Dani El Rojo: “Lo más difícil es ser un hombre bueno”


Por  Juan Alonso

Foto: Mariano Espinosa

Voy al encuentro de un ex hampón a la hora del desayuno. Daniel Rojo Bonilla, 52 años, famoso gánster de Barcelona, dejó de picarse cocaína y heroína en las venas hace años y es un escritor consagrado de novelas criminales, donde desgrana la imprudente vida de los errantes que buscan adrenalina al caer por el vacío. Es toda una mañana para zombis y leones que mastican ensaladas. Apurados por el ritmo de los semáforos y el alma medio apretada entre los bolsillos, hay miradas de pánico contenidas por la arena del reloj. Chicas que viajan con las manos en el teléfono celular, apretando teclas en procesión neurótica. Hasta el boletero del subte tiene rostro pálido y ojeras de haber estado la noche anterior en una mesa de black jack.
La noticia fantástica de la jornada es una ballena perdida en el río. En este clima húmedo y algo frío no se divisan aviones. La marea de oficinistas, estudiantes de uniforme, docentes, abogados y cuervos de distinto pico deambula con la carga de los carteros. No hablan de cometas en roce con la Luna. Tampoco de mafiosos de película tan reales como el precio de los lavarropas. Ladrones y ladronzuelos de estilo variopinto y profesión, pasan por el vagón del tren con el tenue fulgor de los sobrevivientes.
Y es extraño que un experto ladrón de bancos, que estuvo preso la mitad de su vida por atracador famoso por su nivel de arrojo y perfeccionismo –podría ser el protagonista más creíble de un guión de Nic Pizzolatto, autor de la serie True Detective-, reciba a estas horas en un hotel de Buenos Aires. “Soy un insomne, yo no duermo, apenas si me acuesto cuatro horas y tomo un inductor del sueño”, dice Dani El Rojo desde su metro noventa. Se llama así porque se considera un anarquista un tanto aburguesado por la modernidad, que tomó su apodo del ideólogo del Mayo Francés, Daniel Cohn-Bendit, a quien por cierto, asegura haber conocido en una piscina.
El lugar donde se aloja “El Millonario” (mote que le colgó la policía) está rodeado de comercios que venden instrumentos musicales. Hay guitarras Gibson a la vista y jóvenes de ojos brillantes en las vidrieras, fraseando pentagramas, obnubilados.
Allí donde los sueños no terminan de morirse, nace la esperanza de este Rojo del ’62, con su cerebro rugiendo, repleto del combustible sello Patti Smith, inmerso en una felicidad fervorosa, que si no fuera nombrada por su elocuencia de gran timador, sería el suicidio de la razón.
“Lo más difícil es ser un hombre bueno, porque malo es cualquiera. Dadle una pistola a un hombre y robará un banco, dadle un revólver a un banco y acabará con la humanidad entera” (se ríe).
“Yo no robaba ni a empleados ni a clientes. Por eso les decía que se quedaran quietecillos, que nadie les tocaría un pelo. Además, el seguro les pagaba a los bancos, no había que hacerse demasiado rollo. Nadie les llevaría sus relojes ni las billeteras con las fotos de sus hijos. Eso no lo hacía yo. Alguna vez tuve problemas con alguno de mis compañeros porque pensaba que la sensación de pánico era la mejor forma de hacer un atraco ya que paraliza a las víctimas y no deja lugar a una respuesta. No era mi opinión: si tú incitas a un hombre valiente, no retrocederá con gritos y estarás obligado a dispararle. Fíjate que los juicios que me han hecho por 150 atracos a bancos imputados nunca nadie me acusó de haberle maltratado. Los testigos declaraban a favor mío y hasta decían que era un joven educado. En mi foja de delincuente no hay un solo delito de sangre, cosa que me enorgullece. Eso no significa que sea Cristo”, aclara El Rojo.
Dani agita con sus manos de jugador de básquet y sus ojos dan vueltas como apretando el obturador de una cámara imaginaria que captura la mente de los espectadores de su discurso.

–¿La idea era vivir para contarlo?
–Mira, todos los personajes de mis libros fueron tipos como yo. Buscaron vivir tan rápido que la mayoría de ellos terminó muerto. Fueron delincuentes, adictos a las drogas y al alcohol. De mis amigos, la mayoría ha muerto, son 145. Pero les debo respeto. Entonces, en mis libros no están sus nombres reales ni las situaciones tal como sucedieron. Se me ocurren hechos graciosos, desopilantes, porque no todo en la vida tiene que ser un drama. Por ejemplo, mi personaje Hugo El Tiburón mata a un tipo y lo deja a un costado del camino, pero al atropellar a un perro, lo carga en el auto y siente culpa. ¿Por qué lo conté así? Esas cosas suceden.
–¿Te sentís un escritor?
–No, que va, soy un atracador  que narra. Soy un narrador y soy un hombre feliz. Mi mensaje no es una apología de las drogas y del delito. Tengo una mujer que me ama, Eva, y dos mellizos de seis años (una niña y un niño) que son la luz de mis días. Me alegra despertar y poder gozar la alegría con ellos.

