La ejecución


Por Juan Alonso

Pablo Ramírez estaba sentado sobre el piso de cemento con los brazos esposados desde atrás. La mirada del verdugo se posó sobre su rostro y sintió ganas de vomitar, de cagarse encima. Su cuerpo comenzó a temblar como sólo tiemblan los que saben que van a morir. El verdugo con ojos de pez y una leve joroba se subió los pantalones, que le llegaban a los bordes del culo, y tomó el arma que estaba en el mostrador de la caja de herramientas.

Afuera el cielo era violeta como algunos inviernos de la Patagonia. La camioneta avanzaba sobre el ripio y las ovejas parecían inquietas. El infinito se achicaba a medida que recorrían el camino, pequeñas piedras volaban hacia los costados y el polvo de la tierra seca producía que los ojos llorasen solos. Nadia se asomó por la ventanilla y vio aquel galpón, tres camionetas, un auto destartalado, un sereno durmiendo en la casilla de vigilancia con una pequeña radio roja sobre la mesita de plástico. El viento arreciaba y golpeaba la puerta, pero el sereno dormía, o parecía dormir apoyado sobre su lado izquierdo. En la radio sonaba el relato de un partido de fútbol local.

El perro de Ramírez, atado a una de las camionetas, lloraba como un lobo bajo una luna de sangre. Víctima y verdugo se miraron a los ojos. Un instante fugaz sin futuro. La primera bala se incrustó en el ojo derecho de Ramírez, que se volcó en un leve estallido agónico. Su perro lanzó un llanto furioso que atravesó la estepa y enseguida sobrevinieron los ladridos, la rabia brutal, la desesperación por romper la cadena de hierro y salir a matar a todo a quien estuviera parado ahí con el pobre de Ramírez.

Nadia escuchó un chasquido en el horizonte, el sonido de un cuervo en la penumbra. Su marido venía pensando en otra cosa. El lunes tenía que pagar la décima cuota de la hipoteca del campo y le dolía la rodilla. Nadia le dijo: “¿No escuchaste eso?”. Se miraron. La camioneta daba la ilusión de alejarse de alguna parte.

El segundo tiro fue en la sien. Un chorro de sangre se desprendió de la cabeza de Ramírez. No había pronunciado ni una palabra. El verdugo dio una vuelta completa alrededor del cadáver y se quedó mirando su obra. Lanzó un escupitajo al suelo y fue a buscar una bolsa y un trapo de piso. El perro seguía ladrando. Una baba espesa salía de la boca del animal y era de un amarillo fosforescente. La cadena de hierro le había hecho una herida en el cuello y tenía los ojos desorbitados por la furia. El verdugo ni lo miró. Lo que quedaba del sol naranja presagiaba la inminente llegada de la noche.

Nadia insistió: “¿Cómo que no escuchaste? Pareció un balazo”. Su marido hizo un gesto de fastidio y puso cuarta con la vista fija en eso que él definía “adelante”. La mujer comenzó a morderse las uñas y se asomaba sin lograr divisar otra cosa que no fuera su propio miedo.

Ramírez intuyó el final. Su amigo Norberto le había aconsejado que no fuera al encuentro del mecánico a cobrar aquella maldita deuda. Porque una deuda en un pueblo se paga con el simple saludo y un kilo de pan casero y una botella de vino. No valía la pena. ¿Qué cosa podría valer la pena? Pero Ramírez era terco y se aventuró en un lugar desconocido: la casa del odio no recibe bien a las visitas. Un extraño allí  tiene destino de calavera.

El primer corte es para separar algo parecido al matambre de la vaca, el segundo marca el azotillo, el cogote del animal, que se desprende con una sierra. Después se puede dedicar al costillar y a la falda. El cuarto trasero de la oveja es fácil de marcar y desmontar, porque no es tan pesado como otros. En eso venía pensando el verdugo, en sacrificar una de esas ovejas del ripio para hacerse un asado con su mujer e hijos, cuando su levitación mental fue interrumpida por el ladrido del perro de Ramírez. Tomó la extensión del cricket y le asestó un golpe en el lomo que literalmente lo quebró. Después empuño el arma, acercó el caño y efectuó el tercer disparo que se evaporó en el viento sur.

-¿Y ahora qué me decís?- Le dijo Nadia a su marido.

-Será un paisano medio borracho.

La oscuridad de la noche comenzaba a inundar el paisaje de lo aparente. Nadia seguía inquieta. Su pareja, indiferente.

Dos kilómetros atrás, el verdugo colocó el cuerpo de Ramírez en dos bolsas y se dirigió a una de las camionetas. Usó otra bolsa para el perro. Estaba tibio cuando lo lanzó atrás como quien se desprende de la basura.

En ese instante, una lechuza se desplomó del cielo. El ratón que perseguía intentó esconderse a unos metros del galpón. El verdugo salió con la linterna para alumbrar su faena. Arrimó un bidón de nafta y en el momento en que buscaba las llaves, el pájaro hizo un ruido excitado por el ratón entre su pico. El verdugo vio la escena extasiado y movió la comisura de los labios como buscando un cigarrillo para pitar. Dos asesinos distintos se contemplaban en silencio antes de marchitar los huesos.

Ya en su casa, Nadia pensaba en una tarta de manzanas.-

leyendadeltiempo.wordpress.com

Anuncios

La muerte como atajo del relato de la vida


Por Juan Alonso

La muerte encierra un misterio que inquieta a la humanidad desde hace siglos. Muchos creen que se trata de un nuevo comienzo y para otros es simplemente el fin.

