Sed de mal


Por Juan Alonso

 

Hoy es un día gloriosamente triste. Se termina una era. El kirchnerismo pasará a la historia como la construcción política que llegó para honrar y poner en práctica las banderas de justicia social que legó Perón. Las gestiones de Néstor y Cristina fueron los dos mejores gobiernos de la historia de la democracia. Nunca antes un movimiento revalorizó tanto la Política tras la debacle del 2001/2002. Veníamos del naufragio y aprendimos a nadar. Fuimos dignos. Gran parte de la sociedad dejó el trueque y el hambre por el salario, por la Asignación Universal por Hijo, por el trabajo, por la primera computadora entregada por el Estado en los arrabales del arrabal, por la Universidad en el barrio, por el colegio inclusivo, por la búsqueda incesante de Justicia en causas por violaciones a los Derechos Humanos. Fue una época donde a los genocidas se los llamó criminales. Porque la dictadura fue eso y no un proceso. El kirchnerismo vino a darle valor a los sueños de generaciones. El kirchnerismo enamoró. Y por antonomasia también captó los enemigos más poderosos que puede tener un gobierno democrático: las grandes cadenas de supermercados, la banca especulativa (interna y externa), la concentración mediática del Grupo Clarín y sus socios, y la lógica del capitalismo foráneo de la principal potencia del continente.

Hay presidente electo. Dicen ser el cambio: son el pasado.

No está mal hacer un ejercicio de memoria y recodar que cuando Fernando de la Rúa se fue por los techos (es el mismo personaje que se pronunció a favor de Macri), su Policía asesinó a tiros a 39 argentinos. Algunos cayeron baleados a metros del Obelisco y la Plaza de Mayo. Aquello no fue nada normal, digamos. Y la Corte no intervino. Ni siquiera con la peor sucesión de presientes truchos (cinco en total), que asumían por el transcurso de unas horas. Pero Cristina Fernández de Kirchner no sólo no se fue en helicóptero de la Casa Rosada como De la Rúa; tampoco renunció como hizo el cándido Carlos “Chacho” Álvarez. Ella deja un país sin deuda, con una sumatoria de derechos adquiridos para la clase trabajadora nunca vista  desde 1983. Además, de una pelea internacional en todos los foros con los fondos buitres que sentó jurisprudencia para el mundo.
Claro que el kirchnerismo tuvo los límites propios de todo proceso de raíz popular: el condicionamiento del sistema de acumulación del capitalismo y sus lobistas empresarios y cancerberos. El mismo poder del dinero que designa a dedo a los gerentes de multinacionales para adueñarse del Estado. Algo que no es nuevo en la historia nuestra.
La grieta no comenzó con las retenciones al campo. La grieta viene de lejos: desde que aquella antigua colonia española comenzó a abrirse camino con un grupo de patriotas y mercaderes leguleyos, en ese barral que era el río –tierra de contrabando y truhanería- rodeada de indios bravos que se comían los cadáveres de las vacas y caballos, y maloneaban el horizonte a pura rabia por la carencia del desierto pampeano. De ahí venimos. Somos un país forjado a fuego y a cuchillo. Donde el odio siempre fue más hondo y perdurable que la convivencia. Si en Estados Unidos los colonos se abrieron paso empuñando las pistolas de Samuel Colt, aquí la palabra degüello fue tan común como la costumbre alimenticia de masticar carne asada cocinada a las brasas.

