Tienes razón, Sahara por Leonard Cohen


Tienes razón, Sahara. No hay nieblas, ni velos, ni distancias. Pero una niebla rodea a la niebla; y el velo se oculta tras un velo; y continuamente la distancia se aleja de la distancia. Por eso no hay nieblas, ni velos, ni distancias. Por eso se llama La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. Aquí es donde El Viajero se convierte en El Vagabundo y El Vagabundo se convierte en El Que Está Perdido, y el El Que Está Perdido se convierte en El Buscador, y El Buscador se convierte en El Amante Apasionado, y el Amante Apasionado se convierte en El Mendigo, y El Mendigo se convierte en El Desgraciado, y el Desgraciado se convierte en El Que Debe Ser Sacrificado, y El Que Debe Ser Sacrificado se convierte en El Resucitado, y El Resucitado se convierte en El Que Ha Trascendido La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. Entonces durante mil años, o lo que queda de la tarde, Ello gira en el Ardiente Fuego de los Cambios, encarnando todas las transformaciones, una tras otra, y entonces vuelta a empezar, y entonces vuelta a acabar, 86.000 veces por segundo. Entonces Ello si es hombre, estará listo para amar a la mujer Sahara; y Ello, si es una mujer, estará lista para amar al hombre que puede hacer una canción de La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. ¿Eres tú la que está esperando, Sahara, o soy yo?

Extraído del Libro del Anhelo, Leonardo Cohen, Lumen, 2011.

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Viento Norte


Podría escribir sobre el zorzal que estaba este mediodía sobre la antena de la radio. Pico rojo de alas chiquitas. O pensar en los ojos de la telefonista. Eso no estaría mal. Podría describir el horror de una tía que ve morir a su sobrina de diez años, desangrada por el puñal que su padrastro le clavó en el cuello antes de ahorcarse  con un alambre, colgado de un árbol en una tapera de ninguna parte.

Una muerte de todas las muertes. La muerte encerrada en una sílaba de odio. La muerte que perdura como pesadilla en cada una de las noches y es eterna.

La redacción de un manual de sobrevivencia en la década del ’90, un plan de fuga, una mudanza en taxi con baulera. Un divorcio controvertido. Una separación de bienes raíces. Un estudio de abogados en la calle Cerrito. Dos trajeados y un café negro en el hall de un hotel cinco estrellas. Indiferentes al miedo.

Pero esta vez no lo haré. Y seguro que te preguntas para qué demonios sirve, con qué se paga, si se usa cubiertos, si uno se lava las manos después de zamarrear el teclado de la computadora, con servilleta o con mantel. Con buena educación. Civilizado. Tapando la mugre con el pie derecho, escondiendo migas como las miserias. Con tarjeta y en tres cuotas.

Elegí lo que quieras.

Te decía que podría hacer un perfil maníaco de un asesino en serie. Describir cómo goza con la sangre ajena. Una bala en el cráneo. Una cuchillada, quince, veintitrés, sesenta y siete. Ahondar en el resentimiento de un obsesivo compulsivo que no se irá de vacaciones para no abandonar las plantas de su madre. Un tipo que ama a los malvones pero desprecia a la humanidad. Un personaje que mataría a los pasajeros del subte con devoción militante, sin sacarse el auricular de su oreja quebrada por el mordisco de su hermano menor hace 40 años.

Y podría pensar que el tipo muerde así porque está demente. Sería tan fácil resolver el problema con una sentencia que acabaría irremediablemente en la nada.  Lo mismo que le pasará a este texto cuando termines de leerlo. Con suerte. Todo está destinado a diluirse, a desaparecer con el viento zonda, con el arrastre de la ola. Aunque quizá algo te quede. Una sola idea en tu cabeza despareja. En tu diccionario del bien.

Este personaje se comería dos hamburguesas gigantes con salsa de tomate y queso fundido. Después se subiría al 168 con los pies redondos y la mente en blanco a las siete de tarde. Te tocaría timbre simulando ser el portero, el empleado verdulero que te lleva los duraznos. Un laburante de destino incierto. Un hombre normal de horario convencional y fe impertinente. Con la gloria cirrótica. Sería tan amable que te mataría sin desordenarte la cocina ni los muebles. Te despacharía en silencio y se marcharía en micro a San Bernardo vía Puente Saavedra.

Justo en el momento en que los chicos salen de la escuela y las mujeres de los escribanos abandonan los gimnasios para meterse en los telos. Cuando el chino te da el vuelto de la cerveza y la moza del bar, vestida de negro,  lleve el cortado con sacarina a la mesa.

Con el sonido del viento norte, el tipo mataría. Como una sombra que desaparece en la noche no dejaría rastros. Su estela de cometa,  comerá lo que queda de tu alma desde el subconsciente hasta el último hueso.

Y sonará el reloj para que veas tu serie. Abrazado/a  al sillón con el brazo de la vacuna.

Para que al fin despiertes.