En su ensayo de 1912, Miguel de Unamuno reflexionó sobre la imposibilidad de aceptarla. En uno de sus párrafos, escribió: “Acaso la enfermedad misma sea la condición esencial de lo que llamamos progreso, y el progreso mismo una enfermedad.”
De ese “progreso”, entonces, hablamos en estas páginas los 365 días del año. Hechos trágicos que se desarrollan en ciudades gigantescas donde el hombre está habilitado sólo como un consumidor sin horizonte de futuro. Su existencia es pura distracción. Una máquina productiva que nace, se reproduce y muere, en la mayoría de los casos durante la ignominia del anonimato con la estela de una frase tallada sobre una piedra. Es así cómo algunos especímenes van forjando su carácter de lobos por la inercia de la anemia espiritual.
Por el deseo se nace y por el anhelo se vive y también se muere.
La paradoja del destino nos arrastra por estos días hasta hechos demasiados complejos. Lo que parece una serie es la vida real. Presuntos suicidios con mil pistas, testigos y versiones enfrentadas. La valoración de los datos duros depende del que escucha. Cuestión de fe. Aunque desde el punto de vista puramente criminológico, toda muerte tiene una explicación científica y hasta filosófica.
En cuanto más avanza la investigación penal, el hombre queda otra vez desnudo y sin máscara frente a sus pares. No hay héroes ni próceres. Somos seres pequeños ante el infinito del universo. Una mente brillante como René Favaloro eligió una bala de un Magnum 357 para estallarse el corazón. En el espejo del baño de su departamento dejó las notas dirigidas a sus familiares y amigos. ¿Y el móvil? La soledad y el infortunio para enfrentar las circunstancias de una economía caníbal. Esa gran máquina monstruosa que se alimenta de los hombres y se llama capitalismo. A quien los más esperanzados garantistas de la economía le ponen el mote falaz de “mercado” y de “progreso”.
Ante la promulgación de la idea de desguace que viene degollando esperanzas desde la hambreada Europa y el norte millonario, quizás pueda ser útil esta vieja idea de Unamuno. “Lo primitivo no es que pienso, sino que vivo porque también viven los que no piensan. Aunque ese vivir no sea un vivir verdadero.”
Es la época que nos tocó.

 

Columna publicada en el diario Tiempo Argentino el 1 de marzo de 2015

leyendadeltiempo.wordpress.com

La conexión entre Nisman, “Jaime” y Lagomarsino


Por Juan Alonso

Editor de Policiales de Tiempo Argentino

Eran tiempos en que Natalio Alberto Nisman no lucía prolijo y atildado con trajes caros modelo 2015. Un poco excedido de peso y de paso titubeante solía entrar a la Rosa Negra con inseguridad. La única salida ocurrente para sostener su ego era contar sus historias de vértigo alucinante, arrojándose en parapente en Luján y Lobos. Los jueces, fiscales, secretarios y prosecretarios de juzgados –todos compañeros- lo tomaban para la chacota y en verdad nunca creyeron que aquel hombre de bigote y algo entrado en kilos llegaría a convertirse en fiscal de la República. Y mucho menos, que su nombre fuera usado como una pancarta de la oposición rabiosa contra el gobierno.
Tenía una característica fundamental Nisman. Era competitivo y ambicioso. Soñaba con ser juez. “Apenas podía ser un médico clínico un tanto difuso en los diagnósticos, pero nunca un cirujano del cerebro”, grafica un juez que lo conoció. Dice que el Senado nunca hubiera aprobado su pliego como magistrado porque no reunía las condiciones básicas: conocimiento profundo del Derecho y un rasgo nada desdeñable; una personalidad estable.
Sin embargo, controló a discreción un presupuesto de 34 millones de pesos durante diez años en la Fiscalía Especial AMIA y contrató a empleados “especiales” con salarios de 33 mil y casi 42 mil pesos. Como todo narcisista en crecimiento, por momentos la soberbia lo anulaba. Y se creía un soldado caído del cielo para salvar al mundo de todos los males, asociado él mismo con una parte importante de esa gran mancha de oscuridad.
Nisman se ocupó de anudar lazos con los principales referentes de la comunidad judía de la DAIA, algo así como la Asociación de Magistrados de la colectividad. Y eso le abrió las puertas al entorno del ex juez Juan José Galeano, primero; y después a los ex fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia. Nisman llegó a ser el tercero en la línea.
A mediados de los ’90, fue más que un simple testigo en el diseño de la operación para endilgarle la responsabilidad de la llamada conexión local al antiguo vendedor y desarmador de autos, Carlos Telleldín, y al ex comisario bonaerense, Juan José Ribelli. Ambos estuvieron presos más de diez años, hasta que la causa se desmoronó como un castillo de naipes y ahora comparten el ejercicio del derecho penal.
“Soy exitoso igual que antes”, se jacta Telleldín. “Siempre fui el mejor en lo mío, no necesitaba esos 400 mil dólares que me dio la SIDE para incriminar a Ribelli, fui coaccionado y ustedes nunca lo dicen, nunca”, se queja.
El lazo que unió a Nisman en matrimonio con la jueza federal de San Isidro, Sandra Arroyo Salgado –que solía lucir un crucifijo gigante en el pecho- fue como toda construcción amorosa. Nisman buscó en el otro su propia carencia.
Arroyo Salgado es una mujer de carácter. A su alrededor hay 20 custodios de la Policía Federal que la siguen a sol y sombra.
Tiene a su cargo dos juzgados federales, el 1 y el 2 de San Isidro, y en los últimos meses casi no firmó expedientes y se niega a tomarse licencia después de las vacaciones en Europa con sus hijas y la trágica muerte de su ex marido. Ella augura nubarrones con la oscilante pesquisa de la causa. Por eso, designó al mejor forense de la Argentina, Osvaldo Raffo. Quiere saber qué pasó aquel domingo fatídico en Le Parc.
Pero hay que recordar que en las manos de Arroyo Salgado todavía duerme la causa por la presunta apropiación ilegal de los hijos adoptivos de la dueña del Grupo Clarín, Ernestina Herrera de Noble. Arroyo Salgado nunca dio un solo paso para esclarecer ese episodio que no prescribe porque la posible supresión de identidad está considerado un delito de lesa humanidad. El trámite de adopción de Marcela Noble Herrera y Felipe Noble Herrera tendría los rasgos de la impunidad adquirida por los años de plomo en sociedad con Jorge Rafael Videla en mayo de 1976.
Algo que Nisman conocía muy bien. Intervino en la investigación sobre la ejecución de dos militantes del Movimiento Todos por la Patria tras el copamiento del Regimiento de La Tablada, en 1989, sin demasiado compromiso. Después de todo –creyó- según quienes lo conocieron, esos jóvenes habían errado el camino para obtener justicia por un sendero sin retorno.
Mientras él y Arroyo Salgado estuvieron juntos convivieron siendo funcionarios judiciales. Más allá de los problemas que puede tener cualquier matrimonio –peleas y discusiones- las fuentes relatan que llegaban a dirimir rencillas constantes hasta por los empleados que cada uno contrataba. Dicen que jugaban un ajedrez perverso centrado en la dominación del adversario.
En ese clima espeso llegó al despacho de Nisman un muchacho inquieto y perspicaz, Diego Alejandro Lagomarsino, experto en informática. ¿De la mano de quién? Las fuentes (un juez y un fiscal) deslizan que de un temido visitante del fuero federal: el ex jefe de Contrainteligencia y Operaciones de la Secretaria de Inteligencia (SI), Antonio Stiuso, “Jaime”.
“Te presento a este pibe”, le habría dicho a Nisman y Lagomarsino se pegó a su lado como una ventosa. El fiscal compró la oferta porque creía con ceguera en todo lo que le decía el espía preferido de la CIA en el sur del continente.

