Pastillas de mente


El ego es un ladrillo en la nuca del que escribe.
Mejor que el ego es el compromiso.
Y el compromiso significa poder resistir la cara en el espejo del baño cada mañana dichosa en que uno despierta del sueño y sigue vivo con cierta resaca.
De poco vale aferrarse a la barcaza del éxito. En ella no suben sólo los buenos. Los barcos siempre han estado repletos de ratas carroñeras.
Un tren que no se detiene en ninguna parte es como un barco que fenece en el mar Atlántico dando vuelta de campana. Tan robusto para tan poco.
Trenes sin curso. Barcos que desaparecen.
Y resulta una pesadilla para el pulso y la presión subiría hasta las nubes. Porque sabemos que hay cosas peores que la muerte: vivir muriéndose con la consciencia despierta en la trinchera finita del colectivo que te lleva no es fácil nena.
Un tren y un colectivo que sólo te llevan.
Y vos vas sola y no estás loca, porque no estás tan loca.
Se abre la puerta de tu corazón maniático. Todo indica que vas a seguir subiendo, pero el miedo puede más que vos. Ya tenés la boca seca y no querés más vino. Pedís siempre agua y masticas con los cachetes colorados.
El miedo es tu confesor secreto. La sombra con la que te masturbas cuando no te ve nadie. La cortina blanca que compraste, el velo de tu identidad, detrás de esos ojos brillantes en la noche en que te mira el gato blanco.
Si pensaras que podes partir del miedo al infinito serías libre. Y el ego no te golpearía la sien mientras mascas el chicle de pomelo que dura tres horas y que te convido yo.
El puto ego domina la punta de tus dedos y se esparce eléctrico por el teclado maravilloso de la computadora que compró Manuel. Ese tío inconsciente. Formalmente esquizoide cimentado en álgebra.
No te refugies en el aliento de tu abuelo muerto. Ni en los regalos de Manuel del álgebra.
No te escabullas en la placenta ni en los brazos de tu abuela: en el relleno de tu madre que ya dejó la niñez a pesar de ella.
No le temes al sonido de la voz única diciéndote con los ojos Adiós, Carlitos, me voy.
Cuando entiendas que el miedo viene con nosotros y que el tren debe parar alguna vez, vas a estar más tranquila.
Y ya dejarás de ver las cartas misteriosas del amor y esos embrujos que tienen las tardes cuando cae el otoño en tu barrio lleno de árboles añosos.
Y el ciclo comenzará de nuevo como calesita sin sortija, donde la quimera es ser feliz con pocas pinturitas.
Así como te digo, sencillamente tierna es la felicidad.
Porque no existe belleza que no se pueda narrar.
Pero para ser libre hay que dejar las mortajas.
Vale la pena escribirlo aunque no lo lea nadie.
Esto va más allá del ego de ser alguien en un mundo que rueda siempre hacia el desastre y la ruina.
Ser alguien acá es lo mismo que converirse en una lagartija rota.
El olor de la rosa es lo que queda en tu mente adiestrada para olvidarse.
Pero te advierto, ser adicta al olvido no te hará feliz.

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