que “El Matadero” -ese maravilloso libro de Esteban Echeverría- adelanta de alguna forma esa antigua (falta) donde se mezclan las pasiones más abyectas con la nobleza de los hombres, la persecución del bien común, y claro está: la psicosis colectiva. La carestía de carne. El lodazal. El charco donde va a parar la vida. La sangre como un mar de Judas. Todo eso también somos.
Ahora que soplan vientos de desguace hay que tener memoria y ser agradecidos. En el mundillo de los periodistas no suele haber sentido de clase. Algunos colegas creen ser cirujanos o filólogos, analistas del té con leche, mojadores de facturas y acomodaticios del espiral, la linternita, y el cine. Otros se proclaman como los defensores de una independencia falsa que esconde el verdadero chantaje. La técnica del aporreo. La negociación boxística de las palabras. Pero sucede que, a veces, lindos y lindas del biri-biri, las palabras son dueñas de una música que no tiene precio. No se vende. Es como la pelota de Diego. La palabra no se mancha. Y sobran los ejemplos: de Arlt a Walsh y de Viñas a Bayer. Los apóstoles de la gerencia del sentido lo saben, pero juegan a ser Tom Wolfe con el dinero que reciben de las patronales esclavistas. Fingen demencia y pretenden que todo el resto haga lo propio. Pero no. No todos nacimos para mayordomos.

La historia nos enseña que las grandes luchas no las ganan los individuos en solitario. Las ganan los sujetos que tienen una ideología, una identidad, una conducta y un motivo. Si la derecha está alambrando el mundo habrá que correrse para no ser enlazado por el neoliberalismo vacío y banal. Las personas no dejan (ganancias): somos seres humanos. De Cristo a Buda y del Zen al Bushido aprendimos que el destino está atado al anhelo del hombre. La pulsión puede ser mortal. Cuidado con la vocación suicida de una porción grande de esta sociedad.

En estos 12 años nos ha tocado dar batallas contra el poder de los medios concentrados, sus empresas y sus mandantes. Muchos de nosotros lo hemos hecho por absoluta convicción. Sin cargos, sin prebendas, sin jubilaciones de privilegio, sin caja ni chequera, sin cobardía, sin dinero de ninguna pauta  Ojalá no llegue nunca la hora de los financistas y especuladores que juegan a la derrota de los derechos del prójimo para abroquelarse en su falta de decoro y dignidad.

La Argentina que viene no será como la que hemos vivido. Los dueños de las grandes compañías nacionales y extranjeras llegan a apoderarse de los principales puestos del Estado. Quisieran privatizar Aerolíneas e YPF. Quisieran arrojar a cientos de trabajadores por la ventana. Han tenido la osadía de nombrar a un ex CEO de Techint en el Ministerio de Trabajo. No faltan quienes auguran que pretenden negociar una escala paritaria cada cuatro años. Y para mal de males cuentan con ciertos jueces y fiscales –los mismos que se manifestaron preocupados por la honestidad y el final de Alberto Nisman- para lograr sus planes revestidos de presunto republicanismo.
El único camino posible es dar testimonio. Revelar lo que el periodismo oficialista callará hasta arrimar sus dientes de vampiro sobre el cuello flácido de esta democracia de lacayos que se hacen llamar magistrados como en la antigua Grecia.-

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Homenaje a Alberte, delegado de Perón


