Sed de mal


Por Juan Alonso

 

Hoy es un día gloriosamente triste. Se termina una era. El kirchnerismo pasará a la historia como la construcción política que llegó para honrar y poner en práctica las banderas de justicia social que legó Perón. Las gestiones de Néstor y Cristina fueron los dos mejores gobiernos de la historia de la democracia. Nunca antes un movimiento revalorizó tanto la Política tras la debacle del 2001/2002. Veníamos del naufragio y aprendimos a nadar. Fuimos dignos. Gran parte de la sociedad dejó el trueque y el hambre por el salario, por la Asignación Universal por Hijo, por el trabajo, por la primera computadora entregada por el Estado en los arrabales del arrabal, por la Universidad en el barrio, por el colegio inclusivo, por la búsqueda incesante de Justicia en causas por violaciones a los Derechos Humanos. Fue una época donde a los genocidas se los llamó criminales. Porque la dictadura fue eso y no un proceso. El kirchnerismo vino a darle valor a los sueños de generaciones. El kirchnerismo enamoró. Y por antonomasia también captó los enemigos más poderosos que puede tener un gobierno democrático: las grandes cadenas de supermercados, la banca especulativa (interna y externa), la concentración mediática del Grupo Clarín y sus socios, y la lógica del capitalismo foráneo de la principal potencia del continente.

Hay presidente electo. Dicen ser el cambio: son el pasado.

No está mal hacer un ejercicio de memoria y recodar que cuando Fernando de la Rúa se fue por los techos (es el mismo personaje que se pronunció a favor de Macri), su Policía asesinó a tiros a 39 argentinos. Algunos cayeron baleados a metros del Obelisco y la Plaza de Mayo. Aquello no fue nada normal, digamos. Y la Corte no intervino. Ni siquiera con la peor sucesión de presientes truchos (cinco en total), que asumían por el transcurso de unas horas. Pero Cristina Fernández de Kirchner no sólo no se fue en helicóptero de la Casa Rosada como De la Rúa; tampoco renunció como hizo el cándido Carlos “Chacho” Álvarez. Ella deja un país sin deuda, con una sumatoria de derechos adquiridos para la clase trabajadora nunca vista  desde 1983. Además, de una pelea internacional en todos los foros con los fondos buitres que sentó jurisprudencia para el mundo.
Claro que el kirchnerismo tuvo los límites propios de todo proceso de raíz popular: el condicionamiento del sistema de acumulación del capitalismo y sus lobistas empresarios y cancerberos. El mismo poder del dinero que designa a dedo a los gerentes de multinacionales para adueñarse del Estado. Algo que no es nuevo en la historia nuestra.
La grieta no comenzó con las retenciones al campo. La grieta viene de lejos: desde que aquella antigua colonia española comenzó a abrirse camino con un grupo de patriotas y mercaderes leguleyos, en ese barral que era el río –tierra de contrabando y truhanería- rodeada de indios bravos que se comían los cadáveres de las vacas y caballos, y maloneaban el horizonte a pura rabia por la carencia del desierto pampeano. De ahí venimos. Somos un país forjado a fuego y a cuchillo. Donde el odio siempre fue más hondo y perdurable que la convivencia. Si en Estados Unidos los colonos se abrieron paso empuñando las pistolas de Samuel Colt, aquí la palabra degüello fue tan común como la costumbre alimenticia de masticar carne asada cocinada a las brasas.

El amigo Alejandro Caravario pensó que “El Matadero” -ese maravilloso libro de Esteban Echeverría- adelanta de alguna forma esa antigua (falta) donde se mezclan las pasiones más abyectas con la nobleza de los hombres, la persecución del bien común, y claro está: la psicosis colectiva. La carestía de carne. El lodazal. El charco donde va a parar la vida. La sangre como un mar de Judas. Todo eso también somos.
Ahora que soplan vientos de desguace hay que tener memoria y ser agradecidos. En el mundillo de los periodistas no suele haber sentido de clase. Algunos colegas creen ser cirujanos o filólogos, analistas del té con leche, mojadores de facturas y acomodaticios del espiral, la linternita, y el cine. Otros se proclaman como los defensores de una independencia falsa que esconde el verdadero chantaje. La técnica del aporreo. La negociación boxística de las palabras. Pero sucede que, a veces, lindos y lindas del biri-biri, las palabras son dueñas de una música que no tiene precio. No se vende. Es como la pelota de Diego. La palabra no se mancha. Y sobran los ejemplos: de Arlt a Walsh y de Viñas a Bayer. Los apóstoles de la gerencia del sentido lo saben, pero juegan a ser Tom Wolfe con el dinero que reciben de las patronales esclavistas. Fingen demencia y pretenden que todo el resto haga lo propio. Pero no. No todos nacimos para mayordomos.

La historia nos enseña que las grandes luchas no las ganan los individuos en solitario. Las ganan los sujetos que tienen una ideología, una identidad, una conducta y un motivo. Si la derecha está alambrando el mundo habrá que correrse para no ser enlazado por el neoliberalismo vacío y banal. Las personas no dejan (ganancias): somos seres humanos. De Cristo a Buda y del Zen al Bushido aprendimos que el destino está atado al anhelo del hombre. La pulsión puede ser mortal. Cuidado con la vocación suicida de una porción grande de esta sociedad.

En estos 12 años nos ha tocado dar batallas contra el poder de los medios concentrados, sus empresas y sus mandantes. Muchos de nosotros lo hemos hecho por absoluta convicción. Sin cargos, sin prebendas, sin jubilaciones de privilegio, sin caja ni chequera, sin cobardía, sin dinero de ninguna pauta  Ojalá no llegue nunca la hora de los financistas y especuladores que juegan a la derrota de los derechos del prójimo para abroquelarse en su falta de decoro y dignidad.

La Argentina que viene no será como la que hemos vivido. Los dueños de las grandes compañías nacionales y extranjeras llegan a apoderarse de los principales puestos del Estado. Quisieran privatizar Aerolíneas e YPF. Quisieran arrojar a cientos de trabajadores por la ventana. Han tenido la osadía de nombrar a un ex CEO de Techint en el Ministerio de Trabajo. No faltan quienes auguran que pretenden negociar una escala paritaria cada cuatro años. Y para mal de males cuentan con ciertos jueces y fiscales –los mismos que se manifestaron preocupados por la honestidad y el final de Alberto Nisman- para lograr sus planes revestidos de presunto republicanismo.
El único camino posible es dar testimonio. Revelar lo que el periodismo oficialista callará hasta arrimar sus dientes de vampiro sobre el cuello flácido de esta democracia de lacayos que se hacen llamar magistrados como en la antigua Grecia.-

Anuncios

“Yo a veces pienso que El Melli está cerca y que no se anima”


Sabrina Gullino Valenzuela Negro es la nieta recuperada 96, hija de los militantes montoneros Raquel Negro y Tucho Valenzuela.

En 2008 se enteró que había sido abandonada por una patota militar en un convento de Rosario. Su gran anhelo es hallar a su hermano mellizo.

 

 

Por Juan Alonso

Fotos: Mariano Martino

 

Está parada en la calle de tierra detrás de la capilla. Lleva puesta una falda de triángulos que caen en degradé, un saquito negro y un pañuelo lila atado al cuello. Da la bienvenida, alza a su beba de nueve meses –cuyos ojos destellan un azul cielo– , y prepara el agua para el mate. Se apoya en un borde de la cocina que tiene una ventana pintada de verde y el lugar se llena de la luz del mediodía. Sabrina Gullino Valenzuela Negro, 36 años, parece una mujer tan dura como tierna. Construyó su identidad, su familia, su casa y busca encontrar la mitad que la completaría: su hermano mellizo que fue arrebatado por la dictadura. Ella vive en su hogar de Victoria, Entre Ríos, rodeada de un ombú, un banano, otros frutales, una huerta, una pequeña perra negra que tiene la manía de subirse a un bote entre pescados y restos de patos que mordisquea por ahí, tres gallinas blancas de su vecino domador de caballos que andan por los fondos, y un pasado que la envuelve como el viento del río Paraná, agitando las nubes, en crecida, como su espíritu indomable.

–¿Cómo imaginas al mellizo?
–No me lo imagino, prefiero sorprenderme, que sea una sorpresa, no sé. La realidad supera a la ficción. Yo a veces pienso que él está cerca, acá en Entre Ríos, también pienso que no se anima. Que le debe costar hacerse el ADN. Así que saquen buenas fotos (se ríe) para que me encuentre al fin. Pero que no sea dentro de 30 años cuando sea más vieja. Me gustaría que suceda pronto para poder disfrutarlo. Por eso nunca quise irme muy lejos. Con Javier, mi compañero, tuvimos oportunidad de mudarnos al exterior, a una isla paradisíaca de Centroamérica, pero no. Elegimos quedarnos cerquita. Espero que esta nota sirva para que mi hermano aparezca.

