Sed de mal


Por Juan Alonso

 

Hoy es un día gloriosamente triste. Se termina una era. El kirchnerismo pasará a la historia como la construcción política que llegó para honrar y poner en práctica las banderas de justicia social que legó Perón. Las gestiones de Néstor y Cristina fueron los dos mejores gobiernos de la historia de la democracia. Nunca antes un movimiento revalorizó tanto la Política tras la debacle del 2001/2002. Veníamos del naufragio y aprendimos a nadar. Fuimos dignos. Gran parte de la sociedad dejó el trueque y el hambre por el salario, por la Asignación Universal por Hijo, por el trabajo, por la primera computadora entregada por el Estado en los arrabales del arrabal, por la Universidad en el barrio, por el colegio inclusivo, por la búsqueda incesante de Justicia en causas por violaciones a los Derechos Humanos. Fue una época donde a los genocidas se los llamó criminales. Porque la dictadura fue eso y no un proceso. El kirchnerismo vino a darle valor a los sueños de generaciones. El kirchnerismo enamoró. Y por antonomasia también captó los enemigos más poderosos que puede tener un gobierno democrático: las grandes cadenas de supermercados, la banca especulativa (interna y externa), la concentración mediática del Grupo Clarín y sus socios, y la lógica del capitalismo foráneo de la principal potencia del continente.

Hay presidente electo. Dicen ser el cambio: son el pasado.

No está mal hacer un ejercicio de memoria y recodar que cuando Fernando de la Rúa se fue por los techos (es el mismo personaje que se pronunció a favor de Macri), su Policía asesinó a tiros a 39 argentinos. Algunos cayeron baleados a metros del Obelisco y la Plaza de Mayo. Aquello no fue nada normal, digamos. Y la Corte no intervino. Ni siquiera con la peor sucesión de presientes truchos (cinco en total), que asumían por el transcurso de unas horas. Pero Cristina Fernández de Kirchner no sólo no se fue en helicóptero de la Casa Rosada como De la Rúa; tampoco renunció como hizo el cándido Carlos “Chacho” Álvarez. Ella deja un país sin deuda, con una sumatoria de derechos adquiridos para la clase trabajadora nunca vista  desde 1983. Además, de una pelea internacional en todos los foros con los fondos buitres que sentó jurisprudencia para el mundo.
Claro que el kirchnerismo tuvo los límites propios de todo proceso de raíz popular: el condicionamiento del sistema de acumulación del capitalismo y sus lobistas empresarios y cancerberos. El mismo poder del dinero que designa a dedo a los gerentes de multinacionales para adueñarse del Estado. Algo que no es nuevo en la historia nuestra.
La grieta no comenzó con las retenciones al campo. La grieta viene de lejos: desde que aquella antigua colonia española comenzó a abrirse camino con un grupo de patriotas y mercaderes leguleyos, en ese barral que era el río –tierra de contrabando y truhanería- rodeada de indios bravos que se comían los cadáveres de las vacas y caballos, y maloneaban el horizonte a pura rabia por la carencia del desierto pampeano. De ahí venimos. Somos un país forjado a fuego y a cuchillo. Donde el odio siempre fue más hondo y perdurable que la convivencia. Si en Estados Unidos los colonos se abrieron paso empuñando las pistolas de Samuel Colt, aquí la palabra degüello fue tan común como la costumbre alimenticia de masticar carne asada cocinada a las brasas.

El amigo Alejandro Caravario pensó que “El Matadero” -ese maravilloso libro de Esteban Echeverría- adelanta de alguna forma esa antigua (falta) donde se mezclan las pasiones más abyectas con la nobleza de los hombres, la persecución del bien común, y claro está: la psicosis colectiva. La carestía de carne. El lodazal. El charco donde va a parar la vida. La sangre como un mar de Judas. Todo eso también somos.
Ahora que soplan vientos de desguace hay que tener memoria y ser agradecidos. En el mundillo de los periodistas no suele haber sentido de clase. Algunos colegas creen ser cirujanos o filólogos, analistas del té con leche, mojadores de facturas y acomodaticios del espiral, la linternita, y el cine. Otros se proclaman como los defensores de una independencia falsa que esconde el verdadero chantaje. La técnica del aporreo. La negociación boxística de las palabras. Pero sucede que, a veces, lindos y lindas del biri-biri, las palabras son dueñas de una música que no tiene precio. No se vende. Es como la pelota de Diego. La palabra no se mancha. Y sobran los ejemplos: de Arlt a Walsh y de Viñas a Bayer. Los apóstoles de la gerencia del sentido lo saben, pero juegan a ser Tom Wolfe con el dinero que reciben de las patronales esclavistas. Fingen demencia y pretenden que todo el resto haga lo propio. Pero no. No todos nacimos para mayordomos.

La historia nos enseña que las grandes luchas no las ganan los individuos en solitario. Las ganan los sujetos que tienen una ideología, una identidad, una conducta y un motivo. Si la derecha está alambrando el mundo habrá que correrse para no ser enlazado por el neoliberalismo vacío y banal. Las personas no dejan (ganancias): somos seres humanos. De Cristo a Buda y del Zen al Bushido aprendimos que el destino está atado al anhelo del hombre. La pulsión puede ser mortal. Cuidado con la vocación suicida de una porción grande de esta sociedad.

En estos 12 años nos ha tocado dar batallas contra el poder de los medios concentrados, sus empresas y sus mandantes. Muchos de nosotros lo hemos hecho por absoluta convicción. Sin cargos, sin prebendas, sin jubilaciones de privilegio, sin caja ni chequera, sin cobardía, sin dinero de ninguna pauta  Ojalá no llegue nunca la hora de los financistas y especuladores que juegan a la derrota de los derechos del prójimo para abroquelarse en su falta de decoro y dignidad.

La Argentina que viene no será como la que hemos vivido. Los dueños de las grandes compañías nacionales y extranjeras llegan a apoderarse de los principales puestos del Estado. Quisieran privatizar Aerolíneas e YPF. Quisieran arrojar a cientos de trabajadores por la ventana. Han tenido la osadía de nombrar a un ex CEO de Techint en el Ministerio de Trabajo. No faltan quienes auguran que pretenden negociar una escala paritaria cada cuatro años. Y para mal de males cuentan con ciertos jueces y fiscales –los mismos que se manifestaron preocupados por la honestidad y el final de Alberto Nisman- para lograr sus planes revestidos de presunto republicanismo.
El único camino posible es dar testimonio. Revelar lo que el periodismo oficialista callará hasta arrimar sus dientes de vampiro sobre el cuello flácido de esta democracia de lacayos que se hacen llamar magistrados como en la antigua Grecia.-

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La noche larga


Por Juan Alonso

Fue un día paradojal que avanzó en círculos envolviendo esperanza y tragedia.

Momentos conmovedores e imborrables que quedarán para siempre bajo la piel de los argentinas y argentinos de bien. Eran las 21 del 27 de octubre, día aciago en el que murió Néstor Kirchner, y en el estudio donde se emite 678, en Canal 7, no cabía toda la esa tristeza junta.

En la primera fila se sentaron, en paz, Estela de Carlotto, de Abuelas de Plaza de Mayo; Tati Almeida, de Madres de Plaza de Mayo (Línea Fundadora); Julio Piumato, secretario general de los empleados Judiciales y miembro de la CGT; Omar Plaini, Canillitas; Hugo Yasky, secretario general de la CTA;  Pablo Echarri, Susana Rinaldi, Florencia Peña, Cecilia Roth, Ana María Picchio, y Víctor Laplace; entre otras figuras del ambiente artístico. Todos quebrados por la angustia.

Cada uno confluyó en aquella hondura difícil de describir. Esos rostros de dolor me revelaron hasta qué punto la pérdida de Kirchner marcó a fuego a los que ya hemos transcurrido algo más que la mitad de la vida.

El director de este diario, Roberto Caballero, nos dijo el día que convocó al equipo periodístico: “Nosotros vamos a caminar por la senda de los pañuelos blancos, por donde vayan las Madres y las Abuelas, ahí estaremos. Ellas son nuestra guía”.

De pronto recordé esa frase resonando en mi cerebro aturdido, sentadito ahí en nombre de este colectivo de trabajo. Y moqueé como un chiquilín incorregiblemente ingenuo, sonso de toda sonsera. Demasiado acostumbrado a merodear los distintos planos de lo trágico y las noticias policiales, tomé consciencia de ya no era el mismo hombre.

Por supuesto que no lo era. Definidamente no.

Y recordé a mi padre, cuando murió Juan Domingo Perón, el 1 de julio de 1974, cuando lo vi llorar en un grito de silencio.

Casi con palpitaciones, noté para mi sorpresa, que no se adueñó de mí el cinismo típico de este oficio santo y maldito. Ni siquiera me rozó esa noche de penas. Más bien, todo lo contrario. Fueron tres horas de combate contra la muerte, el designio incierto del destino, la desdicha, la ruindad y el olvido.

Fue una noche de memoria y hasta diría que fue una noche militante.