Los que conocieron en vida a Nisman, aseguran que tenía una extraña fascinación por el trabajo de los espías nacionales y exntranjeros. Y entre fiscales y jueces no faltan quienes lo vinculan con dos de los servicios de inteligencia más eficientes y poderosos del planeta: la CIA y el Mossad.
El cuentito de que Lagomarsino le arregló una computadora a una jueza de instrucción y de allí apareció recomendado en el despacho de Nisman parece el relato del lobo disfrazado de cordero. Sucede que esa clase de corderos por lo general muerden en la yugular. Están programados para la simulación.

El fundador de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), Marcelo Saín, definió a Lagomarsino como un joven “canchero” que lo visitó hace diez años para ofrecerle “servicios de espionaje” sobre una presunta banda narco del distrito de Lomas de Zamora. ¿Quién se lo presentó a Saín? Un subcomisario de la Policía Bonaerense con buena llegada también al sector de la (SI) que controlaba las escuchas judiciales, la central “Ojota” dominada por el antiguo  “Sector 85” de la guardia personal de Stiuso.
Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero al temerario espía que vio pasar presidentes como colectivos llenos. Un día se apareció por el despacho de un juez y le soltó esta frase antes de bajar las escaleras. “Ah, doctor, ahí le dejé un regalito, me lo agradecerá…”.
El juez, perplejo, llamó al número 2 de la entonces SIDE y le avisaron que en uno de los pisos del edificio de 25 de mayo, frente a la Casa Rosada, lo estaban escuchando. Stiuso le había colocado un micrófono en su despacho.
¿Cómo terminó el insólito asunto? Con otra visita de Jaime.
-Dígame Stiuso, ¿por qué no me saca eso que me trajo, porque en algún momento va a perjudicar mi trabajo como juez.
-No hay problema.
El ingeniero Stiuso estiró el brazo y extrajo del lomo de un libro de consulta lo que llamó “un pequeño juguete” imperceptible al ojo del neófito.
“Ya está”, se limitó a decir. Guiñó un ojo y se fue. Así es él.
La próxima vez que el juez lo vio fue durante un viaje que realizaron juntos por el exterior detrás de la pista de una organización narco con conexiones en Europa y Estados Unidos.
Jaime se jactaba de sus vínculos con la DEA y la CIA. Una vez estuvieron en un centro de escuchas en Los Ángeles, California. Cuentan que Stiuso se reía cuando los técnicos de audio estadounidenses transformaban la voz del magistrado en imputaciones graves captando exactamente el tono de su voz, pero transformando radicalmente el sentido de sus palabras.
Es decir: el juez podía estar diciéndole que quería cenar con vino blanco, pero los chicos formados en Langley lo hacían pronunciar palabras como “explosivos, bombas y atentados”. Era enloquecedor todo aquello.
Jaime jamás ostenta esos viajes. Con algunos jueces siempre preservó lo que llama “códigos”. Claro que son sus propios códigos. Alguien puede ser “amigo” y transformarse en “enemigo” con el chasquido de un dedo. Y ahí la cosa se pone tenebrosa.
“Conmigo siempre se comportó como un caballero. Nunca me perjudicó en nada. Al contrario, su trabajo era ciento por ciento eficiente, muy profesional”, dice el juez. Y no miente. Stiuso sigue los casos hasta el final. Pero con una advertencia: cree sólo en sí mismo.

