Te dije que yo era uno de ellos


Si esta noche larga se hace corta no me importa.

No me ata nada. Y el cuento del amor ya no me estremece.

Quizás la soledad de esta ciudad insomne se cuela por debajo de la puerta donde escribo esto y te advierta qué máscara ponerte para decirme buenos días.

En tal caso, el jeroglífico de tus sentimientos cambiantes se irá diluyendo en la fogata.

No sé que pasó. O mejor lo sé. Pero de qué demonios vale ahora.

Te dije que yo era uno de ellos.

Y, a diferencia de Cohen, no me interesa conquistar más que mi propia alma. No deseo el sentido del éxito. Más aún: lo aborrezco.

Esa fila ya la hice innumerables veces.

E iré a pararme allí para ver las palomas carroñeras que se devoran los restos de asado como cuervos marrones y blancos.

Esas palomas rechonchas son invulnerables y conforman una secta alucinada que toma los mercaditos de San Telmo y los containers de la calle Bolívar y Alsina para picotear ojos.

Ahí mismo donde duerme la vieja que las mira, viendo cómo le devoran la última cena.

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