Desde que Tati Almeida definió a Kirchner como “un hijo” el ambiente se cargó de esa bruma espesa que no se borra con nada. La adrenalina de estas horas nos durará semanas, meses, años, hasta que nos demos cuenta de qué estamos hechos debajo de los huesos que heredamos de nuestros viejos.

“Carajo, me pongo a llorar de nuevo, soy un imbécil importante”, escuché decir a mi espalda. Por delicadeza no me di la vuelta y espié el monitor donde aparecía Raúl Rizzo desencajado. Unas pocas filas más allá, Horacio Fontova, muy conmovido.

El actor Ernesto Larrese y su pareja, el representante de actores Alejandro Vannelli, se sentaron a mi derecha. Larrese tuvo palabras de agradecimiento para la gestión que avaló, propuso y legisló el matrimonio igualitario. Lloraron. Todos lloramos. Y pensamos que esa fue una victoria de la democracia real que tuvo a Kirchner como ideólogo y protagonista principal.

Llegó un corte que dio paso al noticiero y de vuelta apareció el ex presidente jugueteando con el bastón el día que asumió, el 25 de mayo de 2003, en el Congreso de la Nación. Hubo risas.  Pero los camarógrafos tenían los ojos rojos.

Y vimos la otra sonrisa feliz de la presidenta que ahora es viuda. Esa huella del amor en un gesto sencillo y franco. Moldeada en un amor que no muere porque perdura y se expande en el aire de este cielo tan celeste.

De lo contrario, ¿qué demonios fue todo eso que vivimos en ese estudio de televisión el mismo día en que Kirchner murió?

¿Cómo se explican las repentinas demostraciones de afecto genuino que miles de ciudadanos realizaron en las últimas horas en todo el territorio del país? ¿Quién es el titiritero místico que está detrás de esos actos espectaculares por sus niveles de credibilidad?

“El pueblo no defrauda jamás”, escuché en el panel.

Lo que al principio fue sólo tristeza, pronto fue exposición de ideas, perseverancia, fortaleza de ideales que no están a la venta ante nada ni nadie.

“Ese hombre me dio vuelta más de una vez. Kirchner no es parecido a nadie”, afirmó Susana Rinaldi. Más aplausos.

Ahí nomás, el rabino Daniel Goldman y el sacerdote Eduardo de la Serna se estrecharon en un saludo que fue mucho más allá de la religión y la fe. Hubo confraternidad entre seres humanos. Probé que era posible. Y, para mi asombro, descubrí lo inimaginable para un periodista de más de 40 años. Que estaba creyendo aquello. Es decir: todo ello era tan real como las sentidas palabras de Milagro Sala, líder de la Organización Tupac Amaru: “Muchos argentinos hoy son más kirchneristas que antes. Cristina no está sola. Que la puta derecha sepa que no se la va a llevar gratis”, soltó en el estudio de televisión.

Nos quedamos sin palabras.

Y no era frivolidad eso. Porque Milagro Sala también nos dio una enorme lección. Tal como había dicho unas horas antes, desde la sede la CGT, Hugo Moyano: “El pueblo, los trabajadores, no olvidan a quienes protegieron sus derechos”.

Es tan cierto como que el sol saldrá cuando no estemos pisando esta tierra hermosa.

La tribuna de 678 reflejó mucho más que convivencia democrática y solidez política de algunos de sus participantes. Lo que dejó en claro esa tribuna, junto a los conductores del ciclo que produce Diego Gvirtz y conduce Luciano Galende, fue que la Argentina no será la misma nunca más después de Néstor Kirchner.

Un hombre criticado por sus aciertos, no por los errores que pudo haber cometido.

Eso quedó reflejado en las palabras del Movimiento Obrero representado por Piumato, Plaini, y Yasky.

Las nuevas generaciones de dirigentes, representadas por Martín Sabbatella y Carlos Raimundi, entre otros, destacaron el vacío que dejó la pérdida del “militante”.

En nombre de los periodistas que estábamos en el estudio, tomaron el micrófono Claudio Villarruel, Pablo Llonto y Pedro Brieger.

Villarruel cuestionó la forma de ejercer la profesión en el marco de un país todavía en disputa. Llonto, por su parte, fustigó la hipocresía del vicepresidente Julio Cobos y la oposición fronteriza de Mauricio Macri.

Pablo trazó un paralelo entre el acto crucial en que Kirchner ordenó descolgar el retrato de Jorge Videla del Colegio Militar, el 24 de marzo de 2004, con la valiente lucha contra el oligopolio del Grupo Clarín que lleva adelante este Poder Ejecutivo con la impronta que legó Kirchner.

Un hombre que sin dudas ingresó a la historia grande porque fue el único presidente que combatió al poder real después de Juan Perón.

Ojalá la tristeza y la sombra, esta vez, se hagan Patria.

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El documento definitivo que demuestra que Magnetto y Mitre se reunían con los represores para colaborar en los interrogatorios por Papel Prensa


Papel Prensa: la alianza entre los tres diarios y las tres armas

Después de reunirse con Magnetto y Mitre, Gallino interrogó a Lidia Papaleo

Publicado el 26 de Septiembre de 2010

Por Juan Alonso y Cynthia Ottaviano
La viuda de David Graiver fue secuestrada el 14 de marzo de 1977. La torturaron para sentarla frente a su interrogador el 11 de abril de 1977, en el Pozo de Banfield. Dos días antes, los directivos de los diarios habían hecho “sendos informes”.

