Mientras el fuego arde


Seré una lagartija sedienta en el vaso de leche de una vieja.

Una larga espera, botella en mano, como pendejo contra la pared, buscando el turno de la cajera. Mordiendo la ansiedad mientras late la incertidumbre: esa chica cómplice, la que nunca habla y se fuga. La que desaparece con el alumbrado en su moto con alas.

El misterio me llegará brotando de la pared, entre la mugre, porque sólo pisando porquería (las tuyas y las mías) el hombre se para recto.  Y seré paisano, me pondré bombacha de gaucho con una remera de Mollo y te visitaré para beberte el alma de cada botella con el atado de puritos que me compré en el local del veneno de Scalabrini. Todo será muy civilizado, mi querida lutier de corazón anhelante. Nacimos con un primer beso.

Sí señora, no señor. Usted primero. Muera para vivir. El humo va para allá.

Voy a plegar los trapos sucios para trocarlos por algunos nuevos. Habrá dulce y salado en la mesa blanca. Y la esperanza necesaria para que te quedes hasta que el sol entre por la ventana y despierte a mi gato que sale a comerse palomas en el desayuno. Con algún Dylan sonando. Pero no llores porque me desconcentro y ambos sabemos que se puede correr por un largo tiempo.

Pobre salvaje de la carroña en un mundo vampiro. Y vos queriendo amar.

Voy a viajar colgado de un micro 97 kilómetros para llamar a tu puerta. Ahí donde tenés a tu vieja sedienta. Iré en forma de gallina ponedora. O de gallo de pelea, con un ojo menos por las contiendas. La perra hundirá el hocido en la tierra buscando el hueso.

Seré el trajeado que te anuncie la ceremonia del comienzo de los finales. El que encienda el incienso. El que seguro te lastimará como jinete de la medianoche.

Un encantador que hace yoga mientras humean las hebras de té. Justo en el momento en que la chica de la moto vuelve del sueño con las alas embarradas. Y nunca duerme, tan oscura y tierna es ella.

Yo, te juro, podría construir diez torres de 67 pisos de palabras y cinco de ladrillos. Algunas se caerían al instante, otras durarían el tiempo de una rama seca; toda una vida. Nada en la inmensidad del Universo.

Pensalo, mientras brilla la estrella, esa luz que miras cuando la noche trae su brisa y el fuego aún crepita.

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vi por Spinetta


sé que tu me sientes deambular en tu conciencia
oyes como retozo por la pradera
con tus manos y con las mías
superpuestas en el aire que rueda al caer tu párpado

ves que también hay un milagro tuyo
se abre junto al intenso pétalo de la luna

tu ropaje se ha trastocado con mi visita
y se esconde como una anémona que agoniza
sin extrañar la vida
vida que la damos tu y yo en este infinito descanso
este laberinto que nos desnuda
y yergue a nuestras ansias
luces ebrias ya del vino de su estío perpetuo
almas a solas en su descabellado pedido

pero he vuelto a la placidez de mi mano
ese sueño que me acomoda para acariciarte
ya no temo que un súbito girar de su dedo ocre y deforme
haga trizas el rasgo de tu pausa

 

Extraído de Guitarra Negra, Luis Alberto Spinetta, página 97.

 

 

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Antes de que cante el gallo


Hoy te escribí tres veces y no te negué. Me dormí pensando en la oscuridad brillante de tu mirada. En tu voz de terciopelo azul. Pensé que valía la pena pronunciar dos palabras, hacerme un café cargado, escribir con sujeto y predicado, dejar el Bourbon por el agua saborizada con vitamina C, que me vende mi amigo Wally, empezar a caminar tres kilómetros sólo para explorar lindos bares. Nadar. Y pensar en nada, con la jeta en la ventana abierta. Boludeces. Porque hoy te escribí tres veces y no te negué. Salí a buscar el diario y a ponerme debajo del sol, con un disco de Santana tocando en vivo en Montreal. Hay un mendocino que vive allí y que conocí en La Habana, un atorrante de fe encauzada en la nube del dinero rápido. No es mi fe. Ni la será. No soy ortiba. ¿Viste?  Lo escribí bien.