El amigo Alejandro Caravario pensó que “El Matadero” -ese maravilloso libro de Esteban Echeverría- adelanta de alguna forma esa antigua (falta) donde se mezclan las pasiones más abyectas con la nobleza de los hombres, la persecución del bien común, y claro está: la psicosis colectiva. La carestía de carne. El lodazal. El charco donde va a parar la vida. La sangre como un mar de Judas. Todo eso también somos.
Ahora que soplan vientos de desguace hay que tener memoria y ser agradecidos. En el mundillo de los periodistas no suele haber sentido de clase. Algunos colegas creen ser cirujanos o filólogos, analistas del té con leche, mojadores de facturas y acomodaticios del espiral, la linternita, y el cine. Otros se proclaman como los defensores de una independencia falsa que esconde el verdadero chantaje. La técnica del aporreo. La negociación boxística de las palabras. Pero sucede que, a veces, lindos y lindas del biri-biri, las palabras son dueñas de una música que no tiene precio. No se vende. Es como la pelota de Diego. La palabra no se mancha. Y sobran los ejemplos: de Arlt a Walsh y de Viñas a Bayer. Los apóstoles de la gerencia del sentido lo saben, pero juegan a ser Tom Wolfe con el dinero que reciben de las patronales esclavistas. Fingen demencia y pretenden que todo el resto haga lo propio. Pero no. No todos nacimos para mayordomos.

La historia nos enseña que las grandes luchas no las ganan los individuos en solitario. Las ganan los sujetos que tienen una ideología, una identidad, una conducta y un motivo. Si la derecha está alambrando el mundo habrá que correrse para no ser enlazado por el neoliberalismo vacío y banal. Las personas no dejan (ganancias): somos seres humanos. De Cristo a Buda y del Zen al Bushido aprendimos que el destino está atado al anhelo del hombre. La pulsión puede ser mortal. Cuidado con la vocación suicida de una porción grande de esta sociedad.

En estos 12 años nos ha tocado dar batallas contra el poder de los medios concentrados, sus empresas y sus mandantes. Muchos de nosotros lo hemos hecho por absoluta convicción. Sin cargos, sin prebendas, sin jubilaciones de privilegio, sin caja ni chequera, sin cobardía, sin dinero de ninguna pauta  Ojalá no llegue nunca la hora de los financistas y especuladores que juegan a la derrota de los derechos del prójimo para abroquelarse en su falta de decoro y dignidad.

La Argentina que viene no será como la que hemos vivido. Los dueños de las grandes compañías nacionales y extranjeras llegan a apoderarse de los principales puestos del Estado. Quisieran privatizar Aerolíneas e YPF. Quisieran arrojar a cientos de trabajadores por la ventana. Han tenido la osadía de nombrar a un ex CEO de Techint en el Ministerio de Trabajo. No faltan quienes auguran que pretenden negociar una escala paritaria cada cuatro años. Y para mal de males cuentan con ciertos jueces y fiscales –los mismos que se manifestaron preocupados por la honestidad y el final de Alberto Nisman- para lograr sus planes revestidos de presunto republicanismo.
El único camino posible es dar testimonio. Revelar lo que el periodismo oficialista callará hasta arrimar sus dientes de vampiro sobre el cuello flácido de esta democracia de lacayos que se hacen llamar magistrados como en la antigua Grecia.-

¿Periodismo puro?


Por Juan Alonso

La semana pasada, el dueño de Editorial Perfil, Jorge Fontevecchia, premió a un grupo de periodistas con el pomposo título “Libertad de Expresión”.

Me resultó curioso ver en la fotografía a Víctor Hugo Morales junto a Joaquín Molares Solá, y en el centro de ellos, posando, al ex presidente Fernando de la Rúa: el mismo que huyó como rata por tirante en un helicóptero de la Casa Rosada, mientras en la Plaza de Mayo veíamos cómo la Policía Federal mataba a balazos a los argentinos de a pie.

De la Rúa, ése mismo, era vilipendiado en la revista Noticias cada semana.  Fontevecchia se encargó de esmerilar la figura maltrecha del ex presidente de la mano de la fétida saga de sus hijos buenos para nada.

Yo la viví y no me la puedan contar: seamos buenos entre nosotros.