No le dijeron nada. Sólo que se vistiera. Rápido. Con la ropa que le dieron. Era el 11 de abril de 1977. Lidia Papaleo de Graiver, de 33 años, estaba desnuda, hambrienta y dolorida por los golpes y torturas que había recibido. Debía cambiarse a las apuradas, como podía, con el dolor que la carcomía, por tener cada miembro dislocado cuatro veces; y los pechos, el abdomen y los genitales quemados. Al general de brigada Oscar Bartolomé Gallino no le importaba nada de eso. Por el contrario. Tenía que cumplir con su plan macabro. Había dado la orden para que la sacaran del calabozo y la sentaran frente a él. Iba a interrogarla.
El hombre que ostentaba el poder de mando en los centros clandestinos de detención había planificado ese interrogatorio desde por lo menos dos días atrás. Así lo detallan los documentos secretos que Tiempo Argentino reveló, en los que el represor dejó asentada la reunión con los directivos de Clarín, La Nación y La Razón, y la confección de los interrogatorios para ser efectuados el 11 de abril. Precisamente ese día en que Lidia tenía frío cuando la sacaron de su calabozo.
Gallino había sido preciso: “A las 8 horas y cuarenta minutos concurren a producir sendos informes el señor secretario de Industria, doctor (Raymundo) Podestá, los presidentes de los directorios de los diarios La Nación, Clarín y La Razón (…) En la misma fecha, a las veinte horas se preparan los interrogatorios a tomar el once de abril.” La duda sobre quiénes eran los representantes de los diarios quedó despejada por una consulta al Boletín Oficial. Héctor Magnetto, Bartolomé Mitre y Patricio Peralta Ramos tenían ese cargo. Pero hasta hoy no se sabía a quién iba a interrogar Gallino el 11 de abril, ni sobre qué tema. Los documentos secretos que este diario da a conocer después de 33 años de ocultamiento lo aclaran: el represor quería interrogar a Lidia Papaleo sobre los bienes que se habían declarado en la sucesión por la muerte de su marido, quería tener la radiografía del emporio económico, los encuentros que había mantenido la mujer desde su llegada a la Argentina, y a nombre de quiénes estaban las acciones de Papel Prensa.
Las preguntas se sucedieron a lo largo de dos días. Gallino era impiadoso. Lo habían elegido Jorge Rafael Videla, Carlos Guillermo Suárez Mason y Ramón Camps, el temido jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, para que “investigara” a los Graiver. Entre los diplomas del general de brigada se destacaban la cacería de militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), que habían intentado copar el cuartel de arsenales Domingo Viejobueno, en Monte Chingolo; y su cargo de subdirector del centro clandestino de detención El Tolueno, en la fábrica militar de Campo de Mayo.
La saga de documentos que registró la burocracia criminal empezó el 6 de abril de 1977, cuando el inquisidor dejó asentado el inicio de “su trabajo”: “Siendo las ocho horas, y de acuerdo con la orden del Jefe del Estado Mayor General del Ejército (Videla), efectúo mi presentación ante el señor Comandante del I Cuerpo de Ejército, General de División Carlos Guillermo Suárez Mason, a quien quedo subordinado ‘en comisión’, el que me imparte la orden verbal de instruir la prevención que determina el artículo 1° de la ley 21.460, a fin de investigar las vinculaciones que con la Organización Político Militar Montoneros pueda tener el llamado ‘Grupo Graiver’, orden que será ratificada por escrito. En consecuencia, y en este acto, inicio la sustanciación de la prevención.”
Antes de estampar su firma, presente en una veintena de fojas en varias causas archivadas por los distintos poderes del Estado, Gallino dejó constancia de las diferentes reuniones que mantuvo, a qué hora y con qué motivos. Ese mismo día 6 de abril de 1977, a las 15 horas, inició la secuencia. Recibió en su despacho “al señor ministro de Economía de la provincia de Buenos Aires, al señor Fiscal de Estado de la provincia de Buenos Aires; al señor presidente del Banco Provincia, quienes aportan contribuciones al tema de investigación.”
A las 18:30, recibió al torturador de Lidia Papaleo, Ramón Camps. Y según se remarca en un documento que lleva el sello de “secreto” impuesto por el “Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas”, Suárez Mason lo visitó “a fin de interiorizarse de la situación”. La “situación” eran los Graiver, Lidia Papaleo y los empleados y amigos del grupo, humillados y torturados.
Gallino sentó uno a uno a los victimarios del grupo económico, a los militares y civiles asociados en el despojo de Papel Prensa.
El 7 de abril de 1977, a las 8 de la mañana “el oficial preventor” se presentó en “la Dirección de Seguridad de la Zona Metropolitana” para que las víctimas ratificaran, “ante mi presencia, sus declaraciones policiales”.
Vale aclarar que todos esos dichos fueron arrancados por Camps picana en mano. La maquinaria de la muerte y el saqueo estaban en marcha. Los Graiver serían despojados de sus derechos ciudadanos y económicos. ¿Cómo se lograría? Suárez Mason lo responde por escrito: Gallino debía instruir “la prevención sumarial en averiguación de las vinculaciones que con Montoneros puede mantener el denominado Grupo Graiver.”
Después de leer la ratificación por escrito de la orden de Suárez Mason, a las 16:30, y con las confirmaciones de los interrogatorios dadas por Lidia Papaleo, Juan e Isidoro Graiver, Silvia Fanjul y Lidia Gesualdi en la mano, Gallino se reunió con Magnetto, Mitre y Peralta Ramos. ¿El motivo? “La adquisición del paquete accionario del Grupo Fundador de Papel Prensa”.
Al día siguiente, el 8 de abril, Gallino vuelve a reunirse con Suárez Mason para recibir “las actuaciones que instruyó la Dirección General de Investigaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (Camps) en averiguación de las actividades cumplidas por el Grupo Graiver en relación con Montoneros, que consta de 97 fojas útiles.”
Antes de firmar, Gallino deja constancia de que “me invoco al estudio de dichas actuaciones”.
El 9 de abril, a las 8:40 horas, se reúne nuevamente con la pata civil del plan. “Concurren a producir sendos informes, el secretario de Industria (Raymundo) Podestá, los presidentes de los directorios de los diarios La Nación, Clarín y La Razón, acompañados de sus letrados, que son adquirentes del paquete accionario del ‘Grupo Fundador’ de Papel Prensa, que representa el 26 por ciento del paquete accionario.”
En el memorando, agrega que “a las quince horas concurren el presidente y vicepresidente del Banco Central, y presidente del Banco de la Nación Argentina, para considerar la situación del Banco Comercial de La Plata y Banco Hurlingham (creados por David Graiver)”.
Es entonces cuando se detalla la prevención final: “se preparan los interrogatorios a tomar el once de abril”. En ese interrogatorio determinado con días de anticipación, la viuda es obligada a contar cómo había conocido a su esposo y pormenores del matrimonio que ambos contrajeron en los Estados Unidos el 18 de diciembre de 1975. El acta de Gallino refleja sólo lo que previamente los torturadores le habían arrancado con la picana a Lidia Papaleo: los múltiples llamados anónimos que recibió en Acapulco para que se desprendiese de todos sus bienes y la conexión financiera entre David y los 17 millones de dólares de los Montoneros.
