La noche larga


Por Juan Alonso

Fue un día paradojal que avanzó en círculos envolviendo esperanza y tragedia.

Momentos conmovedores e imborrables que quedarán para siempre bajo la piel de los argentinas y argentinos de bien. Eran las 21 del 27 de octubre, día aciago en el que murió Néstor Kirchner, y en el estudio donde se emite 678, en Canal 7, no cabía toda la esa tristeza junta.

En la primera fila se sentaron, en paz, Estela de Carlotto, de Abuelas de Plaza de Mayo; Tati Almeida, de Madres de Plaza de Mayo (Línea Fundadora); Julio Piumato, secretario general de los empleados Judiciales y miembro de la CGT; Omar Plaini, Canillitas; Hugo Yasky, secretario general de la CTA;  Pablo Echarri, Susana Rinaldi, Florencia Peña, Cecilia Roth, Ana María Picchio, y Víctor Laplace; entre otras figuras del ambiente artístico. Todos quebrados por la angustia.

Cada uno confluyó en aquella hondura difícil de describir. Esos rostros de dolor me revelaron hasta qué punto la pérdida de Kirchner marcó a fuego a los que ya hemos transcurrido algo más que la mitad de la vida.

El director de este diario, Roberto Caballero, nos dijo el día que convocó al equipo periodístico: “Nosotros vamos a caminar por la senda de los pañuelos blancos, por donde vayan las Madres y las Abuelas, ahí estaremos. Ellas son nuestra guía”.

De pronto recordé esa frase resonando en mi cerebro aturdido, sentadito ahí en nombre de este colectivo de trabajo. Y moqueé como un chiquilín incorregiblemente ingenuo, sonso de toda sonsera. Demasiado acostumbrado a merodear los distintos planos de lo trágico y las noticias policiales, tomé consciencia de ya no era el mismo hombre.

Por supuesto que no lo era. Definidamente no.

Y recordé a mi padre, cuando murió Juan Domingo Perón, el 1 de julio de 1974, cuando lo vi llorar en un grito de silencio.

Casi con palpitaciones, noté para mi sorpresa, que no se adueñó de mí el cinismo típico de este oficio santo y maldito. Ni siquiera me rozó esa noche de penas. Más bien, todo lo contrario. Fueron tres horas de combate contra la muerte, el designio incierto del destino, la desdicha, la ruindad y el olvido.

Fue una noche de memoria y hasta diría que fue una noche militante.

Desde que Tati Almeida definió a Kirchner como “un hijo” el ambiente se cargó de esa bruma espesa que no se borra con nada. La adrenalina de estas horas nos durará semanas, meses, años, hasta que nos demos cuenta de qué estamos hechos debajo de los huesos que heredamos de nuestros viejos.

“Carajo, me pongo a llorar de nuevo, soy un imbécil importante”, escuché decir a mi espalda. Por delicadeza no me di la vuelta y espié el monitor donde aparecía Raúl Rizzo desencajado. Unas pocas filas más allá, Horacio Fontova, muy conmovido.

El actor Ernesto Larrese y su pareja, el representante de actores Alejandro Vannelli, se sentaron a mi derecha. Larrese tuvo palabras de agradecimiento para la gestión que avaló, propuso y legisló el matrimonio igualitario. Lloraron. Todos lloramos. Y pensamos que esa fue una victoria de la democracia real que tuvo a Kirchner como ideólogo y protagonista principal.

Llegó un corte que dio paso al noticiero y de vuelta apareció el ex presidente jugueteando con el bastón el día que asumió, el 25 de mayo de 2003, en el Congreso de la Nación. Hubo risas.  Pero los camarógrafos tenían los ojos rojos.

Y vimos la otra sonrisa feliz de la presidenta que ahora es viuda. Esa huella del amor en un gesto sencillo y franco. Moldeada en un amor que no muere porque perdura y se expande en el aire de este cielo tan celeste.

De lo contrario, ¿qué demonios fue todo eso que vivimos en ese estudio de televisión el mismo día en que Kirchner murió?