Por eso, muchachos, siempre creí que ambos Morales no tienen nada que ver entre sí. Pero el texto de Perfil los equipara con tono de te con masitas en Las Violetas. Hasta me da risa y tarareo un temita de Fidel Nadal…

Mientras el genuflexo de Morales Solá fue y es un escriba pagado por la patria financiera de las multinacionales, al servicio del monopolio Clarín y la oligarquía terrateniente de los Martínez de Hoz –incluso en la peor dictadura de 1976 que mató a miles de compatriotas-; Víctor Hugo se caracterizó por ser un periodista íntegro con una conducta que es un ejemplo para todos los jóvenes que sueñan con ejercer este oficio maravilloso.

A Víctor Hugo lo vi de pie comiendo un choripán con tinto, apoyando a los trabajadores despedidos de El Gráfico un sábado bien frío. Podría irse a Madrid ese día, pero eligió estar ahí solito y sin cara de asquito.

Morales Solá mastica en la Sociedad Rural y en la embajada de Estados Unidos con el jesuita Bergoglio.

En el mismo ágape también aparece Horacio Verbitsky, premiando a una bloguera cubana. Todo en un tono de sana convivencia democrática, pretende informar Perfil.

Se sabe que la derecha te manda a fusilar pero antes te da un vasito de agua para que te quites la sed. Y hasta te toma una foto para el archivo, ¿viste?

Lindo chiste democrático este de Fontevecchia.

El dueño de Perfil es desde hace años el cerebro comunicacional de la derecha más reaccionaria revestida de traje liberal y pseudo-pensante. Todo un farsante cuya motivación es la acumulación fenicia de dinero con un velo de humanidad estilo Harvard que sólo se creen los idiotas útiles que trabajan para él, diciéndole todo que sí siempre, incluso cuando hace una larga lista de despidos de trabajadores y saluda “hasta pronto” en la contratapa. Irresponsable.

El mismo medio que investigó la AFIP en la gestión de La Alianza porque tenía a cientos de trabajadores en negro. Incluido al que escribe esto con pasión y memoria.

En el dominical Perfil (no es un diario eso ni nunca lo será) no existe una sola nota que valga la pena leer. A este paso, la canalla macrista tiene para sí a un nuevo valuarte de valores reaccionarios. Don Pepe Eliaschev que se probó hace mucho el traje de gorila y le sienta a la perfección, nunca entendió un pomo y sigue sin entender nada: sueña con la blancura alfonsinista del ’83, pero el líder está muerto y el tercer movimiento histórico no llegó ni siquiera a Viedma.

Una pena Pepe. Ya fue.

El llanto de Eliaschev cansa tanto como la sanata moralista de Nelson Castro y su evaluación quirúrgica del masivo y genuino festejo del Bicentenario de la Patria. Seis millones de personas no se movilizan porque tienen transporte gratis, Castro, los argentinos salimos a festejar un país mejor que logramos construir entre todos después de los sucesos criminales de 2001 con De la Rúa y Domingo Felipe Cavallo a la cabeza –otro amigo de Fontevecchia- que lo ponía en tapa para que dijera gigantes pelotudeces que ni siquiera se le ocurrirían a la actriz que nunca actuó porque no sabe decir mamá con enjundia, Mirtha Legrand de Tinayre.

Fontevecchia, el editor responsable que cometió la salvajada de comparar a Néstor Kirchner con Hitler en una tapa de Noticias, escribe: “El Premio Nacional fue compartido entre Víctor Hugo Morales y Joaquín Morales Solá. La coincidencia de que ambos tengan el mismo apellido (disimulado por dos nombres en un caso y por dos apellidos en el otro) me recordó que Juan Eduardo Tesone –en su libro En las huellas del nombre propio– escribió que antiguamente todos los nombres tenían un origen significativo y se le atribuía al nombre un inmenso poder psíquico sobre el destino de la persona porque tenía una función de mensaje para su propio portador. Si así fuera, estos dos Morales cumplieron el signo pragmático de su apellido en el ejercicio del periodismo”.

Si no fuese verdad, diría que es una broma de pésimo gusto.

International Love, chichipios de la pc.

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