Tengo HIV por el consumo de drogas duras por las venas y no me daban ni un mes de vida, pero aquí me tienes lleno de ganas de hablar con contigo y contento de estar en la Argentina, donde tengo tantos amigos adorables como Messi y Calamaro (ver recuadro). Me recuperé de un cáncer fulminante de hígado, aunque si me invitas un trago de whisky añejado de 30 años te acepto la copa.
–¿Cuál es la situación más peligrosa que viviste?
–Pasé por muchas, principalmente en la cárcel. Porque la primera vez que entré después de robar con unos amigos el primer banco a los 16 años, resistí la tortura y no entregué a nadie. Dos de mis cómplices eran pequeñitos y se hicieron pasar por clientes del banco. Iban vestidos de mujer. Entramos con pistolas de fogueo. Al distraerse los guardias, estos chicos les tomaron las armas reales. Con los 38 en las manos comenzó el verdadero atraco. Llegué al penal con una cadena de oro en el cuello. Me pusieron en una celda con otros dos jóvenes y en mitad de la noche nos quisieron robar unos presos con la cabeza tapada con pasamontañas, hechos con las mangas del jersey. Entonces yo, que estaba en la cama de arriba, le caí a uno y de un solo puñetazo lo arrojé del primer piso.  Hice lo mismo con los otros. En ese momento me llevaron los guardias y me dieron una paliza de la hostia. Golpes en el hígado, el estómago, la cara, bolsa en la cabeza, que viene y que va. Lo que pasaba era que no sabía que había que estar con las manos detrás y no dirigirle la palabra a “la autoridad”, que eran estos guardias instruidos en el franquismo.
Así que después de pasar más de un día en esas condiciones, me llevaron de nuevo al pabellón donde estaban los que me habían querido robar. Y si tú vienes a robarme, te advierto que eres mi enemigo declarado. Pero estos tíos me pidieron disculpas, me dijeron que no sabían quién era, que me conocían como El Millonario en Barcelona, porque les vaciaba la venta de drogas y dejaba a los yonquis con poco. Me cargaba hasta el último papelillo que tenía el dealer.  Imagínate que siempre iba armado. Compraba a por las buenas o malas.
–¿Cómo empezaste a robar?
–Por la cantidad de drogas que consumía. Me llegué a inyectar 12 gramos de cocaína y otros tantos de heroína por vena. Comencé robándole pequeñas cantidades de dinero a mi padre. Me acuerdo de que había salido el billete de 5000 pesetas, le sacaba uno todos los días y esperaba la reacción, pero él no me demostraba nada. No teníamos una buena relación. Y es de comprenderlo porque no era un joven fácil. Fui rockero y drogadicto. Por esos primeros años, a los 13 o 14, conocí a “Loquillo”, el cantante José María Saenz Beltrán, que incluso pasaba los veranos con nosotros. Éramos fanáticos de los Rolling Stones, de Lou Reed, de todas las bandas británicas y norteamericanas. España vivía una agitación política y cultural impresionante que creció después de la muerte de Franco en 1975. Esa fue mi juventud de estados alterados, muchos atracos, drogas, amigos y putas. Con el correr del tiempo tomamos caminos distintos con Loquillo, él se dedicó a la música y yo me hice atracador.
–¿Cómo fueron los primeros robos?
–Pues donde existiera el sonido de una caja registradora, allí estaba yo. Era capaz de realizar varios atracos en un solo día. Andaba en una moto Vespa y con la sola presencia me bastaba. Mi padre me echó de casa a los 15. Y para mí lo importante es la convicción, no la violencia. Los primeros objetivos, digamos, fueron farmacias y almacenes.
–¿Qué querías ser?
–Quería ser como mis ídolos musicales. Como David Bowie, los Stones, todos ellos hablaban de drogas en sus canciones, y como siempre fui un impertinente, seguí el camino más corto y sobreviví para poder contarlo. Lo quería todo y el mundo me pertenecía. Así que hice muchos méritos para estar muerto. Me gustaban el hachís, la marihuana, la heroína y la cocaína, y no pude parar más de picarme durante 35 años. “El mono”, el viaje aquel dirían ustedes aquí, me duró 35 años. Me la pasé toda una vida robando y drogándome. Llegué a realizar unos 500 atracos en mi historia de delincuente. Pero siempre respetando los códigos.
–¿Hay una moral del delito?
–Claro que sí. En mi banda éramos hermanos. No importaban las edades y los roles. ¿Sabes que lo sucede? Cuando te juegas la vida con tu amigo no hay nada que pueda romper ese lazo. Lo compartíamos todo. La comida, los robos, los autos, el dinero, la fiesta. Claro que hay códigos y son fuertes.