–Y romper el pacto de silencio…
–Claro. Hubo una enorme complicidad civil con la dictadura. Hablo de instituciones, empresas, médicos, religiosos. Eso lo estamos viendo recién en estos años en Entre Ríos. Yo les digo a mis compañeros de HIJOS Paraná y al equipo jurídico de Abuelas que es algo revolucionario y que no nos damos cuenta. Porque estamos acercándonos al objetivo de hallar a los pibes arrebatados por la dictadura bajo un engranaje burocrático que incluye a las instituciones médicas y también a una parte del Poder Judicial. No es nada fácil romper con esos acuerdos que llevan décadas. En nuestro caso, fueron las enfermeras que trabajaron en esos años en el Hospital Militar de Paraná y el Instituto Privado de Pediatría (IPP), las que quebraron el silencio de los médicos contando que vieron y atendieron a dos bebés durante más de 20 días hasta el 27 de marzo de 1978. Éramos mi hermano y yo. Mi madre nos había dado a luz en cautiverio en el Hospital Militar de Paraná y estuvimos internados en esa clínica privada de Paraná, antes de que a mí me dejaran los militares en un convento de Rosario y a mi hermano lo apropiaran. Los dueños de la IPP tienen que saber quiénes se quedaron con él. Porque es mentira que El Melli murió. Tiene que estar vivo porque le dieron el alta médica al mismo tiempo que a mí. Alguien pagó para quedarse con mi hermano. Mi familia del lado de Tucho, los Valenzuela de San Juan sospechan que podría haber sido dado en guarda a una familia de militares por esa cosa machista, muy castrense, ya que era el hijo varón, el portador del apellido de mi padre. Conmigo no se hicieron problema, me abandonaron en un convento. Por todo ese entramado fue procesado Miguel Torrealday, uno de los socios del IPP. Aunque insiste en la mecánica del olvido y la negación. Para algunos es incómodo, porque tienen secretos que ocultar que no quieren que salgan a la luz.

Agua alta
Sabrina es hija de dos militantes emblemáticos de la guerrilla peronista, Montoneros: Raquel Negro y Edgardo Tulio “Tucho” Valenzuela. Ella está desaparecida desde poco después del parto de los mellizos en marzo de 1978 y él murió en Paso de los Libres en julio de 1978, después de que revelara en México el 18 de enero de ese año, el plan de la dictadura que buscaba aniquilar a la cúpula guerrillera con un comando mixto de militares y militantes “quebrados”. Pero Tucho no era ningún quebrado y le hizo creer al dictador Leopoldo Fortunato Galtieri que era capaz de infiltrar la conducción y matar al líder de la organización, Mario Eduardo Firmenich. En un juico revolucionario que se realizado en febrero en Cuba, Tucho fue degradado cuatro cargos por la organización -evaluaron que de alguna forma ayudó al enemigo, cuando en verdad salvó la vida de Firmenich y de Roberto Cirilo Perdía, al tiempo que selló su final– al regresar al país poco después. La patota de Galtieri lo había secuestrado junto a Raquel en Mar del Plata en enero 1978 para usarlos como botín contra “el marxismo subversivo”, que según los represores, planeaban atentar contra el Mundial 78. Sucedió que la pareja Valenzuela Negro sacrificó su vida con el fin de no traicionarse a sí misma. Un compromiso que culminó con la demencial contraofensiva montonera y con Tucho en las fauces de la muerte, entre el cianuro y los tiros, cinco meses después de denunciar el complot de Galtieri para aniquilar a Firmenich en México.
La trepidante vida de Tucho y su compañera –una auténtica tragedia argentina- fue narrada magistralmente en la novela del ex canciller, Rafael Bielsa, publicada en 2014, que se llevó al cine a mediados de este año (ver recuadro aparte). Bielsa intenta con éxito contar el sentido profundo de esa lucha quijotesca que incluyó algunos héroes y no pocos necios que todavía corren con la fusta.
Además, la trama de Valenzuela ocupó decenas de páginas en los libros revisionistas de mediados de los ’90, Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso, y los tres tomos de La Voluntad, de Martín Caparrós y Eduardo Anguita, entre otros, que buscaron un significado posible en el difuso sendero que va entre la valentía, el compromiso ciego, la pérdida de la razón y, por qué no, la redención.
Pero Sabrina tiene el alma templada de esos fuegos. Si bien acuerda que hay que hacer “una crítica profunda de aquellos años”, cree que mejor es mantener la cátedra en la Facultad de Periodismo de Rosario donde es docente y habla de esa etapa de la historia. “Mis padres no sólo protagonizaron una historia de amor, fueron dos enormes militantes. Siempre se habla de Tucho, pero mi mamá Raquel fundó el Movimiento Villero y militó en los barrios más pobres de Santa Fe. Mi mamá era una grosa”, remarca.
En una conmovedora cinta que Raquel grabó en plena clandestinidad, en 1977, legó este mensaje: “Por ahí parece que uno no va a seguir viviendo, que no se puede, que el dolor es muy grande, que a uno lo ahoga, pero hay fuerza siempre, hay fuerza y objetivos por los que queremos vivir y personas por las cuales siempre somos necesarios. Yo quiero que sepan que aún dentro de esta situación, yo soy feliz. Y quiero decírselo a ustedes, yo creo que no hay nada en el mundo tan hermoso como tener un hijo y criarlo, educarlo, tratar de hacerlo feliz, aún dentro de las condiciones que no siempre son las mejores.”
Con ese piso de porvenir, Sabrina recuerda a su abuela “Porota” Gullino que tocaba el piano y estuvo en su último cumpleaños cantando alrededor del fuego. Esa noche  estuvieron los Gullino, los Negro y los Valenzuela colmando su casa. Porota, que falleció en junio, era hincha fanática de Newell’s Old Boys de Rosario y vivía en un barrio con mayoría de simpatizantes de Central. Atendía el kiosco con su pelo blanco y una mirada transparente que explica esta frase de su nieta: “Debe haber sido la persona que más me quiso en esta vida, la nona, mi nona, tendría que haber vivido 100 años, era adorable.”
Quizás el secreto de todo es  el amor. Sabrina conserva al menos seis sillas para tres personas, una sala de estar donde pueden caber 20 invitados a la mesa y un parque que se pierde en el horizonte de 300 kilómetros de río. Lo que hace feliz a Sabrina es mantenerse lo más lejos posible del exceso de histrionismo, la angurria y la truhanería. El sonido de sus frases rebota contra cada ladrillo de su casa “Amarilla” que lleva ese nombre en homenaje a su madre, militante de base y peronista, cuyo nombre de guerra era María Amarilla. Raquel pervive en Sabrina y en su sonrisa. Ella se sienta en la sombra con el cabello estirado en un rodete. Abraza un cuadro con el retrato de su mamá y lo sujeta contra el pecho. Posa para la cámara y mide la efusión de sus sentimientos. Después se suelta el pelo. Hace chistes con los pies estirados en la tierra de su casa. Sus botitas negras hacen un surco entre en el pasto, a unos metros de la huerta. No busca caer simpática. Entonces, debajo de esa marea de construcción de lazos, que incluyen a los Gullino, sus padres adoptivos, los Valenzuela y los Negro, Sabrina armó el rompecabezas genealógico que enhebra el pasado. Una parte de sí está inmersa en la entrevista y otra escucha atenta al llanto de su beba en la tarde fluctuante. Intenta explicar su existencia en esta porción de tiempo comprimido. La brisa suena a estéreo de cisnes.
“En noviembre de 2008 me llegó una citación a la casa de mis papás en Ramallo. Era la hora de la siesta cuando tocó un timbre un cabo. Lo atendí yo. Me acuerdo que le pregunté qué era esa citación de la justicia federal y me respondió que era o por tráfico de drogas o por robo  de bebés –relata Sabrina-. Entonces, me preocupé mucho. Me angustié por la situación. Porque me había preguntado si era hija de desaparecidos, aunque mis viejos me habían adoptado legalmente. Mi papá me respondió que me quedara tranquila que seguro la causa se trataba de un choque que tuvo con mi mamá en la ruta. Yo lo senté y le dije: no papi, esto es muy serio, ustedes pueden ir presos si cometieron un delito conmigo. Pero ellos me adoptaron cumpliendo todos los pasos legales y después de realizar un tratamiento médico de cinco años. Hasta me mostraron el trámite de adopción. Así que al poco tiempo estábamos con mis viejos ante el juez y lo veía tan frágil a mi papá, tan buen tipo, tan inocente en el medio de ese problemón, luchando contra el aparato del Terrorismo de Estado. Declarando contra una multiplicidad de intereses: no teníamos la menor idea ante qué cosa monstruosa nos enfrentábamos.”
-¿Tuviste miedo?
-Sí, dos veces, en Ramallo y en Rosario. Una vez me agarró viviendo sola en Rosario. Lo llamé a mi papá y tuvimos una conversación re larga. Le expliqué que temía que me hicieran algo, lo que sea, cualquier cosa, asustarme por la calle por ejemplo, porque yo era la prueba viviente de todas las atrocidades que llevaron a cabo los militares y sus cómplices civiles. Pero también le dije que no podía dejar de dar testimonio. Mi papá me aconsejó: “Hija ya tenés la respuesta, entonces no hay nada que temer.”

