La Policía maltrató al hijo de Antonio Grimau y Leonor Manso


El triste final de Lucas Rebolini Manso

A la 1: 15 de la madrugada del 6 de febrero, Lucas se escapó desnudo del Hospital Fernández, en donde, según dijo, ingresó por sobredosis de cocaína. Corrió cuatro cuadras hasta la esquina de Castex y Salguero. Fue asistido por transeúntes y vecinos. Luego, la policía lo rodeó, lo empujó, le pisó la cabeza y lo arrojó al asfalto. Murió cuatro días después y su cuerpo estuvo en la  Morgue 34 días hasta que fue reconocido por su padre. Ayer Grimau se presentó como querellante en la causa y recién hoy el SAME y el Fernández admitieron que Lucas ingresó por segunda vez al hospital a las 2:10 de la madrugada, luego de estar más de cincuenta minutos desnudo y maltratado bajo una intensa lluvia. La Justicia ordenó una segunda autopsia del cuerpo de Lucas.

Por Sebastián Hacher y Juan Diego Britos

1:15 de la mañana del 6 de Febrero. La ciudad de Buenos Aires era azotada por una tormenta, con varias calles inundadas. Osvaldo –su verdadero nombre se mantiene en reserva- bajó del colectivo 102 y vio que por Salguero, desde Libertador hacía el lado de Castex, un hombre desnudo corría por la calle. “En la esquina se golpeó contra un Gacel negro y cayó arriba de un charco. Estaba en bolas y tenía una gasa con sangre en el brazo, como si le hubiesen sacado mal el suero. Me acerqué a ayudar. Por momentos estaba exaltado, y por momentos se desvanecía”. Osvaldo intentó calmarlo.

-¿De donde venís?-le preguntó.

– Me escapé del Fernández. Me tomé una bolsa de 50 pesos de cocaína. Me quisieron robar y me pincharon.

“En ningún momento -aseguró Osvaldo- dijo nada místico, ni que era dios ni nada parecido. Lo único que repetía es: me quisieron robar, me pincharon y me escapé”.

En la esquina estaba parado un policía de consigna de la Federal. Cuando se acercó, le pidieron que llamara a una ambulancia. “No tengo crédito”, respondió el oficial. “Entrá a algún local y llamá”, le dijeron tres testigos que presenciaron la escena. El hombre de 36 años aseguraba que había llegado corriendo hasta ahí desde el Fernández.

Osvaldo intentó evitar que se desvaneciera. Los vecinos lo ayudaron a levantarse del charco de agua, le pusieron una manta y lo sentaron contra una pared. El hombre dijo:

-Me llamo Lucas.

A los pocos minutos, el policía de la esquina volvió y les exigió que se fueran, que estaba por venir el patrullero. “Hablale, que no pierda el conocimiento”, sugirió uno de los testigos. Llegaron dos autos y bajaron cinco oficiales de la Comisaría 53. Algunos se pusieron guantes. Uno de ellos le pisó la cabeza. Otro lo tomó de las manos. Lucas se exaltó, intentó zafar. “Le pegaron de forma innecesaria”, contó Osvaldo. “Él intentaba defenderse. Por momentos parecía que se iba a desmayar. Hasta se defecó encima. Después no aguantó más y cayó al piso, sobre su excremento”.

Al caer, lo rodearon entre seis policías. Lucas se apoyó contra la pared, como una forma de entregarse. La foto que ilustra esta nota fue tomada en ese momento: 1:47 de la madrugada. Segundos después, los policías volvieron a tirarlo al piso. Uno le pisó la cabeza de nuevo y otros lo agarraron de las manos y las piernas. La ambulancia, que había llegado y esperaba en la estación de servicio de Salguero y Libertador, se acercó. Según el testigo, lo cargaron en la camilla y se lo llevaron al hospital. Antes de irse, uno de los policías que lo había maltratado se quitó los guantes de látex y los arrojó cerca del cordón de la vereda.

En el Fernández de nuevo

En el hospital lo atendieron en el área de Emergencias. Los médicos lo vieron “sucio y extraviado”. El primer diagnóstico fue pulmonía bilateral: es decir, con ambos pulmones tomados.  Lucas fue entubado y conectado a un respirador artificial.