El Rojo tiene calor con el saco puesto. Salimos a fumar a la vereda del hotel. A Dani le fascina Buenos Aires. Pita su tabaco y piensa. “No puedo negar que soy un hombre feliz”, murmura.

–¿Y si te digo que eres feliz porque nunca dejaste de robar y esto no es un trabajo para vos?
–Lo tomo como un piropo (sonríe). Soy un atracador que se dedica a narrar. Los músicos me adoran. Messi es un encanto. ¿Qué más puedo pedir? Esta vida es preciosa, tío. «

Películas

En su nueva versión como actor, Daniel El Rojo actuó en dos películas. Una de ellas, Anacleto, se estrenará en España el 4 de septiembre. Allí hace de un agente secreto. Su último rol es el de un mafioso consumado, “un hombre malo como el que fui”, cuenta Rojo. Se trata de Secuestro, “un thriller muy negro”, se ríe el ex ladrón.

Amigo de Calamaro

Como todo hombre, Daniel Rojo tuvo que reinventarse para sobrevivir. Luego de estar preso por última vez desde 1991 hasta 2000, y tras la muerte de su hermano mayor, Dani llamó a su antiguo amigo del rock, Loquillo, para pedirle trabajo. Así conoció el mundo del espectáculo desde los escenarios y la intimidad de los artistas. Fue manager y encargado de seguridad de Enrique Bunbury y Andrés Calamaro, de quien se considera “un amigo leal y sincero”. El lazo con Calamaro lo llevó a conocer a Lionel Messi. “Trabajé con él y lo quiero mucho, es un ser adorable”, cuenta.

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Nota publicada el 10 de agosto de 2015 en el diario Tiempo Argentino

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La conexión entre Nisman, “Jaime” y Lagomarsino