Los policías le importan nada. Tiene una carpeta para cada uno y para él son apenas aves de cornisa. Hace más de diez años su grupo pretoriano se tiroteó con los hombres de la Unidad Antiterrorista de la Federal durante un decomiso narco en la provincia de Buenos Aires. Fue cuando Jorge “El Fino” Palacios insinuó hacerle sombra. Eso era inaceptable para su lógica. Así que Palacios se tuvo que limitar a formar La Metropolitana de Macri y está procesado por el supuesto montaje de un sistema de escuchas ilegales.

Valga la paradoja del destino, hoy La Metropolitana “lo cuida” a Jaime. Y él se divierte. Toma sol. Es un planificador nato, un estratega, hábil manipulador de los sentidos. Lo que no prueba con la ciencia, lo transforma con alquimia.
Así fue que construyó a Nisman en un héroe de la democracia. Llevándolo de la mano a un callejón sin salida la noche sórdida del 17 de enero en Le Parc.

El dato

En su apogeo, la ex SIDE de los ’90 manejaba una caja de 1.400.000 dólares por día.

Lorena Martins: “Si Jaime tiene problemas, mi viejo lo va ayudar”
Lorena Martins, la hija de Raúl Martins, un ex agente de la SIDE, que está denunciado por liderar una red de trata y explotación sexual de mujeres, le concedió una entrevista a la periodista Mariana Moyano en Radio Nacional. La mujer que vive en España cuenta que desde que denunció a su padre entre 2011 y 2012, su vida se transformó en una auténtica pesadilla. Advierte que Martins conoce a Antonio Stiuso y que podría darle cobijo y ayuda en el exterior. “Viví amenazada con la sensación de que me iban a matar en cualquier momento. Mi denuncia cayó por conexidad en el juzgado de María Romilda Servini de Cubría, pero no avanzó, no querían que avance. Hoy se está hablando mucho de la SIDE, pero no saben quiénes son estas personas. No son de ahora. Estos tipos hace 40 años que están en la SIDE. Son tipos que empezaron con la dictadura. Mi viejo, Jaime y El Lauchón Viale (acribillado en 2013 en su casa de La Reja por un comando del grupo de elite Halcón) entraron entre el 72 y el 77. Se conocían perfectamente. Todos están involucrados en un montón de cosas. Me enteré que mi viejo era SIDE a los cinco años y me fui de mi casa a los 20. Me divorcié, volví y me di cuenta de que era convivir con el delito las 24 horas. Hay que convivir con una chica víctima de trata que te abraza y te dice que la ayudes. Yo lo empecé a enfrentar. Y por más que sea mi viejo, cuando te enfrentas a la Mafia es muy jodido. Es capaz de matar a la hija”.
Cuando Moyano le preguntó a Lorena sobre Stiuso, la mujer no dudó: “Si Jaime tiene problemas, no tengo dudas de que mi viejo lo va a ayudar. Puede salir y entrar por las Islas Caimán, por Belice, sin ningún problema. Mi papá es multimillonario y tiene impunidad. Todos ellos son millonarios”.

Todos los derechos reservados: leyendadeltiempo.wordpress.com, autor Juan Alonso.-

“Tengo que pensar como un criminal, porque el cadáver me habla a mí”


Entrevista al médico forense Osvaldo Raffo

Es la máxima autoridad en medicina legal del país. Confiesa que todavía lo perturba la autopsia a René Favaloro y compara a Robledo Puch con Satanás. Dice que Ángeles y Candela fueron asfixiadas con las palmas de las manos.

Juan Alonso

Su refugio – Vive en la misma casa de San Andrés desde hace décadas. Las paredes están adornadas con premios y cuadros con dibujos de la cultura japonesa – Foto: hernÁn mombelli

