vi por Spinetta


sé que tu me sientes deambular en tu conciencia
oyes como retozo por la pradera
con tus manos y con las mías
superpuestas en el aire que rueda al caer tu párpado

ves que también hay un milagro tuyo
se abre junto al intenso pétalo de la luna

tu ropaje se ha trastocado con mi visita
y se esconde como una anémona que agoniza
sin extrañar la vida
vida que la damos tu y yo en este infinito descanso
este laberinto que nos desnuda
y yergue a nuestras ansias
luces ebrias ya del vino de su estío perpetuo
almas a solas en su descabellado pedido

pero he vuelto a la placidez de mi mano
ese sueño que me acomoda para acariciarte
ya no temo que un súbito girar de su dedo ocre y deforme
haga trizas el rasgo de tu pausa

 

Extraído de Guitarra Negra, Luis Alberto Spinetta, página 97.

 

 

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Antes de que cante el gallo


Hoy te escribí tres veces y no te negué. Me dormí pensando en la oscuridad brillante de tu mirada. En tu voz de terciopelo azul. Pensé que valía la pena pronunciar dos palabras, hacerme un café cargado, escribir con sujeto y predicado, dejar el Bourbon por el agua saborizada con vitamina C, que me vende mi amigo Wally, empezar a caminar tres kilómetros sólo para explorar lindos bares. Nadar. Y pensar en nada, con la jeta en la ventana abierta. Boludeces. Porque hoy te escribí tres veces y no te negué. Salí a buscar el diario y a ponerme debajo del sol, con un disco de Santana tocando en vivo en Montreal. Hay un mendocino que vive allí y que conocí en La Habana, un atorrante de fe encauzada en la nube del dinero rápido. No es mi fe. Ni la será. No soy ortiba. ¿Viste?  Lo escribí bien.

Y cantó el gallo y no te negué. El amanecer me tomó por asalto y sobreviví. Me hice macrobiótico de la papa frita y la fresca yelada. Adicto al lenguaje de señas para dejar que la música hable por sí misma. Me nutro de Morente y su espíritu me canta en los sueños y hasta creo que puedo ser más feliz si logro entender mejor.

En esta mañana blanca escucho tu latido desde acá. Tu corazón marcha rápido como un caballo rodeado de toros sangrantes. Tenés a un torero encima. Y ni siquiera es tu amante ni tu amigo ni tu jardinero. Es la sombra que saca a pasear al labrador. Una mano para una correa. Pero te comprendo. Yo también llevé la correa y fui una sombra.

Te dije que hoy te escribí tres veces y no te negué. Mi vecina anciana dice que soy un despelote andante porque le pongo Almafuerte a las 10 am y mis amigos se cagan de risa con los videos de Capusotto, estirando la nada. Mezcla de toro y pampa con pan pa mojar el jugo. Y así pasan las horas y el tiempo vuela como los barriletes. Esperando el otoño por eso de los guisos. Maradona dixit.

Pero no quiero hablar de amor. Te escribí tres veces y no te negué. Pedro me habló por debajo de la puerta. Me arrojó un sobre papel madera con los mandamientos del deseo. Y en eso estoy: andando entre la pulsión y el síntoma, diría un psicoanalista de Villa Freud que se mudó a Barcelona, pero para cegar las genialidades de Messi.  Anoche, un amigo me llamó Iniesta. Por la pelada será.

Te escribí tres veces y no te negué. Junté todos los papelitos con tus direcciones equivocadas. Los números que no eran y con los que jamás seré Remo Augusto Erdosain para ganarme una fortuna apócrifa. Los libros en el andén del tren. La exquisita luna que remontaba su luz sobre tu cabellera ondulante. Mi rosa de cobre con berretín de millonario de las medias de caucho

Ya superé la etapa de los velos y voy por el sendero descalzo: sé que te escribí tres veces y no te negué. Fui a pintar tu nombre falso en el paredón de la cortada. Dejé una letra, una sola letra, para que la veas al pasar. No está en mercado libre ni en internet.

Ahora caminamos en . Hay jazmines y flores blancas y nieve. Vos andas de campera de cuero rojo y escucho tu boca que besa.

Por eso, y porque sos una gema, hoy te escribí tres veces y no te negué.

