El alambrado


J.A.

Está entre dos mundos distintos. No sabe qué aire respirar ni qué pasos dar para sentirse segura en su deshielo. El alma, esa sustancia faltante en su interior, la inclina hacia el deber como un atajo, una excusa para su deseo reprimido. Piensa que es mejor estar segura. Prefiere no ser feliz e inmolarse en la oscuridad. Va y viene en su discurso, entra y sale de la escena. No es ni amante, ni novia, ni pareja, ni esposa. Termina inmersa en un sin lugar, especie de enfermera de naúfragos que requieren de su auxilio como devota de una fe que sólo ella conoce y profesa con ánimo desencantado.

Un día puede ser tierna, dulce, imperceptible en la fuga. Su estilete es un arma sin filo: sólo se lastima a sí misma. Está tan metida en su papel de salvadora, en ese falso esquema del padre ordenador, dador, consultor, resquebrajado por la humedad del vínculo que murió, que deshoja la margarita marchita sin darse por enterada.

Vive cegada.

Él sabe que no tiene nada para darle más que su abulia. No sólo se siente un anciano anémico frente a ella, sino que tiene la pulsión de un desesperado sin banderas. Su única creencia es tan fría como el corte preciso de un bisturí. Cree en lo que ve. Y está acosado por sus propios fantasmas que le hablan en la noche.

Sin embargo, ella va a su encuentro como un patito saltando hacia el alambrado de púas. Saldrá lastimada y no habrá más cura que la experiencia de arrojarse al vacío.

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