Dios existe. Esa es la conclusión de casi cuatro horas de conversación con el maestro Osvaldo Raffo. Su casa está justo en una esquina frente a unas vías en San Andrés. Es el refugio de un hombre sin retiro. Porque este médico legista de 84 años, es ante todo, un profundo humanista. Se pasó la vida abriendo cuerpos humanos para buscar la respuesta de un asunto inexplicable y  tenebroso: ¿Por qué y cómo mata el hombre?
“Soy investigador de homicidios, o sea, un tipo que sabe vérselas con el crimen y con los criminales. Entonces, tengo que pensar como un criminal, de lo contrario no podré interpretar el lenguaje del cadáver, porque el cadáver me habla a mí. Lo que pasa es que muchas veces uno entiende las cosas mal. Y hay ocasiones en que el cadáver no dice nada y las pruebas están en el lugar del hecho. Por eso, no hay que contaminar ninguna escena. Se hace un caminito que incluso puede ser hecho con revistas y todos los peritos entramos y salimos por el mismo lugar sin tocar nada”, dice Raffo.
Lleva puesta una remera gris, pantalón oscuro y zapatillas deportivas a tono. Se pone de pie. Le indica a su secretaria que retroceda la imagen de video. Señala la pantalla gigante de su living donde explica cómo analizar un crimen con la mente de un forense. “Este es el lugar del hecho –relata obsesionado con el sitio donde abandonaron el cuerpo de Candela Rodríguez, de once años, el 31 de agosto de 2011 en Villa Tesei–. “Ahora resulta que a esta chica primero le han dado unas trompadas en la cara. ¿Y esto cómo se explica? Porque cuando yo veo venir el golpe, hago así y pega en el hombro. El tipo no ha usado el puño, ha usado el canto de la mano sobre el ojo izquierdo de la nena. La chica no tiene ninguna lesión genital. Al cadáver hay que hacerlo hablar. Ha empezado a los gritos, con esa mano izquierda le tapó la boca, con la otra reforzó la presión de la mano izquierda y con el canto de la mano ejerció presión sobre el cuello. Así murió esta chica: se llama estrangulamiento palmar. Este tipo, ¿por qué la mata? Estaba bien cuidada, bien aseada, no tiene síndrome de secuestrado. Pasó que había cientos de policías que la buscaban casa por casa en toda la provincia de Buenos Aires y tenían que deshacerse de ella. Le dieron de comer arroz (señala el estómago de la menor) y tres horas después la mataron y la pusieron en una bolsa, evadiendo las patrullas policiales. Pienso que la actuación policial fue bastante deficiente. Se encontró ADN en un plato que pusieron ellos. Cuidado con el ADN porque se puede buscar un falso culpable.”
Esa sustancia amorfa que se conoce como realidad y que los filósofos estudian desde hace siglos, lo mantiene inquieto a Raffo. “Empecé en 1961 hasta 2003 que me retiré. Primero estuve en la Policía, duré 25 años y llegué a ser director de Medicina Legal en La Plata. Después tuve algunos inconvenientes con los jefes policiales que había en ese momento. Querían que dictaminara lo que ellos querían, y conmigo no. Me retiré con el grado de comisario inspector. Me presenté al concurso de Tribunales y entré. Estuve en la Morgue Judicial desde 1983 hasta 2001, 2003. Me fui porque esto es como el boxeo: mejor irse con el cinturón puesto y que no te derriben en el ring. Ortega y Gasset decía: ‘Yo soy yo y mis circunstancias.’ Sigo siendo yo, pero las circunstancias han cambiado demasiado.”
–¿A qué le teme?
Raffo: –Te voy a hablar una cosa de la muerte. Soy tanatólogo.  Estudiamos el cadáver desde el punto de vista del derecho y las ciencias legales. Tendrías que hacerme otra pregunta. Yo creo en Dios, porque he abierto tantos cadáveres. Una cosa tan perfecta como el cuerpo humano, un ADN, un cerebro, no se pudo haber hecho solo. Tiene que haber habido un ser superior, pudo ser Dios o como vos quieras llamarlo, pero Dios existe.
–¿De dónde viene su pasión por la muerte?
R: –En 1935, mi maestro el doctor Pablo Federico Bonnet aprendió a hacer autopsias acá en San Martín. Cuando llegué a la cátedra, por supuesto que Bonnet sabía que yo estaba en la policía y me preguntó si cursaba la carrera docente en medicina clínica. Por entonces eran cinco años. Pero cuando empecé a hacer la carrera de medicina legal me encontré con la amante, la medicina legal. Ella nos maneja a nosotros como si fuera una mujer coqueta y hermosa y nos lleva adonde quiere. Y a mí me llevó a la morgue, a las comisarías y a los manicomios.
–¿Qué cosa lo perturba?
R: –La muerte del maestro René Favaloro. Me tiene mal hasta hoy. Fue un día sábado. Eran las cinco de la tarde y en ese tiempo el turno de la noche de la morgue cambiaba a las siete. O sea que yo cumplía mi servicio y me iba para mi casa. No me tocaba servicio a la noche. Me llamó por teléfono un médico de policía que fue alumno mío y me dijo: ‘maestro, estoy en la casa del doctor Favaloro, se pegó un tiro’. No puede ser, le dije. Y me respondió que estaba al lado del cuerpo en el baño, con un montón de cartas que había dejado pegadas en el espejo dirigidas al abogado, al sobrino, a todo el mundo. Hubo una especie de escándalo por el nerviosismo en la morgue. Me vine a casa. A las 12 de la noche me llamó el decano del Cuerpo Médico Forense y me dijo: ‘Raffito, venite para acá porque el juez quiere que la autopsia la hagas vos’.
Yo me había tomado un sedante, porque seguía preocupado por Favaloro, y me había tomado un vaso de whisky también. Pedí un remís por prudencia para no manejar. Llegué a la morgue y en una camilla estaba el cuerpo de Favaloro, vestido con un pijama de color gris, muy humilde, un par de anteojos en el bolsillo superior izquierdo y una chancleta sola, la otra quedó en el camino. Ahí me dio un ataque de histeria, perdí la firmeza. Empecé a despotricar contra la medicina, contra el país, contra todos. Y entonces dije: bueno, no quiero que nadie lo toque. Yo mismo me voy a encargar del cadáver del maestro. Lo lavé todo y lo peiné. Hubo que hacerle la autopsia y el corazón estaba reventado con un tiro de un 357 Magnum. Lo había comprado en una armería, pero como era Favaloro nadie le preguntó nada. Se pegó un balazo.
Terminamos de hacer la operación y afuera lloviznaba, eran las 3:30 de la madrugada. Salgo y al mirar a la izquierda hacia Junín, creí que había perdido la noción de la realidad. Veo venir caminando por la vereda a El Zorro y María Antonieta. Atrás de ellos venían algunos más. Es que frente a la morgue hay un club y esa noche era la fiesta de máscaras.  Y pensé: este es el mundo pasar. Y yo en la heladera había dejado al maestro junto al pistolero y el ciruja.
Hasta el día de hoy conservo las huellas digitales de Favaloro, me quedé mal con esa autopsia, quisiera que no me hubiera tocado a mí hacerla. Cuando le sacamos el cerebro lo pusimos en una bandeja y le dije a mi colega: examínelo, doctor. Después pensé  qué estamos haciendo…Un maestro de la medicina argentina y mundial que con su método salvó y salva miles de vidas. Se mató porque no podía pagar los sueldos de sus empleados; era un hombre de honor.  El gobierno de entonces le había prometido que iban a darle el dinero. No lo hicieron. Así terminan los grandes maestros en la Argentina.