Por Juan Alonso

El primer blanco de la dictadura militar fue un militante peronista. En la madrugada del 24 de marzo de 1976, una fuerza de tareas conjunta del Ejército y la Policía Federal, irrumpió en el departamento del ex edecán y delegado personal de Juan Perón, Bernardo Alberte, y lo arrojó al vacío desde la ventana del primer piso frente a toda su familia. Una vez consumado el asesinato –Alberte ni siquiera tuvo oportunidad de resistirse– saquearon su casa y amenazaron a su mujer y a los vecinos, entre los cuales estaba un juez de la Nación. Ya era demasiado tarde. La lengua del miedo se extendía como una mancha venenosa dentro del corazón de la sociedad argentina. El golpe más sangriento de nuestra historia se consumaba con éxito y contaba con la complicidad y el padrinazgo de sectores civiles vinculados con la Sociedad Rural y a la patria financiera. Como se sabe,  en materia de lucha por el poder, las casualidades no existen.
Lo paradójico del crimen de Alberte es que él sabía que lo querían matar y, sin embargo, esperó el final sin inmutarse. Siempre de pie. Había sido un militar de carrera que más de una vez se había enfrentado a los tiros como referente de la Resistencia Peronista, tras el golpe de 1955 y años más tarde ante los escuadrones de la Triple A, en los meses previos al golpe del ’76.
Unas horas antes de ser asesinado, el que fuera un hombre de confianza de Perón, redactó una carta dirigida a Jorge Rafael Videla, donde denunciaba los ataques armados que había sufrido, el funcionamiento encubierto de los escuadrones de la muerte y el permanente hostigamiento y asesinato de militantes de base de la Juventud Peronista.
Entre los puntos principales del escrito, dijo textualmente:
1. El día 20-III-76, a las 20, un grupo armado intentó secuestrarme, en mis oficinas de la calle Rivadavia 764, 1º, con el aparente propósito de asesinarme. Acababa de retirarme del lugar elegido por esa banda armada unos minutos antes, lo que me permitió observar el operativo desde la calle, así como el gran despliegue de elementos materiales y humanos utilizados.
2. La observación personal de los hechos me permite asegurar a usted que se trataban de efectivos de seguridad, que luego de detener a tres personas que se encontraban en las citadas oficinas, esposarlas, vendarle los ojos y cargarlas en los vehículos, se desplazaron velozmente por la calle Rivadavia hacia el oeste, sin poder seguirlos, por no poder disponer de vehículo propio en ese momento (…).
3. El día anterior en un operativo vinculado con el ya descripto fue secuestrado y luego asesinado el joven peronista Máximo Augusto Altieri.
En el punto 6, Alberte le expresó  a Videla que halló el cuerpo del joven peronista en total estado de descomposición en la zona de Tristán Suárez, aunque luego de contar con la ayuda de otros militantes, acompañado por el padre de la víctima en ese camino de sombras.
No era la primera vez que Alberte se comprometía hasta el límite de jugarse el pellejo en la movida.
El 15 de marzo de 1976 –nueve días antes del golpe– publicó una carta abierta denunciando los crímenes de la Triple A y retando a un duelo armado a los integrantes de esa banda parapolicial, a quienes  les advirtió:
“El 12-III-76 a las 20:00 horas un grupo de esa organización terrorista realizó un operativo para secuestrarme y probablemente asesinarme, no hallándome en el lugar elegido. El día anterior fue secuestrado, también por esa organización, el compañero peronista Máximo Augusto Altieri (cuyo cuerpo apareció acribillado a balazos días después) que aún no ha aparecido.
Ante la posibilidad de que este último secuestro tenga alguna relación con el primer intento mencionado, y para evitar que caigan otros peronistas relacionados con mi militancia, propongo el canje del compañero Altieri por mí.
Para facilitar la operación informo que en mi lugar de trabajo habitual y en mi residencia, cuya dirección conocen, me encontraran habitualmente.
Como única condición impongo que en el enfrentamiento que inevitablemente ocurrirá extrememos las medidas para impedir que caigan inocentes o personas desvinculadas con el antagonismo que existe entre nosotros.
Y firmaba: Bernardo Alberte. Teniente Coronel (RE). Peronista.”
Ayer, 36 años después de los fuegos que le arrebataron la vida de forma cobarde, el Movimiento Evita y el municipio de Avellaneda declararon ciudadano ilustre a Alberte y descubrieron una placa en su memoria en la puerta de la casa donde nació. Quienes fueron a buscarlo sabían que era leal a Perón, a la clase trabajadora y a los jóvenes que apadrinó, cuidó y protegió hasta el final.
El crimen de Altieri, un amigo suyo, lo conmovió y lo sacó de eje. Tanto que decidió esperar a los asesinos en su casa. Quizá en esas últimas horas pensó, que lo único que quedaba era aceptar al destino y a su horda de malditos.

Publicado en el diario Tiempo Argentino en su edición del 24 de marzo de 2012

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“Yo he sido muy boludo, me gustaba jugar al monógamo”