“Hijos de guerrilleros”
En estos días, el IPP de Paraná fue noticia otra vez. Uno de sus fundadores, Miguel Alberto Torrealday, resultó procesado por la Cámara de Apelaciones por suprimir la identidad de los mellizos Valenzuela Negro. Torrealday fue mencionado por empleados y enfermeras en un juicio que investigó delitos de lesa humanidad en 2011 por el funcionamiento de una maternidad clandestina en el Hospital Militar de Paraná.  La causa en la que está procesado es un desprendimiento de aquella. Los mellizos ingresaron al instituto privado en marzo de 1978, pero Torrealday dijo no recordar nada porque el IPP era una institución de puertas abiertas y cada médico podía internar  a sus pacientes sin que él y sus socios lo supieran. El 27 de marzo de 1978, los mellizos fueron dados de alta del IPP y entregados a personas que no eran sus padres.
El testimonio clave fue el de la enfermera Natalia Krunn, que trabajó en el Hospital Militar durante 25 años. “Cuando nació el varoncito se lo pusieron a la madre, lo abrazó, lo tocó; pero después se lo sacaron porque dijeron que no estaba muy bien y la nena se quedó con la madre.” La mujer contó, con lujo de detalles, el paso de Raquel por el Hospital Militar. “Estuvo por lo menos 15 días internada en la sala de guardia” entre febrero y marzo de 1978, hasta que se produjo el alumbramiento de los mellizos que, según dijo, fue por parto natural. Y al día siguiente ya no estaban más en el hospital, ni la madre ni los mellizos.
“Raquel Negro llegó y la pusieron en una sala de guardia médica; me contó que venía de la zona de Funes (NdeR: el centro clandestino de detención conocido como La Quinta de Funes) y que tenía un nenito que estaba con los abuelos y que venían dos más y no sabía qué iba a hacer con ellos.” Le preguntaron cómo supo el nombre de la mujer y dio una respuesta rotunda: “Ella me lo dijo.” Inclusive, manifestó que creía que a su esposo, Tucho Valenzuela, “lo habían matado”, y la desesperaba que su madre debiera hacerse cargo de criar a sus tres hijos.
Más tarde, otra enfermera, esta vez del IPP, reveló que cuidó a Sabrina en sus brazos y habló de la presencia de un recién nacido que había llegado del Hospital Militar y aseguró que el bebé estaba  “aislado” en la sala de neonatología “en una incubadora de emergencia que se utilizaba para chicos en riesgo”, y que en la tarjeta de identificación decía NN. Dato que corrobora los dichos de las enfermeras del Hospital Militar. Según afirmó, “el que le daba atención era el doctor Torrealday” y cuando ella le preguntó por qué el bebé no tenía nombre, el médico le dio una respuesta confusa como para conformarla.
Según el testimonio que dieron las enfermeras durante el juicio oral, las esposas de los médicos se acercaban a las cunas donde estaban los mellizos y les sacaban fotografías como si se tratara de un evento turístico. “Son hijos de guerrilleros –comentaban por lo bajo- por eso están en este sector de la clínica.” Ninguna de esas mujeres, las mujeres de los médicos dueños de la clínica pediátrica, dio cariño a los mellizos. Sólo las enfermeras los alzaban y los cuidaban en esos días de terror. Sabrina estuvo 23 días en el IPP anotada con el falso nombre de Soledad López y a su hermano lo mantuvieron 17 días inscripto como N.N.
En la imputación a Torrealday, se consideró que el médico no dio aviso de la situación a la Justicia de Menores, sino que con su conducta concretó, “un aporte importante para que el plan de sustracción de los mellizos y la sustitución de sus identidades se ejecutara con éxito”.
Tal como se contó antes, los padres de Sabrina, Raquel y Tucho fueron secuestrados el 2 de enero de 1978 en Mar del Plata y trasladados a la Quinta de Funes. Con ellos estaba Sebastián, el hijo de Raquel, que tenía un año y ocho meses. Ella ya estaba embarazada de los mellizos. Cuando se aproximaba la fecha de parto, Raquel fue internada en el Hospital Militar de Paraná, como sobrina del dictador Galtieri. Habría dado a luz el 3 o el 4 de marzo y el parto fue atendido por médicos que no pertenecían al sanatorio. Luego de que naciera el varón, la madre lo arropó por unos instantes hasta que unos hombres se lo llevaron; después nació Sabrina. Enseguida los mellizos fueron internados como NN en la sala de terapia intensiva, porque supuestamente presentaban problemas respiratorios y cardíacos, y luego fueron derivados al IPP. Por el tratamiento médico, según consta en los libros de la clínica, se pagó un costoso servicio.
Esa misma noche, Sabrina fue dejada en el Hogar del Huérfano, un convento ubicado en las afueras de Rosario, y luego dada en adopción legal a la familia Gullino, de la ciudad de Ramallo. Dos integrantes del grupo de tareas rosarino que había secuestrado a la pareja en Mar del Plata, Walter Pagano y Juan Daniel Amelong, se encargaron del traslado. Dejaron a Sabrina en la puerta del convento. Usaron un palillo de dientes para dejar activo el timbre y así asegurarse de que las monjas la recibirían. La madre superiora, ya fallecida, vio a los dos hombres corriendo por la calle cuando abrió la puerta y se topó con Sabrina recién nacida.
Durante el juicio sobre los hechos ocurridos en el Hospital Militar, los represores sostuvieron la versión de que el varón había muerto e inclusive así lo manifestaron también los médicos que los atendieron. Pero durante el juicio contra los integrantes de la patota del Destacamento de Inteligencia de Rosario, las enfermeras dieron un vuelco a los argumentos de la defensa y robustecieron la hipótesis de que ambos estaban bien de salud. Así surgió también que los servicios de atención e internación de los mellizos en la clínica privada fueron abonados por los mismos militares. Por esa razón Sabrina denuncia un pacto de silencio entre ex altos oficiales del Ejército que estuvieron vinculados con la represión ilegal y los médicos dueños del IPP. Todo formaba parte de un complejo mecanismo de secretos que a través de los años logró superar, por ahora, la investigación incesante de los Organismos de Derechos Humanos, una parte de la Justicia y el impulso del Estado Nacional desde 2003.
Poco tiempo antes de que fuera procesado, Sabrina y su hermano Sebastián mantuvieron un encuentro escalofriante con el médico Torrealday en Paraná. “Como él me había dicho que contara con su ayuda, lo llamé y fuimos con El Sebas a verlo. Nos encontramos con que nos recibió junto a los otros médicos dueños del IPP, Jorge Eduardo Rossi y David Vainstub. Mi hermano grabó toda la conversación. Torrealday me decía que ellos no sabían dónde estaba El Melli, y en un momento me dijo que mi hermano me estaba esperando a mí, por el tiempo que los dos estuvimos internados juntos. Nosotros ingresamos con seis días de diferencia pero fuimos dados de alta el mismo día. En eso, me preguntó si me gustaría ver la incubadora donde estuve yo cuando era una beba. Así fue toda la conversación, confusa, con una demanda de nuestra parte para conocer la verdad sobre el destino de El Melli y las evasivas permanentes por parte de ellos. Ahora lo más indignante es que después de que la Cámara los procesó, pretenden excusarse y planean una defensa en conjunto con el resto de la corporación médica.”

–¿La esperanza también se construye, Sabrina?
-Todo se construye, como el amor.
-¿Qué vas a hacer si lográs encontrar a tu hermano?
-Vamos a comer todos juntos un buen asado. «

 

La película

La novela Tucho se transformó en una película que dirigió Leonardo Bechini.
El rol protagónico estuvo a cargo de Luciano Cáceres.
Completan el staff la actriz Ximena Fassi, Ludovico Di Santo, Alejandro Awada y Patricio Contreras, entre otros.

 

Un viaje al precipicio

Rafael Bielsa capturó su propio universo en 214 páginas conmovedoras. Su último libro, Tucho, la Operación México o lo irrevocable de la pasión, impreso en 2014, busca y logra narrar la tragedia de un personaje que podría ser la multiplicación de cientos de argentinos. Todos esos jóvenes militantes revolucionarios que dieron hasta el último suspiro. Y Tucho Valenzuela lo dio. No estaba hecho para eludir la muerte. Se aparece caminando las 50 cuadras que separan el hotel donde paró con los represores del Ejército de Videla en el DF hasta el lugar donde estaba reunida la conducción de Montoneros, con Firmenich y Perdía a la cabeza. El paisaje que pinta Bielsa busca reflejar la fórmula del pensamiento de Tucho. Y escribe desde su propia osamenta, dando forma a lo inasible. Él mismo estuvo detenido desaparecido en las afueras de Rosario y sufrió la tortura. Después, con el paso de los años, los viejos conocidos se fueron transformando en una estela de circunstancias e infortunios que traspasan la historia como una espada fatal.
Bielsa cuenta que Tucho se reúne con Galtieri, lo convence de que es capaz de atentar contra sus superiores de Montoneros. Tucho como uno de los seis altos oficiales de la organización, jefe natural de la Regional Rosario, un tipo recio y amoroso con su mujer, Raquel, la misma que le suelta antes de emprender su destino: “Vos conmigo tenés un problema Tucho, si vas y hacés lo que nos juramentamos que harías me van a matar, pero, si no lo hacés, me perdés para siempre, porque te dejo, te lo juro, nunca más en tu vida me volvés a ver.”
El soliloquio de Tucho toma al lector de la solapa. Uno se queda con la íntima convicción de que aquello fue un gran naufragio a la vera de un precipicio.