Gallino quería conocer la historia con precisión. Lidia le explicó que había vuelto al país, desde México, el 16 de septiembre de 1976. Que su marido había muerto al desplomarse un avión el 7 de agosto de 1976, en vuelo desde Nueva York hacia Acapulco. Que la familia Graiver decidió volver a Buenos Aires. Que apenas puso pie en la Argentina intentó en vano refugiarse en el departamento de su madre sobre la Avenida Alvear, en Recoleta, y que se había entrevistado con Alejandro Agustín Lanusse.
Lo que no quedó registrado durante el interrogatorio es que el 22 de septiembre, es decir apenas seis días después de llegar, Lidia le escribió una carta a Jorge Rafael Videla pidiéndole una audiencia para solucionar sus problemas: “Con el propósito de expresar la grave preocupación que invade mi ánimo, ante la campaña de infundios originados en fuentes extranjeras (…) con los cuales se intenta mezclar el nombre de mi recientemente fallecido esposo, David Graiver”.
Gallino pudo leer la carta tiempo después, ya que fue incorporada al expediente el 24 de octubre de 1977, es decir, casi un año más tarde de que Lidia la escribiera. “Siento como mi deber asumir la tarea de mantener limpia la memoria de mi esposo, así como también defender mi propia personalidad moral y la de nuestra pequeña hija. Solicito por medio de la presente audiencia, a fin de exponer en forma personal y para darle una apreciación real en que nos hallamos”, consigna el documento.
Videla nunca la atendió. La estrategia del dictador era otra. Poco después quedó en evidencia, cuando el 8 de marzo se puso en marcha el “Operativo Amigo”, con el secuestro de Juan Graiver, el padre de David, a quien consideraron “cabecilla”. Siguieron con Lidia Papaleo, Lidia Gesualdi y Silvia Fanjul el 14 de marzo; Eva Gitnacht de Graiver (la madre), Isidoro (el hermano), tres días después, y Jorge Rubinstein, el apoderado general de la familia. Finalmente, el 12 de abril también fue arrastrado por un grupo de tareas Rafael Ianover, vicepresidente de Papel Prensa.
Ese era el marco de terror del que fueron partícipes los tres diarios, Clarín, La Nación y La Razón. Esa es la “seguridad jurídica” que reinaba. El plan sistemático de apropiación de Papel Prensa había comenzado, en rigor de verdad, antes del golpe del 24 de marzo de 1976, tal como explicó Isidoro Graiver en la entrevista realizada el 11 de junio pasado con este diario. El origen del despojo es lo que ideó Martínez de Hoz, intelectual del golpe y enemigo declarado de los Graiver, quienes eran uno de los principales resortes de la Confederación General Económica (CGE), cuya creación había impulsado José Ber Gelbard, ex ministro de Juan Domingo Perón.
Gallino no quería escuchar nada de esto. Quería profundizar sobre el supuesto vínculo con Montoneros. Lidia, dolorida por la tortura, dio todos los detalles que pudo: “A fines de octubre o principios de noviembre de 1976, se apersonó a la deponente en sus oficinas de la calle Suipacha una persona que se identificó como el doctor Paz y cuya descripción la dicente ya ha realizado en sus declaraciones policiales y las que se ratifica y a las que se remite.” Las mismas que Camps y Etchecolatz le habían arrancado mediante tortura.
Recién a las 21:47 Gallino dijo basta. “El Señor Oficial Superior dispuso suspender este acto para continuarlo en la oportunidad que lo determine.” Ordenó que la volvieran a llevar a su celda. Lidia lo recuerda: “Hacía mucho frío. En la celda no se podía estar parada, porque el techo era bajo”. Estaba destrozada, aseguró en diálogo con este diario.
Cuando creyó que por ese día todo había terminado, oyó que la puerta de metal se abría. “De pronto me vienen a buscar –explica Lidia–, me abren la puerta. Una mujer estaba pariendo en el pasillo. Querían que fuera a ayudar. Pero no podía del dolor. Tenía los pechos, el abdomen y los genitales quemados. Escuché que la madre gritó el nombre y el apellido de la beba, creo que era Victoria, pero no me acuerdo bien.”
Después, Lidia oyó que seguía el protocolo de la apropiación: “Le dijeron a la madre que iban a lavar a la beba, que ya la traían, pero no la vimos nunca más. Ya en democracia, me llamó la hermana de la mujer que dio a luz y dije todo lo que recordaba. Esa mamá está desaparecida” (ver recuadro).
Como es de esperar, el interrogatorio de Gallino nada dice al respecto. Sólo da cuenta de que “en la ciudad de Banfield (es decir el Pozo de Banfield), a los doce días del mes de abril, siendo las 16:30 se reabre el acto con Lidia Elba Papaleo.” Para ser claros, el apriete.
Para Gallino la preocupación de la jornada era el expediente sucesorio y los bienes declarados en esa causa. Le preguntó a Lidia. El primer bien que mencionó como declarado la viuda fue Papel Prensa, después siguió con el Banco Comercial de La Plata, el Banco de Hurlingham y un departamento en la calle Darragueyra, de Capital Federal. Uno a uno, Gallino le pidió que desglosara nombres de empresas y personas, accionistas y empleados. Encuentros y acuerdos. Lidia contó que se había encontrado con Lanusse, Bernardo Neustadt, y Jacobo Timerman, por Papel Prensa y las acciones del diario La Opinión.
Cuando ya había pasado más de una hora de interrogatorio, Gallino disparó una pregunta amplia para que Lidia completara “la nómina de las personas que visitó a su regreso a la Argentina”. La mujer aprovechó para aclarar que había mantenido “frecuentes entrevistas” con Francisco Manrique, funcionario de Agustín Lanusse y mano derecha de Pedro Eugenio Aramburu en la llamada Revolución Libertadora de 1955. “Solía aconsejarla que tuviera cuidado, porque podría ser víctima de una extorsión por un millón de dólares; esto se lo dijo en los últimos meses y la deponente supone que estaba referido a Papel Prensa, con motivo de su venta.”
Gallino la escuchó. Siguió preguntando. Quería precisiones. “Qué empresas integran EGASA, contestó: Banco Comercial de La Plata, Papel Prensa SA, Electroerosión, Metropol, Vechea, cincuenta por ciento de las acciones del diario La Opinión, cuarenta por ciento de las acciones de Canal 2-La Plata, cincuenta por ciento del diario Última Hora, Fundar, Construir, distintos campos cuyos nombres desconoce”, continuó Lidia.
Estuvo horas completando la nómina. Gallino insistió sobre Papel Prensa: “preguntada quién forma parte de la sociedad de Papel Prensa, dijo: que hay acciones a nombre de David Graiver, Galería Da Vinci y el señor Ianover”.
Suficiente para Gallino: “en este estado, siendo las 18, el oficial superior, dispone dar por finalizado el acto, no teniendo la declarante nada más que agregar, quitar o enmendar, firma de conformidad la compareciente con el señor oficial superior Preventor”.
Ahora se sabe. Los interrogatorios que se prepararon para ser tomados el día 11 de abril, después de que Gallino se reuniera con Mitre, Magnetto y Peralta Ramos, eran para Lidia Papaleo, en el Pozo de Banfield, sobre el emporio económico del Grupo Graiver y Papel Prensa.
Quedó todo documentado.
Sólo resta que la justicia de la democracia se expida sobre este caso, que aún hoy surca la historia de los argentinos, como una  sombra de sangre.

