El designio de Pablo Escobar


Juan Alonso

Por estos días en que la serie Escobar, el patrón del mal es un éxito en la Argentina y la palabra “berraco” o “verraco” logra ascender dentro del chamullo porteño, bien vale una reflexión en torno a la genialidad del que fuera en vida uno de los más inteligentes criminales de la historia.

Para comenzar, Pablo no nació de la nada. Creció con las necesidades básicas insatisfechas en un barrio picante donde un trabajador corriente como su padre estaba obligado a sumar “una platica” extra con el contrabando o la quimera del oro para salir de la pobreza y la falta de recursos para criar a sus hijos. Frecuentemente apremiado por la marginación que le hacían sentir en carne propia las clases medias y altas de Antioquia, Pablo conoció el hambre. Porque el rico siempre es más rico cuando el pobre es más pobre.
La marginación social fue su motor para convertirse en el más poderoso mafioso del planeta –superando con holgura a la Cosa Nostra en bienes, dinero y armas–. Por eso: no fue su adoración del mal como quieren hacernos creer los pensadores de la burguesía periodístico-literaria del llamado Primer Mundo lo que lo propulsó a convertirse en la plaga de Colombia. Pablo nació dentro del mismo sistema perverso que lo marginó y ese y no otro fue el germen que lo propulsó a romper todos los códigos de la convivencia social. Se convirtió en el verdugo del sistema y en su más elevado exponente de éxito rápido. Lo hizo a base de ambición. Esos son los valores de la maquinaria del capitalismo.
Y si hablamos de moral, su estilo de liderazgo no se distanció demasiado de los métodos utilizados por la familia de George Bush, por caso, pero a éstos últimos no se los trata como aniquiladores de países enteros como realmente son. En cambio, a Pablo, colombiano y megatraficante de cocaína en su apogeo, se lo acicala con el odio propio de los dueños del mundo. No le perdonan que haya osado robarles billetes haciendo uso de sus debilidades: el amor sin límite por el dinero fácil y la corrupción estructural.
La extradición de los narcos del Cártel de Medellín a Estados Unidos no se origina en el mal de la drogadicción de millones de estadounidenses y el quiebre de su espantoso sistema de salud. Lo que molestó a EE UU fue que Pablo les estaba sacando miles de millones de dólares de sus bolsillos y se había erigido en el séptimo hombre más rico del planeta. “Soy el segundo hombre más poderoso después del Papa”, se jactaba. Y tenía razón.
En el mundo actual hay personajes mucho más peligrosos que Pablo: los dueños de los bancos trasnacionales. Vean sino los intereses que cobran. Son los auténticos reyes del asalto masivo de los ciudadanos. Pero su delito desenfadado es convencionalmente aceptado por el sistema. Ellos son el Poder y son el Sistema. El FMI es la máxima referencia mafiosa a nivel mundial. Goza del beneplácito de los medios de comunicación dominantes de la civilidad políglota. Son sicarios de corbata protegidos de la CIA. Los podemos ver sintonizando la CNN, dando cátedra sobre las mieles del neoliberalismo que está hambreando a Europa. De allí el retorno de ciudadanos españoles que vienen a buscar aquí la Cuarta América tras el auge de la inmigración de comienzos del siglo XX en la Argentina.
Pero regresemos a Pablo. Es habitual que desde la televisión, donde campea la más elemental ignorancia, se afirme con liviandad que nuestro país se ha convertido en un reino narco. Veamos: lo que existe aquí son inversiones de personajes sinuosos que llegan con el aval de las agencias de seguridad internacionales (entre otras, la DEA) para realizar negocios de toda índole: autos de alta gama, mansiones, centros turísticos, campos, countries, barcos, aviones, entidades financieras, empresas productoras de cereales y maquinaria agrícola. La rueda de la fortuna se alimenta de “platica”.
Lo que sucede en nuestro país es la pérdida de territorios de la política que pasaron a las manos de los clanes narcos provinciales. El caso más evidente es Rosario. Una plaza tomada por las familias mafiosas que comenzaron con la venta de cocaína al menudeo y ahora andan en Alfa Romeo. Son los Tony Montana del siglo XXI. Ellos vieron la excelente oportunidad de sacar sus productos por el puerto y por las rutas. Tienen la logística y suficiente efectivo como para tercerizar transportes, seguridad y servicios.
