Antibalance


Estoy en contra de los balances. Así como desprecio a los contadores y a los notarios. Porque estas son fechas en que las gentes hacen balances. Amontonan recuerdos del año y los colocan en una pira para prenderlos fuego con cierta inoculada frustración.

Soy el mono que no hace alianzas.

Creo en lo que perdura porque está hecho con amor.

Estas fiestas nos ponen frente al espejo de lo que somos. Por eso nuestra impotente incomodidad de pararnos de cara a nuestros seres amados: uno se forjó hombre bajo la luna de la familia propia. Nuestro origen de la ideación de todo un mundo extraño. La sombra de la sombra.

La misma costilla.

Tenemos que aprender de los viejos. De los nuestros. Una de las cosas mágicas que llevan encima es el poder del silencio y de la mirada. Un rayo de sabiduría y misericordia. Llevan el blanco del ojo moldeado en la virtud de la bondad. Son risas que no cuestan plata. Los momentos felices nunca se pagan con nada.

Estoy en contra de los balances pero a favor de los deseos. De esos que suben por la ladera desde el fondo de los sueños. Los que van escalando piedras para transformarse en cometas. Vuelan los sueños con nosotros y somos niños enamorados, corsarios del infinito. Sabelotodos del fracaso para volver a levantarnos con los mocos en la mano.

Una rodilla rallada, dos zapatillas blancas, remeras rojas a rayitas finitas, en colgajos, cargando leña en la panadería de los gallegos.

Una rata haciendo nido, chillando en el tirante. Arde el fuego del horno. Es invierno. La orfandad perdura como perdura el encierro de la finitud. Somos lo que pudimos aprender a reconstruir de la caída y la redención. Porque anhelamos eso y olvido. Ventanillas de trenes que pasaron. Personajes en el escenario de vivir.

Van los cometas trazando círculos en la noche negra y brillante. Las estrellas donde están tus juguetes y los míos. Esta calesita nunca para de girar. Y todo aquel que gozó de la libertad verá caer la luz con el día. Siempre habrá un nuevo día, incluso, cuando ya no estemos para contarlo con anudada desesperación.

Acorralados en la finitud. Por eso me gustan las cosas simples. El abrazo de un hijo y el amor compartido.

Dos copas en la paz de barro de una risa. Allí donde anida el ojo color azul celeste de la princesa del tiempo. La misma que hace brillar diamantes con los surcos de su mano extendida.

Ella no se deja ver por los notarios. Aparece en noches como esta donde todo está por morir para nacer de nuevo.

 

leyendadeltiempo.wordpress.com

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