Las reuniones de Gallino

El 6 de abril de 1977, el general de brigada se presentó ante Suárez Mason, quien le encargó investigar los vínculos de los Graiver con Montoneros.  Después, se reunió con Ramón Camps.

El 7 de abril, con las ratificaciones de las declaraciones hechas por todos los detenidos, se sentó con Héctor Magnetto (Clarín), Bartolomé Mitre (La Nación) y Patricio Peralta Ramos (La Razón).

El 8 de abril, volvió a reunirse con Suárez Mason para recibir las actuaciones hechas por
Camps.
El 9 de abril concretó una nueva reunión con Magnetto, Mitre y Peralta Ramos. Produjeron “sendos informes”. Armó los interrogatorios  “para el 11 de abril”.

El 11 de abril interrogó a Lidia Papaleo sobre el emporio económico Graiver y Papel Prensa.

Victoria, la hija de María Castellini, nacida en medio de los interrogatorios

Publicado el 26 de Septiembre de 2010

La hermana mayor de Victoria Petrakos, Clara, suele recordar que se crió con su abuelo y su tía en la zona de Merlo, en el Gran Buenos Aires. A los 18 años comenzó a preguntar qué le había sucedido a sus padres María Eloísa Castellini y Constantino Petrakos. Ambos militaban en el ERP, cuando el 11 de noviembre de 1976, siendo ella una beba, una patota llegó al jardín de infantes El Palomo, donde trabajaba María Eloísa, para llevarla secuestrada. Desde entonces está desaparecida, al igual que su Victoria, que nació en el Pozo de Banfield durante abril de 1977.
En una entrevista con Tiempo Argentino, Lidia Papaleo recordó que luego del primer interrogatorio a que la sometió Oscar Gallino –el 11 de abril de 1977– una mujer dio a luz una beba. “Tenía mucho coraje y gritaba su nombre”, recordó. Esa mujer era María Eloísa, y los represores querían que Lidia los ayudara en el parto, algo que no consiguió hacer: a causa de las fortísimas torturas, le era imposible moverse.
El 10 de abril cayó Domingo de Pascua y los torturadores no encontraban médico.
En el parto anterior, el 2 de abril, Isabela Valencia fue llevada personalmente por el médico Jorge Bergés para que la joven tuviese a su bebé. En ese caso, el calvario de Isabela comenzó en Quilmes y siguió más tarde en Banfield. La partera y la médica que le avisaron del parto a la familia de la víctima fueron secuestradas por la dictadura.
Por su parte, el mismo día en que se llevaron a María Eloísa, los Petrakos volvieron a ver el rostro de los represores. Querían detener al papá de Clara, Constantino, y para eso se quedaron toda la noche en la casita de Merlo, saqueándola, en presencia de la tía y el abuelo de Clara, que no pudieron hacer nada para liberar a María Eloísa –a quien vieron mal de salud y torturada–.
Hoy, Clara Petrakos busca datos para saber dónde y con quién está Victoria.
No pierde la esperanza de que al hacer circular su propia foto y la de sus padres, Victoria pueda reconocer el parecido y animarse a resolver su pasado para así reencontrarse con ella, después de tantos años de sufrimiento y memoria.

La “discrepancia” del ex fiscal Strassera

Publicado el 26 de Septiembre de 2010

El 6 de febrero de 1986, el juez federal Miguel Guillermo Pons “absolvió libremente a Lidia Elba Papaleo e Isidoro Graiver, del delito de asistencia económica de actividades subversivas, por el que fueron acusados”.
En ese acto, Pons ponía negro sobre blanco y reparaba la injusticia que había cometido la dictadura con los Graiver y Papaleo.
El 17 de abril de 1986,  el entonces fiscal de Cámara Julio César Strassera presentó un escrito de una carilla y media en que reflejaba su oposición a que Lidia e Isidoro recuperasen la libertad después de haber sido despojados, vejados y torturados por los genocidas y sus tribunales militares.
Strassera comenzó fundamentando su posición: “La sentencia absuelve libremente a Lidia Elba Papaleo e Isidoro Miguel Graiver por entender el señor juez que el hecho descripto en la acusación ha sido desincriminado por la ley 23.077 que derogó el artículo 225 del Código Penal. Al respecto debo decir –escribió Strassera– que discrepo con esa decisión judicial. En efecto en el escrito de acusación sostuve que ambos procesados, por las razones de hecho allí expuestas, habían puesto a disposición de la organización subversiva Montoneros aproximadamente la suma de 17 millones de dólares.”
En el párrafo final, tras sopesar los cambios de la ley penal en relación a la etapa dictatorial, Strassera dijo: “Propongo la revocación de la sentencia apelada y que se condene a Lidia Papaleo y a Isidro Graiver como autores del delito previsto y reprimido en el ar-
tículo 225 a la pena de cinco años de prisión, accesorias legales y costas.”
El 12 de septiembre de 1986, los camaristas Ricardo Gil Lavedra y León Arslanian resolvieron confirmar el fallo apelado por Strassera y dispusieron la absolución de Lidia Papaleo e Isidoro Graiver del delito de asistencia económica de actividades subversivas por el que fueron acusados.
De esa forma, se desmoronaba de a poco la complicidad del poder económico con los socios civiles de la dictadura, que desde los diarios hegemónicos edificaron la propaganda de la dictadura con la anuencia judicial.

PUBLICADO POR EL DIARIO TIEMPO ARGENTINO EL 26 DE SEPTIEMBRE DE 2010

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HABLA LA VIUDA DE DAVID GRAIVER


Después de 34 años, aceptó dar una entrevista por primera vez

“A mi marido lo mataron por Papel Prensa”, asegura Lidia Papaleo

Publicado el 29 de Agosto de 2010
Por Cynthia Ottaviano y Juan Alonso

La viuda de David Graiver responsabiliza a Héctor Magnetto: “Tenía la mirada de un tipo poseído, violento.” “Jamás fui libre. Vivía con pánico y creo que todavía me pueden matar”, asegura. Cómo es el vínculo con su hija y su cuñado.
Tiene las manos delicadas. Cuidadas. Con intensidad, casi las entrelaza alrededor de la taza de té. Toma un sorbo. Otro. Y otros tantos a lo largo de las más de dos horas de entrevista. Lo hace de a poco. Sin apuro. Con una serenidad meditada, que no tuvo el 16 de septiembre de 1976, cuando bajó del avión abrazando, con esas mismas manos, no una taza, sino una urna. Llevaba las cenizas de David Graiver. El gran amor de su vida había quedado reducido a cenizas cuando el avión en que viajaba se había estrellado en México, el 7 de agosto de ese año. “Fue un atentado. Estos tipos le han pedido a la CIA que lo limpien”, dispara, segura.
“Mi mamá, que conocía muy bien nuestro amor, pensó que yo me iba a querer matar. Entonces, me trajo a la gente de la Cruz Roja, que me enchufa medicación. En el velatorio me tiré dormida abajo el cajón, estaba totalmente descolocada. No podía entender, no había explicación. Los dos teníamos una absoluta idolatría por nuestra hija, y sin duda esa fue la bandera de la que me agarré para vivir. Y para que mi hija tuviera, me lo prometí, la verdad acerca de su padre yo iba a seguir”.