Por Juan Alonso

Editor de Policiales de Tiempo Argentino

Eran tiempos en que Natalio Alberto Nisman no lucía prolijo y atildado con trajes caros modelo 2015. Un poco excedido de peso y de paso titubeante solía entrar a la Rosa Negra con inseguridad. La única salida ocurrente para sostener su ego era contar sus historias de vértigo alucinante, arrojándose en parapente en Luján y Lobos. Los jueces, fiscales, secretarios y prosecretarios de juzgados –todos compañeros- lo tomaban para la chacota y en verdad nunca creyeron que aquel hombre de bigote y algo entrado en kilos llegaría a convertirse en fiscal de la República. Y mucho menos, que su nombre fuera usado como una pancarta de la oposición rabiosa contra el gobierno.
Tenía una característica fundamental Nisman. Era competitivo y ambicioso. Soñaba con ser juez. “Apenas podía ser un médico clínico un tanto difuso en los diagnósticos, pero nunca un cirujano del cerebro”, grafica un juez que lo conoció. Dice que el Senado nunca hubiera aprobado su pliego como magistrado porque no reunía las condiciones básicas: conocimiento profundo del Derecho y un rasgo nada desdeñable; una personalidad estable.
Sin embargo, controló a discreción un presupuesto de 34 millones de pesos durante diez años en la Fiscalía Especial AMIA y contrató a empleados “especiales” con salarios de 33 mil y casi 42 mil pesos. Como todo narcisista en crecimiento, por momentos la soberbia lo anulaba. Y se creía un soldado caído del cielo para salvar al mundo de todos los males, asociado él mismo con una parte importante de esa gran mancha de oscuridad.
Nisman se ocupó de anudar lazos con los principales referentes de la comunidad judía de la DAIA, algo así como la Asociación de Magistrados de la colectividad. Y eso le abrió las puertas al entorno del ex juez Juan José Galeano, primero; y después a los ex fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia. Nisman llegó a ser el tercero en la línea.
A mediados de los ’90, fue más que un simple testigo en el diseño de la operación para endilgarle la responsabilidad de la llamada conexión local al antiguo vendedor y desarmador de autos, Carlos Telleldín, y al ex comisario bonaerense, Juan José Ribelli. Ambos estuvieron presos más de diez años, hasta que la causa se desmoronó como un castillo de naipes y ahora comparten el ejercicio del derecho penal.
“Soy exitoso igual que antes”, se jacta Telleldín. “Siempre fui el mejor en lo mío, no necesitaba esos 400 mil dólares que me dio la SIDE para incriminar a Ribelli, fui coaccionado y ustedes nunca lo dicen, nunca”, se queja.
El lazo que unió a Nisman en matrimonio con la jueza federal de San Isidro, Sandra Arroyo Salgado –que solía lucir un crucifijo gigante en el pecho- fue como toda construcción amorosa. Nisman buscó en el otro su propia carencia.
Arroyo Salgado es una mujer de carácter. A su alrededor hay 20 custodios de la Policía Federal que la siguen a sol y sombra.
Tiene a su cargo dos juzgados federales, el 1 y el 2 de San Isidro, y en los últimos meses casi no firmó expedientes y se niega a tomarse licencia después de las vacaciones en Europa con sus hijas y la trágica muerte de su ex marido. Ella augura nubarrones con la oscilante pesquisa de la causa. Por eso, designó al mejor forense de la Argentina, Osvaldo Raffo. Quiere saber qué pasó aquel domingo fatídico en Le Parc.
Pero hay que recordar que en las manos de Arroyo Salgado todavía duerme la causa por la presunta apropiación ilegal de los hijos adoptivos de la dueña del Grupo Clarín, Ernestina Herrera de Noble. Arroyo Salgado nunca dio un solo paso para esclarecer ese episodio que no prescribe porque la posible supresión de identidad está considerado un delito de lesa humanidad. El trámite de adopción de Marcela Noble Herrera y Felipe Noble Herrera tendría los rasgos de la impunidad adquirida por los años de plomo en sociedad con Jorge Rafael Videla en mayo de 1976.
Algo que Nisman conocía muy bien. Intervino en la investigación sobre la ejecución de dos militantes del Movimiento Todos por la Patria tras el copamiento del Regimiento de La Tablada, en 1989, sin demasiado compromiso. Después de todo –creyó- según quienes lo conocieron, esos jóvenes habían errado el camino para obtener justicia por un sendero sin retorno.
Mientras él y Arroyo Salgado estuvieron juntos convivieron siendo funcionarios judiciales. Más allá de los problemas que puede tener cualquier matrimonio –peleas y discusiones- las fuentes relatan que llegaban a dirimir rencillas constantes hasta por los empleados que cada uno contrataba. Dicen que jugaban un ajedrez perverso centrado en la dominación del adversario.
En ese clima espeso llegó al despacho de Nisman un muchacho inquieto y perspicaz, Diego Alejandro Lagomarsino, experto en informática. ¿De la mano de quién? Las fuentes (un juez y un fiscal) deslizan que de un temido visitante del fuero federal: el ex jefe de Contrainteligencia y Operaciones de la Secretaria de Inteligencia (SI), Antonio Stiuso, “Jaime”.
“Te presento a este pibe”, le habría dicho a Nisman y Lagomarsino se pegó a su lado como una ventosa. El fiscal compró la oferta porque creía con ceguera en todo lo que le decía el espía preferido de la CIA en el sur del continente.

Los que conocieron en vida a Nisman, aseguran que tenía una extraña fascinación por el trabajo de los espías nacionales y exntranjeros. Y entre fiscales y jueces no faltan quienes lo vinculan con dos de los servicios de inteligencia más eficientes y poderosos del planeta: la CIA y el Mossad.
El cuentito de que Lagomarsino le arregló una computadora a una jueza de instrucción y de allí apareció recomendado en el despacho de Nisman parece el relato del lobo disfrazado de cordero. Sucede que esa clase de corderos por lo general muerden en la yugular. Están programados para la simulación.

El fundador de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), Marcelo Saín, definió a Lagomarsino como un joven “canchero” que lo visitó hace diez años para ofrecerle “servicios de espionaje” sobre una presunta banda narco del distrito de Lomas de Zamora. ¿Quién se lo presentó a Saín? Un subcomisario de la Policía Bonaerense con buena llegada también al sector de la (SI) que controlaba las escuchas judiciales, la central “Ojota” dominada por el antiguo  “Sector 85” de la guardia personal de Stiuso.
Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero al temerario espía que vio pasar presidentes como colectivos llenos. Un día se apareció por el despacho de un juez y le soltó esta frase antes de bajar las escaleras. “Ah, doctor, ahí le dejé un regalito, me lo agradecerá…”.
El juez, perplejo, llamó al número 2 de la entonces SIDE y le avisaron que en uno de los pisos del edificio de 25 de mayo, frente a la Casa Rosada, lo estaban escuchando. Stiuso le había colocado un micrófono en su despacho.
¿Cómo terminó el insólito asunto? Con otra visita de Jaime.
-Dígame Stiuso, ¿por qué no me saca eso que me trajo, porque en algún momento va a perjudicar mi trabajo como juez.
-No hay problema.
El ingeniero Stiuso estiró el brazo y extrajo del lomo de un libro de consulta lo que llamó “un pequeño juguete” imperceptible al ojo del neófito.
“Ya está”, se limitó a decir. Guiñó un ojo y se fue. Así es él.
La próxima vez que el juez lo vio fue durante un viaje que realizaron juntos por el exterior detrás de la pista de una organización narco con conexiones en Europa y Estados Unidos.
Jaime se jactaba de sus vínculos con la DEA y la CIA. Una vez estuvieron en un centro de escuchas en Los Ángeles, California. Cuentan que Stiuso se reía cuando los técnicos de audio estadounidenses transformaban la voz del magistrado en imputaciones graves captando exactamente el tono de su voz, pero transformando radicalmente el sentido de sus palabras.
Es decir: el juez podía estar diciéndole que quería cenar con vino blanco, pero los chicos formados en Langley lo hacían pronunciar palabras como “explosivos, bombas y atentados”. Era enloquecedor todo aquello.
Jaime jamás ostenta esos viajes. Con algunos jueces siempre preservó lo que llama “códigos”. Claro que son sus propios códigos. Alguien puede ser “amigo” y transformarse en “enemigo” con el chasquido de un dedo. Y ahí la cosa se pone tenebrosa.
“Conmigo siempre se comportó como un caballero. Nunca me perjudicó en nada. Al contrario, su trabajo era ciento por ciento eficiente, muy profesional”, dice el juez. Y no miente. Stiuso sigue los casos hasta el final. Pero con una advertencia: cree sólo en sí mismo.

