Viento Norte


Podría escribir sobre el zorzal que estaba este mediodía sobre la antena de la radio. Pico rojo de alas chiquitas. O pensar en los ojos de la telefonista. Eso no estaría mal. Podría describir el horror de una tía que ve morir a su sobrina de diez años, desangrada por el puñal que su padrastro le clavó en el cuello antes de ahorcarse  con un alambre, colgado de un árbol en una tapera de ninguna parte.

Una muerte de todas las muertes. La muerte encerrada en una sílaba de odio. La muerte que perdura como pesadilla en cada una de las noches y es eterna.

La redacción de un manual de sobrevivencia en la década del ’90, un plan de fuga, una mudanza en taxi con baulera. Un divorcio controvertido. Una separación de bienes raíces. Un estudio de abogados en la calle Cerrito. Dos trajeados y un café negro en el hall de un hotel cinco estrellas. Indiferentes al miedo.

Pero esta vez no lo haré. Y seguro que te preguntas para qué demonios sirve, con qué se paga, si se usa cubiertos, si uno se lava las manos después de zamarrear el teclado de la computadora, con servilleta o con mantel. Con buena educación. Civilizado. Tapando la mugre con el pie derecho, escondiendo migas como las miserias. Con tarjeta y en tres cuotas.

Elegí lo que quieras.

Te decía que podría hacer un perfil maníaco de un asesino en serie. Describir cómo goza con la sangre ajena. Una bala en el cráneo. Una cuchillada, quince, veintitrés, sesenta y siete. Ahondar en el resentimiento de un obsesivo compulsivo que no se irá de vacaciones para no abandonar las plantas de su madre. Un tipo que ama a los malvones pero desprecia a la humanidad. Un personaje que mataría a los pasajeros del subte con devoción militante, sin sacarse el auricular de su oreja quebrada por el mordisco de su hermano menor hace 40 años.

Y podría pensar que el tipo muerde así porque está demente. Sería tan fácil resolver el problema con una sentencia que acabaría irremediablemente en la nada.  Lo mismo que le pasará a este texto cuando termines de leerlo. Con suerte. Todo está destinado a diluirse, a desaparecer con el viento zonda, con el arrastre de la ola. Aunque quizá algo te quede. Una sola idea en tu cabeza despareja. En tu diccionario del bien.

Este personaje se comería dos hamburguesas gigantes con salsa de tomate y queso fundido. Después se subiría al 168 con los pies redondos y la mente en blanco a las siete de tarde. Te tocaría timbre simulando ser el portero, el empleado verdulero que te lleva los duraznos. Un laburante de destino incierto. Un hombre normal de horario convencional y fe impertinente. Con la gloria cirrótica. Sería tan amable que te mataría sin desordenarte la cocina ni los muebles. Te despacharía en silencio y se marcharía en micro a San Bernardo vía Puente Saavedra.

Justo en el momento en que los chicos salen de la escuela y las mujeres de los escribanos abandonan los gimnasios para meterse en los telos. Cuando el chino te da el vuelto de la cerveza y la moza del bar, vestida de negro,  lleve el cortado con sacarina a la mesa.

Con el sonido del viento norte, el tipo mataría. Como una sombra que desaparece en la noche no dejaría rastros. Su estela de cometa,  comerá lo que queda de tu alma desde el subconsciente hasta el último hueso.

Y sonará el reloj para que veas tu serie. Abrazado/a  al sillón con el brazo de la vacuna.

Para que al fin despiertes.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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