–¿Lo conoció en vida?
R: –Estuve dos veces con él en reuniones de médicos y mi compañero le robó, digamos, un sánguche de miga de la mesa. Era un petiso simpático que falleció. Extendieron la mano en el mismo momento. Yo le dije que el de queso era de Favaloro, y el petiso lo primerió. Favaloro lo miró mal, no se dijeron nada (se ríe).
Raffo es un estudioso del mal. Dice que nunca conoció a un psicópata tan profundamente oscuro como  Carlos Eduardo Robledo Puch. “Me llama por teléfono. Me recrimina que me hice famoso gracias a él. Se nota que tiene asma por el sonido de su voz. Debe tener un celular en la cárcel. No lo sé. Nunca he visto a ningún hombre con tan poca afectividad. Tiene afectividad cero. No quiere a nadie. Mire que los asesinos quieren a su perro, a su hijo, un poco a los padres. Pero este no. Acá vino un fiscal y sentó ahí donde está usted. Me preguntó qué haría con Robledo. Y yo le respondí: vea doctor, ¿usted dejaría libre al león del Zoológico porque está viejo y no mordió a nadie? ¿Vos sabes a cuántas personas mató Robledo? Entre 20 y 30, no a cinco. Todas eran muertes absurdas. Iban por la Panamericana huyendo de un robo y le disparaban a cualquiera para probar puntería en el camino. Y lo hacían por divertimento, como un juego.
–¿Cómo fueron las entrevistas?
R: –Un tipo como Robledo nace cada 100 años. Es la maldad en su estado químicamente puro. Él trataba de dominarme en la conversación. Lo estudié durante tres meses, dos veces por semana de forma personal. Volvía a mi casa y estaba muy nervioso. Me sentía mal. Me faltaba el aire. Mi finada esposa me preguntaba qué cosa me pasaba. Y era este tipo que me seguía haciendo daño. Su carga. Su historia. Él mató a toda su banda, por un motivo elemental: es homosexual, aunque yo creo que es un ser asexuado. La cosa es que después de asaltar, violar y asesinar a sus víctimas, la banda tenía sexo entre ellos en la misma casa. Se quedaban allí, saqueaban, comían, dormían juntos.
Una vez le pregunté por qué mató a Somoza (su compinche, su socio) con un soplete en la cara. Y me dijo que fue para que no lo reconozcan los agentes policiales porque era su amigo. No, le dije, amigo un carajo, ¿por qué lo mataste? Y entonces ahí se soltó: ‘porque a Robledo no lo abandona nadie’. Me mostró su verdadera cara. Ellos tenían una filosofía para matar: torturaban, intercambiaban sexo. Esta es la historia de Robledo.
–¿Y el mal?
R: –Desde el primer momento que lo vi noté que tenía un componente satánico. Su mirada es perversa. Su voz. Parece un tipo encantador, pero no es así. Recuerdo que cuando cayó preso yo tenía poco más de 40 años y ningún perito se quería hacer cargo del caso porque le tenían miedo. Decían que tenía banda. Pero él ya los había matado a todos. Con el fiscal Segovia empezamos a buscar a los sobrevivientes o a los testigos. Pues bien: nos pasó algo muy extraño. Una persona que lo vio salir de una casa donde mataron a todos, cuando la fuimos a buscar ya había muerto la semana anterior en circunstancias sospechosas. Está también el ejemplo de una mujer que habían violado y disparado, a la que también le quisieron matar de un tiro a una nena, que estaba en una cuna. La madre escapó herida, arrastrándose hasta una estación de servicio para pedir ayuda a la policía. Cuando la fuimos a buscar estaba internada en un centro de salud mental. Se había vuelto totalmente loca. Desquiciada. No podía testificar. Y menos identificar a Robledo. Le dije al fiscal: este tipo es Satanás, no es humano.
–¿Por qué cree que hay tantos homicidios de chicas?
R: –Porque son un blanco fácil. Salen de los boliches en pequeños grupos. Están muy expuestas. Fíjese el caso Ángeles Rawson. Por poco se comete el crimen perfecto. Si entraba en el circuito de la basura no la encontraban más y todavía nos estaríamos preguntando qué le pasó. Sucede que el portero Mangeri no era un gordito bueno. El criminal no se convierte en criminal mirando la televisión. Le falta el punto gatillo para lanzarse al agua. El aspecto social es el telón de fondo, como decía mi maestro. En el caso de Ángeles, el disparador para Mangeri fue la propia belleza de la niña. Estos tipos por lo general reaccionan en la adolescencia, pero en algún momento lo hacen. Este actuó con efecto tardío. Aparte el tipo tuvo tres o cuatro horas para hacer su especialidad, la limpieza. La chica no murió apuñalada ni de un balazo, la estranguló. La policía de la provincia embolsó bien las manos, tan bien lo hizo que eso permitió luego extraer ADN del agresor de las uñas de la víctima. Por eso, en aquel momento, al ver las fotos del cuerpo era mi obligación moral salir a decir que se trataba de un intento de violación seguido de homicidio. Fíjese las lesiones paragenitales (señala la pantalla), es la lucha del tipo para abrir las piernas de la nena. Era mi deber como ciudadano aclararlo, porque iban a decir después que la pobre murió como consecuencia del camión de basura. ¿Qué camión de basura? El cadáver habla. Le apoyó el codo con sus 120 kilos encima, apretó la boca de la muchacha. Se repite el cuadro de Candela. Vea las lesiones del cuello. Vea el labio, los golpes se los da del lado izquierdo, porque él es diestro. Seguramente la ha tomado con la izquierda y la golpeó con la derecha, y después cambió con las dos manos. Apretó y provocó el cerramiento palmario. La muchacha tenía manchitas en los pulmones como pequeños puntos, producto del tipo de asfixia que padeció a manos de su atacante. La autopsia hecha en la morgue judicial estuvo deficientemente hecha, los forenses tenían dudas y vinieron a consultarme. Les dije que las lesiones del camión eran lesiones producidas después de la muerte, porque la chica era evidente que había sufrido un intento de violación y resultó estrangulada.
–¿Hay muertes sin causa?
R: –Vea, recuerdo dos casos que se me vienen ahora a la mente. Los de Romina Yan y Cristina Onassis. Las dos murieron y se hicieron autopsias muy minuciosas, pero no se encontró la causa de la muerte. Hicimos un estudio mundial de por qué murieron estas mujeres. Las dos seguían la dieta Scardale, que yo la quiero seguir, se baja de peso fenómeno con proteínas solamente; segundo, las dos iban a hacer gimnasia; tercero, las dos tomaban pastillas para no tener hambre. Y todo ese conjunto de cosas lo que hace, según la literatura médica mundial, es bajar el potasio a cero y provoca el paro cardíaco. Es lo que se llama la muerte sin causa. Estas cosas existen, no todo es el degollado, el ahorcado o el baleado, estos casos son difíciles de analizar.
–¿Cómo sabe si es un ahorcado o un homicidio que quisieron tapar? 
R: –Por el surco. Este es un ahorcado que tiene nudo lateral derecho (muestra la pantalla, una vez más). Lo que tengo que ver yo en los casos de ahorcados en celdas de comisarías o cárceles, es si el surco que deja la soga es vital o post mortem, por si colgaron un cadáver. Si veo una impronta nada más es porque colgaron un cadáver. Si el tipo tiene el nudo en la nuca y la cara de color azul ya empezamos mal.  «