Los policías le importan nada. Tiene una carpeta para cada uno y para él son apenas aves de cornisa. Hace más de diez años su grupo pretoriano se tiroteó con los hombres de la Unidad Antiterrorista de la Federal durante un decomiso narco en la provincia de Buenos Aires. Fue cuando Jorge “El Fino” Palacios insinuó hacerle sombra. Eso era inaceptable para su lógica. Así que Palacios se tuvo que limitar a formar La Metropolitana de Macri y está procesado por el supuesto montaje de un sistema de escuchas ilegales.

Valga la paradoja del destino, hoy La Metropolitana “lo cuida” a Jaime. Y él se divierte. Toma sol. Es un planificador nato, un estratega, hábil manipulador de los sentidos. Lo que no prueba con la ciencia, lo transforma con alquimia.
Así fue que construyó a Nisman en un héroe de la democracia. Llevándolo de la mano a un callejón sin salida la noche sórdida del 17 de enero en Le Parc.

El dato

En su apogeo, la ex SIDE de los ’90 manejaba una caja de 1.400.000 dólares por día.

Lorena Martins: “Si Jaime tiene problemas, mi viejo lo va ayudar”
Lorena Martins, la hija de Raúl Martins, un ex agente de la SIDE, que está denunciado por liderar una red de trata y explotación sexual de mujeres, le concedió una entrevista a la periodista Mariana Moyano en Radio Nacional. La mujer que vive en España cuenta que desde que denunció a su padre entre 2011 y 2012, su vida se transformó en una auténtica pesadilla. Advierte que Martins conoce a Antonio Stiuso y que podría darle cobijo y ayuda en el exterior. “Viví amenazada con la sensación de que me iban a matar en cualquier momento. Mi denuncia cayó por conexidad en el juzgado de María Romilda Servini de Cubría, pero no avanzó, no querían que avance. Hoy se está hablando mucho de la SIDE, pero no saben quiénes son estas personas. No son de ahora. Estos tipos hace 40 años que están en la SIDE. Son tipos que empezaron con la dictadura. Mi viejo, Jaime y El Lauchón Viale (acribillado en 2013 en su casa de La Reja por un comando del grupo de elite Halcón) entraron entre el 72 y el 77. Se conocían perfectamente. Todos están involucrados en un montón de cosas. Me enteré que mi viejo era SIDE a los cinco años y me fui de mi casa a los 20. Me divorcié, volví y me di cuenta de que era convivir con el delito las 24 horas. Hay que convivir con una chica víctima de trata que te abraza y te dice que la ayudes. Yo lo empecé a enfrentar. Y por más que sea mi viejo, cuando te enfrentas a la Mafia es muy jodido. Es capaz de matar a la hija”.
Cuando Moyano le preguntó a Lorena sobre Stiuso, la mujer no dudó: “Si Jaime tiene problemas, no tengo dudas de que mi viejo lo va a ayudar. Puede salir y entrar por las Islas Caimán, por Belice, sin ningún problema. Mi papá es multimillonario y tiene impunidad. Todos ellos son millonarios”.

Todos los derechos reservados: leyendadeltiempo.wordpress.com, autor Juan Alonso.-

La tormenta


Iba en tacos a todas partes. Una vez cayó enfundada en alcohol en el bar donde miraba la ventana escuchando a nadie. En la pantalla gigante estaban pasando un partido de tenis y sonaba Santana.