LEONARDO FAVIO

Una sinfonía de sentimientos

Publicado el 21 de Agosto de 2011

Por Martín Piqué
El gran director de cine repasa su próximo proyecto, anuncia su intención de volver a cantar y habla de sus miedos, el dolor, la muerte, Dios y el sexo. Elogia a Cristina, recuerda a Perón, y exhibe el entramado de una historia que conmueve en cada respuesta y a pura carcajada. Con ustedes: Favio.
La historia de esta entrevista comenzó poco antes de que se cumpliera el primer aniversario de Tiempo Argentino. Este medio se comunicó con una asistente de Leonardo Favio. Pidió un reportaje con el actor, compositor, cantante y director de cine con la esperanza de que el resultado de la conversación –desde 2008 que Favio no da entrevistas a diarios– acompañara la edición por el primer año de este diario. El mendocino presentó ese año su última película, la bellísima Aniceto, una nueva versión de El Romance del Aniceto y la Francisca pero en clave de ballet. El pedido no se pudo concretar, pero la disposición del propio Favio, como también de su asistente personal Verónica Muriel, más la insistencia periódica propia de un periodista político que también es cinéfilo, permitieron que este cronista y el fotógrafo Mariano Vega pudieran llegar hasta el pequeño departamento de la calle Pasteur al 700 para charlar durante dos horas con el director de cine más importante de la Argentina.
El mendocino nacido en Luján de Cuyo, a sus 73 años, pasó un tiempo delicado de salud y todavía tiene que andar con cuidado. Hace un año estuvo internado por una fractura de cadera; hoy se cuida con bebidas energizantes y con el cariño incondicional que le prodiga Muriel, que está embarazada y también vive para el cine. Los dos forman un dúo con complicidades imposibles de desnudar. Se conocen de memoria. Y juntos reciben a Tiempo Argentino en un living austero, desordenado en el que predomina el color blanco. En una pequeña repisa se ven portarretratos que muestran a Favio con Diego Maradona (“a mi maestro motivador, con amor”, dice la dedicatoria del año 1987), con la presidenta Cristina Fernández y con el General Perón. En blanco y negro, la foto con Perón tuvo alguna difusión pública: el cineasta y cantante lleva sombrero con visera, su anfitrión, exiliado en Puerta de Hierro, está enfundado en un abrigo de estilo inglés.
Favio habla bajito. Se ríe mucho. Está contento. Se larga a contar sobre su próximo proyecto, la película en la que ya está trabajando: hace dos años que viene escribiendo el guión. Se trata de la historia de Margarita, una gitana con la que tuvo una historia de amor. “Una pendeja divina”, recuerda con una sonrisa pícara. La charla se prolongará por dos horas, con breves estallidos de risa o silencios para mostrar distancia o desagrado ante algún nombre propio mencionado por el periodista.