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 6 de septiembre de 2015

 

leyendadeltiempo.wordpress.com

Un viaje al terror por la mente del jefe de la familia Puccio


El escritor Rodolfo Palacios logra captar la esencia de un ser alucinado por sus crímenes. Arquímes Puccio, muerto en 2013, desgranó su locura en este adelanto exclusivo de Tiempo. Entre 1982 y 1985, su banda secuestró y mató a tres empresarios, a quienes mantuvo como rehenes en su casa de San Isidro. En septiembre Telefe emitirá la serie Historia de un Clan.

Por Rodolfo Palacios*

 

“He matado, sí, pero daré vida a innumerables fantasmas.”
Roberto Arlt, El fabricante de fantasmas.

 

Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. Por todas las boludeces que se dijeron de mí. Ando por la calle y los encaro. Muchos se me cagan de risa. Señora, ¿sabe quién soy? Pibito, ¿sabe quién soy? Carnicero, ¿me tiene visto de algún lado? Amigo, ¿nunca vio una foto mía en los diarios? Señorita, ¿le han hablado de mí? Y cuando les digo quién soy, muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo. Un viejo choto de 82 años. Un señor mayor con el que se puede charlar, tomar un mate, ir de copas, escuchar un tango, salir a buscar pibas o jugar a las cartas.
Salí en la portada del diario La Reforma de General Pico y el diario se agotó. Vendo. Aunque la gente no me conoce. No conoce mi historia. Unos tipos me vinieron a putear. Al principio los encaré para la mierda. Entonces ahí empezaron a respetarme.
Me cago en la reputísima madre que los parió. Me querían declarar persona no grata. Me encararon justo cuando estaba comprando unas cositas en la góndola del mercado.
Inventan todo. Inventan que maté, que secuestré, que fui de la Triple A. ¡Inventaron que violé un arresto domiciliario para robar golosinas!
Gracias a Dios estoy vivo para llevar a cabo mi misión evangélica. Ayudo a la gente, a los desposeídos, a las criaturas, a los defectuosos. ¡Son tan cariñosos los defectuosos! Viven pidiendo afecto. Una caricia, un abrazo. Vivimos en una sociedad hipócrita que se olvidó de sus semejantes y sólo piensa en sus autos, sus casas, sus viajecitos. Y se han olvidado de los necesitados. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo?
Yo me cago de risa. No hay que ser amargado. Me gusta aconsejar a los muchachos. Andan muy confundidos. Se van detrás de alguna atorranta que les muestra el ojete y pierden el rumbo. Y las minas se van con otro que la tenga más larga o los cambian por un bidet. Les gusta que el chorrito fuerte y caliente se les meta en la cotorra y las haga acabar. Qué atorrantas son. Soy el hombre de mayor edad del mundo en recibirse de abogado, pero estos hijos de puta no querían que jurara. En la entrega de diplomas estaba lleno de pibes. No tenían ni la más puta idea de quién era yo. Ni se imaginaban que así, viejito y todo, me los fumo bajo el agua, me los cojo de parado. A pija muerta. Podría enseñarles muchas cosas a esos mocosos insolentes. Les falta un golpe de horno o una cachetada. ¿Estamos?
Si aprendieran de mi experiencia, las cosas irían un poco mejor, recuperarían el amor por la Patria y por el prójimo. ¿Estamos?
Me dan bronca los oligarcas. Y también los negros ignorantes. Negros catinga. Pero como decía el general Perón, los ladrillos también se hacen con bosta, la putísima madre que los remilparió.
“Así, pues, el que está unido a Cristo es una nueva persona; las cosas viejas se terminaron y todas son nuevas”, dicen las Sagradas Escrituras. Gracias a Dios tengo buena salud. ¿Acaso me ven caído como teta de vieja? Tampoco me pidan que me eche un polvo así como si nada.
Las pibas me vuelven loco. En la pensión hay una que tiene el culito parado. Una manzanita. Lo zarandea la muy puta. El otro día me encamé con una gordita putona. Me pide que le rasguñe los pezones. Se los dejo colorados como huevo de ciclista. Por eso me dejo larga la uña del dedo chico. Para toquetear tetas. Y de paso hacer el repulgue de las empanadas. Las mujeres me vuelven loco, pero nunca pierdo el rumbo. He estado con rubias, morochas, coloradas, castañas, negras, gordas, flacas, altas, bajas. Sólo me faltaron pasar por las armas a las japonesas. Dicen que tienen la conchita horizontal.
Lamentablemente sigo fuera de la vía. Estoy manoteando el aire, buscando encajar en la vía, la máquina se me está enterrando, gasto mucha energía. Cuando esté en la vía, no paro más. No paro más, ¿estamos?
Lo más importante es reírse. Por eso le pregunto a la gente si me tiene miedo. Vecino, ¿no tiene idea quién soy? Panadera, si adivina quién soy, le ofrezco mis servicios de contador y abogado gratis. Muchachito, ¿me juna? ¡Qué me va a junar con esa cara de boludo!
Al final, cuando les digo que soy Arquímedes Puccio, se caen de culo. Puccio, al que acusaron falsamente de secuestrar con su familia en el sótano de su casa. ¡Están en pedo! Mi familia era normal. La hicieron mierda esos hijos de puta. Deberían ponerse de pie al oír mi nombre. Manga de brutos desagradecidos.
Soy Arquímedes Rafael Puccio, les digo.
Y muchos se caen de culo. Se caen de culo. Y yo me cago de risa. Me les cago de risa en la cara.
(Fragmento de una entrevista realizada a Puccio en 2011.

El viejo Puccio entra en la peluquería sacando pecho y silbando un tango de Pugliese, como un rey loco y testarudo al que lo han abandonado hasta sus bufones. Un rey con alpargatas agujereadas, pantalón caqui y pulóver azul lleno de pelusa. Un rey barbado, de mirada penetrante y cejas mefistofélicas. Retacón y agrandado, aunque no tenga dónde caerse muerto. Pensar que en sus años mozos, como dice él, se empilchaba con saco y corbata, y viajaba por el mundo. Ahora, en mayo de 2012, es una cáscara de lo que fue, un jubilado que sobrevive en una pensión de General Pico, La Pampa.
Saluda en voz alta para llamar la atención.
El peluquero lo mira, pero no responde el saludo. Sigue cortándole el pelo a un cliente.
Puccio se sienta y hojea la revista Paparazzi.
—¡Qué pedazo de culo que tiene esta atorranta! A estas revistas con olor a concha habría que prohibirlas, embrutecen al hombre.
El peluquero lo mira con desprecio. El cliente se ríe. A Puccio no le importa. Habla solo, pasa las páginas y hace comentarios:
—Estos se la pasan mostrando sus casas y sus autos. ¿Con qué autoridad pueden juzgarme y señalarme con el dedo? —se pregunta y luego de un breve silencio, se responde—: Con ninguna autoridad, turros de mierda.
El peluquero deja la tijera a un costado y se acerca al viejo.
—¿Qué se le ofrece, señor?
—Mire, hombre, si estoy acá es para cortarme un poco el pelo, no voy a venir a comprar huevos o un churrasquito.
—Le voy a pedir que no diga groserías. En diez minutos lo atiendo.
—Quédese tranquilo, soy inofensivo. ¿Sabe quién soy?
—No tengo idea.
—¿No se imagina?
—Señor, estoy trabajando.
—Soy Arquímedes Puccio.
El peluquero sintió que estaba frente al diablo. Había escuchado que Puccio vivía en su pueblo pero nunca se lo había cruzado.
—Le voy a pedir que se retire y no vuelva nunca más.
—¿Por qué motivo?
—Yo no le corto el pelo a asesinos.
—Usted se deja llevar por la prensa. Son todas mentiras.
—Si no se va, voy a llamar a la policía.
Puccio no dijo nada. Se dio media vuelta y salió cabizbajo.
Desde ese momento no volvió a preguntarle a nadie si sabía quién era. Era mejor que ignoraran su pasado (…)
Después de 23 años en prisión, el 18 de julio de 2008 salió en libertad condicional de la cárcel de General Pico y fue a vivir a la casa del pastor Héctor Villegas, de la iglesia Biblia Abierta (…) Esos días los vivió con una mezcla de alegría por salir de la cárcel y la tristeza por la muerte de su hijo Alejandro, ocurrida el 30 de junio por un cuadro agravado de neumonía.
El reencuentro entre padre e hijo en libertad no pudo ser posible. La última vez que se vieron en la calle fue el 23 de agosto de 1985, en San Isidro. El último día que pasaron en libertad antes de la caída.
Arquímedes fue detenido con sus cómplices, entre ellos sus hijos Daniel “Maguila” y Alejandro, talentoso wing tres cuartos del CASI, un tradicional equipo de rugby de San Isidro, y ex jugador de Los Pumas (…)
Los vecinos creían que la familia era inocente. No podía ser que el señor Puccio, que los domingos iba a misa vestido de traje, hubiera arrastrado a los suyos al delito. Sintieron horror cuando se comprobó que entre 1982 y 1985, habían secuestrado y matado a los empresarios Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum (…)
En General Pico, Puccio vivió su segunda vida. Se inventó un nuevo pasado. Como esos escritores que en sus últimos años se alejan de todo y van a escribir sus memorias a un pueblo donde nadie los conoce, el viejo va al almacén, al mercado o la verdulería y a algunas personas les da una tarjetita que dice “Arquímedes Rafael Puccio, contador y abogado”. Una vez se presentó al Concejo Deliberante local para buscar clientes.
—En la tarjetita puse que atiendo urgencias las 24 horas y se cagan todos —me dijo el viejo cuando lo conocí, el 9 de julio de 2011. En ese encuentro, me impactaron su mirada fija, su energía de joven en un cuerpo de viejo y su memoria.
—Da la sensación de que proyecta su vida como si fuera a vivir 120 años —le comenté ese día.
—Es que voy a vivir 120 años y quizá mucho más —respondió con naturalidad, con la certeza de que tendría todo el futuro por delante.
—¿Cómo imagina su muerte?
—Me gustaría morir teniendo sexo. Sería un acto de justicia.
Puccio se jactaba de haberse acostado con más de doscientas mujeres. A muchas de ellas era capaz de recordarlas sólo por un gesto, la sensualidad de un escote, la forma de caminar o el aroma de la piel.
A los 82 años no tenía nada y al mismo tiempo tenía algo que lo hacía poderoso: una verdad nunca dicha. Un secreto que no tiene nombre.
—Pueden decir lo que quieran, imaginar, inventar, juzgar, pero sólo yo sé la verdad de esta historia. Y me la voy a llevar a la tumba —me dijo sin sacarme la mirada de encima.
Después de pronunciar esa frase, hizo un silencio —como los oradores que hacen una pausa para escuchar los aplausos— y empezó uno de sus largos monólogos. A veces reía a carcajadas de sus ocurrencias: se celebraba a sí mismo. Era lo más parecido a un profeta sin credo ni creyentes cuya misión en el mundo era repartir fantasmas a medida. .-