-Su hija María Sol es la misma que hoy pide que no la involucren con Papel Prensa y que desmiente sus dichos.
-En el Consejo de Guerra, cuando terminé y me permitieron hablar sola, dije que estaba orgullosa de mi marido y “por el fruto se conocerá al árbol”. Y que el fruto de nuestro amor, nuestra hija, iba a ser como nosotros, pero me equivoqué.

Está sentada a la cabecera de una mesa de oficina para ocho personas. Maneja los tiempos. Sus tiempos. Ya no siente ese miedo que se mimetiza en la piel. Siente fuerza. Arrojo para llegar a la verdad. Su verdad. “Esta es una historia de amor. Cuando yo presiento la ternura en el hombre, a mí me conmueve. Es como tocarle el corazón. David era un hombre tremendamente tierno. Dormíamos de la mano, y el gordo, que era enorme y se me venía encima…Él me había prometido que se dedicaba cinco años más a ser empresario y, después de eso, iba a ser historiador económico de la Argentina. Pero quería hacerlo con libertad y para eso no iba a vivir en la Argentina. No sé si lo hubiera hecho… Éramos cómplices”, asegura.
“Es una historia de amor”, insiste. Atravesada por una intriga familiar, dinero, poder, crímenes de lesa humanidad, despojos económicos, torturas, desaparición y asesinatos. Una historia de amor como, tal vez, no haya otra. Signada por un crimen casi 16 años después de nacer: Lidia tenía 14 años cuando lo conoció y 30 cuando murió. “Su muerte fue como quedarme sin piel”.

–¿Por qué cree que lo asesinaron?
–Porque murió de la forma más estúpida, contra un cerro, con un avión al que no le andaba el altímetro. Además, días antes, un hombre mexicano Gabriel Alarcón muy poderoso que tenía un diario (El Heraldo), le dice a David: “Tu debes vender Papel Prensa, porque te va a costar la vida.” Y yo, que lo único que sabía era que un mes antes había visto sobre un escritorio un logo precioso de papel y preguntado qué era. Me dijo: “es una fábrica de papel”.  Salimos del almuerzo y le pregunté a David: “¿qué es esto que te dijo Alarcón?” Y David lo menospreció. Dijo que Alarcón estaba preocupado por algo sin sentido: “viste cómo son los mexicanos”, me dijo. Y yo, cuando desaparece el avión, estando en pista, lo primero que hago es llamarlo a Alarcón. Le digo llorando que el avión había perdido contacto y él me dijo: “Lidia, con el primer rayo de sol yo salgo a buscarlo.”
–¿Alguna vez entendió por qué lo mataron por Papel Prensa?
–No, nunca entendí. Yo supe. Yo no tuve dudas. Nunca. Papel Prensa significaba tener el monopolio del papel en el país, si no era manejado correctamente. La intención de David no era la de un monopolio, y por eso la forma en que él distribuye las acciones. Era muy fuerte que tuviera  un canal, que tuviera un diario, una productora de cine y otras cosas. Él apostaba a los medios de comunicación en una forma absoluta.
–Cuando llegó a la Argentina desde México, ¿qué situación vivió?
–La peor etapa. Yo empecé por recibir amenazas inmediatamente después de morir David en agosto de 1976. Y tuve que esperar tres días. Primero tuve que esperar tres días para que el Ejército encontrara el cuerpo. Empezó a haber llamados en México tres o cuatro días después de la muerte de David. Primero, molestando. Después, para decir que teníamos que desaparecer, desprendernos de todo y desaparecer, que íbamos a morir todos. Nadie decía quién era. Después, alguien se presentó como representante sindicalista: “ustedes tienen una deuda, paguen ya”, decía. También hubo una llamada de Montoneros, o eso dijeron. Y me volví a la Argentina. En los Estados Unidos, adonde tuve que ir, me decían que no me volviera, que la situación no estaba dada, pero yo tenía a mi hermano Osvaldo preso, a mi padre imputado y quería estar con mi familia. “Además, ¿por qué razón?”, me preguntaba. “Yo no hice nada malo.” Y volví.
–¿Qué pasó cuando volvió?
–Empecé a ir a la oficina. La segunda persona de David, hacía mucho tiempo, era Jorge Rubinstein. Uno de los primeros días de noviembre, estábamos en la oficina, era tarde. Le pregunto cómo se iba a ir tan tarde. “Porque no voy a manejar más, me tomo un remís.” Nunca llegó a la casa. Lo agarró un vehículo grande allá por la mitad del trayecto, por City Bell, Villa Elisa, al medio. Milagrosamente vivió. No sé qué pasó con el chofer. Pedimos explicaciones en la policía. Nadie dijo nada. Fue internado en un sanatorio, completamente enyesado, y  poco después lo operaron del corazón.
–¿Cree que fue un atentado?
–No creo. Estoy segura. Para mí, en ese momento en que me estaban amenazando y le pasa esto a Rubinstein, cualquiera hubiera pensado así. ¿Qué hicieron al sacar a Rubinstein del medio? Sacar a la única persona que podía dirigir las empresas. El único que estaba al tanto. Con el hermano de David, Isidoro, no tenía vínculo comercial hacía dos años, que había pasado sin manejar nada de acá. A Rubinstein lo matan para que no hable.
–Cuando Rubinstein sufre ese atentado, ¿ya existían los llamados para que vender Papel Prensa?
–A mí me cita Martínez Segovia (yo ya lo conocía de otras reuniones) al Hotel Plaza y me dice: “Mirá Lidia, en entrevistas con el gobierno, ellos quieren que Papel Prensa se venda únicamente a argentinos y que no pertenezcan a la comunidad judía.” Apenas llegué a la Argentina, por septiembre, y después fue el accidente de Rubinstein, y eso me lo confirma.
–¿Usted no formaba parte de ninguna estructura de negocios?
–Nunca cerré ni abrí ningún negocio. Eso lo hacían él e Isidoro, antes de alejarse. Pero desaparecido Rubinstein, queda Isidoro.
–¿Por qué, si estaba alejado?
–Porque el papá de David, heredero junto con mi hija, tomó actitudes tales como que cuando aparece esta presión de Montoneros para que vayamos a una reunión, yo decido que vaya él, no yo, con una hija de 2 años. No había respiro en la presión. Lo voy a ver a Lanusse. Yo quería que le de la carta mía a Jorge Rafael Videla, como presidente del país. Me dicen: “¿por qué la carta a Videla?” Y yo digo que le tengo que explicar que a mí me dicen que le tengo que vender Papel Prensa a los diarios, que me están amenazando, que “me dicen que usted dice que le tengo que vender todo a los diarios, hacer desaparecer todo”. ¿Cómo les iba a creer a los que venían, si Isidoro había tenido una reunión con un coronel –que terminó preso porque era todo falso–, uno disfrazado de coronel? Un amigo, una persona muy importante, le dice: “Yo te consigo una entrevista con ese ‘coronel.’” Y era un payaso disfrazado.
–¿Realmente pensó que Videla podía ayudarla?
–No ayudarme. Yo creía que Videla me iba a escuchar: yo estaba convencida de que Papel Prensa era un bien tan importante para el país, estaba tan orgullosa de eso, que nunca creía que el gobierno iba a permitir un robo de semejante cosa.
-¿Cómo fueron las horas previas al 2 de noviembre de 1976, cuando firman el traspaso?
–Primero, mi suegra, por el amor de su vida, que era su hijo, estaba medicada, muy mal. Estábamos mi cuñado, en defensa de sus papás, yo ni sabía que Isidoro había ido a Clarín a discutir precio. Era un loquero. Voy a esa reunión, ya entregada al pánico totalmente. El 16 de septiembre bajé del avión con las cenizas de mi marido de un lado, mi hija del otro, no dándome cuenta. Cuando voy, muy atemorizada, no por temor a de-saparecer, pero sí con la sensación plena de que nosotros estábamos siendo amenazados de muerte. Ellos eran gente muy poderosa, con todo el poder de los militares, y nosotros no éramos nada. Ni abogado teníamos. La misma gente que trabajaba con nosotros nos decía que no teníamos otra posibilidad que vender al grupo este. Ese día lo único que dice es que no judíos ni extranjeros. Después, viene otra persona, Guillermo Gainza Paz, que nos ofrece lo de los diarios, como representante de los diarios. No habla conmigo, habla con Isidoro. Era permanente la presión.
–¿Cómo cree que se gestó todo?
–Todo esto estaba preparado desde mucho antes: David había estado con Videla en 1975, en una conversación donde David le regala un Rolex, según me dijeron, y lo que yo sentí desde que pisé Buenos Aires era que todo me sonaba a peligro, cada día estaba más inmersa en la muerte.
–¿Cree que le robaron Papel Prensa? ¿Quiénes?
–El señor Magnetto, la gente de La Nación. Los hechos lo demuestran. Asociados con la dictadura. Hay un tipo del grupo de Camps que torturaba, que aun sin verlos a ellos, era tan intenso el dolor que muchas veces se te movía el vendaje, y lo reconocía por el pies. Cuanto más sangraba yo, él me eyaculaba encima. De tanto picanearme, me dislocaron los hombros. Me ponían sobre un elástico, atada, y para escapar de la picana, me movía hacia un costado y el otro. Después ellos me tiraban en un calabozo, muy chiquito, muy frío. Y yo, que soy muy creyente, sentí que Dios me iba a salvar. Desnuda, quemada, era yo la que protegía a las otras dos mujeres. Nos abrazábamos para darnos calor.
–Héctor Magnetto, ¿cuándo aparece en su vida?
–Lo vi una sola vez en mi vida. Nos avisa mi cuñado que tenemos que ir a firmar. Voy a esa reunión, insisto en que era de noche. Mis suegros quedan lejos, no escuchaba lo que hablaban. Quedo sentada en otra mesa, y Magnetto nunca se sentó, siempre estuvo parado. Se presenta, me dice quién es y me pone papeles que nunca leí, me da la lapicera, y me dice: “firme porque en esto va la vida de su hija y la suya”. Nos miramos. Cuando me da la lapicera, sosteniéndola para que yo lo mire, no tuve dudas. Era un hombre con mucho poder y mucha locura. La mirada de un tipo poseído, violento. Me agaché, firmé, él me pasaba las hojas. Después nunca más lo vi en mi vida.
–¿Era libre en ese momento?
–Desde la muerte de David jamás fui libre. La muerte de David significó quedarme sin piel, desprotegida. Era una persona sola en el mundo. Después de eso, rehacerme, fue un largo proceso que no pude construir llegando a la Argentina. Creí que al volver a la Argentina iba a poder lograrlo. Perder a un ser amado, tu compañero de 16 años juntos… Yo sentía que mi pecho realmente iba a estallar de dolor. Estaba en México, salía a la calle, caminaba con mi hija, me metía en templos…Recuerdo que cuando me llaman y me dicen: “ya encontramos el cuerpo que estaba desaparecido”, agarro su cepillo de dientes para tener algo de él. No tener piel es la mejor explicación. Yo no estaba capacitada para hacer un negocio. Estaba, porque era su viuda. Tenía que estar presente. A tal punto que cuando voy a la reunión por la venta del Banco Comercial de la Plata, el señor Martinelli, con petróleo, barcos, caballos de carrera, me dice: “perdone, señora, pero con usted no hablo, no hago negocios”, y me tuve que ir. Nadie hizo negocios conmigo.
–¿Por qué se presentó en el juzgado de la sucesión para pedir que el juez aceptara la venta?
–Firmé para que el juez aceptara la venta de Papel Prensa, el 9, porque las órdenes seguían llegando. El 14 desaparecí.
–De manera que la operación no duró sólo un día.
–Darle la autorización al juez no fue en la misma fecha. Mi firma es auténtica. Hubo otra asamblea, y la gente cree que fui, pero yo no fui, y aparece mi firma que sí es auténtica. Como yo no tengo experiencia con los medios ni con todo esto, cuando yo fui a la Asamblea de Papel Prensa, lo que yo dije salió todo interpretado de cualquier manera. Salió que fui torturada, pero nunca dije que fue antes de la firma. Dije que fuimos obligados a vender. Dije que esperaba que la empresa se convirtiera en lo que habíamos soñado. Una empresa enorme. Hay una permanente intención de confundir.
–¿Por qué acepta dar un reportaje ahora?
–Porque ahora siento que hay garantías. No la garantía de que no me maten, pero yo tengo 65 años. Mi vida hasta acá fue un homenaje a mi marido. Lo que soporté en la tortura fue para que mi hija, si yo me moría ahí, leyera la verdad de su padre, por lo menos mi verdad. Y traté siempre de sea donde fuera, mantener una actitud. De cuando me hacían preguntas pensar en el porqué de esas preguntas. No enroscarme en la cosa enferma de lo que me preguntaba, sino en el por qué.
–¿Qué problemas le trajo no estar casada con David en la Argentina?
–Yo estaba casada en los Estados Unidos, entonces la familia dice que empecemos la sucesión en Argentina, cosa que no debía haber hecho porque  seguramente en los Estados Unidos nada de esto me hubiera pasado. Además, al haber estado casada con él, como su mujer, la heredera en los Estados Unidos, tenía el 75% y el 25% la hija o los hijos. Cuando llegué a Argentina me presentan al abogado que yo ya conocía que me iba a hacer la sucesión (Miguel de Anchorena), que me explica que en realidad no soy heredera. Que en la Argentina no hay divorcio, que David estaba casado y separado antes por el artículo 67 bis en firme, lo que fue una gran trampa. Se vuelve a hacer el divorcio de él, porque los americanos no aceptaban la separación de la Argentina, y nos casamos ante la Corte Suprema de Justicia porque para él era verdaderamente importante. Una ceremonia muy emotiva para él.

