Pidamos lo imposible


La figura de Kirchner, por Alejandro Caravario

Néstor Kirchner recuperó la política y el Estado para emprender transformaciones tan necesarias como impensadas por su audacia. Y desarrolló un profundo vínculo afectivo con la gente, palpable en la multitud que colmó las calles para despedirlo.

En su edición del jueves 28 de octubre, los columnistas del diario Clarín coincidieron sin fisuras, como un coro bien  entrenado, en describir a Néstor Kirchner como un adicto al dinero y el poder, más semejante a un advenedizo que a un estadista con duradero apoyo popular. En su pretensión de develar el perfil íntimo del ex presidente, cuyas exequias aún se tramitaban, las notas bordeaban la ofensa. Un extremo, por cierto, porque aún entre sus adversarios más enconados, predominó el decoro que impone la muerte. Aunque sí despuntó una “interpretación” del futuro político inmediato que muy probablemente se cristalice como el sonsonete opositor. Y que expresó con ejemplar contundencia Rosendo Fraga en La Nación. Tal mirada descubre un costado provechoso del cimbronazo, precisamente para la Presidenta. Según esta línea de razonamiento, Cristina Fernández, una vez repuesta del dolor abismal que la aqueja, debería encuadrar su gobierno en los límites institucionales que su marido solía vulnerar. Por caso, echar a Guillermo Moreno y tomar distancia de Hugo Moyano.

Es decir que, para algunos -que no son pocos ni débiles-, la muerte prematura de Néstor Kirchner es una oportunidad (o un “desafío”, según los más enfáticos) para que Cristina, ya libre de las taras antidemocráticas del marido, se avenga al tan meneado “consenso”. Noble sustantivo que, sin embargo, en la acepción de ciertos políticos y/o líderes corporativos no deja de sugerir la domesticación de un proyecto que, en aras de un país más igualitario, afectó intereses que siempre estuvieron a buen resguardo.

Nada nuevo lo de reducir la importancia histórica de Néstor

Kirchner a una serie de arrestos autoritarios. Sólo que, luego de la multitudinaria y espontánea expresión popular que colmó las calles para despedirlo, esta caracterización requiere una revisión que la acerque a la realidad. Sin dudas, en el Gobierno se moverán algunas fichas, habrá que reemplazar al principal hacedor de la trama política que apuntalaba la gestión de Cristina. Reponer –si se pudiera- su enorme influencia en un colectivo indócil como el PJ. Pero el aval de la sociedad –reflejado además por las encuestas– y el inédito cambio operado en la Argentina desde el 2003 a la fecha obligan a pensar en un modelo que, antes que provocar un daño institucional merecedor de rectificación inmediata, le dio un sentido esperanzador a la política.

 

LA UNICA VERDAD. No se trata de sucumbir a la tentación post mortem de pintar el retrato ecuestre como respuesta al vituperio y la chicana, sino de darle un justo precio al ejercicio de la memoria. Kirchner llegó a la presidencia tras la descomposición de la política. De la muletilla lapidaria que clamaba que se fueran todos. Lo hizo, además, como ahijado tardío, elegido en el descarte por el entonces poderoso Eduardo Duhalde, y con algo más del 20 por ciento de los votos. Desde ese páramo social y con ese poder enclenque resignificó la política. O, mejor dicho, la recuperó como herramienta para una transformación tan impostergable como impensada. Debía acumular, claro, sumar voluntades, equilibrar su débil irrupción nacional luego de gobernar durante 12 años la provincia de Santa Cruz.

En ese arduo itinerario, soslayó el deseo de la transversalidad para regresar a la casa materna del justicialismo. Doblez en su programa que puede verse -si se cree que la política es un club de almas puras- como una concesión grave. Ya saben: no hubo tantos doctores de centroizquierda a su mesa como “barones del conurbano”, oscura categoría a la que se atribuye el apriete y la transa como único credo. Sin embargo, las alianzas no perturbaron sus convicciones.

Kirchner, en contra de ciertas acusaciones frívolas, desbarató una Corte servil para integrar un equipo intachable. De probada excelencia técnica, independiente y con vocación progresista. ¿No implica esa decisión una garantía institucional muy superior a compartir tertulias con los líderes de la oposición? También rompió con el discurso del posibilismo en materia de derechos humanos y propició el juicio y castigo a los genocidas, reparación que parecía condenada, como otros elementales reclamos de justicia, al libro de las cuentas por siempre pendientes. Con idéntica audacia, se plantó ante los acreedores externos y puso en marcha la recuperación económica apostando a la producción, cuyo éxito es visible también en las consecuencias “molestas”: la creciente influencia de los trabajadores, actores centrales en la actual discusión por el reparto de la torta. Alpargatas y libros: potenció el presupuesto educativo, con especial atención a la investigación científica, a los agentes del valor agregado. Jamás reprimió la protesta. Y configuró nuevas relaciones internacionales hasta armar un frente de solidaridad permanente y recíproca con los vecinos de América del Sur.

Sí, le asignaba una gran importancia al dinero. Y lo juntó a montones como abogado en el sur. Acaso por eso mismo fue un celoso custodio de la recaudación y las reservas, que se elevaron hasta niveles históricos sin padecer drenajes sospechosos.

Obra contante y sonante que, por cierto, excede este repaso. Más difícil de asir, aunque tal vez más trascendente a la hora de entender el dolor popular y los testimonios de admiración que resonarán durante un largo tiempo, son los efectos inspiradores de Kirchner. Los alcances de ese carácter que convirtió las adhesiones en cariño y que mezclaba la muñeca para negociar entre tiburones (el político hecho y derecho, descarnado y pragmático) y ciertas ensoñaciones de militante, algunas de las cuales se convirtieron en milagrosas cosas concretas. Su voluntad de cambio no se evaporó, como de costumbre, en el magma de las promesas de campaña. Acaso no cumplía con los manuales del carisma (en tanto producción, simpatía adiestrada), ni su fraseo de dicción dificultosa sonaba deslumbrante. Pero el testeo cuerpo a cuerpo de la temperatura popular (la afición al pogo, del que se llevó alguna herida) contribuía categóricamente a redondear la imagen de un tipo auténtico. Cercano. Un tipo que se deja querer, que se arrima por necesidad, en busca de oxígeno. Un par, sólo que con “grandes responsabilidades”, como le gustaba definirse. Dicen que por él los jóvenes han vuelto a confiar en la política. Que, entre otros valores, ha legado un futuro.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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