*Autor de El Clan Puccio, la historia definitiva, de editorial Planeta. Además, realizó la investigación periodística y fue miembro del equipo autorial de Historia de un Clan, de los hermanos Sebastián y Luis Ortega la serie de que saldrá por Telefe en septiembre.

 

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 14 de junio de 2015

leyendadeltiempo.wordpress.com

 

 

Realidad, delito lumpen y miedo


Por Juan Alonso

Es curioso cómo avanza el miedo. Primero llega la incertidumbre y después la ansiedad. La consciencia colectiva se va inundando de dilemas en un espejo múltiple, radiado desde la televisión dominante. El concepto de realidad se inunda de eso llamado inseguridad. Pero se sabe que la realidad anida en la formulación de ideas. Lo demás es la apariencia de lo esencial. En el medio, los ciudadanos comunes que usan los medios públicos de transporte, no sólo padecen la suba constante del sistema deficiente de subterráneos y colectivos, sino que vuelven a sus casas con una sensación de alarma permanente.

El miedo es una herramienta infalible de control social. Tanto que se impuso en nuestro lenguaje: “Cuídate, espero el mensaje cuando llegues”. ¿De dónde se arrastra ese temor? Las palabras tienen un valor y un peso específico dentro de la identidad de los sentidos.  Y el subconsciente juega con las pesadillas, que a veces se hacen muy reales.

Noche de un lunes. Scalabrini Ortíz a una cuadra de la Avenida Santa Fe, uno de los típicos barrios de clase media de la Capital. Cuatro pibes con gorrita, remera y zapatillas, empujan un contenedor de basura de esos que puso el alcalde porteño. Un funcionario que tiene una extraña virtud, Macri administra una policía invisible, La Metropolitana.

En tanto, los muchachitos gritan, se arengan. El primer taxista huye del atraco. Otro automovilista también logra eludir la emboscada. “Dale guacho, vení para acá”, grita uno de ellos. La mujer que camina delante de mí pierde el control y el miedo se apodera de sus pasos. Los pibes conocen el juego y le arrebatan la cartera de un empujón. Ella también grita, presa del pánico. El contenedor de basura se desliza como si todo fuera una pista de hielo. Sucede en Palermo, con dos comisarías de la Policía Federal a pocos metros de nosotros.

El segundo taxista duda. Subo. “Zafaste, ¿no?”, suelta. Desde el asfalto, los pibes nos hacen señas. Para su lógica somos dos “giles” para ser robados. El motivo no les importa. Sobreviven con una desesperación hambrienta. No tienen futuro. O los aniquila la pasta base o los mata la Policía. Capitalismo.

“Dónde es su emergencia”, pregunta la operadora. En la tele replican el “flagelo” de la inseguridad. Cuesta acostumbrarse: el criterio de normalidad se deshizo por completo. Lo que hay acá es una emergencia social y económica por el notable crecimiento de la violencia del delito lumpen y la invasión de territorios –antes controlados por el Estado- y hoy en manos de clanes narcos con complicidad de las fuerzas policiales, sectores políticos y el Poder Judicial. Una crisis de al menos dos provincias: Santa Fe y Córdoba. El Conurbano no le va a la saga en materia de bandas criminales orgánicas con lazos entre la Mafia de los azules.

Con todo, el delito lumpen ya no se puede definir como “simple”. Porque su raíz está en la marginación. Algo instalado en Argentina desde la dictadura más cruel de nuestra historia y continuado por las políticas neoliberales, que dejaron a millones de familias sin trabajo. Ahí comenzó a cambiar la lógica en los tejidos intrafamiliares. Muchos de estos púberes delincuentes son la tercera generación de desempleados. Por eso, la asistencia del  Estado resulta por lo menos insuficiente. Y a veces peca de cierta candidez parecida al desapego. Un ejemplo: ante la alarma porque un menor poseía un fusil de guerra valuado en dólares, un funcionario replicó: “Podemos armar un tallercito para contenerlos”. Son los mismos que corren apurados para dar explicaciones sobre la muerte natural de un modisto como si se tratara de una causa federal.

Mientras un solo joven elija salir a robar en vez de ir a trabajar, estudiar y esforzarse por su familia, la batalla contra la exclusión social seguirá siendo una quimera.

A veces los territorios a ganar están en la mente del otro. El delito también forma parte de una batalla cultural.

El brutal crimen de un chofer de la línea 56 en Villa Celina durante la madrugada del viernes es otro dato de la violencia lumpen. Resulta curioso cómo cambió ese territorio del Gran Buenos Aires. Fue ideado por el segundo y tercer peronismo como una barriada de trabajadores, casi todos empleados en las fábricas y antiguas curtiembres de la zona. Cincuenta años después lo que existe son talleres controlados por inmigrantes bolivianos y una afluencia de comerciantes que entran y salen del Mercado Central con camiones repletos de alimentos.

La cúpula de la Policía bonaerense sabe que el trayecto entre General Paz, Celina y Villa Madero siempre fue áspero. El lugar se pobló de barrios de emergencia en el ’78, Mundial de por medio. Corridos por Videla, los habitantes de las villas se fueron trasladando a los bordes.

Hace tres siglos, toda esa gran lonja de tierra de Villa Celina alguna vez perteneció a los querandíes. De ellos pasó a la familia del General Roca en menos de 300 años. Nada quedó del pueblo que dominaba el río Matanza y mantenía atemorizados a los colonos con malones y lanzazos. Los querandíes fueron aniquilados y el cielo de sus posesiones quedó para los conquistadores.

En 1615, Hernando Arias de Saavedra le cedió una chacra de “600 varas” de frente por una legua de fondo al conquistador Pedro Gutiérrez, el primer propietario. Después de dos siglos de permutas y ventas, pasó a Martín José de Altolaguirre. Un tipo  innovador: como todavía no existían los alambrados para delimitar los campos, mandó a construir tapias y plantó cactus. Así comenzó la división de aquel viejo infinito. Para 1775, “los tapiales” de Altolaguirre eran famosos. Tardó un lustro para vender  al matrimonio entre  Francisco Ramos Mejía y María Antonia Segurola. Su progenie comenzó el loteo en etapas.

Ya entrado el siglo XX, los descendientes de Francisco Madero –vicepresidente de Julio Argentino Roca, casado con Marta Ramos Mejía- se desprendieron de los mejores campos y la zona comenzó a urbanizarse.

Según el censo de 2010, en Celina y Villa Madero viven 125 mil personas. Casi todos, inmersos en una realidad que nada tiene que ver con el criterio de grandeza y riqueza de la Generación del ’80.

Son ciudadanos afligidos por la necesidad. Llevan la espalda cargada de temores: al patrón, al banco que en 2001 se apropió de sus ahorros, al desamparo. Cuando salen a las 5 AM para ir a trabajar, suelen despedirse de sus seres queridos como si fuera la última vez.