Llevaba entre la melena un toque de maja egipcia que sacó del ajuar de su madre loca. La noche empezaba a alargarse entre sus ojos centelleantes y la lluvia caía por los surcos de su cara. No quedaba tiempo. Había capturado la naturaleza en una botella y un rayo salía de su boca propagando vientos y tempestades.

“Quiero lo que estás tomando”, dijo.

Se quedó parada unos instantes con la punta de los pies golpeando nerviosamente las patas de la mesa. Apoyó el culo en el asiento, cruzó las piernas y encendió un cigarrillo. Lanzó una mirada amenazante.  La nena que tenía dentro le brotaba por todos los poros. Quería lo que siempre estuvo perdido. El sonido de los trenes se escuchaba lejos.

Después de unos minutos de silencio lanzó una risa histérica con el segundo sorbo. Y comenzó a deshilacharse como una marioneta. “¿Qué voy a hacer con vos?”, preguntaba.

Al segundo cigarrillo intentó ponerse el piloto que había arrojado sobre el respaldo. El rojo furioso de sus uñas se hacía mármol entre los dedos largos y finos. Se levantó apoyando los dos puños sobre la mesa. Apuró el paso llegando a la vereda y se metió en el auto. Bajó la ventanilla y me lanzó la última amenaza de hiel con sus ojos furiosos. Pasó en tercera y desprendió una bocanada de humo con desidia. Se perdió para siempre en la tormenta.

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Antibalance


Estoy en contra de los balances. Así como desprecio a los contadores y a los notarios. Porque estas son fechas en que las gentes hacen balances. Amontonan recuerdos del año y los colocan en una pira para prenderlos fuego con cierta inoculada frustración.

Soy el mono que no hace alianzas.

Creo en lo que perdura porque está hecho con amor.

Estas fiestas nos ponen frente al espejo de lo que somos. Por eso nuestra impotente incomodidad de pararnos de cara a nuestros seres amados: uno se forjó hombre bajo la luna de la familia propia. Nuestro origen de la ideación de todo un mundo extraño. La sombra de la sombra.

La misma costilla.

Tenemos que aprender de los viejos. De los nuestros. Una de las cosas mágicas que llevan encima es el poder del silencio y de la mirada. Un rayo de sabiduría y misericordia. Llevan el blanco del ojo moldeado en la virtud de la bondad. Son risas que no cuestan plata. Los momentos felices nunca se pagan con nada.

Estoy en contra de los balances pero a favor de los deseos. De esos que suben por la ladera desde el fondo de los sueños. Los que van escalando piedras para transformarse en cometas. Vuelan los sueños con nosotros y somos niños enamorados, corsarios del infinito. Sabelotodos del fracaso para volver a levantarnos con los mocos en la mano.

Una rodilla rallada, dos zapatillas blancas, remeras rojas a rayitas finitas, en colgajos, cargando leña en la panadería de los gallegos.

Una rata haciendo nido, chillando en el tirante. Arde el fuego del horno. Es invierno. La orfandad perdura como perdura el encierro de la finitud. Somos lo que pudimos aprender a reconstruir de la caída y la redención. Porque anhelamos eso y olvido. Ventanillas de trenes que pasaron. Personajes en el escenario de vivir.

Van los cometas trazando círculos en la noche negra y brillante. Las estrellas donde están tus juguetes y los míos. Esta calesita nunca para de girar. Y todo aquel que gozó de la libertad verá caer la luz con el día. Siempre habrá un nuevo día, incluso, cuando ya no estemos para contarlo con anudada desesperación.

Acorralados en la finitud. Por eso me gustan las cosas simples. El abrazo de un hijo y el amor compartido.

Dos copas en la paz de barro de una risa. Allí donde anida el ojo color azul celeste de la princesa del tiempo. La misma que hace brillar diamantes con los surcos de su mano extendida.

Ella no se deja ver por los notarios. Aparece en noches como esta donde todo está por morir para nacer de nuevo.

 

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Domingos


Por Juan Alonso

La gente se muere los domingos mientras muerde algún sueño. De cara a la ventanilla de los trenes, en los andenes de los subtes, en las paradas de los colectivos, lejos de la infancia, rozando el límite de las palabras. El lugar donde habita la desmemoria.

La gente se muere de espera.

El día en que la recaudación es para los taxistas, dos amigos hacen el último viaje al Hipódromo de San Isidro. Después se matan en la Panamericana justo cuando el sol es tapado por una lonja de sombra.

Nada y todo puede suceder en un minuto. Así es que los viejos, aprendiendo del paso de los años, hablan con la mirada. Porque la voz es un nacimiento precioso, que no debe malgastarse en tonterías como escribir esto, por caso.

El tipo no se sienta nunca en la primera fila. Se acomoda la campera de nylon y mira con el rabillo del ojo al pibe del asiento. Puto de Plaza Italia con paso sigiloso. Buscón de cualquier pija.