–En sus películas siempre aparece el tema de lo popular. Su próxima película, la historia de Margarita, como en su momento Soñar, soñar, volverá sobre el tema de los gitanos, las colectividades, el Parque Japonés…
–Margarita es una realidad en mi vida. Un día yo estaba corriendo en la plaza Las Heras, porque tenía la oficina enfrente. Tenía 40 años. Había retomado canto después de mucho tiempo, porque tenía contratos en el exterior, y estaba gordo, como estoy ahora. Entonces empecé a correr. Y un día, a la tarde, un grupo de gitanos y gitanas que estaban sentados en el pasto de la plaza, como se sientan ellos, me llaman a los gritos. “¡Che, Favio, vení!” Y cuando me acerco me dicen: “¿Te acordás de Margarita?” Yo casi me muero. A Margarita la había conocido cuando era una criatura. El metejón que me agarré me mataba. Y me contaron: “Ella siempre le decía al marido que el novio eras vos.” Entonces me enteró que ella guardaba todos los recortes de las revistas en las que yo aparecía y comencé a trabajar. “Siempre hablaba de vos.” “Se murió el año pasado en el hospital Fernández”, me contaron. Desde ese momento anduvimos llamando a todos lados, buscando datos, recabando información. El apellido era Traiko. Ella era de una familia muy tradicional de gitanos.
–Le pregunté sobre lo popular. ¿Qué es lo popular para usted?
– La gente que yo conozco. Los intelectuales que caminan por la misma vereda de la gente. Los obreros, los trabajadores, los panaderos. La gente. Y después está lo otro, que es el mundo que yo no conozco y que nunca me animaré a contar. Porque no sabría cómo hacerles colocar los cubiertos sobre la mesa. Las familias muy poderosas. Lo popular, en cambio, es la gente, la que transita.
–Usted es religioso, ¿qué es Dios para Leonardo Favio?
–El centro de todo, el origen de todo. Un artista debe tener a la izquierda a la gente, al centro Dios y a la derecha la estética.
–Esa es una definición que suele repetir, casi un latiguillo. ¿Qué significa “a la derecha, la estética y a la izquierda, la gente”?
–Significa que la gente esté más cercana al corazón. Mucho más que lo estético. Hay grandes pintores, algunos novelistas también que escriben muy bien…
–¿Borges?
–Borges escribió muuuuuy bien. Pero no hablemos de Borges que fue un ser muy especial. Vuelvo a lo que decía: esos pintores, esos novelistas, son fríos como los sapos, no saben que existe la gente. O cuando llegan a saberlo, ya son viejos.
–¿Eso se aprende, o se nace con ese don? Llegarle a la gente.
–No, eso viene con vos. Viene en tus genes. Pero también depende del círculo en el cual te formaste, de la elección de vida. Si hay algo que le pido a Dios, es amar todavía más a la gente. A los que no tienen posibilidades de ser escuchados. Estar con ellos. Caminar con ellos. No hay ningún misterio. Todo es cuestión de amor.
–En el cine, sin embargo, hay un misterio, una exigencia de la escena, de la imagen, de la poesía, que no se reduzca el mensaje a una posición ideológica previa.
–Claro. Yo no hago cine peronista. Yo soy un director de cine que además es peronista. Haga la película que haga, en algo tiene que demostrarse que hay amor. En algo. Porque yo no me puedo alejar de mi naturaleza. Luchar contra la naturaleza es imposible.
–¿Y la vida del hombre no es luchar contra la naturaleza?
–Nooo. Es tratar de empardar, ¿pero cómo vas a luchar contra la naturaleza? Es la creación misma, la sabiduría.
–¿Pero el paso del tiempo, que es uno de los grandes miedos de la humanidad?
–Yo no sé cómo piensan los árboles. Y tienen vida, y tienen inteligencia, se mueren de tristeza. Todo eso es parte de la vida. En la historia de la humanidad y de la Tierra hay más muertos que vivos. Entonces, a mí no me asusta para nada la muerte. Para mí es un gran interrogante, nada más. Lo que sí le temo, porque soy muy cobarde con el dolor, es a la humillación del dolor. En eso sí soy asustadizo. Los dolores me joden mucho. Mucho, mucho. Uno puede llegar a la traición por el dolor. Pero es jodidísimo. Pero bendito sea el que logra comprender todo eso.
–¿Cómo definiría la historia de Aniceto, sus dos mujeres y el gallo negro de riña? ¿Es una “fábula moral”, por el tema de la lealtad y la traición, por la pasión sexual por Lucía y el amor casi de niña de Francisca?
–La pasión te desborda. No tenés control. Creo se lo escuché decir ayer a Chávez. Y la pasión es dolor. Es un camino de dolor. En la historia, Aniceto tiene una obsesión tal con la Lucía, una ceguera tan grande, que no alcanza ver, o ya perdió el interés, por la inocencia de la chiquilina (por Francisca). Entonces se le cae el mundo. Y no hay nada que se compare al dolor de lo de Lucía. Nada.
–Al dolor de que esté con otro.
–… (Sonríe y afirma).
–¿En su vida hubo Lucías y Franciscas?
–Y sí, pero no tantas. Porque además yo he sido muy boludo (ríe). Me gustaba jugar al monógamo.
–¿Se arrepiente de la monogamia?