Gesticula. Por momentos, habla con el cuerpo. Pero su pelo casi no se mueve. Lo lleva tan lacio como el brushing recién hecho le permite. El flequillo le cubre toda la frente. Recto, firme. Como sus palabras. La única vez que el pelo se moverá, será cuando ella lo levante. Un movimiento rápido de la mano para dejar la nuca la desnudo, descubre una cicatriz que la parte al medio. “Es la que me quedó por la operación del tumor”, explica. No tiene pudor. Tiene memoria.

-¿Por qué cree que fue la más torturada de la familia?
-Porque no me pudieron quebrar, seguramente para ellos, algo insoportable. Y porque era muy fuerte. Yo siempre supe que debía ser un ejemplo. En la cárcel me decían “La Tercera Posición”: yo no era delincuente ni guerrillera. El preso político es un preso que jamás dejará de priorizar la solidaridad. Una prostituta carísima en el Departamento de Policía, me dijo que iba a terminar en Ezeiza yo, pero por seis años, nada más. Andaba con militares. Un día Blanco ahí me dice: “yo la voy a ayudar, porque su marido a mí me ayudó” y me pidió, un día antes de irse, el teléfono de mi mamá. Y al día siguiente, vino mi mamá. Me vio torturada, pero le dije: “quedate tranquila mamá, Osvaldo está bien”. Es que el buenito de Ramón Camps me permitió ir a ver a mi hermano que estaba preso. Me llevaban y me traían. Me preguntaban a mí dónde estaban las acciones de La Opinión. Camps, mediante tortura, me llevó a la casa de Julio a buscar las acciones, y me hizo un careo con Jacobo Timerman. Cuando lo vi, estaba destruido, lleno de agujeros de la tortura, y ahí traté de suavizar la cosa, que no fuera tan grave. Camps me hace llevar a la granja del Departamento de policía de La Plata, y de atrás de un gran escritorio me dice: “Señora, es usted una gran argentina, y puede pedirme lo que quiera: bañarse, ver a su familia, ir a comer afuera.” Y ahí veo mi cartera, que me la habían robado las minas que lo rodeaban y le digo: “necesito mi cartera, el documento de mi hija…” Y me dice: “usted me pide a mí el documento de su hija. Le estoy diciendo que me pida lo que quiera.” Y lo mira a su secuaz y le dice: “Llevala adonde ya sabés.” Pensé lo peor. Yo ya había estado en dos lugares. Me llevan, me bajan del Falcon, me ponen en el baúl, escucho al perro, me llevan a la sala de tortura, y estaba mi hermano.
–¿En qué condiciones estaba su hermano Osvaldo?
–Lo abrazo. El olor de un tipo torturado es imposible de olvidar. “Osvaldo, te torturaron”, le dije. “Sí, pero estoy bien.” Me llevaron de vuelta, por suerte lo legalizaron, lo tenían de che pibe, cocinar, limpiar. Ahí la vio a mi suegra.
–Usted declaró en la justicia haber sido torturada, quemada y operada por un tumor cerebral por los golpes que recibió.
-Fui la persona que más torturaron del grupo, tiene una razón: jamás dije que lo ellos me querían hacer decir.  Era un delirio tan grande lo que querían que yo dijera, sobre todo hablar mal de los judíos. Me decían “la impura” porque había estado con un judío. El tema básico era demostrar que los judíos tenían un trato, me decían los torturadores de Ramón Camps. Según ellos, tenía que declarar que: Juan Domingo Perón le había dado a José Bel Gelbard (ex ministrro de Economía en la última gestión justicialista antes del golpe, fue amigo y socio de de David Graiver) los lingotes de oro que habían llegado desde Alemania con los submarinos alemanes a Mar Del Plata. Gelbard los conserva y no sé qué hace, los habrá puesto en un Banco. Cuando Perón vuelve a la Argentina, le dice a Gelbard delante de mí porque sabía que yo lo sabía, que va a ser Ministro de Economía, que los tiene que devolver los lingotes, usarlos, que él le va a dar toda la economía. Y Gelbard le dice, sí, pero hay alguien que me va a ayudar: David Graiver,. Esto tenía que decir yo, lo que es una locura imposible de creer aún hoy. Me pusieron al lado gente increíble, para que los delatara, como el turco Paz que había trabajado con mi marido y era una excelente persona, gente que me ponían al lado y como yo no contestaba lo que querían, me pegaban cada piña en la espalda, en los riñones…. Cuando me operan, estando presa, me llevan al lado del CEMIC, y dicen los que me atienden: esta mujer tiene dislocado cada miembro de su cuerpo cuatro veces.
-¿Durante los interrogatorios, le preguntaron sobre Papel Prensa?
-¿Cómo me iban a preguntar sobre Papel Prensa si yo ya había vendido Papel Prensa? Tampoco me preguntaron por el Banco Hurlingham, ni del banco Comercial porque estaban vendidos. ¿Por qué me iban a preguntar por Papel Prensa? A mi no me llevaron para preguntarme por eso. Me llevaron para que firmara y afirmara lo que ellos querían que yo dijera. Quién podía decir cosas, que no sea el 2do. de David (Rubinstein)? , desde el punto de vista familiar, era yo. Era yo. La mujer tenía que decir que Perón delante mío había dicho todo eso. O sea que todo esto era una operación del movimiento sionista para tapar al país, para llegar al poder: Canal 2, La Opinión, Papel Prensa eran las personas que estaba preparando para ser presidente.
-También fue sometida a un Consejo de Guerra de la dictadura.
-Mi madre va al Consejo de Guerra, y mi hermano Osvaldo la prepara. Le dice: “mamá, estos son militares, no digas nada, escuchá, ojo”. Gallino (Oscar Bartolomé, general de la dictadura y oficial instructor del Consejo de Guerra) le preguntó: “Señora usted sabe donde está? ¿Sabe quiénes son estas personas?” “Sí, son todos los torturadores, asesinos que matan a la gente, a los jóvenes del país”, le dijo mi madre. Suspendió la entrevista, tiró la gorra. Se armó un lío espantoso. Por suerte no le hicieron nada. Estoy recobrando toda la educación que tuvimos con mis hermanos. Gracias a esta familia con estos principios tan solidarios, puedo ver estas todas estas cosas con cierta distancia.
-Mucho dicen que usted recién ahora habla sobre lo que pasó en Papel Prensa.
-No es así. ¿Por qué aparece el tema Papel Prensa? Primero porque Osvaldo, mi hermano, viene batallando por esto desde siempre. En mi caso, cuando estaba presa, en dónde iba a explicar por qué mi marido no estaba para defenderse y defendernos de todo lo que nos estaba pasando. A mis compañeras de cautiverio, cuando me preguntaban, siempre les respondía que estaba ahí por Papel Prensa.
-Su cuñado, Isidoro, dice que no es cierto que usted se haya cruzado con Héctor Magnetto el 2 de noviembre, el día de la firma. ¿Estuvieron juntos todo el tiempo?
-Isidoro supo todo, y es más: yo le dije todo lo que me había dicho Magnetto. Miente. No sabía que lo había dicho. Sus neuronas…. Yo fui a verlo a Moreno, estaba su mujer, Marta, y me dice me parece que no tenés buena relación con tu cuñado, y le digo mi cuñado no tiene buena relación conmigo, y yo no tengo ninguna. Lo único que siempre hice fue querer ayudarlo. Mi hija en un momento dado me dijo que no quería tener ningún contacto con ellos. Lo llamo a Isidoro le cuento que María Sol no quiere volver a verlos, y si mi hija no quiere, yo tampoco los veré. Mi suegra, cuando salió de la cárcel, dijo que por primera vez en su vida había tenido una hija que la había cuidado, porque la otra por peleas absurdas jamás había estado. Cómo no iba a ser solidaria con esta mujer presa, aunque tenía el pecado de no ser judía, no podía dejar de ser solidaria con ella. Era una mujer de una humildad y un sufrimiento poco común.
-Pero, entonces, después las cosas cambiaron. ¿Cómo es ahora su relación con María Sol?
-Yo tuve siempre la mejor relación con mi hija. Cuando salí de estar presa puse todo lo necesario para recuperar el vínculo. Hace tres años que decidió que no tenía más nada que ver conmigo. Obviamente hay intereses atrás de los que no puedo hablar.
-¿Cómo vivió que hicieran juntos esa presentación ante escribano público?
-Fue algo terriblemente doloroso.
-¿Por qué cree que María Sol publicó la solicitada?
-Porque probablemente está manejada por sentimientos muy  controvertidos que hacen que sus comportamientos se conviertan en inexplicables.
-¿E Isidoro, por qué cree que cambió sus dichos?
-Por dinero.
-De acuerdo con lo publicado por el diario La Nación, son los compradores de Papel prensa los que requieren a María Sol, y a su vez, ella le pide explicaciones a Isidoro. ¿Cómo cree que pueden haber ocurrido los hechos?
-No entiendo que la gente aún se pregunte si esto es cierto. Lo que pasó, pasó con Papel Presa. Permanentemente, a través de todos estos años, Clarín y La Nación dieron muchas pruebas de lo que estaban haciendo por el país, de lo que son capaces de hacer: comprar gente, hacer que la gente se venda para llegar a su fin, que no agrega ni saca a lo de María Sol. Isidoro ya declaró, así que lo que diga ahora…vamos a ver si coincide y si no coincide será falso testimonio. Creo que Magnetto es Magnetto: uno más uno, es dos.
-En la edición de hoy (viernes) del diario Clarín, se publique que cuando declaró en La Plata no le imputó ningún delito a Héctor Magnetto. ¿Esto es cierto?
-No, no es cierto. Cómo va a ser verdad, si  yo conté de qué forma firmé los papeles que firmé y las palabras textuales de Magnetto. Dije claramente que yo fui a firmar pero firmé bajo la presión de Magnetto. Supe que no tenía otra posibilidad más que firmar.
-La presidenta Cristina Fernández calificó de “libertad ambulatoria” su situación, ¿le parece correcto?
-Buena imagen. Totalmente. Una cosa extraña que me pasó fue que me sentí aliviada cuando estuve en la cárcel. Lanusse me dijo el grupo no es buen visto por la Junta, éramos un clan al que había que desplazar.
-¿Cómo calificaría la cobertura de Clarín y La Nación sobre este tema?
-Vergonzante.
-¿Qué relación tenías vos y el resto de los Graiver con la Organización Montoneros?
-Ninguna.
-¿Les consta que los que llamaban eran de esa organización?
-No, no nos consta. Pero tiempo después, en el año 1989, Juan Gasparini, Rodolfo Galimberti y otros dijeron que habían sido testigos de cuando David agarró la plata, entonces se le devolvieron  16 millones de dólares.
-¿Supo alguna vez si ese dinero estuvo en Papel Prensa?
-Jamás estuvo. Si es que ellos le dieron algún dinero a David, cosa que nunca me constó, las fechas por la compra no coinciden. Papel Prensa lo compró mucho, pero mucho tiempo antes.
-La diputada Elisa Carrió vinculó directamente Papel Prensa con Montoneros, ¿qué opina?
-El Estado se tomó el tiempo necesario para que apareciera todo el telón de Montoneros e ir a apoderarse de los bienes, poner la CONAREPA, por ejemplo, ¿qué sentido tenía que nosotros estuviéramos presos?

Hace una pausa. Vuelve a tomar un poco de té. Está frío. Pide que lo calienten. “En microondas está bien”, explica. Se acomoda la camisa, sonríe apacible. Se predispone a seguir con la entrevista.

-¿Cómo vivió el anuncio presidencial?
-Fue la mayor alegría. Un momento muy emocionante. Cuando estuve la segunda vez con Cristina me preguntaron y dije que sabía que cuando estaba con ella, cuando la miraba, que iba a hacer lo que me había dicho: ir a la Justicia y al Parlamento.
-¿Leyó los diarios al día siguiente?
-Sé que los poderes aún de ciertos grupos, son muy grandes. Le dije a mi hermano que cuando me metí en esto (y nadie quería que lo hiciera) sabía en qué me metía. Voy a pedir ser testigo protegido.
-¿Cree que la pueden matar?
-Sí. Creo que no tengo miedo a un secuestro, considero que la justicia y sus habeas corpus hoy serían recibidos. Esa seguridad jurídica la siento. No me van a desaparecer, pero sí creo que puedo tener un accidente. No salgo sola, miro por la calle.
-¿Quiénes creen que lo harían?
-Estoy cansada de soñar que se me para un hombre delante y me da un tiro. Hay gente con tanto odio en la oligarquía argentina. Esa gente, jamás se caracterizó por ser los ejecutores, pero sí buscar quién lo haga.
-¿Miguel ángel Strassera aseguró que cuando le tomó declaración, usted nunca habló de Papel Prensa? ¿Por qué?
-Nunca me preguntaron de Papel Prensa.
-¿Cómo cree que terminará esta historia?.
-Bien, con la verdad. Con la verdad acumulada durante 34 años. Los papeles están, las pruebas están. La palabra no sirve. La prueba es irrebatible.

