El día en que la tierra tembló


Por Eduardo Daniel Alonso*

De  pronto, como una furia certera y fulminante, desperté con el ruido de los vidrios crujiendo en mi ventana, la cama que se movía, los muebles que tambaleaban. Atiné a levantarme inmediatamente, ponerme un pantalón, calzarme unas zandalias, mientras el piso y las paredes ondulaban.

Abrí la puerta, encontré a otro compañero debajo del dintel de su habitación; juntos nos fuimos hacia afuera. La luz se había cortado. El largo pasillo a oscuras era un túnel zigzagueante con dos pisos encima moviéndose como un flan. Todo se había vuelto tan frágil, tan aparentemente ilógico, tan irreal. “No es un sueño”-, me dije, “esto está pasando ahora”.

Ya en el parque – donde coincidimos con la mayoría de los compañeros jesuitas- miré hacia arriba, hacia el cielo, en tanto todo temblaba alrededor con ese grito implacable que viene de la hondura de la tierra. Miré hacia el cielo -decía- y vi como una luna brillante y también algo como estrellas. El universo parecía tan ajeno a lo que nos estaba pasando, tan frío, tan distante. Y me quedé allí, esperando, sólo esperando junto a los otros, esperando que aquello pasara, esperando que volviera la quietud, esperando que Dios se acordara de nosotros.

Un tren cercano tocó su bocina a unos metros de la casa. Unos pájaros cortaron el cielo. Los árboles seguían bailando. El piso era todavía como un mar.

Seguimos esperando, mirándonos y observando el mundo que se había vuelto loco de repente, esperando lo inesperado en aquellos dos minutos que parecieron eternos.

Hoy es 1º de Marzo, pasaron unas cuantas horas, tuvimos más de 140 réplicas, la tierra se sigue quejando. En Concepción, en Talcahuano, en Constitución, en el Maule, el panorama es desolador. Hubo maremotos que ingresaron más de 1 km. y se llevaron todo lo que encontraron.

Anoche vi unos niños que lloraban ante las cámaras de tv, pidiendo por favor por sus padres desaparecidos. Vi un abuelo desesperado porque no tenía qué comer y qué llevarle a sus nietos, justificando el robo de unos cartones de leche del supermercado. Vi una madre de la costa del Maule con un bebé en brazos, agradecida por seguir con vida junto a su hijo. Vi un hombre joven que había perdido a su mujer y a su hijo en el maremoto, observando un montón de escombros arrumbados. Vi un barco pesquero que fue llevado por el mar hasta la plaza central de un pueblo. Vi los restos de un circo devorado por las aguas y a sus artistas explicar cómo ellos, desde el cerro, vieron al océano llevárselo todo en medio de un ruido criminal. Vi puentes de autopistas quebrados como papeles y edificios colapsados. Vi el rostro lleno de lágrimas de un carabinero que no había alcanzado a salvar a un niño.

Vi tanto dolor, tanta necesidad, tanto desastre, que no pude contener las lágrimas. Me duele el dolor de la gente, me apena tanto que quisiera estar allí, con ellos, aunque no sé bien en qué exactamente pueda ser de utilidad. Quizá en acompañarlos y en ayudarlos a levantar sus vidas y sus casas, no lo sé, no lo sabemos bien aún, veremos dónde vamos a ir a trabajar de aquí a un par de días, cuando se aclare un poco más la situación general del país.

Aún pienso en Getsemaní, en la oración de Jesús en el Huerto en medio del silencio de la noche. Sus palabras van atravesando la compacta oscuridad de estas horas.

A veces planeamos tantas cosas, nos esforzamos por tantas otras, nos fatigamos con un centenar de proyectos y empresas. Pero todas esas premuras cotidianas se desvanecen cuando uno pasa por una instancia dramática como la presente.

El límite absoluto de la tierra moviéndose debajo de tus pies, el peso de la contingencia, la fragilidad de la vida, te hacen meditar más en serio acerca del sentido de la existencia.

El día en que la tierra tembló. Ese día yo estaba en una habitación de la PB de la Casa de Ejercicios Loyola, en la Comuna Padre Hurtado, a una hora de Santiago y algo como una luna – lejana, ficticia e indiferente-, dejaba escapar su pálida luz sobre el mundo.

*Filósofo, abogado y jesuita.

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