–No. Yo creo que el hombre es monógamo porque es cagón. Porque la naturaleza manda a que vos tengas muchas hembras, porque en todo es así. Y la pasión, el amor o el dolor, por uno o por otro, y más fuerte en una que en otra, se va a dar igual. Pero con naturalidad, no trampeando, llegando tarde a la oficina… Y entonces tenés tres, cuatro o cinco, o lo que te de el bolsillo y la personalidad. No. Yo he sufrido mucho.
–¿Por amor?
–Sí, a mí siempre el amor siempre me costó muchas lágrimas. Muchas.
–Otro de los grandes temas de su obra es el peronismo. Viendo las últimas escenas de Sinfonía del Sentimiento, esa despedida de Perón, quería preguntarle qué escenas, qué imágenes de su cine, resumen lo que significa el peronismo.
–Evita en su discurso de despedida ante la Plaza de Mayo, posterior al renunciamiento. Cuando está por morir. Cuando dice “si yo no llego a estar, si Dios no me devuelve la salud, cuídenlo”. Eso me parece el discurso más militante. Porque Perón era un filósofo, un grande, un inalcanzable. Tenía veinte cerebros. A uno se le hacía imposible llegar a esas esferas. Pero vos escuchabas a Eva y era tu parte.
–Usted es un obsesivo de los planos. Están las anécdotas de gente que ha trabajado con usted de cortar una copia casi en el último momento. Eso habla hasta de una pasión por la imagen, como todo cineasta.
–Locura por la imagen.
–¿Qué escena elegiría de sus películas para retratar al peronismo?
–La reunión de Gatica con Perón y Evita en la cama. Porque Gatica es la síntesis del pueblo. Y está al lado de los dos. Entonces se turba y no sabe como reaccionar frente a esa imagen de Perón y Evita en la cama. Y Perón se lleva un dedo a la boca y le dice “shhhh”. Le pide silencio. Está más allá. Yo diría que ésa es una escena peronista.
–Vamos a otro gran tema, el sexo. En un reportaje de 2007 usted dijo que, a los 20 años, “sufría mucho cogiendo” porque le quedaba un gran vacío. ¿Tuvo algún conflicto con el sexo?
–Era un animalito. Muy simple. Nada conflictivo. Hacíamos campeonatos, nos reuníamos cinco o seis vaguitos en el río, y jugábamos a ver a cuál se le iba más lejos. No fue para nada conflictivo.
–¿Y estar con una mujer?
–Fue hermoso. La primera mujer con la que estuve fue una a la que le decían “la boliviana”. Venía cada tanto a Luján. Vivía en Mendoza, era bonita. Yo le conseguía los clientes. Me acuerdo que me dijo “lo único que no permito es que me besen en los labios, porque eso es de mi hombre”. Yo nunca he tenido conflicto con el sexo. ¿A qué llamás conflicto?
–Al dolor, a no pasarla bien.
–Ah, sí. Y sí. Y sí. Hay que tener mucho huevo para enamorarse. Hay que ser muy insensato.
–Cuando recuerda sus años de infancia, esa infancia dura allá en Mendoza y ve hoy a los pibes abandonados, en medio de la pobreza más dura, ¿qué piensa?
–Yo eso ya lo vi cuando estuve por Centroamérica o en Colombia, en tantos lados, en México. Era algo cotidiano. Por eso, cuando volví a la Argentina recién eran los comienzos de esa situación… Porque en la Argentina esa realidad antes no existía, al menos en esa dimensión. Imaginate que antes, a un pibito, porque vendía flores en la calle le hicieron un tango, Chiquilín de bachín.
–Ya era mucho, en esa época, que un pibe vendiera flores en la calle.
–Sí. Y ahora ves esta situación. Es la droga. Es la droga. Y cuando se metió, es imparable. Y se la meten a los niños, a los pibitos, y los van perdiendo. Es muy jodida la calle.
–¿Por qué?
–Es jodida. Y ellos son tan poderosos, un niño es tan poderoso, que no tiene sentido ni del riesgo ni de nada. El que consiga parar la droga… pero no sé cómo van a hacer, porque son tantos los millones de dólares.
–El mismo peronismo que había cuidado de los pibes con la Fundación Eva Perón fue el que, en los ’90, los arrojó a la calle con el neoliberalismo.
–Sí, pero ahora el trabajo es tanto… No te olvides que este gobierno recibió todo podrido. ¿Te das cuenta? El salvataje que se está haciendo es hasta dónde se puede. Porque te desborda. Hay una honda preocupación por eso. Y lo van a llegar a controlar. Hay que darle tiempo al tiempo.
–¿Votó en las Primarias?
–Por supuesto.
–¿Se puede saber a quién?
–¿Eh? Es voto cantado ya. Si no me querían dejar entrar (ríe).
–¿No lo querían dejar entrar a la escuela?
-Claro. “No, es voto cantado, usted no puede entrar acá”, me dijeron en broma (N. de R.: su asistente, Verónica, se ríe a carcajadas; Favio también).
-¿Y cómo vio el resultado?
-Y… estamos un poco tristes. Yo le tengo mucho miedo a la Carrió (ríe otra vez).
-¿Le gusta Cristina como presidenta?
-Me gusta como todo. Como presidenta y como mujer, es una belleza. Además, es un ser humano de una inteligencia, un talento y una capacidad para expresar lo que siente que te infunde un poco de… Arrugás ante ella. No es fácil.
-Un varón peronista que arruga… quién diría.