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Tienes razón, Sahara por Leonard Cohen


Tienes razón, Sahara. No hay nieblas, ni velos, ni distancias. Pero una niebla rodea a la niebla; y el velo se oculta tras un velo; y continuamente la distancia se aleja de la distancia. Por eso no hay nieblas, ni velos, ni distancias. Por eso se llama La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. Aquí es donde El Viajero se convierte en El Vagabundo y El Vagabundo se convierte en El Que Está Perdido, y el El Que Está Perdido se convierte en El Buscador, y El Buscador se convierte en El Amante Apasionado, y el Amante Apasionado se convierte en El Mendigo, y El Mendigo se convierte en El Desgraciado, y el Desgraciado se convierte en El Que Debe Ser Sacrificado, y El Que Debe Ser Sacrificado se convierte en El Resucitado, y El Resucitado se convierte en El Que Ha Trascendido La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. Entonces durante mil años, o lo que queda de la tarde, Ello gira en el Ardiente Fuego de los Cambios, encarnando todas las transformaciones, una tras otra, y entonces vuelta a empezar, y entonces vuelta a acabar, 86.000 veces por segundo. Entonces Ello si es hombre, estará listo para amar a la mujer Sahara; y Ello, si es una mujer, estará lista para amar al hombre que puede hacer una canción de La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. ¿Eres tú la que está esperando, Sahara, o soy yo?

Extraído del Libro del Anhelo, Leonardo Cohen, Lumen, 2011.

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La di a la caza alcance, San Juan de la Cruz


Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino,
que de vista me perdiese;
y con todo, en este trance,
en el vuelo quedé falto;
mas el amor fue tan alto
que le di a la caza alcance.

Cuando más alto subía
eslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en escuro se hacía;
mas por ser de amor el lance
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba.
Dije: ¿No habrá quien alcance!
Y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé sólo este lance.
Y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

 

 

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Marguerite Duras, Escribir


Dedico este libro a la memoria de W.J.Cliffe, muerto a los veinte años, en Vauville, en mayo de 1944, a una hora para siempre indeterminada.

Mi hermano menor murió durante la guerra de Japón. Murió, y murió sin sepultura. Fue arrojado a una fosa común encima de los cuerpos enterrados. Y pensarlo es tan terrible, tan atroz, que no se puede soportar, y, antes de haberlo experimentado, no se puede saber hasta qué extremo. No se trata de mezcla de cuerpos, en absoluto; es la desaparición de ese cuerpo en la masa de otros cuerpos. El es cuerpo, su cuerpo, el suyo, arrojado a la fosa de los muertos, sin un nombre, sin una palabra. Excepto la de la oración de todos los muertos.

No fue ése el caso del joven aviador inglés, ya que los habitantes del pueblo cantaron y rezaron de rodillas en el césped alrededor de su tumba y permanecieron allí toda la noche. Pero, con todo, la historia me remitió al osario de los alrededores de Saigón donde se encuentra el cuerpo de Paulo. El hecho de que la muerte del joven aviador inglés se ha convertido en un acontecimiento tan íntimo, se debe a que encerraba más de lo que yo creo.

Nunca sabré qué. Nunca se sabrá.

Nadie.

Eso también me remite a nuestro amor. Existe el amor del hermano menor y existía nuestro amor, el suyo y el mío, un amor muy fuerte, oculto, culpable, un amor a cada instante. Encantador aún después de tu muerte. El joven muerto inglés era todo el mundo y también era sólo él. Era todo el mundo y él. Pero todo el mundo no hace llorar. Y Además ese deseo de ver a ese joven muerto, de verificar sin conocerle en absoluto si había sido realmente su rostro eso, ese agujero, al final del cuerpo sin ojos, ese deseo de ver su cuerpo y cómo era su rostro de muerto, destrozado por el acero del Meteor.

(…)

Ese joven muerto inglés quizá permaneció intacto también por eso, permaneció clavado en esa edad, terrible, atroz, la de los veinte años.

Llegó a ver amistad con esas gentes del pueblo, sobre todo con la anciana encargada de la iglesia.

Lo árboles muertos están ahí, locos petrificados en un desorden fijo, tanto que el viento no quiere saber nada de ellos. Están enteros, mártires, están negros, de la sangre negra de los árboles muertos por el fuego.

Ese joven inglés muerto a los veinte años se convirtió en algo sagrado para mí, la transeúnte. Cada vez le lloraba.

Y después, el anciano caballero inglés que llegaba todos los años para llorar en la tumba de ese niño; lamenté no haberle conocido para hablar del niño, de su risa, de sus ojos, de sus juegos.

Todo el pueblo se hizo cargo del niño muerto. Y el pueblo lo adoró. El niño de la guerra siempre tendrá flores sobre su tumba. Queda una incógnita: la fecha del día en que dejará de ser así.

En Vauville, el recuerdo del canto de la mendiga vuelve a mí. Ese canto tan simple. El de los locos, de todos los locos, por todas partes, los de la indiferencia. El de la muerte fácil. Los de la muerte por obra del hambre, la de los muertos de los caminos, de las fosas, medio devorados por los perros, los tigres, las aves de presa, las ratas gigantes de los pantanos.

(…)

Los niños de la escuela cantan que hacía mucho tiempo que querían a ese niño de viente años, y que nunca lo olvidarían. Lo cantan todas las tardes.

Y yo lloro.

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