Serie de ataques a quinteros bolivianos


Los ladrones los golpearon, amenazaron y hasta intentaron incendiar una casa

Quinteros bolivianos sufrieron seis asaltos violentos en apenas 11 días

Publicado el 25 de Octubre de 2010

Por Sebastián Hacher

Cuatro familias fueron asaltadas el miércoles pasado en las afueras de Luján. Dos semanas antes otro productor rural había sufrido un hecho similar en General Rodríguez y, días después, sus vecinos fueron quemados con hierros calientes.

Simón Porco tiene 56 años, el rostro negro por los golpes, el cuello morado, la cabeza abierta y las costillas rotas. Él –que es un potosino viejo, fuerte como los hombres de antes– dice que capaz no vale la pena: “Para qué contar, si nadie le va a devolver nada.” Sabe que el suyo es un caso más. Los robos fueron seis en sólo once días. Las víctimas, todas familias bolivianas que se dedican a la producción agrícola en General Rodríguez y Luján. Una de esas familias está relacionada con los quinteros que fueron baleados por un grupo comando en julio, también en la zona.

El de la familia Porco fue el último asalto de esta saga: ocurrió el miércoles en su finca de las afueras de Luján. Alejandra Aguilar, la esposa de Simón, escucha a su marido en silencio. Ella también tiene los ojos y los brazos amoratados.

“A mi madre le pegaron, porque habla quechua y no podía responder las preguntas. Les dije que la dejaran, que me preguntasen a mí, que les iba a decir todo.” El que habla es el hijo de Simón y Alejandra, Pedro Porco, de 37 años. A él lo castigaron con el machete en la cabeza y en lo brazos. Uno de los golpes le fracturó la mano, pero como la mayoría de los heridos –unos ocho en total– decidió irse del hospital y sacarse el yeso. “Me duele –dice– pero así no podía trabajar.”

Pedro fue el primero en verlos. Eran las 19:15 y él entraba a la quinta con su camioneta. Atrás iban tres de sus cuatro hijos. Sintió que el vehículo se desestabilizaba y que junto a los niños había dos sombras. Pensó que eran los albañiles, que habían subido porque los perros estaban nerviosos y no los dejaban pasar. Por eso traspasó el portón, avanzó hacia la casa y estacionó frente a la casa de dos pisos en que viven todos.

Se dio cuenta de todo recién cuando los hombres se bajaron: los dos estaban encapuchados y armados. Enseguida aparecieron los demás. Venían de campo adentro: en otra casa, a pocos metros de ahí, mantenían maniatados a tres primos de la familia.

“Ustedes los bolivianos tienen de todo: mirá las zapatillas que te compraste”, le dijo a Pedro uno de los seis ladrones. Él miró las suyas llenas de tierra y después se concentró en las alpargatas del ladrón. Le pareció raro, pero el pensamiento duró unos segundos. Enseguida empezaron los golpes.

A Pedro lo bajaron de la camioneta a palazos en la cabeza. Simón, su padre, se había asomado a ver qué pasaba y recibió decenas de culatazos. A los dos los arrastraron hasta adentro, donde estaban las mujeres y Fabio, el hermano de Pedro. “¿Quién es Fabio Porco?”, preguntó uno de los asaltantes. No hizo nada ante la respuesta, pero dejó claro algo: conocía los nombres y movimientos de la familia.

Cuando todos estaban arrodillados y no quedaba nada por revisar, los ladrones cargaron ropa y electrodomésticos en la camioneta de la familia y se fueron a pie, llevándose a Pedro como rehén. Caminaron 200 metros y entraron a la casa de Anastasia Aguilar, la madre de la ex mujer de Pedro. Eran las 21 pasadas. Anastasia estaba por acostarse y su marido ya dormía. El hijo los vio llegar y corrió: se refugió en el campo y llamó a la policía desde su celular. Ella se asomó a la puerta y vio que había un hombre con una escopeta amenazando a Pedro.

Anastasia gritó un “no” profundo y se le tiró encima, pero el ladrón le pegó tanto que la dejó casi desmayada. Lo mismo pasó con su marido: cuando terminaron con él, era imposible reconocerlo de tantos golpes que había recibido. De allí sólo robaron dinero y celulares, pero no pudieron llevarse la camioneta,  porque la policía llegó cuando estaban por reducir a una cuarta familia. Los asaltantes corrieron a campo abierto. Pedro los vio irse y les gritó a los hombres de la Bonaerense que estaban cerca. “Pero ellos venían muy tranquilos, como desganados. Apenas tiraron un tiro al aire”, se queja.

Quince días antes, Eduardo Villafuerte, productor de General Rodríguez, tuvo la misma sensación. Pero lo de él fue distinto: el 9 de octubre llegó con su familia de festejar un cumpleaños de quince y encontraron su casa en llamas. Eduardo llamó a la policía y los bomberos, pero llegaron 40 minutos más tarde. Él mismo apagó el incendio y descubrió que la habían saqueado. Era la quinta vez que le robaban. Igual se considera afortunado. “A mis vecinos, los Choque,  les entraron a robar unos días después y les quemaron la carne con hierros al rojo vivo”, cuenta Eduardo. La de los Choque es otra historia: una que dejó un miedo profundo, de esos que impiden hablar.

Publicado por el diario Tiempo Argentino el lunes 25 de octubre de 2010

leyendadeltiempo.wordpress.com

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