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 16 de marzo de 2014

leyendadeltiempo.wordpress.com

Papel Prensa: la justicia aceptó como querellante a Lidia Papaleo


Por Juan Alonso

Todo llega.
Luego de tres años desde que el Estado Nacional denunció penalmente a los dueños y directivos de los diarios Clarín, La Nación y La Razón, la Junta Militar y sus instigadores civiles, por la apropiación ilegal de empresa Papel Prensa el 2 de noviembre de 1976, configurando el delito imprescriptible de lesa humanidad, hacia el final del jueves 6 de junio –el mismo día que este diario publicó en exclusiva una entrevista a Lidia Papaleo– el juez federal Julián Ercolini aceptó como parte querellante a la viuda de David Graiver. Lidia fue secuestrada por un grupo de tareas del Ejército el 14 de marzo de 1977, y padeció cárcel y torturas durante seis años en manos de Ramón Camps y su troupe de nazis de la picana. Además de no recibir un solo peso de la primera cuota irrisoria de 7000 dólares por el traspaso que tuvo que firmar, según declaró, “presionada” en las oficinas de La Nación, bajo amenaza de muerte por parte de Héctor Magnetto, que le soltó: “Firme o le costará la vida de su hija y la suya.”
La Argentina es tan generosa que este empresario actúa como ejecutor de los intereses de las corporaciones. Él y Bartolomé Mitre fueron socios de la dictadura genocida y hoy pretenden representar desde sus páginas al “periodismo independiente”. Acorralados, montan campañas de desgaste y desprestigio contra la democracia a través de sus programas de bricolaje. Fueron y son oficialistas del terror. Y no habrá forma de que se quiten la sangre con la que amasaron fortunas con Papel Prensa.
En Tiempo Argentino no publicamos cotillón. Damos testimonio y nos basamos en documentos considerados por la justicia.
En su escrito, Ercolini pone el acento en las notas que el autor de esta crónica realizó junto a Cynthia Ottaviano el 6 y el 26 de septiembre de 2010. Más precisamente en los artículos sobre las reuniones del general de brigada Bartolomé Gallino, con los directivos de los tres diarios en momentos en que Lidia Papaleo era brutalmente torturada en Puesto Vasco. Golpes y vejaciones que le produjeron un tumor cerebral.
Los cuatro documentos clave del Ejército que se publicaron en estas páginas fueron producidos el 7 de abril de 1977, a las 10:30 y a las 16:30; y el 9 de abril del mismo año, a las 8:40 y a las 20. El 7 de abril de 1977, con la firma del “oficial superior preventor Oscar Gallino”. El militar estaba a cargo de la “investigación”: un eufemismo para referirse a la sucesión de tormentos que se le practicó a toda la familia Graiver. El acta refrenda que Gallino recibió “a los Directores y Asesores letrados de los diarios La Nación, La Razón y Clarín, quienes concurren con motivo de la adquisición del paquete accionario del Grupo ‘Fundador’ de Papel Prensa”.
El hombre con quien Magnetto y Mitre bebieron café, Gallino, fue subdirector del centro clandestino de detención El Tolueno de la zona 4 de Campo de Mayo. Entre sus galardones de dudoso honor, se contaba la ejecución de los militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que habían intentado copar el Batallón 601 Domingo Viejo Bueno, en Monte Chingolo.
En otro documento del 9 de abril de 1977, dos días después de la reunión antes mencionada, Gallino volvió a dejar asentado que recibió a “el secretario de Industria, Raymundo Podestá, los presidentes de los directorios de La Nación, Clarín y La Razón, que son los adquirentes del paquete accionario del ‘Grupo Fundador’ de Papel Prensa, que representa el 26 por ciento del total del paquete accionario”.

Y tal como se dejó escrito en la burocracia de aquel Ejército criminal, el motivo de las reuniones con Magnetto, Mitre y Peralta Ramos era “producir sendos informes” para después ordenar: “Se preparan los interrogatorios a tomar el once de abril de 1977.”
Es decir: Gallino se “informaba” a través de estos recientes adherentes al republicanismo que apoyaron todos los golpes de Estado desde 1955 hasta aquí y luego “interrogaba” a los Graiver y a Lidia Papaleo, por entonces detenida-desaparecida.
Así de claro.
Valorando el complejo expediente, el juez Ercolini citó a Lidia Papaleo (una vez más) para el próximo jueves 13 de junio y la instó a “unificar la personería”, o sea la querella, con Rafael Ianover, ex mano derecha de “Dudi” Graiver y ex integrante del directorio de Papel Prensa, que fuera secuestrado el 12 de abril de 1977. El 28 de agosto de 2010 entrevistamos a Ianover y esa nota también forma parte del aporte documental que este diario aportó a la causa.
El juez tiene elementos suficientes para llamar a indagatoria a Magnetto, Ernestina Herrera de Noble y Bartolomé Mitre.
¿Lo hará?

LOS ARGUMENTOS DEL FISCAL. En su resolución de siete carillas, el fiscal Carlos Stornelli realizó un análisis pormenorizado de la documentación de la causa. Si bien hacia el final de su escrito pide excusarse por su relación personal de “más de 30 años” con el ex ministro del Interior de la dictadura, Llamil Reston, familiar de su mujer –quien no está imputado en el expediente que investiga la apropiación de Papel Prensa–, aclara: “Más allá de las imputaciones concretas que en autos se han delineado a través de las distintas presentaciones formuladas por la Secretaría de Derechos Humanos en su rol de parte querellante, son numerosas las referencias que constan en autos respecto de un especial interés del gobierno de entonces, manifestado en sus más altas cúpulas, en que así los hechos se sucedieran. Es decir, a juzgar de numerosos testimonios reunidos hasta el momento y las propias afirmaciones de la parte querellante, más allá de las voluntades particulares de quienes integraban el gobierno de facto y de quienes pudieran resultar imputados en esta causa, puede deducirse que esto se trataba de una cuestión de particular interés para la Junta de Gobierno entonces conformada.”
En un párrafo anterior, Stornelli sopesó lo que cree sucederá: “(…) del detenido análisis del plexo probatorio hasta el momento reunido, no puede soslayarse que con el devenir de la instrucción y especialmente de las resultas de las diligencias propuestas por esta parte, pueden sobrevenir en el proceso razones que aconsejarían la excusación del suscripto”.
¿A qué se refiere concretamente el fiscal?
Es que ciertos amigos de Reston, su compañero de asados domingueros, podrían resultar procesados en el expediente, y él, Stornelli, prefiere proponer medidas de prueba antes que acusarlos directamente como funcionario que está en ese lugar para representar los intereses del Estado en nombre de todos los argentinos. Es un argumento entendible, claro. Razonable viniendo de una justicia que le esquiva la jeringa a los poderes fácticos que se llevaron puesto a Roberto Marquevich, en 2004, luego de haber encarcelado a Ernestina Herrera de Noble por el presunto trámite irregular en la adopción de sus hijos y herederos adoptivos Felipe y Marcela Noble Herrera.
Al margen de estas diligencias propias de la conciencia humana, el representante del Ministerio Público también puso en valor la nota que publicó este diario con la firma de Cynthia Ottaviano el pasado 12 de junio de 2010 sobre “los documentos desclasificados de los EE UU sobre Papel Prensa”, hasta entonces, “archivos secretos e inéditos”.
Todo ese material ya fue aportado por este medio al expediente. Al igual que la entrevista que le realizamos a Isidoro Graiver, otra víctima de la dictadura genocida, que nos dijo que el traspaso de las acciones a favor de Clarín, La Nación y La Razón había sido “a todas luces un afano, un afano”.

Por medio de Isidoro fuimos a buscar los archivos en donde se ve cómo los tres diarios presionaron a los Graiver desde sus tapas con campañas de acoso, antes de la firma del traspaso a fines de 1976. En eso no han cambiado.
Por esos caminos de la conciencia terrenal, Isidoro se plegó a los intereses de Magnetto y estaría viviendo en Londres con sus hijos. En el medio hubo, dicen los que lo conocen, más de 2 millones y medio de razones que lo llevaron a tomar semejante decisión extrasensorial. Y es que a veces, la conciencia de los hombres toma senderos insospechados.
Pese a quien le pese, la verdad triunfará. Por aquello de: “Justicia, justicia perseguirás.” «

Para stornelli no existió la dictadura

Puede parecer raro, pero 30 años después del período más oscuro de la historia nacional, para el fiscal Carlos Stornelli no existió la dictadura militar.
Stornelli se excusó de continuar como fiscal de la causa que investiga la apropiación por parte de Clarín y La Nación de las acciones de Papel Prensa por la relación que mantiene con el último ministro del Interior de la dictadura, Llamil Reston, que es familiar de su mujer.
En la argumentación con la que defiende esa decisión, Stornelli sostiene que Reston fue “funcionario militar en el marco del gobierno de ese entonces”. El “gobierno de ese entonces” fue la más sangrienta dictadura cívico-militar de que tenga memoria la historia argentina, responsable de la desaparición de 30 mil ciudadanos y ejecutora de un Plan Sistemático para el robo de bebés.
En otro párrafo, el fiscal se refiere a la dictadura como gobierno de facto, pero en su extenso escrito nunca la llama por su nombre: “dictadura”.

(Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 9 de junio de 2013)

leyendadeltiempo.wordpress.com

El rol de Chiche Gelblung y la revista Gente en la última dictadura militar


En el ‘76, fueron mencionados por un cable de la Embajada de EE UU en la Argentina que describía una supuesta operación de prensa ideada por Harguindeguy. El periodista niega el episodio. “Tiene que ser llamado a declarar”, pidió Pablo Llonto.

Por Carlos Romero

 

Durante la última dictadura militar, la revista Gente, propiedad de Editorial Atlántida, fue uno de los medios más afines a la estrategia comunicacional del régimen instaurado el 24 de marzo de 1976. Sus páginas –como las de otros magazines y diarios de la época– sirvieron de plataforma para los objetivos que los represores se habían fijado de cara a la opinión pública.

En 1976, al frente de Gente se encontraba Samuel “Chiche”
Gelblung, a quien por estos días el diputado porteño denarvaísta Daniel Amoroso propuso nombrar “personalidad destacada de la cultura de la Ciudad de Buenos Aires por su larga trayectoria periodística”.
Gelblung había ingresado a Atlántida como cronista en 1966. Cuando ocurrió el golpe de Estado, ya era jefe de redacción de Gente y más tarde fue designado subdirector. En ambos casos, estuvo al tope del staff, sólo por debajo del director ejecutivo Aníbal C. Vigil. Ocupó ese puesto hasta principios del ’81, cuando pasó a editorial Perfil.
Cada vez que se lo cuestiona por su desempeño en los ’70, conduciendo una revista tan asociada con la propaganda de la dictadura, Gelblung repite que se limitó a hacer lo mismo que otros medios, como Clarín y La Nación, y que él también sufrió atentados militares. “No me avergüenza nada de lo que hice. Nadie me obligó. Era una época en la que todos creíamos estar en guerra (…) Había que estar en un bando o en el otro. Y yo elegí”, sostuvo en una entrevista de 2008 con la revista Sociedad. “Hicimos lo que pudimos –agregó–. Y todo estuvo bien mientras mataban a nuestros enemigos. Pero después empezaron a matar a nuestros amigos. A mí me metieron tres bombas.”
Tiempo Argentino presenta hoy un material que vuelve a poner en discusión lo hecho durante la dictadura por gran parte de la prensa. Se trata de un cable desclasificado de la Embajada de los Estados Unidos en la Argentina, fechado el 16 de junio del ’76, donde se menciona a Gente y se hace un relato que involucra al entonces ministro del Interior Albano Harguindeguy con personas “detenidas” por la represión.
El telegrama Nº 3976 –desclasificado por el Departamento de Estado– tiene como tema “el gobierno y los medios” y fue enviado a Washington con la firma de Maxwell Chaplin, subjefe de la misión de los EE UU que en el país encabezaba el embajador Raúl Castro. Se ocupa de la llamada “campaña antiargentina”, una de las estrategias con las que el régimen buscó victimizarse y negar la existencia de secuestros y centros clandestinos de detención. Este supuesto “complot” organizado desde el extranjero tuvo un amplio despliegue en las páginas de Gente. De hecho, en 1978, en vísperas del mundial de fútbol, Gelblung en persona se ocuparía de su cobertura, en una de sus notas más repudiadas por los organismos de Derechos Humanos, titulada “Cara a cara con los jefes de la campaña antiargentina”.
El fin explícito del telegrama era mostrar los “errores” con que la dictadura se manejaba en relación a la prensa, incluso la más afín. “Los intentos más bien ingenuos e ineptos del gobierno por utilizar a los medios argentinos desde el golpe”, resume el texto. En este marco, se refiere a un “incidente ilustrativo”, menciona a Gelblung y describe, según la embajada, el armado de una nota favorable a los represores.
El cable afirma que en su edición del 10 de junio del ’76, Gente publicó un artículo con una serie de cartas enviadas desde el exterior, pidiendo por la liberación de personas que, se sospechaba, estaban en poder de la Junta. “Las cartas –indica el documento– eran parte de lo que el ministro del Interior Harguindeguy llamó ‘un complot internacional contra la Argentina’ en una conferencia de prensa el 2 de junio, y, de hecho, el artículo señaló que eran tan similares que claramente representaban una campaña coordinada.”
En sus declaraciones públicas, Harguindeguy había dicho desconocer el paradero de las personas mencionadas y que la mayoría ni siquiera había estado en el país. Según el informe de Chaplin, Gente solicitó copias de ese material para cubrir el tema. “El ministro aceptó –continúa el relato– pero cuando le mostraron las pruebas de galera de un muy favorable artículo, cambió de opinión y ordenó que las cartas no fueran publicadas. Gente explicó que la edición ya se había enviado a la imprenta y Harguindeguy respondió que si no era retirada iba a tener que confiscar la tirada.”
En ese momento, el cable sostiene: “Cuando fue consultado por el editor ejecutivo de Gente Samuel Gelblung (proteger) sobre el fundamento de su actitud, Harguindeguy admitió tímidamente que había mentido en su conferencia de prensa y que de hecho la mayoría de los individuos nombrados en las cartas estaban en custodia gubernamental.” Ante esa supuesta revelación, el funcionario norteamericano escribió: “Gelblung inmediatamente solicitó un poco de cinta, cubrió los nombres ofensivos y el artículo levemente alterado apareció el día siguiente.”
Contactado por Tiempo Argentino, Gelblung negó lo planteado en el cable. “En mi vida crucé una palabra con Harguindeguy –sostuvo–. No recuerdo este episodio puntual, pero, independientemente de eso, en mi vida he tenido un diálogo con Harguindeguy”. También agregó: “En mi vida la revista Gente le remitió a ningún ministro, estando yo a cargo de la redacción, ni un solo papel, ni un print, ni una prueba de nada, digamos, que yo tenga conocimiento.” Incluso, Gelblung llegó a asegurar que “la relación con la casa de gobierno en el ‘76 era nula” y que lo único que recibían de los militares eran “puteadas”. Sobre el artículo en cuestión, dijo no recordarlo: “No lo tengo presente, tendría que revisarlo”, respondió.
La nota de Gente mencionada en el telegrama se tituló “¿Quién está detrás de todo esto?” Anunciaba “las pruebas de una campaña contra el país” y ocupó cuatro páginas donde se mostraron siete cartas, de las cuales seis llevaban bandas negras tapando los nombres de las personas por las que se intercedía. “El país enfrenta un hecho gravísimo. El ministro del Interior ha denunciado que hay una campaña del terrorismo internacional para desprestigiar a la Argentina en un momento clave del proceso de reorganización nacional”, afirmaba el primer párrafo de la nota. “Desde 14 países llegan a diario cartas que reclaman la ‘liberación’ de presuntos detenidos políticos que ni siquiera han estado como turistas”, agregaba.
Sobre una misiva enviada desde Suecia con once firmas, la revista dijo que para los peritos habían sido escritas por sólo dos personas. “Una vulgar falsificación. Una burda mentira que intenta entorpecer el camino del país”, consideró Gente. De una carta con membrete de la universidad británica de Bradford, que intercedía por dos científicos, el artículo volvió a hacer suya la versión militar: después de poner en duda la existencia misma de esas personas, sentenció que “nunca estuvieron en la Argentina”. En cuanto a un reclamo con remitente de Palma de Mallorca, aseguró que pedía “la ‘liberación’ de personajes convertidos en ‘caballitos de batalla’ por el terrorismo internacional”.
La única carta sin tachaduras fue una dirigida al dictador Jorge Rafael Videla desde Alemania, exigiendo por la libertad de ocho ciudadanos chilenos. De acuerdo con los documentos públicos consultados por este diario, todos ellos estuvieron efectivamente en poder de los represores, en el marco del Plan Cóndor y en sintonía con la dictadura de Augusto Pinochet.
Retomando los dichos de Harguindeguy en su conferencia de prensa, Gente también vinculó otros hechos resonantes con la teoría conspirativa que buscaba instalar la Junta. Entre los episodios reseñados estaba el asesinato del ex presidente de Bolivia Juan José Torres, exiliado en Buenos Aires y muerto el 2 de junio del ’76. La revista, que le dedicó un recuadro al tema, lo definió como “uno de los hitos más dramáticos de la campaña terrorista internacional lanzada contra la Argentina”. Luego se sabría que a Torres lo asesinó la represión conjunta de los gobiernos de Videla y del boliviano Hugo Banzer. Asimismo, se recordó el homicidio de Zelmar Michelini, periodista uruguayo y denunciante de los crímenes militares en su país. Michelini había sido asesinado en Buenos Aires dos meses después del golpe. En 2006, la responsabilidad intelectual de su muerte, también ejecutada dentro del Plan Cóndor, se le imputó a la dictadura que en Uruguay encabezaba Juan María Bordaberry.
“Son parte de este plan oscuro”, sostenía Gente en el ’76. Por entonces, la misma tónica se replicaba en otros medios de Atlántida. De hecho, existen tres denuncias que piden investigar el vínculo entre los uniformados y esa editorial. Una fue hecha en 2009 por el abogado y periodista Pablo Llonto, que presentó un escrito en la causa Nº 14.216, del 1º Cuerpo del Ejército, para que se determine la relación entre los represores, Clarín y la revista Somos (ver recuadro). Por otra parte, está la causa Nº 7.650, impulsada en 2008 por Thelma Jara de Cabezas, sobreviviente de la ESMA, a raíz de una nota publicada por Para Ti en 1979. Allí, por “conexidad”, sumó su denuncia Alejandrina Barry, hija de militantes montoneros asesinados en 1977 en Uruguay. En su caso, los artículos en cuestión aparecieron en diciembre del ’77 en Somos y en enero del ‘78 en Gente y Para Ti.
Según adelantó Llonto, el cable presentado por Tiempo puede agregarse a los elementos acumulados en estos expedientes. También afirmó que “Gelblung tiene que ser llamado a declarar como imputado”.
“Si la justicia me quiere preguntar algo, no tengo ningún problema. No tengo nada que ocultar”, respondió el ex director de Gente.
Cuando ya pasaron 36 años del golpe de Estado, el rol cumplido por la prensa sigue aguardando a ser esclarecido.  <
Llonto: “Hay que juzgar el rol de la prensa”
Pablo Llonto, abogado en varias causas por crímenes de la dictadura, presentó en 2009 una denuncia en el Juzgado Federal Penal Nº 3, de Daniel Rafecas, para que se investigue el papel que en el plan de la Junta Militar ocupó la prensa. Su caso testigo fueron notas publicadas en 1977, donde se mostró a los centros clandestinos como “establecimientos” de detención y se contó “cómo viven los desertores de la subversión”. Llonto explicó que “la denuncia fue hecha en función de editorial Atlántida y Clarín, y para que se investigue el rol cumplido por otros medios”. En ese sentido, sostuvo que Samuel “Chiche” Gelblung “debe ser llamado a prestar declaración”.
Su hipótesis es que “varios medios formaron parte de una campaña de desinformación a la sociedad, como parte del plan de ocultamiento de la dictadura”. Mencionó el antecedente internacional de los juicios por crímenes de lesa humanidad cometidos en Ruanda, donde se juzgó el rol de los medios. “Argentina tiene que juzgar penalmente el papel que tuvo la prensa, investigar cuál fue el rol de los medios y de determinados periodistas en hechos concretos.”
–¿Qué lectura hace del caso puntual de Gelblung?
–Creemos que es alguien que debe ser citado como imputado, por la responsabilidad jerárquica que tuvo y por distintos elementos que fuimos agregando.
–¿Cómo cuáles?
–La nota que para Gente va a hacer a Francia en el ’78, por la “campaña antiargentina”, donde es él quien pone los adjetivos y califica a los organismos de Derechos Humanos. También está la entrevista que en 2008 dio a la revista Sociedad. Ahí dice que había una guerra y que él eligió un bando, y queda en claro que ya el ’76, con lo que cuenta de “Jarito” Walker, fue testigo de un secuestro. No de haberlo visto, pero sí de saber que Jarito tenía tres días para irse del país (ver aparte).
–¿Fue llamado a declarar?
–Nunca. Lo pedimos varias veces. El juez lo tiene que citar para que haya una conclusión, en uno u otro sentido.
El caso “Jarito” Walker
Enrique “Jarito” Walker fue periodista y militante montonero, desaparecido el 17 de julio del ’76. En los ’60, fue secretario de redacción de Gente. En 2008, en una entrevista con Juan Salinas para la revista Sociedad, “Chiche” Gelblung dijo lo siguiente: “Me llamó el general Samuel Cáceres (sic), que había sido jefe de la Policía Federal, y me preguntó si Jarito era amigo mío. Le dije que sí (…). Cáceres me dijo que tenía tres días, 72 horas para irse del país. Me apuré a ponerme en contacto con él y lo cité en la Cámara Argentina de la Construcción. Ahí, en el ascensor, le transmití el mensaje. Y él me dijo: ‘Es lo único que te faltaba: ser el vocero de los secuestradores.’ ‘Andá a la mierda’, le contesté, muy amargado. Pasó el plazo fijado y a Jarito lo chuparon en un cine de la avenida Rivadavia al cinco mil.”
Publicado por el diario Tiempo Argentino el 29 de abril de 2012
leyendadeltiempo.wordpress.com

