La ranura de la vida


Se sentó aunque quería pararse y salir corriendo.

No podía correr y se quedo ahí como un boludo.

Tuvo el gesto de la mano con el cigarrillo, buscó con el codo la ventana, nada era.

Quiso volver a creer y estiró los brazos en un abrazo imaginario de conciliación con el planeta de los simios.

Se dijo que todos esos eran tipitos vivos que caminaban en sentidos opuestos a las agujas del reloj eran apenas sombras que buscaban lo que nunca iban a hallar. Paz para sobrevivir.

No hay demasiado para saber con los ojos abiertos.

Dio media vuelta la página y quiso otra vez correr.

Se llevó la mano a la cabeza con ese gesto de fastidio que tanto lo caracteriza. Sin espejos no hay nadie, murmuró,  y salió con viento de frente.

Llovía y había gente afuera.

Quiso correr, pero se mojaba más. Mucho barro.

Hizo unos pasos. Anduvo por ahí y se cansó.

Quiso volver a levantarse. Se atizó el bigote. Buscó  fósforos en la camisa.

Se olvidó que ya no fuma por ahora.

El sol estaba lejos ese día.

No hay mucho para aprender con los ojos abiertos.

Nuestro hombrecillo no corre más.

leyendadeltiempo.wordpress.com

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