-Y, es que arrugás, porque frente a semejante personaje… Te inhibe. Además, ella te canta todo lo que va a pasar. Mirá lo que les está pasando a estos atorrantes de los gobiernos italiano, francés, inglés… Es vergonzoso cómo se manejan las Naciones Unidas. Pero la juventud los va a hacer mierda. Porque ya salió. Y a la juventud no la parás con nada. Cuando se suben a la moto, se suben a la moto. Y ahí van los medios que están diciendo lo que ocurre con los españoles. Se están animando, y cada vez más, y se multiplican. Porque hasta hacen el amor mejor luchando, participando. Porque son jóvenes.
-Hablando de lo que le acontece a la juventud. Le quería preguntar por un hecho que aparece en todas sus biografías, insoslayable, que es su participación en Ezeiza durante el retorno de Perón.
-¿Lo de Ezeiza? No, no me interesa hablar de eso.
-¿No quiere hablar de eso?
-No. La juventud en todas las épocas se jugó. No es nuevo. Es lógico. Es como el árbol, cuando es joven es vigoroso. En mis charlas con los jóvenes, yo los escucho con atención. Y pueden decir una boludez, porque no tienen un speech preparado para nada, son vírgenes, pero de ellos sale una verdad, una fuerza, una rebelión que llega un momento en que arrugás frente a los pibes. Y te agarra cierta vergüenza porque ya no podés mandar con ellos a la par. Te agarra envidia de tener vigor, de ser joven, de estar con ellos gritando.
-Volviendo al cine, repasaba declaraciones suyas en las que se diferenciaba de la generación de cineastas del ’60, que tomaban al cine francés como modelo. Si usted tuviera que mencionar directores que han sido puntales en su filmografía. Que los ha seguido con atención, que los ha admirado. ¿Quiénes son?
-Obviamente, Orson Welles. Es único e irrepetible. Ni siquiera él se pudo repetir. Y acá hubo gente muy talentosa. David Kohon, que está olvidado. Y ahora hay cineastas maravillosos, como Jorge Gaggero, el de Cama Adentro o Vida en Falcon, que es un monstruo. Después, los de El Hombre de al Lado (por Mariano Cohn y Gastón Duprat).
-¿Cómo se lleva con la radio y la televisión?
-Hay gente que está trabajando en eso. (N. de la R.: se refiere a la Ley de Medios).  Porque hoy estamos viviendo los últimos estertores de este sistema. Además, al frente de esa lucha está un pibe que es muy brillante
-¿Quién?
-Gabriel Mariotto. Es brillante.
-¿Le gusta Mariotto? ¿Qué le gusta?
-Todo. Tiene mucha calle, tiene mucha lectura y tiene mucha convicción. Es más rápido que un jet.
-¿Cuáles son sus proyectos con la historia de Margarita, la gitana?
-Hacer esta película. Y si Dios me da fuerzas y voluntad volver a la canción. Tengo muchas propuestas para cantar.
-¿Le gustan los homenajes o lo ponen incómodo?
-Me ponen muy incómodo. Hay cosas que te gustan, que te honran, y otras no tanto. Yo suelo decir que llegué a todo esto por la ventana. Y encuentro una devolución muy linda pero otras situaciones me ponen incómodo. La honra más grande que tuve en mi vida fue haberlo conocido a Perón. Haber estado con Perón.
–¿Cuál es la anécdota compartida con Perón y que lo pinta de cuerpo entero como político y como persona?
-En 1973, él me invitó a la casa, allá en España, en Puerta de Hierro. Y yo, papanata de mí, tardé mucho en arreglarme y bañarme, y llegué como veinte minutos tarde. Cuando llegamos, Perón estaba en la puerta de la quinta, donde había una casilla con un policía de custodia. Y cuando me vio, dijo: (N. de R.: Favio imita la voz de Perón) “oh, caramba, creí que les había pasado algo”. “No, mi general, sólo llegué tarde”. Y después, la verdad, no sé cómo pude llegar hasta la casa y sentarme. Eran veinte toneladas de sabiduría y de amor que caminaban a mi lado. Era un tipo muy dulce. Comprensivo. Yo no le hablé de política, aunque podría haber dicho varias boludeces tranquilamente, porque él siempre disimulaba si estaba escuchando una pavada: era un campeón. Entonces, me puse a hablar de capar los chanchos, porque yo lo había aprendido en las escuelas técnico-agrícolas, que eran granjas, a la que había ido de pibe y que habían sido fundadas por él. Yo sabía mucho de gallinas. Y a él le gustaba. De las blancas, de las Leghorn, que son más ponedoras. A Perón le gusta mucho todo eso. Y además, eran las granjas que había hecho él, era una de las tantas medidas que había dejado su gobierno (ríe).
-¿Y Perón había visto sus películas?
-No.
-¿No era muy cinéfilo?
-Nooooo. Sí, en cambio, había escuchado la canción que yo le dediqué. (N. de la R.: se refiere a “Estoy orgulloso de mi general”). Mucho. A mí me daba pudor que los políticos vieran mis películas. Porque se dormían. Me acuerdo que fui con el doctor Cámpora al estreno de Juan Moreira. En el cine estaba Gelbard a un costado mío, divino el ruso, y Cámpora del otro. Y a los cinco minutos, cuando apagaron la luz, Cámpora ya estaba roncando (N. de la R: imita el ruido del ronquido y ríe). Entonces yo lo moví un poco para que dejara de roncar: era un papelón que un invitado así, que estaba por asumir la Presidencia de la Nación, se durmiera en la avant-premiere.
-¿Hay algún tema del que le gustaría hablar que no hayamos hablado?
-No, está bien.
-Luis Majul le preguntaría si es feliz o si tiene miedo…
-(Ríe aparatosamente, su asesora se suma a la carcajada). No tengo miedo.