Una fuente del hospital explicó que “los pacientes con esa enfermedad no pueden respirar bien por sí solos. A Lucas se lo entubó y se lo indujo a un coma farmacológico”. Un enfermo de pulmonía puede estar hasta quince días conectado a un respirador. Después de este tiempo, para no dañar las vías respiratorias, se le practica una traqueotomía. “En este caso –explicó la fuente del Fernández- esto no pudo ser: estuvo cuatro días en terapia intensiva, y no resistió. Sus pulmones colapsaron”.

Lucas falleció el 10 de febrero a las 9:15 horas en la unidad de Terapia Intensiva. En el acta de defunción consta que las causas fueron “insuficiencia respiratoria y paro cardíaco”. 34 días después, cuando su cadáver fue identificado, desde la Policía Federal informaron que no habían logrado establecer su identidad. El motivo: “tenía las papilas dactilares destruidas por tocar la guitarra”.

Para Licenciado Eloy Torales, uno de los principales peritos en  papiloscopía del país, ese argumento es “es una mentira total”. “Tengo –explicó el especialista- una experiencia de identificar a 700 personas por día durante 8 años. Con los únicos que tenía problemas era con los ancianos  y los albañiles. Pero si un albañil no trabaja durante una semana, la impresión se le vuelve a generar. Un guitarrista puede tener una callosidad, pero eso no significa que se adulteren las huellas digitales. Además, la callosidad puede estar en el pulgar, pero le quedan nueve dedos más. Y, con esa lógica los diseños papiloscópicos de los pies estarían borrados en cada uno de nosotros, que caminamos durante toda la vida”.

Fanático de Huracán

Nunca faltaba a los partidos de Huracán. Iba a la cancha solo, vestido con la camiseta quemera y el número 29 en la espalda. En la popular saltaba de bandera en bandera. Agitaba con fuerza, pero nunca participó de algún enfrentamiento. A la salida de un partido se cruzó con los micros de la barra brava. Uno de los jefes hizo parar la caravana y le preguntó para qué lado iba. Lucas subió al micro. Le brillaban los ojos.

-¡Cuando se entere mi vieja! –dijo.

Los demás se rieron. Pocos creían que fuera el hijo de Antonio Grimau y Leonor Manso. “Estaba un poco tocado –recuerda un hincha-, y algunos lo habían bautizado Grimau. Lo queríamos todos”.

Durante la semana paseaba por el club y el campo de entrenamiento. A veces entraba a las oficinas, y se colgaba mirando como se movían las paletas del ventilador. Le gustaba escuchar a los viejos del club. Todos lo recuerdan como a buen conversador.

Cuatro años atrás, cuando el Turco Mohamed era el DT de Huracán, le cumplió un sueño. “Vení lucas- le dijo una tarde-. Cambiate y entrená con nosotros”.  Fueron dos días de correr y patear la misma pelota que sus ídolos. Un trabajador lo vio vestido de jugador y se emocionó. “Me acerqué –recuerda- y le pregunté si había tocado el cielo con las manos. Él no me dijo nada: me miró y sonrió”.

Miguel Cesar, el intendente del club, lo recuerda con cariño. “Este- dice- es ambiente donde hay mucho reo. Yo conocí mucha gente, pero él siempre fue de lo más educado. Era un tipo ubicado. Hablaba mucho conmigo y con mi secretaria. Sabía más historias del club que yo”. A veces, Lucas le mostraba una moneda de 50 centavos y le preguntaba. “¿Sabés si con esto me alcanza para viajar en colectivo?”. El diálogo era una sucesión de bromas:

-Seguro que te alcanza –contestaba el Intendente-. Y te tiene que sobrar.

-Vos me estas cargando –se quejaba Lucas.

-No –decía Cesar-. Vos me estás cargando a mí. ¿Cuanto necesitás?

Para sobrevivir, Lucas tocaba la guitarra en los colectivos y pasaba la gorra. Su primer banda la tuvo en el Nacional de Buenos Aires, donde estudió a principios de los 90. Se llamaba Hermano Diu y gozaba de cierto prestigio entre las chicas del colegio. Lucas era el cantante y el animador. Tenía el pelo largo, hacía covers de Fito Paez y pegaba afiches en las paredes convocando a los recitales.

Durante los días de búsqueda, las fotos que circularon por la web lo mostraban sonriente, abocado a sus pasiones. En una se lo veía tocando la guitarra, y en otra corría vestido de jugador de Huracán. Ahora se le suma una tercer imagen: Lucas desnudo, asustado, tratando de escapar de la muerte.

Revista Veintitrés

leyendadeltiempo.wordpress.com

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