Y cantó el gallo y no te negué. El amanecer me tomó por asalto y sobreviví. Me hice macrobiótico de la papa frita y la fresca yelada. Adicto al lenguaje de señas para dejar que la música hable por sí misma. Me nutro de Morente y su espíritu me canta en los sueños y hasta creo que puedo ser más feliz si logro entender mejor.

En esta mañana blanca escucho tu latido desde acá. Tu corazón marcha rápido como un caballo rodeado de toros sangrantes. Tenés a un torero encima. Y ni siquiera es tu amante ni tu amigo ni tu jardinero. Es la sombra que saca a pasear al labrador. Una mano para una correa. Pero te comprendo. Yo también llevé la correa y fui una sombra.

Te dije que hoy te escribí tres veces y no te negué. Mi vecina anciana dice que soy un despelote andante porque le pongo Almafuerte a las 10 am y mis amigos se cagan de risa con los videos de Capusotto, estirando la nada. Mezcla de toro y pampa con pan pa mojar el jugo. Y así pasan las horas y el tiempo vuela como los barriletes. Esperando el otoño por eso de los guisos. Maradona dixit.

Pero no quiero hablar de amor. Te escribí tres veces y no te negué. Pedro me habló por debajo de la puerta. Me arrojó un sobre papel madera con los mandamientos del deseo. Y en eso estoy: andando entre la pulsión y el síntoma, diría un psicoanalista de Villa Freud que se mudó a Barcelona, pero para cegar las genialidades de Messi.  Anoche, un amigo me llamó Iniesta. Por la pelada será.

Te escribí tres veces y no te negué. Junté todos los papelitos con tus direcciones equivocadas. Los números que no eran y con los que jamás seré Remo Augusto Erdosain para ganarme una fortuna apócrifa. Los libros en el andén del tren. La exquisita luna que remontaba su luz sobre tu cabellera ondulante. Mi rosa de cobre con berretín de millonario de las medias de caucho

Ya superé la etapa de los velos y voy por el sendero descalzo: sé que te escribí tres veces y no te negué. Fui a pintar tu nombre falso en el paredón de la cortada. Dejé una letra, una sola letra, para que la veas al pasar. No está en mercado libre ni en internet.

Ahora caminamos en . Hay jazmines y flores blancas y nieve. Vos andas de campera de cuero rojo y escucho tu boca que besa.

Por eso, y porque sos una gema, hoy te escribí tres veces y no te negué.

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Tienes razón, Sahara por Leonard Cohen


Tienes razón, Sahara. No hay nieblas, ni velos, ni distancias. Pero una niebla rodea a la niebla; y el velo se oculta tras un velo; y continuamente la distancia se aleja de la distancia. Por eso no hay nieblas, ni velos, ni distancias. Por eso se llama La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. Aquí es donde El Viajero se convierte en El Vagabundo y El Vagabundo se convierte en El Que Está Perdido, y el El Que Está Perdido se convierte en El Buscador, y El Buscador se convierte en El Amante Apasionado, y el Amante Apasionado se convierte en El Mendigo, y El Mendigo se convierte en El Desgraciado, y el Desgraciado se convierte en El Que Debe Ser Sacrificado, y El Que Debe Ser Sacrificado se convierte en El Resucitado, y El Resucitado se convierte en El Que Ha Trascendido La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. Entonces durante mil años, o lo que queda de la tarde, Ello gira en el Ardiente Fuego de los Cambios, encarnando todas las transformaciones, una tras otra, y entonces vuelta a empezar, y entonces vuelta a acabar, 86.000 veces por segundo. Entonces Ello si es hombre, estará listo para amar a la mujer Sahara; y Ello, si es una mujer, estará lista para amar al hombre que puede hacer una canción de La Gran Distancia de la Niebla y los Velos. ¿Eres tú la que está esperando, Sahara, o soy yo?

Extraído del Libro del Anhelo, Leonardo Cohen, Lumen, 2011.

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La di a la caza alcance, San Juan de la Cruz


Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino,
que de vista me perdiese;
y con todo, en este trance,
en el vuelo quedé falto;
mas el amor fue tan alto
que le di a la caza alcance.

Cuando más alto subía
eslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en escuro se hacía;
mas por ser de amor el lance
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba.
Dije: ¿No habrá quien alcance!
Y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé sólo este lance.
Y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

 

 

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