Entrevista publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 21 de agosto de 2011

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Los rugidos del león


Por Juan Alonso


Ojo con el peronismo herido. Cuidado con faltarle el respeto al pueblo.
El movimiento político de masas más importante de América Latina que transformó a la sociedad argentina en la mitad del siglo XX y se hermanó, gracias a Néstor Kirchner, con los demás países de nuestro continente en la Unasur, siguiendo los preceptos de la Patria Grande de Bolívar y San Martín, está dolido y en reacción de aguante. Cientos de miles de jóvenes le dieron el último adiós al líder y varias generaciones marcharon llorando por la Plaza de Mayo. Familias enteras levantaron las banderas para despedir al hombre que se fue.

Eso es mucho más que una señal. Y no poca cosa para entender esta historia.
El movimiento obrero organizado, con el camionero Hugo Moyano a la cabeza, demostró a horas de la repentina muerte de Kirchner, que la CGT respaldará a Cristina pase lo que pase y a cualquier costo.
El gremio de Moyano estuvo en la Plaza. Se hicieron sentir al igual que la líder de la organización Tupac Amaru, Milagro Sala, junto a Hebe de Bonafini, Estela de Carlotto, Taty Almeida y Nora de Cortiñas. Es decir: por primera vez en la vida de los argentinos todos los organismos defensores de los Derechos Humanos le dijeron presente a la presidenta que votó la mayoría del pueblo en 2007.
¿Y por qué?
Simple: Kirchner derogó las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final; descolgó el cuadro de Videla del Colegio Militar; edificó un Museo de la Memoria en la ESMA; promovió justicia contra los crímenes de lesa humanidad y encarceló a los genocidas; avaló las paritarias para la clase obrera; aumentó dos veces por año las pensiones y jubilaciones, resolviendo la falta gravísima del delarruismo y la vocera de Magnetto Patricia Bullrrich Luro Pueyrrerón; hizo participar a la clase trabajadora muy cerca del piso histórico del 50% del PBI del primer peronismo; defendió la soberanía nacional en la causa Malvinas; pagó gran parte de la deuda externa y rompió con el Fondo Monetario Internacional, el Club de París, y George W. Bush; le dijo no al ALCA y sí a los sueños del sur; sostuvo la democracia en Ecuador, Bolivia y Colombia; se alió con Evo, Lula, Chávez y Correa; dignificó por fin a los caídos del sistema con la Asignación Universal por Hijo, y se enfrentó como nadie –salvo Juan Perón– contra el poder real de las grandes corporaciones empresarias, las patronales del campo, la Iglesia y el oligopólico Grupo Clarín.

Y, como si fuera poco, antes que nada deshizo la llamada Ley Banelco de los aliados del desastre del 2001 y nombró la mejor Corte Suprema de Justicia que hemos tenido desde 1983.

A diferencia de Carlos Saúl Menem, Kirchner no traicionó los valores de su generación, y tal como prometió, no dejó los ideales en la puerta de la Casa Rosada. Los puso adentro y se forjó como un estadista militante.
Por eso, desde la otra central de trabajadores, Hugo Yasky, de la CTA, también se ocupó de remarcar que los afiliados docentes y estatales, entre otros, no resignarán las conquistas logradas con las gestiones de Néstor y Cristina desde 2003 hasta acá.
No hay absolutamente ninguna posibilidad de regresar a la política de entrega y saqueo de los ’90. Eso quedó muy claro en las calles de todo el país.
Sólo el kirchnerismo –la expresión actual del peronismo auténtico– pudo lograr una concertación política de masas con un fortísimo anclaje en sectores intelectuales y medios que conmovió al mundo en tres días de duelo sentido y multitudinario.
¿Qué mente pueril puede pensar que los cientos de miles de personas que se acongojaron por la pérdida de Kirchner, asistieron a la Casa de Gobierno y a Río Gallegos, por el pancho y la gaseosa?
El que afirme semejante sandez está condenado a la ignominia.
La tapa de Clarín de ayer, el diario de Ernestina Herrera de Noble y Héctor Magnetto (acusado por el Estado de haber cometido presuntos delitos de lesa humanidad en la apropiación de la empresa Papel Prensa en sociedad con la última dictadura) volvió a mentir a la sociedad.
Ese medio ya no logra interpretar la realidad, ni siquiera con la manipulación de subjetividad que promueve sin pausa y sin vergüenza.
“La presidenta afronta en soledad la tarea de gobernar y de conducir a las fuerzas oficialistas”, escribió el diario en donde el otrora militante de izquierda, Ricardo Roa, desliza infamias en cada línea abyecta de su prosa esmirriada.
Ni Cristina está sola ni el consenso se logró a base de “chequera” como sostiene Roa livianamente, con la banalidad propia de la prensa canalla, oficialista de la dictadura y sostén del neoliberalismo que hambreó a los trabajadores con el Menemato.
Sin dudas, el paradigma que se abre es esperanzador para el pueblo argentino.
Cristina Fernández de Kirchner retomará –como lo hizo siempre– las principales banderas por las que su compañero dio la vida: justicia social, soberanía política y económica para lograr al fin una Patria justa, libre y soberana.
Los fundamentos que legó Perón y Evita y que Kirchner interpretó como nadie.
Mucho respeto con el peronismo herido. El león ruge porque está vivo.