REPORTAJE EXCLUSIVO, PUBLICADO POR EL DIARIO TIEMPO ARGENTINO EL DOMINDO 29 DE AGOSTO DE 2010

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Deben ser los gorilas, deben ser


Por Pablo Llonto, revista Un Caño, junio de 2010

Basta pronunciar el nombre de Maradona, aguardar unos segundos y, en un instante, se podrá comprobar de qué lado del país se encuentra el interlocutor.

Estamos lejos de aquel momento de proclamas unánimes, cuando todos decíamos que Dios era argentino y vestía una camiseta celeste y blanca con un tierno diez en la espalda. Hoy, los mortales de estas tierras se dividen, como en los cincuenta, entre gorilas y maradonianos.

El nuevo gorila del siglo XXI, sórdido y estrafalario, tiene afectos campestres. Entre los chanchos y los cardos, sintoniza temprano a Magdalena Ruiz Guiñazú en Radio Continental. Luego cambia de emisora y lee los editoriales de La Nación o se entristece con las malas noticias de la revista Noticias. De sus gustos futbolísiticos se sabe poco: a veces se reconoce hincha de Boca, o mejor dicho plateísta de Boca; es admirador de Los Pumas, y es imposible que por el servicio Premium de su Direct TV observe algún encuentro del ascenso.

Se molestó, y bastante, cuando Diego hizo una precisa mención de hacia donde debía dirigir sus labios el periodista Passman. En apretada síntesis, odia al Gobierno, odia a los piqueteros, odia a Chávez y odia a Maradona.

Indudablemente, el nuevo gorila quedó horrorizado cuando Maradona formó parte del acto en que Cristina terminaba con el monopolio del fútbol. Momento, advierto un error: en el lenguaje de estos hombres y mujeres (porque las gorilas son mayoría, valdría acotar), el nombre de Cristina no existe. Ha sido reemplazado por “la yegua”. Entonces, cuando “la yegua” estaba al lado del Diego, los gorilas le juraron al Diez muerte occidental y católica. Se sintieron como Arnaldo Pérez Manija, la notable creación de Capusotto en Hasta Cuándo y faltó que gritasen “¡señor Maradona, renuncie! ¡Señor Maradona, montonero!”.

El próximo destino de esta gente, tan peluda y tan paqueta, es un junio con las maldiciones en la carne. Gritarán para que Maradona pierda, se enferme o se desnuque al bajar una escalera en Pretoria. Por ende, sus tres deseos al apagar las velitas son: que la Selección fracase, que si pasa de ronda le toque Brasil, o que en la final la mano de Blatter la condene con un árbitro que tenga las mimas deficiencias que Codesal en 1990.

Por estos días leen con mucha atención los editoriales de Clarín y esperan que Wiñazky le escriba a Roa un editorial reflexivo que arroje la siguiente conclusión: “el país no puede seguir rumbo al chavismo futbolístico”.

¿Y qué hay de los maradonianos? Pues que andan también intolerantes. Acuden a todas las macumbas posibles para lograr que los enemigos de Diego sufran algún trastorno tan malo como el que le desean a Cobos. A diferencia de la unidad gorila, hay maradonianos de diversos clanes. La primera mayoría, por llamarla de alguna manera, se proclama peronista. Esencialmente frentevictoriana.

Un dato menor, y medianamente comprobable, los lleva a pensar que el Diego pertenece a la izquierda peronista. Se trata de la observación de los tatuajes que aún habitan la epidermis más idolatrada.

Allí están los rostros del Che Guevara y de Fidel, como para que nadie dude.

Poco saben del peronismo de Maradona. Quizás guarden en sus memorias la imagen soñada, de abril de 2008, cuando Diego se afilió al PJ. O el terapéutico recuerdo de que alguna vez leyeron que Don Diego, el padre, era peronista. Todo ello les alcanza para creer que el mejor regalo para el Bicentenario, para los pueblos morochos y para la Rosada será verlo nuevamente con la misma Copa, la misma sonrisa, pero esta vez con una recepción en la casa Rosada junto al matrimonio K.

Las segundas y terceras y cuartas minorías argumentan muy seguido sentencias revolucionarias. Son algo así como adeptos, nada fanáticos, de algunas medidas presidenciales. Miraron con cierta simpatía los festejos del Bicentenario y ahora aguardan que una Selección que tiene a un líder histórico, anti Clarín, anti Videla y anti Torneos y Competencias, brinde alegría a un pueblo que debe ponerle freno al avance derechoso del trío Iglesia, campo y banqueros.

Los gorilas y los maradonianos se repartirán asimétricamente cuando se inicien las transmisiones desde los estadios sudafricanos. La línea divisoria pondrá de este lado a muchos más de los que somos.

En los bares, en las pantallas gigantes y hasta en los sillones de los domicilios particulares de miles de argentinos se podrá ver a las dos facciones, disimuladamente abrazadas. Y si bien es cierto que Mecí obrará como “prenda de unidad”, no podemos dejar de advertir que el gorilismo resuelve, en estos momentos y sobre un papel, cuál será el afiche anti-K y anti-Maradona que manos anónimas pegarán el 13 de julio.

Probablemente, durante el Mundial los gorilas sufran ciertos retorcijones en el estómago. En especial cuando observen tribunas negras, de mayorías negras. Tendrán siempre el mal chiste a mano.

Probablemente, durante el Mundial, los maradonianos, agrupados en sus diversas etnias, intentarán corear el “Diegooooo / Diegooooo” que sepulte cualquier predisposición opositora de esos días.

Los primeros, qué duda cabe, esperan más la derrota de Diego Armando que la derrota celeste y blanca. Verlo a Diego llorando será para ellos el fin de uno de los símbolos de un Gobierno al que consideran montonero, setentista y maradoniano. Ya hay murmullos en las sentenciosas cabezas de Lilita Carrió, Gil Lavedra, Cletísimo Cobos y un tal Ernesto Sanz, cuyas noches transcurren en la búsqueda de una originalidad para cuando les pongan el micrófono. Si una Sanz fue capaz de predicar que la Asignación por Hijo se iba en “bingo y paco”, también lo podrá ser para plagiar slogans merecedores de un almirante: “nos fue mal por culpa de este negro villero”.

Los sueños de los otros, en cambio, incluyen la sabrosa imagen de ver sobre las multitudes a un personaje que ya alzó la Copa, alzarla de nuevo.

A ese sueño le agregamos una revancha, un dato sencillo de la realidad que define nuestra forma de ver la historia por medio de sus hechos simples: otra vez el héroe será argentino y será barbado.

Maradona apoyó a las Abuelas de Plaza de Mayo


Diego Armando Maradona, recibió hoy a Estela Carlotto  y le dio “todo el apoyo” a la causa de las Abuelas de Plaza de Mayo y la postulación de esa organización al Premio Nobel de la Paz.  Carlotto, en tanto, deseó suerte al equipo y a Maradona  y dijo que “ojalá podamos festejar con Argentina”. Carlotto comparó el actual campeonato del Mundo con el que organizó Argentina en 1978, gobernada entonces por la dictadura militar. “En el 78 cuando hacían un gol los padres de detenidos desparecidos nos poníamos a llorar”, sostuvo. Carlotto llegó al High Performance Centre, sede de concentración del seleccionado, con un vestido de invierno negro, pero ante el frío polar que cruzaba el campo de juego, unos 6 grados, y el viento, que tumbó los dos bancos de suplentes, tuvo el cobijo de Carlos Bilardo, quien le prestó un camperón de los que usan los miembros del cuerpo técnico. Estuvo permanentemente acompañada por el embajador argentino, Carlos Sersale di Cerisano.

Al terminar la práctica, Maradona tomó las dos manos de la dirigente, la escuchó, le retribuyó su apoyo, y le besó las manos, para luego fundirse en un abrazo. Antes de retirarse, Maradona miró a la tribuna donde estaban los periodistas y lanzó: “(Estela) es una luchadora, todos tenemos que estar con ellas y los que no quieren estar es por que se hacen los giles”. “Diego es una persona muy cálida, nos dio un gran apoyo a las Abuelas y ustedes saben que hay una posibilidad de una candidatura de las Abuelas a un Premio”, dijo Carlotto en referencia al Nobel. “Qué lindo sería que podamos festejar en el Mundial y con el otro Premio”, se ilusionó. Carlotto se quedó con las ganas de ver a Juan Sebastián Verón, a quien conoce de bebé porque ambos son de La Plata y la familia de la dirigente es de Estudiantes. “Conozco a Bilardo, al papá de Sebastián y a él de cuando era bebé. Además hay algo especial, mi esposo era fanático de Estudiantes y todavía recuerdo el campeonato del 68”,  señaló. Carlotto llegó a Sudáfrica el sábado, el domingo estuvo en el Pabellón Argentino, una muestra en Sandton, a unos pocos kilómetros de Pretoria, en el Museo de la Memoria, en Soweto, y el viernes estará de regreso en la Argentina.

Fuente: agencias Télam y Dyn