La madre y la hija con bolsas de zapatillas nuevas, en un intento por capturar la juventud y la posesión de lo imposible.

La pesadilla de la nada en una báscula de tiempo.

Avanza el tren. La gente muere de mala suerte.

Hay rostros que no pueden dibujarse: se estrellan contra el lápiz esos ojos rapaces. Andan por los bordes, son  monstruos con cola de lagarto. Hablan para sí mismos a través de su boca siniestra. Familias atropelladas dentro del falso confort de la 4×4. Mejor cinco Disney que un barrilete. La carrera ascendente del consumo.

La gente elige los domingos para destriparse. Borrachos de vino hasta el culo del vaso. Infelices de pizzería. Se ríen de los goles que hacen siempre los demás. La cultura del estruendo y de la máscara. Semana de bodegones con Nike. Andinistas que ni siquiera pueden escalar su propia conciencia.

Hay una anciana que tiene la manía de imitar el sonido de los pedos con la garganta. Con lo que le queda de la garganta. Y otra que llama insistentemente a su abuela muerta. Domingos. Juliana las escucha mientras teje y toma el jugo de naranja. Su compañera, Teresa, sale a las diez con las sobras de la cocina. Milanesas de pollo y fideos con estofado. Llega al cruce de Bernal pasadas las 11. Hace 500 metros hasta la casilla. Los pibes que están de caño no le dicen nada. Pero ella los ve y tiembla. Fantasmitas del paco con la vida rifada. Ella sabe que la matarían con gusto por un solo gesto. Y pasa.

La maestra le tiene pavura a esa esquina. Cada vez que ve un pibe moqueando mierda, el corazón le da un vuelco y quisiera ser otra. Una mujer distinta, menos careta, menos histérica. Después se saca las botas y se arroja a los brazos de su marido. Espera la noche para dormirse. Habla de Lacan pero no puede levantar los pies del miedo escénico.  Pero eso sí, es madrugadora y troza el pollo muy eficientemente los domingos, cuando los pasos de su madre la acosan y la estela de esa voz se quiebra al golpear la ventana de la cocina. Y ella observa el fondo del fondo con su mirada celeste de hielo transparente, para volver a encontrarse en ningún lado. Anda triste y tierna. Escapando.

Vivir no es fácil. Por eso hay tantos suicidas los domingos.

Puchito arrancaba desde Paraná y Maipú y hacía 45 cuadras chupando colillas hasta Villa Adelina.

Carlos probaba promesas del fútbol y murió tuberculoso.

Jano terminó jugando a las cartas con su memoria de pajarito. El amor o lo que creyó amor lo dejó partido en dos hace 25 años y ahora que es viejo no sabe ni atarse los cordones. La baba le cae por la comisura de los labios cuando dice “mellizo”.

¿Para qué carajo le sirvió el taco del billar?

Polonia era la vieja más buena y la encargada de los mandados. Pero desde que se quebró la cadera su mente viaja al desierto y casi no habla. Cuenta paisajes con la mirada blanca, mientras su cuerpo abandona este mundo con desconcierto. En el cajón de la mesa de luz atesora la foto de su hijo y una medalla milagrosa. “Se deterioran con los años”, cuenta Teresa, en la penumbra.

El año pasado murió la cantante de tangos. Tenía casi 100 años. Y el anterior el lustrador de zapatos de Santa Fe y Agüero, Chiquito”. El pobre se cayó del 6 piso y se rompió la crisma. Le quedó el cerebro pegado a la bosta seca de las palomas. Debajo de la lonja de sombra. En el avistamiento de un sol gris, con el parpadeo de una mariposa trepidante. Así de frágil puede ser la vida los domingos.

¿De que le sirvió guardar las monedas?

Dejó una billetera vacía con la imagen ajada de Bertoni y un radio roja sin pilas.

A Lucho le fue mejor y sale a imitar a Lennon por los clubes. Tiene una hija, una mujer, algunos amigos, que lo abrazan cuando la música no brota. El piano suena como la cancioneta de Don Luis, el tano que salía con el acordeón a atrapar la felicidad.

Y lo lograba.

La gente busca palabras. Se exprimen como limones.

El sonido de un cascotazo en una terraza vacía. Un disparo mortal a la medianoche. El sexo de una mujer hambrienta.

La mirada de la humanidad es limitada.

Usas alcohol en gel después de echarte un polvo.

Al despertar puede que estés muerta. O muerto.

Será uno de esos domingos en que los fantasmas salen a recorrer el viento con una red de arrastre.