¿Cómo se explican las repentinas demostraciones de afecto genuino que miles de ciudadanos realizaron en las últimas horas en todo el territorio del país? ¿Quién es el titiritero místico que está detrás de esos actos espectaculares por sus niveles de credibilidad?

“El pueblo no defrauda jamás”, escuché en el panel.

Lo que al principio fue sólo tristeza, pronto fue exposición de ideas, perseverancia, fortaleza de ideales que no están a la venta ante nada ni nadie.

“Ese hombre me dio vuelta más de una vez. Kirchner no es parecido a nadie”, afirmó Susana Rinaldi. Más aplausos.

Ahí nomás, el rabino Daniel Goldman y el sacerdote Eduardo de la Serna se estrecharon en un saludo que fue mucho más allá de la religión y la fe. Hubo confraternidad entre seres humanos. Probé que era posible. Y, para mi asombro, descubrí lo inimaginable para un periodista de más de 40 años. Que estaba creyendo aquello. Es decir: todo ello era tan real como las sentidas palabras de Milagro Sala, líder de la Organización Tupac Amaru: “Muchos argentinos hoy son más kirchneristas que antes. Cristina no está sola. Que la puta derecha sepa que no se la va a llevar gratis”, soltó en el estudio de televisión.

Nos quedamos sin palabras.

Y no era frivolidad eso. Porque Milagro Sala también nos dio una enorme lección. Tal como había dicho unas horas antes, desde la sede la CGT, Hugo Moyano: “El pueblo, los trabajadores, no olvidan a quienes protegieron sus derechos”.

Es tan cierto como que el sol saldrá cuando no estemos pisando esta tierra hermosa.

La tribuna de 678 reflejó mucho más que convivencia democrática y solidez política de algunos de sus participantes. Lo que dejó en claro esa tribuna, junto a los conductores del ciclo que produce Diego Gvirtz y conduce Luciano Galende, fue que la Argentina no será la misma nunca más después de Néstor Kirchner.

Un hombre criticado por sus aciertos, no por los errores que pudo haber cometido.

Eso quedó reflejado en las palabras del Movimiento Obrero representado por Piumato, Plaini, y Yasky.

Las nuevas generaciones de dirigentes, representadas por Martín Sabbatella y Carlos Raimundi, entre otros, destacaron el vacío que dejó la pérdida del “militante”.

En nombre de los periodistas que estábamos en el estudio, tomaron el micrófono Claudio Villarruel, Pablo Llonto y Pedro Brieger.

Villarruel cuestionó la forma de ejercer la profesión en el marco de un país todavía en disputa. Llonto, por su parte, fustigó la hipocresía del vicepresidente Julio Cobos y la oposición fronteriza de Mauricio Macri.

Pablo trazó un paralelo entre el acto crucial en que Kirchner ordenó descolgar el retrato de Jorge Videla del Colegio Militar, el 24 de marzo de 2004, con la valiente lucha contra el oligopolio del Grupo Clarín que lleva adelante este Poder Ejecutivo con la impronta que legó Kirchner.

Un hombre que sin dudas ingresó a la historia grande porque fue el único presidente que combatió al poder real después de Juan Perón.

Ojalá la tristeza y la sombra, esta vez, se hagan Patria.

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Otro tema


Por Juan Alonso

Anoche, desde la señal de cable TN, se habló de libertad de prensa, pero casi nada de negocios de empresa en el programa de Santo Biasatti.

Nadie dijo ni una sola palabra de los hijos presuntamente apropiados (Marcela y Felipe Noble Herrera) por la titular del Grupo Clarín, Ernestina Herrera de Noble. Y de la campaña golpista que encabeza el multimedio en contra del gobierno democrático votado por la mayoría del pueblo hace apenas tres años.

Por supuesto, no se dijo ni media palabra de Papel Prensa, la empresa por la cual Clarín y su dueña se llenaron de oro a costillas del Estado y de los Graiver.

Pero, claro, se habló de periodismo allí en escena.