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Elogio del amor, Alain Badiou


Porque la declaración se inscribe en la estructura del conocimiento. Primero se da el encuentro. Ya dije que el amor comienza por el carácter abasolutamente contingente y azarozo del encuentro. Es verdad el juego del amor y el azar. Son inelectables. Existen en contra de la propaganda que les comentaba. Pero el azar debe, en algún momento, fijarse. Debe, justamente, comenzar una duración.

Es un problema casi metafísico muy complejo: ¿cómo un puro azar, al principio, puede convertirse en el punto de apoyo de una construcción de verdad? ¿Cómo eso que, en el fondo, no era previsible y parecía ligado a las peripecias imprevisibles de la existencia va sin embargo a convertirse en el sentido de dos vidas mezcladas, acompasadas, que experimentarán en el tiempo el continuo (re) nacer del mundo mediadas por la diferencia de sus miradas? ¿Cómo se pasa del puro encuentro a la paradoja de un único mundo en el que descifra que somos dos? La verdad, es todo un misterio. Y además, esto es justamente lo que alimenta el escepticismo que rodea al amor. ¿Por qué -se dirá- hablar de una gran verdad acerca del hecho, banal, de que alguien ha encontrado a su colega en el laburo? Sin embargo, es justamente esto lo que es necesario sostener: un acontecimiento en apariciencia insignificante, pero que en realidad es un acontecimiento radical de la vida microscópica, portador, en su obstinación y duración, de significación universal. Es verdad, sin embargo, que “el azar debe ser fijado”. Es una expresión de Mallarmé: “El azar al fin ha sido fijado…”. No se refiere al amor, sino al poema. Pero podemos perfectamente aplicarlo al amor y a la declaración de amor, con las terribles dificultades y angustias de distinto tipo que se le asocian. Por otro lado las afinidades entre el poema y la declaración amorosa son bien conocidas. En ambos casos, un riesgo enorme se carga sobre el lenguaje, relacionado con el hecho de pronunciar una palabra cuyos efectos, en la existencia, pueden ser practicamente infinitos. Estas son también las ansias del poema. Las palabras más simples se cargan de una intensidad casi insostenible. Declarar el amor tiene que ver con pasar del acontecimiento-encuentro al comienzo de una construcción de verdad; con fijar el azar del encuentro bajo la forma de un comienzo. Y a menudo lo que allí comienza dura tanto tiempo, está cargado de novedad y de experiencia del mundo que, en retrospectiva, ya no parece algo contingente y azaroso, como al principio, sino practicamente una necesidad. Así se fija el azar: la absoluta contingencia del encuentro de alguien a quien yo no conocía termina tomando la apariencia de un destino.

Extraído del libro Elogio del amor, Alain Badiou, Paidós, Espacios del saber, 2012.

 

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La urgencia de llegar, Eduardo Galeano


En esta mañana del año 2007, un violinista ofreció un concierto en una estación de metro de la ciudad de Washington.

Apoyado contra la pared, junto a un tacho de basura, el músico, que más parecía un muchacho de barrio, tocó obras de Schubert y otros clásicos, durante tres cuartos de hora.

Mil cien personas pasaron sin detener su apurado camino. Siete se detuvieron durante algo más de un instante. Nadie aplaudió. Hubo niños que quisieron quedarse, pero fueron arrastrados por sus madres.

Nadie sabía que él era Joshua Bell, uno de los virtuosos más cotizados y admirados del mundo.

El diario The Washington Post había organizado este concierto. Fue su manera de preguntar:

-¿Tiene usted tiempo para la belleza?

 

Extraído del libro “Los hijos de los días”, de Eduardo Galeano, 2012. 

 

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Otoño en las lagunas cuando llovizna, Héctor Tizón


Cuando, de pronto, como un pensamiento, sentí que debía dejar todo aquello y regresé en el tren internacional que abandona Villazón y La Quiaca, emprendí el veloz recorrido sobre el páramo y el humo, y los pitazos de la locomotora prontamente me dejaron hasta que surgieron, casi de la nada, los árboles del bosque, inexistentes más al norte.

Un caballo negro, según lo que había convenido, me esperaba indiferente en los corrales junto a las vías para llevarme a la más altas de las lagunas. El sol decaería, pero aún la claridad lechosa de la llovizna dejaba entrever los cuerpos y las cosas en ese final del otoño. En esa claridad llegué hasta la orilla y desde allí, donde descabalgué, se podía observar la desembocadura del ribazo a comienzos del valle, donde un atardecer ya lejano en el tiempo, y luego de que hallaron los restos de un ternero semidevorado, pude oir los aullidos de advertencia -o tal vez de miedo- de un cachorro de leona que días después fue cazada.

En ese atardecer, sentado en paz en la gran piedra de la rivera con caprichosa forma de butaca, como lo hacía cuando era niño, contemplo el valle y el cielo se abruma. La naturaleza, siempre igual a sí misma, es a la vez revolucionaria, no admite sujeciones ni tributos ante ella, ya que los registros de propiedad sólo son una burla. Cuando uno se acostumbra a verla así, se da cuanta al mismo tiempo de que la naturaleza es Dios, y me siento así yo mismo una parte de Dios.