El insumo básico, la cocaína, la traen desde Bolivia y Perú, y los laboratorios brotan porque crece la impunidad. La Policía es parte del problema y no de la solución. Es socia del delito organizado. Y no sólo eso: funciona como reguladora de la criminalidad, administrando el miedo en dosis. La asonada nacional por la suba de sus salarios es sólo un adelanto de lo que son capaces de obtener controlando a base de la extorsión.
En relación a los vínculos con los narcos, los sobornos en las fuerzas de seguridad están a la orden del día, y de hecho cayó el jefe policial de Santa Fe, Hugo Tognoli, sospechado de proteger a los narcotraficantes de su provincia. Está preso.
Como es obvio, la moral social y la opinión civilizada del espanto público no dicen que en Córdoba se está gestando el mismo problema. Niños homicidas en banda, que se matan por el control del territorio. Volvemos al valor Vida: no existe entre ellos. ¿Por qué? Porque fueron marginados por el mismo sistema que busca reprimirlos. Igual que a Pablo. Son los futuros “Pinina”, “Popeye” y “Limón”, que el orden engendró a base de odio de clase.
Pero aclaremos un punto esencial: en la Argentina no existe ni por asomo la tasa de homicidios que había en Cali y en Medellín cuando Pablo vivía: 9000 crímenes por año. La República Argentina es uno de los países de América Latina con menores tasas de homicidio per cápita. Según se desprende con claridad del último informe sobre Seguridad Ciudadana que dio a conocer el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), nuestro país se ubica en el grupo de naciones con menos asesinatos. Lo acompañan Bolivia, Chile, Costa Rica, Nicaragua, Perú y Uruguay.
Por el contrario, aquellos países con una alta tasa de niveles de homicidio son Brasil, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Venezuela. La ONU considera que presentan altas tasas porque registran diez muertes por cada 100 mil habitantes.
Lo que sí sucede aquí es la aparición del delito violento. El caso del intento de robo a un blindado repleto de sacas de dinero en Moreno y la muerte de un jubilado que esperaba cobrar en la puerta del banco es todo un ejemplo de ello. ¿Por qué el delito se transformó en sanguinario? Porque la tan ansiada “normalidad” no existe. Y el origen de ese extraño fenómeno habría que buscarlo también en las reglas del mercado y del consumo. El ladrón opera sobre las fallas del sistema. Mientras se proteja más la propiedad privada que la vida de las personas seguirán sucediendo hechos similares. Es la llamada “seguridad”. ­(El diario que le debe más de 200 millones de pesos al fisco, La Nación, goza del extraño mérito de tener una sección con ese sugestivo nombre. Al ser evasores endémicos, además de imputados por haber incurrido en presuntos delitos de lesa humanidad en la apropiación ilegal de la empresa Papel Prensa, son parte de la comparsa elitista que nos dicta lecciones de moralidad ciudadana.)
Ahora que tanto se habla del sicariato de Pablo y de los muertos que generó su guerra contra el Estado colombiano, EE UU y el resto de los cárteles enemigos –quienes armaron grupos de búsqueda para cercarlo en alianza con paramilitares y policías corruptos–, habría que decir que la propagación de la pobreza como sistema de dominación social produce más muertos que el narcotráfrico en América Latina, África y Europa. Y existe una herramienta para acabar con semejante oprobio: más Política, más gestión de Estado, y la posible legalización del consumo personal podría ser una salida. El narco basa su poder en la ilegalidad. Y el mayor consumidor de estupefacientes del planeta es el Capitán América de la sensatez: Estados Unidos. Entonces, ¿cómo se soluciona semejante entuerto, vigilantes de la semántica?
Por empezar, llamando a las cosas por su nombre. Pablo Emilio Escobar Gaviria fue un hombre que creó el mayor ejército criminal del planeta basado en las leyes del sistema capitalista.
No anidó en sus grietas. Fue parte de su esencia vanidosa.

Nota publicada en el diario Tiempo Argentino el 22 de enero de 2014

leyendadeltiempo.wordpress.com

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s