Se habló de libertades. Se le realizó una nota a Hilda Molina y otra colega,  Adela Gómez, que padeció un atentado en la provincia de Santa Cruz.

Lo que sucedió en ambos casos es repudiable. Nadie lo duda.

Hilda Molina vive en la Argentina por gestión de este gobierno. La médica nació en Cuba. Y los problemas que tuvo en la isla no son asuntos de estado para nosotros.

Pero de forma insidiosa y premeditada, el canal TN insistió en contextualizar “esos asuntos” con “las guerrillas comunicacionales” de Venezuela, donde enviaron a un periodista especialmente. Y realizaron un informe en el noticiero, atizando el miedo.

Martillando con la misma idea fuerza: el eje Venezuela-Argentina.

La idea es comparar lo que sucede en Venezuela y en Cuba, con lo que pasa en el país que se levantó de las cenizas de 2001-2003.

El nuestro.

En el programa de Biasatti nadie recordó el pasado que supimos superar. Sólo se mencionó el caso Cabezas, pero no se analizó con profundidad la puja de superestructuras que vive el país hoy. La confrontación de intereses entre dos visiones opuestas del mundo y diría que hasta de la vida misma.

De pronto en el programa de Biasatti se afirmó sin rubores que “esto es peor que la dictadura” y que “el peronismo siempre fue fascista”.

Lo dijo Sylvina Walger sin que nadie le dijera ni una sola palabra.

Y que a diferencia del menemato –época en que la colega a quien respeto, atosigaba con su inflamación verbal todos los espacios de Mariano Grondona y otros secuaces del absurdo golpista actual, con la misma arrogancia de estanciero gagá con que hizo chistes fuera de tempo en dueto con el titular de la Sociedad Rural, Hugo Biolcatti -.

En el mismo programa, Luis Manjul defendió su último libro de investigación periodística como si se tratara de un clásico de Norman Mailer o de Truman Capote.

Ambos periodistas (Biasatti y Majul) usaron la palabra “compromiso”, poniéndose, erigiéndose solitos nomás -con el empuje valeroso de sus pagadores y auspiciantes- en paladines de la libertad.

La libertad del entretenimiento.

La libertad de la agenda impuesta desde la calle Tacuarí.

La libertad de la mentira vestida de buena chica de colegio de monjas.

La libertad de las noticias y el periodismo como mercancia fenicia.

En ese marco, el representante de Fopea, Gabriel Michi, intentó diferenciar la posición editorial de las empresas periodísticas con sus negocios e intereses políticos, y contextualizar el clima de “confrontación en el que estamos todos”, dijo, pidiendo mesura.

“No confundamos, yo soy un periodista que investiga y no soy un militante”, sentenció Majul.

“Yo no estoy de acuerdo en que la señora de Bonafini (Hebe) haga un juicio a los periodistas que trabajaron en la dictadura, no estoy de acuerdo”, insistió Walger, histérica.

En el mismo programa de televisión se ponderó al llamado “periodismo independiente”.

Vaya a saber qué demonios es el periodismo independiente.

Nadie me lo ha podido explicar jamás. Porque sencillamente no existe tal periodismo.

En un bloque aparte, como se merece por su peso intelectual, Beatriz Sarlo, aclaró que usa “transporte público, subte y colectivos” y que “se exacerbó la violencia en la vida juvenil y en la vida política”.

“El presidente Kirchner hizo hoy una intervención violentísima – aseguró Sarlo, que poco antes criticó al programa  6-7-8-. “En ese programa se dijo que el incidente en la Feria del Libro, no fue peor que lo que sucede en un festival de rock, lo dijo un panelista, Carlos Barragán”, sentenció desde el estrado, Sarlo.

No podía faltar la arenga sosa de Biasatti denunciando “actitudes que uno no debe dejar pasar por alto”. Dijo que “a los que insultan no les tengo miedo, porque hace muchos años que elegí un compromiso. Vamos a seguir igual como todos los días. Ahora parece que está de moda decir con respeto, lo que siempre lo tuvimos, no necesitamos cacarearlo”, culminó tajante.