Solamente logramos ver a la naturaleza en el bosque, y por ello siempre nos sentimos niños; la eterna juventud en que logramos desprendernos de los años, y cualquiera que viva sigue siendo un niño. Es cierto, en los bosques está la perpetua juventud, en la soledad y el silencio de la naturaleza retornamos a la razón y a la fe.

Mis ojos se aclaran y veo todas las cosas a través de las cosas, porque soy una porción de Dios, que es mi amigo más íntimo. En el medio de la naturaleza, no estoy solo ni ignorado; todo lo que sucede aquí entre lagos y montañas, es parte de mí mismo. Ésta es mi fuerza y mi consuelo, esta armonía es compartida con todo el resto, con todo lo que existe, porque existió antes y existirá después.

Sólo cuando estamos confundidos llegamos a sentir una especie de desierto del paisaje, y el diario que se forma en nosotros es semejante  a la sensación de pérdida de un ser muy querido. Porque para un hombre agobiado por la tristeza, la calamidad y el dolor, su alma quedó confundida en la naturaleza sin perder el color y el calor de su propia fogata, que ha dejado languidecer.

Cuando vivimos en paz, consustanciados por la naturaleza, envejecemos menos de prisa. Por lo general, a medida que llegamos a la edad madura, perdemos posibilidades cada año que pasa; de la misma manera,  perdemos amistades, las dejamos morir muchas veces.

En una época como la nuestra, en que los credos políticos empujan a los hombres a la matanza y la inmolación, las pasiones políticas se conviertan en pasiones fatales de vida o muerte. La diferencia, como dijo John Dos Passos, es que a los veinte años se puede discutir sin rencor y hasta con agrado, y eso a los treinta es motivo de recriminación y amargura. En esto, los hombres de letras son más susceptibles que los demás, porque son más egoístas. Las amistades entre ellos son siempre precarias. Los problemas que surgen entre un hombre y sus amigos son, con frecuencia, el resultado de envejecer. Las personas que continúan siendo felices juntas -un hombre y una mujer, por ejemplo- consiguen cultivar entre los dos una zona privada de infancia perpetua.

Aquí me quedaré, con estás piedras  edificaré mi casa y no regresaré jamás a vivir en la ciudad, entre una multitud que no llegaré a conocer nunca. El agua entre las montañas, el verdor de estos angostos valles, la llovizna que, aparentemente, hace más tristes los otoños; y así será hasta que se cumpla mi destino. Tampoco escribiré más, ahora me doy cuenta más claramente que escribía porque la vida no me bastaba. Ahora sé también que no basta con escribir, hace falta un destino.

Extraído del libro “Memorial de la puna”, escrito por Héctor Tizón, poco antes de su muerte.

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Una araña gris


J.A.

Mira la luz blanca que le quema los ojos. De uno de ellos nace una araña que crece al trasluz. Ese pequeño bicho gris se hace gigante en su retina y ya no puede leer bien, ni morder las letras mientras musita las sílabas de la noche que se regodea como una babosa seca.

Una idea de lo que no es, de lo que aún le falta, le está carcomiendo las tripas. Y es tarde. El cielo se nubla y su corazón se estrecha en un espasmo repentino. Se detiene de golpe. Sabe que sólo existe una luna.

Afuera la ventana es un cencerro de lamparitas con ovejas.

Mira la luz blanca que le quema los ojos. Ahí donde muere la araña tejiendo. Ella deja un camino de polvo. Una hormiga rota, una pizca de sal en el horizonte de tiempo y de arena.

Una certeza de lo que no es, de lo que no tiene ni tendrá, lo mantiene despierto y prisionero. Lo mantiene tuerto. Ya no le quedan cartas en el mazo para aliarse con la suerte de los ambiciosos, desesperados, maniáticos de lo instantáneo.

No puede ver detrás de las palabras y sólo recuerda los gestos. Anda con un anotador mirando las sombras del resto.

Ahora las voces penetran la puerta de calle, dos adictos al paco, una falsa médica alcohólica pidiendo plata, un vigilador, dos perros rompiendo bolsas de consorcio. El cadáver de un gato amarillo descuartizado por palomas obesas.

Y esa luz blanca que quema los ojos.

La gris araña trepa por la boca de su vientre y estalla.

Quizás tenía que ser así.

 

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El sur, Jorge Luis Borges


 El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.
Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil, ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.
A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.
Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de 1a puerta, el zaguán, el íntimo patio.
En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.
A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.
A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.
El almuerzo (un el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido. Mañana me despertare en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario. Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).
El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras. Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.
El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.
En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.
Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado. Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhmann. perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches; como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.
Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.
El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos. como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió. Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.
-Vamos saliendo- dijo el otro.
Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.
Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

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