Realidad, delito lumpen y miedo


Por Juan Alonso

Es curioso cómo avanza el miedo. Primero llega la incertidumbre y después la ansiedad. La consciencia colectiva se va inundando de dilemas en un espejo múltiple, radiado desde la televisión dominante. El concepto de realidad se inunda de eso llamado inseguridad. Pero se sabe que la realidad anida en la formulación de ideas. Lo demás es la apariencia de lo esencial. En el medio, los ciudadanos comunes que usan los medios públicos de transporte, no sólo padecen la suba constante del sistema deficiente de subterráneos y colectivos, sino que vuelven a sus casas con una sensación de alarma permanente.

El miedo es una herramienta infalible de control social. Tanto que se impuso en nuestro lenguaje: “Cuídate, espero el mensaje cuando llegues”. ¿De dónde se arrastra ese temor? Las palabras tienen un valor y un peso específico dentro de la identidad de los sentidos.  Y el subconsciente juega con las pesadillas, que a veces se hacen muy reales.

Noche de un lunes. Scalabrini Ortíz a una cuadra de la Avenida Santa Fe, uno de los típicos barrios de clase media de la Capital. Cuatro pibes con gorrita, remera y zapatillas, empujan un contenedor de basura de esos que puso el alcalde porteño. Un funcionario que tiene una extraña virtud, Macri administra una policía invisible, La Metropolitana.

En tanto, los muchachitos gritan, se arengan. El primer taxista huye del atraco. Otro automovilista también logra eludir la emboscada. “Dale guacho, vení para acá”, grita uno de ellos. La mujer que camina delante de mí pierde el control y el miedo se apodera de sus pasos. Los pibes conocen el juego y le arrebatan la cartera de un empujón. Ella también grita, presa del pánico. El contenedor de basura se desliza como si todo fuera una pista de hielo. Sucede en Palermo, con dos comisarías de la Policía Federal a pocos metros de nosotros.

El segundo taxista duda. Subo. “Zafaste, ¿no?”, suelta. Desde el asfalto, los pibes nos hacen señas. Para su lógica somos dos “giles” para ser robados. El motivo no les importa. Sobreviven con una desesperación hambrienta. No tienen futuro. O los aniquila la pasta base o los mata la Policía. Capitalismo.

“Dónde es su emergencia”, pregunta la operadora. En la tele replican el “flagelo” de la inseguridad. Cuesta acostumbrarse: el criterio de normalidad se deshizo por completo. Lo que hay acá es una emergencia social y económica por el notable crecimiento de la violencia del delito lumpen y la invasión de territorios –antes controlados por el Estado- y hoy en manos de clanes narcos con complicidad de las fuerzas policiales, sectores políticos y el Poder Judicial. Una crisis de al menos dos provincias: Santa Fe y Córdoba. El Conurbano no le va a la saga en materia de bandas criminales orgánicas con lazos entre la Mafia de los azules.

Con todo, el delito lumpen ya no se puede definir como “simple”. Porque su raíz está en la marginación. Algo instalado en Argentina desde la dictadura más cruel de nuestra historia y continuado por las políticas neoliberales, que dejaron a millones de familias sin trabajo. Ahí comenzó a cambiar la lógica en los tejidos intrafamiliares. Muchos de estos púberes delincuentes son la tercera generación de desempleados. Por eso, la asistencia del  Estado resulta por lo menos insuficiente. Y a veces peca de cierta candidez parecida al desapego. Un ejemplo: ante la alarma porque un menor poseía un fusil de guerra valuado en dólares, un funcionario replicó: “Podemos armar un tallercito para contenerlos”. Son los mismos que corren apurados para dar explicaciones sobre la muerte natural de un modisto como si se tratara de una causa federal.

Mientras un solo joven elija salir a robar en vez de ir a trabajar, estudiar y esforzarse por su familia, la batalla contra la exclusión social seguirá siendo una quimera.

A veces los territorios a ganar están en la mente del otro. El delito también forma parte de una batalla cultural.

El brutal crimen de un chofer de la línea 56 en Villa Celina durante la madrugada del viernes es otro dato de la violencia lumpen. Resulta curioso cómo cambió ese territorio del Gran Buenos Aires. Fue ideado por el segundo y tercer peronismo como una barriada de trabajadores, casi todos empleados en las fábricas y antiguas curtiembres de la zona. Cincuenta años después lo que existe son talleres controlados por inmigrantes bolivianos y una afluencia de comerciantes que entran y salen del Mercado Central con camiones repletos de alimentos.

La cúpula de la Policía bonaerense sabe que el trayecto entre General Paz, Celina y Villa Madero siempre fue áspero. El lugar se pobló de barrios de emergencia en el ’78, Mundial de por medio. Corridos por Videla, los habitantes de las villas se fueron trasladando a los bordes.

Hace tres siglos, toda esa gran lonja de tierra de Villa Celina alguna vez perteneció a los querandíes. De ellos pasó a la familia del General Roca en menos de 300 años. Nada quedó del pueblo que dominaba el río Matanza y mantenía atemorizados a los colonos con malones y lanzazos. Los querandíes fueron aniquilados y el cielo de sus posesiones quedó para los conquistadores.

En 1615, Hernando Arias de Saavedra le cedió una chacra de “600 varas” de frente por una legua de fondo al conquistador Pedro Gutiérrez, el primer propietario. Después de dos siglos de permutas y ventas, pasó a Martín José de Altolaguirre. Un tipo  innovador: como todavía no existían los alambrados para delimitar los campos, mandó a construir tapias y plantó cactus. Así comenzó la división de aquel viejo infinito. Para 1775, “los tapiales” de Altolaguirre eran famosos. Tardó un lustro para vender  al matrimonio entre  Francisco Ramos Mejía y María Antonia Segurola. Su progenie comenzó el loteo en etapas.

Ya entrado el siglo XX, los descendientes de Francisco Madero –vicepresidente de Julio Argentino Roca, casado con Marta Ramos Mejía- se desprendieron de los mejores campos y la zona comenzó a urbanizarse.

Según el censo de 2010, en Celina y Villa Madero viven 125 mil personas. Casi todos, inmersos en una realidad que nada tiene que ver con el criterio de grandeza y riqueza de la Generación del ’80.

Son ciudadanos afligidos por la necesidad. Llevan la espalda cargada de temores: al patrón, al banco que en 2001 se apropió de sus ahorros, al desamparo. Cuando salen a las 5 AM para ir a trabajar, suelen despedirse de sus seres queridos como si fuera la última vez.

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el domingo 16 de marzo de 2014

leyendadeltiempo.wordpress.com

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