Otoño en las lagunas cuando llovizna, Héctor Tizón


Cuando, de pronto, como un pensamiento, sentí que debía dejar todo aquello y regresé en el tren internacional que abandona Villazón y La Quiaca, emprendí el veloz recorrido sobre el páramo y el humo, y los pitazos de la locomotora prontamente me dejaron hasta que surgieron, casi de la nada, los árboles del bosque, inexistentes más al norte.

Un caballo negro, según lo que había convenido, me esperaba indiferente en los corrales junto a las vías para llevarme a la más altas de las lagunas. El sol decaería, pero aún la claridad lechosa de la llovizna dejaba entrever los cuerpos y las cosas en ese final del otoño. En esa claridad llegué hasta la orilla y desde allí, donde descabalgué, se podía observar la desembocadura del ribazo a comienzos del valle, donde un atardecer ya lejano en el tiempo, y luego de que hallaron los restos de un ternero semidevorado, pude oir los aullidos de advertencia -o tal vez de miedo- de un cachorro de leona que días después fue cazada.

En ese atardecer, sentado en paz en la gran piedra de la rivera con caprichosa forma de butaca, como lo hacía cuando era niño, contemplo el valle y el cielo se abruma. La naturaleza, siempre igual a sí misma, es a la vez revolucionaria, no admite sujeciones ni tributos ante ella, ya que los registros de propiedad sólo son una burla. Cuando uno se acostumbra a verla así, se da cuanta al mismo tiempo de que la naturaleza es Dios, y me siento así yo mismo una parte de Dios.

Solamente logramos ver a la naturaleza en el bosque, y por ello siempre nos sentimos niños; la eterna juventud en que logramos desprendernos de los años, y cualquiera que viva sigue siendo un niño. Es cierto, en los bosques está la perpetua juventud, en la soledad y el silencio de la naturaleza retornamos a la razón y a la fe.

Mis ojos se aclaran y veo todas las cosas a través de las cosas, porque soy una porción de Dios, que es mi amigo más íntimo. En el medio de la naturaleza, no estoy solo ni ignorado; todo lo que sucede aquí entre lagos y montañas, es parte de mí mismo. Ésta es mi fuerza y mi consuelo, esta armonía es compartida con todo el resto, con todo lo que existe, porque existió antes y existirá después.

Sólo cuando estamos confundidos llegamos a sentir una especie de desierto del paisaje, y el diario que se forma en nosotros es semejante  a la sensación de pérdida de un ser muy querido. Porque para un hombre agobiado por la tristeza, la calamidad y el dolor, su alma quedó confundida en la naturaleza sin perder el color y el calor de su propia fogata, que ha dejado languidecer.

Cuando vivimos en paz, consustanciados por la naturaleza, envejecemos menos de prisa. Por lo general, a medida que llegamos a la edad madura, perdemos posibilidades cada año que pasa; de la misma manera,  perdemos amistades, las dejamos morir muchas veces.

En una época como la nuestra, en que los credos políticos empujan a los hombres a la matanza y la inmolación, las pasiones políticas se conviertan en pasiones fatales de vida o muerte. La diferencia, como dijo John Dos Passos, es que a los veinte años se puede discutir sin rencor y hasta con agrado, y eso a los treinta es motivo de recriminación y amargura. En esto, los hombres de letras son más susceptibles que los demás, porque son más egoístas. Las amistades entre ellos son siempre precarias. Los problemas que surgen entre un hombre y sus amigos son, con frecuencia, el resultado de envejecer. Las personas que continúan siendo felices juntas -un hombre y una mujer, por ejemplo- consiguen cultivar entre los dos una zona privada de infancia perpetua.

Aquí me quedaré, con estás piedras  edificaré mi casa y no regresaré jamás a vivir en la ciudad, entre una multitud que no llegaré a conocer nunca. El agua entre las montañas, el verdor de estos angostos valles, la llovizna que, aparentemente, hace más tristes los otoños; y así será hasta que se cumpla mi destino. Tampoco escribiré más, ahora me doy cuenta más claramente que escribía porque la vida no me bastaba. Ahora sé también que no basta con escribir, hace falta un destino.

Extraído del libro “Memorial de la puna”, escrito por Héctor Tizón, poco antes de su muerte.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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