Homenaje a Alberte, delegado de Perón


Por Juan Alonso

El primer blanco de la dictadura militar fue un militante peronista. En la madrugada del 24 de marzo de 1976, una fuerza de tareas conjunta del Ejército y la Policía Federal, irrumpió en el departamento del ex edecán y delegado personal de Juan Perón, Bernardo Alberte, y lo arrojó al vacío desde la ventana del primer piso frente a toda su familia. Una vez consumado el asesinato –Alberte ni siquiera tuvo oportunidad de resistirse– saquearon su casa y amenazaron a su mujer y a los vecinos, entre los cuales estaba un juez de la Nación. Ya era demasiado tarde. La lengua del miedo se extendía como una mancha venenosa dentro del corazón de la sociedad argentina. El golpe más sangriento de nuestra historia se consumaba con éxito y contaba con la complicidad y el padrinazgo de sectores civiles vinculados con la Sociedad Rural y a la patria financiera. Como se sabe,  en materia de lucha por el poder, las casualidades no existen.
Lo paradójico del crimen de Alberte es que él sabía que lo querían matar y, sin embargo, esperó el final sin inmutarse. Siempre de pie. Había sido un militar de carrera que más de una vez se había enfrentado a los tiros como referente de la Resistencia Peronista, tras el golpe de 1955 y años más tarde ante los escuadrones de la Triple A, en los meses previos al golpe del ’76.
Unas horas antes de ser asesinado, el que fuera un hombre de confianza de Perón, redactó una carta dirigida a Jorge Rafael Videla, donde denunciaba los ataques armados que había sufrido, el funcionamiento encubierto de los escuadrones de la muerte y el permanente hostigamiento y asesinato de militantes de base de la Juventud Peronista.
Entre los puntos principales del escrito, dijo textualmente:
1. El día 20-III-76, a las 20, un grupo armado intentó secuestrarme, en mis oficinas de la calle Rivadavia 764, 1º, con el aparente propósito de asesinarme. Acababa de retirarme del lugar elegido por esa banda armada unos minutos antes, lo que me permitió observar el operativo desde la calle, así como el gran despliegue de elementos materiales y humanos utilizados.
2. La observación personal de los hechos me permite asegurar a usted que se trataban de efectivos de seguridad, que luego de detener a tres personas que se encontraban en las citadas oficinas, esposarlas, vendarle los ojos y cargarlas en los vehículos, se desplazaron velozmente por la calle Rivadavia hacia el oeste, sin poder seguirlos, por no poder disponer de vehículo propio en ese momento (…).
3. El día anterior en un operativo vinculado con el ya descripto fue secuestrado y luego asesinado el joven peronista Máximo Augusto Altieri.
En el punto 6, Alberte le expresó  a Videla que halló el cuerpo del joven peronista en total estado de descomposición en la zona de Tristán Suárez, aunque luego de contar con la ayuda de otros militantes, acompañado por el padre de la víctima en ese camino de sombras.
No era la primera vez que Alberte se comprometía hasta el límite de jugarse el pellejo en la movida.
El 15 de marzo de 1976 –nueve días antes del golpe– publicó una carta abierta denunciando los crímenes de la Triple A y retando a un duelo armado a los integrantes de esa banda parapolicial, a quienes  les advirtió:
“El 12-III-76 a las 20:00 horas un grupo de esa organización terrorista realizó un operativo para secuestrarme y probablemente asesinarme, no hallándome en el lugar elegido. El día anterior fue secuestrado, también por esa organización, el compañero peronista Máximo Augusto Altieri (cuyo cuerpo apareció acribillado a balazos días después) que aún no ha aparecido.
Ante la posibilidad de que este último secuestro tenga alguna relación con el primer intento mencionado, y para evitar que caigan otros peronistas relacionados con mi militancia, propongo el canje del compañero Altieri por mí.
Para facilitar la operación informo que en mi lugar de trabajo habitual y en mi residencia, cuya dirección conocen, me encontraran habitualmente.
Como única condición impongo que en el enfrentamiento que inevitablemente ocurrirá extrememos las medidas para impedir que caigan inocentes o personas desvinculadas con el antagonismo que existe entre nosotros.
Y firmaba: Bernardo Alberte. Teniente Coronel (RE). Peronista.”
Ayer, 36 años después de los fuegos que le arrebataron la vida de forma cobarde, el Movimiento Evita y el municipio de Avellaneda declararon ciudadano ilustre a Alberte y descubrieron una placa en su memoria en la puerta de la casa donde nació. Quienes fueron a buscarlo sabían que era leal a Perón, a la clase trabajadora y a los jóvenes que apadrinó, cuidó y protegió hasta el final.
El crimen de Altieri, un amigo suyo, lo conmovió y lo sacó de eje. Tanto que decidió esperar a los asesinos en su casa. Quizá en esas últimas horas pensó, que lo único que quedaba era aceptar al destino y a su horda de malditos.

Publicado en el diario Tiempo Argentino en su edición del 24 de marzo de 2012

leyendadeltiempo.wordpress.com