Domingos


Por Juan Alonso

La gente se muere los domingos mientras muerde algún sueño. De cara a la ventanilla de los trenes, en los andenes de los subtes, en las paradas de los colectivos, lejos de la infancia, rozando el límite de las palabras. El lugar donde habita la desmemoria.

La gente se muere de espera.

El día en que la recaudación es para los taxistas, dos amigos hacen el último viaje al Hipódromo de San Isidro. Después se matan en la Panamericana justo cuando el sol es tapado por una lonja de sombra.

Nada y todo puede suceder en un minuto. Así es que los viejos, aprendiendo del paso de los años, hablan con la mirada. Porque la voz es un nacimiento precioso, que no debe malgastarse en tonterías como escribir esto, por caso.

El tipo no se sienta nunca en la primera fila. Se acomoda la campera de nylon y mira con el rabillo del ojo al pibe del asiento. Puto de Plaza Italia con paso sigiloso. Buscón de cualquier pija.

La madre y la hija con bolsas de zapatillas nuevas, en un intento por capturar la juventud y la posesión de lo imposible.

La pesadilla de la nada en una báscula de tiempo.

Avanza el tren. La gente muere de mala suerte.

Hay rostros que no pueden dibujarse: se estrellan contra el lápiz esos ojos rapaces. Andan por los bordes, son  monstruos con cola de lagarto. Hablan para sí mismos a través de su boca siniestra. Familias atropelladas dentro del falso confort de la 4×4. Mejor cinco Disney que un barrilete. La carrera ascendente del consumo.

La gente elige los domingos para destriparse. Borrachos de vino hasta el culo del vaso. Infelices de pizzería. Se ríen de los goles que hacen siempre los demás. La cultura del estruendo y de la máscara. Semana de bodegones con Nike. Andinistas que ni siquiera pueden escalar su propia conciencia.

Hay una anciana que tiene la manía de imitar el sonido de los pedos con la garganta. Con lo que le queda de la garganta. Y otra que llama insistentemente a su abuela muerta. Domingos. Juliana las escucha mientras teje y toma el jugo de naranja. Su compañera, Teresa, sale a las diez con las sobras de la cocina. Milanesas de pollo y fideos con estofado. Llega al cruce de Bernal pasadas las 11. Hace 500 metros hasta la casilla. Los pibes que están de caño no le dicen nada. Pero ella los ve y tiembla. Fantasmitas del paco con la vida rifada. Ella sabe que la matarían con gusto por un solo gesto. Y pasa.

La maestra le tiene pavura a esa esquina. Cada vez que ve un pibe moqueando mierda, el corazón le da un vuelco y quisiera ser otra. Una mujer distinta, menos careta, menos histérica. Después se saca las botas y se arroja a los brazos de su marido. Espera la noche para dormirse. Habla de Lacan pero no puede levantar los pies del miedo escénico.  Pero eso sí, es madrugadora y troza el pollo muy eficientemente los domingos, cuando los pasos de su madre la acosan y la estela de esa voz se quiebra al golpear la ventana de la cocina. Y ella observa el fondo del fondo con su mirada celeste de hielo transparente, para volver a encontrarse en ningún lado. Anda triste y tierna. Escapando.

Vivir no es fácil. Por eso hay tantos suicidas los domingos.

Puchito arrancaba desde Paraná y Maipú y hacía 45 cuadras chupando colillas hasta Villa Adelina.

Carlos probaba promesas del fútbol y murió tuberculoso.

Jano terminó jugando a las cartas con su memoria de pajarito. El amor o lo que creyó amor lo dejó partido en dos hace 25 años y ahora que es viejo no sabe ni atarse los cordones. La baba le cae por la comisura de los labios cuando dice “mellizo”.

¿Para qué carajo le sirvió el taco del billar?

Polonia era la vieja más buena y la encargada de los mandados. Pero desde que se quebró la cadera su mente viaja al desierto y casi no habla. Cuenta paisajes con la mirada blanca, mientras su cuerpo abandona este mundo con desconcierto. En el cajón de la mesa de luz atesora la foto de su hijo y una medalla milagrosa. “Se deterioran con los años”, cuenta Teresa, en la penumbra.

El año pasado murió la cantante de tangos. Tenía casi 100 años. Y el anterior el lustrador de zapatos de Santa Fe y Agüero, Chiquito”. El pobre se cayó del 6 piso y se rompió la crisma. Le quedó el cerebro pegado a la bosta seca de las palomas. Debajo de la lonja de sombra. En el avistamiento de un sol gris, con el parpadeo de una mariposa trepidante. Así de frágil puede ser la vida los domingos.

¿De que le sirvió guardar las monedas?

Dejó una billetera vacía con la imagen ajada de Bertoni y un radio roja sin pilas.

A Lucho le fue mejor y sale a imitar a Lennon por los clubes. Tiene una hija, una mujer, algunos amigos, que lo abrazan cuando la música no brota. El piano suena como la cancioneta de Don Luis, el tano que salía con el acordeón a atrapar la felicidad.

Y lo lograba.

La gente busca palabras. Se exprimen como limones.

El sonido de un cascotazo en una terraza vacía. Un disparo mortal a la medianoche. El sexo de una mujer hambrienta.

La mirada de la humanidad es limitada.

Usas alcohol en gel después de echarte un polvo.

Al despertar puede que estés muerta. O muerto.

Será uno de esos domingos en que los fantasmas salen a recorrer el viento con una red de arrastre.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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