¿La gallina que cacarea habla sola o la mandan a pisar el maíz?

¿No será que la nueva ley de medios los pone demasiado nerviosos y ahora no saben qué decir y qué hacer para frenar lo que no quieren que se concrete en los hechos?

¿Por qué ninguno de los periodistas presentes, tan defensores de la libertad de prensa, tan defensores de la libertad de empresa, recordó la nueva ley de medios que la Justicia y el lobby de la concentración mediática están trabando en tribunales?

Lo que vino después fue un informe sobre “los batatas kirchneristas” en la Feria del Libro.

Y así. Más leña al fuego. “Argentina va camino al fascismo”, dicen.

Una sola cosa es cierta: a los noventa no podemos volver.

Y no vamos a volver.-

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Desde París, Carlotto no se olvidó de Ernestina y Bergessio


La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, denunció en París “maniobras dilatorias” del juez federal Conrado Bergessio que ordenó las pruebas de patrón genético (ADN) a los hijos adoptivos de la dueña del Grupo de multimedios Clarín, Ernestina Herrera de Noble.

“El juez Bergesio no ha enviado todavía al Banco Nacional de Datos Genéticos las pruebas hemáticas que se tomaron en el Cuerpo Médico Forense ilícitamente, porque no era el lugar en el que por ley debían hacerse”, aseguró la responsable de Abuelas de Plaza de Mayo a la agencia de noticias AFP en la noche del lunes en París.

“Esas muestras las tienen el juez y el Cuerpo Médico Forense”, dijo al ser interrogada sobre los motivos por los cuales mes y medio después de que Marcela y Felipe Herrera Noble se sometieran a las pruebas genéticas de ADN que permitirán determinar su filiación, todavía se desconocen los resultados.

Abuelas de Plaza de Mayo considera que ambos jóvenes, adoptados en 1976 por la propietaria del grupo Clarín, son en realidad hijos de desaparecidos nacidos de madres en cautiverio durante la última dictadura militar.

Tras los análisis, el mismo magistrado ordenó allanamientos en los domicilios de los jóvenes, que según Carlotto estuvieron “muy mal hechos” y “no tenía” por qué hacerlos. “Y ahora parece que quiere hacer un tercer camino. Les quiere volver a sacar sangre. Es todo dilatorio. Todo está en stand by”, denunció la responsable de Abuelas de Plaza de Mayo, para quien esa actitud refleja “cierta connivencia de la justicia con la gente de poder económico o mediático”.

Los abogados de Abuelas de Plaza de Mayo han reiterado que la institución oficial para efectuar dichas pruebas es el Banco Nacional de Datos Genéticos.

Esos análisis de ADN se efectuaron en el marco de una ley aprobada el 19 de noviembre de 2009 por el Congreso que permite a la justicia exigir la obtención de muestras de ADN, voluntaria o compulsivamente, ante sospechas de que alguien puede ser hijo de un desaparecido de la dictadura.

El último régimen militar dejó unos 30.000 desaparecidos, según los organismos de derechos humanos.

Las Abuelas de Plaza de Mayo han restituido la identidad a 101 nietos de los 500 niños que buscan desde su fundación en 1978. Una de las hijas de Estela de Carlotto, Laura, asesinada por la dictadura, dio a luz en cautiverio a un varón al que llamó Guido, a quien su abuela todavía no encontró.

Carlotto defendió la citada ley al asegurar que “no ofende a nadie. Jamás las Abuelas haríamos algo para violentar a quienes podrían ser nuestros nietos”.

A mediados de diciembre pasado, María Isabel “Chicha” Chorobik de Mariani, fundadora de Abuelas, le solicitó a la Justicia federal de La Plata que Marcela, la hija de la directora del Grupo Clarín, sea sometida a un estudio de ADN para determinar si se trata de su nieta, apropiada durante la dictadura militar.

Fuente:  agencias Télam, AFP y AP

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