Cómo es sobrevivir en La Tablada, el barrio más peligroso de la Argentina


En diez meses fueron asesinados 16 jóvenes por la guerra entre bandas que se disputan el negocio de la cocaína

Está ubicado en el sur de Rosario y tiene casi una víctima por esquina. Dos familias controlan el mercado de la droga y la policía se declara impotente. Usan a niños armados como sicarios a sueldo. El terror se respira en apenas 20 cuadras.

Por Gastón Rodríguez (Enviado especial a Rosario)

Los hábitos del miedo aparecen de día y también en la noche. Los vecinos de La Tablada, el barrio al sur de Rosario que logró con su estadística de muerte ser la zona más peligrosa del país, cuentan que ya no salen a hacer las compras temprano para evitar a los amanecidos que, envalentonados por el abuso de drogas y alcohol, son capaces de asesinar a cualquiera que cruce con ellos una mirada. Se vuelve rutina de supervivencia ganar la calle durante la siesta, agachar la cabeza y apurar el paso.

El sueño de las madres, como el de los perros, es liviano. Ellas mismas explican que la vida en estado de amenaza constante les entrena el oído y las obliga a dormir salteado, pero ni así se acostumbran al estruendo de las detonaciones en la madrugada y con cada nuevo disparo saltan de la cama y corren espantadas hacía la esquina para ver si esta vez la bala alcanzó a un hijo. Para no perder tiempo, las mujeres se acuestan con las zapatillas puestas.

EN CADA ESQUINA. Vista desde arriba, La Tablada imita un rectángulo: 20 cuadras por otras diez, enmarcadas por el bulevar Seguí, la calle Ayacucho, el río y los edificios del FONAVI, un asentamiento del Gran Rosario que también cobró cierto prestigio criminal por ser la cuna del barra histórico de Newell’s, Roberto “Pimpi” Caminos, asesinado a balazos en marzo de 2010 cuando amontonaba botellas vacías en la mesa de un bar con amigos.

A diferencia de lo que puede imaginarse en Buenos Aires, La Tablada no es una villa miseria; tampoco un complejo de monoblocks; el peligro habita en calles asfaltadas (con los cordones puntualmente coloreados de Central o NOB según la simpatía de quien se impuso) y en casas bajas de material. Sólo en algunos rincones del barrio asoman las entradas a los pasillos donde el chaperío y el barro están a la vista, pero a nadie se le ocurre pavimentarlos porque son las vías de escape perfectas frente a la persecución policial. Una vez adentro, la red de pasadizos, que incluso llega a comunicar con otras barriadas, se vuelve infranqueable para los foráneos.

En esa geografía escasa, sólo en los diez primeros meses del año fueron ejecutadas 16 personas. El número impresiona más si se piensa que casi en cada esquina de las 20 que tiene el barrio a lo largo hubo un muerto. El promedio de edad de las víctimas no superó los 23 años y, salvo un caso, fueron todos varones: Triana Jazmín tenía apenas cuatro (ver recuadro). La otra excepción es el crimen de Diego Leandro Montenegro, un cadete de farmacia de 25 años que el 7 de septiembre recibió un puntazo fatal a la altura del pecho. Fue el único asesinato cometido durante un intento de robo. El resto, una tragedia en continuado por el negocio de la droga.

Alejandro Fabián Dermiño perdió el control de la moto que conducía con el primer impacto. Los dos balazos restantes solo agravaron su estado. Dermiño tenía 15 años y murió en los primeros minutos del 1º de enero, convirtiéndose en la primera víctima del año.  Los matadores gritaron su nombre antes de disparar. Lo estaban buscando por ser el hijo de una reconocida “tranza” que también estuvo imputada por un crimen.

Era abril y en la esquina de la Avenida Grandoli al 3800, dos jóvenes, cada uno a bordo de una moto, esperaron a que llegase Domingo Alejandro Ribles, de 32, para fusilarlo de un tiro en el pecho. La policía concluyó que fue un ajuste de cuentas narco.

Para todos en La Tablada, Daniel Ernesto Alcaraz era “Caballo”. Tenía 24 años y vivió hasta el 10 de mayo. Esa mañana estaba sentado en la vereda de la casa de sus suegros, en bulevar Seguí 33, ocupado en cebar mate y no vio venir a tres hombres encapuchados que vaciaron sobre él los cargadores de sus pistolas calibre 9 milímetros. A Caballo le acertaron 12 veces –una en la cabeza– pero recién murió en el hospital Roque Sáenz Peña un rato después. La descendencia le había estropeado la suerte.