Practicó el arte de los samurai

La casa de Raffo está repleta de espadas y elementos de la cultura japonesa y samurai. Él practicó el kendo hasta los 75 años. Además de ser cinturón negro en judo y en karate. Su maestro de kendo y aikido volvió a Japón y se convirtió en el jefe de los docentes para adiestrar a los tropas de élite de la policía nipona. “Acá está mi maestro, con él aprendí lo que es ser un hombre a la hora de combatir con o sin espadas”, recuerda el médico legista parado al pie de su escalera, donde también está la medalla que recibió de Juan Domingo Perón, cuando era joven y estudiaba medicina. “Viajé una vez sola a Japón, pero con eso me alcanza y me sobra”, asegura.

Lola: “se trata de un asesino torpe”

“Lo primero que pienso es que la autopsia no es clara. El forense Castro no definió el tipo de asfixia que sufrió la muchacha. En un homicidio se cuenta con 72 horas para resolver el caso. Hasta ocho días, después de ahí pisamos terreno infértil.
Lo que veo en este crimen es que se trata de un asesino torpe. Que utilizó un cuchillo sin filo, un arma no apta para matar, desafilada. Topográficamente eligió lugares no mortales para agredir a la víctima. La chica dicen que murió por asfixia, pero yo estoy dudando de esa autopsia. ¿Qué tipo de asesino es este? ¿De qué estamos hablando? Creo que se trata de una persona joven o una mujer. No despreciemos esto. Hay mujeres muy capaces de asesinar si pueden sorprender.
La chica salió con un libro a caminar, en principio, buscando un lugar cómodo en la playa. Pero los investigadores uruguayos aseguran que el cuerpo fue encontrado en una zona de médanos. ¿Cómo fue que llegó hasta allí, fue amanazada, alguien la arrastró? Son preguntas de las que no se puede hallar respuestas certeras. Además, el lugar donde encontraron el cadáver se debió haber preservado mejor. Tenían que haber tamizado toda la arena de alrededor para encontrar elementos de prueba valiosos para la causa. El doctor Castro dijo que estaba apenas cubierta por arena en posición cúbito lateral derecha. Es muy difícil que en esa posición entre arena en los bronquios al pulmón. El asesino es tan torpe que ni siquiera se dio cuenta de que Lola estaba con vida. Es una cuestión que no me explico. Yo he visto muertes de chicas jóvenes como esta chica donde son casos de predominio banal. Es un término que nosotros usamos para los hipotensos, las personas que se desmayan. He visto tocarle la boca al que no está muerto ahí. Si estamos ante un caso de esos, han inventado la causa de muerte.”

