Spinetta: ángel y diamante


Por Juan Alonso

Las palabras resultan tan putas e insignificantes en estas largas noches de insomnio.

Se fue al cielo de los ángeles que nacieron con el alma de diamante y nos dejó medio huérfanos sin una parte de la infancia y la juventud detrás de ese velo oscuro que tiene nombre de mujer: la muerte (ella, siempre tan implacable) lo tomó de un soplo para arrojarnos perdidos: latiendo con el sonido de su armonía infinita. Los que quedamos morimos sin morir y rezamos zombies y a los gritos a la misma luna vieja y brumosa que tan bien logró dibujar con su música cósmica y maravillosa.

Confieso que esta noche larga deambulo dando vueltas escuchando el sonido del viento y las hojas de los árboles que todavía ni siquiera crujen, pero están ahí más allá de las ventanas a medio cerrar. Latiendo en esa corazón de amor que Luis Alberto Spinetta supo comprender desde tan joven y tan exquisitamente como sólo lo pueden hacer los seres angelados que tocan la música del Dios que queremos que exista para sobrevivir a lo inexplicable. A esa misma mano escabrosa que lo arrebató de nosotros.

Su arte movilizó en mi -desde esos multitudinarios recitales en las Barrancas de Belgrano, a partir de la recuperación democrática de 1983- las más profundas inquietudes sobre el verdadero sentido de la vida que todavía perduran en mi cerebro afiebrado buscando siempre los por qué y los senderos que nos conducen al carozo de lo que somos.

Spinetta fue, es y será mucho más que un poeta del rock nacional. Toda su obra – estoy convencido- será estimada por los miles que pueden comprender y primordialmente (sentir) esa orfebrería que él solito fue capaz de edificar en tiempos muy difíciles.

Spinetta es tan eximio poeta como Gelman, Manzi, Whitman y me atrevo a decir que su legado se asemeja -por su inquebrantable coherencia de pureza de amor perseverante- a la de Cohen y Dylan.

Nuestro flaco Buda de Urquiza. La luz que iluminaba y hacía desaparecer el barro. Las capas de nuestra conciencia reprimida.

Una vez sola lo vi en La Trastienda, estaba tan relajado en la barra con un amigo suyo, y tenía un aura pacífica y porteña, que ni siquiera me atreví a saludarlo porque comprendi rápido por el lazo de su ojo inquieto,  que no le agradaban las manifestaciones de admiración en ámbitos donde siempre se preservó de la prensa canalla, los estertores de voces que se pisan y la carroña.

Ahora que se fue a ese sitio que todos visitarémos alguna vez, se me ourrió escribirle desde la emoción. En búsqueda de aquello que se hizo carne en él desde el inicio: la necedidad de vivir explorando en los bordes y en los pozos de la humunidad.

Gracias Luis. Tu obra nos hizo mejores. Has logrado lo que muy pocos: marcar el curso de esto que llamamos nuestras vidas.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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