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A 40 años del crimen de Aramburu


Por Juan Alonso

Hace 40 años el país era bien distinto. La violencia y la semilla del odio germinó en la construcción política por el recuerdo de los fusilamientos de civiles en los basurales de José León Suárez en 1956 –a manos de la llamada Revolución Libertadora-, hechos claves en la memoria de los jóvenes que se criaron con la abundancia y las contradicciones del primer peronismo, jaqueado por un golpe cívico-militar sangriento.

El derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955 estuvo signado por un fuerte protagonismo de la Iglesia Católica y los sectores agroganaderos oligárquicos, asociados con los intereses de la banca extranjera, que se vieron afectados por el programa económico que llevó adelante el fundador del Justicialismo: la clase trabajadora llegó a participar del 56 por ciento de la renta y la industria nacional y el consumo interno crecieron como nunca en el siglo XX, el mayor logro distributivo de la historia nacional.

Entre los conspiradores contra Perón, se contaba el hombre que moriría baleado y tapado con cal unos años después en un ignoto campo de Timote, en la provincia de Buenos Aires: Pedro Eugenio Aramburu.

En la Argentina de comienzos de los años ’70, Aramburu aparecía como “la válvula de escape del sistema”, según el relato historiográfico de los fundadores de la organización guerrillera de extracción peronista, Montoneros.

El gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía se veía debilitado por los cimbronazos del Cordobazo. Y el malestar de los trabajadores sindicalizados y los estudiantes hicieron eclosionar la base de sustentación del gobierno opresor que perseguía a las organizaciones gremiales y encarcelaba a sus líderes más combativos.

Es decir que el secuestro y el posterior asesinato de Aramburu se dieron en el marco de una creciente protesta social con el peronismo proscripto por una dictadura que se cerraba sobre sí misma.

Onganía tenía la utopía de quedarse una década más en el poder, sosteniendo –decía- un presunto plan económico de tono “eficientista” que equilibraría las cuentas del Estado de la mano del inefable Adalbert Krieguer Vasena.

Nada de eso era cierto. Y Aramburu lo sabía. Por eso se presentaba y se proponía como candidato civil para salir del desastre hacia delante.

La embajada de Estados Unidos tomaba notas de sus múltiples reuniones con socialistas, comunistas, miembros de la CGT y jerarcas de la Iglesia.

Por esos años, el máximo exponente de lo que fue la Revolución Libertadora solía reunirse con el líder de la CGT dialoguista, Augusto Timoteo Vandor, y juntos delineaban el país que suponían llegaría alguna vez.

Los dos fueron asesinados con meses de diferencia.

El mismo Perón, en Madrid, le adelantó personalmente a Vandor que esos “diálogos” no eran bien vistos por “la organización” en 1969.

Aquella mañana del 29 de mayo de 1970, el día del Ejército, el general Aramburu estaba en su departamento de la calle Montevideo 1053. Su esposa, Sara Herrera, había salido para hacer unas compras. Aramburu ni siquiera se había afeitado y vestía pijamas cuando sonó el timbrazo.

La empleada doméstica que atendió a los jóvenes montoneros Emilio Maza y Fernando Abal Medina, con ropas militares, simulando ser parte de la custodia del general, no calculó nunca que venían a secuestrar a Aramburu para matarlo el 1 de junio de 1970 de un disparo seco en el piso de tierra del campo de la familia  Ramus en Timote.

Sara, la esposa del general asesinado, nunca se repuso. Y su hijo Eugenio, abogado e idéntico a su padre, menos.

Si bien la saga de la muerte de Aramburu encierra el debut armado de Montoneros, nunca han quedado del todo claros los vínculos de una parte de sus miembros fundadores con asesores de Onganía, Diego Muniz Barreto, por caso, que fue asesinado por la dictadura de Jorge Rafael Videla luego de 1976.

Muniz Barreto se había convertido en uno de los padres ideológicos de esos jóvenes revolucionarios que se educaron en el Nacional Buenos Aires, pasando por el nacionalismo militante de Tacuara y las lecturas del revisionismo histórico de José María Rosa y Juan José Hernández Arregui.

Lo cierto es que la muerte de Aramburu significó un episodio político de características espectaculares que ayudó a posicionar a Montoneros como brazo armado del mayor movimiento político de masas de América latina.

En los hechos fue mucho más que una venganza por los fusilados del ‘56. Por primera vez, una organización guerrillera, en nombre del pueblo, devolvió el golpe y salió a denunciar la ignominia a la que fueron sometidos los sectores más desposeídos de la sociedad desde 1955.

En mayo del ’70 cambió la historia y nunca más la vida fue como era antes.-