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Antes de que cante el gallo


Hoy te escribí tres veces y no te negué. Me dormí pensando en la oscuridad brillante de tu mirada. En tu voz de terciopelo azul. Pensé que valía la pena pronunciar dos palabras, hacerme un café cargado, escribir con sujeto y predicado, dejar el Bourbon por el agua saborizada con vitamina C, que me vende mi amigo Wally, empezar a caminar tres kilómetros sólo para explorar lindos bares. Nadar. Y pensar en nada, con la jeta en la ventana abierta. Boludeces. Porque hoy te escribí tres veces y no te negué. Salí a buscar el diario y a ponerme debajo del sol, con un disco de Santana tocando en vivo en Montreal. Hay un mendocino que vive allí y que conocí en La Habana, un atorrante de fe encauzada en la nube del dinero rápido. No es mi fe. Ni la será. No soy ortiba. ¿Viste?  Lo escribí bien.

Y cantó el gallo y no te negué. El amanecer me tomó por asalto y sobreviví. Me hice macrobiótico de la papa frita y la fresca yelada. Adicto al lenguaje de señas para dejar que la música hable por sí misma. Me nutro de Morente y su espíritu me canta en los sueños y hasta creo que puedo ser más feliz si logro entender mejor.

En esta mañana blanca escucho tu latido desde acá. Tu corazón marcha rápido como un caballo rodeado de toros sangrantes. Tenés a un torero encima. Y ni siquiera es tu amante ni tu amigo ni tu jardinero. Es la sombra que saca a pasear al labrador. Una mano para una correa. Pero te comprendo. Yo también llevé la correa y fui una sombra.

Te dije que hoy te escribí tres veces y no te negué. Mi vecina anciana dice que soy un despelote andante porque le pongo Almafuerte a las 10 am y mis amigos se cagan de risa con los videos de Capusotto, estirando la nada. Mezcla de toro y pampa con pan pa mojar el jugo. Y así pasan las horas y el tiempo vuela como los barriletes. Esperando el otoño por eso de los guisos. Maradona dixit.

Pero no quiero hablar de amor. Te escribí tres veces y no te negué. Pedro me habló por debajo de la puerta. Me arrojó un sobre papel madera con los mandamientos del deseo. Y en eso estoy: andando entre la pulsión y el síntoma, diría un psicoanalista de Villa Freud que se mudó a Barcelona, pero para cegar las genialidades de Messi.  Anoche, un amigo me llamó Iniesta. Por la pelada será.

Te escribí tres veces y no te negué. Junté todos los papelitos con tus direcciones equivocadas. Los números que no eran y con los que jamás seré Remo Augusto Erdosain para ganarme una fortuna apócrifa. Los libros en el andén del tren. La exquisita luna que remontaba su luz sobre tu cabellera ondulante. Mi rosa de cobre con berretín de millonario de las medias de caucho

Ya superé la etapa de los velos y voy por el sendero descalzo: sé que te escribí tres veces y no te negué. Fui a pintar tu nombre falso en el paredón de la cortada. Dejé una letra, una sola letra, para que la veas al pasar. No está en mercado libre ni en internet.

Ahora caminamos en . Hay jazmines y flores blancas y nieve. Vos andas de campera de cuero rojo y escucho tu boca que besa.

Por eso, y porque sos una gema, hoy te escribí tres veces y no te negué.

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Navidades


Quisiera que llueva y que el agua se lleve lo que sobra y sólo deje los amarillos girasoles en el viento.

Despertar en un mundo nuevo, regido por el amor y no por el dinero. Una montaña colorada de mil años de antigüedad en mi ventana y no una torre de ladrillo donde antes había una casa de 1930. Y tocar una piedra calada por un artesano ciego, inmune y con la fe todavía intacta. Acariciar el surco de esa piedra y arrastrarme a la tormenta por el lecho del río, con el sol ardiendo por el este.

Y no volver atrás.

Se hace noche el día y corren furiosos hambrientos de gula. 

Prefiero el asado de mi viejo: era crocante, jugoso, y me alimentaba el alma. La sabiduría de lo simple.

Ese chasquido seco de la pelota de cuero cuando estaba húmeda y pegaba en el travesaño de la canchita de Siemens. Prefiero el grito de un gol que siempre está por llegar. La ilusión a la muerte. La vida apasionada a la espera. La acción. El amor en todas sus formas y manifestaciones o la guerra más cruenta y prolongada. Pero en el medio, en el medio me congelo.

Quisiera que mi hija pueda vivir en un mundo más justo del que me tocó.  Que vea la rosa en su tallo en los siete amaneceres.

La pureza de la música, la poesía, el beso que perdura, la caricia en esas lágrimas cuando llora. Vivir, siempre vivir pese a todo.

Le enseñé a caminar y anidar en el amor. Le dije que nada era para siempre. Y entre nosotros hay un lazo secreto que no se cortará ni siquiera con el final de la vida. Ojos de cielo y manitos de princesa. Para vos la paz y para vos la belleza.

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