ORÍGEN Y APOGEO. La Tablada se desangra por un enfrentamiento histórico entre dos clanes: Los Alcaraz y los Benavente. Esa rivalidad, que se explica en la disputa territorial para la venta de droga, partió al barrio en dos. De un lado, “Los del Tanque”,  apodados así por el depósito de agua ubicado en Grandoli y Quintana y referenciados en la familia Benavente, y en otro, “Los del Puente”, fieles al apellido Alcaraz y amontonados en el viaducto de Seguí y Cepeda.

La tensión entre ambos grupos se dirimió a tiros en las primeras horas del 9 de septiembre de 2009. Jesús Benavente, de 23 años, fue alcanzado en pasaje Becquer al 500 bis por siete plomos que, aunque no lo mataron, lo postraron para el resto de su vida. Casi en simultáneo, y a pocos metros, Joel Alcaraz no pudo esquivar la ráfaga de balas. Tenía 19 años. Por esa muerte fueron detenidos Guillermo y Gustavo Benavente, hermanos de Jesús, pero en poco tiempo recibieron la falta de mérito y recuperaron la libertad. Para Gustavo la decisión del juez resultó fatal: la noche del 25 de septiembre de 2011, mientras caminaba a la altura de Grandoli al 3900, dos hombres a bordo de una moto lo acribillaron sin mediar palabras. Por el hecho fueron apresados como sospechosos Caballo Alcaraz y su hermano Sergio, alias “Checho” y actual mandamás del clan, pero la justicia no pudo probarles el crimen.

Aún hoy, pese a las bajas de cada bando, la tregua esta lejos y lo único que cuenta es la aniquilación total del enemigo.

“A cualquier hora se ve a los pibes que pasan en las motos con las armas a la vista, yendo a matar a cualquiera porque se lo pidieron. Lo hacen con tanta naturalidad que parece que fueran a comprar el pan”, cuenta Mariana, que acaba de inventarse el nombre por protección. Hace 17 años que Mariana vive en La Tablada –pero mucho menos que lo sufre– y conoce a todos en el barrio, y eso, dice, le trae más de un problema.

“No se puede salir a la calle porque si vas caminando y te saluda un vecino, capaz que te ve alguien que pertenece a la banda contraria y entonces piensa que vos sos ‘satelite’ del otro ‘famoso’. Por eso sólo ya te pueden matar”, advierte.

Mariana habla con los códigos del barrio. Ser satélite, enseña luego, es ser un informante encubierto o, más claro, un “lleva y trae”. En Tablada, la fama no es puro cuento. Para los chicos, huérfanos de todo amparo, ser reclutado por una banda les regala el sueño de escalar en el organigrama de la corporación criminal y ser, al fin, un famoso, que es el cartel que solo se le dedica a los jefes o grandes dealers de la droga. En esa carrera por ganar fama, los benjamines del delito matan y roban, y casi siempre mueren.

“Un chico que no va a la escuela, que no trabaja, que no es libre de jugar en la cuadra de su casa sin escuchar un tiro, adquiere un sentido de pertenencia sólo integrando una banda criminal. Los reclutadores les dicen que los van a proteger, que van a ganar plata y encima les dan un arma, entonces el pibe se siente poderoso y sale a comerse el mundo. Lo que no les explican es que ellos son la mano de obra descartable, o mejor dicho, sacrificable”,  afirma Carlos Varela, un abogado penalista con experiencia de campo. “A todos los pesados de ahí los defendí yo”, justifica sincero.

El ejemplo de “Catito” es brutal. Con apenas 12 años ya contagiaba de pánico a todos los vecinos de Tablada a puro tiro. Hoy, con 14, es un hampón veterano que renueva novias y motos con la frecuencia de un patrón colombiano.

VIOLENCIA EXTREMA. El problema macro estalla con la instalación de las cocinas de droga en Rosario, unos ocho años atrás. La rentabilidad extraordinaria que genera la elaboración de cocaína (algunos cálculos señalan que por cada millón invertido se recuperan otros 13) produjo la migración de los violentos (por ejemplo, ladrones que asaltaban blindados y bancos) al manejo de los estupefaciente. El desembarco causó un desmadre entre los que querían apoderarse del negocio y los que pretendían extender la exclusividad. La jerarquía, entonces, debió ejercerse a fuego. Los grandes cárteles impusieron sus reglas y todavía se intenta una convivencia que solo se interrumpe por desacoples en las capas medias: la mayoría de los crímenes se cometen por una invasión del territorio ajeno. La conclusión es que a más organización, menos muertes.

