Polo


Al  llamado “Nuevo Periodismo” ya lo habían inventado los reventados periodistas del viejo diario Crítica con el genial Roberto Arlt a la cabeza. Y su inseparable amigo de bardos de entonces, Luis Dieguez, dos maestros de la crónica policial de los años ’20 y ’30.

Esos tipos no escribían con la herramienta de Internet: lo hacían con las tripas y pisando el barro de verdad.

Cuando uno viaja a Ushuaia, en la cárcel en donde estuvieron desde el Petiso Orejudo hasta Ricardo Rojas, se puede leer en las paredes heladas, algunas viejas crónicas encuadradas y firmadas por los hermanos Tuñón que provocarían envidia a cualquier joven con ansias de ser alguien en el mundo mezquino de la prensa y el ego fasilongo de hoy día.

Todos pretenden escribir como Gabriel García Márquez pero no saben qué es una noticia.

Viendo por acá y por allá, me encontré con este video de Polo, un tipo que marcó mucho a mi generación y a quien siempre admiré. No asumía el rol de periodista de investigación, ni andaba con el carnet encima: contaba una historia. De manera simple, directa, con los matices de cada personaje. Los policías y ladrones, los cronistas experimentados como el Turco Sdrech, los travestis, los buscadores de oro de las cloacas, los sin rumbo, los locos y los parias.
Una Buenos Aires que contrastaba con la revista Caras y la venta de la idiotez insana de los ’90.

De eso hablaba Polo cuando hablaba del otro lado. Porque todo periodista debe contar el otro lado. Que no es otra cosa que el no se quiere ver. El lado que le jode al poder. Al verdadero poder.

Polo dijo que llegó a la televisión luego de que los jefes de redacción se olvidaron de él. Durante una charla en TEA, en 1995 -uno año antes de suicidarse, arrojándose a las vías del tren-, contó a boca de jarro que le “hinchaba las pelotas presentarse como periodista”.

Y explicó que sentía al periodismo con la pureza de las buenas preguntas con información, datos precisos en cada párrafo, rigurosidad de orfebre tenía Polo. Y no andaba detrás de la fama. Era así. No se definía como periodista en la televisión, sino que se decía “otra cosa”.

Nunca he tenido paciencia docente -una sola vez estuve en una clase junto al querido Santiago O´Donneld- y me cuesta dar consejos, incluso a mis afectos más queridos. Pero si me preguntan, les diría que busquen la película “La vereda de la sombra”, basada en la vida de Polo, y tomen nota de lo que allí se revela.

Verán a alguien sin ínfulas de panelista. Verán a un periodista.

Los que amamos este oficio, te extrañamos, Polo.
Vaya un trago por vos y por los que se han ido.

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