La polilla


Por Juan Alonso

Marcelina tenía siete años cuando su madre la obligó –luego de darle una paliza descomunal a cintazos- a emplearse en la casa de doña Emiliana para lavar y planchar la ropa. Apenas si podía con sus pequeños huesos, siendo una niña, pero fue. “Usted péguele pa que aprenda”, recomendó Clodomira, madre de Marcelina, dueña de doce hectáreas en un páramo de Tilisarao, en San Luis. Ahí vivían los 14 hermanos (casi todos varones) arrinconados a la intemperie. El que no fue hachero se murió de cirrosis o de cáncer. Todos ellos fueron desmembrados emocionales.

Los primeros minutos de Marcelina como empleada doméstica no fueron agradables. Pero sirvieron para que aprendiera, sí, algo sobre la condición humana. Su empleadora se enojó porque marcó una camisa (era una niñita que ni podía sostener la plancha) y de un cachetazo la tiro en el patio al lado de un perro. Al rato le soltó esta frase que todavía suena en su conciencia: “Ahí tiene, cuando termine de comer el perro, coma usted”. El ruido del tacho de metal sobre la tierra no tuvo eco y ella quedó rebotando  con su mente infantil. Abrió la reja y se escapó. Caminó dos horas hasta el pueblo y pidió un vaso de agua. El puestero –era el año 37- le dio un vaso de leche y tres caramelos de miel. “Vaya para su casa mijita”.

 Marcelina pensó en círculos siguiendo las nubes. Lo que vino no fue mejor. Dice que le rogó a Dios que estaba en el cielo con esas nubes que avanzaban en forma de monstruos, que si alguna vez llegaba a ser grande, la ayudara a salir de aquella casa. Y  sucedió. Clodomira Rivarola enfermó de cáncer y Marcelina la cuidó junto a su hermana Lola. Después caminando por Villa Mercedes leyó un cartel que buscaba una empleada en Buenos Aires, juntó coraje dentro de sus ojos y se subió al tren. Hoy, con más de 80 años gobierna sus silencios. Su luz abraza las sombras.

 Alicia siempre quiso tener hijos. Tres hijos. Una casa en un country y un perro dálmata de pura raza dálmata con siete cachorritos dálmatas. Habla con un tono de voz que los plaguicidas podrían utilizar para ahuyentar murciélagos. Los elefantes serían capaces de escuchar sus pasos por el sonido lejano de su alquimia para llegar a ninguna parte. Se define como una emprendedora natural. Sobrevivió a la pérdida y a tres divorcios. Dejó la casa de lujo en Los Cardales por dos ambientes en Urquiza. Va y viene en tren con su mochila, pantalón entallado y botas. Alta y elegante, mueve el culo como si estuviera en una pasarela y adora el morbo. Pero escucharla es soporífero.

 Tiene una extraña virtud. Posee el don de la bilocación: puede estar en dos lugares diferentes al mismo tiempo. Su risa nerviosa se escucha con la misma intensidad en Temperley como en Palermo. Lo que piensa en un viaje por la Costa se traslada a través del tiempo con su forma humana a una esquina de la Capital. Se la puede ver con vestido negro y zapatos como para ir a una gala del Colón con un pelado. Pero ella en realidad está cenando con su marido de turno en su casa o viajando por las cataratas o El Calafate.

 Al finalizar sus apariciones una polilla sale de sus fauces y se enciende fuego en la ventana. La oscuridad de Alicia anida en su exterior. A pesar de que daría cualquier cosa por ser una dama, su anhelo se comprime al ahora como reina de la felatio.

 Gabriel se crió en un hogar de ladrones. El padre robaba camiones y la madre trabajaba en un frigorífico descuartizando vacas. Lo único que recuerda de su infancia es que su padre lo dejaba solo sin agua y sin comida y él se escapaba y vivía en la calle. A los nueve años empezó a robar a los comerciantes del barrio y no paró nunca más. De metro noventa y ojos de lince, ve en las personas objetos. Se convirtió en un tipo diestro en el arte de la manipulación. Con su inteligencia fina puede planificar el atraco a un banco y diseñar una maniobra para estafar al presidente del Fondo Monetario.

 A cada momento se toma la cintura para acomodarse la pistola Glock 40 que lo acompaña junto con la estampita del Guachito Gil. “Hace unos años, íbamos al Norte y dejábamos un tendal. En una semana, volteábamos bancos, empresas de colectivos, comercios, y nos veníamos. Era como una mensualidad para nosotros”.

 El horizonte de Gabriel es siempre rojo, porque roja es la sangre y rojo el miedo. Recuerda que la otra vez se llegó hasta un funeral de un ladrón asesinado y aquello se parecía una película. “¿Pero quién se murió, Pablo Escobar?”, le dijo un colectivero, muy molesto por el tránsito estancado. Y Gabriel lo miró con recelo como el cazador que daría un golpe mortal. Aunque se contuvo. Siguió con su auto negro, la pistola debajo de la pierna derecha y el fusil automático debajo del asiento del acompañante. “Me reía por dentro”, murmura.

 La última vez que vio a Sobremonte, el tipo estaba desangrando a una oveja en el fondo de su casa de José C. Paz. Los alaridos del animal se escuchaban a kilómetros de distancia. “¿Pero qué haces haciendo semejante burrada? –quiso saber Gabriel, criado en Barracas- Si seguís metiendo cuchillo va a caer la cana”. Sobremonte lo miró y dijo: “Parece que el porteñito se asustó del paisano”.

 Era una tarde calorusa y las moscas comenzaban a merodear por el filo del cuchillo, que chorreaba sangre fresca y la lana se iba desprendiendo del cuero. Fue un instante eterno que casi termina muy mal. Entonces, Sobremonte lanzó una carcajada hueca. “Que miedo que te dio, porteño. En un rato llega el Carlitos para comer esto. No seas boludo, quedate”.

En la cocina de puertas abiertas, una polilla latía en un frasco de té agujereado en la tapa con tres cortes en punta.

Sobremonte explicó que a él no le gusta el encierro para nadie.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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