En la Tablada se comercializa cocaína de baja a mediana calidad y marihuana. El paco todavía no ingresó por el pragmatismo de los propios narcos: un cliente que llega al barrio a comprar cocaína les asegura en promedio una venta de 150 pesos. Si viniera a buscar paco gastaría apenas diez.

Las ganancias de la droga las administran Milton Cesar, apuntado por todos como el jefe de “Los del Tanque” y “Checho” Alcaraz, líder de “Los del Puente”. De los dos, el más temido y odiado es Checho por sus métodos impiadosos. Por eso nunca anda solo. Lo sigue de cerca un séquito de diez soldados armados con gruesos calibres y vestidos con chalecos antibalas. A él también le llegó el rumor de que su cabeza tiene precio y que Milton prometió pagar los 70 mil pesos al contado.

En este contexto de violencia extrema se sobrevive en La Tablada. Los homicidios ocurren a plena luz del día, y los asesinos, por lo general sicarios prematuros, son vistos por no pocos testigos, pero ninguno se anima a declarar ante la policía o un fiscal por la casi segura represalia. El miedo anula la justicia y los casos son atroces: un padre sabe quién ejecutó a uno de sus hijos pero es incapaz de apuntarlo por temor a lo que pudiera sucederle al resto de la familia. Una mujer tuvo una bala alojada en su muñeca durante dos meses por la imprudencia de ir a buscar a su hija menor al colegio. Ya todos aprendieron la lección y después de una muerte resonante que promete venganza nadie manda a los chicos a la escuela. A veces pasa que las aulas están vacías una semana. O dos.

La comisaría 16, con jurisdicción en la zona, no disimula la parálisis. Un alto jefe policial reconoció ante Tiempo Argentino que  “al no haber una decisión política para terminar con la droga en el barrio, nosotros los dejamos trabajar. No los molestamos”.

“Como es un delito federal –explica la fuente– nosotros tenemos que pasar la información que manejamos a Drogas Peligrosas y ellos después deciden si actúan o no. Si yo rompo las bolas, y le allano un bunker, en tres días me hacen echar porque me matan a las viejas que esperan el colectivo y yo tengo un problema bárbaro, ¿te das cuenta lo crudo que es?”.

En La Tablada, todos se refieren a los puntos de expendio de droga como búnkeres. A nadie se le ocurriría, como es habitual en otros lados, decirles kioscos. Los vecinos son precisos porque en los kioscos, aclaran, se venden caramelos.  «

La muerte que más lloran los vecinos

Claudio Tomás Colli fue asesinado hace poco más de un año, cuando pretendía salir de La Tablada para festejar  el Día de la Primavera en la zona conocida como La Florida. Su verdugo lo sorprendió arriba del colectivo 143 y lo fusiló de un disparo en el corazón. Tenía 17 años y le decían “Caio”.

Cristina Carrizo sabe que a su hijo lo mató Nahuel Ojeda –hoy prófugo de la justicia–, un joven que creció junto a Caio hasta que las divisiones en el barrio los enfrentaron. Por eso no le resultó indiferente el crimen de Leandro Ojeda, hermano mayor de Nahuel, alcanzado por tres tiros el 14 de octubre cuando circulaba en su moto por Ayacucho al 4800. La víctima viajaba con la hija de su pareja. Se llamaba Triana Jazmín Racosky y la mató una bala que no iba dirigida a ella. Tenía apenas cuatro años y es la muerte que más llora La Tablada.

“Es más fácil decir que a la chiquita y al padrastro los mataron para vengarse de mi hijo que investigar todo el tema de drogas que hay detrás. Pero al hablar de un ajuste de cuentas lo único que logran es que los chicos se tengan más bronca y se terminen matando entre ellos. Si no sos soldadito, no servís”, se queja la madre de Colli.

Los militantes del m26

El trabajo, aunque no lo digan, es de riesgo. Pero los militantes del Movimiento 26 de Junio, una de las organizaciones barriales del Frente Popular Darío Santillán de Rosario, entienden que sólo se puede construir desde las bases, aunque eso incluya mantener abierto un local sobre la calle Convención de La Tablada, justo en el centro de la zona más conflictiva.

“Estamos a tres cuadras del Puente de Seguí y a dos de Quintana, donde está el Tanque, y entonces viene gente de los dos bandos. Pero eso no es un problema porque lo que nosotros hacemos es crear una identidad alternativa a lo que ofrece el barrio y su estructura narco”, explica Mauro, que con apenas 30 años es de los más experimentados en la organización.

“Lo más triste –agrega- es el desamparo y eso genera impunidad.”

Nota publica en el diario Tiempo Argentino el 25 de noviembre de 2012
leyendadeltiempo.wordpress.com
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