Nada


Por Juan Alonso

Él no quería hablar de la muerte. Más bien daba rodeos alrededor de las palabras como esos chicos que ven envejecer a sus padres y toman conciencia que alguna vez se van a ir a algún lugar irreconocible.

Creyó que si dejaba pasar el tiempo las cosas irían mejor. Y esperó. Pronto se dio cuenta de que  el mapa de su mente iba escaneando recuerdos que se diluían como montañas de arena. Los personajes fluían y una de ellos –un cronista parlamentario- se le aparecía entre pesadillas con una sonrisa de camionero atropellado y un humor histérico tenebroso. Siempre preguntando en tono de hip hop. Insufrible. Se le aparecía detrás de los sillones y de los cuadros. En las fotos almacenadas en su memoria. Era un topo que le susurraba.

El tiempo, la muerte y la arena comenzaron a conformar su constitución humana y comenzó a hablar de cosas sin sentido con los amigos y con su familia. Llenaba los espacios de palabras ahí donde el silencio es rey y reina. No encontraba paz en ninguna parte, ni siquiera en los sierras y en el campo. Nada lo saciaba. Tenía sed pero no sabía bien de qué. Iba y venía por el carrusel deshilando la soga. Salvo por los  bares y las ventanas, no tenía hogar: sabía que no era dueño de absolutamente nada. Así anduvo a los tumbos. Alguna vez tuvo todo lo que un hombre puede soñar: hijos, mujer, casa, perro y vacaciones. Pero eso no le bastó. Nunca nada le bastó para sentirse, ¿cómo decirlo? Pleno, eso, pleno y cómodo.

Estaba masticando el pasado cuando de pronto apareció una idea. Ni mala ni buena. Una idea simple, concreta, tangible. Pero tampoco se aferró a ella porque no era de aferrarse a nada.

Estuvo meses sentando frente al televisor apagado, pensando en la luz, en el pequeño destello de luz de la persiana. El sol de la tarde en el invierno. Eso le gustaba.

Las imágenes brotaban del aparato y en el ambiente solo se escuchaba el ascensor. La voz del portero salteño, la vecina vieja que acarreaba las bolsas del supermercado con la ayuda de una hija solícita y la aspiradora de su mucama impaciente por el horario. Todos los martes. Todos los malditos martes de la semana. Y él ahí con la mente extraviada en alguna parte del espacio.

La arena se les escurría entre las manos. Horas y horas en el más estricto silencio conviviendo con todas las formas de sus fantasmas. Se dio cuenta que eso que los demás llamaban locura estaba golpeando a su puerta con el aviso de los funerales. Perdió el sentido y comenzó a deambular por sitios que nunca antes había visitado en su conciencia.  Ya no era el mismo tipo. Le temblaba la voz y esa mente de concreto se agrietaba con cada masticación de un suceso que no era.

Mientras tanto esa idea rondaba su cabeza, iba y volvía por los rieles de las venas, por sus pulmones, en su respiración agitada. Fue entonces, a los doce meses de convivir con sus peores temores, que decidió armar un bolso y largarse lejos de todo lo conocido. Esta vez, como antes, sería nadie.

Iría en búsqueda del origen de la arena y de lo irreconocible, iría hasta el límite y cortaría el centro de su destino de un solo manotazo. Con un cuchillo de vanidad.

Pero no quería hablar de muerte, no. Todavía recordaba su infancia y el momento en que su madre lo tomó de la mano para cruzar la calle hacia ninguna parte. Eso era la nada.

Se pasó toda la vida esquivándola y ahora volvería a ella con un golpe de magia certero.

Solo así renacería -se dijo- venciendo el miedo.-

leyendadeltiempo.wordpress.com

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