“Lo importante es ver la cara de la nena y cómo la mataron. Es el movimiento palmar. La gente se muere de tres a cinco minutos, o sea, que el asesino la tuvo sujetando en ese tiempo. Este es un pulmón bien congestivo –señala la imagen de Candela–, se rompe en pequeñas partículas. La persona quiere respirar y el aire bombea en vacío a los pulmones.”

“Esto de pararse en el lugar del hecho –dice mirando el momento en que los jefes policiales estaban en la sede de la CEAMSE de José León Suárez con el cuerpo de Ángeles– no debe hacerse nunca. Tiene que haber un jefe de equipo que les diga que no vayan para ese lugar. No se debe permitir la presencia de personal subalterno porque venden las fotos.”

“Esta es la lucha del hombre (Mangeri) para abrir las piernas de la nena. Vea las huellas que dejó en las piernas. La golpeó y la asfixió a Ángeles con sus 120 kilos. El cadáver habla. La medicina legal es una especialidad pero antes de practicarla, hay que saber aprenderla. Los legistas tienen que saber leer la escena primero. Son la infantería forense.”

“Robledo Puch me llama a mi casa y me dice que lo usé para ser famoso. Uno se siente extraño cuando enfrenta a un hombre que no tiene afectividad. Yo nunca he visto un psicópata como él. Nace un Robledo cada 100 años. ¿Sabés a cuántas personas mató? Entre 20 y 30. Y lo hacía por divertimento, como si se tratara de un juego.”

“En una camilla estaba el cadáver de Favaloro, vestido con un pijama de color gris, muy humilde, un par de anteojos en el bolsillo superior izquierdo y una chancleta sola, la otra quedó en el camino. Ahí me dio como un ataque de histeria, perdí la firmeza. Dije: ‘no quiero que lo toque nadie’. Lo lavé todo y lo peiné. El corazón estaba reventado de un tiro de un 357 Magnum.”

leyendadeltiempo.wordpress.com

La tormenta


Iba en tacos a todas partes. Una vez cayó enfundada en alcohol en el bar donde miraba la ventana escuchando a nadie. En la pantalla gigante estaban pasando un partido de tenis y sonaba Santana.

Llevaba entre la melena un toque de maja egipcia que sacó del ajuar de su madre loca. La noche empezaba a alargarse entre sus ojos centelleantes y la lluvia caía por los surcos de su cara. No quedaba tiempo. Había capturado la naturaleza en una botella y un rayo salía de su boca propagando vientos y tempestades.

“Quiero lo que estás tomando”, dijo.

Se quedó parada unos instantes con la punta de los pies golpeando nerviosamente las patas de la mesa. Apoyó el culo en el asiento, cruzó las piernas y encendió un cigarrillo. Lanzó una mirada amenazante.  La nena que tenía dentro le brotaba por todos los poros. Quería lo que siempre estuvo perdido. El sonido de los trenes se escuchaba lejos.

Después de unos minutos de silencio lanzó una risa histérica con el segundo sorbo. Y comenzó a deshilacharse como una marioneta. “¿Qué voy a hacer con vos?”, preguntaba.

Al segundo cigarrillo intentó ponerse el piloto que había arrojado sobre el respaldo. El rojo furioso de sus uñas se hacía mármol entre los dedos largos y finos. Se levantó apoyando los dos puños sobre la mesa. Apuró el paso llegando a la vereda y se metió en el auto. Bajó la ventanilla y me lanzó la última amenaza de hiel con sus ojos furiosos. Pasó en tercera y desprendió una bocanada de humo con desidia. Se perdió para siempre en la tormenta.

leyendadeltiempo.wordpress.com

Girasoles


Eran las 12 de la noche y me llevé un sanguche de lomo. La mochila olía a sangre de vaca muerta. Todas las miradas que eran semejantes hasta entonces, se transformaron en ajenas, como la silla, la mesa, la ventana, la calle, y ese edificio de enfrente donde viví hace 20 años. La misma ventana de puteada añeja como caramelo rancio.
Porque el tiempo no es un cuento dulce. Caminando sobre las piedras te haces más fuerte y el corazón late. Vos salís a andar en tu bicicleta con los ojos puestos en los jazmines pero a mí me importan mucho más los girasoles. Y acá no sobran los girasoles.
Uno los ve por la ruta de ninguna parte. Desde el parabrisas con mierda de palomas, mientras en la radio FM suena un tipo de 37 que habla como un chico de 13 y se ríe con la misma remera. Yo veo girasoles. Es el destino.
Esos girasoles pueden ser la salvación del universo. Mejor que pegarse a la estela de un cometa, cuando la mañana crece entre huesos y respiras y nublas los ojos en un punto fijo.
Yo quisiera ver una plaza de girasoles sin rejas.

leyendadeltiempo.wordpress.com